Aventuras de la curiosidad y el asombro

Luis Gerardo Morales, y Laurence Coudart, Escrituras de la historia. Experiencias y conceptos, México, Ítaca, 2016.

 

Carlos San Juan Victoria*

 

 

En su libro Escrituras de la historia. Experiencias y conceptos, Luis Gerardo Morales y Laurence Coudart nos ofrecen un mirador privilegiado para observar los cambios ocurridos en el quehacer histórico durante los últimos 40 años; ahora vueltos experiencia, balance y apertura de horizontes. En el amplio registro de influencias realizado, hay un cauce que se abre paso y es el de la historia cultural, y en especial la atención a las “representaciones”, a la construcción colectiva de mentalidades, conductas, modos de vida y de relación a través de la historia, donde el documento, la imagen o la palabra están “mediadas”, reguladas socialmente.

 

Escrituras de la historia abre un diálogo donde los autores propician con sus preguntas que seis historiadores (Roger Chartier, Guillermo Zermeño, Ricardo Pérez Montfort, Ann Christian Taylor, Humberto Borja y Francisco A. Ortega Martínez) narren biografía y experiencia, tanto en la propuesta conceptual como en la reconstrucción de fuentes y el modo de interrogarlas. En sus conversaciones aparecen las familias conceptuales y de método que se refuerzan con un sistema de notas riguroso aportado por los autores-entrevistadores. La reflexión conceptual, árida en ocasiones, se convierte en el palpitar de una aventura de la curiosidad y el asombro. Los autores lograron recuperar una atmósfera coloquial e íntima donde cada uno de los entrevistados se atreve a exponer biografía y “cocina”, las preguntas que orientan sus quehaceres, los desafíos de las fuentes y su aportación ya convertida en conocimiento histórico.

 

La organización de los textos parece responder a un sentido muy acorde con el subtítulo del libro, Experiencias y conceptos. Las dos primeras (Chartier y Zermeño) se orientan más a la precisión conceptual en diálogo con la historiografía. Los siguientes ensayos enfatizan los procesos de investigación concreta. En su conjunto aportan una visión de los varios afluentes de los que se alimentan estas formas de hacer historia. Sin sugerir una reducción de su diversidad de temas tratados, para efectos de esta reseña los agrupo en dos grandes problemas: el papel central de las mediaciones en las relaciones humanas, y las pugnas por reconstruir otros “sentidos” del quehacer humano, así como el reconocimiento de la pluralidad de actores que confluyen en el hecho histórico.

 

Hacia una historia de la complejidad social

 

Roger Chartier, autor de un texto precursor de estos cambios: “El mundo como representación”, reconstruye el modo en que él mismo marcó una diferencia dentro de la gran tradición de los Annales, donde enfatiza “la historia de las prácticas o de las producciones culturales” (p. 26). Su principal aporte se sostiene en “la representación”. A diferencia del etnólogo que cuenta con la presencia de su informante, quien hace historia debe hablar de un ausente y lo hace siguiendo sus huellas, las diversas versiones que lo representan y sus motivos para hacerlo. “[...] para acercarse a las prácticas representadas se debe interrogar, en primer lugar, sobre las prácticas de representación” (pp. 30-31).

 

El concepto de representación me pareció clave para hacer la historia, porque tiene esa dimensión mental y colectiva, y al mismo tiempo porque las representaciones no son meras imágenes —exactas o engañosas— que sólo remiten al mundo abstracto de las ideas o de las concepciones; también son una fuerza intrínseca para definir fronteras entre los grupos, comunidades e individuos, y una fuerza productiva para el mundo social (p. 27).

 

Chartier propone varios problemas, menciono algunos de ellos: la importancia de lo lingüístico no debe evadir las “experiencias prelingüísticas”, el referente de las prácticas sociales; el énfasis en una grafía, la letrada, que en ocasiones remite centralmente al mundo de los letrados, ahora cuenta con muchos más recursos para rehacer las mentalidades colectivas de los no letrados. La historia cultural inspirada por De Certeau no iguala literatura e historia, pues el conocimiento de esta última debe probar el conocimiento aportado.

 

En otra aportación de gran calado, Guillermo Zermeño navega a contracorriente. En un país de alma pragmática, se empeña en abrirle paso a la teoría vinculada al quehacer de reconstruir el pasado. Con él se abren problemas sustantivos, menciono sólo dos y que retomarán los otros historiadores latinoamericanos: las condiciones de recepción de estos giros historiográficos en América Latina. Asimismo, la lucha por la autonomía del pasado en una cultura política e historiográfica que lo encadena a las necesidades del presente. Zermeño señala una crisis en el quehacer histórico realizado en México: se consolidó “en un oficio muy artesanal” y se distanció de la reflexión historiográfica. El trabajo concreto del historiador, su trabajo archivístico sobre las fuentes, se enriquecería con estas influencias. Por ejemplo, nos dice, las fuentes documentales no son expresiones directas de mentes individuales, se les tiene que interrogar como “comunicaciones reguladas socialmente”. No son datos crudos inmediatos sino mediados y producidos socialmente, con reglas que hay que exhumar sobre el pensar y el decir de cada época (p. 74).

 

Su esfuerzo tiene que ver con cerrar esa distancia entre querencia artesanal y reflexión historiográfica. Por ejemplo, mediante la recuperación y difusión de los historiadores de la Europa continental (franceses y alemanes), de donde despunta “una teoría que no es préstamo de la filosofía, sino una teoría que emerge de la misma práctica de la historia” (p. 74) con nombres pesados como De Certeau, Koselleck y Gumbrecht; pero también los diálogos entre historia y sociología, por ejemplo la recuperación de Niklas Luhmann para historizar la modernidad compleja y el papel de la comunicación en la construcción de representaciones. En esa misma dirección se revalora a nuestro Edmundo O Gorman. Destaca el trabajo de reflexión y difusión realizado desde la Universidad Iberamericana, su Departamento de Historia y la revista Historia y Grafía que han traducido, difundido y creado obras donde se apropian estas nuevas influencias.

 

Los dos siguientes autores, Francisco A. Ortega Martínez y Jaime H. Borja, comparten rasgos comunes: de generaciones posteriores, ambos colombianos, reconstructores de fuentes ambiciosas en periódicos y folletería en un caso, y en otro de pintores y sus cuadros en la gran Colombia, que les permite innovar en el contexto de su propia historiografía, la “patriota o criolla” del siglo XIX, y las aportaciones recientes de la década de 1970, con los estudios económicos y sociales influidos por los primeros Annales y la historia social británica. Francisco A. Ortega Martínez indaga en el periodo colombiano clave, de fines del siglo XVIII y principios del XIX, sobre la cultura política, los lenguajes y sus modificaciones, el surgimiento de la opinión pública ilustrada, las formas de sociabilidad. Ahí planta una distancia con respecto a la historiografía previa, que, a su parecer, “domesticaba” el siglo XIX al XX, y con ello le impuso una carencia de sentido propio para ser un “precursor de nuestro presente” (p. 106).

 

“Por ello insisto en que para repensar nuestro presente es necesario restituir los principios mínimos de legibilidad al pasado, restaurar la singular potencia de su problemática, inclusive su fórmula de no continuidad con el siglo XX. Paradójicamente, es esta fórmula de no continuidad lo que propicia un horizonte nuevo para pensarnos a nosotros mismos” (pp. 106-107).

 

Por su parte, Jaime H. Borja, desde sus estudios sobre la crónica y la imagen del periodo “colonial”, se pregunta sobre la condición singular de la sociedad de la entonces gran Colombia, una sociedad de muchas sociedades, donde, la mezcla entre varias capas históricas produce modos de vida originales que responden a un pasado “autónomo”, no simple escalón genético de la nación, la república, el capitalismo. Modos de existir complejos que se juegan en constante tensión y mezcla; por ejemplo, entre subjetividades formadas en sociedades corporativas orales y sacralizadas e impulsos de individualización, “una Colonia que se debate entre efectos medievales pero donde avanza la modernidad católica” (pp. 124-125). De tal suerte que lanza una propuesta fértil y provocadora: en Colombia se vivió un largo tiempo medieval que incluso se expandió a lo largo del siglo XIX, donde se formaron varias sociedades medievales, en plural, con sus matices regionales.

 

“Concibo estas sociedades americanas virreinales como culturas con una conciencia de pertenencia a los reinos de ultramar de España, no como colonias, y que viven dentro de los lazos simbólicos de la Baja Edad Media” (p. 124). Da a luz sociedades con peso propio, genuinas en sus quehaceres, lo que contrasta con la idea de que las sociedades “criollas” del siglo XIX estarían marcadas por la simple imitación de Europa.

 

Para una historia de las muchas partes

 

Desde un entorno francés y con una vertiente atropológica, Anne-ChristianTaylor aporta una reflexión esencial para las “tres cuartas partes del mundo”, según nombra Gruzinski a África, Asia y América: la existencia en el globo de una pluralidad de sentidos de la vida humana, que contrasta y marca la unilateralidad del llamado eurocentrismo; en particular, agrega este comentarista, su manera de definir lo que es familiar y lo que es exótico, donde se esconde una jerarquía que con frecuencia alude a la civilización (con sentido) y a la barbarie (sin sentido):

 

Estoy pensando en un debate sumamente interesante que sostuvimos con un excelente historiador, Romain Bertrand, acerca de su libro, La historia en partes iguales, que propone la historia del encuentro en los siglos XVI-XVII, entre la gente de Java en Indonesia y los holandeses. Es una historia cruzada espléndida. Bertrand compara los relatos indígenas y los relatos de los holandeses y logra colocar en un mismo plano “exótico” tanto a la historiografía holandesa como a la javanesa; una suerte de ejercicio de “exotización” para hacer simétricos los dos campos, lo que permite reconstruir la historia de sus intercambios (pp. 155-156).

En su caso, Taylor recuperó mediante una convivencia con los jíbaros, los cazadores de cabezas, otro sentido del existir a lo largo del tiempo que no tiene que ver con la tradición occidental.

 

La clave del asunto es que para los grupos jívaro, como para muchos grupos amazónicos, la historia —en el sentido de experiencia vivida, duración y cambio— se percibe como una forma de alienación, es decir, de enfermedad. Para ellos, vivir la historia es someterse a la presión de un mundo que intenta imponerles otras formas de vivir y de atraerlos hacia los cambios que no quieren y no asumen [...] En los cantos de curación del chamán aparecen elementos que remiten al mundo blanco y a la experiencia del contacto, de las interacciones con el mundo exterior; por cierto, una mala experiencia para todos los grupos amazónicos [...] En cambio, los relatos autobiográficos guerreros son exclusivamente endo-jívaros, porque la guerra, en este caso, es la única verdadera, la que tiene sustancia semántica, en otras palabras, la sustancia simbólica solamente se produce con otros jívaros. La guerra con los blancos no cuenta, no les interesa. Matar a los blancos —lo que ocurre a menudo y de manera reactiva— no tiene sentido [...] En realidad cuando hacen la guerra es para captar otras identidades jívaras y traerlas en un contexto ritual; de ahí la caza de cabezas, en realidad, de rostros, para atribuirles nuevas identidades fabricadas en este contexto (pp. 152-153).

 

Y el libro cierra con un historiador mexicano: Ricardo Pérez Monfort, quien marca diferencias dentro de la gran confluencia que es la historia cultural. Etnólogo de la ENAH, riguroso en el detalle, músico por gusto, documentalista experto en cine mexicano, con muchas preguntas hacia el testimonio de la imagen, historiador por la UNAM, la gran universidad pública mexicana; ha inaugurado una diversidad temática, poco usual para el siglo XX mexicano, donde —guiado por la curiosidad y el asombro— estudia tanto los estereotipos populares, el nacionalismo cultural, la obsesión por “lo mexicano”, como las historias de la droga y el narcotráfico. Asimismo, echando mano a las muchas grafías disponibles (musicales, de imagen y textuales) interroga los detalles del acontecer para capturar la atmósfera de una época. Plantea por ello la necesaria confluencia de muchos modos de historiar para tratar de acercarse a esta sociedad abigarrada y compleja. Las historias económicas y sociales no sobran.

 

“¿Por qué los mexicanos nos identificamos con un charro y una china poblana bailando el Jarabe tapatío?” (p. 173). Con esta pregunta inicia sus trabajos sobre las “representaciones” que lo convirtieron en el renovador de un tema petrificado por la ideología estatal posrevolucionaria en México, “lo popular”, y luego intensamente pulverizado y resignificado por la política y la cultura actual.

 

Aquello que está inmerso en las expresiones culturales de los sectores mayoritarios, de sectores de trabajadores y campesinos, lo identifico como “lo popular” porque proviene de un tipo de educación informal, de la cotidianeidad, de intercambio dentro del propio estrato social mayoritario de trabajo. Hasta aquí lo que entiendo por “lo popular”, dependiendo de en qué época y en qué lugar, porque a medida que va avanzando la participación de los medios de comunicación masiva, lo que identificamos como popular se disuelve, se hace un tanto inasible. Sin duda “lo popular” también es una categoría histórica (pp. 178-179).

 

Esboza así una mentalidad de época que, a partir de la Revolución, colocó a lo popular en un lugar relevante de la cultura, y donde prosperó la “capilaridad” con la cultura de elite, intelectual, artística y política y la afición por “reinterpretar al pueblo”.

 

El surgimiento de la autoconciencia nacional, que deriva de la propia revolución pero que es reinterpretada [...] a esa reinterpretación del pueblo la he llamado la “capilaridad” entre la expresión popular y la de la elite; esta absorbe a la primera, la reelabora y la vuelve a lanzar al mundo popular, y eso te explica a personajes como Diego Rivera, José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán o el propio Mariano Azuela (p. 178).

 

Se dice poco aficionado a los conceptos, pero lanza propuestas fuertes en la materia: “Construimos lo que otros observan”, el acontecimiento del pasado sólo llega a nosotros a través de versiones distintas y encarnados en letra, en canciones, en pinturas, en cine o foto; “combinamos las circunstancias de quien observó primero con las circunstancias del que reporta hoy” (p. 182).

 

Tanto Taylor como Pérez Monfort aportan conocimiento histórico para afrontar el gran reto de un mundo que, al unificarse en tiempo real, hizo brotar la diferencia y la pluralidad como nunca. Roger Chartier señala a tres autores (Sanjay Subrahmanyam, a Romain Bertrand y a Serge Gruzinski) que conciben al mundo como flujos de una geografía plural de sujetos y culturas afincadas en sus pequeños mundos, y que con sus cooperaciones, solidaridades y conflictos construyen a la sociedad humana (pp. 36-37).

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

 

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Luis Gerardo Morales, y Laurence Coudart, Escrituras de la historia. Experiencias y conceptos, México, Ítaca, 2016.

 

Carlos San Juan Victoria

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