Las derechas mexicanas en la primera mitad del siglo XX

Tania Hernández Vicencio*

 

El objetivo de este artículo es establecer las coordenadas básicas para comprender el desarrollo de las derechas mexicanas en la primera mitad del siglo XX[1] La idea central es que, especialmente durante los primeros cincuenta años del siglo pasado las derechas mexicanas intentaron, por diferentes vías, articular un proyecto alternativo de nación que contrarrestara las aspiraciones del Estado emanado de la Revolución mexicana de 1910, las cuales se consignaron en el principal producto político-ideológico:[2]la Constitución de 1917. Frente a un Estado que enalteció el espíritu social de la Revolución de 1910, el principio de laicidad y la herencia indígena frente a la hispanista a inicios del siglo XX, los sectores conservadores de la sociedad mexicana y grupos importantes de liberales, pasarían a formar parte de la oposición y a ubicarse, de forma automática, a la derecha del espectro político.

 

Breve estado de la cuestión: sobre el concepto de derechas en México

 

Fue con el triunfo del derechista Partido Acción Nacional (PAN) en las elecciones presidenciales del año 2000 cuando en México afloró un gran interés por conocer a detalle los orígenes de la derecha mexicana y cómo había logrado avanzar hasta llevar al PAN a la presidencia de la república.[3] En ese contexto, al inicio del presente siglo se publicaron algunos trabajos académicos, tanto individuales como colectivos, que intentaban reflexionar sobre las conexiones entre personajes, grupos y organizaciones del conservadurismo del México decimonónico y las derechas en el siglo XX,[4] tales como los elaborados por Dora Kanoussi,[5] Renée De la Torre[6] y Erika Pani.[7] Más tarde, como parte de los festejos por el bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución, en 2010, se publicó la amplia investigación de Marta Eugenia García Ugarte sobre los vínculos entre el poder político y el poder religioso en el siglo XIX.[8] De esos trabajos, los de De la Torre y los de Pani son los que más claramente intentan identificar continuidades y rupturas entre el conservadurismo y la formación de las derechas mexicanas,[9] aunque su objetivo no necesariamente haya sido problematizar este último concepto.

 

¿Cuándo aparece el concepto de derecha en el debate público y particularmente en la discusión académica en México? En la dimensión académica, los trabajos de Gastón García Cantú,[10] Hugh Campbell,[11] Roger Bartra,[12] Soledad Loaeza,[13] Mario Ramírez Rancaño,[14] Nora Pérez Rayón y Alejandro Carrillo,[15] Javier Garciadiego,[16] Tania Hernández,[17] Octavio Rodríguez Araujo,[18] Beatriz Urías Horcasitas,[19] Carmen Collado[20] y recientemente los estudios de Víctor Muñoz Patraca,[21] Fabián Acosta[22] y Mario Santiago,[23] han problematizado e intentado una caracterización sobre la derecha o las derechas mexicanas, desde disciplinas como la sociología, la ciencia política y la historia.

 

Por su parte, los trabajos periodísticos publicados a partir de la década de 1980 han puesto más atención en los nexos que diversos actores de la derecha en México han tejido con intereses económicos específicos en Estados Unidos y con la jerarquía de la Iglesia católica nacional; ambas relaciones fueron abordadas, por ejemplo, en el trabajo de Manuel Buendía.[24] También se ha hecho referencia a la influencia católica en movimientos específicos, entre ellos el sinarquista, como indican los textos de Hugo Vargas.[25] En algunos trabajos periodísticos, por ejemplo en los de Álvaro Delgado[26] y Edgar González Ruiz[27] se ha optado por el uso de la expresión ultraderecha para identificar a grupos u organizaciones de acción clandestina o de choque. Además, recientemente apareció un interesante estudio de Juan Alberto Cedillo[28] que, si bien es de corte periodístico, fue producto de la consulta de archivos en el extranjero acerca de las operaciones de grupos nazis en México y su relación con funcionarios del gobierno mexicano durante los años treinta.

 

Destaco algunos de los trabajos académicos en los que se hace una propuesta de conceptualización sobre ese sector de la oposición política así como aquellos en los que claramente se atribuye un significado a la categoría de derecha: por ejemplo, en uno de los primeros trabajos, la reflexión se dio como parte del debate acerca de las oposiciones surgidas en la posrevolución, por lo que se catalogó como reaccionarios o reacción mexicana[29] a aquellos individuos que abrevaban del pensamiento conservador decimonónico cuya influencia se extendía hasta el siglo XX. Con ese criterio, García Cantú agrupó a clérigos, propietarios, militares e intelectuales a partir de la compilación y análisis de documentos, cartas, planes, manifiestos, etcétera, cuyo contenido abarcaba un amplio rango temporal que iba de 1810 a 1962.

 

Más tarde, categorías como derecha radical religiosa y derecha radical secular fueron usadas para analizar la política mexicana en un periodo de dos décadas, de 1929 a 1949; cabe recordar que después de la Primera Guerra Mundial aparecieron en Europa movimientos nacionalistas populares y autoritarios. El trabajo de Campbell[30] presenta un rostro negativo de varias organizaciones y movimientos mexicanos en general, ya que los sitúa como opositores per se de la modernidad y como una reacción frente a la Revolución mexicana. El autor plantea que la derecha radical en ese periodo se caracterizó por su xenofobia y antiextranjerismo, además de ser ultranacionalista, antiparlamentaria y antimarxista.

 

El concepto de oposición conservadora[31] fue de gran utilidad para nombrar un sector de la sociedad mexicana que confrontó al régimen cardenista como ícono de la Revolución hecha gobierno, y el cual aglutinó a una amplia red de actores con fuertes intereses afectados por las políticas socializantes del gobierno de Cárdenas; entre éstos se encontraba un sector importante del empresariado, conformado por el poderoso Grupo Monterrey que, en coyunturas específicas, coincidió a lo largo de la primera mitad del siglo XX con los reclamos de la alta jerarquía de la Iglesia católica y de grupos de la sociedad civil de ideología conservadora, particularmente en su afán moralizador de la vida pública.

 

Entre las propuestas más recientes me parece importante destacar la que hace Armando Bartra,[32] quien en un intento por reivindicar las aportaciones del pensamiento liberal y extrapolando su influencia a la etapa de la alternancia de partido en el gobierno federal en el año 2000, reúne una serie de trabajos de analistas, políticos panistas y académicos que, en su opinión, aportan elementos en torno a su idea de que en México existe una derecha moderna. Con este término Bartra alude al PAN y a sus aliados; además destaca como su principal mérito haber impulsado la transición democrática. Así, el autor se aleja del análisis que realizó en su artículo “Viaje al centro de la derecha”, de 1983, y descarta el hecho de que el proceso de transición fue producto de la acción de una amplia gama de actores políticos y que, al inicio del presente siglo, el PAN se caracterizaba, más bien, como una expresión de neoconservadurismo.

 

Hacia el final de la década del 2000, tomé distancia de aquella línea argumentativa e intenté avanzar hacia una reflexión más compleja, por ello propuse incorporar al análisis el cambio en el modelo del Estado mexicano y sus implicaciones en la reorganización de las oposiciones políticas y sociales. Así, planteé que era necesario identificar, por una parte, la existencia de una derecha social que actuó como la oposición a lo largo de todo el siglo XX y en lo que va del presente, y, por otra parte, de una derecha institucional que se fue conformando con mayor claridad dentro del partido hegemónico, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), y en las instituciones del Estado después de la segunda mitad de los años setenta.[33] Ambas derechas empezaron a coincidir en puntos centrales de su proyecto de nación desde el inicio de la crisis del modelo nacionalista revolucionario, y en especial cuando el neoliberalismo impuso la lógica del mercado a las distintas dimensiones de la vida nacional y emergió un neoconservadurismo que en lo social logró disminuir el papel del Estado, debilitó la acción colectiva y permitió el retorno de la religión a la esfera pública como elemento de cohesión social; mientras que, en lo político, reforzó los pactos cupulares y a la democracia representativa como el método exclusivo de intermediación entre el Estado y la sociedad.

 

Como parte de las aportaciones historiográficas más recientes, y nutriendo los análisis sobre la denominada derecha secular, la categoría derecha contrarrevolucionaria y secular[34] se ha usado para el análisis de las trayectorias de personajes que fueron parte de los gobiernos posrevolucionarios, pero que criticaron lo que consideraban el fracaso de la revolución, por lo que impulsaron proyectos alternativos en lo económico, político y social. Varios de los personajes adscritos a esa vertiente tenían la particularidad de adherirse al pensamiento hispanista, por lo que defendían los elementos de la tradición española que había definido a México como nación, trataban de impedir la disolución de las jerarquías frente al ímpetu de las masas y en general se oponían a la influencia norteamericana en el proyecto nacional, entre otros aspectos.

 

Por último, destaco un estudio publicado en 2016 en el que se analiza la denominada derecha popular [35] a través del movimiento sinarquista. Se destaca la fuerza de sus bases ubicadas en el Bajío y occidente del país como elemento determinante para que esta expresión campesina, de clases bajas y de fuertes valores católicos, pudiese perdurar a lo largo del siglo XX y del XXI.

 

No puedo dejar de mencionar que existen varios libros y testimonios de personajes que son parte de las derechas mexicanas,[36] los cuales nos permiten conocer más sobre el pensamiento y las influencias filosóficas de varios de ellos, así como los programas de algunas organizaciones clave de esta familia político-ideológica.[37] Evidentemente, por su carácter institucional destacan también archivos como los del episcopado mexicano, de las diócesis y arquidiócesis, así como los de algunas organizaciones de laicos de la Iglesia católica, partidos políticos y de personajes que incluso colaboraron directamente con los gobiernos posrevolucionarios.[38]

 

Las derechas mexicanas en la primera mitad del siglo XX

 

A continuación identifico varias tensiones y coyunturas que definen la integración de las derechas mexicanas en los primeros cincuenta años del siglo XX, y para ello inicio recordando que un acontecimiento clave para su desarrollo fue la reforma liberal de la segunda mitad del siglo XIX, la cual produjo, por lo menos, dos procesos importantes:

 

  1. La modernización de la economía sobre la base de la confrontación del poder de la Iglesia católica, el impulso a la propiedad privada y la creación de las cimientes de lo que posteriormente será la clase media urbana.[39]

     

  2. El intento de construcción de un espacio público que no estuviese definido por la moral católica y disputara a la Iglesia su influencia en el terreno de la organización social y la educación.

 

A partir de esos parámetros esbozo una periodización sobre el desarrollo de las derechas en México en la primera mitad del siglo pasado, como un proceso directamente ligado al nacimiento de un Estado que nació con un perfil de centro-izquierda y con tintes altamente progresistas, por lo que el resto de los actores se ubicaron casi automáticamente a la derecha del espectro político. Así, tanto los liberales —que en el siglo XIX representaron las posiciones de centro de la geometría política— como los conservadores del momento se convirtieron en la oposición de derecha a inicios del siglo XX, en un contexto en el que sus planteamientos iban a contracorriente de la ideología nacionalista revolucionaria que organizaba el imaginario social y el discurso político.

 

Es posible identificar cuatro subperiodos en la primera mitad del siglo pasado: de 1917 a 1933, de 1934 a 1940 (el gobierno cardenista), de 1941 a la primera mitad de 1953 y de la segunda mitad de 1954 a 1963 (antes del inicio del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz). Los años que transcurren entre 1917 y 1933 son fundamentales para la articulación de las derechas mexicanas hasta nuestros días. La promulgación de la primera Constitución social del siglo XX fue un acicate que movilizó a una amplia gama de actores. La nueva Constitución resultó ser un documento ecléctico que incorporó los valores liberales, pero que también enfatizó un fuerte compromiso social y popular por parte del Estado, así como por el desarrollo de un ambicioso programa de reformas que confrontaron los principios del proyecto liberal del siglo XIX, particularmente en lo relativo a la propiedad y al papel del Estado como intermediador de los intereses de los distintos grupos sociales.

 

No hay que perder de vista que el triunfo de la Revolución rusa había generado expectativas en pro y en contra de la expansión del proyecto socialista entre otros países del orbe, así que, cuando en México fue promulgada una carta magna de vanguardia en varios sentidos, las voces de alerta de los sectores conservadores de la sociedad y de los grupos liberales no se hicieron esperar. El hecho de quedar instaurados en la nueva Constitución valores como la laicidad del Estado, la promoción del papel primordial de éste en la economía y el impulso a la propiedad colectiva a través del ejido, produjo fuertes tensiones que se convirtieron en una disputa de las oposiciones frente al Estado respecto de temas como la organización social y política, la educación, el modelo económico, etcétera.

 

Los años de 1917 a 1929 se definieron por la aspiración de todos los actores políticos a lograr la reconstrucción nacional, y las derechas no fueron la excepción, por lo que proliferaron grupos alentados por la alta jerarquía de la Iglesia católica, que también se volcó al activismo político. Múltiples fueron las estrategias de acción: uniones, ligas, confederaciones y algunos partidos políticos se convirtieron en parte de la escena pública.[40] Varios de estos grupos apelaban al ideario hispanista y en especial a la defensa de la religión católica como elemento central de la identidad nacional. Si los católicos del siglo XIX habían defendido las bases de la república cristiana frente a la república liberal, el nacionalismo católico sería inspiración para una amplia red de actores que en el siglo XX disputaban importantes espacios de poder al nacionalismo revolucionario. Ahí donde este último enaltecía el indigenismo y una sociedad más igualitaria, el primero reivindicaba el papel de México en la confrontación entre España y Estados Unidos, y, en ese sentido, problematizaba la relación de México con el catolicismo y con una posible alianza católica panlatina.[41]

 

Más allá de sus programas específicos, este amplio grupo de la derecha católica compartía la demanda de libertad religiosa y cuestionaba el contenido de artículos específicos como el 3 (relativo a la educación), el 5 (sobre la negativa a la existencia de órdenes monásticas), el 24 (qué sólo garantizaba la libertad de culto, más no la libertad religiosa), la fracción II del 27 (que restringía la posesión de bienes por parte de las iglesias) y el 130 (que les negó la personalidad jurídica). En aras de avanzar en la defensa de los que consideraban sus derechos, la jerarquía eclesiástica y los sectores más beligerantes de sus grupos de laicos reclamaron, primero, el regreso a la Constitución de 1857, en la que si bien se había incluido el principio de tolerancia religiosa —por lo que la católica había dejado de ser la religión del Estado mexicano—, no se precisaban los límites del poder eclesiástico. Al no prosperar esa demanda, exigieron la reforma del contenido de los artículos antes mencionados y, finalmente, en los momentos de peor confrontación con el Estado amenazaron con el desconocimiento de la nueva Constitución.

 

En los hechos, el activismo de las derechas violentaba varias de las disposiciones del artículo 130, el cual definía la imposibilidad de formar agrupaciones políticas que hicieran referencia a una confesión religiosa; no permitía que los ministros de culto —en reuniones públicas o privadas o en actos de culto o propaganda religiosa— pudiesen criticar las leyes del país, a las autoridades o al gobierno en general; y tampoco aceptaba la posibilidad de asociarse y publicar con fines políticos. A largo de los años y con el paso de varios gobiernos, se hizo evidente que el mayor o menor cumplimiento de esos preceptos dependía de la conveniencia para la relación entre el gobierno y la alta jerarquía eclesiástica.

 

Los acontecimientos internacionales que sacudieron las décadas de los veinte y treinta también influyeron en el desarrollo de las derechas en México. Durante esta etapa emergieron en Europa el fascismo, el comunismo y los nacionalismos, se vivió el efecto de una gran crisis económica que provocó el descrédito del capitalismo, favoreció al movimiento obrero tradicional, anarquista o marxista, pero también comenzó a acariciarse una tercera vía entre el capitalismo y el socialismo. El fascismo, nacido en la Europa de entreguerras (1819-1939), fue la base de algunos regímenes totalitarios y de prácticamente todos los que se impusieron con el apoyo de las potencias del Eje durante la Segunda Guerra Mundial. El fascismo instaurado en la Italia de Benito Mussolini (1922-1943) fue adoptado en la Alemania de Adolfo Hitler (1933-1945), donde se llevó a sus últimas consecuencias; también lo retomó el régimen encabezado por Francisco Franco en España (1936-1975), donde se prolongó durante más tiempo. La influencia de esas vertientes internacionales radicales se evidenció en México con el nacimiento de grupos profascistas, pronazis.[42]

 

En México, la década de 1920 estuvo marcada por la movilización católica en contra del Estado laico, lo que ocasionó que entre 1926 y 1929 se desarrollara el conflicto armado conocido como la Guerra cristera. Además de la confrontación con el Estado mexicano, el conflicto religioso dividió profundamente a los grupos y organizaciones católicas más intransigentes, así como a las elites y las bases católicas. De la confrontación epistolar y armada entre el alto clero y los funcionarios del gobierno se pasó al exilio forzado de arzobispos y obispos, proceso que, si bien había iniciado en 1914, se acentuó al publicarse la nueva Constitución y luego con la guerra. Los acuerdos de paz fueron alcanzados en 1929, pero eso no significó la desmovilización de los grupos católicos.[43]

 

En los siguientes años, las derechas mexicanas, y en especial la Iglesia católica, exploraron otras estrategias para su activismo. Dado que una parte de la feligresía católica —en especial la que se había involucrado en la Guerra cristera— se sentía defraudada por la actuación de sus líderes, aquélla intentaría consolidar nuevos proyectos organizativos en la década de los treinta, incluso algunos no permitidos o no reconocidos por la propia Iglesia. Entre 1930 y 1933 los laicos católicos formaron grupos de elite, organizaciones de acción clandestina mediante las cuales impulsaron un movimiento social de base popular y fundaron algunos partidos que pretendían tener presencia nacional.[44] La derecha católica buscaba la ruta más efectiva para participar en la vida política, evitando los altos costos que le había representado la lucha armada. Mientras la Santa Sede pretendía fortalecer a la Acción Católica Mexicana y convertirla en el espacio natural para la actividad de los fieles y para la institucionalización de sus demandas, los sectores más beligerantes del catolicismo mexicano exploraban incluso la vía de la infiltración entre grupos.

 

Como se mencionó, un segundo subperiodo en la conformación de las derechas en México es el que transcurrió entre 1934 y 1940, hasta el final del gobierno cardenista, cuando el reacomodo de las derechas mexicanas se dio en varios ámbitos. Los empresarios, las organizaciones cívicas de ideología conservadora y la jerarquía de la Iglesia católica constituyeron la principal oposición contra un gobierno que aplicó a pie juntillas varios artículos constitucionales que, por una parte, afectaban sus intereses y privilegios, y por otra desplegaban una serie de políticas que atendían de forma prioritaria a las clases populares. La coalición de gobierno encabezada por Lázaro Cárdenas era una alianza horizontal que se distinguía del pacto vertical que habían distinguido a los gobiernos mexicanos, incluso a los del Maximato y, en ese sentido, se contraponía a los privilegios de las derechas mexicanas.

 

La Iglesia católica y sus grupos de laicos reaccionaron con beligerancia cuando en 1934 el gobierno decretó que la educación pública tendría un “carácter socialista”. La ola opositora además involucró a buena parte de la clase media, a organizaciones de la sociedad civil y algunos intelectuales universitarios que calificaron al gobierno como una “dictadura ideológica”. La disputa por la educación, para ese momento, ya no sólo implicaba el tema de la laicidad y la educación impartida por el Estado, sino la posibilidad de que el socialismo se infiltrara en todos los espacios educativos, por lo que las derechas también desplegaron un fuerte activismo en los espacios universitarios impulsando algunos grupos de acción clandestina. La burguesía nacional, por su parte, resintió el haber perdido el lugar central que ocupaba en la política de gobierno y reaccionó con beligerancia cuando en 1935 el presidente Cárdenas decretó la Ley del Salario Mínimo, en un intento por reivindicar el derecho de los trabajadores a tener mejores condiciones laborales. A esa situación se sumó la tensión con los grandes propietarios de tierras cuando, en 1936, el presidente emitió un acuerdo para repartir entre los campesinos sin tierra todas las de la Comarca Lagunera de Durango y Coahuila, reparto al que siguieron los de Yucatán, el valle del Yaqui, Lombardía, Nueva Italia y Los Mochis.[45]

 

El desarrollo de las derechas mexicanas entre 1937 y 1939 fue complejo. Nació el movimiento sinarquista en el Bajío, centro y occidente del país, emergieron varios grupos de la derecha radical y se fundó el partido más exitoso de esta familia ideológica: el Partido Acción Nacional. La formación de un movimiento como el sinarquista expresaba la necesidad de acoger en una organización las demandas y los reclamos de los herederos del movimiento cristero; la formación de un partido político, por su parte, pretendía incorporar a las clases medias en una nueva apuesta político-electoral, actuando de forma institucional y bajo las reglas del sistema político. Es importante señalar que así como el PAN enarbolaba principios esenciales del liberalismo político, también abrevaba de la doctrina social de la Iglesia católica.

 

Cabe añadir que en esa época hubo otros partidos políticos que enarbolaron distintas banderas propias de las derechas, tales como el anticomunismo o la moralización del espacio público; pero lo novedoso, en todo caso, fue que a los viejos conflictos en materia religiosa y respecto de los derechos de propiedad se agregaron nuevas tensiones producidas por las políticas positivas hacia la inmigración. Eso hizo que se desataran los aires xenófobos y el antiextranjerismo, particularmente en zonas donde la industria y el comercio estaban progresando, como en el norte y noreste del país; en esas regiones aparecieron grupos de choque que atacaban a los inmigrantes por considerarlos una amenaza para sus negocios o por ocupar fuentes de trabajo que podían tener los mexicanos.[46]

 

Un elemento que contribuyó a relajar la relación entre el Estado mexicano y las derechas fue el cambio ideológico y programático de los gobiernos posteriores al cardenista. La administración de Manuel Ávila Camacho (1940-1946) asumió como objetivo central la búsqueda de la “unidad nacional” e impulsó una política de acercamiento con todos los actores políticos. La construcción de una política de tolerancia con la Iglesia católica, que había iniciado con el gobierno anterior, se consolidó con Ávila Camacho, pues desde el inicio de su campaña el candidato priista se declaró católico y abogó por el fortalecimiento de la familia tradicional, con lo que generó una mayor confianza en la oposición de derecha.

 

El tercer subperiodo en el desarrollo de las derechas va de 1941 a 1953, cuando, en general, la beligerancia de la movilización católica pasó a segundo plano, aunque no disminuyó el activismo. Una muestra de la reconciliación con la Iglesia se dio en 1941, cuando el Congreso de la Unión aprobó una nueva ley reglamentaria del artículo 3 constitucional, en la que se eliminó el carácter socialista que la educación alguna vez había tenido. La nueva reglamentación permitía una mayor participación de la iniciativa privada en la educación. En correspondencia, la jerarquía católica prometió “consagrarse al cumplimiento de su misión espiritual”, lo cual, sin embargo, no restringió la formación de nuevos líderes, por ello impulsó el proyecto Pastoral de Elites y se desplegaron nuevas estrategias para seguir disputando al Estado la formación universitaria. En esa vía, en 1941 inició el trabajo en México de una de las órdenes más poderosas de la Iglesia católica: los Legionarios de Cristo y, en 1949, se creó la representación mexicana del Opus Dei. La reconciliación del gobierno con las derechas católicas también alcanzó al sinarquismo, dentro del cual se fue desplazando al sector más beligerante de su dirigencia y se consolidó un grupo de líderes de línea moderada.[47]

 

Por otro lado, la estrategia del gobierno también incluyó una nueva relación con Estados Unidos de América. Los conflictos bélicos en Europa y el ataque a Pearl Harbor, en 1941, posibilitaron una nueva alianza con los estadounidenses, fundada en el interés de aquéllos por el petróleo mexicano, así como en la necesidad de frenar el avance del nazismo, y, en el caso mexicano, en la idea de que, si hubiera resistencia al llamado a la unidad nacional lanzado por el gobierno, éste tendría justificación para actuar contra quienes —a su juicio— propiciaban la confrontación interna en un contexto internacional altamente crítico. En el marco de lo que fue el inicio del modelo económico conocido como desarrollo estabilizador, fue cobrando relevancia la industria de transformación y las organizaciones empresariales se convirtieron en aliados estratégicos del gobierno.

 

El ambicioso proyecto de modernización que impulsó el presidente Miguel Alemán (1946-1952) se fue consolidando de forma natural, pues él mismo era parte de un sector importante del empresariado mexicano. En contraposición, su gobierno buscó apartar al país de las ideas comunistas, las cuales, según su consideración, habían sido ampliamente alentadas por el cardenismo y se propuso no permitir la “transgresión del orden social y político”[48] por parte otros actores que trataban de retornar la situación del país a problemas que se consideraban superados. El nuevo pacto entre el gobierno federal y los empresarios contribuyó al fortalecimiento de una nueva elite económica, cuyas principales bases fueron los sectores empresariales asentados en el centro del país. Las políticas del gobierno de Alemán también alentaron la formación de una amplia clase media, que comenzó a adoptar los patrones de consumo y de la cultura estadounidense; el llamado American Way of Life fue penetrando a una sociedad en expansión que, con la fuerte devaluación del peso en 1948, comenzaría a resentir los efectos negativos en sus patrones de consumo.

 

El fin de la Guerra de Corea (1950-1953) ocasionó en la economía mexicana un impacto de menor intensidad que el de la Segunda Guerra Mundial, pero el gobierno de Adolfo Ruiz Cortines (1952-1958) no respondió con un programa de fuerte promoción económica como había ocurrido seis años antes, y en el ánimo de los empresarios se fue manifestando más su afán de enriquecimiento que un espíritu nacionalista para invertir en México. Para tratar de incentivar la economía, a partir de 1954 el gobierno incrementó el gasto público, estrategia que terminó por producir desequilibrios presupuestales y causó una espiral inflacionaria que derivó en una nueva devaluación de la moneda,[49] con lo que se fueron generando nuevas tensiones sociales.

 

El cuarto subperiodo que es posible identificar en la conformación de las derechas en México transcurrió entre 1954 y 1963. La Santa Sede desplegó varias acciones para difundir su ideario y movilizar a sus bases, actuando a favor de la cristiandad en Latinoamérica; la Iglesia católica en México nuevamente cobró relevancia con ese proyecto. Fue así que en 1954 la jerarquía católica mexicana lanzó una nueva campaña para tratar de derogar las “leyes anticlericales”, es decir, los artículos constitucionales históricamente en disputa. La elite de la Iglesia insistió en el reconocimiento de su personalidad jurídica y, por primera vez, manifestó a las bases católicas la necesidad de trabajar por la defensa del voto, incluso planteó su intención de recuperar el proyecto de sindicalismo cristiano.[50] El ambiente de descontento social que empezaba a surgir en el país fue caldo de cultivo para la Iglesia católica, que abandonó el “bajo perfil” que había mantenido en el contexto de la relación de tolerancia con el Estado mexicano. Algunos miembros de la Iglesia comenzaron a tender puentes más claros con el PAN, partido en el cual militaban varios miembros de sus principales organizaciones de laicos, quienes incluso llegaron a encabezar dicho partido por casi una década.

 

Entre 1956 y 1958 el descontento de importantes grupos sindicales, como el de los maestros y el de los ferrocarrileros, que denunciaban el control corporativo de sus organizaciones y la falta de democracia interna, fue apaciguado por el gobierno mediante la fuerza, por lo que el ambiente social y político se complicó cada vez más. A esa situación se sumaron las tensiones producidas por el desarrollo de la Revolución cubana (1959-1961) y los temores de la clase política nacional de que el proyecto comunista progresara en la construcción de alianzas en México. Ante esa posibilidad, el empresariado, las organizaciones de la sociedad civil de ideología conservadora, los medios de comunicación masiva y los grupos de derecha radical de acción clandestina reactivaron de inmediato sus críticas contra el gobierno y contra los simpatizantes de la revolución en la isla y a la vez avanzaron en distintos frentes con la consiga anticomunista. El sentimiento de amenaza sobre la propagación del comunismo en México creó una nueva disputa por los espacios universitarios, pues se consideraba que la juventud era presa de doctrinas que nada tenían que ver con las raíces históricas de la sociedad mexicana y eran manipulados por una nueva conspiración de agentes extranjeros actuando en México.[51]

 

Comentarios finales

 

Como he querido mostrar en este trabajo, durante la primera mitad de los años cincuenta las derechas mexicanas exploraron varias rutas organizativas: la constitución de grupos de elites y partidos políticos, de organizaciones sociales profundamente ideológicas, de grupos clandestinos, de movimientos sociales e incluso la lucha armada. Las derechas disputaron al Estado la organización social y política, y trazaron las líneas generales de un proyecto de nación distinto, en el que valores como la jerarquización de la sociedad, la defensa de la religión católica como elemento de identidad nacional, la propiedad privada y la moralización del espacio público articularon a buena parte de éstas. Innovaron, adaptaron modelos y proyectos políticos, sociales y económicos instrumentados en otros países y se vincularon con redes internacionales[52] actuando en clave anticomunista y antisocialista, e incluso, en algunos casos trabajaron contra lo que consideraban la conspiración judeo-masónica en México.

 

Dado que en la primera mitad del siglo XX el Estado mexicano mantuvo una línea discursiva de defensa del nacionalismo revolucionario y consolidó un modelo de desarrollo en el que tenían cabida amplios sectores de la sociedad mexicana, a la vez que mantuvo una relación de tolerancia con la Iglesia católica —permitiéndole incluso cierta participación en el espacio político y en el terreno de la educación—, la lucha de las derechas constituyó la expresión de un sector de la oposición social y política que defendió otra mirada sobre la historia nacional y sobre lo que debía ser el proyecto futuro. No obstante, también se mostraron los primeros rasgos de lo que, hacia la segunda mitad del siglo pasado, habría de perfilarse como la derecha institucional; es decir, aquella integrada por la tecnocracia priista y de gobierno, la cual, hacia los años ochenta, impulsaría cambios importantes en el modelo de desarrollo, sin que esto necesariamente implicara la transformación radical del régimen político mexicano, sino, por el contrario, la consolidación de varios de sus viejos rasgos autoritarios.

 

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

[1] Cuatro precisiones importantes son: a) El concepto de derecha —como el de izquierda— no es un concepto sustantivo y ontológico; cuando hablamos de derecha estamos aludiendo a una parte del espectro político en un tiempo y un espacio determinados. Véase: Norberto Bobbio, Izquierda y derecha. Razones y significados de una distinción política, Madrid, Taurus, 1995. La categoría de derecha no remite a un conjunto de rasgos únicos y fijos para siempre, por lo que existirán distintas derechas, en función de los contextos a los que hagamos referencia. b) Si partimos de que existen distintas derechas, según los contextos espacio-temporales, esto implica reconocer que son producto —y a la vez, pieza— del funcionamiento de regímenes políticos y de modelos de desarrollo específicos. c) Reconocer la existencia de las derechas —en plural, lo que implica aceptar que pueden tener programas, objetivos y estrategias de acción distintos— no significa desconocer que, como parte de una familia ideológica, aquéllas comparten un núcleo duro de valores que se expresa en coyunturas en las que se debaten temas clave de la agenda pública. d) Por otro lado, la expresión coyuntural de sus proyectos o demandas no supone pensar que las derechas siempre son expresiones meramente contingentes o reactivas a temas concretos, en muchos casos las derechas expresan una cosmovisión que ha sido alimentada por una base social más o menos amplia y de viejo cuño.

[2] La díada izquierda y derecha se perfiló como elemento distintivo de dos posiciones políticas en confrontación en Francia, cuando los delegados con posiciones doctrinales distintas se manifestaron en el seno de la asamblea de 1789, en la que se discutió el peso de la autoridad real frente al poder de la asamblea popular en la futura constitución. Físicamente, los partidarios del veto se ubicaron a la derecha del presidente de la asamblea, muchos de ellos pertenecían al clero y a la aristocracia francesa; por otra aprte, quienes defendían la asamblea popular se situaron a la izquierda.

[3] Desde 1989, cuando el PAN consiguió que su triunfo en una elección de gobernador —en Baja California—le fuese reconocido por primera vez, se desató una oleada de victorias en otras entidades del país; eso llamó la atención respecto del empoderamiento que empezaba a tener el partido, que por muchas décadas había sido oposición.

[4] Aun así, las investigaciones locales sobre el tema no se comparan en número con las desarrolladas en otros países de Latinoamerica, como aquellos que vivieron bajo regímenes militares Argentina, Brasil o Chile, por ejemplo—, y qué decir de Europa, donde el análisis sobre las derechas españolas, italianas, francesas o alemanas ha marcado pauta.

[5] Dora Kanoussi, El pensamiento conservador en México, México, BUAP / Plaza y Valdés, 2002.

[6] Renée de la Torre Marta E. García Ugarte y Juan M. Ramírez Sáiz, Los rostros del conservadurismo mexicano, México, IIS-UNAM / CIESAS, 2005.

[7] Erika Pani, Conservadurismo y derechas en la historia de México, tt. I y II, México: FCE / Conaculta, 2009.

[8] Marta E. García Ugarte, Poder político y religioso. México siglo XIX, 2 tt., México, UNAM / Miguel Ángel Porrúa, 2010.

[9] Por supuesto, se recomienda una lectura atenta de trabajos clásicos sobre el liberalismo mexicano, por ejemplo: Jesús Reyes Heroles, El liberalismo mexicano. La sociedad fluctuante, 2ª ed., México, FCE, 1974; Alan Knight, “El liberalismo mexicano desde la Reforma hasta la Revolución (una interpretación)”, Historia Mexicana, vol. 35, núm. 1, pp. 59-91, julio de 1985; François-Xavier Guerra, México: Del antiguo régimen a la Revolución, trad. de Sergio Fernández Bravo, II tt., 2ª ed., México, FCE, 1988; Charles Adams Hale, The Transformation of Liberalism in Late Nineteenth-century Mexico, Princeton N. J, Princeton University Press, 1989; José Antonio Aguilar Rivera, La fronda liberal: la reinvención del liberalismo en México (1990-2014), México, CIDE / Taurus, 2010. Todas estas lecturas aportan elementos de análisis para un debate sobre otra vertiente filosófica con influencia profunda en las derechas mexicanas.

[10] Gastón García Cantú, Antología. El pensamiento de la reacción mexicana (la derecha). Historia documental III (1929-1940), México, Empresas Editoriales, 1965; del mismo autor véase La derecha (idea de México V), México, Conaculta, 1991.

[11] Hugh G. Campbell, La derecha radical en México, 1929-1949, México, SEP-Setentas, 1976.

[12] Roger Bartra, “Viaje al centro de la derecha”, Nexos, núm. 64, México, abril de 1983.

[13] Soledad Loaeza, “Conservar es hacer patria (la derecha y el conservadurismo mexicano en el siglo XX)”, Nexos, núm. 64, México, abril de 1983.

[14] Mario Ramírez Rancaño, La reacción mexicana y su exilio durante la revolución, 1910, México, IIS/IIH-UNAM / Miguel Ángel Porrúa, 2002.

[15] Nora Pérez Rayón y Mario Alejandro Carrillo, “De la derecha radical a la ultraderecha en el pensamiento social católico”, en Roberto J. Blancarte, El pensamiento social de los católicos mexicanos, México, FCE, 1996.

[16] Javier Garciadiego “La oposición conservadora y de las clases medias al cardenismo”, ISTOR, año VII, núm. 25, México, verano, 2006. 

[17] Tania Hernández Vicencio, Tras las huellas de la derecha. El Partido Acción Nacional, 1939-2000, México, Itaca. 2009.

[18] Octavio Rodríguez Araujo, Derechas y ultraderechas en México, México, Orfila, 2013.

[19] Beatriz Urías Horcasitas, Rodulfo Brito Foucher. Escritos sobre la revolución y la dictadura, México, FCE, 2015.

[20] Carmen Collado, Las derechas en la historia contemporánea, México, Instituto José María Mora, 2015.

[21] Víctor Manuel Muñoz Patraca, Políticas sociales de la derecha en México, 2000-2012. Textos recuperados, México, Colofón, 2016.

[22] Fabián Acosta Rico, La derecha popular en México. El caso de la Unión Nacional Sinarquista y el Partido Demócrata Mexicano, Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 2016.

[23] Mario Virgilio Santiago Jiménez, “El Yunque de México: del periodismo a la historia”, Nouveau Monde Mondes Nouveaux, sección Coloquios, derechas y extremas derechas, en https://nuevomundo.revues.org/68832?lang=es (consultada el 15 de agosto de 2017).

[24] Manuel Buendía, La ultraderecha en México, México, Océano / Excélsior, 1984; Abraham García Ibarra, Apogeo y crisis de la derecha en México, México, El Día, 1985.

[25] Hugo Vargas, Cuando la derecha nos alcance, México, Pangea, 1997; del mismo autor véase La derecha mexicana: historia y desafíos, México, Ediciones E y C, 2015.

[26] Álvaro Delgado, El Yunque. La ultraderecha en el poder, México, Plaza y Janés, 2003; del mismo autor véase, El ejército de Dios. Nuevas revelaciones sobre la extrema derecha, México, Plaza y Janés, 2008.

[27] Edgar González Ruiz, La última cruzada, México, Grijalbo, 2002; del mismo autor véanse MURO. Memorias y Testimonios, Puebla, Gobierno del Estado de Puebla / BUAP, 2003; y Los Abascal, conservadores a ultranza, México, Grijalbo. 2003.

[28] Juan Alberto Cedillo, Los nazis en México, México, Debate, 2007.

[29] Véase Gastón García Cantú, Antología. El pensamiento..., op. cit.

[30] Véase Hugh G. Campbell, La derecha radical..., op. cit.

[31] Véase Abraham Nuncio. El PAN, alternativa de poder o instrumento de la oligarquía empresarial, México, Nueva Imagen, 1986.

[32] Armando Bartra, Gobierno, derecha moderna y democracia en México, México, Erder, 2009.

[33] Tania Hernández Vicencio, Tras las huellas..., op. cit.

[34] Beatriz Urías Horcasitas, Rodulfo Brito Foucher. Escritos sobre la revolución y la dictadura, México, FCE. 2015.

[35] Fabián Acosta Rico, La derecha popular en México. El caso de la Unión Nacional Sinarquista y el Partido Demócrata Mexicano, Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 2016.

[36] En México, como en otras partes de Latinoamérica, es difícil que los actores se adscriban al espectro político de las derechas. En México hay —por lo menos— dos razones que pueden explicar esta situación: la primera es que ha sido difícil reconocer el papel de las derechas en el contexto de un discurso hegemónico que permitió elaborar el imaginario social de buena parte del siglo XX a partir de enaltecer el proyecto nacionalista revolucionario y, con ello, una visión más bien de centro-izquierda asumida por el Estado y buena parte de los actores políticos y sociales. La segunda razón es que la categoría de derecha se ha usado públicamente con un sentido peyorativo en el ámbito periodístico e incluso en algunos espacios académicos, lo que ha contribuido a descalificar el pensamiento y acción de un sector importante de la sociedad mexicana, profundizando su desconocimiento.

[37] La literatura cristera tiene varios exponentes; destaco aquí a autores como Jorge Gramm, pseudónimo del sacerdote David H. Ramírez, Luis Rivero del Val, Fernando Robles, Claudio Álvarez, Carlos María de Heredia, Jesús Goytortúa Santos y otros más; para mayor información sobre sus ensayos véase “Narrativa cristera” en la página de la Enciclopedia de la literatura en México, http://www.elem.mx/estgrp/datos/96 (consultada el 24 de julio de 2017); de Miguel Palomar y Vizcarra, líder de la Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa, destaca El caso ejemplar mexicano; véanse también los ensayos de Salvador Abascal Infante, líder la Unión Nacional Sinarquista, entre los que destacan Mis recuerdos, Sinarquismo y colonia María Auxiliadora y La Constitución de 1917, destructora de la nación; de Salvador Borrego, periodista, exponente del revisionismo histórico sobre el Holocausto y apologista del fascismo, existen alrededor de cincuenta libros y varios ensayos, entre los que destaca La derrota mundial; entre los ensayos e infinidad de artículos periodísticos de Manuel Gómez Morín, fundador del PAN, destacan 1915 y Crédito agrícola; entre los diversos ensayos de Efraín González Luna, también fundador del PAN, destacan Humanismo político y Los católicos y la política en México. Condición política de los católicos mexicanos.

[38] Por ejemplo, los archivos de la Acción Católica que se encuentra en la Universidad Iberoamericana, el de la Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa, depositado en al Instituto de Investigaciones sobre la Educación de la UNAM, donde también se encuentran los documentos personales de Miguel Palomar y Vizcarra, líder de la Liga e ideólogo del movimiento cristero. Están también los documentos del PAN que pueden consultarse en la Fundación Rafael Preciado de ese partido o en el Centro Cultural Gómez Morín, ubicado en el Instituto Tecnológico Autónomo de México, donde también hay una amplia variedad de materiales de quien fuera fundador del partido; existe también el archivo de la Unión Nacional Sinarquista, cuyas oficinas centrales están en la Ciudad de México, entre otros.

[39] Quizá el paradigmático —acaso el único o el principal— sobre el desarrollo de las derechas en áreas rurales sea el del Movimiento Cristero y el Movimiento Nacional Sinarquista, en el Bajío, centro y occidente del país, debido fundamentalmente —aunque no únicamente—al influjo de la religión católica.

[40] En 1917 nacieron organizaciones como la Unión Nacional de Padres de Familia y la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio y en 1918 la Confederación de Cámaras Industriales. La jerarquía eclesiástica, por su parte, intentó institucionalizar la acción de sus fieles, agrupándolos por género e incluso por edades, para lo que creó —entre otros organismos y organizaciones— el Secretariado Social Mexicano (1919), con el fin de extender en México la acción católica como parte del movimiento internacional que se valía de laicos para la difusión de la doctrina social de la Iglesia. La Confederación de Asociaciones Católicas de México (1919). También surgieron agrupaciones que veían con buenos ojos el avance en la arena político-electoral, como el Partido Nacional Republicano (1920), en el que participaban muchos católicos, pero también otros como el Partido Fascista Mexicano (1922); la Confederación Nacional Católica del Trabajo nació en 1923, y un año después el Partido Popular Mexicano (1924), fundado por miembros de la Acción Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) en 1913; la Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa (1925), agrupación cívica que pretendió reconquistar y defender los derechos de los católicos y desplegó diversas estrategias en pro de una reforma constitucional; la Confederación Nacional de Estudiantes Católicos (1926), que a raíz de los conflictos entre los universitarios y el Estado, agudizados en 1923, aglutinó a diversas asociaciones de estudiantes para proteger la conciencia de los estudiantes procurando una formación cristiana. Véase Claudio Lomnitz, El antisemitismo y la ideología de la Revolución mexicana, trad. de Mario Zamudio, México, FCE, 2010, pp. 40.

[41] Véase Claudio Lomnitz, op. cit. Para ese momento, un amplio sector de la oposición seguía atacando las influencias inglesas, francesas y estadounidenses, y se declaraba enemigo del socialismo y del comunismo, por considerarlas doctrinas contrarias a la jerarquización natural de la sociedad y al poder de la Iglesia católica.

[42] El Partido Fascista Mexicano nació en 1922 y La Acción Revolucionaria Mexicanista, mejor conocida como Camisas Doradas de México, que nació en 1933, emulaba a los Camisas Negras —grupo italiano que surgió en 1919—, a los Camisas Pardas —que surgieron posteriormente en Alemania— y a la organización española Camisas Azules.

[43] En el contexto de la Guerra cristera destacó la formación de grupos como la Guardia Nacional Cristera (1927), que además de difundir las demandas del movimiento, desarrollaba sus estrategias de penetración territorial; las Brigadas Femeninas Juana de Arco (1927) apoyaban con el trasiego de municipios para el movimiento; la jerarquía eclesiástica volvió a reorganizarse y se creó la Acción Católica Mexicana (1929) después de los pactos de paz y como respuesta al llamado que hiciera el papa Pío XI para restablecer la acción católica en el país; la Unión de Católicos Mexicanos, por su parte, fue una organización creada para impulsar la evangelización del hombre adulto y su compromiso con la acción cívica.

[44] Por ejemplo, se formó Las Legiones (1931), una organización secreta alterna, opositora a la política conciliadora de la jerarquía eclesiástica. Además, fue el momento en el que comenzó a ser más recurrente la práctica de la penetración o infiltración entre algunos grupos de las derechas. Así, surgieron grupos como Los Tecos (1933), integrado por estudiantes de acción clandestina que tuvo su epicentro en la Universidad Autónoma de Guadalajara. Al inicio de los años treinta del siglo XX también destacaron partidos políticos como el Partido Nacionalsocialista de México (1933), integrado por ciudadanos alemanes pero que contaba con simpatizantes mexicanos; las Juventudes Hitlerianas (1933), que realizaban acciones de intimidación a todo aquel que denostara el régimen nazi.

[45] En ese momento crítico se creó La Base (1934), organización clandestina de elites alentada por la jerarquía eclesiástica que luchaba contra el comunismo y la masonería en México, y pretendía instaurar el orden social cristiano. Ese mismo año se estableció una asociación política conocida como el Partido Social Cristiano, que luego cambió su nombre al de Partido Demócrata Cristiano, el cual fue fundado por miembros de la ACJM. En 1935 los empresarios de Monterrey y Puebla impulsaron la creación de la Acción Cívica Mexicana, para oponerse a las políticas económicas del gobierno, posteriormente esa agrupación se sumaría al activismo de los Camisas Doradas. Por esos años también nació la Unión Nacional de Jóvenes Católicos, o Los Conejos (1936), otra organización secreta que operaba en la UNAM.

[46] Entre 1937 y el final del gobierno cardenista se formaron varias organizaciones racistas y xenófobas. Ese año se fundó la Unión Nacional Sinarquista, heredera de las demandas del movimiento cristero que cuestionaba las políticas sobre el reparto agrario y el ejido, lo mismo que demandaba libertad religiosa. Pero también nacieron el Comité Pro-Raza, la Confederación de la Clase Media, la Acción Mexicanista Revolucionaria o Camisas Doradas, el Partido Orientador Civilista, la Asociación Nacionalista de los Estados Unidos Mexicanos, las Juventudes Nacionalistas, el Comité Nacionalista Depurador de Razas Extranjeras, el Frente Anticomunista, la Acción Cívica Nacional, la Vanguardia Nacionalista Mexicana, la Unión Nacionalista Mexicana y el grupo fascista la UR. En 1939 se fundaron el PAN, el Partido Nacional de Salvación Pública, el Partido Revolucionario Anticomunista y el Partido Nacionalista; desde distintas perspectivas, todos planteaban una fuerte crítica a la naturaleza del Estado mexicano y, por supuesto, a la cultura política de la posrevolución.

[47] Además, en 1941 se fundó Juventud Cívica Nacional, cuya misión era formar nuevos líderes; ese mismo año se fundó la Cámara Nacional de la Industria de la Transformación. En 1946 se creó el Partido Fuerza Popular, primer experimento de la fracción moderada del sinarquismo y en 1953 nació el segundo partido sinarquista, el Partido Unidad Nacional.

[48] Luis Medina Peña, Hacia un nuevo Estado, 1929-1994, México, FCE, 1994, p. 138.

[49] Ibidem, p. 140.

[50] Roberto Blancarte, Historia de la Iglesia católica en México, México, FCE, 1992, p. 149.

[51] En 1955 se fundó la Organización Nacional del Yunque; en 1956, el Movimiento por un Mundo Mejor; en 1957, la Unión Social de Empresarios Mexicanos; en 1958, los Cursillos de Cristiandad; en 1959, la Conferencia de Organizaciones Nacionales y el Movimiento Familiar Cristiano; en 1960, la Confederación de Organizaciones Nacionales; en 1961, la Coalición para la Defensa de los Valores Nacionales, las Jornadas de Vida Cristiana y el Movimiento Universitario de Renovadora Orientación.

[52] Una amplia reconstrucción de los vínculos con redes internacionales sigue siendo una asignatura pendiente en el estudio sobre las derechas en México.

 

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Tania Hernández Vicencio

Resumen

Este artículo analiza el desarrollo de las derechas mexicanas en la primera mitad del siglo XX. Esa compleja red de actores pretendió articular un proyecto alternativo de nación que confrontara las bases del Estado emanado de la Revolución de 1910 y cuestionara aspectos concretos consignados en su principal producto político-ideológico: la Constitución de 1917, cuyos planteamientos buscaban la consolidación de un Estado que impulsara una alianza con las clases populares, enarbolaba un programa de defensa de la propiedad colectiva frente a la privada, el principio de laicidad contra el poder de la Iglesia católica y la herencia indígena ante el legado hispanista; ante ello, los grupos conservadores de la sociedad y los sectores de liberales disputaron con el Estado las estrategias de organización social y política, la educación, los derechos de propiedad y los valores que habrían de regir el espacio público y la moral de la sociedad mexicana.

Palabras clave: derechas, oposición política, proyecto alternativo, Estado mexicano.

 

Abstract

This article analyzes the development of Mexican right-wing movements in the first half of the twentieth century. This complex network of actors sought to articulate an alternative project of the nation questioning the foundations of the State that arose from the Mexican Revolution of 1910 and specific aspects of its principal political-ideological product: the Constitution of 1917. Its proposals sought the consolidation of a State promoting an alliance with the masses, while it hoisted the defense of collective versus private property, the principle of secularism against the power of the Catholic Church, and the indigenous heritage over the Hispanic legacy. In this context conservative groups and liberal sectors of society clashed with the State over strategies of political and social organization, education, property rights, and the values that should govern public space and the morals of Mexican society.

Keywords: Right-wing movements, political opposition, alternative project, Mexican State.

 

 

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