¿Ha enmudecido la Cruz Parlante? ¿La Guerra de Castas ha terminado?

Paloma Escalante Gonzalbo*

 

La entrada al santuario está sombreada por un portal con arcos. Una hamaca se mece junto a la puerta y un hombre se levanta de ella al ver que llegamos. No se puede entrar de cualquier manera al santuario, hay que quitarse los zapatos y llevar una vela o una limosna para las velas. También se pueden llevar ofrendas, pero no cámaras, ni tomar fotos con el celular. Una nave larga y fresca se abre ante nosotros y al final una cámara en que se encuentra un altar oculto tras varias cortinas. Delante, unas mesas angostas en que se ponen las velas de un lado y las ofrendas del otro. Si ya se puso la vela o la ofrenda, se puede pasar y mirar detrás de la cortina, donde se encuentran los santos y las cruces, herederas de aquella Cruz Parlante que sirvió de punto de unión durante los años de la violencia armada (figura 1).

 


Santuario de la Cruz Parlante. Fuente: <http://vamonosalbable.blogspot.com/2013/05/la-cruz-parlante-la-capital-sagrada-del.html>.

 

Los guardianes a la entrada son soldados, hay también cabos y capitanes, pero normalmente los que cuidan en la entrada son soldados; hay hasta cien al servicio de cada santuario, cumplen turnos de 15 días y después regresan a sus poblados. Los que encontramos hoy en Tulum vienen del poblado de Señor y durante dos semanas han dejado su casa y su trabajo, como lo harán cada vez que les toque, mientras dure su cargo.

 

Aunque se trata de los mismos cargos militares que había en la organización durante la guerra, ahora no están armados, su función ya no tiene que ver con la lucha armada, pero de alguna forma es una defensa de lo propio frente a los extraños.

 

Cuando fue destruida la primera cruz, la que se apreció en un árbol de caoba y fue venerada en 1850, surgieron sus hijas, primero eran tres hijas, luego ha habido 15 en total, se visten con huipil y comunican la continuidad de la herencia de la “chan cruz” original (chan significa “pequeño” en maya).

 

A la caída de Chan Santa Cruz, en 1901, los mayas se refugiaron en la selva, pero fundaron cinco santuarios en los que se ha mantenido el culto de la Cruz Parlante. Los cinco santuarios originales eran Chancah Veracruz, Tixcacal Guardia, Chumpon, San Antonio Muyil y Tulum, localizados por el área que se muestra en el mapa de la figura 2; sin embargo, en el año 2000 desapareció el culto del santuario de Muyil y en cambio se mantiene en Carrillo Puerto, ya que fue recuperado después de la ocupación militar.

 


 Mapa elaborado por Mariana Becerril Trejo, quien trabaja con Jaime Cedeño, INAH.

 

Imagen histórica. Fuente: recuperada del blog http://vamonosalbable.blogspot.com/2013/05/la-cruz-parlante-la-capital-sagrada-del.html.

 

Los cinco santuarios de la Santa Cruz de la región maya de Quintana Roo cuentan con esta organización “militar”, herencia de la Guerra de Castas, esa guerra de guerrillas, sin objetivos militares definidos y consistentes, que se desarrollaba en escaramuzas, guiadas sólo por el odio a los blancos y el resentimiento por los años de abusos. La respuesta de un pueblo sometido hasta la ignominia y la miseria, despreciado, castigado y explotado por su raza en una región controlada por siglos de crueldad y desprecio. De esa guerra que, de hecho, pareciera que no terminó, aunque oficialmente se consideró concluida.

 

En 1901 entró el ejército mexicano a Chan Santa Cruz y se establece esa fecha como la conclusión de la guerra, aunque no terminó; lo que sucedió fue que se estableció allí el general Ignacio A. Bravo, al frente del ejército mexicano y ejerció una dominación por el terror, cazando a los mayas en los caminos, persiguiéndolos y asesinándolos. Por otra parte, tres años antes el Estado mexicano había firmado un acuerdo con los ingleses de Belice para evitar que traficaran con armas para los mayas rebeldes, además de otras cuestiones sobre el control fronterizo, al iniciarse la construcción de la ciudad de Chetumal. Los mayas no tenían ya munición ni forma de abastecerse de ella y tuvieron que esconderse en la selva mientras duró la ocupación del general Bravo, que además cambió el nombre de su población principal por Santa Cruz de Bravo, instaló el telégrafo, construyó cuarteles, almacenes, un hospital e incluso un tren que comunicaba la población con la costa en Vigía Chico.

 

 Los ancianos de hoy recuerdan todavía que sus abuelos, incluso sus padres, les contaron que ésos fueron los peores años de su vida. Por ejemplo, don Crescencio nos cuenta, en una breve entrevista, que su papá le contó que él había nacido en el monte, que su mamá parió en la selva y casi muere porque no había partera ni nadie quien le ayudara durante el parto. También recuerdan, él y su compadre Florentino, que sus padres salían a buscar leña o a cazar de noche, porque si había luz los soldados de Bravo los veían y los cazaban como animales por los caminos; en cambio, de noche ellos sí podían salir porque conocían muy bien el monte, pero había mucha enfermedad y pasaron hambre porque no podían descansar de tanto que los perseguían (entrevista realizada por mí en la comunidad del señor, con la traducción de su nieta adolescente, en julio de 2019).

 

Esa situación prevaleció hasta 1915, cuando la ciudad fue abandonada por el ejército mexicano y la devolvieron a los mayas, quienes se apresuraron a arrancar los cables del telégrafo, quemar el tren, destruir las construcciones y cortar nuevamente toda comunicación con el resto del país, del que ellos no consideraban ser parte y que sólo les había significado persecución y exterminio.

 

Los “blancos”, mexicanos o yucatecos, no habían permitido que los indios tuvieran armas, montaran a caballo o pudieran pensar en algo más que en su supervivencia inmediata; así fue la época de la colonia y la mitad del siglo XIX, hasta que les dieron armas para usarlas como parte de su ejército en las disputas entre ellos, entonces aprendieron que también podían matar y destruir. El primer levantamiento fue el de Santiago Imán, en 1840, quien luchaba en contra de los centralistas, porque él era federalista, pero reclutó en su ejército a los mayas, a los que prometió el fin de la explotación. En esta situación los indígenas vieron la ocasión de conseguir armas y aprender a usarlas.

 

Fue una mujer, Nicolasa Virgilio, la estratega, y fueron la leyenda y la esperanza las que fundieron las voluntades del criollo Imán y sus huestes mayas. Nicolasa Virgilio era la viuda de un negro del poblado de Aké, y en el momento de la primera rebelión contra el centralismo era la mujer de Santiago Imán. Ella era maya y había vivido cerca de los blancos en la hacienda que fuera propiedad del padre de Imán; conocía su manera de actuar y de pensar, y fue quien explicó al ejército de Imán lo que tenían que hacer, fue suya la idea de los ataques y repliegues que constituyó la principal forma de combate: se trataba de no dejar saber nunca cuántos eran los atacantes en realidad, la técnica de las escaramuzas que sembrara miedo e incertidumbre entre los blancos.

 

El pueblo de negros haitianos de San Fernando Aké les dio cobijo y bastimento a los levantados y con la expectativa de libertad, del fin de la explotación, e incluso del castigo a los blancos; así se formó el peculiar ejército.

 


 “Santiago Imán”, Fondo Reservado del Centro de Apoyo a la Investigación Histórica de Yucatán, Impresos. [Imprenta de] Lorenzo Seguí en Valladolid. Calle de Abasolo, número 24. 1840. Apud S. Ceh Moo (2019), “Un héroe olvidado: Santiago Imán” . Fuente: recuperado el 9 de abril de 2019 del sitio web Yucatán Cultura, Soma <https://yucatancultura.com/columnas/un-heroe-yucatecosantiago-iman>.

 

Las vicisitudes políticas en la península, que quería independizarse de un centro que siempre los tuvo olvidados; los conflictos entre federalistas y centralistas; las rencillas entre políticos y hacendados; crearon el ambiente propicio para que los mayas consolidaran las relaciones con sus congéneres de Belice, quienes les proporcionaban armas de contrabando.

 

La rebeldía y los ataques fueron castigados con el envío de familias completas como esclavos a Cuba, lo que fue acendrando el odio que se había fraguado en los siglos de explotación en las haciendas henequeneras. Para 1847, al grito de “¡Mueran los blancos!” los mayas atacaban y eran ataques encarnizados en los cuales literalmente se mataba a todos los blancos, a pueblos enteros.

 

La selva fue su mejor aliada, ya que durante los años en que tuvieron que refugiarse en ella la llegaron a conocer a la perfección y siempre operaba a su favor.

 

La guerra se mantuvo durante los primeros 54 años gracias a una compleja organización militar y a la participación de un elemento fundamental: la Cruz Parlante; una pequeña crucecita tallada en un caobo, que tras ser destruida tuvo hijas que se extendieron por todo el territorio. La cruz que habla probablemente surgió como herencia de la tradición prehispánica en la región, de ídolos que hablaban y se dirigía a las personas por medio de las artes ventrílocuas del sacerdote, el Nohoch Tata. El sincretismo con la religión católica completó la imagen.

 

Cuando dejaron de tener acceso a armas y municiones, y tras la ocupación del general Bravo, cesaron los ataques a las poblaciones blancas de la península, pero no disminuyó el orgullo de la rebeldía, ni el odio al blanco mantenido por el recuerdo de los abusos.

 

Los mayas fueron dejados a su suerte, aislados por completo del resto del país y, de hecho, en una situación crítica y miserable, sufrieron una epidemia de viruela que los diezmó y vivieron aislados por completo, hostiles a cualquier intento de contacto con la población mexicana. El trato con extraños realmente se fue desarrollando poco a poco, debido a la explotación del chicle. Empezaron a llegar exploradores y negociadores para extraer el chicle y el general May, entonces máxima autoridad entre los pueblos rebeldes, encontró la forma de controlar esa explotación y obtener ganancias.

 

Hubo un periodo de bonanza, aunque sin dejar el aislamiento y la hostilidad, a fines de la década de 1920. Hacia 1930 podemos ubicar el tiempo de mayores negocios con la extracción del chicle, y en esa época también empezaron a llegar los primeros maestros para las escuelas, aunque no fueron en absoluto bienvenidos: siempre hubo desconfianza sobre lo que significaría la escuela en los poblados, no obstante, con la excepción de los poblados del cacicazgo de X-Cacal, que se mantuvieron firmes en la negativa, los otros fueron aceptando poco a poco las pequeñas escuelas rurales.

 

El orden y la integración a la federación comenzaron a darse, realmente, en 1935, cuando el territorio de Quintana Roo se restituyó y el gobernador Rafael Melgar emprendió la distribución de ejidos y reservas forestales, además del apoyo para la constitución de cooperativas chicleras. Aún viven hoy ancianos que presenciaron esos acontecimientos y que recuerdan la situación de conflicto entre los mismos cacicazgos mayas, así como el resentimiento por la feroz explotación de que habían sido víctimas por siglos.

 

La ciudad de Felipe Carrillo Puerto tiene una historia muy diferente a la de casi todas las ciudades grandes o medianas del país, ya que fue una ciudad fundada por los mayas y no por los colonizadores, aunque de alguna forma reproduce el patrón de asentamiento de las ciudades coloniales: el mercado es el punto de encuentro de personas de los poblados de las cercanías y en él se escucha hablar maya mucho más que español. Los poblados de los municipios de Carrillo Puerto y de José María Morelos mantienen las construcciones tradicionales mayas en muy buena medida, en ellos se viste el huipil y el calzón de manta en un gran número de los habitantes y se habla maya en todos los espacios públicos.

 

La hostilidad, sin embargo, ha permanecido hacia el gobierno mexicano y hacia los de afuera, en buena medida, y la cultura propia, la lengua, la vida ritual y los mismos cargos militares mantienen la cohesión y el sentimiento de cultura rebelde de derecho a la autonomía. Se habla español en la escuela, pero no en las casas. Los cargos se mantienen, el recelo hacia lo de afuera también.

 

Hay espacios que suelen ser conflictivos, en los que la autoridad y la organización de los ejidos no sigue la misma lógica que tenía la organización comunitaria, aunque en los ámbitos rituales y en las situaciones que impactan a todo el pueblo se respeta a los ancianos, y se reconoce especialmente a quienes son nietos o bisnietos de los generales mayas rebeldes o a quienes se ocupan de la ritualidad como j-men o rezadores.

 

Ninguna disposición del gobierno federal se acata sin cuestionamiento y sin oposición; la actitud, incluso frente a lo que se acepta, es de desafío: “Será si nosotros así lo decidimos y cómo nosotros dispongamos” (entrevista realizada por mí en la comunidad de Señor, con mujeres que hablaban español, en agosto de 2019). Podemos ver esa actitud en la “hora rebelde”, que no admite el cambio de horario impuesto desde el centro, o la negativa a hablar en español a los fuereños en sus pueblos.

 


Iglesia principal en Felipe Carrillo Puerto. Fuente: recuperada del blog El Bable <http://vamonosalbable.blogspot.com/2013/05/la-cruz-parlante-la-capital-sagrada-del.html>.

 

No hay ya quien hable por la cruz, parece haber enmudecido; no obstante, su culto no se abandona, sus soldados la cuidan. El silencio de la cruz es quizá lo que hay que interpretar en un momento en que los jóvenes ya no siempre quieren aceptar los cargos, prefieren salir de sus pueblos para tener una vida con más recursos, para estudiar.

 

La Guerra de Castas y el silencio de la cruz son, de alguna manera, una guerra que ahora se ha instalado entre poblados y entre generaciones, no es abierta, pero la hostilidad está presente, las diferencias, los desacuerdos. Una sociedad que ha vivido siglos de lucha conserva una memoria colectiva del trauma que se nota en algunas de sus acciones y en sus respuestas, en la forma en que se organiza, en la manera en que transcurren sus asambleas. No hubo un proceso que terminara y que llevara a la paz, la paz no se ha vivido.

 

El precio de la libertad fue el aislamiento en la selva, pero incluso en su refugio fueron cazados como animales y sólo hace 80 años que se empezó a dar una convivencia aceptable con la federación, siempre en una situación de pobreza, de falta de acceso a todos los servicios: o salvajes aislados, o mexicanos sin derechos y en la miseria.

 

Es complejo, sin embargo, porque se mira con recelo todo lo que venga de la federación y hay siempre quienes argumentan que más vale permanecer aislados; no obstante, la situación que se presentó con la pandemia de Covid-19, ha puesto en evidencia la necesidad de tener acceso al sistema de salud institucional. No hay hospitales en la región maya y las muertes han sido muchísimas, una situación catastrófica, en que no se ha podido llegar a algún hospital, porque allí no hay y el acceso a los de las ciudades del estado ha sido imposible. No se pueden librar de las afectaciones de la globalización y no tienen las condiciones de vida necesarias para esa situación.

 

Fuentes

 

La mayor parte de la información se obtuvo como comunicación oral sin contrastar con fuentes, en entrevistas realizadas en trabajo de campo durante 2019, en los poblados de Señor, Uh-May, Tixcacal Guardia, Tulum y Carrillo Puerto.

 

Buen Rostro, Manuel, “Cambios constitucionales en materia indígena en la Península de Yucatán. El caso de los jueces tradicionales mayas de Quintana Roo, balance, logros y retos”, Nueva Antropología, vol. 26, núm. 78, pp. 63-86.

Higuera Bonfil, Antonio y Lorena Careaga, Quintana Roo, historia breve, México, FCE, 2010.

Villa Rojas, Alfonso, Los elegidos de Dios. Etnografía de los Mayas de Quintana Roo, México, INI, 1978.

 


* Escuela Nacional de Antropología e Historia-INAH.

 

 

 

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Resumen:

En este texto se aborda la iconología y cosmovisión de las cruces mayas, así como la pervivencia de su culto hasta nuestros días. La Guerra de Castas no tuvo una conclusión formal, no hubo un acuerdo de paz, lo que ha generado un sentimiento de desconfianza de parte de los mayas, aun en nuestro tiempo, hacia la población mestiza y blanca; sólo hasta hace 80 años es que se empezó a dar una convivencia aceptable con las instituciones federal y estatal, siempre en una situación de pobreza: o salvajes aislados, o mexicanos sin derechos y miserables.

Palabras clave: Cruz Parlante, santuarios, Guerra de Castas, cosmovisión.

 

Abstract

This paper examines the iconology and worldview of the Mayan cross; which is still worshipped today. The Caste War did not have an official end; there was not a peace treaty. That contributed to the Mayans mistrust of the mestizo and white population, which is still a problem today. They only began relations with the Federal and State institutions 80 years ago. The Mayans have been relegated to poverty, they are perceived as either isolated savages or Mexicans without rights.

KeywordsCruz Parlante, sanctuaries, Caste War, worldview.

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