Dolores Pla: alumna, colega, siempre amiga

José Antonio Matesanz*

 

Quiero agradecer, en primer lugar, a Mónica Palma, a la Dirección de Estudios Históricos del INAH el haberme invitado a participar en este homenaje. Aunque yo ya me jubilé, ¡ya terminé los trámites con el ISSSTE!, cosa que todavía no creo, estoy a punto de irme, estoy a punto de iniciar otra vida, ahora que acabo de cumplir 75 años, aunque no lo parezca. Eso me decía Lola: “tú eres grande de la edad, pero no lo pareces”.

 

Yo la conocí, ella muy joven, yo más joven que ahora,  cuando estaba iniciando su trabajo para licenciarse, su gran estudio sobre los niños de Morelia. Mi colega Clara Lida, que es muy puntual, muy  rigurosa, siempre lo ha sido, ha especificado ya las etapas de este trabajo, así que no entraré en ello. Yo me reunía con Dolores, hablábamos, me parecía que su trabajo era un trabajo original.

 

Junto con un grupo de aguerridas historiadoras que se habían propuesto recuperar la memoria histórica que estaba a  punto de convertirse en polvo de muertos; ya lo señalaron, la doctora Meyer, la doctora Olivera iniciaron esta recuperación de textos, de testimonios. Con la idea de que no se perdiera el testimonio de los zapatistas que estaban a punto de morirse, o el de los refugiados españoles que se estaban muriendo, que no se perdieran esos testimonios y empezaron a realizar este Archivo de la Palabra[1] que quedó a medias.

 

Dolores era efectivamente una guerrera, no  se asustaba ante las tareas que ella misma se daba, y se encargó de llevar adelante éstas ciento y pico de entrevistas. Yo había  participado con ella platicando sobre su libro, sobre las entrevistas con los niños de Morelia, pero también me encargó en alguna ocasión que  revisara alguna de estas entrevistas, que son verdaderamente  sensacionales; que están ahí repositorio riquísimo para saber qué fue lo que pensaron ellos, ¡los refugiados españoles en México!

 

Durante mucho tiempo el agradecimiento a Lázaro Cárdenas, el agradecimiento al país, el hecho de que con los años se habían integrado en menor  o mayor grado a  la vida mexicana, no se atrevían a abrirse y hablar de los aspectos oscuros, de los aspectos negativos. Cuando hablamos de la sociedad, o del gobierno, o de la iglesia mexicanas, tenemos que especificar a qué parte nos estamos refiriendo, porque una parte de la sociedad mexicana los recibió muy bien; todos aquellos que simpatizaban con la actitud y la actividad ideológica y con el personaje de mi general Lázaro Cárdenas. Pero el cardenismo tuvo muchos opositores. La sociedad mexicana, en el fondo y a veces  en la superficie, es una sociedad muy tradicional, muy conservadora, muy católica. Hacía pocos años el país había vivido la terrible guerra cristera y todas esas heridas estaban, creo que todavía están, hasta cierto punto, abiertas, y algunas hasta supurando.

 

En todo caso, primero como maestro-discípula, una discípula que al fin de cuentas, como ha señalado muy bien mi colega y amiga la doctora Lida, tenía  sus opiniones, las defendía, las llevaba a cabo. También era flexible, aceptaba las sugerencias que las circunstancias académicas nos estaban imponiendo a nosotros como sus asesores, y a ella como alumna. En todo caso salió este maravilloso libro: Los niños de Morelia.[2] Fue algo muy original, después se convirtió en mi colega.

 

Dolores era muy trabajadora. Yo me declaro muy perezoso, por algo escogí la historia de las ideas en América Latina del siglo XIX, porque eso me permitía a mí leer a los grandes, a Fray Servando, a Oliva, a Sarmiento, a Echeverría, a Montalvo, a Martí, a Mariátegui[3] ¡A los grandes! Y ensayar. No quiero hacer chistes, pero son chistes como muy tradicionales. Yo no podía soportar el trabajo de archivo, hay  por ahí un chiste español, ustedes lo conocerán  quizá,  de gente que no puede, no puede estar sentado. No, yo no puedo estar sentado, entonces no tuve más remedio que tratar de estimular la inteligencia, la creatividad, la gracia, en fin, y analizar estos textos desde un punto de vista ideológico, político.

 

Ya se ha señalado, y aquí se va a volver a señalar, la espléndida trayectoria académica de Dolores. No solamente Los niños de Morelia, luego el Archivo de la Palabra fue una tarea hercúlea, perdón si es una exageración, pero es totalmente  real, una tarea verdaderamente  ¡hercúlea! A mí me encargó algunas de esas entrevistas, tuve que revisar algunas de ellas, le ayudé en ello y me da muchísimo  gusto haber estado siempre con ella. Primero como un asesor, aunque me reconocía como maestro. Me dijo que algunos de mis ensayos eran muy buenos. Ella era una de… qué diré, quienes me echaban porras. Y además del Archivo de la Palabra, está su libro Els Exiliats Catalans,[4] que no es sobre los exiliados catalanes, sino de los exiliados españoles aunque concentrado siempre en Cataluña.

 

Nunca dejó de ser catalana. Se ha dicho que era muy moderada, efectivamente, pero no dejaba de ser catalana. Algunas de las definiciones  de los catalanes   que más me han convencido es la de que el catalán  es un contador con la mente en llamas. Era pasional, ¡muy pasional! y ¡muy guapa Dolores!, ¡era muy guapa! Lo que me convencía a mí  de que, siguiendo la tradición de la Facultad de Filosofía y Letras, las mujeres guapas son también muy inteligentes.

 

Después de esta coordinación, la doctora Lida  tiene la experiencia en coordinar grupos. Es una espléndida coordinadora de grupos. Yo  he coordinado alguno, y he tenido la experiencia de que es un trabajo de Hércules el convencer a los participantes de que lleguen a tiempo, de que se restrinjan a los tamaños, de que lo hagan bien, etc., etc. En todo caso, siempre colega, siempre alegre, siempre recta. ¡Era muy recta! Nunca quiso posiciones de poder para no tener  que soportar las torpezas de sus colegas. Podía haber tenido, posiciones de poder muchas veces, pero nunca quiso.

 

Entre las historias de los refugiados, hay algunas  que son dignas no sé si de Shakespeare,  pero por lo menos de algún gran dramaturgo. Pero destaca también el proceso positivo de que, el gobierno encabezado por Cárdenas haya aceptado,  por una parte, recibir a los republicanos españoles “derrotados, pero no vencidos”, según decía el general Miaja.[5] Y él [Cárdenas] dijo: “si son doscientos mil santo y bueno”, “si son doscientos cincuenta mil santo y bueno”. Dolores, era muy rigurosa en su trabajo, creo que en parte eso es influencia de la doctora Lida, que decía “hay que contar, hay que ir al texto”… Nada de andar con fantasías. A ver, en qué te basas: en tu inteligencia, en tus textos, en tus fuentes. Y ella contaba, y claro, al principio de todo este proceso de interpretación del exilio, se hablaba de 40 000. ¡No! Gracias  a los trabajos de  Dolores sabemos que fueron entre 20000 y 25000, y además contaditos, y aquí están los documentos. Yo como me declaro que no me gustan los números, pues prefería fantasear con ensayos y tratar de ubicar las cosas desde un punto de vista intelectual.

 

Siempre me ha gustado la historia de las instituciones. Con la doctora Lida  empezamos hacer la historia de las clases sociales en España, luego seguimos con la historia del Colegio de México hasta  1962. en que fuimos  compañeros de banca  en la maestría en el Colegio de México, donde yo aprendí ¡lo que no tienen ustedes idea! Y me integré como profesor a la Facultada de Filosofía y  Letras, donde efectivamente: “¡Ay!, es que éste es del Colegio de México”; “éste es de esos pretensiosos, pedantes, que piensan  que los  únicos que trabajan son ellos y todos los demás somos de segunda”. Nunca les pude convencer de que mi interés era dar clases, darle gusto a la lengua, darle gusto a la retórica. ¡Dar clases!

 

 Acabo de cumplir en este año 46 años de dar clases en la Facultad de Filosofía y Letras; creo que nunca he dejado de ser el “el del Colegio de México”, aunque mis colegas en  la facultad sí me han aceptado como uno  más  entre los maravillosos maestros que  tiene  la Facultad de Filosofía y Letras. Efectivamente soy muy disperso.

 

Llegó un momento en que yo también, con  toda proporción guardada, me quise exiliar  del exilio. Hice un trabajo sobre los orígenes y las raíces del exilio.[6] Todo este proceso del exilio español fue posible que en aquella  época, horripilante de los treinta, con el comunismo y el fascismo a punto de lanzarse a una guerra mundial espantosa, y un paisito, sin ejército, sin armada, encabezado por un hombre genial, estadista, uno de los pocos estadistas, o el único que quizá ha tenido México en el siglo XX, mi general Cárdenas, ¡se fajó!, eso que vemos hoy en día  que les hace falta a toda nuestra clase política, que les hace falta, voluntad política.

 

No les voy a decir cómo se dice en Tuxpan, mi pueblo natal, pero ustedes se imaginan, les hace falta voluntad política, ¡que si tuvo mi general Cárdenas! Por supuesto los cardenistas aceptaron bien a los exiliados, pero otros no le perdonaban que el general indigenista de pronto les hiciera el caldo gordo a los hispanistas trayendo españoles, ¡y  además rojos!, ¡y además ateos!, y además ¡gachupines! Y ahí podemos ver quién los atacaba por rojos, quién los atacaba por ateos, quién los atacaba por gachupines, quién los atacaba por peludos. Salvador Novo --con perdón, sí he leído a Salvador Novo-- en sus textos en la prensa decía: “esa invasión de peludos”.

 

En todo caso Dolores, qué puedo decirte, primero alumna, después colega, siempre amiga. Coincidimos en la mesa directiva del Ateneo[7] y ahí nos dimos con todo. Aquí hay gente que puede garantizarlo, aquí hay personas que pueden garantizar que la pasionalidad española se manifiesta, a pesar de que  una  de las raíces de la hispanidad es la moderación, la inclusión,  el amor por los demás así sean nuestros enemigos ideológicos. En el  Ateneo compartimos muchas batallas, y ella ahí se lanzó también a ser curadora de esta espléndida exposición, que está  todavía en el Museo de la Ciudad de México.

 

Y qué puedo decir,  aquí tengo amigas esotéricas. Yo también tengo mis puntos de esotérico, y digo: Dolores se fue, por desgracia, por un azar... azaroso. ¡Pum!, ¡de pronto! Nos dicen que se cayó de una escalera y se mató, qué tristeza, qué tristeza. Pero lo que tengo de esotérico me dice que ella está en algún lugar, escuchándonos. Ella sabe que ella estará viva entre nosotros, mientras nosotros la recordemos con amor. Por lo que a mí me concierne, pues estará viva hasta que yo me muera porque la recordaré siempre con amor, con cariño, por haber sido una mujer ¡guapa, alegre, inteligente, trabajadora! Un ejemplo, ¡una mujer extraordinaria! Y yo la recordaré siempre con amor, así que ella estará viva mientras yo esté vivo, ¡y más adelante, ¡y más adelante!, ¡y para siempre!

 

Muchas gracias.

 


* FFyL-UNAM. Transcripción,  Berenice Páramo Santos. Revisión y notas, Mónica Palma Mora.

[1] El Archivo de la Palabra es consultable en la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. Los testimonios de refugiados españoles a los que se refiere el autor, se pueden consultar en el Archivo de Historia Oral Refugiados Españoles en México, Biblioteca Manuel Orozco y Berra, Dirección de Estudios Históricos, INAH y en el Centro de Información Documental de Archivos, Dirección de Archivos Estatales, Ministerio de Cultura de España.

[2] Dolores Pla, Los niños de Morelia. Un estudio sobre los primeros refugiados españoles en México, México, INAH 1985.

[3] Fray Servando Teresa de Mier, Juan Anello Oliva, Faustino Domingo Sarmiento, José Esteban Antonio Echeverría, Juan Montalvo, José Martí, José Carlos Mariátegui.

[4] Dolores Pla, Els exiliats catalans. Un estudio de la emigración republicana en México, México, INAH/ Orfeó Català de Mèxic/ Libros del Umbral, 1999.

[5] José Miaja, general, presidente de la Junta de Defensa de Madrid, exiliado primero en Francia y después en México.

[6] José Antonio Matesanz, Las raíces del exilio. México ante la guerra civil española 1936-1939, México, El Colegio de México/UNAM, 1999.

[7] Ateneo Español de México.

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Quiero agradecer, en primer lugar, a Mónica Palma, a la Dirección de Estudios Históricos del INAH el haberme invitado a participar en este homenaje. Aunque yo ya me jubilé, ¡ya terminé los trámites con el ISSSTE!, cosa que todavía no creo, estoy a punto de irme, estoy a punto de iniciar otra vida, ahora que acabo de cumplir 75 años, aunque no lo parezca. Eso me decía Lola: “tú eres grande de la edad, pero no lo pareces”.

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