Travesías culturales

M. E. Aguirre, Pioneros de las ciencias y las artes. Travesías culturales entre la península itálica y la Nueva España, siglos XVI al XVIII, México, IISUE-UNAM, 2020.

Paulina Latapí Escalante*

 

La autora de la obra, la doctora Georgina María Esther Aguirre Lora, ha trabajado en dilucidar las diversas y complejas relaciones entre cultura, historia y educación, y lo ha hecho desde sus funciones como docente e investigadora en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha recibido varias distinciones internacionales y, en nuestro país, el Premio Universidad Nacional en el año 2011.

 

La obra que reseñamos está integrada por un “Prefacio”, escrito por María Guadalupe García Alcaraz; un “Postfacio” redactado por Carmen Betti, un apéndice de “Siglas y acrónimos”, las correspondientes “Referencias”, y cinco capítulos: “De historias y aventuras de un bresciano en el Nuevo Mundo. Giovanni Paoli y la primera imprenta mexicana (1539-1560)”; “Un lugar en Florencia para la cultura náhuatl. Bernardino de Sahagún y su Historia general de las cosas de la Nueva España (1558-1578)”; “El plus ultra como consigna. Eusebio Kino y la cartografía de las Californias (1683-1702)”; “De viajes, viajeros y otros embrollos. Gemelli Careri y su Giro del mondo (1693-1698)”, y “De pasiones e infortunios: las rutas ingeniosas de Lorenzo Boturini (1736-1749)”.

 

Cada capítulo presenta una composición que da unidad a la obra en su conjunto: un delicado “aperitivo” o “anzuelo” que relaciona al objeto de estudio con hechos actuales para ser fiel a la mirada de historiar desde y para el presente; el tratamiento del contexto histórico-cultural-social; rasgos de la vida y del desarrollo material, social, ideológico, espiritual, del sujeto histórico, siempre en relación con su contexto; exposición de entramados culturales establecidos entre la Nueva España y Europa con respecto al objeto de estudio y, finalmente, un cierre magistral del capítulo. Para abrir bocado, repárese en esta aseveración: “Lo que hoy se considera plagio, como tal, no existía en el siglo XVII” (p. 208).

 

Es de destacar la narrativa de la autora, en nada academicista, sino amable hacia el lector, mediante la cual consigue trenzar fuentes primarias —se disfruta el leer al biografiado— junto con fuentes secundarias (una acuciosa selección de lo que se ha indagado, a lo largo de siglos, sobre ellos). Una tercera enramada de la narrativa es la articulación, con el aparato crítico que en nada resulta pesado o molesto, pues juega magistralmente con las notas de pie de página. Se vale de Koselleck, Kocka, Burke, Bajtín, Dosse, entre muchos otros referentes de la historia cultural, a modo de sostenimiento, lo cual posibilita que ese entramado narrativo florezca con gran belleza —valga el símil de una enredadera en la que convergen varias plantas— en la cual se entretejen las cinco biografías intelectuales. Y son biografías intelectuales pues ese florecimiento es parte relevante de su participación en la construcción de la cultura. A saber:

 

Inscritos en el patrimonio cultural de cada grupo social, de todos los seres humanos, los libros contienen las más variadas historias, los más disímbolos destinos, las más fantásticas realidades. Es un hecho que todos ellos corren con distinta suerte: unos habitan cómodamente los libreros de alguna casa particular, de una librería, de una biblioteca, pero otros son devorados por el fuego, sofocados por el agua; otros más son perseguidos y anatemizados; unos más yacen muy lejos de su cultura, de su lugar de origen, y sobreviven resguardados, o bien, han ido de mano en mano, de corsario en corsario, de mercader en mercader, de coleccionista en coleccionista, posiblemente hasta llegar a nuestros días (p. 93).

 

La intención de la obra es expuesta llanamente: “No se le busca un lugar en el panteón de los hombres sobresalientes, sino se trata de comprender los procesos sociales y culturales en medio de los cuales produce su obra […] nos ayuda a entender el sentido de su vid. (pp. 137-138).

 

Como breve muestra de la importancia del libro en cuestión, valga detenerse en una parte, la correspondiente al tratamiento de Eusebio Kino, que comprende el capítulo tercero, en relación con las misiones jesuitas de frontera y con el establecimiento definitivo de “la California” no como isla sino como península. Se da cuenta, además, de sus obras cartográficas, de otras como cartas anuales, correspondencia personal, informes, bitácoras y peticiones dirigidas a las autoridades, todo lo cual constituyó valiosísimo recurso que aportó información sobre las regiones colonizadas. Recorrió, a pie y a caballo, alrededor de siete mil leguas (poco más de 30 000 kilómetros), prueba de su salud física, estabilidad emocional para soportar el aislamiento, la soledad y la dureza de las condiciones de vida en medio de las cuales trabajó como misionero y cartógrafo apoyado en fuentes primarias y métodos propios de la práctica científica de su tiempo, todo lo cual no logró anular las divergencias entre él y Sigüenza y Góngora. Hoy se diría —parafraseando a la autora— que Kino continúa sus travesías: su nombre deambula como nombre de vino de mesa, en calles, avenidas, hoteles, farmacias, ferreterías, talleres mecánicos, timbres postales, esculturas, escuelas, bibliotecas, museos e, incluso, en una universidad. Y en vida escribió Kino en vez de Chino, la escritura original de su apellido, que remitía al país asiático y, en México, a los sirvientes. Como posar la mirada en flores que emergen en el entramado, Aguirre focaliza en algunas circunstancias que tejen las vidas de este y de los otros biografiados; a modo de ejemplo:

 

Después de ocho años de prueba para que sus superiores dieran su consentimiento para enviarlo a las misiones, el comunicado llegó simultáneamente para él y para Antonio Kerschpamer, para México y Filipinas, decisión que ellos habrían de dilucidar: escribieron el nombre de cada lugar en un trozo de papel y lo dejaron a la suerte. ¡A Kino le tocó México! (pp. 154-155).

 

De lo expuesto se puede dilucidar que lectores o lectoras, expertos o neófitos en temas de historia, podrán deleitarse con una prosa experta, pero accesible y bella; reflexionar sobre los entramados culturales italianos-novohispanos que configuraron y configuran el México de hoy; actualizarse en torno a la manera de hacer historiografía, desde el enfoque de la historia cultural, donde no se trata de ensalzar figuras sino de comprenderlas en su tiempo y espacio; acercarse a los biografiados, según sus propias letras y otras producciones, pero también por las voces de quienes los han estudiado para construir su propia opinión. Para ello la autora interpelará al lector y lectora con preguntas que confluyen en este entreveramiento seductor como cuando aborda la obra de Sahagún: “¿Pero qué más hay detrás de todo esto? ¿Cómo se explica un obsequio de tales dimensiones, perseguido y confiscado apenas el año anterior por el mismo monarca que, pocos meses después, lo regala como un objeto muy preciado?” (p. 129). Y así, esta obra, pensada durante muchos años en ires y venires dialógicos con colegas de diversas latitudes, investigada y escrita durante otros tantos años, ahora, con seguridad, proseguirá sus propias travesías siendo leída por muchos y durante muchos años más.

 


* Universidad Autónoma de Querétaro.

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M. E. Aguirre, Pioneros de las ciencias y las artes. Travesías culturales entre la península itálica y la Nueva España, siglos XVI al XVIII, México, IISUE-UNAM, 2020.

Paulina Latapí Escalante

 

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