Entre muros y murallas: donde la vida es otra

Fotografía: Patricia Aridjis
Texto: Rebeca Monroy Nasr*

 

Para mi querida amiga AE por su gran valor

 

La vida es otra cuando se ve desde el interior y el encierro por los muros fríos, duros, descarapelados, llenos de historias y de vidas truncas. La vida sí es difícil ahí adentro, un microcosmos donde hay que armar alianzas, encontrar amigas inimaginables, desafiar a las enemigas y sobrepasar el día a día, con sus noches. Historias que rayan en la locura, en la malicia, en la inocencia, en la desesperación, en la falta de dinero, de amor, de solidez y estructura social, emocional y personal. Frutos de su época y sus deformaciones, que muchas veces las llevan a delinquir por necesidad, por no tener opciones en la vida de afuera.  

 

Patricia Aridjis convoca a la reflexión gracias a un proyecto fotográfico que realizó durante siete años en centros femeniles de Readaptación Social, recorriendo la Ciudad de México y los estados de Oaxaca, Michoacán, Morelos, San Luis Potosí y Tlaxcala. De ahí surgieron las imágenes de Las horas negras. Ahí, tras los barrotes, entre las humedades y los cerrojos Aridjis introdujo a su fiel compañera: la cámara. Sorteó escollos burocráticos y captó escenas irredentas,  anticonvencionales y detonadoras de aquella cotidianidad. La mayor fuerza de sus imágenes se devela en la intimidad de esas mujeres que purgan su pena y pagan la deuda “con la sociedad”, sean culpables o no, ahí están… tras las rejas, los muros, las sirenas, los alambres, las púas, viendo el cielo y la libertad lejana, en medio de sinsabores y terribles abandonos, pues se sabe que a las mujeres las dejan de visitar con mayor rapidez y frecuencia los familiares y sus parejas.

 

Leyendas negras convertidas en realidad fotográfica. La cámara analógica de la foto documentalista abona en el camino de la excepcionalidad de esas mujeres, las extrae de su diario letargo, de su inadvertido andar y nos las trae a la palestra con una identidad marcada. Podemos ver, saber y (re)conocer sus rostros, ver sus diferentes formas de convivencia y las formas del transcurrir de los días. Por ahí se asoma el descarapelado baño de aguas turbias que dañan la piel. Se puede intuir el tiempo perdido sin porvenir. Las transformaciones de género en la masculinidad acuñada, el cambio de roles muchas veces en búsqueda de un latido de amor.

 

Aridjis logró capturar imágenes detonadoras con su cámara de 35 mm y su Hasselblad de 6 x 6 panorámica, los rostros inertes, las angustias perennes, las pasiones profundas, la maternidad entre barrotes. Los niños conviven en el interior con sus madres hasta los cinco años, la lactancia ahí es norma de vida. Y el rastro  de los simbolismos del afuera: el anillo de casada, la medalla de la virgen pero también el tatuaje revelador de la identidad que se forja en el adentro. Otras mujeres posan para el gabinete fotográfico improvisado por la fotógrafa y revelan en blanco y negro las emociones más diversas; ahí se dan cita el dolor, la incertidumbre, el enojo y la indiferencia, tatuados en el cuerpo y en el rostro, como reflejos del alma.

 

Aridjis sabe ser empática con sus personajes, los humaniza y los recupera con las sonrisas y carcajadas que se graba en el material silente. Aprehende también las miradas lascivas y esquivas, que se plasman en sus series, unas tras otras las representaciones se convierten en icónicos signos del abandono, traición, lejanía, que muchas veces implica muerte. Las manos y las huellas de los intentos suicidas dan cuenta de una intimidad en riesgo de desastre.

 

La atractiva y ominosa serie de Las horas negras se convierte en un prólogo y un epílogo de lo que estas mujeres viven: deseos mortales, pasiones desbordadas, emociones profundas, anhelos de salir, de abandonar las noches febriles. Es el espejo, la posibilidad del encuentro de la mirada más benévola, más benigna, pensando en ir más allá del encierro amurallado, pues son los ojos de sí mismas, con el perdón o no a la vista. Es la posibilidad de ver y visibilizarse. La cámara de Patricia Aridjis evita la caducidad de esas mujeres y sus vidas, en apariencia  perdidas o sin cauce. Estas imágenes son icónicas no sólo por el tema sino gracias a los ángulos y sus composiciones elegidas: en picada o contrapicada, por el uso del gran angular que permite la leve distorsión de las líneas de fuga y el manejo de la distancia focal para acentuar el discurso visual. Otro recurso que caracteriza las fotografías de Patricia Aridjis es el uso del alto contraste para subrayar la condición de estas reclusas de mirar profundo, rostros endurecidos, corporeidades femeninas o masculinas, donde las“otras” formas de vida, ajena y temeraria, llegan a nosotros. El arte y el valor se anudan en Patricia, quien durante siete años se colocó en la entraña del averno, en la compuerta de un mundo que está a la vuelta de la esquina y preferimos ignorar. Es justo la gramática visual del blanco y negro la que subraya el dolor de aquellas mujeres como Las Goteras, Las Poquinachis o la Mataviejitas, y con ello cobran vida entre los muros y las murallas para que las veamos desde afuera en su justa medida y, culpables o no, cobremos conciencia de que allá adentro la vida es rotundamente otra.


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

 

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Para mi querida amiga AE por su gran valor

 

La vida es otra cuando se ve desde el interior y el encierro por los muros fríos, duros, descarapelados, llenos de historias y de vidas truncas. La vida sí es difícil ahí adentro, un microcosmos donde hay que armar alianzas, encontrar amigas inimaginables, desafiar a las enemigas y sobrepasar el día a día, con sus noches. Historias que rayan en la locura, en la malicia, en la inocencia, en la desesperación, en la falta de dinero, de amor, de solidez y estructura social, emocional y personal. Frutos de su época y sus deformaciones, que muchas veces las llevan a delinquir por necesidad, por no tener opciones en la vida de afuera.

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