Isabel Quiñónez: La línea de sombra

José Joaquín Blanco*

 

En los poemas de Así en la tierra (Breve Fondo Editorial, 1996), de Isabel Quiñónez (1949-2007), encontramos cánticos y paisajes del caos, la irrealidad, la muerte y la desdicha, entonados e iluminados con una aguda voluntad de verdad, de asomos radicales a las introspecciones duras. Pero estas visiones negras a la vez se ven enriquecidas con tal música, con tal delicadeza y exactitud de sensaciones —incluso de repente, en mitad de la tormenta, ensayan ciertos elogios del mundo—; con tal esfuerzo reflexivo —desde las perspectivas de la filosofía, de la religión, de la mística, de la magia, del folklore, de la ironía—; que el lector se sorprende combatido continuamente entre el flujo de la elegía, de la desesperanza y hasta de la imprecación, y el reflujo de su belleza verbal y sensorial, de su coraje y sus luces intelectuales. Y de esa danza ritual que en sí misma constituye una afirmación vitalista en la linde misma de la sombra. Entre las ruinas del ser, está conjurando algún íntimo, concreto paraíso: por lo pronto, el poema.

 

Quisiera tomar un título de Joseph Conrad para hablar de estos poemas de Quiñónez: La línea de sombra. Es una poesía de tormenta, llena de acerados airones de yodo y de las atracciones de la muerte y, como dice Poe, del Maelström: ese tremendo remolino con que la destrucción y la nada atraen y engullen a los verdaderos navegantes.

 

Al mismo tiempo, como lo saben todos los lectores de esos libros de aventureros del mar y sus tormentas, es precisamente en tales combates de los marineros y la tempestad cuando la vida se alza en toda su radical majestad, en su variada belleza: El hombre “cree en la fuerza de su nada,/ propicia imágenes, altares,/ algo noble en donde sahumarse,/ quema su cuerpo tan de prisa se disgrega,/ la carne es ceniza pero sigue viva/ y el viviente entierra sus manos en sí mismo,/ goza a pesar de su congoja,/ sepulcro exuberante, discurso que relumbra/ frente a sus ojos reales, frente a sus imaginarios”.

 

Isabel Quiñónez no escribe poemas sencillos, pero hay que señalar que no participa en la llamada “poesía difícil”: jamás es incomprensible ni inabordable. Sus metáforas, sus enigmas, sus sinestesias, sus elipsis, sus perífrasis, sus contrastes, sus disrupciones sintácticas, se aclaran generosamente en la lectura atenta hasta donde deben aclararse, porque a ella le gusta pintar con luz, pero también con sombras. A veces se trata precisamente de entender la sombra, o los juegos de sombras.

 

Es también una escritora dura por su posición tan crítica frente a la realidad. En este largo diálogo entre el hombre y su conciencia que es Así en la tierra, no acepta las tentaciones de las dichas y las galas superficiales del mundo: ve grietas, estrías, huesos. Hay algo de réquiem o de oratorio fúnebre en estos poemas, pero solamente algo; tampoco se conforma con la negación, la desesperanza y la nada: les opone los frutos terrestres, la ironía, el sueño y hasta ciertas máximas filosóficas o esotéricas. No canta el apocalipsis: lo combate.

 

Dice: “Pero hay que vivir mientras se vive, inmortal/ porque se vive haciendo cosas/ con orden, sin mayor sentido,/ un poco lejos de la tapia, se supone./ La voz se agrupa en el tormento,/ olvida que hay flores a momentos,/ confiesa gratitud a las estrellas,/ oscurece ante miradas animales./ Y sin embargo un perro enamorado aúlla/ y ante Dios la suya es melodía”.

 

La sibila puede denunciar la conjuración del mundo, o del universo si se quiere, hacia la irrealidad, la muerte y la nada. Pero en los poemas de Quiñónez hay milagros afirmativos en lo mínimo y en lo involuntario. Una sola gota de agua en una hoja, bien vivida, permite arrostrar toda la tormenta: “Pero sucede que contemplo a veces:/ ahí en la hoja está la gota/ y su esplendor suspende,/ en soledad a veces la creación alumbra/ figura que no va a precipitarse, siento,/ Dios a punto de hablar, volátil en su aliento...”

 

En Así en la tierra Isabel Quiñónez confiesa cierto parentesco con los cánticos y plegarias bíblicas, y con las visiones modernas —no menos terribles— de Eliot y sobre todo de Gorostiza. La estirpe de La tierra baldía y de Muerte sin fin: no sólo la fragilidad del hombre, sino todo su mundo, sus apetencias y dichas, se ven puestas en tela de juicio. Este libro conlleva una reflexión intelectual aguzada sobre las apariencias de la realidad (el Velo de Maya que se insinúa en algún verso) y las trampas de la vida y de los instantes de dicha.

 

Hay incluso aristas de sátira contra los Bien Adaptados, los “hombres huecos” de Eliot, los Figurones “tiesos, de estopa y algodón”, que se manosean “adentro de camas con polilla”; bienaventurados de la utilería y el vestuario, orondos en su teatro descolorido. En este libro, Isabel Quiñónez escarnece el bienestar postizo que celebran tantos poetas conformistas; incluso el erotismo se ve despojado de algunos de sus sonoros prestigios, como en su curiosa fábula medieval del decrépito cornudo Diciembre y la frívola Abril.

 

Abundan las imágenes agrias, de ruptura y combate: descuellan las velas rasgadas de los barcos de Poe, Stevenson y Conrad en plena tormenta; más discretas, pero no menos poderosas, son las sonrisas, las transparencias, los elementos de pureza y de orden; las alas de libélula “en los ojos asombrados de una niña”, los remansos, los pájaros en mitad de la calma. 

 

De hecho, la finura de su lenguaje, el delgado tejido de su composición, su música, el arrojo mismo de asomarse a ciertos abismos, son algunas de esas sonrisas y de esos pájaros de serenidad, incluso en los pasajes de furia.

 

Ve al hombre como monstruo perdido en su laberinto, un laberinto que no es sino el hipnotizarse ante sí mismo. La plegaria entonces esplende como aquella gota en la hoja: “No sé si entenderé su ahogo,/ si lograré hallar casa en mi cuerpo,/ si encontraré su templo./ Ruega por mí, que pueda con mi lápida,/ ruega para que sienta el rocío,/ ayúdame a buscar el canto amable en todo movimiento”.

 

La poesía de Isabel Quiñónez nunca se ha parecido a la de nadie. Solitaria, ha cultivado con celo y fervor sus jardines cerrados, sus búsquedas precisas. Su tono, sus contrapuntos de crudeza y finura, sus oratorios que son paisajes (a veces, acuarios), sus plegarias que son imprecaciones, tienen una música que no se oye en ninguna otra parte.

 

No evita Quiñónez la conversación ni la confesión, pero privilegia el pensamiento. Un pensamiento discontinuo y lírico, lleno de pálpitos y de nervios. No poesía intelectual; sí furia mental, tanto como nerviosa y emotiva, en su propia explicación y combate de la conciencia humana con el mundo. Rara vez ha conocido en tiempos recientes la poesía mexicana exigencias y aspiraciones semejantes.

 

Tanto como los crujidos del mundo a la manera de un barco en naufragio, se escucha en estos poemas el silencio. Esbelto, preciso: “Una quietud fugaz/ un filamento en la arboleda/ y un pájaro,/ dormido en el remanso de la tarde/ hacen mirar adentro./ Allá, no audible, pequeñísima,/ con hálito incesante,/ inmortal en su universo/ crece: capullo de lo fresco./ Y su serenidad aún no nacida,/ no dispersa...”

 

Isabel Quiñónez busca el solaz de la vegetación, de las malezas, de los manglares. E incluso la vegetación inversa dentro del río, transfigurada en el reflejo, es otro de los prodigios afirmativos contra las tormentas: “Algo respira en el fragor del agua/ es la sombra del ramaje/ con un sueño/ tejido por sonidos y frescura./ Una serranía/ desciende y se alza/ oscura como el agua en su transcurso”.

 

Y aún más profundamente, más allá de los pájaros y los ramajes reflejados, el silencio: “Aunque el cauce, interior sediento,/ se alce en ocasiones sobre el río,/ es arenal, domina la corriente,/ de isla a isla comba su intención/ y sueña que puede retener,/ memorizar burbujas,/ inciertas lámparas esféricas,/ cristales rotos no cortantes,/ cantos dulces y salobres, no fugaces,/ esa frescura, rocío delgado y absoluto/ que en la luz es agua y tallo/ armonía aguda y fina que destella,/ voz de ala hacia su nido...”

 

Al mismo tiempo poesía de la inteligencia y expresión personalísima, libro unitario sobre la conciencia humana frente a la muerte y colección de poemas como instantes plenos, alegato emotivo sobre la rota condición humana e ideas enamoradas de minuciosos mundos instantáneos, Así en la tierra es uno de los dones más logrados y generosos de nuestra poesía contemporánea.

           


 

*Dirección de Estudios Históricos INAH
El presente texto fue publicado en octubre de 2007 en el Blog del autor:
http://iguanadelojete.blogspot.mx/2008/10/isabel-quinez-la-linea-de-somb...

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José Joaquín Blanco

 

En los poemas de Así en la tierra (Breve Fondo Editorial, 1996), de Isabel Quiñónez (1949-2007), encontramos cánticos y paisajes del caos, la irrealidad, la muerte y la desdicha, entonados e iluminados con una aguda voluntad de verdad, de asomos radicales a las introspecciones duras. Pero estas visiones negras a la vez se ven enriquecidas con tal música, con tal delicadeza y exactitud de sensaciones —incluso de repente, en mitad de la tormenta, ensayan ciertos elogios del mundo—; con tal esfuerzo reflexivo —desde las perspectivas de la filosofía, de la religión, de la mística, de la magia, del folklore, de la ironía—; que el lector se sorprende combatido continuamente entre el flujo de la elegía, de la desesperanza y hasta de la imprecación, y el reflujo de su belleza verbal y sensorial, de su coraje y sus luces intelectuales. Y de esa danza ritual que en sí misma constituye una afirmación vitalista en la linde misma de la sombra. Entre las ruinas del ser, está conjurando algún íntimo, concreto paraíso: por lo pronto, el poema.

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