Reflexiones en torno a “Escrituras de la Historia”

Luis Gerardo Morales Moreno*

 

Estimados colegas:

 

Agradezco la invitación que generosamente nos hizo Carlos San Juan a Laurence Coudart y a mí para participar en este conversatorio a propósito de la reciente publicación de Escrituras de la historia. Experiencias y conceptos.[1] También les agradezco a otros colegas y asistentes que nos acompañan hoy en esta magnífica sede de la Dirección de Estudios Históricos (DEH), en Tlalpan.

 

A Carlos San Juan y a otros queridos compañeros de ruta en el oficio de historiador, como Carlos Aguirre, Cristina Urrutia, Roberto Sandoval, Melesio Nolasco y Francisco González Hermosillo, entre muchos otros, los conozco desde hace casi 40 años, cuando la sede anterior de la DEH se ubicaba en el edificio anexo al Castillo de Chapultepec. Hira de Gortari, mi profesor de licenciatura en la UAM-Iztapalapa, me introdujo a “echar un ojo” a la espléndida biblioteca “Manuel Orozco y Berra” y a “parar la oreja” en el seminario de historia urbana que había fundado Alejandra Moreno Toscano, allá por 1976-1977. La DEH, creada por quien fue mi profesor en la maestría, Enrique Florescano, amerita también una historia intelectual rigurosa; ese espacio académico ha contribuido, hasta el día de hoy, a la renovación de las investigaciones históricas de un modo peculiar, diferente al de otros recintos de México. En aquella época la DEH constituía un centro dinámico y plural donde se impulsaban los estudios contemporáneos, la historia de las mentalidades y la historia económica y social con enfoques innovadores.

 

Por otra parte, agradezco también a los colegas que aceptaron compartirnos sus reflexiones en torno a Escrituras de la historia. Marcela Dávalos, Amalia Sánchez, Fernando Betancourt y quien esto escribe nos conocemos desde hace varias décadas, cuando nuestros destinos convergieron en aquella otra noble institución académica que ha sido la ENAH, a comienzos de la década de 1980. La flamante licenciatura de historia, fundada en ese momento por Guy Rozat, me hizo llegar —a través de Cecilia Navarro— una invitación para impartir clases, lo que hice desde fines de 1983 hasta el año 2000. Durante ese lapso impartí cursos de historiografía y teoría de la historia también en las licenciaturas de etnohistoria, arqueología y antropología social.

 

No voy a repetir lo escrito en el prólogo de nuestro libro. Sólo me gustaría remarcar algunas de las cuestiones que propiciaron la redacción de Escrituras de la historia. Una de ellas fue la formación de una colección de autores, obras y conceptos que acompañan una determinada “experiencia histórica” de medio siglo. La selección de los autores entrevistados constituye el núcleo de esas trayectorias, bibliotecas y lecturas, las cuales lo han construido a uno mismo en el sinuoso camino de aprender el oficio de historiador, sendero que nunca fue ni lineal ni completamente sistemático; fueron rutas que se hicieron caminando los caminos. En el trayecto hubo extravíos, desencuentros, sorpresas y hallazgos.

 

En nuestros entrevistados encontramos generaciones distintas —que abarcan edades que van de los 40 a los 80 años—, instituciones y lugares diferentes, como son las ciudades de Bogotá, México y París, por cuyas cartografías intelectuales se viaja también a otros sitios, Alemania, Gran Bretaña, Estados Unidos, Argentina o Brasil. Al decidir entrevistar a los historiadores optamos por reconocer el papel del azar, que los convirtió en profesionales del estudio del pasado y el comportamiento humano sobre la simiente de tradiciones científicas que se alejaban de las narrativas hegemónicas y que se ubicaban mejor en sus márgenes, en sus puntos límite. Hablamos de autores que emprendieron una autorreflexión: Chartier, Zermeño, Ortega, Borja, Taylor y Pérez Montfort, cada uno a su manera, representan su propia rebelión con la institución histórica-antropológica. Esto es, han seguido el impulso de su curiosidad indagadora y se han desplazado de manera genuina por veredas de investigación inéditas. Cuando editamos las entrevistas, descubrí más cosas: el cúmulo de caminos entreverados entre las lecturas de ellos y las mías.

 

La experiencia de nuestros autores me transporta a mi propia experiencia de párvulo en la biblioteca de la DEH de fines de los años setenta e inicios de los ochenta. Desde ese espléndido lugar de estudio recibí la impronta de la escuela de los Annales en México, así como del marxismo académico antidogmático, en un ambiente de búsqueda entusiasta por descubrir el sentido del oficio de historiador, y que en ese momento se manifestó en aquel libro colectivo titulado Historia ¿para qué?, publicado en 1980 por Siglo XXI. En ese librito escribieron Carlos Pereyra, Enrique Florescano, Luis Villoro, Arnaldo Córdova, Luis González, José Joaquín Blanco, entre otros autores relevantes, acerca de la reflexión crítica de su tiempo historiográfico desde una perspectiva interdisciplinaria. En ese mismo lugar de la DEH, así como de la UAM-Iztapalapa, confluyó el momento latinoamericanista de aquellos años, que a muchos nos politizó a raíz del golpe militar del 11 de septiembre de 1973 contra el entonces presidente chileno Salvador Allende, mientras México vivía los estertores de la crisis intelectual y política del verano de 1968. Latinoamérica vivía un tiempo sombrío, saqueada y violentada por sus dictadores y oligarquías, pero enriquecida también por sus grandes escritores como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Octavio Paz o Roa Bastos.

 

Para Laurence Coudart y para mí, la incorporación de investigadores de Colombia se convirtió en un terreno fértil para la reflexión historiográfica de esos traslapes entre la tradición de Annales, el posmarxismo, el giro lingüístico norteamericano, la literatura y la historia de Latinoamérica. Colombia condensa momentos brillantes y emblemáticos de nuestra historia social y cultural latinoamericanas. Con nuestros entrevistados hubo una intensa intertextualidad que no fue rígida ni esquemática, sino afectuosa, amistosa, generosa, como la ha habido desde hace muchos años con Guillermo Zermeño, a quien tuve como profesor en el doctorado en historia de la Universidad Iberoamericana, entre 1991-1993.

 

Del azar pasamos, por tanto, a las elecciones de aquellas tradiciones historiográficas que dieron forma en nuestros autores a su pensamiento y sus obras escritas. En efecto, son los “giros historiográficos” los que permiten vislumbrar virajes, cambios, momentos reflexivos o inercias. Las llamadas “vocaciones” se fueron haciendo en el trayecto de su historia (con minúscula) y la Historia (con mayúscula). La distinción de historia/Historia me parece central para comprender entonces la distinción entre experiencia de lo vivido y experiencia estética de lo narrado.

 

Las entrevistas vinieron a recordarnos que la historia —por supuesto— la hacen los hombres y la escriben los historiadores (mientras la Historia los traspasa). Y para hacer más explícito ese “lugar situado” de la historia narrada fue que acometimos la cuidadosa tarea de elaborar notas críticas que ayudaran al lector a descifrar mejor a esos autores con sus redes interminables de lecturas y mundos pasados. En nuestro libro hemos insistido en que su fin principal, su lector hipotético, son los profesores y estudiantes de historia. Bajo el formato de entrevista pretendimos comunicar mejor el vocabulario histórico que se ha hecho más complejo y abierto al diálogo con la teoría literaria, la epistemología, la comunicación social y la antropología.

 

Con cada uno de los entrevistados tuvimos una experiencia por completo distinta de lo vivido. La búsqueda del sentido de lo “dicho” y “lo no dicho” se convirtió en una aventura, en una verdadera pasión por la lectura de otros con los que nos sentimos atraídos y de quienes aprendimos más de lo que habíamos imaginado. En los tiempos actuales de resurgimiento de los nacionalismos dentro de una supuesta era global, se ha puesto otra vez sobre la mesa la “cultura moderna de la historia”. La reflexión sobre el pasado sigue teniendo sentido; pero los historiadores nunca escriben de la misma manera, ni las mismas cosas, sobre un pasado que se creía superado, dominado o domesticado por el presente. De ahí que me gustaría culminar con una frase de Michel de Certeau que encontramos en La pasión de Loudun, obra magistral publicada originalmente en 1970: “La historia nunca es confiable”.

 


* Departamento de Historia, Universidad Autónoma del Estado de Morelos.

[1] Luis Gerardo Morales Moreno y Laurence Coudart (coords.), Escrituras de la historia. Experiencias y conceptos, México, UAEM / Itaca, 2016.

 

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Resumen

Escrituras de la historia es un espejo en el que se mira el quehacer de seis historiadores, sus inspiraciones, métodos y análisis en torno al arte de escribir la investigación histórica en Bogotá, México y París, lo que abre el panorama de la cartografía intelectual hasta Alemania, Gran Bretaña, Estados Unidos, Argentina, Brasil, lugares desde donde se forjaron las plumas de Chartier, Zermeño, Ortega, Borja, Taylor y Pérez Montfort.

Palabras clave: historiografía, Chartier, Zermeño, Ortega, Borja, Taylor, Pérez Montfort

 

Abstract

Writings of History is a mirror in which is regarded the work of six historians, their inspirations, methods, and analysis concerning the art of writing historical research in Bogota, Mexico, and Paris, which opens the panorama of intellectual cartography up to Germany, Great Britain, the United States, Argentina, and Brazil, places where the pens of Chartier, Zermeño, Ortega, Borja, Taylor, and Pérez Montfort were forged.

Keywords: historiography, Chartier, Zermeño, Ortega, Borja, Taylor, Perez Montfort.

 

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