Las dos últimas lunas de Chorro, Belice Mujeres mayas descendientes de desplazados por la Guerra de Castas de Yucatán

José Manuel A. Chávez Gómez*

 

Nosotros venimos gentes pobres en esta vida.
Daniel Poot (vecino de Bullet Tree, Belice)

 

La información etnohistórica sobre la Guerra de Castas en Belice se recopiló dentro del programa de Brass/El Pilar, un proyecto arqueológico internacional y multidisciplinario dirigido por la doctora Anabel Ford de la Universidad de California Santa Barbara. Fue una línea de investigación que era necesario desarrollar dentro del Brass Project, porque existía información importante que recabar sobre los poblados mayas en Belice, fundados por indígenas de Yucatán que huyeron en el siglo decimonónico.

 

Dicho fenómeno fue tan intenso, que movilizó a mucha población. Los nuevos asentamientos, curiosamente, fueron levantados en lugares donde existían sitios prehispánicos. Aunque la historia es relativamente reciente, muestra un proceso en el cual la población maya se encontraba en un continuo movimiento dentro de la península de Yucatán, así como los intercambios culturales que se daban entre los diferentes grupos sociales y étnicos. Este mismo hecho pudo suceder durante el periodo colonial. Resulta interesante observar cómo un hecho violento y traumático, que tuvo lugar un siglo atrás, mantiene su vigencia hasta nuestros días en las mentes y en la oralidad de los mayas descendientes de los combatientes o desplazados que protagonizaron los enfrentamientos. Dicha circunstancia es palpable al ver las expresiones de sufrimiento que expresan los informantes, como si ellos estuvieran viviendo en carne propia la conflagración, al narrar los testimonios heredados de sus padres o abuelos. Incluso algunos mayas se niegan a hablar de ese periodo porque les trae malos recuerdos. Por ello, los testimonios recabados en Bullet Tree, Belice, nos demuestran que la angustia y la subsistencia de las vivencias traumatizantes, sucedidas durante la Guerra de Castas se mantienen activas hasta nuestros días.

 

La Guerra de Castas y sus actores

 

La península de Yucatán, durante el siglo XIX, era un territorio donde todavía pervivían usanzas heredadas de la época colonial mezcladas con ideas ilustradas, con las que los mayas vieron amenazada su forma de vida y orden social. Los cambios con los gobiernos liberales del siglo XIX repercutieron, primero, en los pocos nobles indígenas, descendientes de los antiguos linajes mayas, que todavía sobrevivían y habían tenido ciertos privilegios dentro de la sociedad colonial. Esas concesiones serían anuladas por los criollos liberales de Yucatán para apropiarse de las tierras y propiedades; después seguiría el grueso de la población campesina. Lo anterior dio como resultado que surgieran dos tipos de rebeldes mayas: los mayas con ascendencia noble, que serían asesinados, y después nuevos líderes de origen humilde, más rebeldes y violentos, que odiaron con más furia a los “blancos”.

 

En 1847 la guerra estalló como resultado de la creciente comercialización de la tierra y el agua, el declive de inveterados mecanismos de estabilidad rural y la demanda persistente de autonomía regional y local.[1] El conflicto armado dividió a la sociedad peninsular de Yucatán en dos segmentos: 1) la cultura de la hacienda henequenera del norte y poniente y 2) un territorio independiente y rebelde en el sur y sureste de la península.

 

En el oriente y sur de la península surgieron, entre los mayas, dos tendencias. Una tenía como guía religiosa, militar y social a una cruz; fueron los cruzob, así se autodenominaron. Con ello aparecieron los comandantes, cuyos poderes políticos se ajustaban de acuerdo con las circunstancias; por lo regular adquirían más prestigio y fuerza al mostrar sus habilidades para resolver asuntos relativos a la defensa y control de recursos claves.[2] La otra fueron los pacíficos del sur, así llamados por firmar un tratado de paz con el gobierno central en 1851, y cuyos líderes no tenían una justificación religiosa sino más bien comunitaria.[3] Sus características eran un tanto parecidas a las de los jefes tribales, aunque algunos, a mi parecer, se asemejaban a los cruzob.

 

Pero las relaciones entre estas dos tendencias mayas no fueron nada cordiales. Al enterarse los cruzob de que los pacíficos habían pactado la paz, los tildaron de traidores y los atacaron. Así que, en 1851, los mayas rebeldes de Noh Cah Balam Na Chan Santa Cruz[4] cayeron sobre las poblaciones pacíficas y mataron a todos los que pudieron. A pesar de ello, muchos huyeron más hacia el sur y los líderes de los pacíficos sobrevivientes refrendaron el anterior tratado y en 1853 firmaron completamente la paz con el gobierno federal y el del estado de Campeche.[5]

 

Estas embestidas cruzob dieron lugar a que varias poblaciones pacíficas escaparan hacia la región selvática occidental de Belice, donde fundaron varios asentamientos, entre los que destacó el de San Pedro Siris.[6]

 

Entre 1858 y 1863 más desplazados por el conflicto emigraron hacia el sur; algunos se adentraron en la selva, estableciéndose en una población que bautizaron como San Pedro, mientras otros continuaron hasta encontrar un paraje idóneo, donde erigieron el pueblo de Santa Clara de Icaiché.

 

Con esos asentamientos en el sur de la península, los pacíficos pretendieron controlar el corte y comercio del palo de tinte, que llevaban a cabo los ingleses y cobrarles un arancel por la tala de la madera. Ante tal situación, los pacíficos comenzaron a atacar los asentamientos madereros británicos asentados cerca del río Hondo. Un líder pacífico, de nombre Marcos Canul, arremetió contra una aldea, quemó las casas y amenazó de muerte a los contrabandistas de armas, que tenían comercio con los cruzob.[7]

 

En 1866 las correrías de los pacíficos motivaron que las autoridades inglesas organizaran una campaña intimidatoria en contra de los asentamientos mayas rebeldes establecidos en el territorio colonial. Dicha operación consistió en lanzar proyectiles incendiarios sobre la techumbre de palma de las casas indígenas. Hasta las aldeas más pequeñas y dispersas sufrieron la furia de los ingleses; poblaciones como San José, Santa Teresa y Chorro vieron arder sus viviendas, con lo que los mayas tuvieron que aceptar someterse a los ingleses.[8]

 

Hacia el mes de agosto de 1885, los conflictos y rivalidades internas de los cruzob dieron pie a una lucha intestina, suscitando que mucha gente emigrara hacia los establecimientos pacíficos de Campeche, mientras otros caminaron hasta la colonia británica. Dichos movimientos poblacionales no se detendrían sino hasta que las disensiones de los cruzob acabaron casi por completo.[9]

 

Durante los últimos años de la década de los ochenta del siglo XIX, las riberas del río Hondo estuvieron vigiladas por el ejército federal para impedir la fuga de desplazados hacia Belice; también se organizaron incursiones para capturar a los mayas y regresarlos a México, todo ello sin tener la autorización de las autoridades británicas.[10]

 

Los mayas desplazados cruzaron la selva afrontando un territorio accidentado, húmedo, lleno de animales salvajes, sin un lugar seco donde dormir, sin agua potable, recolectando frutos silvestres y sin una tierra donde cultivar. Ya que éste era el único medio de subsistencia, los mayas que huyeron debían encontrar un lugar que les permitiera realizar las labores agrícolas. Ellos tenían conocimiento de que las ruinas de los “antiguos” indicaban áreas donde la tierra era fértil, por lo que buscaban lugares donde hubiera grandes montículos y elegían el paraje que más les acomodaba.[11]

 

Los mayas desplazados se enfrentaron a un clima hostil, que propiciaba la propagación de enfermedades como el cólera y la viruela; y aunque además enfrentaron otros factores como los huracanes, la falta de agua y alimento, todo ello no fue impedimento para que los desplazados lograran sobrevivir y adaptarse a su nuevo entorno. Incluso la edad para contraer matrimonio “se redujo de los dieciséis a los trece para las muchachas, y de los dieciocho a los quince para los hombres”.[12]

 

El Pilar

 

La Reserva Arqueológica, de Flora y Fauna El Pilar se encuentra aproximadamente a 19 kilómetros al norte de la ciudad de San Ignacio Cayo, y se distribuye entre la frontera de Belice y Guatemala. La escarpada sierra donde El Pilar se sitúa se extiende desde el Petén guatemalteco, adentrándose en territorio beliceño hasta el norte del valle del río Belice.

 

El nombre de El Pilar tiene que ver con las fuentes perennes de agua del lugar. Dos corrientes tienen su origen en El Pilar, una se dirige hacia el este, y se denomina El Pilar Creek; la otra corre hacia el oeste, llamada comúnmente como El Manantial. Cerca de 2.3 kilómetros hacia el este se encuentra Chorro, una delicada y encantadora cascada. No muy lejos de la caída de agua existe un conjunto de construcciones prehispánicas llamado Chorro. La existencia de manantiales permanentes de agua en la proximidad de El Pilar es una característica rara en el área maya; por ejemplo, la antigua ciudad de Tikal (localizada a 50 kilómetros al oeste) tenía pocas fuentes de agua.

 

Una cronología tentativa, fundamentada en comparaciones de la cerámica encontrada, ha mostrado que las edificaciones monumentales de El Pilar son del Preclásico medio (500 a. C.) y se mantuvieron ocupadas con remodelaciones importantes hasta el Clásico terminal (1000 d. C.). Esta larga secuencia muestra un continuo poblamiento en el área.

 

Dentro de dicho sitio arqueológico buscaron refugio los mayas que provenían del norte peninsular, desplazados por las pugnas cruzob. Eligieron un paraje donde existiesen árboles frutales, agua potable y animales para cazar.

 

Chorro

 

El poblado de Chorro[13] se fundó con mayas desplazados entre 1885 y 1890 en la cima de un cerro; la gente bajaba a aprovisionarse de agua al venero ubicado en una parte llana; sobre todo las mujeres eran quienes descendían por las laderas con sus tinajas de barro, mientras que en el estanque se podían pescar pequeños peces y cangrejos

 

En el lugar se terracearon las laderas y se aprovecharon algunas partes planas, donde se tumbó la selva para cultivar la tierra. Alrededor de las milpas se dejaron varios árboles frutales, como zapotales, corozos y el ramón. Del mismo modo, en la selva se podía encontrar todo tipo de animales para cazar: puerco de monte (jabalí), tepezcuintle (agutí), armadillo, tlacuache y venado.

 

Chorro no tuvo más de cuatro o cinco familias, además de un número indeterminado de población flotante de chicleros y madereros. La aldea estuvo habitada hasta 1996, cuando la región se declaró como reserva ecológica y los habitantes fueron trasladados a Bullet Tree, donde en la actualidad residen.

 

Cuando los mayas huyeron del territorio cruzob, marcharon con sus esposas y vástagos a cuestas. Al cruzar la selva muchos se enfermaron y murieron en el camino. Los supervivientes buscaron parajes donde hubiera surtidores permanentes de agua, que estuvieran apartados y aislados de los hombres blancos. Ya mencionamos que uno de los requisitos indispensables del paraje es que debía ofrecer tierra fértil para sembrar maíz y frijol, así como la presencia de frutos silvestres que pudieran recolectar. Otro recurso importante eran las hierbas para curar los dolencias físicas y espirituales, mismas que con frecuencia se encontraban en los cuyos o montículos pertenecientes a los “antiguos” mayas. Cabe mencionar que, cuando recién llegaron a Belice, era tanta su hambre que rastreaban los despojos de animales muertos dejados por los jaguares, para alimentarse con la carne y aprovecharla para conservarla y consumirla poco a poco.

 

De acuerdo con el testimonio de doña Felicita Chi,[14] cuando convivía todo el pueblo de Chorro en una celebración era el día de la Santa Cruz, el 3 de mayo, cuando “iba mucha gente” a las festividades; se realizaba la “mestizada”, donde participaban todas las mujeres y además parece que se realizaban vaquerías, con las pocas vacas que tenían los habitantes de Chorro.

 

La mestizada duraba tres días y participaban todos los jóvenes del pueblo, bailaban y se comían muchos tamales rellenos de carne. Si se acababa la comida, se mataba otro puerco para continuar con el festín, que duraba días. También vendían mucho licor y todos terminaban borrachos. Esa celebración servía para conseguir pareja y, además, se rezaba una novena dedicada a la Santa Cruz. Los hombres vestían con sombrero y una cinta anudada en él. Mientras que los jóvenes se ponían sus mejores ropas y llegaban de todos lados, “puro mayero”, y ellos bailaban con la música de la marimba, acordeón y guitarra. En aquel tiempo las mujeres mayas ya no usaban i'ipil, por la simple razón de que no tenían la materia prima para hacerlo. Se vestían con ropas que les llegaban del comercio con los ingleses o los chicleros que por ahí pasaban.

 

A mi parecer, la llamada mestizada era un baile que tenía significaciones étnicas. En ella se escenificaba el conflicto que tuvieron los mayas con el dzul u hombre blanco, sobre las relaciones violentas de los adversarios y cómo los “mayeros” tuvieron que huir de sus poblados para evitar la muerte.

 

La vaquería, que se llevaba a cabo el 3 de mayo, los marcaba como cruzob, manteniendo vigente el culto a la Santa Cruz; ese día evocaban su origen, mostraban su respeto a su protectora y era una manera de confirmar su identidad para no perder parte de su historia.

 

La mayoría de la población en Chorro era originaria de Yucatán, mientras otros tantos provenían de Guatemala, al parecer itzáes y uno que otro “ladino”; todos convergían en esas fiestas. La música era un aspecto importante, había guitarras, violines y el instrumento principal, la marimba, tal vez llevada por los itzáes, ya que entre los mayas peninsulares este instrumento no es muy conocido. Además, había yerbateros que curaban a las personas sólo con hierbas y no existía ningún médico, se aliviaba a la gente con baños; pareciera que era una gran feria donde se desarrollaban actividades que en la vida cotidiana no era usual llevarlas a cabo.

 

En Chorro todos tenían poco dinero y en su mayoría consumían hierbas, recolectaban frutos silvestres, consumían lo que cosechaban y el resto lo intercambiaban. Entre los corozos caminaban recolectando los frutos que se acumulaban en la parte baja del cerro. De igual forma, tenían que vender manteca de cerdo, muy barata, dando siete botellas por seis centavos; y desde luego que los comerciantes e intermediaros la encarecían.

 

Los pobladores estaban a merced de jaguares y culebras, en ocasiones escuchaban el aullido del saraguato, que podían confundir con el rugido del jaguar. Ante esas amenazas selváticas, la gente andaba atenta porque en cualquier momento el “garra roja” (el jaguar o Cháak Mool) podía saltar sobre ellos.

 

Contaba doña Felicita Chi que una noche, cuando bajaron de Chorro a recolectar los frutos del corozo, al pie de las ruinas, escucharon el bramido del saraguato; las mujeres pensaron que eran los monos aulladores que estaban haciendo mucho escándalo, por lo que continuaron levantando los frutos, pero su sorpresa fue mayor cuando se dieron cuenta que no era un simio, era un jaguar que apareció entre las palmeras, espantándolas mucho; ellas salieron corriendo despavoridas hacia sus casas. Después de esa ocasión, las mujeres mayas prefirieron salir por la tarde con mucha precaución, y juntas, suspendiendo las recolecciones nocturnas.[15]

 

Las mujeres se encargaban de recolectar los frutos —como el zapote—, ir por agua, matar los animales domésticos, preparar la manteca para venderla; con el henequén tejían, junto con los esposos, canastos para tapiscar maíz, sogas, hamacas y petates para venderlos. Además, cocinaban para la familia y cuidaban a los vástagos y la casa.

 

La familia de doña Felicita Chi al final del siglo XX:
una narrativa etnográfica

 

La señora Felicita Chi, última sobreviviente de Chorro, tuvo cinco hijos, la mayoría murió y sólo sobrevivieron dos. En su solar cultivaron frijol, arroz, macal, calabaza y corozo, que era un producto muy consumido.

 

La caña de azúcar fue otro cultivo y actividad muy importante porque preparaban bebidas alcohólicas que vendían a los chicleros, era una fuente de ingresos. Adelaida Tezucun, hija de Felicita Chi, junto con su esposo, tenían un trapiche de donde obtenían melaza, un poco de azúcar y aguardiente. El consumo de alcohol en demasía propiciaba que los hombres tuvieran muchas peleas entre sí, además que abusaran de las mujeres.[16]

 

El cultivo de plátano también fue importante, incluso lo siguieron vendiendo hasta el año 2000; doña Adelaida Tezucun recolectaba de su huerta algunas pencas y las vendía en el mercado de San Ignacio. Ella le ganaba muy poco y de lo que obtenía de sus ventas, buenas o no, tenía que tomar una parte para pagar el transporte. La penca la vendía entre cinco y siete dólares beliceños, mientras que el taxi-colectivo cobraba tres, en total pagaba seis dólares, dejándole un margen de ganancia muy bajo. Aun así, continuaba trabajando para comprar comida para mantenerse ella y su madre. También poseía algunas gallinas, de las que recogía huevos para el autoconsumo. Su hijo David, quien vivía en el mismo paraje con su esposa e hijos, cooperaba para el gasto familiar y su trabajo era eventual, ya que trabajaba de peón o de cualquier otra cosa que se le ofreciera. Sin embargo, sus hijos sí iban a la escuela y en el año 2000 estaban a punto de concluir el bachillerato.

 

El patrón de asentamiento del terreno donde vivían era el mismo de los grupos mayas de la península de Yucatán: las casas de los hijos varones se construyeron en torno a la edificación de la familia nuclear de los padres, en este caso, de doña Adelaida. Se situaban a orillas del río Belice, tenían los servicios básicos de luz y agua, cada hijo de doña Adelaida tenía su propia casa. Salvo la de David, nieto de doña Felicita Chi, que estaba construida de ladrillo y cemento, las otras dos estaban hechas con tablones de madera y láminas metálicas. Los muebles eran también de madera. Dormían en hamacas y camas; las mujeres se dedicaban a las labores del hogar, excepto algunas que ayudaban a la abuela, doña Felicita, a vender plátanos.

 

Adelaida Tezucun contribuye con poco dinero al ingreso familiar, dice que si no trabaja, “¿quién le va a dar de comer?”, “así hasta que le dure la salud”. Desde niña se le acostumbró a trabajar para sobrevivir y ella se lo inculcó a sus hijos y nietos.[17] Al menos, algunos de ellos lograron ir a la escuela y superarse, aunque sus raíces mayas las perdieron. Lo importante era salir adelante y no morirse de hambre.

 

Epílogo

 

Desde el siglo XIX hasta la fecha, los descendientes de los mayas desplazados por la Guerra de Castas que se refugiaron en Belice sigue siendo una población empobrecida, como sus abuelos, y como decía doña Felicita Chi, todos los habitantes de Chorro eran pobres, rodeados de selva sólo comían hierbas, cazaban un poco y cultivaban sus milpas. Sus casas eran de bajareque, como las tradicionales mayas, de cuatro postes, cubiertas de ramaje, y techo de palma con piso de tierra. Sus utensilios eran jícaras y ciertos trastos que intercambiaban con los chicleros.

 

Con el paso del tiempo Chorro pasó a ser un poblado abastecedor de víveres para los chicleros y los madereros. El contratista que explotó la caoba, cedro, manchich, palo colorado, entre otras, fue un tal Marrufo, de Guatemala.

 

Se dice que existía un salteador de caminos, delincuente y ladrón de mujeres, de nombre Luis o Eleuterio Hernández, el que constantemente saqueaba y secuestraba mujeres de Chorro. Se le logró aprehender gracias a que un compadre suyo lo traicionó y cayó muerto en una emboscada que le había tendido la policía.

 

Comentarios finales

 

Cuando los conflictos internos entre los cruzob terminaron y los pobladores de Chorro se enteraron, mucha gente abandonó el lugar; algunos se fueron a Bullet Tree y otros prefirieron ir hasta Socotz, Santa Familia o a Guatemala; sólo unos cuantos partieron hacia el norte, posiblemente a Chetumal y Bacalar. Según don Heriberto Cocom, la población de Chorro no pudo tener más de 30 a 40 habitantes.[18] Se dice que de Bullet Tree a El Pilar se hacía una jornada de camino.

 

Los mayas desplazados por la Guerra de Castas trataron de rehacer su vida cotidiana en el pueblo que fundaron en la selva beliceña; cambió el medio ambiente, pero no sus costumbres.

 

La manera en que doña Felicita Chi y su hija Adelaida Tezucun (hija de su segunda unión) son ejemplo de cómo un par de mujeres indígenas tiene que sacar adelante a su familia sin la presencia de un esposo y un padre. De suyo la situación de la mujer maya es difícil, más tratándose de una sociedad patrilineal.

 

¿Qué sucede cuando la red de relaciones sociales se colapsa y tiende a desaparecer? La mayoría de los hombres mayas, que eran pocos en Chorro, ya tenían esposa e hijos en Yucatán y cuando el conflicto armado concluyó decidieron regresar a los pueblos de donde eran originarios; otros que ya tenían su familia en el poblado se fueron con ella para el norte, dejando a las pocas mujeres que no tenían pareja a merced de la naturaleza. Éstas tal vez no pudieron emigrar debido a que su temor era mucho y que no conocían la selva, excepto el lugar donde vivían. Además, las rivalidades y envidias entre familias pudieron influir para que ellas decidieran quedarse en Chorro, al menos ahí podían tener alimento, agua y un hogar.

 

Apéndice

 

David Tezucun, nieto de doña Felicita Chi, proporcionó los nombres de algunos pobladores de Chorro y su procedencia, con lo que se elaboró el siguiente padrón de habitantes de Chorro y los rescatamos para su registro.

 

Pobladores originarios de Guatemala

 

Conrado Ake.

Manuel Tezucun (abuelo de David, vivió en Benque, probablemente itzá), contaba cuentos.

Ernesto Tezucun (hermano de Heliodoro).

María Tezucun (esposa de Ernesto Tezucun).

Heliodoro Tezucun (padre de David), sabía tocar la marimba y tejía canastos.

Pedro Manzanero (proveniente de La Libertad, en el Petén).

Eduwiges Manzanero (esposa de Pedro Manzanero).

Cristóbal Tek.

Eligoria, Goya, Tek (esposa de Cristóbal Tek).

Álvaro Uitzil.

Avelino Diego Uitzil.

Ignacia Chan (madre de Heriberto Cocom), petenera.

Osvaldo Kixchan.

Conrado Ángeles.

Gertrudis Ángeles.

Gertrudis Pablo Camalote.

Los Meléndez.

Arnoldo Meléndez (hijo de Felicita Chi).

 

Pobladores originarios de Yucatán

 

Natividad Poot (tío de Adelaida Tezucun).

Macaria Poot (esposa de Natividad Poot, abuelos de Víctor Poot).

José Cocom (abuelo de Heriberto), asesinado en Guatemala por bajar ilegalmente chicle.

Susano Cocom (padre de Heriberto Cocom y medio hermano de Adelaida).

Modesta Dzib (hermana de Felicita Chi).

Inés Chi (hermana de Felicita).

Domingo Pat (esposo de Felicita Chi), abuelo de David.

Felipe Pat (hermano de Domingo).

Miguel Tut (tejedor de palma y henequén).

Juan Medina (habitó un tiempo en Yalach Och).

Sinforiana (Ixmolin) Medina (esposa de Juan Medina).

Cleto Tek (chiclero, perdió un brazo por extraer ilegalmente el chicle en Guatemala).

Francisco Rojas (hablante de maya y fue el último en llegar a Chorro, en 1925), murió asesinado en Chorro por Hubences Bornos alrededor de 1948.

Juan Ovando.

Los Balam.

 

Fuentes consultadas

Información oral

 

Cocom, Heriberto, conversación sobre El Pilar, Chorro, y Bullet Tree, en el Jardín Ecológico Macehual, Belice, julio de 2000.

Chi, Felicita, Adelaida Tezucun y David Tezucun, relatos sobre Chorro y sus habitantes, en Bullet Tree, Belice, julio de 2000.

Poot, Daniel, plática acerca de Bullet Tree, en Bullet Tree, Belice, julio de 2000.

Poot, Víctor, narración sobre Chorro y Bullet Tree, en Bullet Tree, Belice, julio de 2000.

 


* Dirección de Estudios Históricos-INAH.

[1] Terry Rugeley, “La élite maya del siglo XIX, complejidad y heterogeneidad de la Guerra de Castas”, en Genny M. Negroe Sierra (coord.), Guerra de Castas: actores postergados, México, ICY / Conaculta, 1997, p. 158.

[2] Ibidem, p. 177.

[3] Nelson Reed, La guerra de castas de Yucatán, México, Era, 1987, p. 152.

[4] Asentamiento principal y cuartel general de los cruzob. Su traducción es “Pueblo grande de la Casa de la Guardián la pequeña Santa Cruz” (traducción de José Manuel Chávez Gómez).

[5] Ricardo Ferré D'Amaré, “Marcos Canul, libertador del sur de Campeche”, en Calakmul: volver al sur, Campeche, Gobierno del Estado de Campeche, 1997, p. 53.

[6] Reed, op. cit., p. 199.

[7] Ferré, op. cit., p. 55.

[8] Reed, op. cit., p. 200.

[9] Don E. Dumond, “Breve historia de los pacíficos del sur”, en Calakmul: volver al sur, Campeche, Gobierno del Estado de Campeche, 1997, p. 45.

[10] Reed, op. cit., p. 222.

[11] Idem.

[12] Idem.

[13] Las personas entrevistadas en Bullet Tree, distrito de Cayo, fueron Felicita Chi, la última sobreviviente de Chorro; su hija, Adelaida Tezucun —ambas mujeres hablantes de maya y cuyas edades fluctúan entre los 70 y 90 años—, y su nieto, David Tezucun. Además, se conversó con Heriberto Cocom (hablante de maya y descendiente de pobladores de Chorro) y con el maestro de la escuela primaria católica, Víctor Poot, y con su padre, Daniel Poot, quien todavía habla el maya junto con su esposa.

[14] Entrevista realizada a Felicita Chi, Adelaida Tezucun y David Tezucun, en Bullet Tree, Belice, en julio de 2000 (archivo personal de José Manuel Chávez Gómez).

[15] Idem.

[16] Idem.

[17] Idem.

[18] Entrevista realizada a Heriberto Cocom en el Jardín Ecológico Macehual, en Belice, julio de 2000 (archivo personal de José Manuel Chávez Gómez).

 

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Nosotros venimos gentes pobres en esta vida.
Daniel Poot (vecino de Bullet Tree, Belice)

Resumen

La Guerra de Castas no sólo convulsionó a la sociedad de la península de Yucatán, sino que también dividió a los mayas alzados. Este artículo aborda, justamente, la situación que vivieron los mayas pacíficos, aquellos que firmaron la paz con el gobierno de Yucatán a principios de la década de 1850, y que ante las agresiones de parte de los llamados cruz’ob, tuvieron que emigrar hacia el sur de la península, sobre todo a Belice, a un hábitat diferente al que habían conocido siempre, tuvieron que desarrollar nuevas habilidades de supervivencia y enfrentarse a la selva y al jaguar. El autor recoge, en una narrativa etnográfica, los testimonios de dos mujeres sobrevivientes de aquel éxodo.

Palabras clave: Guerra de Castas, cruz’ob, pacíficos del sur, selva, Belice.

 

Abstract

Aside from creating a shock in the life at the Yucatan Peninsula, The Caste War also created divisions between the Mayans who formed part of the revolt. This paper will examine the impact of the insurrection on the pacifist Mayans, which signed a peace treaty with the government at the beginning of the 1850s. This group had to emigrate to the South (mostly to Belize) due to the aggressions of the group cruz’ob. They found themselves in a different environment from the one they had known in Yucatan, and they had to develop new survival skills for the jungle and to protect themselves against jaguars. The author develops an ethnographic narrative based on the accounts of two women who survived the exodus.

Keywords: Caste War, cruz’ob, Southern pacifists, jungle, Belize.

 
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