Del país del Sol Naciente a la Perla de Occidente

Melba Falck Reyes (coord.), Presencia japonesa en Jalisco, México, Universidad de Guadalajara / Japan Foundation, 2020.

Mónica Palma Mora*

 

 

El galeón de Manila, esa histórica y fascinante embarcación que durante el periodo colonial enlazó el comercio entre las islas Filipinas y Nueva España, trajo a estas tierras exóticos productos chinos y pasajeros de diverso origen asiático (filipinos, chinos, indios), la mayoría de ellos, mano de obra. Entre los viajeros que desembarcaron en tierras novohispanas, hubo algunos nacidos en Japón. Dos de ellos, según ha explorado la investigadora Melba Falck Reyes, coordinadora del libro que aquí se describe, se establecieron en el actual estado de Jalisco. Su arribo constituye el antecedente más remoto del establecimiento de japoneses en el estado, tema de este texto, el cual contiene una versión actualizada de su historia.

 

El propósito del libro, escribe la misma Falck Reyes, es presentar un panorama “lo más completo posible” de la inmigración japonesa en Jalisco, en particular en la ciudad de Guadalajara, a través del estudio de cuatro periodos o “momentos” clave, que se exponen en dos amplias secciones. La primera de ellas contempla tres estudios que analizan el pasado más lejano: el siglo XVII, para luego dar un gran salto y abordar el tiempo que va de finales del siglo XIX a los años de la Segunda Guerra Mundial. La segunda sección, por su parte, se compone de dos trabajos que, desde las perspectivas sociodemográfica y lingüística, investigan las características más actuales de la comunidad japonesa. En su conjunto, los cinco escritos encierran un doble mérito. Por un lado, constituyen una aportación al estudio de los japoneses en México, iniciado por la historiadora María Elena Ota Mishima,[1] y, por el otro, conforman cinco viñetas, las cuales permiten entrever la dinámica regional del establecimiento de extranjeros.

 

El primer estudio, de la autoría de Melba Falck Reyes y Héctor Palacios, contiene un relato fresco y armonioso de las actividades desempeñadas por Luis de Encío y Juan de Páez, cuyos nombres conversos o castellanizados dicen poco de su origen; sin embargo, con base en las investigaciones realizadas por el historiador Thomas Calvo, especialista del México colonial, del diplomático Eikichi Hayashiya,[2] y la desarrollada por los propios autores, se sabe que el apellido japonés De Encío era Fukuchi, y que De Páez nació en Osaka. Se presume que pudieron haber llegado en alguno de los tres viajes diplomáticos que las autoridades novohispanas organizaron entre fines del siglo XVI y las primeras décadas del XVII, con fines de evangelización y de intercambio comercial; o tal vez en el galeón de Manila como pasajeros que huían de la persecución anticristiana en Japón. No está documentada la edad que tenían al arribar, pero sí que ya adultos vivieron en Guadalajara y estaban emparentados —la hija de Luis de Encío se había casado con el joven Juan de Páez—; que se desempeñaron como comerciantes, uno de ellos (Juan de Páez) con más éxito que el otro, y que dicha actividad, en el caso Juan de Páez, junto con la administración de albaceazgos y la mayordomía de la catedral de Guadalajara que ocupó por varios años, lo incorporó a la élite de la sociedad local novohispana.

 

El segundo texto de la autoría, de Héctor Palacios, ubica el segundo momento del ingreso de japoneses en Jalisco en el marco de la política de apertura hacia la inmigración establecida durante el porfiriato, ya fuese con fines de colonización, de inversión, o bien, para trabajar en las minas y en la construcción de las vías férreas. El autor considera que estos inmigrantes formaron parte de las migraciones japonesas a México, como mano de obra bajo contrato, y de emigrantes libres, propuestas por María Elena Ota Mishima. Por ello, plantea ahondar en el estudio del contexto de modernización económica y expansión militar del periodo Meiji (1868-1912) que lanzó a miles de japoneses fuera de su país. Algunos de los que llegaron a México se trasladaron al estado de Jalisco contratados por la compañía del Ferrocarril Central para incorporarse a la construcción de las vías férreas de la ruta Colima-Guadalajara. Y aunque Estados Unidos era su destino final, por diversas razones, de las que poco se sabe, decidieron establecerse en la ciudad de Guadalajara. A través de una incesante labor de archivo, el autor consiguió localizar los nombres de 21 de ellos y consignar valiosos datos biográficos, los cuales permiten empezar a configurar los motivos de su llegada y su proceso de inserción socioeconómica y cultural en la capital tapatía.

 

El tercer momento de la inmigración japonesa en Jalisco es abordado por el especialista Sergio Hernández Galindo. El foco del análisis son los años de la Segunda Guerra Mundial. El autor expone las causas de las hondas calamidades vividas por los japoneses en estos años. Destaca el sentimiento de animadversión hacia ellos que desde principios del siglo XX había comenzado a desarrollarse en Estados Unidos, en particular en California en donde eran más numerosos. Su pronta movilidad de pescadores y agricultores, a exitosos comerciantes, generó el recelo de diversos sectores de estadounidenses que comenzaron a acusarlos de integrar un ejército disfrazado al servicio de gobierno imperial de Japón. La xenofobia se intensificó durante los años de la guerra. El apoyo del gobierno mexicano a la causa de los países aliados decidió el traslado y concentración —a solicitud expresa del gobierno estadounidense— de los japoneses establecidos en México, especialmente en la costa del Pacífico y en las fronteras, hacia el centro del país. Éste fue el motivo de la llegada de una nueva oleada de japoneses a Jalisco, estado en el que se ubicó uno de los tres campos de concentración[3] creados en los años de la guerra. Los inmigrantes fueron agrupados en los terrenos de la hacienda de Castro Urdiales, localizada en el municipio de Tala, muy cerca de la capital tapatía. Hernández Galindo aclara que la cifra de japoneses en este campo no fue significativa; en 1943 se encontraban confinados alrededor de 110 inmigrantes de una cifra total de más de cuatro mil en todo el país reportada por el Federal Bureau of Investigation (FBI). Con solidez documental y empatía, Hernández Galindo narra el infortunio sufrido por la inmensa mayoría de los concentrados durante la guerra. Obligados a abandonar sus lugares habituales de residencia, sus propiedades, sus empleos, el traslado a los campos de concentración, en este caso al de Guadalajara, significó para estos japoneses una nueva inmigración. Concluida la guerra, la mayoría decidió quedarse en aquella ciudad en la que había encontrado la solidaridad de una pequeña, pero sólida comunidad de paisanos, y en donde sus hijos podían proseguir sus estudios. Para el autor, ellos son los cimientos de las nuevas generaciones de japoneses en Jalisco, tema de estudio de los siguientes apartados del libro.

 

La segunda sección se forma de dos originales e interesantes capítulos sustentados en el Censo Nikkei de Guadalajara, de 2018. Este registro, recabado conjuntamente por el Centro de Estudios Japoneses de la Universidad de Guadalajara y la Asociación México-Japonesa de la misma ciudad, tuvo la finalidad de consignar datos actualizados y ordenados sobre la composición de la comunidad Nikkei, no registrados en fuentes oficiales ni de la propia comunidad.

 

El término Nikkei es la primera cuestión que tanto el trabajo de Takako Nakasone y Víctor Katsumi Yamaguchi Llanes, como el de Sayuri Suszuki, se proponen esclarecer. Los autores explican que el término Nikkei designa linaje u origen japonés. La comunidad de Guadalajara comprende, tanto a los inmigrantes de primera generación (issei) llegados antes de la Segunda Guerra Mundial y a sus descendientes: nisei-hijo; sansei-nieto; yonsei-bisnieto y gosei-tataranieto, como a los inmigrantes que nacieron y crecieron en Japón, pero que se establecieron en la capital tapatía después del conflicto mundial; es decir, en el transcurso de la segunda mitad siglo XX hasta fechas más actuales. A éstos se les identifica anteponiendo el término shin a todas las generaciones. Nikkei refiere, entonces, un tiempo de nueva residencia, pero también un sentido de pertenencia al país de los padres, abuelos o del ancestro principal. Esta explicación es central para consultar el perfil sociodemográfico elaborado por Nakasone y Yamaguchi Llanes, y captar mejor las numerosas variables sociodemográficas analizadas, de un universo formado por 116 familias y 341 individuos radicados en la Zona Metropolitana de Guadalajara. Los resultados expuestos por los autores, desde una lectura de conjunto, indican una comunidad formada, principalmente, por inmigrantes de la posguerra, en edad productiva (la edad promedio general es de 42 años), con una alta escolaridad (81 % de los hombres y 76 % de las mujeres concluyeron la educación superior), ocupados/as como empleados del sector privado, profesionistas, académicos, comerciantes, amas de casa, muy pocos como empresarios, y uno que otro jubilado; radicados en Guadalajara por motivos de trabajo o de vínculo matrimonial (con cónyuges del mismo origen o con mexicanas/os), e interesados por visitar el país de sus ancestros.

 

De igual forma, el trabajo de Sayuri Suszuki, último de los cinco que forman el libro, se fundamenta en información recabada por el Censo Nikkei de 2018 con el objetivo de investigar el nivel de conocimiento y manejo del idioma japonés de las varias generaciones que integran la comunidad. En el caso de este estudio, aclara la autora, el universo investigado se redujo a 216 individuos (de un total de 341) al excluirse del análisis a los Nikkei de la primera generación cuyo idioma nativo es el japonés, y a los cónyuges que no son de este origen. El interés de la autora estriba en conocer el nivel del dominio del idioma “como lengua heredada”, ya sea en el aspecto de la comunicación oral, como de la lectoescritura de los tres alfabetos que sustentan el idioma: el hiragana, el katakana y el kanjí. De igual manera que el perfil sociodemográfico antes reseñado, el análisis conjunto de las generaciones que llegaron antes y después de la guerra dificulta la lectura de las variables estudiadas, sobre todo si el lector no está familiarizado con los alfabetos del japonés. Pero más allá de esa complicación, los resultados de la investigación indican, de acuerdo con la autora, que 71 % de los encuestados tienen conocimiento del idioma, el cual disminuye en las generaciones más antiguas, y aumenta en las nuevas; estas últimas registran un nivel más alto de lectoescritura de los tres alfabetos. En contraste, los descendientes de las generaciones más antiguas y los shin-nisei, es decir, la primera generación de la posguerra, consignan un nivel más alto de comunicación oral, aspecto que en las nuevas generaciones es más limitado. Además, las generaciones más antiguas aprenden el idioma por medios informales, familiares o amistades; en cambio, las más nuevas estudian el idioma en el Colegio Japonés o en otros centros educativos. Uno de los resultados más interesante y significativos, es el interés de la mayoría de los Nikkei de diferentes generaciones por estudiar o tener un mayor dominio del idioma de sus ancestros.

 

El trabajo colectivo realizado por los seis especialistas y coordinado por la doctora Falck Reyes, proporciona un panorama documentado e ilustrativo de la historia de la inmigración japonesa en Jalisco, en particular en su capital, la llamada Perla de Occidente. Demuestra que, a pesar de los contratiempos históricos y los desencuentros culturales, los inmigrantes originarios del país del Sol Naciente lograron cimentar una decorosa comunidad, inserta en diversos ámbitos de la vida de la capital tapatía, y cohesionada alrededor de sus orgullosas raíces, sin demérito de las mexicanas.

 


* Dirección de Estudios Históricos-INAH.

[1] Doctora en historia, investigadora titular de El Colegio de México. Referencia obligada para el estudio de la inmigración asiática en México durante los siglos XIX y XX, en particular de la japonesa.

[2] Diplomático e hispanista japonés; embajador de su país en España entre 1981 y 1984.

[3] Para confinar a los inmigrantes nacidos en los países enemigos de los aliados que vivían en México. Los otros dos campos se localizaron en Temixco, Morelos, y en Perote, Veracruz.

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Melba Falck Reyes (coord.), Presencia japonesa en Jalisco, México, Universidad de Guadalajara / Japan Foundation, 2020.

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