La mirada en los astros: un pequeño homenaje a Isabel Quiñónez

 

Alejandro de la Torre*

 

Confieso que cuando fui invitado a escribir unas líneas en homenaje a nuestra querida Isabel Quiñónez para la revista Contemporánea, no sabía en la que me estaba metiendo. No tanto por la dificultad que suele entrañar hablar bien de alguien, sino porque me vería precisado a elegir sólo alguna cosa de las muchas que me habría gustado decir. No obstante, acepté el compromiso llevado por el afectuoso recuerdo de Isabel, asumiendo que estos renglones tendrían que fungir como un obligado testimonio de gratitud a una admirada colega, poseedora de un talento y una generosidad irreemplazables.

 

Tal vez deba comenzar por decir que nuestra relación fue breve pero (en lo que toca a mi formación como historiador) harto sustanciosa. Más bien coincidimos en un puñado de encuentros y conversaciones que, con la fuerza del relámpago, me dejaron deslumbrado. Cruzamos nuestros caminos en una circunstancia muy especial: yo comenzaba un torpe recorrido por el mundo de la caricatura mexicana, cazando monstruos. Ella, en cambio, venía de vuelta de un largo viaje por los delirantes paisajes de la cultura impresa decimonónica, con las valijas llenas de postales y experiencias. El encuentro no pudo ser más venturoso para mí, pues Isabel siempre se mostró dispuesta a compartir sus impresiones (y sus impresos), y a orientar al viajero inexperto.

 

Durante esas conversaciones pude constatar que la erudición, la generosidad y la modestia (virtudes que, ay, no es frecuente hallar juntas) eran los rasgos definitorios no sólo de su ética de trabajo, sino de su manera de situarse en el mundo. Platicamos varias veces, quiero decir en rigor que yo la escuchaba en busca de consejo, e hice cuanto pude para retener algo del lúcido torrente de sus palabras. Porque eso sí: aunque de complexión menuda y frágil, maneras serenas y voz calma, Isabel era capaz de transformarse en una “fuerza de la naturaleza” (si se me permite el lugar común) una vez que empezaba a hablar, por ejemplo, de los calendarios de Lizardi, los almanaques de Cumplido, los impresos populares o las ilustraciones satíricas. Entonces se advertía en sus ojos un destello mercurial y candente, apenas síntoma externo de la hondísima pasión que le profesaba a sus temas de investigación.

 

Pero no quisiera extenderme en impresiones sentimentales, pues otros y otras colegas de la Dirección de Estudios Históricos que la trataron por más tiempo –y propiamente en el plano de la amistad− estarán sin duda más autorizados para esbozar mejor los rasgos de la personalidad de Isabel. Más bien quisiera ceñirme a la idea de que el mejor homenaje que se le puede rendir a una investigadora comprometida y generosa como ella es, sin lugar a dudas, leer su obra, o releerla, si es el caso.

 

Y advierto que por falta de espacio y exceso de ignorancia no puedo dedicarme aquí a su obra como poeta, que fue luminosa y potente (e invito al lector a que acuda a ella, para que vea que no miento), sino que habré de limitarme a su trabajo histórico condensado en el libro Mexicanos en su tinta: calendarios, publicado por el INAH en el ya lejano 1994. (Por cierto, no está de más aprovechar este espacio que amablemente me ofrece la revista, para insistir en la pertinencia de reeditarlo.)

 

Lo primero que hay que decir es que se trata de un libro extraordinario, por al menos tres razones. En primer lugar, inscrito en el ánimo de caracterizar y analizar el variopinto y delirante universo de los calendarios de finales del siglo XVIII hasta mediados de la centuria siguiente, en el libro se tocan simultáneamente varias cuerdas historiográficas que le aportan una sonoridad inigualable: se abordan las artes gráficas y tipográficas, la caricatura, la historia de la ciencia, los cuadros de costumbres, la historia de la lectura, el funcionamiento de la cultura impresa en el México decimonónico, la historia política, los conflictos sociales. No es extraño que se haya publicado como parte de la colección “Obra Diversa”, pues es en conjunto una excursión fantástica a la imaginería nacional, laica y religiosa, solemne y festiva, científica, pagana, trágica, combativa, nigromántica y joco-seria.

 

En segundo lugar, el libro es un auténtico festín de imágenes; ilustrado profusamente con portadillas, frontispicios, caricaturas, carteles, imágenes de culto, enigmas gráficos y más, materiales aguda y minuciosamente analizados por la autora, entretejiendo un diálogo sabrosísimo entre la palabra y la iconografía, que abre, sugiere y provoca un montón de caminos para la investigación.

 

Y, por si fuera poco, Mexicanos en su tinta está escrito con una prosa fluida y elegante (poeta tenía que ser su autora), no exenta de humor e ironía. La suma de todo lo anterior termina por construir una obra que mantiene un delicado equilibrio entre erudición y belleza, conseguido gracias al rigor investigativo, el conocimiento minucioso del material y un uso muy inteligente de la lengua. Todo eso en sólo 150 páginas, que lo convierten en un pequeño lujo para el ojo, la mente y el alma, si es que tal cosa existe.

 

Por todo ello, estoy convencido de que Mexicanos en su tinta es una obra que amerita ser revisitada cada tanto para abrevar en su rigor intelectual y para poder transitar todas las rutas que esboza, tanto para el análisis histórico como para la imaginación. Cada vez que acudo a él, en busca de solaz o de instrucción, confirmo que hacen falta −urgen− más trabajos así en la historiografía mexicana.

 

Muchas gracias, Isabel.

 


* Dirección de Estudios Históricos INAH

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Confieso que cuando fui invitado a escribir unas líneas en homenaje a nuestra querida Isabel Quiñónez para la revista Contemporánea, no sabía en la que me estaba metiendo. No tanto por la dificultad que suele entrañar hablar bien de alguien, sino porque me vería precisado a elegir sólo alguna cosa de las muchas que me habría gustado decir. No obstante, acepté el compromiso llevado por el afectuoso recuerdo de Isabel, asumiendo que estos renglones tendrían que fungir como un obligado testimonio de gratitud a una admirada colega, poseedora de un talento y una generosidad irreemplazables.

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