Convicción fotográfica: la militancia visual a fines del siglo XX

Rebeca Monroy Nasr*

 

Visualidad comprometida

Este texto busca mostrar la función social de la fotografía documental que surgió de los movimientos sociales de las décadas de 1970-1980. El fotodocumentalismo fue una de las tácticas visuales generadas por fotógrafos expertos y diletantes, con la idea de poner en la mesa de la vida cotidiana los eventos considerados como esenciales para difundir fuera de la prensa y los medios informativos oficialistas. Así nos dedicamos a capturar los diversos movimientos sociales y sus actividades contestatarias que mostraban la inconformidad con el estado de cosas vigente a partir del unipartidismo y el autoritarismo gubernamental. Fueron aquellas “fracciones de segundo” —como dijera Nacho López—, donde la que esto escribe era trabajadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia como fotógrafa de Bienes Culturales, antes de abonar el camino de la investigación fotohistórica. Igualmente participaba en el Sindicato Independiente del INAH, el cual, con gran esfuerzo y serias batallas, logró deslindarse del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) y ejercer la autonomía sindical. Como fotodocumentalista estaba interesada en dejar un legado visual, plasmar una huella, un testimonio iconográfico, pues como yo, otros fotógrafos estaban convencidos de que era la manera más clara y contundente de mostrar el rostro de un Estado represor y poco negociador ante la incredulidad de la opinión pública. La convicción de que las fotografías eran parte sustancial de aquellos eventos, como una plataforma visual que, junto con la narración oral o textual, permearía en un espacio de esa realidad inverosímil por sus confecciones, pero veraz en sus condiciones. Un ejemplo claro de ello fue el 1 de mayo de 1983, durante el mandato de Miguel de la Madrid: ahora forma parte de la historia reciente, narrada con y desde las imágenes con el deseo de evocar el recuerdo y remover las apariencias de nuestra desgastada, socavada y cada vez menos acreditada democracia nacional.

 

Un poco del antier

 

Una de las herencias más claras del movimiento estudiantil del 68 mexicano fue comprender la importancia que tenía la imagen como testimonio visual, ya que los medios informativos radiales, impresos y televisivos negaban en forma sistemática los acontecimientos, desinformaban y ocultaban imágenes, como las de aquella noche funesta de muerte y desaparición de estudiantes en Tlatelolco. Eran los tiempos en que los diarios y revistas ilustradas eran leídas por un amplio sector de la población: una clase media profesionista y no, las clases altas leían y hojeaban las revistas, además los desposeídos llegaban a tener entre sus manos las publicaciones donde veían las noticias y las fotos, como mostrara Nacho López con su fotoensayo: “Y la calle lee” en diciembre de 1953.[1] Dichas publicaciones semanales eran leídas justamente porque incluían imágenes contundentes y significativas de la actualidad nacional.

 

Para la mitad del siglo XX la fotografía fue vista bajo la mirada de la credibilidad absoluta —de hecho desde su surgimiento—, con y por la nitidez del discurso iconográfico. Pieza clave del auge de las revistas ilustradas fueron los primos Regino Hernández Llergo y José Pagés Llergo, quienes gestaron y legaron al país la idea de que la imagen era un discurso paralelo a las letras, que permitía invocar otras realidades y gestualidades, que mostraban de manera contundente un universo alterno, complementario e insustituible. La época de oro de las revistas ilustradas estaba en la puerta de la historia, con lo cual se afianzó más la credibilidad de la imagen. Revistas como Hoy (1937), Rotofoto (1938), Mañana (1943) y Siempre! (1952) fueron dignas herederas de la revista estadounidense Life (1936), de la cual se retomó la importancia de la visualidad.[2] Sin embargo, bajo la consigna del presidente Miguel Alemán la fotografía mediática se convirtió en loas y aplausos presidenciales, la credibilidad del trabajo gubernamental se basaba en la buena imagen y ella fue constreñida a la censura, al chayote y al embute, que impidió la libre expresión de reporteros y fotógrafos durante décadas.[3]

 

Esa era la forma de trabajo en la prensa previo al 68 mexicano y como continuación de esa dinámica se pretendió negar los eventos de la noche del 2 de octubre. En ese momento fueron las imágenes las que dieron validez a la historia oral, “al decir” de quienes presenciaron el olor a sangre, a sudor, a orines, a zapatos perdidos, a pólvora, golpes y desapariciones. Ahí están las imágenes captadas por María García y Héctor García, que mostraban la faz nocturna con un octavo de segundo, sin flash; a vuelo de pájaro captaron imágenes inéditas hasta ese momento en el país.[4] El reportero gráfico Bordes Mangel había documentado también las marchas estudiantiles, sus fotos estaban circulando en Ciudad Universitaria, pegadas en pizarrones y carteles, así como en el número especial de la revista Por qué? de Mario Menéndez.[5] Eran tiempos de premura gubernamental, pues el presidente Díaz Ordaz y su gabinete estaban más preocupados de que el fuego olímpico llegara a CU con Queta Basilio, que los jugadores, entrenadores y el medallero funcionaran, sin amenazas frente a las miradas externas. La premura se posó en terminar con los “revoltosos” y de concluir de la peor manera ese episodio, no con negociación sino con represión.[6]

 

Una imagen de los Hermanos Mayo es detonadora: muestra una ventana craquelada con cinco orificios, captada desde el interior de uno de los departamentos del edificio Chihuahua. La potencia visual permite además observar el encuentro del mundo prehispánico, colonial y contemporáneo de Tlatelolco bajo las huellas claras de los balazos. También están las marchas que captó Rodrigo Moya en el momento en que se formaban los contingentes, caminando al unísono en Reforma para pedir justicia y libertad de expresión. No aparecen las de Bordes Mangel del 2 de octubre, porque ese día justamente tuvo un compromiso familiar —la ineludible boda de un sobrino—, y no llegó a la explanada del edificio Chihuahua, de lo que se lamentaría el resto de sus días.[7] Pero sí están las imágenes del Mariachito, fotógrafo del poder que el secretario de Gobernación, Luis Echeverría, contrató para dar testimonio de sus mandatos —que no circularon en aquel momento pero resurgieron años después—. Primero como portada de la revista Proceso aparece la imagen de Florencio López Osuna, con la cara rota y las ropas desgarradas por los militares. Otras surgieron después para completar la serie, gracias a la generosidad de su hermana que las donó a la UNAM. Aparecen así las fotografías como testigos del momento preciso, de la contienda que detonó las conciencias, que sesgó muchas vidas y otras acabaron varios años en las crujías del palacio negro de Lecumberri, esperando ser liberados por ser presos políticos del momento.[8] Esa herencia de la fuerza de la imagen y lo contundente de las fotografías fue algo que mostró la faz más intensa en los años siguientes. Dignos herederos del 68, éramos jóvenes decididos a dotar de una visualidad diferente, innegable, construida y dirigida; pensamos en armar las cámaras con rollos de 35 mm, lentes normales o gran angulares, telefotos eventuales y captar las escenas de los movimientos sociales que siguieron a esa noche de Tlatelolco y que tal vez tuviesen un fin documental, social, cultural, histórico, donde los editores, reporteros, fotógrafos o estudiosos de las ciencias sociales podríamos contribuir de manera clara a la concientización social de ese momento.

 

Jornadas pro-democráticas

 

Durante los años de 1970-1980 la presencia en las calles de los participantes en los movimientos políticos y sociales era notable. La reforma política propuesta por Jesús Reyes Heroles como secretario de Gobernación en 1977, durante el periodo de José López Portillo, abrió la puerta a un aparente proceso de transición hacia la era de pluripartidismo, pero aún faltan muchos años, movimientos, protestas y estructuras para llegar a ello.[9] Se manifestaban en las calles los estudiantes, obreros, médicos, maestros, trabajadores que formaban parte de diversos movimientos para democratizar a los sindicatos charros o vendidos a las patronales.[10] Desde diferentes frentes se procuraba un mejor nivel de vida, mejores condiciones laborales y salariales. Además se buscaba una mayor injerencia en la vida cultural, social y política de nuestro país y, por supuesto, la democratización de los sindicatos de trabajadores al servicio de la nación, necesitábamos reconstruirla y recuperarla.

 

El auge profesional y las condiciones de vida de una clase media con expectativas de ascenso social estaban agotándose en ese modelo de país “modernizado”. Igual para una abundante clase trabajadora y campesina sin mejores opciones ni condiciones de vida. En ese entorno los fotógrafos de prensa y documentalistas parecíamos ser los herederos de una tarea imposible de eludir, la de documentar y ser testigos presenciales de esos movimientos para poder mostrar a la población y a la opinión pública las demandas emplazadas, que llevaban años en búsqueda de soluciones y de negociaciones.

 

Es importante señalar que esto no era particular de México, pues otros países latinoamericanos presentaba un panorama ensombrecido por las dictaduras férreas, como en Brasil, Argentina, Chile, Guatemala y Nicaragua; o bien, de dictaduras sutiles y de apariencias suaves como era el caso de México. Los fotógrafos se postularon como importantes trasmisores y detractores del sistema, procurando mostrar lo que los gobiernos en turno negaban o escondían: la pobreza de sus pueblos, el hambre, la corrupción y la represión. Un elemento detonador fue la subyugación del Estado al capital e intereses extranjeros, como el Fondo Monetario Internacional (FMI), que determinaba los mínimos aumentos salariales, el cierre de plazas para trabajadores, la represión a los sindicatos independientes, entre muchas otras limitaciones políticas, económicas y sociales que el grupo en el poder, conocido como Partido Revolucionario Institucional (PRI), admitía por convenir así a sus intereses. La búsqueda de alternativas se veía en los grupos de izquierda, aunque no había un frente común ni unitario.[11] En este sentido podemos retomar el planeamiento de Eliezer Morales para esos años:

 

Cuando hablamos de izquierda debemos entender aquellos grupos o estratos que identifican posiciones, actitudes y opiniones coincidentes con los intereses de las clases trabajadoras en general. Visto de esa manera tan amplia las izquierdas son, desde luego, las que integran el pensamiento revolucionario de la clase trabajadora […] aunada a los estudiantes y trabajadores de las urbes de la República Mexicana.[12]

 

Por su lado, Rolando Cordera comentaba sobre los intentos de reforma política de la época: “A pesar del respaldo aparente derivable de la actual coyuntura […] su consecuencia […] no es la participación en la reforma política sino su enjuiciamiento desde afuera”.[13] Es decir, en aquellos momentos sólo había tal reforma política en lo meramente formal. Por ende, en los más diversos ámbitos se mostraba el descontento, como es el caso del movimiento del Sindicato Único de Trabajadores Eléctricos de la República Mexicana (SUTERM), el cual en los años setenta realizó una serie de luchas importantes por restablecer la democracia al interior, después de un duro golpe asestado por el charrismo sindical, ya que desde 1975 fueron despedidos los electricistas de la línea de vanguardia política conocida como Tendencia Democrática.[14] Por ello salieron a las calles a manifestarse contra la política económica del gobierno en turno, los fotógrafos de prensa y los fotodocumentalistas simpatizantes o militantes con el movimiento corríamos a la par con ellos, escuchando el grito de: “¡SUTERM apaga la luz!”, pues la idea era dejar al país en la más dura penumbra.

 

Las imágenes seguían el paso de otros movimientos como los del Hospital General de la Secretaría de Salubridad y Asistencia Social (SSA), donde los médicos, enfermer@ s y afanador@)s iniciaron un movimiento por destituir a los dirigentes charros.[15] En ese momento el movimiento se convirtió en un paradigma general: los médicos tenían larga tradición de lucha y lograron reunir amplios sectores sociales.[16] Con las imágenes apoyábamos, mostrando el rostro moreno, las manos ajadas, los pies cansados o a los médicos que investidos de blanco caminaban, corrían y generaban consignas en la gran ciudad. En ese momento diversos sectores alteraron sus condiciones de subordinación: “evidentemente el Estado no podía permitir esto, por lo que empezó a cortar cabezas. En 1977 es liquidada la democracia en el INFONAVIT, y en 1978 en Salubridad, Tesorería y otros más”.[17] El Sindicato Único de Trabajadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (STUNAM) obtuvo su reconocimiento en 1977, aunado al Sindicato Único de Trabajadores de la Industria Nuclear (SUTIN), que obtuvo su registro en el año de 1979, agruparon una fuerza aún más amplia. Piezas fundamentales del rompecabezas y parte sustancial no sólo del apoyo a los otros movimientos democráticos, sino como sindicatos ejemplares en la manera que llevaban a cabo sus negociaciones y sus acuerdos con la autoridad, pues fueron años con claras referencias represivas. Para Eliezer Morales Aragón:

 

La masa obrera mexicana debe enfrentar a un grupo en el poder que tiene una amplia experiencia en los problemas del gobierno. No existe en América Latina ninguna otra burguesía que haya ejercido, sin solución de continuidad, el poder por tanto tiempo. Nacida de un movimiento revolucionario, esgrime una legitimidad social que sólo débilmente ha sido cuestionada de manera global […] Por el contrario ha tenido y tiene un amplio espectro de maniobra para actuar. De este modo puede conceder, cooptar, corromper, negociar y reprimir. Todo al mismo tiempo.[18]

 

 

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Fotografía de Rebeca Monroy Nasr. 1° de mayo con José López Portillo. Al final sólo la basura quedó como huella. En esta foto de manera oblicua la lente gran angular permite captar la escena de los barrenderos, que al unísono van “limpiando” la suciedad del régimen. 1º de mayo de 1982. Archivo de la autora.

 

En primera instancia se intentaba sobornar a los líderes, después los amedrentaban y finalmente los encarcelaban o los desaparecían. Es por ello que el trabajo clandestino en grupos que defendían de diversas maneras una postura ideológica de izquierda era sustancial, se formaron células que distribuían los trabajos en los diferentes frentes obreros, campesinos, estudiantiles o populares. Una clara muestra de ello es la presencia de las madres de los desaparecidos y presos políticos, con la señora Rosario Ibarra de Piedra al frente del Comité Nacional Pro-defensa de Presos, Perseguidos, Desaparecidos y Exiliados Políticos, creado en diciembre de 1979.[19] En todos los años de la guerra sucia del Estado, las luchas fueron apoyadas con las imágenes que mostraban la entereza y solidez de esas madres incansables.

 

Se fueron sumando al descontento otros movimientos urbanos y campesinos, las marchas y los paros se incrementaron conforme avanzaban los diferentes sindicatos y las luchas democráticas. En el Instituto Nacional de Antropología e Historia hubo una coyuntura política particular cuando su director Gastón García Cantú —un intelectual, historiador y periodista liberal—, junto con diversos dirigentes sindicales independientes, proclamara el deseo de sus trabajadores de romper los cercos del autoritarismo externo. De manera ejemplar se libró la batalla —que después otros seguirían— para establecer un sindicato independiente lejos del charrismo de Carlos Jongitud Barrios, líder del Sindicato Nacional de Trabajadores la Educación (SNTE), gestor de la corriente llamada Vanguardia Revolucionaria del Magisterio. Este personaje, después de 17 años de mantenerse en el poder, fue reemplazado por una de sus mejores alumnas. En 1989 una joven llamada Elba Esther Gordillo mostró que aprendió bien de su maestro y se impostó en el poder con el claro apoyo del entonces presidente Carlos Salinas de Gortari. Desempeñó su papel en el SNTE y ha tenido que pagar las terribles consecuencias en una caída estrepitosa, que derivo del andar entre partidos y el perder la protección con los políticos en turno. El 26 de febrero de 2013 fue encarcelada en Tepepan, bajo la acusación de enriquecimiento ilícito.[20]

 

Todo ello es un periplo de búsqueda de la democracia en los sindicatos democráticos adheridos al SNTE, una época que el historiador y periodista Luis Hernández ha llamado primavera magisterial, pues de él se desprendieron otros movimientos de carácter nacional que conformaron la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE). Tema del que hay mucha tela de donde cortar en el día a día de este alterado, golpeado, frustrante y potente país.[21]

 

La fotografía: inseparable cómplice

 

En los años setenta, entre fotógrafos documentales incipientes, experimentados fotorreporteros, teóricos de izquierda, críticos de arte, historiadores o estudiosos sociales se discutía la necesidad de hacer, de ver, de analizar o difundir una fotografía con contenidos sociales claros.[22] El unomásuno ya circulaba de manera constante, mostrando con sus imágenes detonadoras realidades, lo que alimentó la intención de mostrar con la imagen lo que los silencios y las mentiras institucionales sustentaban en medios oficiales. Impensable no procurar mostrar todos esos eventos que tenían sabor a muerte, a sangre, a desaparición. Los herederos del 68 procuraban salir de ese claustro, para mostrar al mundo entero la situación por la que atravesaba el país. Importante fue colegiar con otros países latinoamericanos, ya que si bien no teníamos esas dictaduras férreas, sí se mantenía un control institucional solapado por la fuerza pública. Con una corrupción extrema, el unipartido no permitía elecciones libres y por eso Vargas Llosa afirmó en 1990: “México es la dictadura perfecta”. Aunque por supuesto tenía sus grietas y era lo que deseábamos mostrar. Era la tarea, la idea, el sueño de dejarlo plasmado en un documento visual, para que las imágenes tuviesen resonancia inmediata, mediata o en un futuro inesperado.

 

Entre los sindicatos que comenzaron a independizarse y democratizarse para 1979 estaban los del Metro, del Colegio de Bachilleres, de Pesca, además del Sindicato de Trabajadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Este último logró, después de arduas luchas, mantenerse al interior del SNTE con reconocimiento a sus estructuras democráticas, el manejo de sus propias cuotas sindicales, la admisión y respeto de sus Condiciones Generales de Trabajo (CGT), el uso de reglamentaciones internas en términos de escalafón, admisión, capacitación, entre otras posibilidades de negociar, incluso, sus prestaciones y otras condiciones laborales que representaron sustanciales avances en el sector.

 

Este movimiento fue un importante detonador cuando las secciones se democratizaron, pues llevó a otras —que dependían de la sección X del SNTE— a buscar sus propios mecanismos de insurgencia. Así lo hizo el Instituto Nacional de Bellas Artes, donde se buscaba dislocar la burocracia sindical y para ello se realizó un paro de labores, y justo en el pórtico de la entrada al Palacio de Bellas Artes los músicos tocaron su mejor son: cuerdas, vientos, percusiones, todos manifestaron su descontento por los bajos salarios y las malas condiciones laborales. De esa manera difundieron su movimiento con gran fuerza y tuvieron la simpatía de otros sectores de la sociedad. Todo ello registrado por el ojo cíclope de la cámara con gran afinidad por las causas político-laborales del momento.

 

Con el paso de los años, y con el endurecimiento de las políticas de los gobiernos en turno —primero con José López Portillo y después con Miguel de la Madrid—, los maestros, administrativos, trabajadores manuales y técnicos, así como los investigadores y ejecutores de las diversas secciones, buscaron salidas a la asfixiante condición y represión generalizada emprendida por el charrismo sindical. Para ello, durante varios desfiles del 1º de mayo se buscó mostrar la lucha en contra de las políticas autoritarias. Para el año de 1983 se decidió pronunciarse, una vez más, en contra de Miguel de la Madrid Hurtado, y de sus acciones políticas que dañaban de manera profunda a la sociedad, a los trabajadores y campesinos del país; para evidenciar públicamente el descontento gestado en su corto mandato, se planteó ir al Zócalo capitalino a manifestar la gran inconformidad por su incapacidad política, y mostrar que no todo eran loas al presidente en turno. Las cartas estaban echadas…

 

El movimiento independiente caminaba y la fotografía era una cómplice innegable de ese andar. Convencidos de las palabras de Nacho López, los fotógrafos independientes, o adscritos a algún medio editorial democrático, clamábamos convencidos de una fotografía militante: “Sabemos que la obra del artista es el reflejo de su posición como clase social a la que pertenece y de los intereses que ésta representa en relación a la época que la ha tocado vivir. Si de ello es consciente, el artista se ubicará en la trinchera crítica o como espejo testimonial de su propia comunidad”.[23] Los trabajadores de diversos sectores magisteriales, de investigación, docencia, de arquitectura, restauración junto con los técnicos, manuales y administrativos del INAH decidimos vincularnos con los movimientos sociales que se manifestarían el día del trabajo. Un 1° de mayo inolvidable.

 

Un exaltado 1° de mayo

La noticia circuló: podíamos llevar nuestras camisetas con el puño izquierdo cerrado que portaba a todas luces las siglas de nuestro sindicato del INAH; en mi caso la leyenda decía D-III-24, pues aún era fotógrafa de bienes culturales. Confeccionadas en serigrafía, las portamos con el gusto y sabor de manifestarnos frente al presidente Miguel de la Madrid para quien era su primer 1º de mayo (1983). Un año antes lo vio atónito un José López Portillo que intentó impedirnos el paso. No lo logró. Como miembros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) proponíamos una vía alterna para mostrar la inconformidad, entre los dos millones de obreros que aplaudían ese día al gabinete para obtener la asistencia en la lista, un Boing y un plátano en bolsita.[24]

 

La posición de los maestros y sindicalistas democráticos era avanzar hasta llegar al Zócalo, se había negociado el pase y nos dieron el sí días antes. Llegamos a la esquina de las calles de Bolívar y Uruguay —lo que era antes la Biblioteca Nacional—, esperábamos compactar el contingente. El ambiente estaba cargado de tensión y angustia, de emoción y ánimo resuelto. En algún momento se supo que los charros venían acompañados de un sector endurecido que venía de otros estados y que tratarían de impedirnos el paso para evitar que nos manifestáramos. Supimos que iban a alterar el orden, los compañeros demócratas encontraron las pruebas: un camión completo cargado con palos, chacos y otras armas con las que pretendían golpearnos. Se adelantaron y tomaron las armas antes que ellos, se escuchó un terrible resonar, un clamor, un destello, el barrido de los palos en el pavimento, afilando lanzas… fue estremecedor. Me subí a una barda para tener mejor ángulo y poder fotografiar lo que ya parecía inevitable, el encuentro a golpes con los charros del SNTE.

 

Los charros se identificaban entre sí porque casi todos ellos llevaban chamarras color guinda, o bien sombreros de paja, gorras, lentes, camisetas. Después de un estremecedor silencio, los charros arrojaron gases lacrimógenos sobre los compañeros esperando con ello dispersar a la multitud, pero no fue así. Al contrario, la amenaza enfureció a los compas y se fueron a los golpes; el silencio que antecedió a la tormenta fue más que audible, estremecedor y aterrador. Desde ese punto de vista fue factible captar las imágenes de los charros portando los palos apenas a unos metros de la cámara; también se captó el cómo usaron el gas para desalentar el avance de los colegas. La solución compositiva por evidentes razones fue en picada, así aparecen los rostros, las manos, los palos, el connato; en apenas fracción de segundos se podía componer la escena y disparar de tal modo que la cámara mostrase de dónde partía la represión y de dónde la resistencia civil. La manera de esperar al avance del contingente y de acecharlo, era entrar a la boca del lobo con la cámara. Casi una veintena de imágenes mostraba el reacomodo de fuerzas, con la adrenalina al máximo por parte de todos los actores, y también al disparar el obturador. La cámara parece protegerte del exterior, es la lente la que mira, aprehende y el dedo dispara, al ver por la mirilla te consideras invisible. Pero no lo eres.

 

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Fotografía de Rebeca Monroy Nasr. Una vez arrojado el gas lacrimógeno, un silencio recorrió la escena y después se escucharon los golpes secos de los palos y chacos. En primer plano cruza uno de los palos con los que aporrearon a los sindicalistas independientes, fue el actor principal de la escena. Por ahí también se observa entre los “charros” el miedo, la imagen lo revela con algunas actitudes corporales como cuerpos que chocan, se cubren entre ellos, manos que buscan apoyo y compases de pies que aplican reversa en su andar. 1º de mayo de 1983. Archivo de la autora.

 

En ese momento se soltaron los estruendosos palos sobre los cráneos de unos y otros, se escuchaba el batir y el choque inevitable, los chacos que ellos traían y sus cadenas resonaban durísimo; la trifulca, los gritos de dolor, cabezas abiertas y orejas sangrantes. Convencida de la labor fotodocumentalista que me tocaba realizar, disparé y disparé el obturador, en ese momento me sentí como señaló Casasola como una “Impresionador[a] del instante, esclavo[a] del momento”,[25] e ingenua como era, escuché de repente de voz de los charros decir claramente: “!Sobre esa pinche vieja!”. ¡Oh sorpresa, esa era yo! Salí corriendo porque intentaron quitarme la cámara, por lo que me arrojé al suelo y gracias a la llegada de los colegas de la CNTE se salvó mi cámara, el rollo y mi pellejo. Perdí un zapato en el fragor de los guamazos, el calor del asfalto era terrible, pero había que seguir con todo y ampollas. Decididos continuamos, aún aturdidos, hacia el Zócalo. Llegamos sin dar crédito de lo sucedido, pero aún no acababan su obra; los charros lanzaron de nuevo proyectiles con piedras y botellas. Nos protegimos unos a otros y una de mis manos alcanzó a parar una piedra que venía a la nuca de un compañero del INAH, lo que no impidió que siguiera disparando la pequeña Nikon FM con mi favorito gran angular, justo porque permite captar las escenas distorsionando los puntos de fuga y también incluye más contextos, afila los rostros, las extremidades, es una forma de ver poco usual, lejos de la mirada naturalista o casual. Te permite incluso subrayar elementos icónicos sin pensar pero con la mirada introyectada, como lo hacían los grandes fotógrafos de prensa.

 

Finalmente llegamos frente a Miguel de la Madrid quien, al igual que sus colaboradores, fingía no vernos ni escucharnos. Miraban allende el mar de inconformes, y la televisión también dejó de grabar a nuestro contingente. Decidimos permanecer ahí por espacio de 15 minutos, frenando a los de atrás. El presidente De la Madrid no tuvo más remedio que voltear a vernos, ahí resplandecieron los gritos, las consignas, el deseo vehemente de que ese tipo de atropellos no pasaran.

 

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Fotografía de Rebeca Monroy Nasr. Ante la bruma de las bombas lacrimógenas detonadas por los charros del SNTE, todo fue confusión e incertidumbre. Aquí un grupo de charros captados en picada, en grupo la composición denota cómo se mantienen unidos ante el frenético enfrentamiento. Tienen sujetado el mazo de tal suerte que defenderán su coto de poder, su “sindicato nacional” y sus prebendas, impidiendo el paso de los sindicatos independientes. Archivo de la autora.

 

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Fotografía de Rebeca Monroy Nasr. Algunos de los miembros del SNTE que fueron traídos para confrontar a las secciones democráticas de la CNTE el 1º de mayo de 1983. Archivo de la autora.

 

Salimos del primer cuadro de la ciudad y los colegas se dirigieron al Hemiciclo a Juárez para concluir en un mitin este logro innegable: golpeados, pero llegamos a nuestra meta. Yo me retiré con un calcetín forrado de un cartón viejo que encontré, un golpe en los pechos que me hizo una bolita y mi mano derecha como globo. En ese momento le pasé mis rollos a una colega de la Unidad de Servicios de Educación Básica del INAH, por si me detenían. Eran tiempos endurecidos, de represión masiva y selectiva, lo sabíamos. Los rollos llegaron a buen puerto, se abrieron la páginas de la revista Siempre! El suplemento México en la Cultura, que dirigía Carlos Monsiváis con un excelente equipo de trabajo con Antonio Saborit, quien solicitó las fotografías para ponerlas entre sus páginas.[26]

 

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Fotografías de Rebeca Monroy Nasr. Tira de contactos que muestra los enfrentamientos en las calles de Bolívar y Uruguay en el centro de la Ciudad de México. Al fondo los miembros de la CNTE y a un lado de la Biblioteca Nacional se encontraban los grupos de los charros del SNTE. En la última imagen podemos apreciar cómo uno de los charros, ya mayor, busca huir de los golpes subiéndose a la barda de la Biblioteca Nacional. Archivo de la autora.

 

Aparecieron las fotos con sendos textos de Hermann Bellingahusen y de Luis Hernández Navarro, mi crédito quedó anónimo y apareció sólo el nombre de Jorge Acevedo, también fotógrafo y sindicalista del INAH. Evité dar mis datos justo porque era muy identificable dadas las condiciones de la refriega. En ese momento eso era lo de menos, para mí la tarea ya estaba hecha. Quedaron impresas las imágenes gracias a que se hicieron públicas, como la muestra de un botón del fotodocumentalismo de esos años, como impronta de la represión. Un documento que muestra el evento y permea el deseo vehemente de cambiar y modificar la historia de un país, que ahora más que nunca se debate ante el protagonismo de sus políticos y el ámbito democrático del trabajo, de la permanencia de un legado apreciado y el resguardo de su patrimonio cultural. Hoy más que nunca es importante develar los esfuerzos de esta historia reciente que deseaba garantizar que las futuras generaciones pudiesen escudriñar su pasado entre las luchas, los frentes, los golpes, las represiones y los malestares. Hoy más que nunca para no olvidar, para no repetir la historia… lo que, eso sí, sería digno de celebrar.

 

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Imágenes como aparecieron en “México en la Cultura” del Siempre!, núm. 1560, 18 de mayo de 1983, gracias al interés histórico documental de Antonio Saborit y Carlos Monsiváis.

 

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

[1] José Antonio Rodríguez et al, Nacho López. Fotógrafo de México, México, INBA, 2016. Argelia Juárez Luévano, “La calle lee’, una denuncia testimonial que exhibe injusticia social. Fotoensayo de Nacho López”, tesis de maestría en historia del arte, FFyL-UNAM, México, 2015.

[2] Rebeca Monroy Nasr, Historias para ver. Enrique Díaz fotorreportero, México, UNAM / INAH, 2003.

[3] El chayote y el embute fueron formas de contener a los periodistas y fotógrafos de prensa. Una figura que duró muchos años y que empañó el trabajo libre e independiente de los fotógrafos. Julio Scherer, Esos años, México, Océano, 1995.

[4] Raquel Navarro Castillo Héctor García en Ojo! una revista que ve (1958), México, Conaculta / Centro de la Imagen, 2012. “Héctor García y ‘F2.8 La vida en el instante’ en Últimas Noticias. Segunda edición de Excélsior (1958-1960)”, tesis de maestría en historia y etnohistoria, ENAH-INAH, México, 2012.

[5] Alberto del Castillo, La fotografía y la construcción de un imaginario: ensayo sobre el movimiento estudiantil de 1968, México, Instituto Mora / IISUE-UNAM, 2012.

[6] Idem.

[7] Entrevista realizada a Enrique Bordes Mangel por Rebeca Monroy Nasr el 12 de agosto de 2004.

[8] Alberto del Castillo, op. cit. Sobre el Mariachito, cuyo verdadero nombre es Manuel Gutiérrez, ver Oralia García Cárdenas, “El movimiento estudiantil de 1968 en la colección fotográfica Manuel Gutiérrez Paredes. Una mirada de poder”, tesis de licenciatura, ENAH-INAH, México, 2014. De la misma autora, “Imaginarios del México posrevolucionario a través de la mirada de Manuel Gutiérrez Paredes (1939-1970)”, tesis de maestría en historia y etnohistoria, ENAH-INAH, México, 2016.

[9] Fueron muchos años más para llegar a la alternancia en el poder, primero las elecciones que se ganaron en el Distrito Federal en 1997 por parte del Partido de la Revolución Democrática y mucho después la llegada del Partido Acción Nacional a la Presidencia de la República con Vicente Fox, en el año 2000.

[10] Se llama charro a los líderes de los sindicatos que antes que defender a sus agremiados se alían con el Estado o con la patronal para llegar acuerdos internos, que les convienen a ellos y no a los trabajadores. Esto se instituyó en el periodo del presidente Miguel Alemán cuando Jesús Díaz de León, quien era aficionado al jaripeo y a los caballos, es decir, todo un charro, traicionó el movimiento ferrocarrilero presidido por Valentín Campa y Luis Gómez Z. en 1948.

[11] Los movimientos campesinos se manifestaron más bien en las décadas de 1960 y 1970 en Guerrero, Chiapas y Oaxaca; incluso en Zacatecas y Durango hubo trabajo de base con campesinos, obreros y colonos. Esos eran movimientos que el Estado procuraba reprimir de manera sistemática, por lo cual se dieron las condiciones de clandestinidad. Claudio Vadillo, Una gota con ser poco, con otra se hace aguacero. Carteles de la lucha social 1975-2000, México, Claudio Vadillo López, 2006. Para los movimientos sociales urbanos como el magisterial ver Luis Hernández Navarro, Cero en conducta. Crónicas de la resistencia magisterial, México, Fundación Rosa Luxemburgo, A. C., 2011.

[12] Eliezer Morales Aragón, “El momento político, las posiciones estratégicas y la táctica de izquierda en el movimiento social”, en México en la Cultura, suplemento de Siempre!, núm.1353, 30 de mayo de 1979, p. V.

[13] Rolando Cordera, “Reforma política y economía. ¿Un después demasiado lejos?”, en México en la Cultura, suplemento de Siempre!, núm. 1353, 30 mayo de 1979, p. VII.

[14] Éste es uno de los movimientos sociales más estudiados en las últimas décadas, está por ejemplo el libro de Raúl Trejo Delabre, Crónica del sindicalismo en México, 1976-1988, México, Siglo XXI, 1990, pp. 202-220.

[15] Patricia Ravelo Blancas, “Movimientos de los trabajadores al servicio del Estado ante la crisis”, en Jorge Alonso (coord.), Los movimientos sociales en el valle de México, México, CIESAS, 1988, vol. II, pp. 340-350.

[16] Al encarcelar al líder de la Corriente Democrática de Salubridad, Antonio Vidal, las manifestaciones se endurecieron. Salió de la cárcel algunos meses después, gracias a las movilizaciones y a los grupos de apoyo en aquel momento. Entrevista con Zuraya Monroy Nasr, 21 de abril de 2014. Una historia por contar.

[17] Patricia Ravelo Blancas, op. cit., p. 347.

[18] Eliezer Morales Aragón, op. cit., p. IV. 

[19] Este comité se gestó bajo el deseo de encontrar o saber el lugar en que estaban encarcelados o muertos muchos militantes de organizaciones clandestinas o líderes independientes desaparecidos, entre ellos el hijo de Rosario Ibarra, Jesús Piedra, y que a la fecha no han sido presentados.

[20] Jimena Vergara, Recuperar la historia del magisterio para encarar las luchas por venir, 12 de marzo de 2013, http://www.ltscc.org.mx/Recuperar-la-historia-del-magisterio-para-encarar-las-luchas-por-venir (consultado el 21 de abril de 2014). Luis Hernández Navarro, op. cit., p. 211. La historia en las palabras de Luis Hernández se convierte en un trabajo de rescate de una memoria importante en las luchas sociales de nuestro país.

[21] Éste no es el espacio para hablar de los avances y derrotas de la CNTE. El mismo Luis Hernández ha hecho un gran trabajo de reflexión en torno a ello en su ya citado libro Cero en conducta…, así como en No habrá recreo. Contra-reforma constitucional y desobediencia magisterial, México, Rosa Luxemburgo Stiftung / Para Leer en Libertad, A. C. Versión electrónica en http://rosalux.org.mx/docs/reforma_educacion.pdf (consultado el 6 de junio de 2017).

[22] Rebeca Monroy Nasr, “De augurios y promesas: un acercamiento al análisis fotohistoriográfico”, en Con-temporánea, núm. 2, julio-diciembre de 2014, http://con-temporanea.inah.gob.mx/node/43 (consultado el 6 de junio de 2017).

[23] Nacho López, “La fotografía ¿arte o testimonio?”, en Uno Más Uno, 24 de marzo de 1979.

[24] Para una narración encuadrada del evento ver Hermann Belinghausen, “1982-1983. Dos jornadas de mayo: una exaltación desesperada. Qué les sirva de una vez pa’todo el año”, en Siempre!, núm. 1560, 18 de mayo de 1983, pp. II-VI.

[25] Tal vez en este breve recuento es posible anotar cómo el fotodocumentalista y el fotoperiodista se convierten en aquello que señaló Casasola ante el presidente León de la Barra en 1911. Trasladado al historiador como testigo del evento y con las fotografías como detonadoras de la memoria, es ahora el rasgo complementario de esta historia reciente y presente. Alqumia, núm. 1, septiembre-diciembre de 1997, p. 41.

[26] Importante el texto que acompaña las fotografías realizado por Luis Hernández Navarro en donde comenta los ires y venires de esta historia, así de manera puntual el desarrollo de la ola represiva ese 1° de Mayo en “Cachorros vs. Maestros. Tráiganme la cabeza de la Coordinadora”, en Siempre!, núm. 1560, 18 de mayo de 1983, pp. VI-VIII. Las fotografías aparecieron con el crédito de Jorge Acevedo a petición de aquel autor y de la que esto escribe. Idem., pp. I-VIII. Agradezco a Antonio Saborit su visión e interés por mostrar el trabajo entre las páginas de la revista Siempre! de José Pagés Llergo.
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En este artículo se estudia el desarrollo que la fotografía de prensa y la documental tuvieron, a fines de los años setenta y ochenta. Gracias a la producción generada por y en los diarios Unomásuno (1977) y La Jornada (1984), las imágenes permearon una novedosa visualidad que impactó a los fotodocumentalistas. Éstos estaban convencidos que con su trabajo visual contribuyeron a la construcción de una conciencia social y política. En este caso, la autora utiliza a la fotografía como fuente documental de un episodio fotográfico. Es una experiencia personal que permite comprender con claridad los riesgos del oficio.

Palabras clave: fotoperiodismo, fotodocumentalismo, fotografía de  prensa, conciencia social, experiencia.

 

Abstract

This article explores the rise of photojournalism and photodocumentalism in the 1970s and 1980s. Photo production covering political and social news for Mexican newspapers Unomásuno (1977) and La Jornada (1984) constructed a new visuality that had an impact on photodocumentalists. The photographers were convinced that their work was contributing to forging a social and political conscience. In this case, the author uses the images as a documentary source to tell a photographic episode. It is a personal experience that provides insight into the risks taken by photo professionals.

Keywords: photojournalism, photodocumentalist, press photography, social consciousness, experience.

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