María Eugenia Fuentes Bazán (1953-2011): Un espíritu firme y tenaz

Beatriz Cano*

 

La gente, al recordar a las personas que han dejado de existir, trae a la memoria, en primer lugar, las experiencias vividas con ellas, los rasgos físicos y de carácter, así como los logros en el campo profesional. Las imágenes que concurren en el momento de evocar a María Eugenia Fuentes Bazán son un todo inseparable. Quienes tuvimos la fortuna de haber compartido el espacio-tiempo con Maru sabemos que siempre fue la misma en todos los ámbitos de la vida, no había un desdoblamiento de personalidad. Si tuviera que quedarme con algún rasgo, definitivamente sería con un par de ellos: la serenidad y la constancia. Ambas cualidades rigieron su proceder.

 

Recuerdo perfectamente que conocí a Maru a mediados de la década de 1980. Por ese tiempo yo había acudido a la Biblioteca del Museo Nacional de Antropología a solicitar mi permuta del Departamento de Historia Oral (INAH) al Archivo Histórico de la Biblioteca; Maru se encargó de darme un recorrido por cada una de las secciones. En el momento que me mostró los acervos y las colecciones del archivo histórico, me entusiasmo la idea de poder laborar en dicho recinto. Ese fue nuestro primer encuentro, el cual estuvo enmarcado por su buen trato y afabilidad. Inmediatamente sentí una gran empatía, y con el paso de los años llegamos a sostener una amistad. A pesar de tener diferentes temáticas de investigación, colaboramos en distintos proyectos, por ejemplo en la elaboración del Manual de Procedimientos de Archivos Históricos; durante el proceso llegamos a trabajar con diversas colecciones que serían fuente de futuras investigaciones. En el caso de Maru, ella elaboró algunas sobre la época colonial, mientras yo me enfoqué en los siglos XIX y XX.

 

Un punto en el cual coincidíamos era en lo que se refiere a la función del testimonio, generador de nuevas hipótesis, germen de la historiografía; además de que le entusiasmaba abordar y analizar temas poco estudiados. Abrió una vía de investigación que determinaría la mayor parte de su carrera, su constante estudio sobre el metodismo. Ella siempre estuvo interesada en la cuestión de la religión y su papel dentro de la sociedad; por una parte se acercó a los jesuitas y por otra al protestantismo. Reflexionó sobre la relevancia de ambas doctrinas (católica y metodismo) en el México de finales del siglo XIX y principios del XX, particularmente en los ámbitos educativo y social. Una reflexión redundó en lo que fue su tesis de licenciatura, “El metodismo en el estado de Tlaxcala (1875-1920)”, y otra en la guía del Fondo Jesuita del Archivo Histórico de la Biblioteca Nacional del Museo de Antropología.

 

Durante la elaboración de su tesis realizó diversas visitas a las poblaciones del sur del estado de Tlaxcala, en una de esas localidades, específicamente en Santa Inés Zacatelco, radicó con su familia; en ese periodo se dedicó a la revisión de documentos que referían el establecimiento y actividad de las iglesias protestantes de esa región, además de las innumerables entrevistas que sostuvo. El producto de su investigación es uno de los referentes en la temática del metodismo. Buscó presentar su objeto de estudio desde diferentes escenarios, uno de ellos fue durante la etapa revolucionaria, gracias a su amistad con un descendiente de los hermanos Zenteno, quien le proporcionó la información necesaria y con ella logró elaborar Los pastores metodistas Ángel y Benigno Zenteno y su incorporación al zapatismo (1912-1916). Otro texto en el cual expone la influencia de la doctrina metodista durante el movimiento armado es Los estudiantes del Instituto Metodista Mexicano y la Revolución mexicana. Así, por más de treinta años, mediante sus investigaciones logró situar su temática en las páginas de la historiografía.

 

Mi intento de reconstruir la esencia de Maru no puede concluir sin mencionar algo que desde siempre me pareció inherente a su persona: la consonancia entre ella y el espacio. Su andar y sus movimientos parsimoniosos por cada lugar en que se le veía, ya fuera por el vestíbulo, en el Archivo Histórico, en el Fondo Jesuita o en la sección de consulta, correspondían perfectamente con la calma y el sigilo de la biblioteca, lugar donde laboró por varios años. O bien, recordarla en su cubículo, tras su escritorio, revisando algún documento; en aquel escrutinio podíamos ver a una mujer que amaba su profesión, disciplinada, entregada, pensando y recreando el contenido de cada lectura. En ciertas ocasiones llegué a pensar que aquella calma y sigilo del recinto provenían de María Eugenia. A pesar del terrible proceso de la enfermedad que la aquejaba, no decaía, se mantuvo firme. Sin lugar a dudas, en la quietud hallaba el eco de todo lo que buscaba.

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.
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La gente, al recordar a las personas que han dejado de existir, trae a la memoria, en primer lugar, las experiencias vividas con ellas, los rasgos físicos y de carácter, así como los logros en el campo profesional. Las imágenes que concurren en el momento de evocar a María Eugenia Fuentes Bazán son un todo inseparable. Quienes tuvimos la fortuna de haber compartido el espacio-tiempo con Maru sabemos que siempre fue la misma en todos los ámbitos de la vida, no había un desdoblamiento de personalidad. Si tuviera que quedarme con algún rasgo, definitivamente sería con un par de ellos: la serenidad y la constancia. Ambas cualidades rigieron su proceder.

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