Los claveles de Andalucía deshojados a su paso

Anna Ribera Carbó*

 

Yo extraño a Lázaro Cárdenas. Lo extraño a menudo. Pero la lectura de esta biografía suya, justo en estos tiempos que vivimos, me ha hecho extrañarlo más. Porque en estas épocas en que se habla de “nichos de oportunidad”, de “margen de utilidades”, y de las bondades de la “globalización” y la “libre competencia” me hace falta un discurso político que, aun cuando muchos lo consideren pasado de moda, hable de justicia social, de distribución de la riqueza, de derechos de los trabajadores, de soberanía sobre los recursos naturales, de refugio a perseguidos políticos, de nacionalismo del bueno, del nacionalismo revolucionario, incluyente y progresista. Y ese discurso está en Cárdenas por Cárdenas, la biografía que Cuauhtémoc Cárdenas ha escrito de su padre, el revolucionario, general y presidente Lázaro Cárdenas.

 

Su vida corre al parejo del siglo XX. Nacido en 1895, su historia es la de esa centuria convulsa, no sólo en el México de la Revolución, sino en un mundo jaloneado por guerras e ideologías totalizadoras y excluyentes. En esa vorágine supo navegar con serenidad y temple, manteniendo sus ideas y sus posiciones, y actuando en consecuencia. Esta biografía, que es también una historia del siglo que apenas terminó, no es una más de las que existen de la figura de Cárdenas o bien otro estudio histórico acerca del sexenio cardenista. Se trata de una biografía/testimonio, donde el autor, hijo del biografiado, combina la investigación histórica con sus propios recuerdos familiares. Y aparece dentro del texto incluyendo su memoria en primera persona. Esto aporta una perspectiva que ningún otro historiador, por acucioso y exhaustivo que fuera en su investigación, podría darle a una biografía de don Lázaro.

 

Esta biografía es, además, una antología de documentos. Cuauhtémoc Cárdenas deja hablar a su padre en las páginas del libro al incluir ampliamente escritos provenientes de sus Apuntes,[1] de su Epistolario[2] y de los volúmenes de Palabras y documentos públicos,[3] reunidos y publicados estos últimos en 1978. Así el título del libro, Cárdenas por Cárdenas, puede también hacer referencia al propio biografiado contándonos su vida y exponiéndonos su pensamiento. También aparece en el texto la voz sutil y certera de Amalia Solórzano, por medio de sus memorias consignadas en el precioso libro Era otra cosa la vida.[4]

 

La vida política de Cárdenas empezó con su incorporación a la Revolución cuando se unió en 1913, a los dieciocho años, a las fuerzas del general Guillermo García Aragón, que luchaban contra el gobierno usurpador de Victoriano Huerta y a favor del Ejército Constitucionalista del Primer Jefe Venustiano Carranza. Tras la Convención de Aguascalientes se adhirió a las fuerzas constitucionalistas que luchaban en Sonora, quedando en 1915 bajo el mando directo de Plutarco Elías Calles, con quien estableció una relación que fue clave en su futuro militar y político.

 

Más tarde se adhirió al Plan de Agua Prieta y su destino quedó definitivamente unido al de los sonorenses. En los años en que éstos rigieron los destinos del país, Cárdenas construyó una carrera que lo llevó por diferentes regiones de la geografía mexicana y por diversos puestos políticos y militares. De entre los primeros, cabe destacar la gubernatura de Michoacán, su gran ensayo de lo que haría más adelante como presidente, y de entre los segundos, su actuación como jefe de la Zona Militar de la Huasteca, donde conoció de cerca las condiciones de la explotación petrolera en México y consolidó su amistad con el veterano constituyente Francisco J. Múgica, quien lo acompañaría personal e ideológicamente en mucho de lo que vendría.

 

En esos años ocupó además tres puestos que serían fundamentales en la construcción de sus propias redes de relaciones políticas: la dirección del Partido Nacional Revolucionario (1930), la Secretaría de Gobernación (1931) y la Secretaría de Guerra y Marina (1933). Fue en esos años cuando Lázaro Cárdenas, observador atento de la realidad del país, se convenció de que las soluciones a los problemas nacionales se encontraban ya planteadas en la Constitución de 1917, ese documento extraordinario que acaba de llegar a sus 100 años tan desdibujado y maltrecho. Y usó su expresión programática, el Plan Sexenal de 1933, considerado por muchos como un New Deal a la mexicana, para dar impulso y sentido a las acciones que emprendió desde la presidencia de la República, que ocupó de 1934 a 1940.

 

Seis años que marcaron al país para siempre. En el transcurso de los mismos se hizo realidad mucho de aquello que se había quedado como aspiración colectiva al acabarse la lucha armada: reforma agraria, apoyo a las luchas obreras y organización sindical. Además Cárdenas implantó la educación socialista, fundó el Instituto Politécnico Nacional, la Casa de España, el Instituto Nacional de Antropología e Historia, estableció Parques Nacionales y creó el Departamento Autónomo Forestal. Aunque de entre todas estas acciones de gobierno, y muchas otras, el número estrella, el acto distintivo, lo que definió para siempre al sexenio cardenista fue la expropiación petrolera de marzo de 1938, que fue por un lado la culminación del proyecto nacionalista contemplado en la Constitución mexicana de 1917 y, por otro, de la reflexión de Cárdenas respecto del problema petrolero desde su estancia en la Huasteca a más de diez años de distancia.

 

En el libro se da cuenta de lo que Lázaro Cárdenas pensaba sobre todos estos temas. Porque el biografiado no fue solamente un hombre de acción. Reflexionó mucho acerca de su país y sobre su propia actuación y escribió largamente al respecto en sus Apuntes, en su correspondencia y en numerosos documentos oficiales y públicos. Así, por ejemplo, escribió sobre los movimientos sociales, que hoy asustan tanto a quienes gobiernan:

 

Todos hemos propagado, defendido y sustentado en la tribuna y en la prensa y en todas las formas de la lucha social, el derecho de los obreros y campesinos a elevar sus normas de vida con mejores salarios, tierras propias y condiciones de trabajo más justas, y cuando pasamos de las palabras a los hechos, los espíritus timoratos se asustan. A menos de haber hablado con una gran insinceridad, no es posible hacer otra cosa que cumplir las justas promesas. En cuanto a mí, todos deben saber que no es mi manera la propia para ser instrumento de una prosperidad fundada en la explotación injusta de las masas trabajadoras (p. 269).

 

En la coyuntura de la expropiación petrolera asentó en sus Apuntes estas reflexiones:

 

El gobierno no debe admitir una intervención oficial del gobierno americano. Ello sentaría un precedente de graves consecuencias para la soberanía de la Nación y anularía prácticamente para los extranjeros la Ley de Expropiación, que es el instrumento eficaz por el cual el Gobierno podrá cumplir el programa social de la Revolución mexicana (pp. 489-490).

 

Sobre la relación con los extranjeros a raíz de afectaciones agrarias a propietarios estadounidenses, escribió a su embajador en Washington, Francisco Castillo Nájera, en octubre de 1937:

 

México sigue su política agraria sin detenerse y sin exceptuar de las afectaciones a ciudadanos extranjeros, y así como nunca ha seguido una política de hostilidad hacia grupo alguno por el solo hecho de que no sea mexicano, tampoco puede otorgar privilegios o tratamientos especiales a los nacionales de otros países. Obrar de otra manera sería ofender los justos sentimientos del pueblo mexicano y salirse de la ley (p. 342).

 

Encontré en el libro una anécdota en apariencia menor en lo que se refiere a la reforma agraria. Cuando emprendió las grandes acciones de reparto de la tierra y sin hacer nunca alarde de ello, el presidente empezó por su propiedad, la Hacienda California, en la Tierra Caliente de Michoacán. Una parte se convirtió en ejido y otra fue cedida al Hospital Civil de Apatzingán. Sólo conservó una fracción que se llamó Galeana.

 

No puedo evitar leer otro extracto de un documento que el ingeniero Cárdenas incluye en el libro y que hace referencia a la manera en que México debe relacionarse con Estados Unidos, enviado al embajador Castillo Nájera en febrero de 1940. La actualidad de sus planteamientos no puede ser mayor:

 

Ojalá que pudiéramos [...] dejar terminados dentro de la presente administración, los problemas relativos no tan sólo al petróleo y a las tierras, sino también a las aguas internacionales y aún al tratado de comercio [...] La adquisición directa y a buen precio de nuestra plata, la ampliación de la cuota a nuestro petróleo, la disminución de tarifas a nuestras frutas y legumbres, la supresión de cuarentenas y requisitos sanitarios a otras de nuestras exportaciones, la adopción de medidas financieras tendientes a cooperar para la estabilización de nuestra moneda, serían modos concretos de expresar la buena voluntad de los Estados Unidos hacia México, constituirían medidas adecuadas para incrementar nuestro comercio con ese país y evidenciarían el deseo de cooperar a la capacitación de México para hacer frente a los compromisos derivados de las reclamaciones norteamericanas.

 

Mientras esto no se haga tendremos que pensar que no existe por parte del gobierno estadounidense, no obstante las repetidas declaraciones de sus funcionarios, un sincero anhelo de que se resuelvan fácil, amistosa y definitivamente los problemas de la convivencia social, la vecindad geográfica y la interrelación económica hacen surgir entre nuestros dos países (pp. 346-347).

 

Las vicisitudes de la política, desde sus tiempos de gobernador en Michoacán, lo convencieron de que para llevar a cabo su proyecto de transformación del país se requería contar con bases de apoyo de trabajadores organizados y con instituciones estatales fuertes. Solamente con esto se podría enfrentar a las resistencias de los grandes intereses económicos de dentro y de fuera. Respecto de estos últimos, a los que tuvo ocasión de conocer muy bien, sostendría: “El capitalismo voraz sólo acude a donde encuentra campos propicios para la explotación humana por medio de bajos salarios. No debemos hacernos la ilusión de conseguir la prosperidad de México a intereses extraños. Hemos de lograrla con intereses propios” (p. 367). Intereses extraños, como el británico, que consideraban, además, que era “imposible creer que la mezcla de sangre española con la sangre de numerosas tribus de indios degenerados, pueda aportar una contribución valiosa y permanente a la humanidad” (p. 471, palabras del ministro británico en México Owen O’Malley en un informe del 1 de junio de 1938).

 

La presidencia de Lázaro Cárdenas, quien recorre el país incansablemente, reparte tierras, organiza sindicatos, crea instituciones, reorganiza la vida política, lidia con los intereses extranjeros, invita a detenerse en otros aspectos notables de su gestión: el rompimiento con Plutarco Elías Calles, su mentor político; el asilo a refugiados políticos de la Guerra civil española y de los totalitarismos europeos en ascenso, en un gesto único de solidaridad generosa; la rebelión de Saturnino Cedillo y un largo etcétera.

 

Me parece fundamental destacar el hecho de que, cuando el mundo se polarizaba entre dos alternativas totalitarias, el fascismo y el comunismo, Cárdenas mantuvo a México entre las naciones democráticas. Y logró también defender los intereses de la nación de los de estas últimas, sobre todo de los británicos y estadounidenses.

 

Lo que ocurrió en la vida de Lázaro Cárdenas al terminar su presidencia, con el triunfo de la polémica candidatura de Manuel Ávila Camacho, quien enfrentó a las fuerzas desatadas de la derecha mexicana personificadas en Juan Andreu Almazán, es menos conocido. A pesar de mantenerse al margen de los asuntos electorales, participó activamente en diferentes y trascendentales trincheras: fue comandante de la Región del Pacífico y secretario de la Defensa en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, desde donde defendió a México, más que de la amenaza japonesa, de nuestros aliados estadounidenses que ya se veían instalando bases militares en la Baja California. Participó en la Comisión del Tepalcatepec y en la Comisión del Balsas, proyectos de desarrollo regional, con una visión integral del territorio y sus habitantes.

 

Además, se involucró en luchas que, al calor de la Revolución cubana, buscaban defender a la América Latina de la ofensiva estadounidense y mejorar las condiciones de vida de la población de lo que en alguna época conocíamos como “nuestra América”. El Círculo de Estudios Mexicanos (1954), en el que ya participaron Cuauhtémoc Cárdenas, Luis Prieto, Sergio Pitol y Janitzio Múgica, la Conferencia por la Emancipación Económica y la Paz (1961), organizada en apoyo a Cuba, y el Movimiento de Liberación Nacional (1961) fueron trincheras desde las que luchó por la vigencia de la Constitución, la soberanía y la paz. Y trabajó intensamente en la defensa de presos políticos, primero de los ferrocarrileros, y luego de los estudiantes, y quedaría consternado con el atroz asesinato de Rubén Jaramillo.

 

Su prestigio internacional, derivado en gran medida de la actuación de su gobierno en la Sociedad de Naciones y otros foros, y de la mano de colaboradores como Narciso Bassols, Isidro Fabela y Gilberto Bosques, lo llevó a participar en la Conferencia Mundial de la Paz, convocada por Frédéric Joliot-Curie en 1949 como miembro de su presidencia colectiva. En 1966, a invitación de Bertrand Russell, se incorporó al Tribunal Internacional creado para conocer y juzgar los crímenes de guerra cometidos en Vietnam. Ya había reflexionado y escrito en sus Apuntes: “La lucha por la paz no consiste en señalar objetivos abstractos e inalcanzables [...] Nuestros pueblos entienden [...] que la solución de sus problemas no ha de venir de fuera, que su emancipación económica y el respeto a su soberanía no son metas que se alcancen sin esfuerzo, sino objetivos que sólo pueden conquistarse en una lucha franca, resuelta y consecuente” (p. 618).

 

Al sentarme a escribir estas líneas, caí originalmente en la tentación de transcribir muchos fragmentos más de los documentos que el ingeniero Cárdenas pone a nuestro alcance en la biografía de su padre. ¡Son tan extraordinarios por su actualidad, por su pertinencia, por su claridad de interpretación de la realidad mexicana! Luego me contuve. Pero invito a leerlos. A leer el libro entero. Porque además de ser una biografía completa y acuciosa de Lázaro Cárdenas, es un manifiesto político, es una brújula, es una guía indispensable para este país nuestro tan desorientado. La figura de Lázaro Cárdenas es un recordatorio de que otro México es posible. Es una demostración histórica no solamente de cómo podemos ser, sino de cómo debemos ser. A pesar del tiempo accidentado en el que vivió, nunca actuó con aspavientos o intemperancias, nunca criticó a sus oponentes ni en la intimidad de sus Apuntes. Al respecto, es formidable la crítica que de él hizo José Manuel Puig Casauranc, cuando ocupaba la presidencia del PNR: “Cárdenas tiene ‘el defecto’ de no intrigar ni permitir intrigar contra el Presidente de la República. No podrá durar” (p. 198).

 

Las críticas que al final de la década de 1970 empezaron a hacerse a la economía planificada y a la intervención del Estado, como causantes de la crisis sistémica iniciada en 1973, responsabilizaron del desastre al proyecto nacional surgido de la Revolución mexicana y del que Lázaro Cárdenas, fallecido en octubre de 1970, fue el principal instrumentador. El libre mercado, la desregulación, la apertura irrestricta a los intereses privados de dentro y de fuera serían, nos decían (y nos dicen), la panacea a todos nuestros problemas. Los resultados están a la vista.

 

Hubo quienes nos alertaron acerca de lo que podía ocurrir de avanzar por este camino. Recuerdo, por ejemplo, el libro de Rolando Cordera y Carlos Tello, México, la disputa por la nación, publicado en 1981.[5] Otros actuaron. Cuauhtémoc Cárdenas en principalísimo lugar. En las VIII Jornadas de Historia de Occidente, celebradas en Jiquilpan en 1985, presentó la ponencia “La Revolución a futuro” que de algún modo anunciaba lo que vendría: la ruptura con el Partido Revolucionario Institucional que abandonaba su ideología fundadora, el Frente Democrático Nacional, la candidatura a la presidencia (no olvidaré nunca el mitin en Ciudad Universitaria el 26 de mayo de 1988) y la larga lucha que vino después por la democracia y por las mejores causas de nuestro país. Esta historia la contó Cuauhtémoc Cárdenas en Sobre mis pasos, que es, aunque publicado en 2010, seis años antes que Cárdenas por Cárdenas, la continuación de este último.[6]

 

En sus estudios sobre las trayectorias de militancia política, Gerardo Necoechea establece tres tipologías: las que empiezan en un momento de “revelación” que marcan un antes y un después en la vida del sujeto; las que siguen caminos sinuosos con cadenas de acontecimientos; o bien, como en el caso de Cuauhtémoc Cárdenas, las que siguen un derrotero lineal y consistente, porque “desde siempre” supieron cuál era su camino. La militancia, en este caso, antecede al nacimiento y corresponde a la tradición ideológica de la familia.[7] Así, la biografía de Cuauhtémoc Cárdenas se vincula, irremediablemente, a la de don Lázaro (no solamente por el hecho biológico de ser su hijo). Y esto es insólito. Los grandes estadistas del siglo XX no tuvieron herederos. Me refiero a herederos familiares que fueran a su vez figuras públicas y políticas reconocidas. Salvo uno: Lázaro Cárdenas. Su hijo, el autor de esta biografía que hoy presentamos, recogió la estafeta de su padre y la hizo suya adecuándola a sus propios tiempos históricos. Por ello Cárdenas recurre a Cárdenas, quien en su biografía extraordinaria resume la historia del proyecto colectivo de la Revolución mexicana.

 

Sé que mucho de lo que he dicho aquí hasta ahora puede parecer poco objetivo. Pero me refugio en las palabras del gran historiador Friedrich Katz, quien cada vez que hablaba de Lázaro Cárdenas empezaba por aclarar que no podía ser objetivo al respecto, dado que el general le había salvado la vida a su familia y a él, poniéndolos a salvo de los horrores de Europa. Hago mías sus palabras, con el matiz de que a mí no me salvó de nada porque yo, gracias a él, ya tuve la suerte de nacer mexicana. Y les confieso que muchos fragmentos del libro me hicieron llorar. Tal vez porque en los últimos tiempos ando muy llorona, pero sobre todo porque la figura enorme de Lázaro Cárdenas se entrelaza con uno de los momentos más duros y emocionantes de mi saga familiar, que tuvo en él a su figura tutelar, a su santo laico, a quien mi abuelo materno tuvo la fortuna de conocer un día en Michoacán para poder decirle:

 

General […] viva usted para ver el fin de la tiranía en España. Ese día, usted tendrá que responder al anhelo de millones de españoles, yendo a la Península. Y no habrá allí capital, ni ciudad, ni pueblo, ni aldea que no quiera tener una plaza, una escuela, un jardín o una fuente con su nombre o con el nombre de México; y cuando usted inicie su marcha por tierras españolas, no habrá claveles bastantes en toda Andalucía para deshojarlos a su paso.[8]

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

[1] Lázaro Cárdenas del Río, Apuntes, México, UNAM, 1972.

[2] Lázaro Cárdenas del Río, Epistolario, México, Siglo XXI, 1974.

[3] Lázaro Cárdenas del Río, Palabras y documentos públicos, México, Siglo XXI, 1978.

[4] Amalia Solórzano de Cárdenas, Era otra cosa la vida, México, Nueva Imagen, 1994.

[5] Rolando Cordera y Carlos Tello, México, la disputa por la nación. Perspectivas y opciones de desarrollo, México, Siglo XXI, 1981.

[6] Cuauhtémoc Cárdenas, Sobre mis pasos, México, Aguilar, 2010.

[7] Gerardo Necoechea Gracia, “Experiencia, ideología y proceso de politización en las historias orales de militancia de izquierda durante la segunda mitad del siglo XX”, en Pablo Pozzi (coord.), Rebeldes e inconformistas. Procesos de politización y rebelión en América Latina, Buenos Aires, Imago Mundi, 2016.

[8] Proudhon Carbó, Yanga Sácriba, Autobiografía de un libertario, México, Plaza y Valdés, 1991, p. 352.

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En este artículo la autora contrasta la obra del general Lázaro Cárdenas con la situación actual del país, que —a su juicio— parece extraviado. Subraya varios momentos que definieron la política que realizó como general, presidente y ciudadano, para propiciar que la gente común tuviese bienestar y voz pública, mientras cuidaba que la nación no sufriera pérdidas en años de guerras, intolerancias y abuso imperial. Destaca su legado en la educación socialista, la expropiación petrolera, la creación del INAH y los parques nacionales, su agudeza y pertinencia en las relaciones internacionales, entre ellas, el recibimiento de exiliados españoles.

Palabras clave: Lázaro Cárdenas, Cuauhtémoc Cárdenas, vida política, educación socialista, exilio español en México.

 

Abstract

In this article the author contrasts the work of General Lázaro Cárdenas with the current situation in the country, which she regards as misplaced. She highlights moments that defined the policies that he carried out as a general, president and citizen, to ensure the wellbeing and public voice of ordinary people, while he tried to keep the nation’s losses in check during years of war, intolerance, and imperial abuse. Moreover, she underscores his legacy in Socialist education, oil expropriation, the creation of the INAH and national parks, his vision and significance in international affairs, including the decision to receive Spanish exiles.

Keywords: Lázaro Cárdenas, Cuauhtémoc Cárdenas, politics, Socialist education, Spanish exiles in Mexico.

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