Giro crítico y culturas históricas

Marcela Dávalos*

 

Los textos presentados en el libro Escrituras de la historia. Experiencias y conceptos, se ubican en una discusión historiográfica suscitada hacia la segunda mitad del siglo XX. Ese periodo, que remite al auge de los cambios sociales y culturales posteriores a 1968, exigió que las subjetividades también tuvieran historia. Esto, en sentido amplio, refería no sólo a reconstruir el pasado de emociones como el amor, la ambición, el dolor o la sexualidad, sino también a destejer los antecedentes de las instituciones que los sujetaban: la familia, la escuela, el hospital y la fábrica, entre otros. Las entrevistas aluden también a diciembre de 1989, cuando las discusiones derivadas del llamado “giro crítico” tomaron auge, luego de que el comité editorial de Annales decidió “detener la máquina” a fin de evaluar la trayectoria que había tenido la revista desde 1929; sesenta años después de su fundación y de mantenerse como un referente obligado, la historia había dejado de tener el rol protagónico que mantuvo hasta el último tercio del siglo pasado.

 

Los coordinadores del libro, Laurence Coudart y Luis Gerardo Morales, ponen a los entrevistados en diálogo con una historia estructuralista, cuantitativa u objetivista en aras de resaltar las inquietudes que merodearon a la historia desde la segunda mitad del siglo XX. Esas décadas, reconocidas inicialmente por la búsqueda de un pasado ajeno a las determinaciones exclusivas del mercado, abrieron una nueva perspectiva al sentido de cultura heredado del pensamiento decimonónico. Esto justifica por qué fueron los historiadores del mundo clásico y medievalista quienes comenzaron a indagar sobre los imaginarios colectivos y los horizontes de expectativas en las sociedades tradicionales, así como que la antropología se convirtiese en un referente crucial para explicar a las sociedades prealfabetizadas y premodernas, tal como lo refiere Anne-Christine Taylor para los jíbaros achuar de Ecuador.

 

De modo que, al dejar de lado aquel binomio fundacional el cual proponía que la historia estudiaba sociedades letradas y la antropología iletradas, se abrió una extensa brecha respecto del significado de cultura. Se demostró que toda sociedad, independientemente de su analfabetismo, era tan compleja como cualquiera de aquellas en la que sus referentes estuvieran fijados por la escritura, por la memoria impresa. De modo que las diversidades culturales llevaron a la imposibilidad de referir, como señala Jaime Humberto Borja, a una única sociedad medieval: “No es lo mismo hablar de una sociedad del siglo XII que de otra del siglo XV”; por tanto, además de reconsiderar los parámetros de culturas ajenas a las determinadas por los valores del progreso y del mercado, se observaron las diferentes prácticas que las diferenciaban entre sí. De sociedad medieval se pasó a hablar de sociedades medievales, en plural.

 

Así, de una u otra manera, las entrevistas presentadas en el libro Escrituras de la historia. Experiencias y conceptos se asocian con alguna de las discusiones derivadas de aquel volumen de Annales de 1989 titulado “Historia y ciencias sociales, un giro crítico”; la presencia de Roger Chartier —un autor emblemático en aquel número y conocido por uno de los libros de notable eco en México, El mundo como representación—, es evidencia de ello. Ese momento histórico se caracterizó por tomar “distancia respecto de la historia económica, demográfica y social, y también de la historia de la mentalidades”.

 

El concepto de representación amplió el de los imaginarios porque tocaba, como señala Chartier, “esa dimensión mental y colectiva, y al mismo tiempo porque las representaciones no son meras imágenes —exactas o engañosas— que sólo remiten al mundo abstracto de las ideas o de las concepciones”. La historia de la representación social de lo culto se amplió, además, a los autores, a las estrategias para construir sentidos.

 

Las investigaciones sobre los mecanismos paralelos a la difusión escrita fueron de la mano con lo que en un primer momento se denominó cultura popular. Se describieron las sociabilidades que sustentaban a las comunidades premodernas, basadas en la memoria, en los signos, en la autoridad de los ancianos, en el rumor, el chisme, la gestualidad, la fiesta colectiva, etcétera. Los estudios no sólo atendieron a “la gente sin historia”, sino también cuestionaron que se tratara de una frontera impermeable, tal como lo señala Ricardo Pérez Montfort cuando alude a la retroalimentación de aquélla con la cultura elitista y viceversa: en polémica con “una historia de bronce” recurrió a la interdisciplinariedad para “entender contextos, circunstancias y situaciones”, en tanto “expresiones culturales que son casi siempre reflejo de circunstancias políticas, económicas o sociales”.

 

Y si la cultura incluyó una diversidad de formas y la narrativa histórica se nutrió de mucho más que sólo fuentes documentales escritas, fue entonces necesario revisar cómo se había legitimado el pasado de aquel dúo cultura-escritura, que parecía haber sido esencial y universal. Esa discusión, ampliamente estudiada por Roger Chartier, abrió una veta de investigación en torno al mundo letrado y al iletrado: las investigaciones sobre el libro como objeto, como medio de circulación o en sus formas de recepción, ocuparon un puesto central en la historiografía al retomarse la teoría de la recepción literaria que consideraba que “el proceso de lectura es un proceso de interpretación, de construcción de sentido”. La historia del universo que rodeó a la imprenta, impresos, impresores y lectores emergió en títulos que hablan más que mil palabras: El mundo sobre el papel. El impacto de la escritura y la lectura en la estructura del conocimiento; Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra; Cultura escrita en sociedades tradicionales o Cultura escrita y objetividad: el surgimiento de la ciencia moderna.

 

El objeto libro fue colocado en el centro del debate, al mismo tiempo que los lectores fueron puestos en perspectiva histórica. La función social del impreso fue analizada. Las prácticas culturales remitían a distintas representaciones sociales y conceptuales, como por ejemplo: la distancia entre la lectura en voz alta y de pie, que predominó en algunos monasterios, mantenía un abismo respecto de la capacidad de leer en silencio y discernir lo leído. Fue así que el entorno de la cultura letrada quedó relativizado: el texto impreso sustituyó a la memoria y a la oralidad al fijar lo dicho en un entorno de objetividad. Con ello no sólo se transformaron las prácticas, sino también un sistema cognoscitivo que diferenció, como lo expresa David Olson, lo dado de lo interpretado.

 

La función de la escritura como recurso de poder u objetividad fue contrastada con las jerarquías dadas en ciertas sociedades a la vista, el oído, la narración de lo visto o de lo escuchado como criterios verídicos. Al llegar a ese punto, los historiadores habían ya consensuado que esas preguntas que ponían en jaque la objetividad-autoridad del impreso también se vinculaban con la escritura histórica. El binomio escritura-objetividad respondía a preguntas planteadas por autores como Michel de Certeau en La escritura de la historia; Paul Veyne en Cómo se escribe la historia, o François Dosse en La historia en migajas. Esos títulos, entre muchos otros, fueron parte de la ola reflexiva que cuestionó las prácticas de la historia: desde dónde, para quién, de qué manera y cómo se elabora su narrativa. La historia, la antropología, la sociología o la lingüística —que habían acercado sus fronteras desde los cuestionamientos de Lucien Febvre y Marc Bloch— fueron también puestas en jaque al ser cuestionado su núcleo: el “lugar” desde el que se produce su saber, su escritura, tal como lo expresa Clifford Geertz en su libro acerca del Antropólogo como autor.

 

Por lo anterior, no hay manera de aislar al texto escrito, que fija lo dicho, delimita y —aparentemente— petrifica un evento determinado: se trata de una construcción mediada por el entorno que lo produce, con fines y receptores también determinados por el mismo medio. Fue entonces cuando el libro de Hyden White, Metahistoria, tuvo una enorme difusión; la escritura histórica analizada como género literario la igualó a cualquier escritura. Los recursos para relatar el pasado se convirtieron en tropos literarios, dejando con esto sepultada cualquier pretensión de verdad; la historia no mostraba un pasado duro como piedra, sino una obra derivada de una tradición a la que el historiador, casi prescrito, recurría para narrar.

 

La pregunta del lenguaje histórico como un recurso explicativo, derivado de una función social, e inherente a las expectativas del tiempo en una sociedad específica emergió aunada a la presencia de la narrativa. Así, la generación intelectual de la que participan los autores entrevistados por Laurence Coudart y Luis Gerardo Morales parte del presupuesto de que el pasado, el presente y el futuro son artificios contextuados que remiten a una forma de comprensión del tiempo histórico. El futuro-pasado de Reinhart Koselleck o el presentismo a que refiere François Hartog muestran la conceptualización del tiempo en periodos específicos. Los pasados son construidos desde los parámetros culturales a los que pertenece quien escribe; la historia es una narrativa emitida desde un horizonte cultural mediado por formas comunicativas específicas; es decir, la práctica, la escritura, la recepción, etcétera, se hallan mediadas por una comunicación que señala su pertinencia y que enmarca su propia explicación y comprensión: “El objeto de estudio de los historiadores”, expresa Guillermo Zermeño, se relaciona con diversas formas de representación. Porque también son representaciones”. De modo que no hay escritura ajena a la construcción de una realidad percibida. La verdad, verosimilitud, relato, falsedad, etcétera, fueron constructos culturales atribuidos al discurso histórico en los alrededores del siglo XVII, y por tanto, son conceptos ajenos a los imaginarios modernos; es decir, si toda representación se halla determinada por un entorno inscrito en un medio comunicativo, los historiadores no tienen más opción que describir y contrastar esas diferencias; observar cómo se han observado otras realidades y partir de esa frase —que en la actualidad es ya casi un lugar común generalizado— que postula que no existe posibilidad de objetivar el pasado porque esa narración parte de un sujeto inscrito en una sociedad que inevitablemente imprime su manera de observar.

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

 

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Marcela Dávalos

 

Resumen

Escrituras de la historia pone sobre la mesa la llamada historia cultural, que surgió en un contexto en el que se cuestionaron las formas de ver y hacer historia. La función de la escritura como recurso de poder u objetividad fue contrastada con las jerarquías dadas en ciertas sociedades a la vista, el oído y la narración de lo visto o de lo escuchado como criterios de la verdad.

 

Palabras clave: giro crítico, culturas históricas, escrituras, historia.

 

Abstract

Writings of History puts so-called cultural history on the table, a subject that arose in a context in which ways of seeing and making history were questioned. The function of writing as both a resource of power or objectivity was contrasted with the hierarchies that certain societies give to sight, hearing, and the narration of what was seen or heard as criteria of truth.

Keywords: critical turn, historical cultures, writing, history.

 

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