Con pecado concebido: un libro “rojo” de principio a fin

Gabriela Pulido Llano, El mapa “rojo” del pecado. Miedo y vida nocturna en la Ciudad de México, 1940-1950, México, INAH, 2016.

 

Rebeca Monroy Nasr*

 

El libro El Mapa “rojo” del pecado es un material muy rico en fuentes originales de primera mano. La autora hace gala de una investigación hemerográfica de época, aunada a fuentes visuales, literarias, crónicas y materiales cinematográficos, que se enlazan con un análisis historiográfico de profundidades insospechadas, dando paso a un texto rico por la cantidad de elementos y problemas que pone en la palestra de nuestra historia nacional. Con ello, Gabriela Pulido plantea de manera contundente una geografía clara del Mapa “rojo” del pecado al que hace alusión su título, con el cual nos permite profundizar en el siglo XX mexicano, bajo la lupa de los años de oro de la “vida nocturna”, mostrando las transformaciones bocetadas de los años veinte —y que se hicieron más evidentes en los treinta y cuarenta—: el cuerpo y la sensualidad mostrados de la manera más clara, visual y literal.

 

Al recopilar y definir sus fuentes de estudio Pulido recuperó una amplia gama de elementos que puso en la escena de su libro: las revistas ilustradas, la novela, los ensayos varios rescatando a personajes como Catalina D’Erzell, o el cine aunado a la nota roja; además elaboró cruces directos con los escritores contemporáneos más lúcidos de que nos dotó el siglo XX —entre ellos Carlos Monsiváis, Ricardo Pérez Montfort y Sergio Rodríguez— y que la autora retoma para nuestro solaz esparcimiento y comprensión cabal de los eventos nocturnos.

 

De tal suerte que este mapa rojo es una muestra clara de aquello que se introdujo en la vida cotidiana de manera silente, suave, soterrada, y que se instituyó en ese dejo de doble moral de la época: la vida de los cabarets, de los antros, de los lugares de rompa y rasga que quisieron limpiar algunos de sus regentes capitalinos. En su libro Gabriela Pulido nos ofrece con claridad sorprendente los antecedentes directos de este despliegue del deseo masificado, absorbido y generado por una industria de consumo de imágenes y textos, donde los elementos que movían a su consumo eran los antros, los cabarets, las accesorias usadas para la prostitución, los centros nocturnos, los cinturitas, las juanitas, los pachucos, ante una sociedad ansiosa de distracción, pero también temerosa por los eventos acontecidos apenas unos años atrás —y los que estaban a punto de estallar en la Segunda Guerra Mundial.

 

La autora acentúa esa necesidad de la población por olvidarse de la revuelta armada mediante la búsqueda de distracciones que los llevaran lejos de la violencia fraticida. Para ello, en nombre de lo sicalíptico, lo sensual, lo libidinoso, lo erótico, estos espectáculos hicieron lo suyo en un entorno masculinizado y prometedor de nuevas contiendas sociales y políticas. Esos tarzanes o padrotes —que actuaban como salvadores de mujeres y las hundían en un tercio de espadas— eran parte de un ejercicio social y moral al fomentar una sexualidad extrahogareña. Porque la mujer no estaba autorizada a ejercer su sexualidad libremente, sino que las mujeres estaban atadas a viejos tabús dentro del hogar; y las externas, las de la calle, las de la noche, sí podían moverse dentro del terreno de lo sensual, a veces concebido como inmoral, libidinoso y pornográfico. Una sociedad que no cambiaba en su moralidad para que la mujer tuviese un papel más humano y activo en su entorno.

 

Los esfuerzos por una educación sexual amplia, por una sexualidad más transparente, por el uso incluso de métodos anticonceptivos, se detuvo por la fuerza insomne de la iglesia y sus militantes soterrados en cada casa, familia o madre que deseaba que sus hijos no se perdieran entre las faldas, los leotardos, los moños o los pechos y caderas pronunciados de las mujeres de vida nocturna. Sí, sólo para un rato, para inspirar, para expiar, pero lejos del hogar. La ciudad del pecado poco a poco fue estimulada por la necesidad de conseguir distracción, de buscar unas horas de tranquilidad, de tener desahogo ante la industrialización, de aguantar largas horas de trabajo, de sobrevivir a salarios acotados. Sus deseos atrapados en una doble moral se podían ver, oler y detectar como lo va analizando la autora, pues llegó a ser un tema que se permeó entre las fotos, las revistas, el cine y toda clase de historias visuales o textuales que dieran cuenta de su existencia. Tal es el caso del tongolelismo, palabra de la época donde se empalmaba la admiración del moverse, verse y deleitarse como una Tongolele, y el desprecio como práctica de la vida nocturna de las mujeres. No era el mejor de los piropos en esa sociedad de notable doble moral.

 

Fue el velo de la noche, que todo lo cubre, el que permitió la difusión de la cultura sensual y erótica entre la población de manera silente. No fue posible, por más esfuerzos que hicieron “las autoridades”, acabar con ella. La flama estaba viva dentro del eros, no del tanatos.

 

Incluso, las presencias de ciertos personajes dieron vida al cine nacional, a las fotonovelas, a los fotorreportajes, a las notas gráficas, como lo analiza Gaby Pulido de manera profunda, y muchas veces con gran sentido del humor. A pesar del dolor y el temor a convertirse en una “mujer del puerto”, en una “cualquiera” a no ser querida y ser desterrada por la familia por haber entregado la mayor “virtud” de la mujer: su virginidad. Fueron inútiles los esfuerzos por “salvarlas” del ambiente nocturno, de la higiene y limpieza que profetizaban las autoridades, pues cuántas notas no hemos visto del policía cuidando los juegos de lotería en terrenos inmundos, cuando era un juego prohibido. Cuántas fotos no hemos visto de las damas de la noche, en la calle del Órgano, donde Casasola tomó a las “impuras”, en plena acción. El texto es un material muy rico que muestra una geografía clara del pecado.

 

En este caso, el uso de la intertextualidad de Gaby Pulido, con la que trabaja sus temas de nota roja, cabaret, mujeres de la vida nocturna, cinturitas, casas de citas y atavismos ejercidos en esos años —entretejidos con elementos políticos, sociales y de la cultura popular— da paso a comprender la importancia que tiene en el desarrollo de la vida urbana en un país y sus gobiernos, que permiten, si bien con claras notas de censura, su presencia. Antagónicos, contradictorios, enfáticos, son personajes que escenifican su historia cultural y social, de tal manera que fungieron como disparadores sociales de ciertos malestares, quienes además representaban en carne propia el piso más duro y contundente de la vida azarosa de mujeres y hombres de escasos recursos de los años cuarenta y cincuenta. Es un retrato duro, certero y profundo del inframundo de la vida urbana en la Ciudad de México.

 

Además, con su más reciente libro Gaby Pulido nos permite comprender la manera en que el Estado nación permitió su presencia y controló en determinados momentos las actividades sexuales y de tintes eróticos en lugares públicos y privados, cuando las cosas parecían salirse de control. Con ello, la autora nos representa a ese “otro” México —de los muchos que hay—, que no era visible más que en las revistas y periódicos de nota roja, lo que hace que su recuperación en este material textual señale antecedentes importantes para la gráfica del terror y las noticias rojas que hoy se viven en ese entorno de descomposición social que día a día se hace más evidente.

 

El rescate de este tipo de materiales no sólo responde a la necesidad actual de comprender el crecimiento de las grandes urbes en esos años, del supuesto “milagro mexicano”, sino también para entender la gesta como pivote social de las mujeres de la vida nocturna. Ellas detonaron actividades ilícitas con permiso de las autoridades, con interés y complicidad de las revistas de nota roja y el aporte visual de sus fotografías e ilustraciones, hacia un público amplio, ávido de noticias de tinte amarillento o granadino. Lo interesante es observar esas conductas sociales, así como los movimientos ejercidos por la prensa dedicada a ese tipo de temas con una presencia moralista ante los hechos que reportaban, conformando cierto imaginario que promovía los rasgos que debían tener las “mujeres bien” dentro de los límites sociales permitidos; y a las “otras”, la prensa les connotaba una búsqueda en pos de reivindicar sus identidades, de rescatarlas del mal, de sacarlas del “arroyo”.

 

Gracias a este trabajo de investigación es factible notar que la caricatura, el dibujo y la fotografía contribuyeron a este tipo de aprendizajes y actitudes moralizantes, que, a final de cuentas, instituyeron una forma de difundir y propalar ciertas actividades y formas de vida.

 

Pulido realizó trabajo pionero por el tratamiento de este tipo de temas, por la lectura visual que pone en juego la autora, la intertextualidad referida y demás elementos que integran el constructo de ese imaginario propiciado por los gobiernos en turno.

 

Lo acucioso de la investigación, el contexto referido, así como los materiales analizados, convierten a este libro en un referente obligado para los estudiosos de ese periodo y de las temáticas afines. Además de estar muy bien escrito y resuelto en cada una de sus partes. Me parece que la autora nos hace una invitación para comprender nuestro aquí y ahora con elementos sustanciales de la historia, desde la mirada de la historia cultural de lo social, la historia de las mentalidades aunada a la historia de la mirada, y desde una cultura visual que forma parte de nuestro entorno, de nuestra esencia. Pulido hace un llamado a nuestra más preclara formación con el miedo institucionalizado, introyectado, ingerido a fuerza de imágenes, letras y sonidos. Ese miedo que no permite avanzar, que congela, que detiene y hoy más que nunca es necesario trasgredir, romper y rasgar para avanzar fuera de los cánones, de los lineamientos institucionales que regulan la vida cotidiana. Debemos avanzar sin anestesiarnos, sin acostumbrarnos al dolor, a la pena, al abandono, a la soledad; a la incomodidad de lo paupérrimo, de la miseria, de la muerte. No hay que acostumbrarse a la violencia ni minimizarla. Hay que detonar las conciencias, hay que dar un paso más seguro fuera de nuestra zona de confort. Dejemos atrás el miedo que han incluido como una forma de vida y busquemos un futuro mejor.

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

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Gabriela Pulido Llano, El mapa “rojo” del pecado. Miedo y vida nocturna en la Ciudad de México, 1940-1950, México, INAH, 2016.

 

Rebeca Monroy Nasr

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