Desafíos post COVID: el cuerpo, lo público y lo común

Carlos San Juan Victoria*

 

Entrada

 

Lo que en noviembre de 2019 fue la noticia de un extraño virus que afectaba a la ciudad de Wu Han, algo lejano e improbable, después de un año es una experiencia que nos envuelve a todos, en el ámbito planetario. En marzo de 2020 el virus, de mucho menor dimensión que una célula, y que mide entre 100 y 120 nanómetros según dicen los que saben, ya estaba en las ciudades, y de junio a la fecha, se paseaba dentro de las casas. Nos enteramos en la piel de lo que es la muerte de conocidos, amigos o parientes, convivir con un contagiado a la puerta siguiente de la propia recámara, o acudir a funerales y rezos virtuales por los caídos.

 

Un trayecto donde la sombra espectral del nanoenemigo se vuelve un acontecimiento, una fuerza capaz de alterar la vida cotidiana, aunque lo haga en cámara lenta: irrumpen nuevas conductas y prohibiciones, el riesgo, el miedo y la soledad atizan emociones que atrapan y demuelen cuerpos y mentes; cae la economía y se hace difícil la vida y se expande la esperanza puesta en vacunas experimentales, en un ciclo que ya cumple un año ¿y se cierra? No todavía. La vacunación masiva en Europa se empata con una tercera ola y Francia se encierra de nuevo, esto lo escribo en abril de 2021.

 

Las notas que les presento a continuación parten de una inquietud vuelta preguntas: ¿cómo nos transforma la irrupción inesperada del COVID-19, su duro impacto en un presente hasta entonces acotado por los riesgos de crisis y de lucha de hegemonías a escala planetaria?, ¿qué trae su impacto, el trayecto de experiencias masivas donde la vida cotidiana y los escenarios de esas luchas fueron alteradas por la pandemia?, ¿qué luchas se libran en nuestros cuerpos y en la vida pública, anuncian más de lo mismo, un 30 % con opciones de vida plena y un 70 % en las duras existencias de la escasez, el dolor y el miedo?, ¿habitamos un mundo cada vez más regulado y orientado por grandes poderes, se debilitan las opciones de libertad, autonomía y expectativas por otros mundos posibles?

 

La interrogante no es ociosa. Siempre en el filo de las crisis; el orden global creado, de los años noventa a la fecha, trajo una inmensa transformación tecnológica, financiera, en las subjetividades y en las maneras de pensar. Es un tiempo con grandes actores asociados, los Estados y las megacorporaciones, que rediseñaron las formas de vivir y el avance mercantil sobre la vida toda. Desde su origen, cuando se desmontaba el Estado de bienestar en Inglaterra, se sembró una idea de permanencia infinita: no hay alternativa, “there is no alternative”, diría Margaret Thatcher, es este orden o el caos.

 

La idea que sustenta estas notas es que la pandemia del COVID-19 se inscribe en dos grandes tendencias que recorren a este orden: cómo aprovechar el miedo, el trabajo en casa, las nuevas reglamentaciones, el avance de la robotización y de la inteligencia artificial para dar un gran paso profundizando el mismo orden. Y la otra gran tendencia se alimenta de muy diversas expresiones, en ocasiones perdidas en los márgenes, que desactivan varios de sus fundamentos materiales y simbólicos, e intentan abrir brecha a otro modo de organizar la convivencia humana.

 

Intuyo que la pandemia, a paso lento, generó una experiencia totalizadora, capaz de igualar a los muy desiguales y diversos, que cimbra los fundamentos del Yo y de la comunidad y que, por ello, es un “quebranto ontológico” —como diría Armando Bartra—, hizo que un orden ya consolidado mostrara sus fisuras profundas y, a la vez, movilizara emociones y pensamientos por caminos tan bifurcados como, por ejemplo, buscar protección y seguridad a cualquier precio, o bien, ensayar nuevas formas de vivir, arriesgadas e inciertas, con uno mismo y con los demás. Así, el presente que vivimos, un fluir que puede parecer repetitivo, muestra una condición oculta que, cuando aflora, nos angustia: su condición de un campo de lucha permanente, en nuestros cuerpos individuales y en el gran cuerpo social, donde siempre están en juego muchas posibilidades, unas con poderes materiales y simbólicos acumulados, otras con la potencia, en ocasiones, de la esperanza.

 

Cuerpos

 

A diferencia de un terremoto o de las grandes oleadas sociales, el COVID-19 es un “acontecimiento” frío. Para la mayoría de las personas provoca alteraciones del transcurrir cotidiano, pero procede a cuentagotas y por acumulación gradual hasta que advertimos que ya afectó partes sustantivas de nuestras vidas y que está ocurriendo a todos. De ahí que su registro requiera de la paciencia del etnógrafo que toma nota, del cronista que se detiene moroso en un instante, del historiador en búsqueda de las huellas indiciarias o del literato que recupere la vida íntima y social del momento.

 

En junio de 2020, y en este proceso de adaptación a la “nueva normalidad”, la Cátedra Monsiváis del Instituto Nacional de Antropología e Historia decidió realizar el Concurso Nacional de Crónica “Una multitud de soledades: crónicas sobre la pandemia”, bajo la sospecha de que estábamos recorriendo una experiencia que será histórica y que requería de un registro en caliente y en campo. Nos llegaron 109 testimonios de todas partes del país. Cito muy breves fragmentos de tres crónicas para sugerir ese transcurrir del “acontecimiento” frío que es la pandemia.

 

Dice Aldo Rodríguez, un joven habitante del oriente de la Ciudad de México:

 

Aun así Alberto recorre las calles de la ciudad con mirada incompleta. Lo que falta no es imagen, no es paisaje. Cualquier fin de semana que hubiera caído antes o después de un día de asueto, las calles podrían lucir de forma similar, pero esta vez el sentimiento no es el de libertad, el de apoderarse y hacer suya una ciudad vacía porque las familias han salido de paseo a la playa; esta vez se siente dentro de una burbuja invisible pero densa. Celda sin rejas cuyos celadores son carteles pegados en paredes y postes que recuerdan lo fácil que es morir por el solo hecho de respirar.

 

Ya entrenado en la nueva normalidad del encierro, Edgar Jiménez, joven norteño avecindado en la Ciudad de México, que en silla de ruedas organiza proyectos colectivos de artistas con alguna minusvalía, resume su noción del coronavirus:

 

Y mientras son peras o nísperos, el coronavirus también es el claustro. La mascarilla. El insomnio. El gel antibacterial. La depresión. Los guantes de plástico. La angustia. El atomizador con agua clorada. La incertidumbre. Es la fatiga. La ansiedad. La sensación del cuerpo cortado. El aburrimiento. El dolor de cabeza. Es la irritabilidad. La diarrea. El aislamiento. El cansancio. El miedo. La fiebre. El distanciamiento social. Es una pesada bota pisando sobre tu pecho. Es toda la antigua cotidianidad en pausa a nivel mundial. Quien no haya padecido una sola cosa de las mencionadas, ¡que venga y tire la primera piedra! Es más, ¡que venga y me tosa en la cara!… Cof cof, ¿quién es?

 

Joseph Kreus Sánchez, un joven poblano, hace palpable al espectro que nos habita, como irritación, sospecha, riesgo que anda suelto, miedo e insomnio, y que de golpe se convierte en un mordisco al alma cuando amenaza de muerte inminente a alguien querido, por ejemplo, a un hermano:

 

Tu celular registró la fecha y hora. 11 de julio de este terrible 2020. Una cuarenta y siete minutos de la madrugada. El breve texto: “me ingreso al hospital por problemas respiratorios”. Cuarenta y dos caracteres que marcarían el parteaguas de su vida.

[20:48, 16/7/2020]: me dieron informes, está saturando en 80, su ritmo cardíaco va bien, que no ha tenido fiebre ni nada, que ya casi no se esfuerza. Me dice que su recuperación va lenta, Que si sigue subiendo igual entre lunes y miércoles le den de alta.

[19:25, 17/7/2020]: me acaban de dar informes y me comentan que bajó a 70 su oxigenación.

[19:27, 17/7/2020]: te voy a pasar un número de teléfono que tiene, por si gustas mandarle mensaje. Sólo recibe mensaje de texto. Si puedes por favor escríbele (en la madre, no mejora).

[20:50, 17/7/2020]: me acaban de hablar del hospital que le van a cambiar de tratamiento.

¡Lo van a intubar!

(Estas palabras nunca, pero nunca esperaste leer. Tuviste miedo, pero había que ser optimista, valió madre —pensaste).

 

Cuando el nanoespectro COVID-19 adquiere forma, aunque llevemos meses expuestos a la lotería del contagio, se tambalean o de plano se derrumban las diversas capas de inmunidad mental, física, de creencias en las que nos amurallamos. El cuerpo siente el miedo o la angustia, un instante prodigioso donde se toca el vacío y se abren paso deseos incontenibles de lograr otra vez la inmunidad ante el espectro, a cualquier precio y con total obediencia a lo que se prescriba. La experiencia desnuda de la que habla Armando Bartra puede llevar a restaurar la seguridad perdida.

 

Es en ese contexto donde adquiere mucha relevancia el testimonio que nos dejó Ricardo Melgar, amigo, historiador peruano —mexicano, fértil investigador de la historia de las izquierdas latinoamericanas y maestro querido de la Escuela Nacional de Antropología e Historia. En la revista La Corriente (revista de política y cultura, núm. 1, Lima, p. 4-12) se publicó su texto “‘Me falta el aire’ Testimonio de vivir y sobrevivir al COVID-19”, donde narra sus reacciones ante la presencia innegable del virus para un hombre ya con problemas pulmonares previos y de otra índole. Con profundo respeto les transcribo algunos fragmentos de su texto, pues me parecen de un gran valor, que se debe conocer, reflexionar y compartirse.

 

Respirar para los seres humanos es sinónimo de vida, nos lo recuerdan los miles de pacientes contagiados con COVID-19 que se quejaban de falta de aire [y más adelante relata su reacción ante los primeros indicios de esa falta de aire, en un tiempo quebrado por la angustia:] Tiempo en que los “demonios interiores” se desbocaron según las horas y los días, algunos preanunciando que el final está al cierre del día o del fin de semana. La asfixia atiza a la ansiedad y ésta, a su vez, la incrementa. No poder respirar en sus diversos grados es real, pero si es elevada la angustia se complica el cuadro.

 

Y en esa circunstancia, donde la desesperación o el quebranto incitan a quedarse congelado o a doblarse, Ricardo Melgar inició otra ruta. Presento fragmentos importantes para esta plática:

 

Con el COVID-19 uno se descubre otro y, por ende, aprendí y aprendo a explorar mi cuerpo de otra manera. El cuerpo habla y debo aprender a escucharlo e interpretar sus señales entre aciertos y yerros. Por ejemplo, que la temperatura corporal no se mide sólo con el “termómetro” sino palpándome y distinguiendo las zonas frías de las calientes.

[…]

Me queda muy claro que no debo delegar mi presunta “cura” en los especialistas y los servicios clínicos. Por consiguiente, atiendo yo mismo mis propias averías, pero no basta. En esa dirección he tejido y cultivado mi propia red de sanación, idea fecunda, mucho más las prácticas que de ella se desprenden. Gracias a Fermín, el neumólogo que atiende mis crisis y a cuatro terapeutas sigo existiendo.

[…]

En esta batalla por la vida no basta la medicación ni los cuidados higienistas y de sana distancia, ya que cuenta mucho tu fuerza interior, tu élan vital que se nutre de tus más profundos deseos, pero también de las buenas vibras emocionales de tu entorno, de tus vínculos sociales.

[…]

El centro de mi batalla giró en torno a mi mundo interior. Tenía claro que, si el tono de vida se cae, el sistema inmunológico se derrumba. Y por ello, brego por mantenerlo en alto, al tiempo que animo a quienes se abaten.

[…]

En general, la experiencia me prueba que el proceso del COVID-19 es inevitablemente relacional, es decir, entre yo y los otros, unos muy cercanos, otros no tanto, pero todos involucrados en un campo emocional de alta significación. Sentirte en los otros tiene amalgamados varios sentidos: te ves diferente en los espejos y te miran distinto de manera directa o a través de las imágenes digitales.

[…]

La principal certeza es que me he reinventado con la pandemia. Soy de este mundo que no deseo naturalizar. Soy hechura de sus transfiguradas relaciones en tiempos de la pandemia. Soy uno y muchos.

 

Hasta aquí las palabras de Ricardo Melgar, quien murió el 10 de agosto de 2020 en una lucha, según sus palabras, por vivir y sobrevivir que le alargó su estancia en esta tierra. Sugiero, de manera breve, algunos rasgos de este combate por la vida de enorme trascendencia, pues ocurre en una atmósfera opresiva de miedo y angustia, en sociedades donde ya se producen subjetividades subordinadas a la técnica y a los poderes asociados. Ante la muerte, el cuerpo, su condición gregaria y social, los estados de ánimo y la mente se convierten en el teatro de la batalla por la vida. Las sucesivas apropiaciones del propio padecer que, de manera incierta y arriesgada, abren un camino propio, inician con un cambio sustantivo: aprender a escuchar el cuerpo, el mudo esclavo de la mente y de sus deseos, y con ello la decisión de crear “la propia red de sanación” que, en condiciones de heteronomía, de subordinación creciente hacia los dictados de corporaciones y gobiernos, es un supremo acto de libertad, construir bases propias y autónomas que combinan saberes y especialidades. La proximidad de la muerte, en lugar del retiro, la soledad y el silencio, logra una apertura hacia las relaciones sociales que nos nutren, sin que por ello se niegue que la muerte, sin excepción alguna, es una cita rigurosamente a solas, y que ese último y gran acontecimiento de la vida puede ser un soplo de libertad.

 

COVID-19 nos hizo iguales en una experiencia donde la lista de los intocables de toda jerarquía social, los Slim de cada espacio, son tocados, igual que el más miserable, el que vive en la orilla. Y con ello, a la vez de hacernos sentir la pertenencia a una comunidad de frágiles y dolientes, introduce en sociedades pragmáticas, cínicas, de culturas del descarte a personas o poblaciones consideradas innecesarias, un poderoso aliento ético. Hay que cuidar a todos los iguales, como bien señalaba Armando Bartra. Agrego que a la sombra de COVID- 19 se juega también la construcción de las subjetividades, mentes y cuerpos dispuestos a aceptar cuotas crecientes de heteronomía para calmar el deseo de certidumbre y de sentirse otra vez inmune al riesgo, o bien el viejo reto de renacer en libertad, de tomar en las manos las opciones propias y reconstruirse como ser social.

 

Lo público y lo privado

 

A lo largo de los meses de 2020, la enfermedad COVID-19 se instaló no sólo en los cuerpos de las personas y en las calles, sino también en el gran cuerpo social de la globalidad y de las naciones, así como en las conversaciones públicas. Su irrupción sorpresiva se inscribió en tendencias previas del orden neoliberal, que para está plática, se concentran en un modo de gestión de las instituciones y coberturas de la salud y, por otra parte, en una necesidad sistémica para afrontar riesgos y conflictos a través de mayores controles y vigilancias sobre el conjunto de la sociedad. COVID-19, en su lento caminar como “acontecimiento” frío generó, al menos, dos grandes desafíos en la esfera pública gubernamental: la capacidad del orden neoliberal para afrontar una crisis de salud y, además, si en condiciones de pandemia global, una situación de excepción con medidas excepcionales, podría surgir una gobernabilidad democrática y solidaria para hacerle frente, para asumirla como tarea común del mundo y de las naciones. El ámbito de lo público se engrosó no sólo como opinión sobre actos públicos que intervienen en la vida privada, sino como gobernabilidad sobre los cuerpos en condiciones de urgencia pandémica.

 

Las claves de la gestión neoliberal de la salud

 

 El orden social establecido después de la caída del muro de Berlín, entre sus muchos rasgos tiene el de una creciente asociación entre los gobiernos y las megacorporaciones con dos propósitos relevantes: privatizar los bienes públicos y comunes (empresas y presupuestos estatales, agua, tierra, biodiversidad) y privatizar al mismo Estado, que interioriza valores y objetivos en la lógica de empresa privada. Ambos propósitos requieren inmunizar al Estado y a la política de la participación y la presión popular. De ahí que una corriente crítica de la política neoliberal asegure que se abrió el tiempo de la posdemocracia, el asalto por poderes oligárquicos y de interés, de las instituciones republicanas.

 

Su oferta de eficiencia, seguridad y bienestar mostró, sin embargo, serias deficiencias y rezagos cuando despegó con fuerza el contagio comunitario y las cifras de muertos creció de manera exponencial. La difusión de las imágenes de la reina de las ciudades del mundo occidental, Nueva York, con los enfermos puestos en la calle y los hospitales abarrotados avisó que el nanoespectro había encontrado un flanco débil en las murallas de los países más avanzados de Occidente: los sistemas de salud. Y con ello algo crujió en el modo neoliberal de gestionar la salud, donde los recursos públicos se orientan a fortalecer el sistema privado de salud mientras que las instituciones estatales se descuidan y erosionan, La única alternativa resultó frágil y porosa.

 

En esas condiciones globales, México en 2018, según informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, combinaba los graves rezagos del sistema público de salud con el deterioro de los cuerpos de la población debido a enfermedades relacionadas con la pésima alimentación; tenía la segunda más baja esperanza de vida al nacer, la sociedad de nuestro país era la cuarta más alta en muertes evitables, segundo en obesidad y se colocaba a la cabeza en mortalidad infantil y prevalencia de diabetes; por su parte, nuestro sistema de salud tenía la cobertura básica de servicios de salud más baja, las menores inversiones públicas, el gasto per cápita más bajo, el número de médicos y enfermeras por mil habitantes se encontraba entre los cinco más bajos, el de enfermeras por mil habitantes era el más bajo y el número de camas de hospital por mil habitantes era el cuarto más bajo de los países que conforman el organismo ya mencionado.

 

En 2019, México intentó reorganizar el modo de relación entre lo público gubernamental y lo privado, fruto, según el discurso que ganó en las elecciones de 2018, de la corrupción derivada de la asociación entre políticos y círculos precisos de grandes empresarios. Antes de que estallara la pandemia, cambió el modo de relación entre la salud pública y la privada. Se abandonó el principio de asociación entre los entes públicos y privados orientada a la privatización y los presupuestos se orientaron a rehabilitar y expandir a la salud pública y a formar y contratar médicos y enfermeras para ampliar la cobertura de atención a la mayoría de la población. Esta decisión se estaba aplicando en diferentes áreas del Estado, desde las energéticas hasta los diversos mercados del sector público, copados por ese modo de relación que había cristalizado luego del sexenio de Carlos Salinas (1989-1994), de subsidiar con recursos públicos las grandes corporaciones privadas asociadas a políticos. Las dos claves de la gestión neoliberal, privatizar los servicios públicos y fomentar a los entes privados del capitalismo de compadres, quedaron congeladas; sufrieron, mínimo, un fuerte cortocircuito.

 

Esta medida se acompañó, además, por criterios de justicia social; la reconstrucción de lo público estatal se orienta hacia la atención de la gran mayoría de la población, y que en el caso del sistema de salud pública significó el restablecimiento de las redes rurales y urbanas de atención popular —bastante dañadas—, el servicio gratuito asociado al derecho efectivo a la salud y que luego, con las vacunas, se refrendó. La reconstrucción del sistema de salud se inscribe, entonces, en un intento serio por avanzar hacia el Estado de bienestar, el cual reconoce como su brújula la situación de enorme desigualdad que priva, la pandemia propició una radiografía del país donde surgieron las dimensiones del maltrato a los cuerpos por las industrias alimentarias, las condiciones indignas de trabajo, la desigualdad en los ingresos, los pésimos hábitos alimenticios copados por la propaganda comercial. Para combatir a la pandemia, desde esa óptica, habría que avanzar en varios frentes. Y con ello, un asunto excluido de los valores empresariales y del logro del éxito material a toda costa: la ética pública regresa a la escena. ¿A quiénes darles prioridad en medio de recursos escasos y poblaciones extensas y muy desiguales? Cuando surgen las primeras vacunas y la posibilidad de iniciar campañas masivas de atención, la decisión de empezar con los más marginales, con los adultos mayores y con el personal de salud provoca un saludable debate sobre el sentido del servicio público.

 

Vigilar y castigar para inmunizar

 

La experiencia pandémica ocurrió, y ocurre, inscrita en tendencias previas. Una fue la intervención de los Estados y los grandes corporativos en la vida privada de las personas a través de la recolección de datos en internet y el espionaje; una forma de autoritarismo cibernético dispuesto a modelar conductas y valores. Gracias a Edward Snowden, el mundo se enteró en 2013, que dos grandes programas de agencias del gobierno estadounidense, el PRISM y el XKeyscor se dedicaban a espiar a gobernantes y a ciudadanos de todo el mundo. Y el escándalo de Cambridge Analitics, empresa dedicada a hacer perfiles y generar propaganda específica para influir en las elecciones, dejó al descubierto que lo mismo hacían los gigantes privados Google y Facebook en un naciente y próspero mercado de datos. Las preocupaciones hacia un Big Brother que vigila es tan fuerte que Estados Unidos se declara muy preocupado, pues la tecnología comunicativa 5G, los refrigeradores con inteligencia artificial para prever las necesidades de abasto de su dueño, los celulares y los automóviles, toda la oferta innovadora actual de China, dicen, deben ser saboteada en el mundo global pues recaban información de usuarios y contextos que van a dar, aseguran, al ansia de control mundial del gigante asiático.

 

De ahí que muchas de las medidas obligadas por la pandemia, aparte de las polémicas encendidas en torno a ellas, abrieron una pregunta esencial. En una condición excepcional, como lo es el COVID-19, bajo el imperativo ético y de salud de atajar y remediar las muertes y daños que provoca, ¿se perfilan, sin embargo, caminos autoritarios que provocan nuevas subordinaciones, o tal vez haya síntomas de otros modos de proceder que estimulen una visión compartida de tarea común y de modos persuasivos, no punitivos, para aceptarla y colaborar con ella?

 

Durante el año 2020, el mal global no tuvo soluciones globales. Los Estados procedieron a cerrar fronteras, aeropuertos y todo acceso a migrantes. Los recursos se volcaron hacia adentro y sobresalieron las brigadas cubanas de médicos y enfermeras como solitarias embajadas solidarias que apoyaron a una Italia abrumada. Con la aparición de las vacunas contrastó el monopolio inmediato de Estados Unidos, Europa e Israel, que hicieron naufragar la propuesta de asegurar una distribución solidaria que incluyera a los países pobres. Las grandes farmacéuticas privadas, asociadas con las grandes potencias, dejaron para después el cumplimiento de compromisos contraídos y sólo la presencia de las vacunas rusas y chinas empezó a ser un contrapeso a la escasez masiva provocada. Las potencias de la globalización, el llamado Occidente, fracasó como conducción mundial a la hora de la pandemia. La única alternativa, según se autodenominan, tropezó de nuevo.

 

La urgencia de cortar la intensidad de la expansión del contagio hacia adentro de las naciones impulsó una migración de actos cotidianos de la vida privada hacia el espacio del escrutinio, la reglamentación y el debate público. Hablar cara a cara, tocarse, darse un abrazo, los traslados varios, se convirtieron en actos rigurosamente vigilados. La vida privada y la vida pública se unificó en un acto: el encierro, el cerco, como medida para inmunizarse. Y en una diversidad de lugares, desde Israel hasta Corea del Sur y China, se recabaron datos de sus poblaciones, utilizaron tecnologías de comunicación para vigilar a sus ciudadanos contagiados o en riesgo de contagio, se utilizaron drones para reprender a infractores y se cercaron barrios y ciudades. Facebook y Twitter eliminaron mensajes a su parecer peligrosos o de falsa información. Los toques de queda se ejercieron en varios países y en Israel se utiliza un pasaporte personal donde consta que se está vacunado para tener acceso a lugares y servicios públicos.

 

Y así como la solidaridad cubana brilló en un archipiélago global atrincherado, los pocos casos de regulación alternativa contrastaron. En lugar de cerrar fronteras y aeropuertos, se mantuvieron filtros y se dejó abierta la puerta. Prevenir el inminente monopolio de las vacunas y llamar a un gran acuerdo mundial en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para la distribución justa de las mismas, argumentar y transparentar medidas en ánimo de convocar a la tarea común, sin recurrir a medidas de fuerza. Confiar en el juicio de las personas, con suficiente información diaria, para seguir las medidas oportunas. Hacer de las jornadas de vacunación un ejercicio de igualdad y de ética pública.

 

Y es que, en ese contraste de maneras de gobernabilidad en tiempos de pandemia, se juegan también nuevas servidumbres o espacios democráticos para colaborar en la gran tarea.

 

Lo común

 

En los apartados anteriores (sobre el cuerpo y lo público) hemos reparado en tendencias del orden global surgido luego del derrumbe del muro de Berlín y que a la sombra de la pandemia registran cortocircuitos en su continuidad, rasgaduras que abren otros posibles, inciertos y apenas en incipiente formación. A lo que ahora haremos referencia remite a una conflictividad que viene de muy lejos, pero que también emergió en las vanguardias del desarrollo tecnológico, es una pugna muy vieja y muy nueva a la vez, y que atiende a un conjunto de fenómenos disímiles, ahora bajo el manto de una palabra: lo común.

 

En marzo de 2021, la ONU lanzó la iniciativa Covax, donde 190 países del mundo se asociaron para conseguir y distribuir vacunas, ante una dura realidad donde los diez países más ricos del mundo controlaron 80 por ciento de las vacunas contra COVID-19, a fin de vacunar a toda su población, a pesar que desde mayo de 2020 la Asamblea Mundial de la Salud, de la Organización Mundial de la Salud (OMS), había declarado que las vacunas en elaboración fuesen consideradas “un bien común” de la humanidad. El mecanismo Covax, en el mejor de los casos, sólo podrá atender 30 por ciento de las poblaciones de los países pobres este 2021 y pide a los gigantes de la tecnología privada que cedan licencias e incluso renuncien a la propiedad intelectual para hacer posible lo que ahora, en las reglas donde todo es privado, resulta imposible: atender a toda la población mundial. Hasta ahora el único país que se ha acercado es Rusia con sus vacunas Sputnik V gratuitas.

 

Me detengo en varios puntos trascendentes para esta plática. Las vacunas fueron cercadas por las reglas mercantiles, el que paga la obtiene, y también por el poder de los Estados-nación, pagamos y además presionamos a las farmacéuticas de nuestros países y, finalmente, por los derechos derivados de la propiedad intelectual, existentes desde el siglo XIX pero que ahora incursionan en asuntos como las semillas, los patrimonios culturales elaborados en milenios y en las innovaciones como el internet. En contrapunto, se nombró al único corredor de acceso para 80 % de la población más pobre del mundo, como “los bienes comunes”, los bienes de todos y de nadie en particular, que en un momento donde todos ellos se reparten entre la incontenible privatización, o los bienes públicos estatales, y se encuentran en franca retirada.

 

¿Qué designan los bienes comunes?, ¿acaso realidades ya marginales, sin mayor impacto en la vida moderna? En realidad, ahora se debe hablar de varias fuentes que le han ido configurando. Una, básica, fundamental para una concepción ontológica de la existencia, es la red, la web, la trama de la vida, existente antes, durante y después de la existencia humana. Algo que le contiene y lo desborda: aire, agua, alimentos, biodiversidad, recursos naturales, que en el curso de millones de años se configuraron como sistemas autorregulados, sin previa intervención humana.

 

Todos los miembros de una comunidad ecológica se hallan interconectados en una vasta e intrincada red de relaciones, la trama de la vida. Sus propiedades esenciales y, de hecho, su misma existencia se derivan de estas relaciones. El comportamiento de cada miembro viviente dentro de un ecosistema depende del comportamiento de muchos otros (Fritjof Capra, La trama de la vida, Barcelona, Anagrama, 1996, p. 308).

 

Lo fundamental de esta vertiente de lo común es que propone otra mirada, otra forma de razón y de acción sobre el mundo de la naturaleza. Ya no es la mirada del cálculo, del aprovechamiento, que convierte al planeta en un gran depósito de materias primas destinadas a producciones infinitas, donde se juega la voluntad de poder, de cerco y fabricación infinita del mundo como gran almacén de mercancías. En contrapunto a la mirada hegemónica que lo mismo recorre a Occidente que a China y a Rusia, esta vertiente de lo común designa el hábitat donde está inserto el hombre, es una mirada de admiración y cuidado hacia los frágiles ecosistemas que hacen posible la vida.

 

Desde una perspectiva antropológica, el largo proceso de hominización en lucha e intercambio continuo con sus entornos produjo cultura, siempre en simbiosis con esos espacios, el homínido transita hacia el Homo sapiens caminando y deteniéndose, demorándose atento en los lugares, observó, se adaptó y también transgredió; en otras palabras, habitó lugares para luego, seguir caminando y construyendo otros espacios híbridos, donde cohabitan, en pugna y en ocasiones en complementación, hasta la fecha, la naturaleza humana con la naturaleza radicalmente otra.

 

La cultura surge de ese demorar, de ese habitar atento que cuida y transgrede, de donde surgen las sabidurías y conocimientos ancestrales, los alimentos de naturalezas domesticadas, como las semillas. Pero, sobre todo, nociones de orden social y valores de convivencia como: “Ayuda mutua, cooperación social, activismo cívico, hospitalidad o simplemente el cuidado de los demás: éste es el tipo de cosas que realmente hacen a las civilizaciones. En cuyo caso, la verdadera historia de la civilización apenas se está escribiendo” (David Wengrow, “Una historia de la verdadera civilización no es una de monumentos”, en Con-temporánea, disponible en <https://www.con-temporanea.inah.gob.mx/noticias_David_Wengrow_13>).

 

Y desde la tecnología más avanzada, la web se percibió como una potencial relacional y de cooperación gratuita, capaz de unificar individuos y mundos, lejos de la avalancha privatizadora que la tomó por asalto, y donde todavía quedan bastiones como el software libre y la Wikipedia.

 

Los bienes comunes se actualizan y adquieren importancia en las agendas públicas cada vez que las privatizaciones avanzan en el cerco de bienes materiales e inmateriales, es parte fundacional en la historia del capitalismo y que Marx la llamó la acumulación originaria. Y también del anticolonialismo. En 1930, ante las leyes de la sal impuestas por los británicos en la India, Gandhi lanzó la Satyagraha de la Sal, el movimiento de desobediencia civil contra esas leyes coloniales. Marchó con miles hacia el mar y recogió la sal del mar. La lucha en la India por la soberanía nacional fue paralela a la lucha anticolonial por los bienes comunes, y desde 1987 esta tradición de la India fue pionera en la creación de bancos de semillas para recuperar las semillas y los conocimientos ancestrales de los embates privatizadores de Bayer y Monsanto.

 

México, con sus pueblos originarios y los recursos y bienes asociados, es otro referente de estas luchas. En marzo de este año, la Coordinadora Nacional Agua para Todos, Agua para la Vida, propuso al Congreso de la Unión una nueva ley del agua, pues la ley privatizadora de 1992, la Ley Nacional de Aguas (LAN):

 

[…] trajo como consecuencia la compra-venta del agua, la apertura a grandes intereses transnacionales, la sobreexplotación y contaminación de las aguas de la nación. La LAN ha provocado la inequidad, ha negado la participación social y ha afectado a las comunidades y a los ecosistemas. Hoy 41 millones de mexicanos no cuentan con acceso diario al agua y 8.5 millones que carecen de conexión, mientras que el 2% de los concesionarios controla el 70 % del agua concesionada.

 

En las luchas mexicanas por los recursos naturales, las semillas y los conocimientos ancestrales se pelea por lograr interlocución y derivar actos estatales que contengan la marea privatizadora, que como en el caso del agua y la ley de 1992, muestra que parecido objetivo buscaron y lograron las fuerzas privatizadoras. Como siempre en su bicentenaria historia, el Estado es atravesado de manera asimétrica por las luchas de la sociedad que pretenden inclinarlo en su favor.

 

El segundo afluente que influye en el sentido de la palabra común son las potencias de los movimientos sociales para crear comunidad a través de la irrupción, del acontecimiento, que siempre sorprende a lo programado por la razón instrumental, y el ejemplo más a la mano es el del ciclo impresionante de las luchas de las mujeres en los años recientes. El ciclo intenso de movilizaciones en las calles de miles de mujeres, que tiene su año axial el 8 de marzo de 2020, ayuda a entender otra vertiente de lo común, ahora, como creación de comunidades específicas en medios antes disueltos en sus singularidades. Resalto que se trata de un corredor internacional que va conectando a varios países, donde está la muy conocida experiencia del #MeToo, la denuncia a acosadores sexuales, pero la no tan conocida iniciativa polaca de la huelga nacional de mujeres en 2016, en respuesta a la negativa del parlamento polaco a despenalizar el aborto y su convergencia con el movimiento femenino de Argentina, #NiUnaMenos, contra el feminicidio, y que dio lugar a que en el año de 2017 ese corredor internacional llevara a cabo la huelga internacional de mujeres replicada en varios países. En ese corredor que va conectando países, circula una diversidad de grupos, intereses y visiones. No hay pretensión de unificar pero sí de ir construyendo articulaciones y una atmósfera compartida, donde resuena una vieja palabra: la sororidad, la amistad social de mujeres reconocidas en su diferencia pero que comparten una hermandad.

 

Ya en México la contundencia de casos de feminicidio y su incremento, recarga de furia las manifestaciones que encuentran en los ataques a monumentos y edificios, como el Palacio Nacional, y una diversidad de expresiones violentas, la manera de colocar en el centro de la atención al asesinato de las mujeres. Sin embargo, las grandes marchas articulan a una diversidad de expresiones, por dar un ejemplo: desde el Parlamento de Mujeres, orientado a la negociación institucional y a la construcción de políticas, hasta el Bloque Negro, de jóvenes activistas militantes de la acción directa en las calles. El año 2020 muestra ya una capacidad de articulación expresada en la Asamblea Feminista Juntas y Organizadas, que realiza la más grande marcha de la historia de las mujeres y una huelga nacional al día siguiente. A la vez, como en 2021, se registra una mayoría de manifestantes organizadas para la expresión pacífica de múltiples demandas y minorías compactas orientadas a la confrontación.

 

Como en otras ocasiones de la historia reciente (1968, el sismo de 1985), las marchas de las mujeres crean atmósferas propicias para crear comunidad donde antes reinaba la fragmentación, una potencia capaz de interpelar a los poderes y plantar asuntos urgentes para el conjunto de la sociedad. Sin embargo, en contraparte, se suman a la gran tradición de identidades colectivas de la segunda mitad del siglo XX a la fecha, un muestrario amplio de agrupamientos sustantivos, con ausencia de puentes entre ellos, de pasajes que les agrupen en comunidades abiertas dispuestas a tareas comunes. En su lugar, prospera un archipiélago donde cada isla se encierra en su propia lucha e identidad, hasta ahora.

 

Y en el ánimo de irme acercando al cierre de esta kilométrica plática, mencionaré una inquietud cultual que se interroga sobre la posibilidad de construir comunidades ahora inexistentes, comunidades que se abran al que no comparte la identidad construida, pero que se ve afectado, por ejemplo, por el clima de violencia. Entiendo que la “experiencia desnuda” de Armando Bartra apunta hacia una política pura, que en la acción iguale a los desiguales, junte a los diferentes y avance en una tarea común. Otro afluente se encuentra en el teórico italiano Roberto Esposito, quien llama a trabajar sobre lo común, entendiendo por ello los pasajes, los filtros, que permitan que no nos encerremos en la inmunidad o que caigamos en autoinmunidades negativas, como las enfermedades así llamadas, donde las defensas biológicas del cuerpo, en afán de protegerlo, provocan su muerte. Y, para sugerir la amplia diversidad de sus afluentes, el llamado del papa Francisco, en su encíclica Fratelli Tutti, de la cual retengo la siguiente idea:

 

Reconocer a cada ser humano como un hermano o una hermana y buscar una amistad social que integre a todos no son meras utopías. Exigen la decisión y la capacidad para encontrar los caminos eficaces que las hagan realmente posibles. Cualquier empeño en esta línea se convierte en un ejercicio supremo de la caridad. Porque un individuo puede ayudar a una persona necesitada, pero cuando se une a otros para generar procesos sociales de fraternidad y de justicia para todos, entra en “el campo de la más amplia caridad, la caridad política”.

 

Con sentidos diversos y desde afluentes variados, lo común regresa ante la expansión de los cercos privados sobre la vida. Como bienes comunes abiertos a todos, construcción comunitaria específica o búsqueda de puentes y corredores hacia la otra comunidad abierta, abre brecha a otro modo de “estar en el mundo”. En una fase de muy avanzada construcción del mundo como depósito de recursos a la mano para las voluntades de poder, habla desde sus fisuras de otra actitud humana, la de cuidar la única morada que a la fecha late en el universo.

 

Cierre: ¿son posibles las alternativas a un mundo sin alternativas?

 

Es hora de poner todas las cartas sobre la mesa. A la pregunta ¿qué experiencias habíamos vivido a la sombra de la pandemia?, en un año muy incierto y que para algunos fue, y es, de encierro, he respondido con tres temas, los dilemas del cuerpo, los del cuerpo social en relación con lo público y lo privado, y el regreso por varios afluentes y sentidos de lo común.

 

Son temas de una misma madeja, de un orden sistémico, de un estar en el mundo donde todo está conectado, y que fue derivando hacia el dominio pleno de la tecnología apresada por lo privado, no por lo común, que fue construyendo cercos en los individuos, en los territorios, en la vida toda, y que avanzó de manera vertiginosa en 40 años.

 

Un Heidegger ya viejo escribió en sus últimas obras su preocupación por lo que consideraba el avance vertiginoso de un ordenamiento del mundo regido por la razón instrumental, que convierte a la vida en materia prima disponible, en fabricación infinita y en consumos predatorios. No era la técnica utilizada a escala gigantesca sino un modo de pensar donde residía el gran riesgo de fabricar mundos donde la muy larga experiencia humana de habitar, de valores de convivencia, del cuidado de su único hogar en un universo frío, fuese definitivamente enterrada.

 

En esos tres temas, sugiero, laten posibilidades embrionarias no tanto para hacer un cambio, sino para pensar la gigantesca dimensión necesaria para lograr un cambio al orden sin alternativas.

 

El “acontecimiento” frío de la pandemia abrió, sin embargo, esa conmoción ante la muerte que ronda y de golpe muerde, el quebranto metafísico del que habló Armando Bartra, que hace posible tanto nuevas sumisiones ante la urgencia de protección y seguridad, como esa ruta de transformaciones que nos heredó Ricardo Melgar con su testimonio sobre su lucha personal contra la COVID-19. El combate entre heteronomías y autonomías sacude a los propios cuerpos.

 

En el ámbito público, a la vez que se rehacen las condiciones de supervivencia de la simbiosis entre el Estado y las megacorporaciones, el fundamento de un desorden republicano que varios autores denominan la posdemocracia; aparecen experiencias singulares centradas en desmontar esa simbiosis, salirse de la captura de instituciones por los poderes de facto y reiniciar una ruta propia hacia una salud pública redistributiva y de justicia social. Y a la vez, junto a experiencias de corte autoritario para controlar el freno necesario a la vida social para cortar el paso a los contagios masivos, los ensayos para realizar esa regulación por vías persuasivas sin construir cercos cerrados hacia afuera y hacia adentro.

 

¿Es suficiente este desenganche de las dos locomotoras del Estado y las megacorporaciones para abrir otra alternativa? Es condición importante pero insuficiente, pues le hace falta la conexión con ese magma diverso y difuso de lo común. Hemos revisado sucintamente los diversos síntomas que avisan de una reanimación de lo común, y que presenta varias dimensiones: las transformaciones de los individuos en soledad y acechados por la muerte que abren vías sensibles y racionales a la revinculación, al religar social; los bienes indispensables para la vida humana y natural interconectada, alimentada por la perspectiva ecológica, las lucha indígenas por territorios y recursos en ejidos y comunidades; los movimientos femeninos que se proponen construir comunidad de género donde prive la sororidad, y diversas aportaciones teóricas y discursivas que ponen en el centro del asunto la construcción de la comunidad que viene, no adscrita a ningún patriotismo de nación, de partido o de grupo, sino a la condición humana y natural que hace posible la vida y la búsqueda cultural de otras claves para construir comunidades abiertas e incluyentes, que a la fecha existe sólo como horizonte deseable. Todo ello una enorme tarea para el pensar y el hacer.

 

De manera incierta e incipiente, y reconociendo su diferencia constitutiva, pero estas atmosferas emocionales y discursivas, estos movimientos y teorías, pueden converger con Estados dispuestos a afianzar su autonomía hacia los grandes poderes y, sobre todo, dispuestos a crear puentes y pasajes con esas energías de lo común, para lograr acotar la avalancha actual de la restauración del mundo como un inmenso almacén de mercancías.

 


* Dirección de Estudios Históricos-INAH.

Los textos aquí reunidos fueron presentados en el seminario “A un año del gran encierro: pensar historias y mundos en el año de la pandemia”, que realizó la revista Con-temporánea del 2 al 30 de abril, todos los viernes, con la participación de Armando Bartra, Carlos San Juan, Benjamín Berlanga y Julio Moguel.

 

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Carlos San Juan Victoria

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Lo que en noviembre de 2019 fue la noticia de un extraño virus que afectaba a la ciudad de Wu Han, algo lejano e improbable, después de un año es una experiencia que nos envuelve a todos, en el ámbito planetario. En marzo de 2020 el virus, de mucho menor dimensión que una célula, y que mide entre 100 y 120 nanómetros según dicen los que saben, ya estaba en las ciudades, y de junio a la fecha, se paseaba dentro de las casas. Nos enteramos en la piel de lo que es la muerte de conocidos, amigos o parientes, convivir con un contagiado a la puerta siguiente de la propia recámara, o acudir a funerales y rezos virtuales por los caídos.

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