Las transformaciones sociales desde la perspectiva de F 2.8, la columna fotoperiodística de Héctor García

Raquel Navarro Castillo*

 

Inmersa en los marcos generales que estructuran desde distintos ámbitos a una determinada sociedad, la vida cotidiana se desenvuelve muchas veces de manera imperceptible a la reflexión profunda y consiente sobre el significado de sus formas y sentidos. Significados que de alguna forma representan las respuestas a las necesidades que plantea la reproducción de la vida material dentro de su propio marco de relaciones sociales.[1] Ese devenir diario contiene en sí mismo una serie de conductas y circunstancias que han permanecido a lo largo del tiempo, pero también muestra los cambios o adecuaciones que las sociedades viven en determinados momentos, es decir, cómo van actualizando sus formas de vida ante nuevas premisas o impulsos.

 

Así, a mediados del siglo XX nuestro país se involucró en un proceso de industrialización que modificó los parámetros de vida de una parte importante de su población, particularmente de la que bajo esa misma inercia se concentró en los ámbitos citadinos. La Ciudad de México fue el lugar en el que se establecieron de manera principal los esfuerzos de la producción manufacturera nacional. Inevitablemente, el rostro físico y demográfico de esa ciudad empezó a sufrir notables transformaciones a diversos niveles, actualizando, por efecto, las formas y sentidos culturales y cotidianos de los individuos.

 

Entre otros dispositivos característicos de la época, la fotografía fue un medio eficaz para registrar las transformaciones de ese devenir. De manera particular, la fotografía de prensa fue una de las variantes de registro e interpretación de la dinámica social, confiriéndole sentidos específicos desde los condicionamientos de su lógica propia. Sentidos que, por otro lado, adquirieron una relevancia particular al mostrarse no sólo como parte integrante del discurso periodístico, sino como producto de una mirada particular, la de autor.

 

En efecto, la intencionalidad que define la perspectiva en la obra de los fotógrafos de prensa, en su búsqueda por documentar su realidad circundante, por lo general se diluye al ser puesta en página a partir de las directrices de la línea editorial del medio. Por lo tanto, la existencia de un espacio donde la fotografía de un autor signifique en sí misma el discurso personal de su creador, resulta ser un hito en la historia del fotoperiodismo mexicano.

 

Héctor García, uno de los más importantes y reconocidos fotoperiodistas mexicanos, logró destacar su perspectiva particular dentro de los medios de comunicación impresa mediante diversas modalidades, entre ellas con la columna fotoperiodística: “F 2.8. La vida en el instante”, espacio en el diario vespertino Últimas noticias. Segunda edición de Excélsior. Ahí presentó con sus imágenes su manera personal de contemplar el devenir citadino, circunstancia que, por un lado, representó un parteaguas en su carrera profesional y en la historia del fotoperiodismo mexicano, y por el otro permite acercarnos —desde nuestras inquietudes presentes— a la comprensión de los procesos históricos de los que da cuenta.

 

En consecuencia, en este trabajo queremos destacar la columna fotoperiodística “F 2.8. La vida en el instante” en dos vertientes. En primer lugar, como objeto de estudio propio en el marco de la historia del fotoperiodismo mexicano, señalando su originalidad y novedad dentro de los parámetros periodísticos de la época. Y enseguida aprovechar las particularidades de su mirada para utilizarla como fuente en el análisis de algunos procesos históricos relevantes del periodo, traducido a través de aspectos cotidianos del devenir social.

 

La columna fotoperiodística y la fotografía editorializada

 

Sin lugar a dudas, la incorporación de la fotografía a los medios de prensa aumentó las posibilidades discursivas de los distintos géneros periodísticos. De su función inicial como ilustradora de noticias, que respondía a la idea de su naturaleza intrínseca como reflejo fiel de la realidad, fue transitando a usos más diversos en los que las imágenes adquirieron cierta autonomía con respecto a los textos noticiosos.

 

Aprovechando las cualidades propias del lenguaje fotográfico, entre ellas su capacidad de representación, las imágenes adquirieron más espacio e importancia en las publicaciones periódicas. La relativa facilidad para transmitir mensajes y significaciones apelaba, por un lado, al sentido de veracidad o bien al llamado contrato de veracidad subyacente entre la fotografía periodística y el lector que afirmaba su carácter documental o testimonial;[2]  pero también a sus propiedades emotivas, lo cual provocó que gradualmente se le diera mayor autonomía discursiva dentro de la estructura de periódicos y revistas.

 

Es decir, se invirtió el hecho de que los textos se acompañaran a manera ilustrativa de imágenes y fueron entonces éstas las que ocuparon un papel central en el discurso, complementando con textos breves sus sentidos y significaciones. De esta manera, los fotorreportajes, fotoensayos y otras variantes en este sentido, empezaron a formar parte de las publicaciones impresas. Esta diversificación en los usos y puestas en página de las imágenes devino en la consideración de la existencia de géneros fotoperiodísticos, es decir, de “estructuras operatorias formales, establecidas convencionalmente, con cierta estabilidad, que facilitan la organización coherente de los diferentes tipos del discurso contenidos en una fotografía o conjunto de las mismas”.[3] Uno de ellos, el centro de nuestro interés en este trabajo, es el de la columna fotoperiodística.

 

Este tipo de espacio refiere a un esquema que se caracteriza por “un nombre o título propio elegido por el fotoperiodista, crédito autoral invariable, diseño y tipografía distintiva, lugar y espacios fijos en el medio impreso (misma página o sección) y por último, una aparición periódica inamovible”.[4] De igual forma, en términos formales, este género fotoperiodístico sugiere la intervención del autor al mostrar su particular visión desde el momento de elaboración de la obra hasta su puesta en página en la publicación.

 

Hasta ese momento los espacios fotoperiodísticos que se acercaban a esta definición no contaban, en principio, con la firma o reconocimiento del autor; se trataba entonces de imágenes de archivo de los fotógrafos de planta y que eran conservadas por las propias publicaciones, o bien de quienes les hacían llegar su trabajo en forma ocasional.

 

Por lo tanto, “F 2.8. La vida en el instante” fue la primera columna fotoperiodística como tal en nuestro país, con características más cercanas a la definición anterior. En particular, se destaca el hecho de que asignaba el espacio a la presentación de la obra y visión de un fotoperiodista, Héctor García, al concederle la autoría explícita y única de la columna. Las imágenes publicadas no formaban parte del archivo del diario, sino del mismo fotorreportero. En este sentido, fue la particular visión que García tenía sobre aspectos específicos del devenir citadino —plasmada en la amplitud de su obra generada a lo largo de sus primeros años como fotoperiodista— la que se valoró en primera instancia para darle vida a ese espacio.

 

Cierto es que las temáticas desarrolladas por Héctor García no fueron exclusivas de él. Fueron producto de los imaginarios que se promovieron en esos años, asunto en el que contribuyeron de manera importante los medios de comunicación impresos, así como  los intereses y fijaciones comunes a los profesionales de la lente. Ambos permeados por los distintos aspectos de la realidad circundante, los principales fotorreporteros produjeron imágenes no sólo sobre los mismos eventos, sino también —con sus matices personales— sobre temáticas y con intencionalidades que les eran comunes.[5]

 

Las particularidades de la obra de García, caracterizada por un determinado sentido estético resultado de composiciones con un alto grado de simbolismo, sería aprovechada por medio de una columna en la que mediante la fuerza de la imagen se informara y opinara —a partir de un punto de vista en particular— sobre el transcurrir y las problemáticas de la población citadina. Así nació “F 2.8. La vida en el instante”.

 

La idea era, según afirmó el propio García en una entrevista con la investigadora Alejandrina Ramírez Peña, la

 

[…] de registrar el acontecer, el ritmo diario, el tempo de una sociedad que tiene sus aspectos vitales en esos gestos, como los anuncios, camiones, gente común de la calle, etc., y que son apuntes visuales de la vida cotidiana, con que se crea un extraordinario archivo que expresa no sólo la moda, sino los modos, la moral de una sociedad, y que resulta de los más íntimo de nuestra idiosincrasia en un lugar y un tiempo dado, Se trataba entonces de que fuera la imagen la que propiciara una reflexión.[6]

 

Así, en febrero de 1958 apareció “Fotograma de hoy” con imágenes de su autoría, en lo que pareciera una búsqueda por darle forma definitiva al formato de la columna fotoperiodística: sólo aparecieron dos imágenes. Finalmente, el 21 de febrero apareció publicada la primera fotografía enmarcada bajo el título de “F 2.8 La vida en el instante”, mismo que hacía referencia, por un lado, a la característica técnica de las cámaras de la época con respecto a la máxima capacidad de apertura del lente, y por otro a la idea de poder capturar fielmente la realidad cotidiana a través de la misma. A partir de ese momento, y durante los próximos tres años, con periodicidad irregular, el diario vespertino publicó una serie de fotografías. Muchas de ellas formaban parte de su archivo personal y otras obtenidas en el transcurso de ese periodo.

 

La existencia de la columna en sí es relevante, más si consideramos que en la época no era una práctica común consignar los créditos autorales de todas las imágenes de prensa, por lo que representa un importante reconocimiento al trabajo profesional de Héctor García. Muchas de estas imágenes trascendieron su circunstancia original de publicación y —debido a su calidad estética y a las significaciones y simbolismos contenidos— se convirtieron en íconos dentro de su propia obra, con presencia constante en múltiples exposiciones, ediciones bibliográficas y artículos periodísticos. La publicación de “F 2.8. La vida en el instante” formó parte del momento de consolidación de la carrera profesional de García, al abrirle puertas a los medios y reconocimientos en México, pero sobre todo en el extranjero. 

 

Una de las imágenes de mayor trascendencia, presentada en este espacio fue el caso de la fotografía publicada el 19 de septiembre de 1958 y que sería conocida posteriormente como Niño en el vientre de concreto. La relevancia adquirida por esta imagen que muestra a un joven resguardándose apretadamente dentro de un hueco existente en un muro, como cruda evidencia del desamparo de aquellos que se encontraban en la total marginación, ha sido motivo de los más variados y múltiples comentarios, reproducciones en distintos medios y espacios, así como de premios y reconocimientos, al grado de que es uno de los más importantes íconos de la obra del fotoperiodista.[7]

 

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 ESTE HOMBRE, metido casi a presión en el hueco de un muro, simboliza el drama del paria social. A los veinte años de edad, este desventurado come una vez al día y duerme donde puede. Antes lo hacía en el suelo, pero con tantas lluvias tiene que guarecerse. Ese hueco, donde no cabe un niño es su casa. Y tiene que pelear por ella con otros infelices.[8]

 

 

Las transformaciones sociales desde la perspectiva de F 2.8

 

En esta columna se representaban las realidades que proletarios y “lumpenproletarios” vivían diariamente hacinados en las vecindades, barrios populares y los nuevos asentamientos que se formaban con los recién llegados del campo; pero que deambulaban por las céntricas calles de la ciudad para trabajar, mendigar o simplemente vagar.

 

La precaria vida de las vecindades, con sus necesidades individuales y colectivas, documentada de alguna manera por el clásico trabajo de Oscar Lewis, Los hijos de Sánchez, fue capturada por la lente de los fotoperiodistas.[9] El lamentable estado físico de las reducidas viviendas, en las que el ambiente de promiscuidad en el que sus habitantes vivían era prácticamente inevitable; las condiciones en la que la niñez se desarrollaba en esos espacios, la mayor de las veces sin educación, mal alimentados, con vestimentas muy cercanas a los harapos, conviviendo por medio de juegos en los que los juguetes eran improvisados, hechos con los materiales que se tenían a la mano y con mucha imaginación, permanentemente sucios y desaliñados; el sufrir por la carencia de servicios básicos como agua, luz o drenaje, que obligaba a solidaridades unas veces y a rencillas muchas otras, fueron plasmadas o más bien narradas en fotorreportajes que diversos autores lograban incluir en las principales revistas.

 

Pero no sólo eran los niños que habitaban las vecindades o casas de las colonias populares, también aquellos que escapaban a los límites familiares, los cuales se hacían endebles como efecto de las insuficiencias marcadas por la pobreza —y en algunos casos la miseria— y se lanzaban a explorar los azarosos caminos de la calle, lugar en el que pasaban una gran parte del tiempo, vagando o realizando alguna actividad que les produjera alguna remuneración; eran seguidos por las lentes profesionales en su ir y venir, en sus vicisitudes y desamparo; en sus lechos improvisados de concreto, cubriéndose el frío con sabanas de periódico y colchas de cartón.

 

No podían faltar los trabajadores, en particular aquéllos que carecían de estabilidad laboral y, en consecuencia, emprendían los más variados oficios y actividades siempre en la informalidad y, por tanto, con escasa y aleatoria remuneración, fuera de los esquemas de prestaciones sociales y de seguridad social.

 

En un primer momento resulta difícil entender el sentido que tenían los discursos visuales que, acompañados con textos periodísticos, mostraban periódicos y revistas, con referencia a las circunstancias de pobreza o miseria en las que sobrevivía un importante sector de la población, más aun considerando que, alineadas a las directrices gubernamentales, tenían como encomienda primera destacar los aspectos positivos e ilustrativos de la modernización.

 

Sin embargo, las representaciones de la pobreza no encuentran en los medios impresos una implicación estructural que derivara en un cuestionamiento de fondo del modelo económico o de la gestión del grupo en el poder. Pareciera más bien, de acuerdo con el discurso periodístico, que la pobreza era un fenómeno aislado, definido como producto del infortunio de quienes la padecían, de condiciones adversas resultado más del destino, que de causas objetivas y relaciones sociales de producción concretas. Luego entonces, las condiciones de marginación eran amén de inevitables, oportunidades de acción tanto para la filantropía de la iniciativa privada como para la beneficencia gubernamental.

 

En efecto, las amplias carencias materiales de las clases bajas daban oportunidad a que distintas asociaciones empresariales desplegaran la caridad como sucedáneo de la justicia social, ya fuese a través de campañas o eventos ocasionales donde repartían comida, juguetes u otros enseres que no hacían sino paliar su situación por un momento.

 

De tal forma que para el Estado esta situación no representaba una afrenta hacia su gestión; por el contrario, constituía el marco que, a nivel de discurso, justificaba la razón de ser de los gobiernos en turno, herederos de una Revolución cuyo objetivo —aumentar el nivel de vida de la población en general— seguía vigente, pues lograr ese cometido se argumentaba precisamente como misión principal.

 

Evidentemente, las problemáticas abordadas desde la visión de García —y que son mostradas en la columna de Últimas noticias—no son de ninguna manera nuevas, ni propias del periodo en cuestión, todo lo contrario: en nuestro país han sido estructurales. Es decir, han existido a lo largo de gran parte de su historia, producto de la perenne concentración de la riqueza en grupos muy reducidos de la sociedad, pero que se intensificó durante el proceso de industrialización de esos años.

 

Así, “F 2.8…” muestra la especificidad que, como parte y efecto de la modernización, presentaron fenómenos como la migración campo-ciudad, la situación de la niñez desprotegida, el trabajo informal, las pautas de consumo de los diferentes estratos sociales, la vida cotidiana en las calles y los espacios públicos, entre otros.

 

Es imposible desarrollar aquí un análisis profundo de las imágenes que integraron esa columna fotoperiodística. Valgan algunos ejemplos para ilustrar las connotaciones de dichas imágenes en relación con las temáticas a que aluden.

 

En cuanto a la incorporación de los migrantes, de ninguna manera fue fácil, tal como muestra de manera simbólica la columna “F 2.8…”, que más tarde se convertiría en uno de los íconos de su obra. “Aprendiendo a sobrevivir” es el título con el que el pie de foto refiere a la pareja —un anciano y su nieta— que corriendo se desplaza entre los modernos autos para realizar, de acuerdo con el texto, “una de las cosas más difíciles y peligrosas del mundo: cruzar una calle en la Ciudad de México”.

 

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APRENDIENDO A SOBREVIVIR. Esta niña aprende de su abuelito una de las cosas más difíciles y peligrosas del mundo: cruzar una calle en la Ciudad de México. Si la pequeña asimila bien la lección, podrá llegar a la edad adulta sin ser aplastada por un camión. Ya lo dijo un pensador: “En México los peatones formamos una generación de sobrevivientes”. [10]

 

La tarea se torna un cuanto más complicada para el hombre de traza campesina, ya que lleva en una mano una bolsa y en la otra a su nieta —según el texto—, sarape al hombro y la angustia de precisamente sobrevivir a la acción. La imagen es en muchos sentidos una alegoría de lo complicado de adaptarse a una dinámica mucho más vertiginosa y arrolladora para alguien acostumbrado al ambiente apacible del campo. El dinamismo de la acción permite interpretaciones simbólicas sobre la representación no solo de un individuo o un grupo social, sino de una situación procesual más amplia y compleja.

 

Otro tema de interés se relaciona con uno de los grupos que ha llamado más la atención de García, el de la niñez, particularmente de aquella que se encontraba en las situaciones más precarias y que nos remiten a la película Los olvidados (1950) de Luis Buñuel. Una parte muy significativa y tangible de la realidad citadina.

 

En efecto, la niñez que de una u otra forma deambulaba por la ciudad en las más diversas circunstancias fue un fenómeno propio de una sociedad que, como la de la Ciudad de México a mediados del siglo XX, vivía un proceso acelerado de industrialización que no incluyó de manera inmediata, y en cierto sentido sigue sin hacerlo cabalmente en la actualidad. La alta concentración demográfica que se empezó a dar en las ciudades tuvo consecuencias en el sector demográfico más significativo de la población.

 

Sin embargo, esta inédita situación, cuantitativamente hablando, no contó con las respuestas más expeditas por parte de las autoridades gubernamentales. Muchos de esos niños, hijos de familias de campesinos y obreros, se encontraban ante un escenario muy desfavorable en cuanto a oportunidades efectivas de desarrollo.

 

Por mencionar otro caso, quizá uno de los más sensibles considerando su importancia dentro de las expectativas y aspiraciones de la población, el de la educación, tenemos que por lo menos hasta finales de los cincuenta seguía marcado el problema educativo por la insuficiencia e incapacidad de atención en cuanto a la cobertura. Desde el sexenio avilacamachista se habían profundizado los esfuerzos en este sentido, por medio del Programa de Construcción de Escuelas, con el que se intentó cubrir la demanda. Sin embargo, el acelerado crecimiento de la población, en conjunción con el importante rezago histórico existente en la materia, hacían que la tarea pareciera titánica e inalcanzable. El esfuerzo por incrementar el nivel educativo de la población se concentró en las áreas urbanas, beneficiando en particular a los estratos medios.

 

En su último informe de gobierno, en 1958, el mismo presidente Ruíz Cortines reconocía el fracaso en la materia:

 

En 1957-1958 la construcción de escuelas importó 54 millones de pesos. En el sexenio se crearon 14 mil nuevas plazas de maestros. Se construyeron y ampliaron 2 mil 606 nuevas escuelas, cuyo costo fue de 285 millones de pesos. Con ello, aumentó la inscripción en 664 mil niños por turno.

 

No obstante tales esfuerzos realizados, la situación actual de la enseñanza primaria es así: los niños de edad escolar en el país suman 7 millones 400 mil; se inscribieron en escuelas federales 2 millones 900 mil, y un millón y medio en estatales, municipales y particulares. En suma, 4 millones 400 mil. 3 millones de niños, incluidos los de las comunidades indígenas —lo informo con profunda pena— quedaron al margen de la enseñanza.[11]

 

Más allá del pudor presidencial, lo cierto es que casi 50% de los niños mexicanos no tenían oportunidad de acceder a la educación. Era común cada año asistir a un espectáculo de desesperación y desesperanza que inundaba a los padres de familia, quienes después de hacer largas filas afuera de las escuelas, finalmente se encontraban con que no había lugar para sus hijos.

 

La opción que les quedaba a los excluidos era la calle, a donde acudían para buscar el sustento de las más diversas formas, ya fuera buscando una ocupación que les redituara unas monedas para sobrevivir y contribuir de alguna manera al gasto familiar como boleros, payasitos, papeleritos, cargadores, ayudantes, etcétera, o bien dedicados a la vagancia e involucrándose a temprana edad en actividades delincuenciales. Por lo que el subempleo infantil se agravó.

 

Así, algunas de las columnas de “F 2.8…” destacan las condiciones en que vivía un sector de la infancia de la Ciudad de México, mostrando los oficios a los que se tenían que dedicar. Una de ellas presenta una imagen donde se observa a un niño trabajando en un espectáculo callejero, pero que por su forma de vestir es comparado por el autor del pie de foto con el popular Cantinflas, y si bien destaca su habilidad para divertir a los concurrentes a su alrededor, cuestiona que las mismas las haya aprendido en la escuela de la vida y no en una institución destinada a proporcionar conocimientos académicos.

 

 

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EL PEQUEÑO “CANTINFLAS”.- Dicen que la mejor escuela es la de la vida, pero a veces se abusa de esa idea. Tal es el caso de este pequeño payaso. No va al colegio, pero ya conoce la psicología popular y hace reír a los desocupados que le hacen rueda en la vía pública. A los cinco años de edad ya sabe más de la vida que muchos adultos, pero quizá nunca aprenda a leer ni escribir. ¿Es realmente la escuela de la vida la mejor escuela… para un niño de cinco años?[12]

 

El redactor infiere que no va al colegio y, por lo tanto, “quizá nunca aprenda a leer ni escribir”, circunstancia que lamenta al preguntarse si “¿Es realmente la escuela de la vida la mejor escuela […] para un niño de cinco años?”. Evidentemente, después de conocer la situación de la educación en el país sería temerario afirmar que este niño no acude a la escuela por iniciativa propia o de su familia.

 

Por otro lado, la industrialización del país tuvo como efecto un desarrollo desigual en relación con las condiciones laborales de los trabajadores. La expansión de los sectores secundario y terciario de la economía trajo beneficios en cuanto a prestaciones y salarios para sus integrantes. En este rubro se encontraban principalmente la burocracia federal y los profesionistas incorporados tanto al sector público como privado.

 

En realidad, con el fin de impulsar la inversión en la actividad industrial, el Estado estableció una serie de mecanismos de carácter subsidiario cuyo objetivo último era poner a disposición de la iniciativa privada mano de obra barata. De esta forma, asumió la responsabilidad de cubrir los costos del incremento de servicios públicos dentro de un esquema asistencialista. De tal forma que la salud, educación, transporte y alimentación, entre otros rubros, corrieron en cierta parte por cuenta de los recursos públicos para hacerlos asequibles a las mayorías, y con ello inhibir las demandas de aumento salarial. La creación del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), la Compañía Exportadora e Importadora Mexicana S. A. (CEIMSA), el apoyo presupuestal sin precedentes a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y al Instituto Politécnico Nacional (IPN), entre otras medidas del mismo corte, operaron en ese sentido.

 

A pesar de lo anterior, los únicos beneficiarios fueron los estratos medios que sufrieron un proceso de expansión, mientras el grueso de los trabajadores sólo verificaron una mejoría aparente, la cual se fue desvaneciendo conforme el modelo empezó a mostrar sus inconsistencias. Para finales de los años cincuenta las medidas subsidiarias no alcanzaban a todos los grupos sociales, lo que provocó niveles desiguales de desarrollo y bienestar entre la población.

 

Pero si la situación de los trabajadores asalariados no fue siempre la más favorable, a pesar de los incrementos salariales y los diversos dispositivos de seguridad social asociados al ámbito laboral, la de aquellos que se encontraban marginados del empleo formal, tanto en las áreas urbanas como en el campo, era aún más complicada.

 

Teniendo casi siempre como escenario el espacio público, calles, mercados, parques, etcétera, consigna también el trabajo cotidiano que ahí se desarrollaba, y en concreto aquél que, lejos de los aires modernizadores de las fuerzas productivas, se llevaba a cabo utilizando solamente la fuerza humana de trabajo. Estos elementos ilustran sobre el carácter de la industrialización implementada, en la que un segmento importante de la población —aquella que formó parte del ejército industrial de reserva resultado de la migración del campo a la ciudad y que no siempre disfrutó de un empleo estable y bien remunerado— siguió desarrollando los tradicionales oficios callejeros como modernos tamemes, músicos, peluqueros de paisajes, limpia vidrios, etcétera.

 

Del otro lado de la moneda estaban quienes ni siquiera tuvieron un empleo y poblaban los parques y calles de la ciudad deambulando en alguna posibilidad de conseguirlo, que eran lumpenproletarios o mendigos solitarios.

 

De tal forma que la columna de Héctor García mostraba la diversidad de empleos que se ejercieron en la informalidad y que, por tanto, apenas alcanzaban para sobrevivir. Tal es el caso de la icónica imagen que muestra a un hombre cargando en su espalda una puerta, con un letrero que dice “Entrada de artistas”. La composición de la imagen es aprovechada por el pie de foto para destacar las formas arcaicas mediante las cuales el individuo mostrado en la fotografía, realiza su trabajo. El fotógrafo destaca su situación de informalidad laboral afirmando que: “A su edad, debería de gozar de las conquistas de los trabajadores […] como la jubilación o el salario mínimo”. Todo lo contrario, este trabajador es una reminiscencia de tiempos lejanos: “El uso del ‘mecapal’, como lo vemos ahora, lo vieron los conquistadores españoles cuando llegaron a México, y para él sigue siendo su único apero”. La comparación con la lejanía histórica se remarca en el hecho de la falta de implementos modernos de trabajo como las carretillas o los uniformes.

 

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ESTE HOMBRE debió existir hace cuatrocientos o quinientos años. A su edad, debería de gozar de las conquistas de los trabajadores (…) como la jubilación o el salario mínimo. Nuestras actuales autoridades han hablado de carretillas y uniformes para los trabajadores; pero él tampoco sabe de eso. El uso del “mecapal”, como lo vemos ahora, lo vieron los conquistadores españoles cuando llegaron a México, y para él sigue siendo su único apero.[13]

 

Más se podría decir, tanto en lo particular como en lo general, de las imágenes fotográficas que durante tres años aparecieron en la columna fotoperiodística “’F 2.8.’ La vida en el instante”, lo cierto es que al margen de los significados particulares que el autor buscó en el momento de su registro, la publicación de esas imágenes en la columna fotoperiodística respondían a una intencionalidad de presentar escenas de la vida cotidiana de los mexicanos, en particular de la capital del país, en especial de ciertos sectores que en un momento de crecimiento económico y fuerte intervención estatal por medio del gasto público, seguían marginados de los beneficios de éste.

 

A pesar de la crudeza con que varias de las imágenes de “F 2.8…” retratan el estado de marginación de una parte considerable de la población, la intencionalidad discursiva no está “politizada”; es decir, no responde en primera instancia a un cuestionamiento de las premisas del sistema económico y político, situación que difícilmente podría darse en un momento en el que el control por parte del Estado de los medios informativos más importantes era prácticamente total, sin dejar de lado los beneficios que los dueños de los mismos obtuvieron de dicha relación.

 

Por tanto, el sentido crítico o de denuncia que podrían tener las imágenes de esos años tenía el objetivo de responsabilizar al conjunto de la sociedad y de sus instituciones de la marginación de sectores importantes de la población, los cuales se mantuvieron como el campo de acción de la caridad privada y de la asistencia pública. De acuerdo con el discurso oficial, esto no eran producto de una falla estructural, sino los pendientes del desarrollo y de los objetivos de la Revolución: igualdad social e independencia económica.

 

Por otro lado, vistos con el ojo del historiador, los “instantes” de la vida cotidiana capturados y presentados en la columna de Héctor García nos permiten un acercamiento a los efectos estructurales, tanto en las permanencias como en las transformaciones sociales del momento. Esto permite apreciar en el ámbito de lo cotidiano las contradicciones sociales en los esquemas de desarrollo modernizador de la época, eje central del discurso político.

 

 


* Escuela Nacional de Antropología e Historia, ENAH-INAH.

[1] Fernand Braudel, Civilización material, economía y capitalismo, siglos XV-XVIII, vol. 1, Madrid, Alianza, 1984.

[2] Se refiere a la clase de contrato que se establece entre un observador-intérprete que busca información constatativa en un texto icónico, una imagen fotográfica. Este contrato parte del reconocimiento de la fotografía como una representación de ciertos acontecimientos y, por lo tanto, de la concentración de ciertos juicios e intereses que hacen posible la fruición de la misma. Diego Lizarazo, “El dolor de la luz. Una ética de la realidad”, en  Ireri de la Peña (coord.), Ética, poética y prosaica. Ensayos sobre fotografía documental, México, Siglo XXI, 2008.

[3] Jorge Claro León, “Los géneros fotoperiodísticos: aproximaciones teóricas”, en Ireri de la Peña, ibidem., p. 161.

[4]Ibidem., p. 164.

[5] Otros destacados profesionales de la lente, como Nacho López, desplegaron su creatividad a través de fotorreportajes en los que también  consignaba su visión propia sobre las problemáticas y circunstancias citadinas, en muchos casos, desplegando inquietudes personales en cuanto a la representación y registro de comportamientos sociales, resultado de diversas estrategias en las que se involucraba el acto fotográfico. Su particular forma de construir sus registros le confirió también relevancia en este contexto.

[6] Alejandrina Peña, “F 2.8: La vida en el instante”, en Luna Córnea, núm. 26, mayo-agosto de 2003, p. 39.

[7] Su primera distinción le fue otorgada por la Asociación Mexicana de Periodistas de manos del presidente de la República, Adolfo López Mateos, precisamente en el marco de su publicación en “F 2.8…” por “la sensibilidad y sentido artístico” del reportero gráfico, según determinó el jurado. “Héctor García, el fotógrafo que aparecía y desaparecía”, en Últimas Noticias. Segunda edición, México, 10 144, 13 de enero de 1960, p. 3.

[8] Ultimas Noticias 2ª edición, 7752, 19 de septiembre de 1958, p. 10. Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada-Secretaría de Hacienda y Crédito Público.

[9] Oscar Lewis, Los hijos de Sánchez, México, FCE, 1964.

[10] Ultimas Noticias 2ª edición, 7817, 18 de diciembre de 1958, p. 10. Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada-SHCP.

[11] “El Sr. Adolfo Ruíz Cortines, al abrir en Congreso sus sesiones ordinarias, el 1° de septiembre de 1958”, en Los presidentes de México ante la nación 1821-1984, México, LII Legislatura, 1985, t. IV, p. 993.

[12] Ultimas Noticias 2ª edición, 19 de agosto de 1958, p. 9. Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada- SHCP.

[13] Últimas Noticias. Segunda edición, 7756, 23 de septiembre de 1958, p. 5. Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada-SHCP.
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El uso de la fotografía de prensa como fuente documental histórica es el eje de este trabajo, en el que se analiza la obra fotográfica de Héctor García, uno de los fotoperiodistas mexicanos más relevantes del siglo XX. A través de la producción mostrada, se destacan sus especificidades de producción, contexto y difusión, para analizar los cambios y adecuaciones en las estructuras cotidianas de la población de la ciudad de México, en la década de 1950.

Palabras clave: fotoperiodismo, prensa, fuente histórica, fotodocumentalismo, modernización.

 

Abstract

The use of photojournalism as a historical documentary source is the core of this study which analyzes the photographic work of Héctor García, one of the foremost Mexican photojournalists of the twentieth century. Through a selection of images, the author highlights the specifications of his production, context, and the dissemination of his work to analyze the changes and adaptations in everyday structures in the population of Mexico City in the 1950s.

Keywords: photojorunalism, press, historical source, photodocumentalism, modernization.

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