Crítica, verdad y poder: las disputas por la historia

Comentario al libro de Pedro Salmerón, Falsificadores de la historia y otros extremos, ciudad de México, Ítaca, 2015.

 

Saúl Escobar Toledo*

 

El pasado 17 de junio era jueves. Ese día por la noche, dos minutos antes de las 20 horas, un joven de 21 años, Dylann Roof, entró a la Iglesia Metodista Africana Emanuel en el centro de Charleston, Carolina del Sur, Estados Unidos. Dentro de la Iglesia se estaba llevando a cabo una sesión de estudio de la Biblia. Se sentó alrededor de una mesa donde estaban reunidos diversos ministros y feligreses y durante una hora estuvo escuchando y comentado con algunos asistentes lo que ahí se estaba diciendo. De repente, sacó un arma y empezó a disparar sobre la gente. Mató a sangre fría a nueve afroamericanos, algunos de ellos personajes distinguidos por su lucha por los derechos humanos y la igualdad racial en ese país, incluyendo una senadora estatal Clementa Pinckney. Al otro día, por la mañana, fue detenido por la policía.

 

Dylann no solo confesó el atentado sino que lo justificó diciendo que tenía como intención “iniciar una guerra racial”. Poco después, se divulgaron fotografías sacadas de su cuenta en Facebook en las que se veía a Roof ostentando una bandera confederada. Tres días después de la matanza, se descubrió un sitio de internet llamado “El último rodesiano” (en alusión a Rhodesia el último país con supremacía blanca en África) cuyo autor era precisamente Dylann Roof. Había ahí otras fotos que se habían tomado a sí mismo en sitios históricos relacionados con el esclavismo de Carolina del Norte y del Sur incluyendo Sullivan's Island, el puerto de desembarque de esclavos más grande de América del Norte, cuatro plantaciones, dos cementerios (uno donde yacen los soldados confederados y el otro destinado a los esclavos), y el Museo y Librería de la Historia de la Confederación en Greenville.

 

El sitio contenía también un manifiesto de 2444 palabras escrito por Roof en el que exponía sus puntos de vista distribuidos metódicamente en las siguientes secciones: Blacks, Jews, Hispanics, East Asians, Patriotism, y An Explanation.

 

En el Manifiesto, Dylann señala que no creció en un ambiente familiar racista pero que hace unos meses se dio cuenta de que algo estaba muy mal en su país y se puso a investigar, revisando varios textos de la literatura confederada o conservadora. La mayor parte del escrito de Roof se refiere a los negros, a quienes considera el grupo que representa el mayor problema para los estadounidenses. También habla de los hispanos, y aunque reconoce que muchos tienen sangre blanca, concluye que “aun así son nuestros enemigos”. También dice que eligió Charleston para el ataque porque “es la ciudad más histórica de mi estado (y la Iglesia también) para iniciar la guerra racial”.

 

También dice haberse inspirado en los señalamientos del sitio web del Council of Conservative Citizens, donde se afirma que “cada año hay alrededor de 500 mil crímenes raciales […] de ellos 85% son cometidos por negros contra blancos. Y también que cada año hay cerca de 20 mil violaciones de mujeres blancas por negros, pero las violaciones de blancos contra negras son inusuales”.

 

Eric Foner en The Nation escribió un artículo “Las raíces históricas del racismo de Dylann Roof” (25 de junio 2015) que vale la pena exponer brevemente:

 

Dylann Roof, el asesino de nueve hombres y mujeres en la Iglesia Emanuel AME en Charleston, es claramente un individuo perturbado. Sin embargo, el lenguaje que empleó para justificar su crimen demuestra el poder perdurable de mitos y memorias históricas. Los argumentos de Roof para justificar la masacre se basaban en que “los negros” están violando a “nuestras mujeres” y “están tomando posesión del país”. La necesidad de “salvar a las mujeres blancas de los violadores negros” tiene profundas raíces históricas. Fue un argumento invocado para legitimar la asonada violenta que tuvo lugar durante la Reconstrucción,[1] el primer experimento de la nación en la democracia interracial. Víctimas negras de linchamiento en Carolina del Sur y en otros lugares fueron descritas a menudo como violadores, a pesar de que  en casi todos los casos la acusación era una “mentira completa”, según diversos historiadores. Un violador negro fue figura central en El nacimiento de una nación, la película de 1915 que glorificaba el Ku Klux Klan. Igualmente influyente fue la historia de Claude Bowers de 1929, que narra los años posteriores a la guerra Civil, La era trágica, en el que se señalaba que las violaciones en el Sur eran resultado de los derechos políticos alcanzados por los negros durante la Reconstrucción, una declaración ridícula en vista de las innumerables mujeres negras que sufrieron  asaltos sexuales bajo la esclavitud.

 

Continúa Foner:

Roof tiene un sentido de la historia, aunque deformado. Afirma haber leído “cientos” de narraciones sobre la esclavitud; todas demostraban, según él, que los esclavos habían sido tratados con benevolencia, algo desacreditado por los historiadores. Aun así, Roof encontró, en los sitios web de supremacía blanca y programas de radio conservadores, argumentos para sus afirmaciones. Roof sabía bastante de la historia y por ello eligió la Iglesia Emanuel, que durante mucho tiempo ha sido un centro vital para los negros  y la política de los derechos civiles, el muchacho sabía que daría un golpe certero a  la comunidad negra.

 

Emanuel fue el lugar donde ofició culto no sólo Dinamarca Vesey, un distinguido participante de la insurrección de esclavos en Charleston en 1822, sino también el reverendo Richard H. Cain, que ocupó el púlpito de Emanuel durante la Reconstrucción. Como otra víctima de la masacre, Clementa Pinckney, Cain había utilizado la iglesia como una plataforma  para el servicio público de defensa de los derechos humanos. Como miembro del Congreso, Cain reprendió a un legislador blanco que se refirió a la esclavitud como una institución civilizadora de "bárbaros" negros (perspectiva no muy diferente a la de Roof).

 

Es evidente, dice el articulista, que “Roof no habla por todos los blancos en el estado". No obstante, Carolina del Sur nunca ha zanjado su historia torturada. En 1776, los delegados de Carolina del Sur al Congreso Continental obligaron a Thomas Jefferson a eliminar una cláusula de la Declaración de Independencia que condenaba la esclavitud. En 1787, los delegados de Carolina del Sur fueron los principales responsables de introducir la cláusula de esclavos fugitivos en la Constitución y la disposición que permitió la importación de esclavos desde el extranjero por 20 años más.

 

Antes de la Guerra Civil, Carolina del Sur era uno de los dos estados, junto con Mississippi, en el que la gran mayoría de familias blancas poseía esclavos. Al mismo tiempo, la mayoría de población del estado era negra (casi 60% en 1860). Esta combinación produjo un extremismo peculiar en defensa de la esclavitud. El estado fue el primero en escindirse, y el primer lugar donde estalló la violencia de la Guerra Civil. Durante la Reconstrucción, los negros de Carolina disfrutaron de un breve momento de la igualdad civil y de genuino poder político, pero esto terminó con una "Redención" violenta seguida de décadas de la Ley Jim Crow.[2] Más recientemente, Carolina del Sur encabezó la retirada de los sureños de la Convención Nacional Demócrata de 1948, en protesta por una mención sobre los derechos civiles en la plataforma del partido. En 1964 fue uno de los cinco estados del sur profundo que votó por Barry Goldwater, allanando el camino para la "estrategia sureña" de los republicanos que apelaba al resentimiento blanco contra las conquistas de los derechos civiles de los negros.

 

Tampoco es la masacre de Charleston el único caso de asesinato en masa de negros en Carolina del Sur. Durante la Reconstrucción, el Ku Klux Klan desató un régimen de terror en el estado que provocó decenas de muertos. La Masacre de Hamburgo de 1876, en la que varios negros fueron asesinados a sangre fría, fue un paso decisivo en el derrocamiento de la Reconstrucción. En Orangeburg, en 1968, los oficiales de la patrulla estatal mataron a tres estudiantes universitarios negros e hirieron a otras 20 personas. Por desgracia, este incidente ha sido en gran medida olvidado, a diferencia de los asesinatos de los estudiantes blancos dos años más tarde en Kent State.

 

Concluye nuestro articulista:

 

Las ideas sobre la historia legitiman y dan forma al presente y las exposiciones o narrativas públicas de la historia nos dicen mucho acerca de los valores de una sociedad. Al igual que en otros estados del sur, las estatuas de los generales confederados, de miembros del Klan, y de segregacionistas salpican el paisaje de Carolina del Sur. El estado no tiene ningún monumento a las víctimas de la esclavitud y solo una que otra dedicada a los líderes negros de la Reconstrucción o a otras épocas. Hubo que esperar hasta 1998 para que un retrato de Jonathan J. Wright, quien se desempeñó durante la Reconstrucción como el primer juez afroamericano de la Corte Suprema de Carolina del Sur se agregara a las pinturas de los jueces blancos de todo el estado en el edificio de la corte.

 

Esta exhibición pública distorsionada de la historia enfrenta a los habitantes de Carolina del Sur, blancos y negros, todos los días con un duro mensaje sobre quién gobierna el estado. Después de la masacre se desató un gran movimiento nacional para remover la bandera Confederada en Carolina del Sur y otros estados. La bandera confederada había sido izada desde 1962 en la Casa de Gobierno del estado como protesta frente al movimiento por los derechos civiles de los negros. Desde entonces hubo una lucha constante para removerla. Afirmaban que la bandera representaba un emblema histórico de la guerra civil y del orgullo sureño, pero también del esclavismo y de la supremacía blanca y del racismo. Finalmente, la bandera fue removida un mes después de los acontecimientos, el 9 de julio. Ese día, miles de personas se reunieron para atestiguar el hecho y aplaudieron, con júbilo y llanto, al mismo tiempo, cuando ello sucedió.

 

He traído este relato a esta discusión porque se trata de un caso extremo donde las omisiones y las falsedades y el restablecimiento de la verdad de los hechos perfila una disputa por la historia, más extremo quizás de los casos que trata Pedro en su libro. Por supuesto, nadie está tratando de concluir que las disputas por la historia terminan siempre en masacres. Pero hay cosas que llaman la atención y ayudan a entender las batallas de Pedro compiladas en este libro:

 

Primero, el peso de la historia en las creencias y sentimientos de la gente puede ser muy fuerte. Para la mayoría, quizás, estas ideas no conduzcan a acciones tan trágicas como en este caso, repito, extremo. Pero tal vez sean de una mayor importancia de lo que pensamos. La crónica pública de la historia puede legitimar el presente y justificar ideas que se arraigan muy profundamente en las creencias de la gente. Pero, por otro lado, como dice Pedro, siempre hay una contra historia, una historia crítica que se opone a esa legitimación y a esas ideas.

 

Segundo, si las narrativas públicas de la historia dan cuenta de los valores de una sociedad, hay entonces narrativas claramente intencionadas en fortalecer creencias racistas, de exclusión y afirmación de una minoría sobre otra, pero también narrativas históricas que tratan de criticar esos valores y se apoyan en otros: la solidaridad, la compasión, el respeto a los demás, la justicia para los de abajo.

 

Tercero, como dice Pedro una y otra vez en su libro desde el título mismo, en la disputa por la historia, la falsificación de los hechos es muy importante. Es cierto que no existe una verdad histórica única y definitiva, pero tampoco es cierto que todas las mentiras sean iguales –como dice Pedro al final de su libro.

 

Por tanto, una de las cuestiones fundamentales de toda historia es la crítica o el aval al poder. A partir de ahí se puede y se debe encontrar una línea divisoria entre la verdad y la mentira en la medida en que busquemos a los responsables de los hechos, sobre todo de aquellos que fueron una imposición de la injusticia, de la explotación, del violento frente al desarmado, del hombre sobre la mujer, del fuerte contra el débil. La historia y los historiadores no podemos evitar juzgar a los poderosos en turno. De alguna manera el historiador busca aclarar los hechos, una especie de ensayo de rendición de cuentas del poder; o por el contrario, se dedica a justificar sus actos y ocultar los hechos.

 

El libro de Pedro restablece el capítulo más reciente de este largo debate entre estas dos corrientes de interpretación de la historia.

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

[1] Fue un periodo de la historia estadounidense que duró de 1865 a 1877,  durante el cual los Estados Unidos se dedicaron fundamentalmente a resolver las cuestiones que habían quedado pendientes tras el final de la Guerra Civil.  Se dedicaron esfuerzos para abordar la reintegración de los estados sureños secesionistas, que tras la contienda civil iban a regresar a la Unión estadounidense,  y a reconstruir la economía de los estados sureños, devastados por la guerra,  pero uno de los problemas más serios fue el de la condición jurídica de los libertos negros que ansiaban plena igualdad legal y política ante sus antiguos amos. Este esfuerzo quedó inconcluso. 

[2] Las leyes de Jim Crow fueron unas leyes estatales y locales en los Estados Unidos promulgadas entre 1876 y 1965, que propugnaban la segregación racial en todas las instalaciones públicas bajo el lema "separado pero igual" y se aplicaban a la población negra y a otros grupos étnicos no blancos en los Estados Unidos.

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El texto relata la masacre de Charleston en Carolina del Sur realizada por un joven racista contra personalidades de la comunidad negra. Señala que las narraciones falseadas de la historia pueden formar creencias y sentimientos en la población además de avalar al poder, abriendo una disputa por la historia.

Palabras clave: racismo, comunidad negra, narraciones falsas, historia

Abstract

The text recounts the massacre of Charleston in South Carolina made by a young racist against personalities of the Black community. It points out that falsified narrations of history can form beliefs and feelings in the population as well as endorsing power, opening up a dispute for history

Key words: racism, black community, false narrations, history

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