La vida y obra de Sergio Ortega Noriega

Lourdes Villafuerte García*

 

En el curso de una de esas sabrosas pláticas que teníamos mi querido amigo Sergio Ortega y yo, me contó que al cumplir 50 años hizo un recuento de su vida y una reflexión acerca de los años que le quedaban por vivir. En aquella ocasión tomó conciencia de que estaba a la mitad de la vida, la cual había sido muy productiva, y que el tiempo que le quedaba, poco o mucho, debía aprovecharlo al máximo, y decidió dedicarlo a las dos actividades que consideraba más importantes: su trabajo de investigador y docente en historia y a las personas que quería. Tuve la fortuna de ser beneficiaria de esta grave decisión, pues él y yo colaboramos de manera estrecha en un proyecto de investigación que ha ocupado buena parte de nuestro tiempo los últimos 25 años y yo  era, además, una de las personas que él quería.

 

La relación personal y una gran amistad, surgió en el pequeño y maravilloso cubículo del Anexo al Castillo de Chapultepec, pues de las conversaciones académicas pasamos a un plano de amistad. Poco a poco. y en conversaciones cotidianas, compartimos aspectos muy profundos de nuestras vidas donde, a pesar de la diferencia de edades (25 años), surgieron muchos puntos de vista coincidentes. Conocí a sus nietas Fabiola y Adriana (qepd), así como a su hija Licha; con el paso del tiempo conocí a buena parte de su familia: sus hijos y sus hermanos. Sergio me introdujo en el gusto por la zarzuela, de tal manera que acudíamos juntos a cuanta función del género chico se presentaba en diversos foros y teatros de la ciudad. Viajábamos juntos, íbamos cada año a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y viajamos un par de veces a Colombia, donde tenemos grandes amigos. Los últimos años trabajamos intensamente en la preparación de su libro acerca del discurso teológico, y una de sus últimas apariciones públicas fue para escuchar una ponencia mía en el congreso La Iglesia Católica ayer y hoy en la Dirección de Estudios Históricos.

 

Sergio Ortega y yo fuimos amigos muy cercanos durante 35 años. Esta relación dio frutos muy buenos tanto en lo académico como en lo personal. En el primer aspecto, el hecho de trabajar en la misma mesa durante varios años en el anexo al Castillo de Chapultepec todas las tardes de cuatro a siete, nos dio oportunidad de conversar, compartir ideas y reflexionar acerca de nuestras investigaciones, sobre todo durante el proceso de elaboración de mi tesis de licenciatura; posteriormente, y a raíz de la reflexión para formular un nuevo proyecto de investigación acerca de la composición de la familia novohispana, comenzamos intensas reuniones de trabajo, primero en el Castillo y luego en su casa. Fue entonces, entre 1992 y 1993, cuando fundamos el Seminario de Historia de las Comunidades Domésticas. Teresa Lozano Armendares, compañera de trabajo de Sergio e integrante del Seminario de Historia de las Mentalidades, se unió a nuestro esfuerzo con un trabajo duro y constante que ha sido un factor importante para el desarrollo del grupo.

 

Pocas veces los académicos hablamos de las motivaciones personales que nos impulsan a estudiar un tema o un problema de investigación; no obstante, cuando el estudioso se abre un poco, notamos que los temas de investigación se relacionan con algunos aspectos de la vida del estudioso. Hablar de la “vida y obra” de alguna personas, es ya una frase común; sin embargo, me gustaría revalorar esta expresión hablando, para honrar la memoria del amigo y del académico recién fallecido, la relación que tienen ciertas partes de su vida con su obra académica.

 

Sergio Ortega Noriega estudió la carrera de ingeniería química en la entonces Escuela Nacional de Ciencias Químicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, a la cual ingresó en 1952, por lo que pertenece a la generación de estudiantes que estrenó la Ciudad Universitaria. Unos años después sintió la vocación de la vida religiosa, por lo cual se incorporó a los estudios pertinentes en el seminario de la orden marista, los cuales culminaron el 27 de mayo de 1961, cuando se ordenó sacerdote. No dejó de cumplir con el compromiso de recibirse de ingeniero químico, lo cual logró en 1960 con la tesis “Sistema de reactores continuos en cascada”.

 

Ejerció el ministerio sacerdotal en la ciudad de México y en la ciudad de Tonalá, Jalisco, donde hubo de enfrentar una desavenencia con el arzobispo José Garibi y Rivera, lo cual le llevó a marcharse de la diócesis de Guadalajara y trasladarse a la pequeña ciudad de Los Mochis en el estado de Sinaloa. Es en este lugar donde se asentó y, sin abandonar su ejercicio pastoral, comenzó a poner en práctica su labor educativa. Se desempeñó como maestro de matemáticas y química en la Secundaria Técnica Colegio Mochis; y en algún momento comenzó a interesarse en la historia.

 

Al observar, junto con otros profesores y funcionarios del colegio referido, la necesidad de ofrecer estudios de preparatoria, se decidieron a lograr la acreditación de estos estudios y la incorporación a la Universidad Nacional Autónoma de México, lo cual se logró en 1970 cambiando de nombre a Instituto de Estudios Superiores de Los Mochis. Fue ahí donde Sergio Ortega inició su labor docente que abarcó casi cinco décadas. Siendo tan serio en esta importante labor, decidió obtener una preparación profesional en docencia, por lo que acreditó la carrera de maestro con especialidad en historia en los cursos de verano de la Escuela Normal Superior Nueva Galicia en Guadalajara, Jalisco, donde se recibió de maestro con la tesis “Los seminarios de Historia en la secundaria técnica”. Fue profesor de historia universal y de México en la preparatoria arriba mencionada.

 

Su estancia en Los Mochis, lugar donde echó raíces, fue muy importante en varios aspectos: fue ahí donde descubrió su vocación por la historia y por la enseñanza, y donde integró una familia con la adopción de seis hijos: José, María Luisa, Francisco, Roberto, Daniel y Carmelita. Quizá por estar satisfecho de sus labores pastorales y educativas, y por tener hijos nacidos en Sinaloa, Sergio Ortega tomó la decisión de adoptar a Sinaloa y a Los Mochis como su tierra. Fue consecuente con esas decisiones, y fue fiel a ellas hasta el final de su vida, pues estaba orgulloso de ser sinaloense, fue un incansable estudioso de la historia regional de Sonora y Sinaloa, fue un maestro comprometido y fue muy feliz con sus hijos, nietos y bisnietos, y estas decisiones se reflejaron en su labor académica.

 

El estudio de la historia regional del noroeste de México

 

La necesidad de enseñar historia de México e historia de Sinaloa a estudiantes de secundaria y de preparatoria de Los Mochis introdujo a Sergio Ortega en la disciplina de la historia; la vivencia del espacio en su ciudad de residencia y los viajes por la región, tanto por su labor pastoral como educativa, lo puso en contacto con los agricultores tomateros de la región, con los pescadores y cultivadores de camarón de Mazatlán, con los trabajadores de la compañía cervecera Pacífico, y las tardes de esparcimiento en la hermosa playa de Maviri en el puerto de Topolobampo; así como con los emigrantes gallegos y chinos, cuyos hijos eran sus alumnos, despertaron su curiosidad, años más tarde, por el estudio de la región que era a la vez encantadora y compleja.

 

La opción por la historia no se sació con las clases que debía impartir a sus alumnos de preparatoria, sino que se clavó la espinita de la curiosidad y el deseo de saber más. Después de un episodio cardiaco, decidió trasladarse a la ciudad de México con el fin de cuidar la salud de su corazón y de estudiar historia. A principios de los años setenta ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM con la intención de estudiar la licenciatura en historia. Los directivos de la Facultad, al observar con atención su currículum, decidieron que era un buen candidato para cursar la maestría en historia de México, previa acreditación de varias materias básicas de la licenciatura (prerrequisitos). Varias personas lo recuerdan en esa época: Carmen Yuste, dice que creció con él, pues lo conoció siendo ella estudiante de licenciatura; por su parte, José Abel Ramos y Jorge René González lo recuerdan como un señor bonachón caminando por los pasillos de la Facultad.

 

Cumplidos estos estudios, ingresó a la maestría en historia de México, donde entró en contacto con Enrique Florescano, a quien Sergio recordaba como un profesor excepcional. Obtuvo el grado de maestro en historia de México en 1975 con la tesis “La antigua constitución española y el federalismo mexicano”, la cual fue publicada en Anales del Instituto Nacional de Antropología e Historia. En sus estudios de doctorado dirige su interés al tema que ocupó buena parte de su vida académica: el noroeste de México. Sistemático como era, empezó enseguida sus estudios de doctorado. Se propuso realizar una investigación muy completa acerca de un importante puerto sinaloense cercano a Los Mochis, cuya culminación fue la tesis “Topolobampo: un caso de colonización porfiriana”,  la cual le dio el grado de doctor en historia en 1977; esta obra fue publicada en 1978 con el título de El edén subvertido. La colonización de Topolobampo, 1886-1896.[1]

 

El 1 de enero de 1978 ingresó como investigador de tiempo completo al Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México, con el fin de realizar investigación histórica acerca del noroeste de México. Es en esta época cuando entró en contacto con otro gran estudioso del norte de México: Ignacio del Río Chávez; juntos formaron una gran mancuerna que los llevó a fundar el Seminario del Noroeste de México, cuyo nombre cambió a Seminario del Norte de México.

 

En este seminario llevó a cabo una gran labor, lo cual se refleja en la abundante obra que produjo, entre las que destacan el tomo II de la Historia general de Sonora, que lleva como título De la conquista al estado libre y soberano de Sonora;[2] en 1993 sale a la luz Un ensayo de historia regional. El noroeste de México, 1530-1880;[3] y en 1999 Breve historia de Sinaloa.[4]

 

Esta dedicación al estudio de la tierra donde descubrió su vocación y donde comenzó su labor docente le valió su admisión, el 17 de mayo de 2002, como miembro de número de El Colegio de Sinaloa, al lado de otros sinaloenses ilustres. Su discurso de ingreso se titula “Reflexiones sobre la historia colonial de Sinaloa”. Esta trayectoria también le hizo acreedor al Premio Universidad Nacional en Ciencias Sociales en 2006.

 

He aquí cómo el amor y la identificación con una tierra que lo acogió con calidez se refleja en los estudios académicos que se realizan con seriedad y rigor.

 

La historia de las mentalidades y el estudio de la familia

 

Cuando Sergio Ortega entra en contacto con Enrique Florescano, hacia 1972 o 1973, éste ya era director del entonces Departamento de Investigaciones Históricas, más tarde Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Como alumno destacado, Florescano invitó a Ortega trabajar en esa institución, a la que se integró en 1975. Desempeñó varias tareas entre 1975 y 1977, hasta que a mediados de ese año, y ante el empuje que en Francia tenía la corriente de la historia de las mentalidades, Florescano lo pone en contacto con los profesores franceses Solange Alberro y Serge Gruzinski, quienes estaban adscritos a la embajada francesa en México, pero ambos eran persistentes estudiosos de la historia colonial mexicana y les propone introducir la investigación de esta modalidad historiográfica en México.

 

Lo que detonó el proyecto original para fundar el Seminario de Historia de las Mentalidades y Religión en el México Colonial fue preguntarse por la influencia real de la Iglesia católica en la sociedad novohispana. Después de varios meses de trabajo, y siendo conocedores de los archivos mexicanos, los tres miembros fundadores definieron como tema el estudio histórico de la comunidad y relaciones domésticas bajo tres aspectos: ideológico, de comportamiento y de mentalidad; es decir, el trinomio discurso ideológico, comportamiento real y la relación entre ambos, aspecto que nos acerca a la mentalidad. En el discurso de la Iglesia católica la comunidad doméstica se estructura por tres elementos: la familia, el matrimonio y los comportamientos sexuales.[5]

 

Sergio Ortega tenía todas las herramientas para ocuparse del estudio del discurso eclesiástico, pues contaba con estudios de filosofía y teología, leía y hablaba latín, tenía una larga experiencia en la práctica pastoral y era padre de familia. Todo ese saber y experiencia lo puso al servicio del estudio académico de la comunidad doméstica con el enfoque de la historia de las mentalidades.

 

Sergio encontró adecuada esta manera de abordar a la familia novohispana, pues proveía al conocimiento histórico de las sociedades de un factor que faltaba: las minucias de la vida cotidiana, la vida misma de las personas que debían enfrentarse al libre albedrío, a la toma de decisiones que muchas veces implicaba transgredir la ley de Dios, al sentimiento de culpa, al temor al pecado y a la condenación; pero también a los prejuicios, al temor al “qué dirán”. Esta manera de ver y de analizar a las sociedades se conectaba con la práctica pastoral que Sergio había ejercido, pues no pocas veces había escuchado, en confesión o fuera de ella, las tribulaciones de las personas, cuya fe era incuestionable, pero que salían de la normatividad ortodoxa por los avatares de la vida. En las pláticas cotidianas que teníamos me comentó varias veces que le hubiera gustado tomar notas de las situaciones que había escuchado, quizá muchas escapaban a su memoria, pero esta experiencia influyó de manera importante en sus investigaciones.

 

El Seminario de Historia de las Mentalidades fue aprobado por la entonces Junta Coordinadora de Seminarios del Departamento de Investigaciones Históricas del INAH, al tiempo que se celebró un convenio de cooperación cultural entre la embajada de Francia en México y nuestro Instituto. Sergio Ortega abrazó con entusiasmo esta modalidad historiográfica, la cual empezó a enseñar muy pronto, en 1978 o 1979, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

 

Al mismo tiempo comenzó la investigación acerca del discurso teológico sobre el matrimonio, la familia y los comportamientos sexuales, misma que dio como resultado diez artículos que, aunque publicados por separado, son en realidad una secuencia, pues examinó el Nuevo Testamento, la obra de Santo Tomás de Aquino, la obra de los teólogos españoles que influyeron en el clero novohispano, como Tomás Sánchez; así como la obra de los teólogos que trabajaron en la Nueva España, donde destaca fray Alonso de la Vera Cruz. Estos trabajos han puesto al alcance de muchos investigadores mexicanos, iberoamericanos y españoles el discurso teológico. [6]

 

Durante los primeros diez años de trabajo del Seminario de Historia de las Mentalidades se utilizó un método que comparaba el discurso de la Iglesia con los comportamientos de las personas, de lo cual se deducía cómo las personas entendían, vivían y manipulaban los preceptos eclesiásticos. Fue entonces cuando surgió la pregunta ¿cómo eran las familias que realmente existieron en la Nueva España?

 

Llegados a este punto, sabíamos de cierto que las personas no cumplían a cabalidad el modelo de comportamiento preconizado por la Iglesia católica, por lo que decidimos buscar un nuevo método de análisis donde el peso del modelo católico no fuera el punto de arranque. Retomamos y redefinimos el concepto de comunidad doméstica y nos afirmamos en nuestra postura de iniciar la investigación por las fuentes y a partir de ahí crear el método para el análisis. Observamos que el matrimonio debía ser ponderado frente a los diferentes acuerdos que daban lugar a la fundación de una comunidad doméstica, donde encontramos el amancebamiento, el adulterio, el acogimiento de personas por caridad cristiana, las relaciones laborales que dan lugar a la convivencia, etcétera.

 

Tanto Sergio Ortega como yo pusimos en juego nuestras propias experiencias; él tenía una familia que no venía del matrimonio y yo conocía los detalles de diversas relaciones dentro de mi propia familia, donde la ortodoxia del modelo familiar católico estaba muy lejos, pues había relaciones prematrimoniales y periodos de amancebamiento más o menos largos. Al mismo tiempo, encontrábamos el abandono de una parte de la pareja, usualmente el hombre, y la crianza de los hijos por parte de la madre; asimismo la adopción de hijos de otra persona para criarlos y amarlos como propios, por parte de los padres adoptivos. Yo misma vivo la maravillosa experiencia de ser abuela de una nieta que no es de mi sangre, pero que es mía. Historias semejantes encontrábamos en la documentación del siglo XVIII; es decir, pusimos vivencias de nuestra propia vida en el estudio de la comunidad doméstica novohispana.

 

En un ir y venir entre la lectura de fuentes novohispanas y nuestra propia experiencia observamos que debido a la rigidez del modelo de vida que marca la Iglesia Católica como la ley de Dios, el cual es casi imposible de cumplir, las personas lo flexibilizan y cumplían lo que podían y dejaban de lado lo que no, manipulando el modelo según sus necesidades.

 

Al final de su vida Sergio Ortega reflexionó conmigo esta hipótesis, que yo había planteado desde 1995, para trabajar los documentos que Francisco, el nuevo papa, sacó a la luz para preparar el Sínodo de los obispos acerca de la familia, donde se muestra, más que nunca, la manipulación que las sociedades cristianas alrededor del mundo están haciendo del modelo, por lo cual se afirmó en la convicción de que éste debe ser objeto de una seria y atenta reflexión para dotar al modelo de la flexibilidad que la sociedad cristiana universal parece haber practicado desde hace siglos.

 

Así, observamos una vez más cómo los problemas abordados en la investigación académica están ligados a la vida del estudioso. La decisión de ser historiador, sacerdote y padre de familia que Sergio Ortega Noriega tomó en la década de 1960 en su amado Mochis influyó de manera importante en los temas abordados en su labor académica y en la manera de abordarlos.

 

Sergio Ortega Noriega partió el 25 de mayo de 2015, recién cumplidos 82 años de edad. Vida y obra se conjugaron en Sergio Ortega Noriega para lograr una vida plena y una obra académica importante, donde el ingrediente de la pasión y el entusiasmo por esos temas tienen su explicación en sus vivencias.

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

[1] Sergio Ortega Noriega, El edén subvertido. La colonización de Topolobampo. 1886-1896, México, INAH/Siglo XXI/ Universidad de Occidente, Dirección de Investigación y Fomento de la Cultura Regional Sinaloa/ El Colegio de Sinaloa, 1978. Esta obra se reeditó en 2003.

[2] Sergio Ortega Noriega (coord.) Historia general de Sonora t. II, “De la Conquista al Estado Libre y Soberano de Sonora”,  Hermosillo, Gobierno del Estado de Sonora, 1985.

(Coordinador del volumen y autor de los capítulos I, II, y IV). _____, Tres siglos de historia sonorense, 1530-1830 (2ª ed. revisada), México, IIH-UNAM, 1993.  _____ (coord.) Historia general de Sonora, t. II, De la Conquista al Estado Libre y Soberano de Sonora (3ª ed.), Hermosillo, Gobierno del Estado de Sonora, 1996.

[3] Ortega Noriega, Sergio, Un ensayo de historia regional. El noroeste de México, 1530-1880. México, IIH-UNAM, 1993.

[4] Sergio Ortega Noriega, Breve historia de Sinaloa, México, El Colegio de México/ Fideicomiso Historia de las Américas/FCE, 1999. _____, Breves historias de los estados de la República Mexicana  (disco compacto), México, ILCE/FCE, 2004, vol. 1.

[5] Ortega Noriega Sergio, “Seminario de Historia de las Mentalidades y Religión en el México Colonial. Objetivos y proyecto de investigación”, en Familia y sexualidad en Nueva España. Memoria del Primer Simposio de Historia de las Mentalidades: “Familia, matrimonio y sexualidad en Nueva España”, México, SEP/FCE, 1982.

[6] Las referencias bibliográficas de estos trabajos se localizan al final de la sección Homenaje, en el apartado Obras de Sergio Ortega Noriega.

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En el curso de una de esas sabrosas pláticas que teníamos mi querido amigo Sergio Ortega y yo, me contó que al cumplir 50 años hizo un recuento de su vida y una reflexión acerca de los años que le quedaban por vivir. En aquella ocasión tomó conciencia de que estaba a la mitad de la vida, la cual había sido muy productiva, y que el tiempo que le quedaba, poco o mucho, debía aprovecharlo al máximo, y decidió dedicarlo a las dos actividades que consideraba más importantes: su trabajo de investigador y docente en historia y a las personas que quería. Tuve la fortuna de ser beneficiaria de esta grave decisión, pues él y yo colaboramos de manera estrecha en un proyecto de investigación que ha ocupado buena parte de nuestro tiempo los últimos 25 años y yo  era, además, una de las personas que él quería.

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