Historia, representación y lenguaje

Amalia Sánchez*

 

 

Escrituras de la historia es un libro que aparece en el momento justo, oportuno para establecer no sólo el recorrido historiográfico de nuestra disciplina en la segunda mitad del siglo XX y principios del que corre, sino que, como veremos, las posibilidades que implican hacia el futuro. La intención de los autores, “localizar los presupuestos que han condicionado nuestra mirada sobre el pasado” (p. 13), constituye una provocación, ya que nos obliga a repensar sobre el trabajo realizado. Sin embargo —como ellos mismos lo mencionan—, no es su objetivo agotar las posibilidades, ni establecer paradigmas, sino movernos a la reflexión sobre nuestro quehacer cotidiano y sobre nosotros mismos como sujetos y objetos de los acontecimientos que —en ocasiones, pomposamente— bautizamos como historia.

 

En un mundo en el que la tecnología aparece como omnipresente, en el que las fuentes están a unos clics de distancia, ¿qué lectura es posible realizar animados con metodologías, con conocimiento acumulado a través de años de lecturas, discusiones, reflexiones, estudios, investigaciones y demás? La aparición del presente texto surge como un balance de lo hecho para, tal vez, visualizar los posibles escenarios por los que transitará la historiografía.

 

La estructura del libro permite una lectura ágil y amena, enriquecedora debido a las preguntas planteadas a los entrevistados, lo que nos permite acercarnos —en apenas unos renglones—a su trayectoria académica, a sus intenciones y recorridos de vida. Esta situación propicia un acercamiento más humano —me atrevo incluso a decir más íntimo— a la manera en que llegaron a “hacer historia” y a cómo abordaron y resolvieron los problemas que plantea el estudio de los hechos del pasado.

 

Deseo expresar mi reconocimiento a los autores del libro por las minuciosas y esclarecedoras notas, que en sí mismas constituyen una valiosa aportación, no sólo para una mejor comprensión del texto sino que ofrecen posibilidades de acercamiento a autores, a través de síntesis relativas a conceptos y enfoques teóricos. A pesar de abordar toda una diversidad de autores, temas de estudio y opiniones vertidas, los coordinadores logran establecer vasos comunicantes para presentar un texto uniforme y balanceado; sin duda, un trabajo puntual y exquisito, que requirió de una ardua labor de edición y síntesis. No se pretende radicalizar la discusión a la manera de Immanuel Wallerstein cuando propone que quizá debamos “desaprender lo aprendido”; la postura de los entrevistados es más conciliadora, muestra qué se ha hecho y cómo, lo que permite a los autores realizar una especie de “revisión”, estableciendo uno o varios puntos de partida, a fin de promover una toma de conciencia, “un lugar desde donde ver” (Gadamer), haciendo patentes las mediaciones que, queriendo o no, conscientes o no, están presentes en todo trabajo de investigación.

 

En el caso de Roger Chartier el concepto de “apropiación” parece especialmente interesante, al describirlo como “una manera de dar sentido a algo”, sea un texto, una imagen, una práctica tan alejada —la mayoría de las veces— en tiempo, espacio y circunstancias de la propia del investigador. A decir de Chartier, “el problema no es, creo, la escasez de las fuentes, sino los procedimientos de su lectura” (p. 31), entendida ésta no sólo en su sentido literal, sino como un recorrido, un proceso.

 

Los historiadores seguiremos asistiendo a archivos remotos, en ocasiones de difícil acceso, para palpar, sentir, vivir la textura del documento; apreciar el estado de conservación, la claridad de la escritura, por mencionar sólo algunos aspectos. Los antropólogos continuarán desplazándose para atestiguar, describir y explicar tal o cual práctica, percibiendo de manera directa gestos, actitudes y silencios. ¿Qué lecturas, interpretaciones, comprensiones y explicaciones les daremos? ¿Haremos patentes las mediaciones que nuestra cultura nos impone? Chartier lo menciona al hablar del lenguaje: ¿estaremos entendiendo “su lenguaje” o realizaremos —inconscientemente— la traducción al nuestro? Para él, el pasado está vivo en un presente que puede actuar sobre él y modificarlo; para este historiador, la historiografía es una condición para elaborar nuevas formulaciones (así sean críticas), o bien, como fuente de inspiración; sin embargo, en ellas podemos atisbar, así sea inconscientemente, que somos nosotros los que, de acuerdo con nuestra tradición y desde el presente otorgamos el sentido que aquélla nos impone. Desde esa perspectiva: ¿qué sentido le otorgaremos, o nos conformaremos con acceder a las fuentes, agregando mediaciones surgidas de la tecnología como el internet? ¿Cómo escapar, por mencionar un elemento, del uso del lenguaje como lo describe Pierre Bourdieu? “Una estructura, estructurante”, que nos determina de manera directa e insoslayable. ¿Es posible abandonar nuestra pasividad frente al texto, como meros lectores neutrales sin hacer explícitas las mediaciones a que estamos sujetos, sin reflexionar sobre las intenciones, inquietudes, preocupaciones que nos aquejan y que estarán presentes en nuestra producción? Son cuestiones sobre las que es necesario meditar para saber qué clase de historia estamos elaborando.

 

El lenguaje es una preocupación central para el doctor Guillermo Zermeño: “El gran problema de la historia es ver cómo se dan las relaciones entre lenguaje y mundo” (p. 66), no únicamente como forma comunicativa sino para expresar una realidad. El doctor Zermeño expande el problema del lenguaje más allá del ámbito historiográfico presentándolo como “un problema filosófico, un problema teórico y un problema metahistórico” (p. 66); sin embargo, su mayor preocupación se centra en “la importancia que tienen los estudios historiográficos para la actualización de herramientas metodológicas que resultan indispensables para una comprensión más rigurosa de los conceptos de cultura, modernidad y mediación” (p. 15). La historia de las palabras y los conceptos se convierte entonces en un punto central de la reflexión. ¿Cómo abordarla sin tomar en consideración las mediaciones instituidas por la sociedad en la interacción de los sujetos?

 

Por otra parte, resultaría ingenuo pensar en una forma directa de interacción entre dos sujetos, ya que tal está determinada por las reglas que el propio medio de comunicación establece; parece que es el medio el que determina la manera de hablar, posibilitando una y clausurando otras: “Los medios son marcos sociales que dictan cómo hablar, qué decir y qué no” (p. 71). Los cambios ocurridos en el lenguaje se constituyen como un punto en el que se entrecruzan los escenarios, la cultura, las mediaciones para la mejor comprensión de por qué ocurrieron las transformaciones que dieron pie a nuevas situaciones.

 

De acuerdo con el doctor Zermeño, la labor del historiador se ha complejizado debido a que se ha convertido en fabricación de sentidos, aun en aquellos casos en los que han dejado de tenerlo; ¿cómo llevar a cabo esta labor cuando las comunicaciones son dinámicas, infinitas, reguladas socialmente, si los individuos participantes están a su vez sometidos a mediaciones? Y entonces surge otra pregunta: ¿Cómo nos situamos, qué es lo que podemos decir y cómo lo diremos? Estas cuestiones centrales lo llevan a expresar la posibilidad de la existencia de una crisis historiográfica en México, entendida como “pensar que las expectativas que se tienen sobre la historia nunca acaban de cumplirse” (p. 86), provocando desaliento en los historiadores. Indudablemente Guillermo Zermeño toca fibras sensibles respecto del quehacer y vocación del historiador contemporáneo.

 

Para el doctor Francisco Ortega, el lenguaje es un tema central, pero lo aborda desde un enfoque más teórico; su estudio incluye desde la construcción y escritura del relato hasta el lugar de su recepción, afirmando que “los lenguajes teóricos permiten no tanto responder a las preguntas como tomar conciencia de cuáles son las condiciones de posibilidad de formulación de un problema; pero también pueden generar la ilusión de que sólo la teoría es suficiente para responder a las preguntas, cuando evidentemente no es así” (p. 101). El doctor Ortega deja clara su posición al asentar que los objetos no llegan en su forma pura, sino “mediados teóricamente” (p. 101), y al plantear preguntas que están más acordes con las necesidades de la investigación y a su entorno inmediato, dando como resultado que “toda memoria es siempre parcial, un modo particular de construir un relato” (p. 113).

 

¿Es esta la situación del historiador, construir mundos con parcialidades y mediaciones? ¿hacer patentes las mismas y presentarlas al lector?

 

La entrevista al doctor Jaime Humberto Borja resulta particularmente inquietante, pues él afirma que “toda investigación es investigación de uno mismo, introspección; un tema es elección de uno mismo” (p. 123), una consecuencia de la situación particular del historiador; así, el periodo, el tema y la pregunta planteada están íntimamente relacionados con nuestra subjetividad, afectos, preocupaciones, en fin, todo lo que vive y experimenta el autor en un momento dado. De qué manera puedo hacerme consciente de lo que soy, para —a partir de esa situación—, hacer preguntas al pasado, cuando por añadidura, mi presente es dinámico. ¿Cómo “fijarme, establecerme” en un punto para cuestionar al pasado? Esta pregunta parecería situarnos sobre arenas movedizas, sobre las que cada movimiento tiene consecuencias. Sus comentarios son provocativos, “la pregunta no es qué tanto podemos conocer del pasado, sino qué tanto hacemos un pasado a nuestra medida; a la medida de nuestras necesidades individuales, personales, culturales o de la civilización a la que pertenecemos” (p.129).

 

Desde ese punto de vista, ¿qué incluimos en nuestros relatos y qué omitimos, cuáles fueron nuestros “olvidos”? Para el doctor Borja es más importante lo que omitimos que lo que incluimos, basado en la premisa de que construimos de acuerdo con nuestras necesidades. Para abordar tan compleja tarea se vale de los recursos aportados por la imagen, utilizada como fuente, en cualquiera de sus presentaciones: poesía, pintura, literatura, escultura, etcétera, no como representación en sí, sino analizando el discurso subyacente en ellas. Tomándolas como un relato que busca evocar una imagen, como una experiencia cultural. Así, las imágenes son puntos de partida para el estudio, no sólo de la representación, sino de las relaciones existentes entre éstas y la sociedad que las produce y del discurso que se busca.

 

Las preguntas se multiplican, como con frecuencia nos suele ocurrir, mostrando que las imágenes requieren un trabajo más complejo que la revisión de archivos, ya que el estudio de una imagen demanda una labor interpretativa difícil de alcanzar debido al estatus de “fuente objetiva” que le hemos otorgado. Parece que hemos elaborado trampas difíciles de superar, construyendo relatos con subjetividades, con lenguajes del presente, con mediaciones de mediaciones, con teorías y metodologías que hemos elevado a la categoría de dogmas. El reto está en cómo identificar estos escollos, hacerlos patentes y elaborar relatos que los expliciten.

 

La doctora Anne Christine Taylor es la única antropóloga y la única mujer entre los entrevistados en este primer volumen; ella resalta la importancia de la relación existente entre etnología e historia. Taylor sigue a Levi Strauss en su distinción entre “sociedades frías” y “sociedades calientes” (p. 151), que parte del grado de afectación en el flujo de los cambios históricos; ese planteamiento además sugiere que existen sociedades cuya intención es permanecer intactas, como fijas en el tiempo, lo cual “enfriaría” la aceleración histórica. Es innegable la dificultad del estudio de esas sociedades ya que cada vez existen menos en tal situación por el contacto con otras sociedades (cada vez más frecuente) y, por otra parte, debido al supuesto de que a los historiadores les atrae poco estudiar esos casos.

 

La doctora Taylor involucra también el tema del tiempo —crucial en el estudio del pasado— en la etnología, y señala que las sociedades amazónicas perciben la historia como una enfermedad, algo que les es impuesto desde fuera y que no desean, como la enfermedad. Para lograr un estudio de esas sociedades, Taylor propone la presencia del historiador, ya que el mero trabajo de archivos y bibliografía referente al tema requeriría un esfuerzo imaginativo y creativo que difícilmente lograría interpretar y comprender para luego explicar y exponer, por medio del lenguaje (nuestro lenguaje), la situación de estos grupos. La investigadora recalca las diferencias existentes entre el observador y el observado, imponiendo al primero una perspectiva desde la cual establece las diferencias existentes entre uno y otro. En esta forma de observar, las diferencias constituyen las distancias; según este enfoque: a mayor distancia menor civilización.

 

La lectura de los rasgos gestuales y corporales resulta imprescindible para la doctora Taylor, pues los meros objetos no logran trasmitir del todo la cultura de estas sociedades; en el caso de las sociedades amazónicas, de los jíbaros en particular, esa lectura es fundamental para entenderlas. Propone centrar nuestra atención más en las actitudes, silencios y gestos, y menos en los objetos, sobre todo en aquellas obras monumentales que suelen ser más atractivas a los estudiosos.

 

La división entre una historia —ocupada del pasado— y la antropología —como una especie de “radiografía” del momento presente— se ha diluido, lo que ha permitido presentar ambas disciplinas como las dos caras de una moneda, la cual no podría dar cuenta completa de un fenómeno sin la aportación de la otra. ¿Cómo entender la situación actual sin el conocimiento del pasado, y a su vez desde el presente, donde reconstruimos el pasado? Afortunadamente son cada vez más los investigadores que se ocupan de abordar ambos campos, a fin de ofrecer relatos más integrales, más completos.

 

Respecto al último entrevistado, el doctor Ricardo Pérez Montfort es un referente obligado en las aulas de licenciatura y posgrado. Su preocupación se centra en “las limitaciones que presentan los medios de comunicación masiva cuando se les considera como fuentes del historiador, y hacer hincapié en el rigor interpretativo que es necesario tener ante imágenes y representaciones seductoras de una determinada realidad del pasado” (p. 15). Pero sobre todo enfatiza la necesidad de interesarnos por estudios sobre lo popular, dejando de producir obras políticas y económicas, que parecerían más vinculadas con el poder que con la intención de comprender. Montfort comenta extensamente el trayecto que recorren ciertas prácticas asociadas al pueblo (entendido como el mundo no académico), de las que las elites se apropian y, una vez que las transforman, las regresan al ámbito de lo popular: “Como las interpretaciones históricas populares entran de pronto al mundo de las elites; éstas se las toman en serio y crean mitos a partir de esas dimensiones populares” (p. 178).

 

La selección de objetos de estudio que realiza el doctor Pérez Montfort es particularmente divertida: la carpa, la canción de moda, los corridos; nos muestra que, para la enseñanza de la historia, lo ameno no está reñido con lo académico. Advierte también sobre el riesgo de que tales objetos estén sometidos; la contaminación proveniente de las intervenciones impuestas por los medios masivos de comunicación es como un factor que altera la lectura del observador.

 

En la entrevista, Pérez Montfort toca el tema de la historiografía, de las miradas o versiones de la historia: “La narrativa histórica, el discurso de la propia historia está construido a partir de distintas versiones de lo sucedido. Y sólo a partir de diferentes versiones anteriores el historiador se aproxima, observa e interpreta un fenómeno que antes ya interpretó otra persona” (p. 181). Construimos con mediaciones de mediaciones, con miradas de otros, con aproximaciones de otros, con preocupaciones de otros; sin embargo, lo hacemos conforme a las circunstancias del presente, combinando ambas posibilidades. La entrevista concluye con una reflexión particularmente compleja en términos del actuar del historiador, enfatizando el papel de la ética en su trabajo, no para elaborar mejores relatos sino para explicitar claramente que lo que hace el investigador es tomar versiones anteriores para reconstruir una versión que complemente, refute o adicione lo ya dicho.

 

Para finalizar, sería pertinente retomar dos puntos del texto: primero, la importancia de los estudios historiográficos para una mejor comprensión del pasado; y el segundo punto, fundamental para poder dar cuenta de manera más ética y congruente de los acontecimientos que estudiamos, es que, aunque somos conscientes de algunas de las mediaciones a las que estamos sometidos, debemos hacer patentes tanto las mediaciones externas como las internas, producto de nuestra misma experiencia, del diario vivir.

 

 


* Centro de Estudios Superiores de San Ángel, CESSA-Universidad.

 

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Resumen

Esta reflexión destaca los elementos más importantes de las entrevistas realizadas a diversos historiadores acerca de las formas de entender y escribir sobre el pasado. Historia, representación y lenguaje son las inquietudes que se exploran en el quehacer histórico, incluso desde la apropiación y la introspección que parecieran estar fuera a la hora de comprender, analizar y escribir la investigación histórica.

Palabras clave: escritura, pasado, historia, representación, lenguaje.

 

Abstract

This reflection highlights the most important elements of the interviews conducted with different historians about ways of understanding and writing about the past. History, representation, and language are the concerns that are explored in historical endeavors, even from the appropriation and introspection that seem to be omitted when it comes to understanding, analyzing, and writing about historical research.

Keywords: writing, past, history, representation, language.

 

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