Repensar las izquierdas latinoamericanas en el siglo XXI

Gerardo Necoechea Gracia y José Romualdo Pantoja Reyes (coords.), La rebeldía en palabras y hechos. Historias desde la orilla izquierda latinoamericana en el siglo XX/, Buenos Aires, Clacso / ENAH / INAH, 2020 (formato PDF).

María Magdalena Pérez Alfaro*

 

 

 

Como todo concepto, el de “izquierda” es histórico y, por lo tanto, cambiante; su caracterización depende de la temporalidad y el espacio en el que se desarrolla su praxis, depende de los sujetos que la encarnan y los debates que se dan entre agentes antagónicos, como el Estado burgués y las derechas, pero también entre las propias organizaciones de izquierda. El análisis sobre qué significa "ser de izquierda" sigue siendo nutritivo y pertinente, como lo demuestran los trabajos recopilados en La rebeldía en palabras y hechos..., no sólo porque nos acercan a una diversidad de puntos de vista y formas heterogéneas de acción política, sino porque nos permiten, justamente, pluralizar la mirada, señalar las convergencias y divergencias entre las distintas izquierdas y explicar su desarrollo en el tiempo mediante estudios de caso.

 

Resultado de las discusiones del grupo de trabajo “Izquierdas: praxis y transformación social”, del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, este libro nos invita a la reflexión sobre el concepto de izquierda en un contexto donde existe un renovado interés por repensar los conceptos que definieron las batallas ideológicas del siglo XX. A través de análisis de una diversidad de fuentes, entre las que destacan la entrevista de historia oral, la prensa y la fotografía, los autores de esta obra colectiva proponen una relectura de procesos históricos en que grupos y organizaciones de izquierda fueron protagonistas, poniendo énfasis en sus ideas programáticas, formas de organización, discusiones internas, así como sus argumentos contra el Estado, la derecha y otras organizaciones de izquierda.

 

En el capítulo “Reflexiones conceptuales y metodológicas sobre las izquierdas en América Latina”, Mauricio Archila Neira señala la necesidad de una actualización en el debate sobre uno de los rasgos que la distinguen: los principios o la doctrina. Archila advierte que “entender históricamente a la izquierda significa en primera instancia reconocer su heterogeneidad, diversidad y sus cambios en el tiempo”, y es indudable que en éste, nuestro tiempo, el siglo XXI, el concepto ya no se puede pensar sólo en términos de clase o de quiénes constituyen al sujeto revolucionario, sino que nuestra mirada se ha de ampliar para considerar la “interseccionalidad; es decir, la simultaneidad de formas de dominación, y de consiguiente resistencia, en términos de clase, raza/etnia, género, orientación sexual, generación y un largo etcétera”. Para Archila, la izquierda, más que una definición acabada, “es un sistema significante (que comprende señales y signos específicos) a través del cual se cuestiona un orden social y las formas en que se comunica, se reproduce, se experimenta”. En ese sentido, retomando la idea de Enzo Traverso que habla de una "melancolía de izquierda", el investigador propone tomar “distancia aun de nuestra propia melancolía para entender otros pasados que no eran percibidos como derrotas, sino como marchas ineluctables hacia un mundo mejor”. Considero que el esfuerzo de investigación que presentan los trabajos de este libro es coherente con la propuesta de Archila al buscar comprender cómo miraban los propios movimientos y organizaciones sociales su entorno y, por ejemplo, por qué en buena parte del siglo XX percibieron que era posible la democratización sindical, la transformación a través de reformas al Estado capitalista o incluso la revolución y el socialismo.

 

Por su parte, Marcos Montysuma, en el capítulo “El enfrentamiento entre izquierda y derecha en Brasil en el tiempo presente”, realiza un análisis, que es al mismo tiempo un llamado de atención, preocupado por la derechización que vivimos en nuestro mundo actual, del uso del lenguaje como un arma contra la izquierda en el actual Brasil, dirigido por un presidente abiertamente misógino, racista, supremacista, fascista y apólogo de la violencia. Montysuma nos advierte que el uso de las palabras para denominar a la izquierda no es inocente, se pretender criminalizar, estigmatizar y crear una opinión adversa que le reste credibilidad y adeptos. La intención es identificar “el activismo político de izquierda con el mal, y ese mal debe combatirse en todas sus formas; la izquierda debe ser combatida con hierro y fuego; eliminada”. Esta herramienta para denigrar y evadir el debate de ideas y proyectos ha funcionado en Brasil desde la implantación de la dictadura militar en los años sesenta del siglo pasado y continúa siendo un arma de alto poder en los medios de comunicación afines a las derechas, la oligarquía y los grupos eclesiásticos conservadores, quienes ven en cualquier persona o grupo que lucha por la justicia social un peligro para sus intereses. Por ello, el investigador señala la pertinencia de no soslayar el debate sobre qué es la izquierda y prestar atención a cómo se mantienen los estigmas, aunque el discurso se modifique en una neolengua, como está ocurriendo actualmente en Brasil.

 

Otra reflexión que nos permite hacer la lectura de esta obra es: ¿qué hace posible que las izquierdas lleguen a incidir en procesos de transformación social, ocupen cargos de elección popular o se conviertan en referentes de lucha para poblaciones aparentemente despolitizadas? Mariana Mastrángelonos propone algunas respuestas, en su capítulo “Memoria de una intendencia comunista, Brinkmann, Córdoba, Argentina, 1958”. La autora nos muestra que el arribo a cargos públicos de militantes comunistas no es un hecho fortuito, sino que se explica a partir de un conjunto de procesos y experiencias de las comunidades que han forjado lo que Raymond Williams llamó “estructuras de sentimiento”. Éstas se expresan por medio de afinidades, formas comunes de ver y entender el mundo, relaciones de amistad, comunidad, valores como la empatía y la solidaridad, que constituyen un lenguaje común e ideas y proyectos que buscan hacer posible el bienestar social. Desde las primeras décadas del siglo XX, la actividad política que se desplegó en la forma de células de estudio y alfabetización, actividades culturales, el “trabajo hormiga” de formación política y organización social que trascendió en forma de huelgas y creación de sindicatos, fue un elemento fundamental para que una comunidad entera apoyara y decidiera la elección de un candidato comunista, a quien consideraban “buena persona”, ya que en su actuar se condensaban las ideas del bien común que se expresaron en atención a las necesidades de la comunidad.

 

Por su parte, Viviana Bravo Vargas nos permite reflexionar en torno a la lucha social popular y su relación con la izquierda en el texto “Clase trabajadora, izquierda y protesta urbana en la crisis del desarrollismo (Chile 1960-1962)”. Bravo propone repensar la historiografía que ha caracterizado a los años desde 1939 hasta 1970 como el periodo de bienestar para la clase trabajadora chilena que, supuestamente, “logró mejorar sus condiciones de trabajo y vida”. A través del estudio de la concentración y marcha popular por los reajustes económicos, desarrollada en noviembre de 1960, y el paro nacional de noviembre de 1962, ambos convocados por la Central Unitaria de Trabajadores, la autora nos invita a volver a mirar los procesos de movilización social urbana que se dieron en las calles de Chile durante los años sesenta, ya que “lejos de ser un proceso de democratización ascendente consensuado entre trabajadores y el Estado [se trató de] una intensa lucha de clases”, que además no fue aislada, sino de carácter nacional. La lucha en las calles y por el derecho a la libre manifestación en los espacios públicos, fue un proceso en el que confluyeron pobladores de la ciudad, trabajadores, estudiantes, organizaciones sindicales y militantes de la izquierda, por lo que —señala la autora— estos procesos de amplia movilización social pusieron a la clase trabajadora como agente del cambio frente al proyecto de modernización capitalista. Por otra parte, Bravo nos invita a no perder de vista que estas movilizaciones populares funcionaron como espacios de socialización del dolor y la rabia ante la injusticia social y la represión pero, sobre todo, serían la base de continuidad de la protesta callejera chilena y contribuirían al mismo tiempo al surgimiento de nuevas formas de organización y de lucha en los años posteriores.

 

La prensa ha sido un escenario de discusiones intensas para la militancia de izquierda en la prensa, como lo demuestra el trabajo titulado “La guerra de las Malvinas: cuando un gobierno criminal abandera una causa justa. Análisis desde la prensa mexicana”, de Ana Laura Ramos, quien presenta un panorama de las diversas posturas que, en dos diarios mexicanos de circulación nacional, El Día y uno más uno, se publicaron el año 1981 sobre la aventura de recuperación de las Islas Malvinas por parte de la junta militar que por entonces sostenía una dictadura en Argentina. La autora muestra que en todos los casos las opiniones vertidas en la prensa reivindicaron el derecho argentino al territorio isleño, pero con diferentes posturas respecto a la forma de reclamar ese derecho y amplios debates sobre la pertinencia o no de apoyar al gobierno dictatorial. Paradójicamente, algunos países como Nicaragua y Cuba secundaron la causa porque la consideraron una bandera del antiimperialismo y el anticolonialismo en América Latina, además de que interpretaron el momento como una oportunidad para que Argentina se desmarcara de la política intervencionista de Estados Unidos. Por otra parte, son importantes las opiniones de intelectuales, grupos y organizaciones de izquierda mexicanos y de exiliados argentinos en México, quienes se debatieron entre el apoyo a la causa por considerarla justa, al ser una expresión soberana y antiimperialista, mientras que otros opinaron que la militar no era la vía más adecuada para dirimir el conflicto, sino los organismos internacionales, como la Organización de las Naciones Unidas; también hubo quienes consideraron pertinente apoyar con el envío de militares o solicitar el regreso a Argentina para ir a combatir en la guerra, así como críticos de la aventura de la junta, cuyo único propósito era ganar adeptos en un momento de profunda crisis y desprestigio, además de trasladar la atención de la opinión pública internacional sobre los crímenes que se habían cometido y continuaban cometiendo bajo su política dictatorial.

 

En otros trabajos de esta obra podemos observar la prolífica actividad de la prensa militante y la importancia que se dio en prácticamente todas las organizaciones a la producción de medios de comunicación impresos que funcionaban, al mismo tiempo, como respuesta a la gran prensa oficialista y como medio de difusión y discusión de las ideas, propuestas, análisis de la realidad y métodos de lucha de esas izquierdas. Por ejemplo, Patricia Pensado Leglise, en el capítulo “El pensamiento gramsciano y la izquierda heterodoxa: el caso del Movimiento de Acción Popular” explica cómo la lectura de las tesis de Gramsci dio sustento a la praxis política e intelectual de un grupo de militantes de la izquierda heterodoxa mexicana que, en su búsqueda de una alternativa al marxismo soviético y en su reflexión sobre la naturaleza del Estado mexicano, se replantearon el sentido y objetivos de la lucha revolucionaria e incluyeron en su análisis y en su praxis política los conceptos de igualdad social y democracia como opciones de transformación alternativas dentro del capitalismo. El grupo formado por Rolando Cordera, Arnaldo Córdova, Carlos Pereyra, Eleazar Morales, Pablo Pascual Moncayo, Luis Emilio Giménez Cacho, Erwin Stephan Otto, José Woldenberg, Raúl Trejo Delarbre, Rafael Galván y Raúl Álvarez Garín, entre otros, llevó a la praxis su propuesta política desarrollando una intensa actividad en solidaridad con movimientos obreros y campesinos, a los cuales apoyó mediante la redacción de proclamas, volantes y artículos en la Hoja Popular, así como a través de la prensa donde expuso y debatió sus postulados, con revistas como Política, Octubre, Solidaridad, La cultura en México, Punto Crítico y Cuadernos Políticos, y mediante la formación de organizaciones como el Movimiento de Acción Popular, el Consejo Sindical y en la lucha electoral dentro de los partidos de izquierda (PSUM, PMS y PRD). De esta manera, nos explica la autora: “La recepción de las ideas gramscianas” significó asumir a la política como una lucha por la democracia y por la reforma del Estado, contribuyendo “a crear las condiciones necesarias para acceder a condiciones más equitativas”. Resulta de interés repensar el papel de este grupo de intelectuales cuyas propuestas y acción política han sido protagónicas en la historia reciente de nuestro país. Al mismo tiempo, su lectura de la realidad mexicana y el reformismo como vía de transformación son un referente importante para comprender y analizar a las otras izquierdas del periodo con las cuales hubo coincidencias y diferencias fundamentales.

 

Esto lo podemos observar en el texto “La construcción de la identidad política de la Liga Comunista 23 de Septiembre (LC23S) a través de su publicación, el periódico Madera”, de Alejandro Peñaloza Torre, quien nos invita a mirar a las y los jóvenes que conformaron la LC23S ya no como víctimas o victimarios, sino como actores sociales que asumieron de manera consciente su papel en la transformación de la realidad mexicana a través de un proyecto de violencia revolucionaria como único medio de liberación de las clases oprimidas. En su análisis de los periódicos Madera, órgano de orientación política y propaganda de la LC23S, el investigador muestra los postulados que sostuvo esa organización a lo largo de toda su existencia, la cual no cambió a pesar de la represión, la discusión interna y con otras organizaciones, y las fracturas en su interior: “La idea de la vanguardia del proletariado, la violencia revolucionaria como método de transformación social y la creación del mismo periódico Madera como eje rector de toda su acción política y militar”. En la lectura de los textos de Lenin, los jóvenes de la Liga Comunista 23 de Septiembre identificaron la necesidad de construir la vanguardia del proletariado, al que ubicaron entre la clase obrera y el campesinado industrial, para dirigir la acción política hacia la transformación revolucionaria por medio de la confrontación directa con el Estado. La liga misma asumió su papel como vanguardia y con base en esas tesis denunció y criticó, como enemigos de clase, a todas las organizaciones que no estuvieron de acuerdo con su lectura de la realidad y formas de lucha, pues consideraban que el reformismo significaba en realidad colaboracionismo y constituía, por lo tanto, traición de clase, ya que el capitalismo desarrollado en México y el Estado posrevolucionario fueron producto de una imposición generadora de violencia estructural y permanente, por lo cual, consideraban, los medios pacíficos de lucha resultaban inoperantes.

 

Pero, como muestra Gerardo Necoechea, en su trabajo sobre El Martillo, hubo también grupos de izquierda que flexibilizaron sus posiciones. En el capítulo “Prensa de izquierda: desenmascarar la ideología, explicar la realidad”, el investigador presenta las ideas que definieron la propuesta política e ideológica del grupo que hizo posible, tras la formación del Comité de Defensa Popular en 1972, en la ciudad de Chihuahua, la publicación de El Martillo, un periódico militante cuyo propósito fue “analizar la estructura social mexicana para comprender los sucesos coyunturales sobre los que informaba”, exhibir y desenmascarar las ilusiones ideológicas que esparcía la burguesía acerca de la sociedad mexicana y, al mismo tiempo, “propagar la línea política correcta que guiara los enfrentamientos entre ‘las masas desposeídas’ y ‘los burgueses y su gobierno’”. El Martillo es un caso especial porque, aunque sus editores consideraban que el sujeto revolucionario principalmente lo constituía el proletariado industrial, no desdeñaban la lucha estudiantil y campesina; también apoyaron la rebelión obrera contra el sindicalismo antidemocrático y las huelgas de trabajadores, pues consideraron que todas las formas de lucha eran pertinentes, incluida la armada, siempre y cuando condujeran al socialismo. En ese sentido, el papel del periódico resultaba imprescindible como medio de politización y concientización de los desposeídos para que cobraran consciencia de su capacidad transformadora y llevaran a cabo su destino inevitable de acabar con el capitalismo y el Estado burgués.

 

Los trabajos de este libro nos llevan a preguntarnos por qué en la lectura de las organizaciones de izquierda de los años setenta del siglo pasado, se consideraba que las condiciones objetivas y subjetivas para la lucha revolucionaria ya estaban dadas. Contrariamente a lo que nos dice el discurso actual del derrotismo o peor aún, del “fin de la historia”, hubo un auge de movilizaciones obreras, sindicales y campesinas en las décadas de 1970 y 1980, que hicieron pensar a las distintas izquierdas que había posibilidades de hacer la revolución o lograr cambios importantes en la correlación de fuerzas dentro del Estado corporativo mexicano. Estas reflexiones nos llevan a otra: las izquierdas nunca actúan solas, siempre están dialogando o confrontándose con los grupos antagónicos pero, sobre todo, siempre están aprendiendo de su propia experiencia y discutiendo, conviviendo o solidarizándose con otras izquierdas. Así lo observamos en el artículo “Las organizaciones de izquierda en el Sindicato de los Trabajadores del Metro, en la Ciudad de México, 1970-1990”, de Gustavo López Laredo, quien nos comparte los resultados de su investigación sobre la lucha de más de dos décadas emprendida por las y los trabajadores del Sistema de Transporte Colectivo Metro de la Ciudad de México, desde la conformación oficial de su sindicato en 1970, a espaldas de los propios trabajadores, hasta los años noventa. Resulta de gran interés conocer el esfuerzo que realizaron las bases sindicales para revertir el carácter corporativista, corrupto y violento de control sindical desde sus primeros años de existencia —en un sindicato que prácticamente nació “charro”—, a través del despliegue de formas de lucha como el asambleísmo, la formación de brigadas, la publicación de prensa militante, la activación de la vida sindical y la relación del sindicato con otras agrupaciones de izquierda, ya sea obteniendo apoyo y orientación en su lucha o siendo los mismos trabajadores del Metro quienes acompañaron otros procesos de movilización y organización social. Destaca el autor cómo la experiencia de aquella generación de activistas, que se formó tempranamente en las movilizaciones estudiantiles y populares de 1968-1971, llegó años más tarde a otros espacios de organización, como los sindicatos. En el del Metro se puede apreciar que el esfuerzo estuvo dirigido principalmente a la democratización y autonomía del sindicato frente a las corporaciones y el partido oficial, así como a la organización horizontal y la dirigencia colectiva y democrática que les permitió recuperarse de la represión emprendida en su contra justamente para revertir su combatividad.

 

Por su parte, Edna Ovalle nos muestra la diversidad de factores que incidieron en la participación política de la juventud de izquierda de Monterrey. En el capítulo “Tránsito de militancias y el movimiento estudiantil en Monterrey a finales de los años sesenta (siglo XX)”, la autora pone especial atención en explicar el contexto y la forma en que distintas organizaciones políticas como el Partido Comunista Mexicano, la Liga Comunista Espartaco y grupos de cristianos progresistas ligados a la teología de la liberación, como la Obra Cultural Universitaria, incorporaron a muchos jóvenes no sin conflictos en torno al papel y tareas que éstos debían llevar a cabo dentro de la lucha revolucionaria. Ovalle da cuenta de los distintos movimientos sociales y las etapas del movimiento estudiantil que llevaron a la participación política de un gran número de jóvenes en escuelas públicas y privadas de Monterrey, en un proceso inédito de movilización de izquierda juvenil que respondía tanto a su preocupación por una realidad regional de enorme desigualdad social, una muy evidente distribución inequitativa de la riqueza, con marcadas diferencias entre la clase obrera y la patronal, como a la continua represión y estrategias antidemocráticas que empleaban el gobierno federal, el gobierno estatal y la iniciativa privada para contrarrestar la lucha social. Ovalle destaca que las escuelas funcionaron como espacios de formación en un contexto de amplia politización de izquierda en las instituciones de educación superior, donde procesos como la Guerra fría, la Revolución cubana, la Guerra de Vietnam, la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos y la contracultura, también impactaron en aquella generación. En este amplio trayecto, la autora destaca otros dos factores que influyeron en el declive de algunas organizaciones y en el tránsito de unas formas de lucha a otras, especialmente de la civil pacífica a la armada: el lugar secundario que tenía la juventud en organizaciones políticas como el Partido Comunista Mexicano y la Liga Comunista Espartaco, aunada a la falta de claridad ante los problemas del estudiantado y qué camino seguir ante el auge de movilizaciones sociales en Monterrey, así como la represión que funcionó como acicate para adoptar la decisión de enfrentar directamente el Estado mexicano por medio de las armas, al ver cerrados los caminos legales de participación.

 

En suma, a través del estudio de casos concretos, los trabajos de este libro también nos convocan a repensar qué significa “ser de izquierda” en el siglo XXI, cuando el mundo tiende a la derechización y al conservadurismo, y pareciera que los temas del debate ideológico que pusieron en la mesa los diferentes "ismos" de la era industrial han pasado al olvido. Afortunadamente, vemos en esta obra que no es así, que la discusión sigue siendo no sólo importante, sino necesaria para explicar el pasado y el devenir de las luchas sociales pero, sobre todo, para repensar el presente y nuestro porvenir.

 


* Dirección de Estudios Históricos-INAH.

 

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Gerardo Necoechea Gracia y José Romualdo Pantoja Reyes (coords.), La rebeldía en palabras y hechos. Historias desde la orilla izquierda latinoamericana en el siglo XX/, Buenos Aires, Clacso / ENAH / INAH, 2020 (formato PDF).

María Magdalena Pérez Alfaro

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