Las formas de mirar: el análisis histórico visual

Susana Rodríguez Aguilar, La mirada crítica del fotoperiodista Pedro Valtierra, México Universidad Autónoma de Nuevo León, 2019.

Rebeca Monroy Nasr*

 

Susana Rodríguez Aguilar siempre me sorprende, no puedo dejar de leerla cada vez que se dedica a analizar las fotografías de Pedro Valtierra, es un mundo nuevo. Ella lo ha dicho: lleva más de diez mil imágenes del fotoperiodista trabajadas bajo la lupa de un análisis visual, las cuales recuperó de las páginas de diversos diarios y las estudió contextualizándolas en el periodismo y revisando el aspecto cuantitativo y cualitativo de su obra.

 

Es así que Susana Rodríguez analiza con gran profundidad la labor de Pedro Valtierra en el periodismo y el fotodiarismo —primero lo hizo en la maestría y luego en el doctorado—, con una mirada de largo aliento, desde el aspecto documental histórico y estético. Esta visión fotohistórica, dialéctica y metodológicamente hablando —desde la historia social, la historia cultural y la historia del periodismo mexicano—, le permitió a la investigadora crear un método de análisis muy propio, sujeto a una visualización de las imágenes y a un conteo, una por una, de lo que contenía. Algún día la escuché decir que ella sí sabía cuántos perros había en las fotos publicadas de Pedro Valtierra, y es cierto, “ni Pedro creo que lo sepa”, aseguraba, pero ella sí. Así las cosas, el análisis que nos propone en este libro trata, justamente, de una biografía laboral y política del fotorreportero y su obra. De las imágenes y de sus propios contextos y, por ello, cada historia tiene una fuerza indicial muy profunda e inequívoca.

 

Y es que debemos reconocer que, en el caso de este libro, estamos hablando de dos autores: la que analiza la imagen con una visión crítica y al creador de esas obras de gran alcance social y cultural. La autora nos permite ver el contexto en diacronía y sincronía del trabajo del fotógrafo, al conocer cómo se inició de niño en aquellos campos zacatecanos, de sus diferentes labores y oficios, de su ambición por mejorar y con ello sacar adelante a toda su familia en una lucha cotidiana, su necesidad de formarse escolarmente y pasar por un Colegio de Ciencias y Humanidades y luego arribar a las aulas universitarias, para encontrar su verdadera vocación.

 

Empezar como bolero en Los Pinos y seguir como ayudante de fotógrafo en el cuarto oscuro con uno de los más destacados maestros de la fotografía de mediados del siglo pasado, ahora olvidado y dejado en el abandono histórico, el “Chino” Agustín Pérez, sin salario, como solía pasar en la vida empírica de nuestros fotógrafos de prensa. Todo ello deja ver lo que ha sucedido por años en los diarios nacionales, que el mismo Valtierra conoció bien por trabajar en la entraña de la presidencia, en donde las imágenes eran absolutamente alineadas al régimen en turno, sin el menor asomo de crítica permitida.

 

La historia de Valtierra es de crecimiento continuo, al encontrar su vocación a partir de la práctica, de la refriega diaria y —para suerte del fotoperiodismo nacional— se conjugaron varios factores, como lo muestra Susana Rodríguez, que dio paso a una coyuntura en los medios nacionales con la creación de periódicos más democráticos y aperturistas que buscaban mostrar esa otra “verdad” escondida, disimulada, desvanecida por el poder. Y ahí encajó perfecto la creatividad estética de Pedro Valtierra, con la necesidad de imágenes más duras, crudas, implacables, que cuestionaran el estado de cosas del momento. Así lo reporta la autora de este libro, al mostrarnos cómo pasó del diario El Sol de México, a encontrarse con la ruptura que Julio Scherer tuvo con Echeverría en el diario Excélsior, y la creación de la revista Proceso (6 de noviembre de 1976) y del diario uno más uno, con Manuel Becerra Acosta (14 de noviembre de 1977).

 

Esa coyuntura fue la puerta que abrió nuevas fuentes de trabajo, creativas y cuestionadoras, con plumas críticas para los reportajes, crónicas e informaciones, y miradas agudas con fotógrafos experimentados como Héctor García, Lázaro Blanco, Nacho López, a donde se adhirieron los jóvenes con una mirada fresca e innovadora, de largo alcance, con imágenes irredentas, críticas, detonadoras, pletóricas de una estética modernizadora que John Mraz ha llamado el “nuevo fotoperiodismo mexicano”, que, por supuesto, incluye al diario La Jornada, donde nuestro personaje tuvo una labor sustancial en defensa del oficio del fotógrafo, de los derecho autorales, de los créditos a los realizadores, con injerencia en la elección y selección, entre muchas otras tareas que permitieron que Valtierra, junto con Christa Cowrie, Marco Antonio Cruz, Frida Hartz, Elsa Medina, Antonio Turok y, más tarde, Eniac Martínez, Francisco Mata, Carlos Cisneros, entre muchos otros que estuvieron por ahí, le dieran un giro inspirador y disruptivo a la fotografía del diarismo nacional.

 

Y ahí la mirada de la investigadora converge con la del fotoautor, ahí es donde se encuentran en el mundo del periodismo, porque Susana Rodríguez también fue reportera, por eso ha tramado —en el sentido literal de la trama y la urdimbre— este trabajo con tanto ahínco y profundidad, porque conoce el oficio desde la entraña misma de la redacción, de la configuración y edición, de la refriega diaria del trabajo bajo presión. Porque sabe entrevistar, analizar, sintetizar, sólo que ahora lo documenta con las formas y las metodologías que usa el historiador(a); se puede advertir la presencia del oficio de la reportera que consigue la información. En su libro podemos advertir los dos oficios que ejerce la autora con gran capacidad.

 

Gracias a ello, Rodríguez elige las imágenes con gran certeza, porque conoce los contextos de cada una, los generales y los particulares, y lo armoniza con su narración fluida. Ella aprendió el oficio de redactar, de aprender, de corretear a sus sujetos, pero lo hace ahora con la mirada y la pluma del método analítico del historiador, porque convergen ambas profesiones, porque no se contraponen, porque la una ha nutrido a la otra, porque es justo la crónica de los hechos documentados, justo el impasse del análisis lo que le confiere ahora su carácter de historiadora con la pluma o la tecla ágil de la reportera. Su trabajo es valioso por ello, porque dispara duro y al cráneo, porque no se anda por las ramas, porque devela secretos, revela situaciones, sabe preguntar e inquirir donde otros no, por ello logra meterse y sumergirse en la información de la historia reciente, para sacar lo más preclaro de ella.

 

Así es Susana Rodríguez, la que era reportera, la ahora doctora en Historia, así ha sido su impulso vital que se reúne con el del doctor Valtierra, para mostrar que la fotografía tiene funciones críticas, funciones documentales y estéticas que sobreviven a la distancia del evento y se convierten en un elemento icónico, en un paradigma de situaciones o momentos relevantes de nuestra historia.

 

En el libro de Susana Rodríguez las descripciones de las imágenes cobran vida en sus apartados: “Primer plano” y “Segundo plano”, son los ajustes de las imágenes que va recorriendo la autora en un sistema de zonas temáticas, no sólo cronológicas. Y en ello radica su gran valor, porque nos dota de un sentido desde el elemento cuantitativo de las imágenes para arribar a su elocuencia. Sus primeros planos son los primeros momentos de Pedro Valtierra en el diario El Sol de México hasta el momento que se irá al diario uno más uno. Después veremos su intenso, claro y definitorio trabajo en La Jornada, sus definiciones con la imagen, el uso ideológico de las lentes en sus encuadres, composiciones, las puestas en escena en los momentos álgidos de los tiros, de las contiendas. Los traslados de la cámara cuando está al ras del suelo, cuando toma picadas y las contrapicadas que tanto gusta de realizar desde el ángulo superior de la escena. Ahí, en esas descripciones que realiza Rodríguez, vamos conociendo cómo el autor de Las mujeres de X’oyep realizó las coberturas con una cámara que todo lo veía, que predefinía, previsualizaba y analizaba la escena en fracciones de segundo, como lo dijera Nacho López.

 

En todo ello encontramos el estilo muy personal de fotografiar, aunque en la época se usaba con gran fortuna el gran angular, algunos trabajaban la telefoto o incluso eventualmente la lente normal. Con películas de sensibilidad 100 a 400 ASA, a veces forzadas o sobrexpuestas para responder a las circunstancias lumínicas, todo ello fue configurando la gramática visual “valterriana”, que a su vez analiza Susana Rodríguez con su ojo crítico y agudo.

 

Por ello, insisto, aquí se concentra la obra de dos fuerzas, la mirada crítica del fotoperiodista Pedro Valtierra y la crítica mirada de la fotohistoriadora. Imposible soltar ambas miradas, pues la colección de imágenes que tenemos en este libro es cuantiosa y maravillosa, además de observarlas en su propio contexto editorial. Este libro nos explica cómo y por qué el trabajo del fotógrafo zacatecano ha tenido tan fuerte impulso y su fuerza icónica perdura a través de los años.

 

Sus imágenes, que en su momento trascendieron las páginas de los diarios, que llegaron al acervo del Consejo Mexicano de Fotografía, formaron parte de las Bienales de Fotografía, del grupo de los Fotógrafos Unidos. A la agencia Imagenlatina, a la vida extraordinaria de la revista y de la agencia Cuartoscuro, de los libros iniciales como El poder de la imagen y la imagen del poder, a recibir el Premio Príncipe de Asturias con su detonadora imagen de las mujeres de X’oyep; entre muchos otros premios y reconocimientos que ha tenido Pedro Valtierra. Justo porque ha sido consistente consigo mismo, porque ha sido un fotógrafo honesto y valiente, porque su cámara ha captado a las diversas fuerzas de izquierda con un claro posicionamiento desde la visualidad, que conforma parte de la historia gráfica de los movimientos sociales, de las fuerzas de resistencia, de las madres de los desaparecidos, de los sindicatos independientes, de los encontronazos en la marchas, de los homosexuales, la lucha en favor del aborto, además de las fotografías irredentas de los presidentes, los gabinetes y todos los entes que el priismo nos regalaba y que pocos se había atrevido a tocar y retratar desde la oposición al poder. ¡Qué falta nos hacían esas imágenes irredentas, locuaces, con profundas miradas de autor!

 

Todos estos materiales fotográficos elegidos por la autora del libro, con base en un universo de 2 875 imágenes, nos dejan ver el trabajo del fotoperiodista en la esfera de lo nacional, lo internacional y sustrae los discursos de la gramática visual que Pedro Valtierra ha realizado. Un discurso que en la era de los contagios algunos buscábamos, encontrábamos, repetíamos, pero que fueron expandiéndose por suerte para el fotoperiodismo y el diarismo, para la fotografía en general de ese último tercio del siglo XX, de la foto química, la foto analógica, la fotografía de negativo sobre plata con gelatina. El embrague con la fotografía digital, que ha facilitado algunos de los procesos que venían desarrollando los fotógrafos con grandes dificultades para sus envíos a las diversas fuentes, con el complejo hecho de tener que revelar, fijar e imprimir las imágenes en el baño del hotel para su envío, como los antiguos faxes o máquinas primarias, usadas para facilitar la publicación. Otros tiempos de una lentitud impensable, cuando se tenía que confiar en algún desconocido para que trajera el rollo original de algún lugar del país a la Ciudad de México, hubo robos, hubo pérdidas, hubo de todo, pero así era esa época. Impensable todo ello ahora en la era de las redes, el internet, el Whatsapp, el Instagram, entre otras, con sus velocidades de microsegundos.

 

Este libro es un acercamiento importante a la obra de Pedro Valtierra, que se vincula a las otras historias que se han trabajado de Valtierra y que nos abren, indudablemente, la visión de un mundo que nadie pensaba que fuese tan importante. Los trabajos de Alberto del Castillo y Mónica Morales dan cuenta de ello, además de otras biografías laborales que lo han abordado. Pero ésta se suma con una metodología de análisis muy particular que abordó, con mayor énfasis, en su tesis doctoral.[1]

 

Hubo alguna vez quien me cuestionó duramente que la hemerografía fuese fuente de primera mano, hoy es contundente e innegable que sí lo es, que nos dota de sentido, de identidad, de un pasado reciente con vida, de saber las razones y los contextos; porque al leer este libro y recordar todas estas historias vividas, tenemos las certezas del horror que vivimos en la mentira, la corrupción, las guerras internas y externas, los dictadores, las trampas, las mentiras, la corrupción despiadada, la persecución, la negación, la injusticia, aunado a la sensación de impotencia, dolor, coraje, son muchas emociones que también se comparten como la alegría, el reencuentro, la posibilidad de disfrute o de desconcierto, eso nos lo permite Susana Rodríguez con su nuevo libro gracias a la obra de Pedro Valtierra, porque lo único importante ahora es recordar lo que hemos sido, evitar repetir los errores, ya que para eso sirve la historia; y con imágenes, la nitidez de ese pasado es todavía mayor.

 


* Dirección de Estudios Históricos-INAH.

[1] Parte de la bibliografía reciente que enriquece el análisis de la obra en torno a Pedro Valtierra: Alberto del Castillo, Mónica Morales, Pedro Valtierra Castillo, Pedro Valtierra. Mirada y testimonio, México, UNAM / FCE / Cuartoscuro, 2012; Alberto del Castillo, Las mujeres de X’oyep. La historia detrás de la fotografía, México, Conaculta, 2013; Mónica Morales, “Nicaragua 1979. La mirada de Pedro Valtierra. La cobertura fotoperiodística de la revolución sandinista en el diario unomásuno”, tesis doctoral, ENAH, 2014, inédita; Susana Rodríguez Aguilar, “Fotoperiodismo mexicano: el relato visual del diario La Jornada, una forma de historiar (1984-2000)”, tesis doctoral, FFyL-UNAM, 2018.

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Susana Rodríguez Aguilar, La mirada crítica del fotoperiodista Pedro Valtierra, México Universidad Autónoma de Nuevo León, 2019.

Rebeca Monroy Nasr

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