Memoria e imagen entrelazadas

Sergio Hernández Galindo y Nagano Kenjinkai,

Los que vinieron de Nagano. Una migración japonesa a México, México, Artes Gráficas Panorama, 2015.

Alfredo Romero Castilla*

 

La investigación sobre la historia de las migraciones del este de Asia a México es un campo aún inexplorado. Las indagaciones hasta ahora realizadas siguen siendo escasas y parecen no haber trascendido el carácter general que da cuenta de los movimientos de arribo e integración a la sociedad mexicana de chinos, japoneses y coreanos.

 

Los japoneses atrajeron la atención a raíz de la labor pionera realizada por María Elena Ota Mishima, quien acometió la tarea de rastrear las huellas dejadas por las siete migraciones japonesas llegadas a México entre 1890 y 1978, trabajo con el que contribuyó a desbrozar un campo de investigación hasta entonces ignoto. Su ardua y paciente búsqueda en fuentes de archivos públicos y privados le permitió extraer los datos que hicieron posible conocer el camino seguido por estos inmigrantes, las razones que los trajeron a México, sus lugares de origen, los sitios en que se asentaron y las  actividades a las que  se dedicaron.  

 

Toda esta información ha servido de punto de partida para nuevas indagaciones que han proseguido, entre otros estudiosos, Sergio Hernández Galindo, quien tiene en su haber ya varios libros relacionados con la temática de la inmigración japonesa a México. Los que vinieron de Nagano. Una migración japonesa a México es, entonces, secuela de esa investigación primigenia  emprendida por María Elena Ota.

 

El contenido de este libro posee un carácter más particular. Se ocupa de un grupo específico de este universo migratorio japonés llegado a México, formado por aquellos nacidos en la región de Nagano y cubre un periodo más largo. El origen regional de estos inmigrantes es el hilo conductor que entrelaza las experiencias de los inmigrantes pioneros y sus descendientes con las de quienes han llegado en años más recientes.

 

En el presente caso, las principales fuentes de información no sólo  provienen de documentos de archivo, éstos son mayormente testimonios personales y registros fotográficos, los  que le han  permitido al autor servir de mediador entre los textos escritos y las imágenes y trazar, asimismo, un marco analítico para la  contextualización del contenido de los documentos y su correlación con las imágenes. Esta manera de conjuntar el pasado con el presente, hace más factible el recobro de la memoria y brinda un mayor sostén a la escritura de una historia social en su sentido más amplio.  

 

Se trata de una obra en la que el autor y los descendientes de los inmigrantes, objeto de la investigación, convergen en un esfuerzo por documentar la saga seguida por aquellos venidos de la región de Nagano, entretejiendo los hilos de una urdimbre formada por un variado conjunto de historias de vida reunidas en los dos capítulos finales, de los cuatro que integran el libro, separados en dos secciones. La primera se ocupa de los primeros inmigrantes llegados antes de la Segunda Guerra Mundial y la segunda de quienes lo hicieron después.

 

Nagano es una región delimitada por montañas y ríos ubicada en la parte central  de la isla de Honshu. Debido a su terreno montañoso y su lejanía del mar su clima es frío y seco. Su actividad económica ha sido tradicionalmente la agricultura combinada  con la ganadería. Antes de la Segunda Guerra Mundial tuvo una floreciente industria de la seda que atrajo a miles de trabajadores, quienes también participaron en el desarrollo de fábricas de algodón. El auge alcanzado por la producción de la seda entró en declive en la década de los años treinta debido a la crisis económica mundial, causando el deterioro de la economía de la región que produjo varias carencias y desempleo; este último fue el detonador que impulsó la salida de los inmigrantes.

 

El deterioro de las condiciones de vida en Nagano es resultado de las contradicciones que tuvo el proyecto modernizador de Meiji en Japón (finales del siglo XIX) y  de los cambios operados en el mundo durante las primeras décadas del  siglo XX, los cuales conformaron al conjunto de factores que marcaron la decisión de los japoneses de inmigrar a México, tierra donde este trasfondo histórico se correlaciona, a su vez, con un proyecto de modernización que, por su parte, impulsaba el gobierno mexicano en las últimas décadas del siglo XIX, y  cuya consecución implicaba la búsqueda en el exterior de fuerza de trabajo y capitales.

 

En las seis secciones que componen el segundo capítulo, Sergio Hernández Galindo aborda el proceso de conformación de la experiencia migratoria de los japoneses venidos de Nagano: inicia con la llegada de los pioneros y continúa durante los años difíciles del periodo revolucionario mexicano. En seguida explica  los cambios operados en la ocupación de los inmigrantes, la actitud asumida por éstos ante las acciones militares perpetradas por Japón contra China, durante la llamada Guerra de los Quince Años (1931) se entroncó con otro conflicto de mayores dimensiones, la Guerra del Pacífico (1941-1945), que tuvo graves repercusiones en la vida de los inmigrantes.   

 

La primera ola migratoria se inició en los albores del siglo XX con la llegada de los pioneros a partir de 1903, fecha en que  arribó Toyozo Nishizawa para establecerse en Chiapas. Entre 1906 y 1907 llegaron Kikutaro Oota, Zenju Fujisawa, Yoshiro Miyamoto  y Tanejiro y Katurazo Kano. Estos inmigrantes, y los que continuaron llegando, eran agricultores y obreros, aunque también hubo entre ellos quienes contaban con una preparación técnica como barberos, vulcanizadores,  jardineros y también algunos profesionistas, médicos y dentistas, como fue el caso del doctor Tokaichi Hojyo –quien trabajó en Nogales, Sonora y después en la ciudad de México–. Hubo otros que fueron contratados para trabajar en minas, plantaciones de caña de azúcar y la construcción de ferrocarriles.

 

La vida de estos inmigrantes transcurrió  sorteando las dificultades inherentes a la adaptación a un nuevo país, su lengua y su cultura hasta que la irrupción del movimiento revolucionario en los estados de Coahuila, Chihuahua y Sonora  trastocó su existencia. Esta difícil situación alertó al gobierno japonés sobre la seguridad de los inmigrantes y  trató de buscar la manera de protegerlos. Para este efecto comisionó a un joven diplomático oriundo de Nagano, Shotoku Baba, quien tropezó con dificultades para que los jefes militares reconocieran su investidura diplomática por lo que quedamente sólo pudo apelar, a título personal, a la protección de la vida y los bienes de los inmigrantes que habían echado raíces,  así como de aquellos que laboraban en las minas y los campos de algodón. A estos últimos logró trasladarlos de Ciudad Juárez, Chihuahua, a los campos algodoneros de Calexico, en el Valle Imperial de California.

 

Debido a estas circunstancias, y al estallido de la Primera Guerra Mundial, el flujo migratorio japonés se detuvo, pero una vez transcurridos esos conflictos bélicos se reanudó con mayor intensidad en la segunda mitad de la década de los años veinte. Para ese tiempo los inmigrantes ya se habían familiarizado con las regiones de México en que habitaban, empezaban a hablar español y a adquirir las costumbres de los vecinos de los lugares donde habitaban. Estos avances permitieron a los trabajadores y agricultores aspirar a mejorar sus condiciones de vida. El dinero que lograron ahorrar les sirvió para la compra de parcelas propias o rentadas donde proseguir sus labores agrícolas, invertir en pequeños negocios como molinos de nixtamal, pequeñas fábricas de hielo y de paletas, tiendas de abarrotes y restaurantes. La expansión de estas nuevas actividades generó la necesidad de contar con más gente, por lo que llamaron  a otros paisanos para que ayudaran en la conducción de esos negocios. Pasado algún tiempo, los recién llegados se independizaron y tomaron su propio camino. De esta manera se fueron formando redes de vínculos entre paisanos que alentaron el arribo de nuevos inmigrantes provenientes de Nagano.

 

Otro ejemplo del modus operandi de estas redes de inmigración fue el del  ya mencionado doctor Takaichi Hojyo, quien después de graduarse como dentista en Japón, viajó a Estados Unidos con el fin de continuar su formación  en ese país, decidiendo después establecerse en Nogales, Sonora, donde prestó apoyo a muchos de sus compatriotas.  

 

En la década de los años treinta el número de inmigrantes alcanzó la cifra de tres mil. Su ingreso lo favoreció la  implantación el sistema yobiyose,  por el cual se  permitía el ingreso  a México de nuevos inmigrantes, previa invitación de alguno ya  radicado en el país. De esta manera, también llegaron mujeres para convertirse en esposas de los inmigrantes residentes en el país. Su presencia fue una valiosa aportación para el fortalecimiento de la vida de la comunidad de emigrantes.

 

Sin embargo, no todo iba viento en popa. Por esos años se puso en marcha en Japón una política de agresión militarista que afectó a la emigración. Los inmigrantes radicados en el exterior fueron requeridos para apoyar la política de guerra. Se hicieron colectas para el envío de dinero y aportaciones en especie que fueron enviadas desde México. El avance de las acciones bélicas hizo inminente el enfrentamiento con Estados Unidos, el que una vez declarado, provocó un movimiento antijaponés  en ese país que se hizo extensivo al resto de naciones americanas, creándose un clima de hostilidad hacia los inmigrantes, quienes fueron calificados de ‘quinta columna’ y ‘caballos de Troya’; más aún, fueron considerados ‘traidores’ y gente de mala entraña.  

 

El gobierno mexicano no accedió a la solicitud realizada por el gobierno de Estados Unidos de enviar a los inmigrantes a dicho país, pero sí ordenó, en primer lugar, a todos los que vivían en la zona fronteriza su traslado a las ciudades de Guadalajara y México, y en seguida fueron concentrados los inmigrantes asentados en otras regiones del país. Esta situación vino a representar para los japoneses un nuevo éxodo, esta vez forzado por los resquemores de un gobierno extranjero que provocó su desarraigo de las poblaciones donde se habían asentado y los impelió a reiniciar su vida en nuevos lugares de asentamiento. La mayoría de ellos no retornó a las poblaciones donde habían vivido. La infausta experiencia de la concentración les impuso la necesidad de radicarse  definitivamente en México. Esta decisión condujo a la formación de una comunidad japonesa  que se aposentó en la ciudad de México y empezó a arraigarse. En su decurso, se fue creando entre sus miembros, la conciencia de poseer una raigambre japonesa y mexicana.

 

Cuando la guerra terminó Japón quedó devastado y bajo la ocupación militar de Estados Unidos. Los inmigrantes residentes en México conjeturaron sobre la manera en que se había dado el desenlace y cuál habría sido la suerte de sus familiares en Japón, sobre todo la de sus esposas y sus hijos que viajaron a ese país antes del estallido del conflicto. Tuvieron que transcurrir cuatro años para que las autoridades de ocupación permitieran la salida de quienes eran mexicanos por nacimiento.

 

Después de 1952, una vez restablecidos los vínculos diplomáticos entre México y Japón, se reanudó el ingreso de nuevos inmigrantes invitados por quienes ya residían en México. Años más tarde Japón logró resarcir su situación económica y entonces empezó a ingresar a México un nuevo tipo de inmigrantes,  formado por el personal técnico vinculado con las actividades de las empresas japonesas que empezaron a establecerse. En años posteriores hizo su arribo un grupo distinto de inmigrantes, aquellos que se sintieron atraídos por la cultura mexicana, o motivados por algún interés profesional. Entre ellos figura un grupo de jóvenes oriundos de Nagano de cuyos testimonios se da cuenta en el último capítulo del libro.

 

La inmigración es un proceso histórico en el que intervienen múltiples factores individuales y colectivos. La reconstrucción que Sergio Hernández Galindo ha hecho de la presencia de los inmigrantes que vinieron de Nagano  tiene  su correlato  en los testimonios de los propios inmigrantes, cuyas palabras expresan el sentido de  lo que han sido sus vivencias desde el desarraigo de su solar natal, pasando por los encuentros y desencuentros con otro país y otra cultura y la forma como terminaron adaptándose a nuevas circunstancias hasta lograr su encuentro con nuevas raíces que los perfilaron como mexicanos de origen japonés.  

 

La comprensión de este proceso impone la necesidad de tener presente el bagaje cultural que trajeron consigo los inmigrantes japoneses y que les sirvió de incentivo para allanar su camino  y lograr  salir adelante. Conviene reconocer que, a pesar de ser gente de extracción campesina, no eran iletrados, poseían conocimientos y habilidades básicas para poder enfrentar cualquier situación. Asimismo, tenían una propensión hacia la educación que los llevó a fundar escuelas  que les sirvieron para su superación y  tratar de mantener su identidad a través de la enseñanza de la lengua materna. Tenían, además, una fuerte disciplina y ética de trabajo. Aunada a lo anterior, poseían una capacidad de organización, según lo muestran la forma en como buscaron el mejoramiento de las condiciones de trabajo y  la formación de asociaciones de apoyo mutuo que no sólo velaban por los inmigrantes ya establecidos, sino que buscaban impulsar a los recién llegados. Esta información está condensada en los dos últimos capítulos del libro en los que se reúnen una colección de textos narrados por los inmigrantes e imágenes también aportadas por ellos.

 

La palabra escrita y la imagen son entonces elementos complementarios. La primera permite tener presentes las vivencias, mientras la segunda coadyuva a retrotraer la memoria. De esta manera, conforman un binomio que  permite aquilatar el valor que reviste el conocimiento de las distintas maneras como los inmigrantes de Nagano colocaron los cimientos que le dieron solidez a una nueva etapa de su vida en tierras mexicanas.     

 

Sea entonces bienvenido este libro que contribuye a ampliar el panorama de  la compleja formación de México como un país multiétnico y multicultural, a la vez que refrenda la esperanza de que esta labor de investigación pueda ser continuada con nuevos aportes, no sólo sobre la historia de los inmigrantes japoneses, sino la de los otros grupos venidos del este de Asia, quienes también forman parte constitutiva del México contemporáneo. 

 


* Seminario Universitario de Estudios Asiáticos, UNAM.

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Sergio Hernández Galindo y Nagano Kenjinkai,

Los que vinieron de Nagano. Una migración japonesa a México, México, Artes Gráficas Panorama, 2015.

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