Una historia (in)terminable: nuestro neoliberalismo

Rafael Lemus, Una breve historia de nuestro liberalismo. Poder y cultura en México, México, Random House, 2021.

Carlos San Juan Victoria*

 

Esta reseña es, ante todo, una calurosa invitación a leer este libro, conciso y bien escrito, de un joven literato y profesor universitario, alguna vez secretario de redacción de la revista Vuelta; una voz fresca, lúcida y provocadora, que se empeña en mostrar que vivimos en el neoliberalismo, que no es lo mismo que vivir en pecado. Simple y sencillamente, que mucha de nuestra sensibilidad, conductas, nociones y repulsiones está marcada por un cambio cultural silencioso y expansivo, el de la razón neoliberal. Y se propone mostrar cómo surgió este gran cambio cultural, en una asociación nada original, muy repetida a lo largo de la historia, entre el poder y la cultura.

 

Rafael Lemus nos propone que este tiempo actual y compartido se llama neoliberalismo: “La historia reciente de México es la historia del neoliberalismo. Desde el principio de los años ochenta hasta el día de hoy esa palabra, neoliberalismo, descansa en el centro —y no en los márgenes— de la vida pública mexicana”.[1] Una palabra ya de riesgo, pues su uso intenso en el discurso político la desgastó, a veces como señalamiento del mal, en otras como resumen de virtudes de la libertad. Lemus sigue otro camino, desglosa al neoliberalismo como instrumento de análisis y, a la vez, como un proceso histórico específico. Una forma específica de razón que todo lo mercantiliza y hace de la convivencia una competencia eterna. Y describe sus fases temporales, sus actores, sus escenarios fundacionales o de quiebre, y lo convierte en una narrativa no del fin de la historia, sino de su construcción humana, con un inicio, su despliegue y la inevitable decadencia. De acuerdo con una historiografía en crecimiento, se postula su acta de nacimiento en el arranque de los años ochenta del siglo pasado, su mayor fuerza en los años noventa y su decadencia a lo largo del siglo que empezamos a vivir.

 

Un subtítulo señala el centro de este recorrido: Poder y cultura en México. Su propósito es narrar la transformación de los intelectuales en los años ochenta y noventa hacia una cultura “de la libertad” y que coincide con el progresivo dominio del “libre mercado” en la vida social y económica, en este país con tejidos muy fuertes —siempre dictados por el poder y la cultura nacionalista—, entre la cultura y la política.

 

Escúchese ese rumor que despiden los años ochenta. Son los apurados pasos de miles de escritores y artistas y académicos que marchan, resignados o felices, de un lado a otro del espectro político […] Cuando llegue la década de los noventa y con ella la caída de la Unión Soviética, todos ellos y todas ellas estarán ya operando dentro de una lógica política que ha cancelado, justamente, la política: la historia ha terminado, aceptarán, y ya va siendo hora de abandonar todo radicalismo y dejar que los tecnócratas administren el presente.[2]

 

No es un fenómeno cultural sólo mexicano, sino mundial. En México esta migración intensa se nutre con el fuerte viraje de grandes personalidades, como Octavio Paz y el equipo de escritores de su revista Vuelta, quienes, en un camino similar al europeo, traspasan las fronteras de la crítica al socialismo realmente existente y arriban a la nueva utopía: una sociedad abierta, libre y de mercados pletóricos —si se cuenta con los ingresos requeridos—. De ahí surgen ideas fuertes que transforman la imagen cerrada y nacionalista del país para convertirla en conjunción de diversidades e identidades y de apertura al mundo que, en 1994, dice Lemus, concluye su fuerza cultural transformadora.

 

El plan del libro es preciso y coherente: una introducción donde el adjetivo neoliberal se hace sustantivo, gracias a la recuperación del último Foucault, el del Nacimiento de la biopolítica, y a la amplia elaboración que varias voces realizaron en los últimos años para superar la reducción del neoliberalismo a su dimensión económica y resaltar su fuerza cultural. Sí, en efecto, es una reorganización a fondo de la economía, pero también de la sensibilidad y de las conciencias, orienta a las élites del gobierno y del poder económico, pero también a la gran masa de los gobernados. Produce sujetos y atmósferas de sensibilidades comunes: “Piénsese, también, en esa profusión de productos mercantiles y culturales (libros de superación personal, manuales de management y liderazgo, comedias románticas, literatura light) que de pronto coinciden en producir subjetividades empresariales listas para actuar (y fracasar) en el nuevo escenario económico”.[3]

 

 No es sólo una política de gobierno sino una “razón neoliberal” que penetra toda la existencia humana. En opinión de quien esto escribe, la hegemonía, la dirección cultural de los países y el globo, se hace posible de esta manera en un capitalismo desregulado y salvaje.

 

En sus tres primeros capítulos se desglosa tanto el ascenso de un grupo cultural, el de Paz y la revista Vuelta, en los años ochenta y parte de los noventa, y su contribución a una labor mucho más amplia y compleja donde intervienen gobiernos, empresarios y medios masivos: hacer de la crisis vivida en esos años responsabilidad del estatismo, definir nuevos “enemigos” de la modernidad como las izquierdas y los “populistas” decididos a regresar al pasado, resignificar la democracia, la sociedad civil, el Estado de derecho y, sobre todo, fundamentar las nuevas esperanzas.

 

El 2 de marzo de 1988, en la ceremonia de fundación del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, Paz se sienta al costado de Salinas de Gortari y en su turno al micrófono, declara:

Señor Presidente, señoras y señores: México vive un periodo de cambios. Como todas las transformaciones sociales, estos cambios son el resultado de fuerzas y tendencias, ideas y realidades, que, durante los últimos veinte años, a manera de ríos y corrientes subterráneas, han agitado y conmovido el subsuelo social. Ahora al aparecer en la superficie, nos revelan que nuestro país penetra en una nueva época de su historia. Damos los primeros pasos, no sin titubeos, por un territorio desconocido y al que debemos poblar con nuestros actos, y en cierto modo, inventar con nuestras obras. La novedad más visible son las de orden político y económico: pluralismo democrático y modernización económica.

 

Su primer capítulo, “Editando neoliberalismo”, remite a la revista Vuelta en los años ochenta, recrea el tono militante del grupo para desmantelar ideas sobre el socialismo real, el Estado y sus burocracias, el conflicto y la violencia social y guerrillera, los combates contra los emisarios del pasado, las izquierdas y los nacionalismos, que va a la par de su creciente conversión hacia un peculiar liberalismo centrado en la libertad y en los valores del orden conservador.

 

Su segundo capítulo, “La reinvención de México: Splendors of Thirty Centuries”, lo dedica a la mayor exposición, a la fecha, de arte mexicano: de la cultura madre, la olmeca, a la fuerte recuperación del arte novohispano y el paso rápido por los modernismos del siglo XIX y XX. A su juicio ahí se plasma una “nueva curaduría del patrimonio”, una callada lucha por los signos culturales, un conjunto de acentos que, sin romper con la continuidad de los tiempos, le imprime otro sentido: “[…] de manera tal que proyecte la imagen de una nación del todo lista para su inserción en el mercado global: abierta, amigable, multicultural, posmoderna, fácilmente colonizable. Pasen ustedes y vean”.[4]

 

El tercer capítulo de esta gesta ascendente de la cultura ya (neo)liberal, “Disputas en el campo: Paz vs. Monsiváis”, contrasta la polémica entre esos dos literatos ocurrida en los años setenta, que es, sobre todo, una confrontación sobre el vínculo entre los intelectuales y la política, con el clima posterior, de los años ochenta y noventa, donde los grupos dominantes de la cultura, Vuelta y Nexos, coinciden con las políticas de Salinas de Gortari. Ambos grupos ya no pleitean desde un referente ideológico por fuera de la razón neoliberal, ahora plena y dominante. Sin embargo, “que no haya un diferendo ideológico sustantivo no supone que no haya una verdadera disputa entre ambos grupos. La hay, por el poder en el campo cultural y por la voz y la autoridad en la esfera pública”.[5]

 

Los dos últimos capítulos, el cuarto y el quinto, muestran el esbozo de otro gran cambio, ya no la continuidad de la gran transformación cultural que ocurrió en el arranque de los años ochenta hasta 1994, nos dice Lemus, sino, por el contrario, un curso decadente. En el capítulo cuarto, “Otras voces, otros ámbitos: el EZLN y el fin de la hegemonía cultural del neoliberalismo”, Lemus rastrea otra lógica histórica: la poshegemonía, el predominio de la administración sobre la lucha ideológica, el debilitamiento en la creación de ideas que propicien el consentimiento de segmentos importantes de la población, y la sucesiva fragmentación de las esperanzas que habían despertado sus promesas. Esta muy pronta caída se debe, aparte de las crisis económicas y políticas del grupo salinista, a la irrupción armada y letrada del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

 

No puede subrayarse demasiado el impacto de la insurgencia zapatista. Su sola emergencia supone ya una inmediata reconfiguración de lo sensible, súbitamente aparecen cuerpos y voces, espacios y afectos, hábitos y saberes que el orden neoliberal había —o parecía haber— extinguido. Su sola irrupción implica ya un radical desordenamiento de la esfera pública mexicana: nuevos sujetos toman la palabra y saturan los medios con textos que van de los comunicados de guerra a los manifiestos políticos a las cartas abiertas a la crónica y la narrativa y la poesía, además de que signos que parecían ya haberse fijado (como democracia, justicia, sociedad civil, tierra y nación) vuelven a ser disputados y redefinidos.[6]

 

El otro pilar que mantiene latente la reorganización de la vida pública mexicana, por fuera de la razón neoliberal que se impuso, es Carlos Monsiváis. En el quinto y último capítulo, “Las herencias políticas de Carlos Monsiváis”, Lemus lo recupera como esa figura intelectual que se desplaza de campos de intereses muy contrastantes, desde la cultura popular a la crítica de las artes y la literatura, y sin interés por fijarse en una posición política que no sea la amplia y flexible izquierda cultural donde se formó en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Registra su paso desenfadado e irónico a una postura más rígida luego del 68, donde declara su convicción socialista y, luego, el traslado de sus ánimos hacia la sociedad civil y a una noción de democracia como ejercicio de los derechos de los marginados, hasta que ya en su vejez, incursiona en el pasado liberal mexicano del siglo XIX para esgrimir figuras como Benito Juárez, Guillermo Prieto e Ignacio Ramírez, la segunda generación de la Reforma, hombres letrados, políticos, constructores de la patria, ante los nuevos administradores panistas de un neoliberalismo que sólo administra su orden decadente. Monsiváis mantiene una cualidad que a ojos de quien esto escribe es muy singular y que está presente en la reflexión de Lemus, un subversivo de los órdenes realmente existentes de opresión, con un pie en los movimientos de las ‘multitudes’ diversas que irrumpen en el establishment neoliberal, y otro pie en las luchas culturales por la hegemonía.

 

Cuando Monsiváis escribe sobre la generación de la Reforma, el signo “modernidad” ha sido casi expropiado por los neoliberales, que aseguran estar trabajando para adecuar el país a las demandas de la globalización, y la izquierda es repetidamente presentada como “emisario del pasado” y “enemigo del progreso”. También ya entonces prevalece la idea de que, en tiempos globales, modernizar al país supone diluirlo, disolver lo nacional o, cuando menos, supeditarlo a la primacía de la globalización. En la idea de modernidad que Monsiváis extrae del XIX, modernidad y nación son indisociables, y casi sinónimos: modernizar significa construir nación, no destruirla. De su viaje al pasado Monsiváis vuelve, así, con la conocida prenda del nacionalismo, que una y otra vez opondrá a los que ya no reconocen en México otra cosa que un nodo del mercado financiero internacional.[7]

 

El epílogo, “La larga noche neoliberal”, un breve ensayo en sí mismo, considera que 2018 abrió otro tiempo donde la razón puramente administrativa, ya no hegemónica, del neoliberalismo, es desbordada por el voto ciudadano y el arribo de una razón política, dispuesta a recrear otra hegemonía, aunque inserta todavía en el poderoso cuerpo mercantil, social y cultural de un neoliberalismo que no ha muerto y, al contrario, respira salud a pesar de sus varias alteraciones. Es, sin embargo, una incierta aspiración transformadora la del nuevo gobierno, que vacila y confunde entre reconstruir lo que había con los gobiernos posrevolucionarios, o reinventar un país en apego a sus mayorías juveniles y a su intensa diversidad de poblaciones y de ecología. No trae propuestas de reforma fiscal profunda, de alternativas de desarrollo, ligadas a las potencias locales de las poblaciones y a la ecología, tampoco en la política, lo que le crea distanciamientos crecientes con esa “multitud” confrontada.

 

El peligro que se asoma en el horizonte no es tanto el de la continuidad del neoliberalismo como el de su completa naturalización. Si el gobierno de López Obrador no altera de manera sustantiva el curso del país, terminará consiguiendo, paradójicamente, lo que ni siquiera las administraciones pasadas lograron: ocultar del todo los mecanismos del dominio neoliberal. El gobierno dirá que el neoliberalismo ha muerto, los partidarios del régimen certificarán su muerte y el neoliberalismo continuará dominante, ahora ya casi invisible y, por lo mismo, casi imbatible, corregido por los programas sociales del gobierno y cubierto bajo el bravo discurso antineoliberal del presidente.[8]

 

Bienvenida esta razonable y sólida provocación para estimular el debate sobre la comprensión histórica de “nuestro neoliberalismo” en el terreno ambiguo y difuso de la cultura en México, donde no pocos de sus habitantes aseguran que ahí no existe.

 


* Dirección de Estudios Históricos-INAH.

[1] Rafael Lemus, Una breve historia de nuestro liberalismo. Poder y cultura en México, México, Random House, 2021, p. 9.

[2] Lemus, op. cit., p. 161.

[3] Lemus, op. cit., p. 18.

[4] Lemus, op. cit., p. 60.

[5] Lemus, op. cit., p. 11.

[6] Lemus, op. cit., p. 128.

[7] Lemus, op. cit., p. 169.

[8] Lemus, op. cit., p. 183.

 

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Rafael Lemus, Una breve historia de nuestro liberalismo. Poder y cultura en México, México, Random House, 2021.

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