En memoria. Dolores Pla Brugat y el estudio de los refugiados españoles en México

Guadalupe Zárate Miguel*

 

Para Anna, Enrique, Miquel con todo mi amor

 

Agradezco a mis compañeros de la Dirección de Estudios Históricos (DEH), la oportunidad de participar en el homenaje a mi querida amiga-hermana Dolores Pla Brugat.

 

Ella supo lo que yo sentía y pensaba de su trabajo porque era un tema recurrente en las reuniones que sostuvimos a lo largo de más de cuarenta años. El amor, la familia, la política, la literatura, los programas de tele y nuestras investigaciones se mezclaban, a veces sin mayor transición. Entre la ortodoncia de Dersu y Cuna de lobos, aparecían nuestros inmigrantes. La línea de separación entre lo personal y lo profesional era muy elástica. Creo que es el caso de muchas de mis colegas.

 

Entonces no debería de ser un trabajo difícil compartir ahora con ustedes algunas de esas reflexiones. Las circunstancias, sin embargo, son muy duras para mí, así que han de dispensar si me dejo llevar por la emoción.

 

Dolores Pla dejó su huella en la historiografía del exilio español. Este mérito fue producto de un largo proceso en el que, a la par que construía un conocimiento, crecía como persona. De una joven tan apasionada como insegura llegó a una madurez personal y profesional, lista para las y mejores empresas intelectuales, que por desgracia ya no veremos. Ella narró en un artículo la manera en que se entrelazó desde muy temprano su biografía con el tema de los refugiados españoles.[1] Esta marca de origen se hizo presente cuando eligió estudiar la licenciatura en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras, en la UNAM, ahí nos conocimos por el lejano año de 1973.

 

Al tiempo que iniciábamos el difícil tránsito de ser redactoras de esos resúmenes llamados marcos teóricos hacia nuestros primeros ensayos, tratábamos de llevar a cabo nuestros ideales de una revolución personal. En este proceso recibimos la influencia de muchos autores, maestros, compañeros y amigas. Por fortuna no fuimos propiamente pioneras; otras mujeres nos habían precedido y pudimos ocupar nuestros propios espacios en un ambiente que se feminizaba cada vez más. En este contexto fue relativamente sencillo interesarnos en temas no transitados en la historiografía tradicional, como el estudio de la participación de los inmigrantes extranjeros en la historia de México, ella con los refugiados españoles, yo con los judíos.

 

Una de nuestras fuentes de información fue la entonces novedosa historia oral. Resultó fascinante escuchar a los protagonistas narrar sus memorias. Todo lo que habíamos leído fue puesto a prueba el entrar en contacto directo con una fuente de información que hablaba, se movía, y de vez en cuando nos corregía. Los trabajos de campo nos dejaban exhaustas. Hablábamos horas del comportamiento de los informantes y del nuestro. Entonces éramos muy jóvenes y por lo general nuestros entrevistados eran gente mayor, algunos ya enfermos y con una conciencia de su muerte muy presente. Pocos de ellos fueron francamente odiosos, la mayoría nos conmovieron profundamente. Nos propusimos siempre ser fieles al testimonio. Dolores ponía especial cuidado cuando algún testimonio se le atragantaba, lo estudiaba y analizaba hasta que encontraba el sentido. No forzó, no ocultó, ella comprendió. Entonces comprendimos que el sustento de todo proyecto de investigación y de vida era la ética.

 

Su primer libro, Los niños de Morelia, fue más que una tesis, fue una definición de lo que sería su trayectoria académica: indagar en la subjetividad de los procesos sociales; buscar la historia colectiva en los procesos individuales y distinguir el proceso a la inversa: encontrar a las personas en los procesos sociales. Elaborar este trabajo le provocó etapas de gran desosiego, porque de alguna manera era ir a contracorriente de lo que se había convertido en la historia oficialmente aceptada de los refugiados españoles, al tiempo que se sentía comprometida con sus informantes para transmitir su historia, llena de tristezas y sinsabores, pero también de pequeños y grandes triunfos. Entonces reflexionábamos acerca de la capacidad para sobrevivir, para sobreponerse a la adversidad.

 

Cuando nuestro proyecto de Inmigrantes extranjeros en la historia de México fue aceptado en la DEH para integrar un seminario, organización académica que entonces regía en este centro de trabajo, ingresamos Rebeca Inclán, con los libaneses; Dolores, con los refugiados españoles, y yo, con los judíos y la coordinación. Posteriormente se fueron integrando Mónica Palma Mora, con los estadounidenses; Jorge Gómez Izquierdo con los chinos; Delia Salazar, con la inmigración y Magdalena Ordoñez, con los refugiados españoles. Compartíamos líneas de trabajo para encontrar las coincidencias y diferencias entre el comportamiento de grupos con diferencias culturales y socioeconómicas, reflexiones que nos permitieron ver con mayor claridad las características propias de nuestro grupo estudiado.

 

Dolores escribió su punto de vista crítico respecto a la historia oral; y si bien consideró que como fuente de información histórica tenía sus límites, emprendió la consolidación del archivo que permitió conservar las voces de 120 sobrevivientes republicanos. La formación y cuidado de archivos es una tarea que pocos colegas desarrollan. Dolores dejó ese archivo, para decirlo coloquialmente, lavado y planchado para la consulta pública. Para complementar esta tarea, sugiero promover la consulta de estas  entrevistas, alentar su uso en tesis e investigaciones,

 

En nuestras indagaciones pudimos constatar que la integración y el ascenso económico de los extranjeros no podía explicarse únicamente por sus características internas; ni tampoco eran suficientes las condiciones económicas, políticas y sociales de México, de sus diferentes regiones y periodos. Que a todo esto se le tenía que sumar el peso ideológico que habían cumplido la xenofilia y xenofobia. Encontramos que el racismo mexicano pesaba en la integración económica y social de los extranjeros. Desde entonces, me refiero a la década de 1980, vislumbramos la contraparte de la integración de los extranjeros exitosos: los indios mexicanos. No formaron parte de nuestros trabajos porque quedaban fuera de nuestros objetivos de estudio, pero eran un referente constante. El fenotipo predisponía al trato que se recibía.  En el ámbito de los estudios de historia mexicana aún era osado hablar de este racismo.

 

En estas reflexiones la postura de Dolores fue fundamental. Su condición de extranjera le daba un mejor, llamémosle olfato, para percibir las manifestaciones del racismo mexicano. Su honestidad y amor por nuestro país, se tradujo en una observación intransigente de las expresiones de sus informantes respecto a la población mexicana. También comenzó a pensar en esa población, que siendo de piel morena procuraba distanciarse de los mexicanos que habían logrado conservar su propio idioma, aunque físicamente no tan diferentes. Como sabemos, este tema se convirtió en su segundo objeto de estudio.

 

Además del trabajo individual expresado en sus libros, Dolores participó en proyectos colectivos institucionales como la revista Historias, en la que finalmente aceptó la dirección. Recientemente participó en la creación de la revista electrónica Con-temporánea. Ella no hubiera quedado satisfecha de mis palabras si omitiera su reconocimiento y gratitud al INAH como la institución que la cobijó.

 

Sus trabajos le abrieron la oportunidad de practicar otro medio de difundir el conocimiento histórico: el guion museográfico y la curaduría. La exposición temporal sobre los refugiados españoles, originalmente presentada en España y recientemente en el Museo de la Ciudad de México, permitió la amplia difusión de su obra publicada en revistas especializadas y libros académicos, poco accesibles al público no especializado. El diseño y montaje facilitó la comprensión de un proceso complejo que incidió en nuestra historia y cultura. Es un gran trabajo de equipo, en el que la sensibilidad de Dolores quedó manifiesta en la integración de objetos de vida política, económica y cotidiana que permiten al visitante personalizar el proceso de inmigración. Considero que ningún curador o curadora, hubiera logrado esa visión a la vez panorámica y pormenorizada del complejo proceso. Están presentes las historias nacionales, los contextos internacionales y las experiencias individuales. Estaba orgullosa y satisfecha de la exposición, gozó al ver la socialización de su obra en una escala mayor.

 

 

Cartel de la exposición del exilio  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cartel de la exposición del exilio español en el Museo de la ciudad de México

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

Los testimonios fotográficos, fueron el hilo conductor en la exposición.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el piso el plano de la ciudad de México donde los refugiados españoles habitaron y desarrollaron sus actividades productivas. Al lado derecho un vestido de novia.

 

 

 

 

 

* Centro INAH Querétaro.

[1] Dolores Pla, “Mis cuarenta años a orillas de la historiografía”, en Con-temporánea, núm. 1, enero-junio 2014.

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Para Anna, Enrique, Miquel con todo mi amor

 

Agradezco a mis compañeros de la Dirección de Estudios Históricos (DEH), la oportunidad de participar en el homenaje a mi querida amiga-hermana Dolores Pla Brugat.

 

Ella supo lo que yo sentía y pensaba de su trabajo porque era un tema recurrente en las reuniones que sostuvimos a lo largo de más de cuarenta años. El amor, la familia, la política, la literatura, los programas de tele y nuestras investigaciones se mezclaban, a veces sin mayor transición. Entre la ortodoncia de Dersu y Cuna de lobos, aparecían nuestros inmigrantes. La línea de separación entre lo personal y lo profesional era muy elástica. Creo que es el caso de muchas de mis colegas.

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