Historia de una exclusión

Haydeé López Hernández, Los estudios histórico-arqueológicos de Enrique Juan Palacios, México, INAH (Historia. Serie Sumaria), 2016.

 

Mette Marie Wacher Rodarte*

Portada estudios Históricos

 

Paradójicamente nos reunimos para celebrar la aparición de Los estudios histórico-arquelógicos de Enrique Juan Palacios, obra escrita por Haydeé López Hernández, cuando hace cien años, en 1917, iniciaron los trabajos de Manuel Gamio, el llamado “Padre de la antropología mexicana” en el valle de Teotihuacán. Esta obra que hoy tenemos entre las manos precisamente pone en entredicho esa ancestría. No es éste, sin embargo, el propósito del volumen, pero al traer a la memoria a un personaje del pasado hasta ahora ignorado con frecuencia se ensombrece a los que fulguraban como únicos. Así —nos dice la autora—, su propósito es “rescatar del olvido a Enrique Juan Palacios y a través de su trayectoria de vida, revalorar la tradición [...] de estudios histórico-arqueológicos” por él defendida (p. 15). Si bien en el camino de lograr ese objetivo, López Hernández debió analizar, como veremos, dos influyentes historias de la arqueología mexicana que han contribuido a glorificar a Manuel Gamio y a Alfonso Caso.

 

La obra plantea dos narrativas acerca de la arqueología mexicana; la primera es un estudio introductorio y lleva por nombre “El espíritu de los pueblos. Las investigaciones de Enrique Juan Palacios”, cuya autora es Haydeé López. La segunda, intitulada “Los estudios histórico-arqueológicos de México. Su desarrollo a través de cuatro siglos”, es el relato historiográfico acerca de la arqueología de nuestro país fraguado por Palacios, ese arqueólogo silenciado por la historiografía. Estas dos narrativas se cuestionan y se complementan para traer a la memoria a ese personaje, al mismo tiempo que buscan forjar otra mirada acerca del proceso de profesionalización de la arqueología mexicana.

 

Palacios —dice Haydeé López— escribió la historia de una ciencia, en aquel entonces en proceso de construcción; la obra fue publicada por entregas en el Boletín de la Secretaría de Educación Pública entre los años de 1929 y 1930 (p. 38). Con una epistemología aprendida de los profesores decimonónicos del Museo Nacional, Palacios concebía la arqueología como una actividad científica, positiva e íntimamente ligada a la historia. De tal suerte que, en su obra acerca del devenir de esa disciplina, analizó obras escritas en torno al México antiguo ideadas por españoles, indígenas, mexicanos y extranjeros nacidos entre los siglos XV y XIX. Bibliófilo consumado, dio a conocer las ediciones, traducciones y las casas editoriales que las publicaron; escudriñó los tópicos tratados, los problemas teóricos abordados y al mismo tiempo, destacó sus aciertos y sus flaquezas. Al parecer, tenía claro cuál era el uso social de la escritura de la historia en su quehacer científico. Con esos estudios buscó demarcar los límites de la disciplina, sus fronteras conceptuales, métodos y problemas de investigación. Quizá —sugiere con acierto la doctora López— Palacios era consciente de que, para legitimar o defender la tradición histórica-arqueológica profesada por los integrantes del Museo Nacional —una tradición, por cierto, próxima a ser desplazada por una más técnica y monumentalista—, era imprescindible narrar su trayectoria (p. 39).

 

La lectura de esa obra de Enrique Juan Palacios fue seguramente la que llevó a Haydeé López Hernández, siempre curiosa e inquisitiva, a preguntarse quién era ese personaje, cuáles habían sido sus pasiones cognitivas, qué problemas de investigación había abordado y por qué su nombre y empresas científicas no aparecían en las historias canónicas de la arqueología mexicana. Para dar respuesta a esos cuestionamientos encaminó, en parte, el acucioso y bien documentado ensayo introductorio de este volumen.

 

Tras exponer una reflexión acerca del papel cumplido por la memoria y el olvido en la construcción de las narrativas históricas, el ensayo analiza la Historia de la arqueología en México, de Ignacio Bernal —el así llamado Bernalito—, obra publicada en 1979, de la cual han abrevado múltiples generaciones de estudiantes de arqueología (si no es que todas las que aún están activas). Esta narrativa —dice López Hernández—, didáctica y fundacional, se considera la primera historia de la arqueología mexicana, y así “prevalece actualmente sin cuestionamientos en la memoria del gremio, pese a sus claroscuros” (p. 27). De igual forma, su ensayo introductorio ofrece reflexiones en torno a La antropología en México: panorama de su desarrollo en lo que va del siglo, de José Lameiras, trabajo editado en el mismo año de 1979, el cual ha ejercido poderosa influencia en la memoria histórica de los antropólogos mexicanos.

 

López Hernández escudriña la subjetividad de esos autores para comprender por qué en sus trabajos excluyeron a Enrique Juan Palacios; desentraña las filias y fobias entretejidas en las letras de sus narrativas; descubre sus énfasis y omisiones e identifica las genealogías que ellos construyeron a la luz del contexto histórico en el cual fueron publicadas. Con esa fructífera metodología nos revela que la escritura de la historia de una ciencia no es un ejercicio inocente, emprendido como un divertimento por investigadores que se encuentran al final de su trayectoria profesional. Por el contrario, la obra claramente muestra que en realidad funcionan como un mecanismo de poder dentro de las comunidades científicas. Controlan la “memoria histórica” de un gremio —señala la autora— y con esto tratan de imponer y proyectar hacia el futuro una forma de concebir y practicar una disciplina (p. 21).

 

Así, López Hernández encontró que Bernal, en los últimos años de su vida, había formulado una narrativa dirigida a legitimar la tradición arqueológica consolidada, merced al desposorio consumado por el Estado y la antropología en los años posrevolucionarios; un matrimonio que desde los años sesenta había empezado a registrar problemas conyugales. En ese contexto —según la autora— Bernal buscó posicionar los trabajos, prácticas, métodos e hipótesis arqueológicas avaladas por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, institución en la cual había laborado como investigador y funcionario público, en estrecho vínculo con Alfonso Caso, antaño su mentor. Con esa carga teórica, política y hasta emotiva, Bernal asoció el nacimiento de la arqueología científica con las indagaciones estratigráficas inauguradas por la Escuela Internacional de Arqueología y Etnología Americanas, y en consecuencia, con Manuel Gamio; además, al decir de Bernal, los trabajos interpretativos iniciados en el ámbito de la arqueología mexicana partían de lo hecho por Alfonso Caso. Con esto, investigadores como Juan Palacios quedaron fueron de la historia, pues sus trabajos no fueron estratigráficos y, si bien tuvieron un perfil interpretativo —como los emprendidos por Caso—, no fueron apreciados por Ignacio Bernal.

 

En cuanto a la historia escrita por José Lameiras, la doctora López encontró que ésta también había excluido a Enrique Juan Palacios, así como a la tradición histórica-arqueológica por él defendida. En cambio, se había dirigido a empoderar a la antropología integral de carácter social, supuestamente ideada por Gamio en Teotihuacán. Y digo “supuestamente” porque este ensayo nos hace saber que tal propuesta ya había sido enunciada por Andrés Molina Enríquez antes del estallido de la Revolución. Molina Enríquez, habría que añadir, fungió como profesor de etnología del así llamado “padre de la antropología mexicana” en las aulas del Museo Nacional.

 

Bernal afirmó con ahínco que en México la arqueología científica se había nutrido de dos manantiales: Manuel Gamio y Alfonso Caso. Haydé López, sin embargo, no se quedó contemplando las aguas superficiales, optó por sumergirse en los ríos subterráneos de la arqueología mexicana. Las corrientes profundas en las cuales bogan instituciones, obras y personajes cuyas empresas cognitivas han sido escasamente valoradas por la historiografía oficial de la arqueología mexicana. En el mejor de los casos, las han catalogado como precientíficas; en otros ni siquiera las mencionan. Así pues, la autora hurgó en archivos, revisó publicaciones periódicas y otras obras editadas en la primera parte del siglo XX. Allí, navegando, encontró, junto con otros estudiosos de aquel momento, a Enrique Juan Palacios.

 

Esas búsquedas fructificaron en el excelente esbozo biográfico de Enrique Juan Palacios que se nos ofrece como final del ensayo introductorio. Tal esbozo nos lleva desde la penumbra de los primeros años de vida del personaje hasta sus últimos días. Nos habla de su formación como profesor normalista, de sus vínculos con el Ateneo de la Juventud, de sus trabajos editoriales y afanes literarios. Palacios —informa Haydée López— escribió tres novelas, y en éstas, con una escritura más libre a la que constreñía la ciencia, desfogó su sensibilidad romántica, describió paisajes, costumbres y narró sus viajes.

 

La lectura de la biografía de Palacios nos lleva a entender que dicho personaje no debe ser clasificado como un amateur y tampoco como un investigador situado en el ámbito de lo precientífico. Ambos términos resultan anacrónicos, sin duda tienen un sabor presentista, pues López Hernández nos muestra que dicho personaje cumplió con todos los requisitos para ser considerado un científico de acuerdo con las valoraciones de su época. Aunque se incorporó tardíamente a la comunidad arqueológica nacional, adquirió conocimiento experto en esa disciplina. Con su ingreso a la Sociedad Científica Antonio Alzate accedió a una de las redes científicas más prestigiosas del país; sus obras aparecieron en las principales revistas del México de aquel entonces, e incluso una de sus investigaciones, su estudio sobre la Piedra del Sol, trascendió el ámbito local. Mereció ser traducido al inglés por Frederick Starr para ser publicada en el Bulletin de la Universidad de Chicago.

 

Tras revisar detenidamente la producción académica del biografiado, la doctora López Hernández lo definió como un iconógrafo, como un intérprete de las grafías inscritas en códices y restos pétreos del remoto pasado; en otras palabras, como un especialista en arqueología preocupado por reconstruir la historia de los pueblos prehispánicos a partir de descifrar el espíritu o visión del mundo de esas agrupaciones humanas.

 

Es así que la autora resquebraja la genealogía plasmada en la historia de Bernal. Su trabajo lleva a observar que Alfonso Caso no fue el primero en emplear la epistemología arqueológico-interpretativa. Otros mexicanos ya la habían puesto en práctica, notoriamente, Enrique Juan Palacios. Sus hipótesis no lograron la aceptación del gremio arqueológico nacional de entonces, pero evidentemente el método heurístico ya estaba ahí. Con todo, Enrique Juan Palacios no sobrevivió al desprecio de las narrativas emergidas en los tiempos posrevolucionarios.

 

Haydeé López ha escrito un trabajo que viene a enriquecer un corpus historiográfico surgido en los últimos años, cuyos autores —algunos jóvenes, otros no tanto— cuestionan las exégesis monolíticas, los mitos construidos por los relatos de sus antepasados. Como ocurre con otras narraciones contenidas en ese corpus, el trabajo de López Hernández no es una historia sumaria; por el contrario, constituye un concreto estudio de caso, un cuidadoso examen de un entramado o retazo de la historia de la arqueología, que sin duda arroja nuevas luces a las complejidades entretejidas en el devenir de la disciplina.

 

La obra es un claro ejemplo de que los proyectos frustrados, los personajes olvidados y las epistemologías que no llegaron a prosperar también forman parte del devenir de una ciencia. Muestra que la exhumación de los personajes escasamente mencionados u omitidos en la historiografíaa canónica de la arqueología tiene un importante valor heurístico, pues permite tener una visión más plural, más diversa, menos evolutiva o acumulativa —no digamos ya positivista— y, en consecuencia, más certera o cercana a la conflictiva trayectoria seguida por la profesionalización de esa disciplina en nuestro país. Pero ante todo, conmina a imaginar un futuro más amplio, rico y prometedor de la práctica arqueológica. Un futuro en el cual la arqueología vuelva a hermanarse plenamente con el saber histórico, para así, además de fijar temporalidades, hablar de estratos, tipologías cerámicas y arquitectónicas o de restaurar monumentos, estar en condiciones de imaginar la forma de vida, de recrear el cosmos, la manera de pensar y de actuar de los pueblos prehispánicos. En síntesis: tratar de acercarnos a los procesos sociohistóricos y culturales de los agrupamientos humanos asentados antiguamente en el actual territorio nacional a partir de revalorar la tradición histórica-arqueológica de Enrique Juan Palacios, personaje que nació en 1881 en la Ciudad de México y murió setenta y dos años después en la misma urbe.

 


* Dirección de Etnología y Antropología Social, INAH.

 

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Haydeé López Hernández, Los estudios histórico-arqueológicos de Enrique Juan Palacios, México, INAH (Historia. Serie Sumaria), 2016.

 

Mette Marie Wacher Rodarte*

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