Jacinto Barrera Bassols. Un homenaje en tres tiempos y un epílogo

Alejandro de la Torre Hernández*

 

La cofradía de los ajedrecistas

A finales del siglo anterior, el café de la Gandhi no era lo que es hoy. A modo de prueba, baste mencionar que entonces estaba permitido fumar. Y se fumaba bastante. De modo que las conversaciones tenían lugar en medio de un denso velo de humo y el tintineo de las cucharitas en las tazas de café.

 

Un rasgo adicional de la identidad de aquella cafetería, ahora perdida para siempre, era la concurrencia permanente de una singular caterva de aficionados al ajedrez; era más bien una especie de secta de ajedrecistas que se juntaban a jugar en las mesas del café todas las tardes. Y jugaban por horas, como auténticos iluminados por el encantamiento de ese juego fascinante. Se retaban sobre todo a disputar partidas relámpago, de tres minutos de duración, con los relojes de torneo como testigos (clac-clac-clac). Con todo y la brevedad, se podían presenciar grandes partidas. El ascenso o la caída de grandes ajedrecistas de ocasión.

 

Aunque los concurrentes procedían de entornos diversos (profesores, ingenieros, periodistas, contadores…), la mayoría de los parroquianos parecía dedicarse a las humanidades. De ahí que por encima de los tableros dispersos aquí y allá, sobrevolaran las esquirlas de conversaciones filosóficas encendidas, aderezadas con citas de Nietzsche, Heidegger, Marx o Walter Benjamin, pangermanismo que sólo se compensaba con alguna variante siciliana o una defensa eslava (no olvidemos que aún perduraba algo de la escarcha de la Guerra fría). Así, el foco del juego y de las conversaciones laterales oscilaba entre la actualidad política, los peones pasados, la lucha de clases, el gambito de dama y el ser y la nada.

 

En ese lugar, entre esos personajes y precisamente por aquella época, tuve (en calidad de chalán) mis primeras reuniones de trabajo con Jacinto, quien entonces era un muy activo integrante de esa especie de Logia de los 64 Escaques. Jugaba durante tardes enteras, echando la reta de aquellas partidas fulgurantes. Y jugaba con una velocidad, una contundencia y una presencia de ánimo realmente impresionantes.

 

Era lo que se podría considerar un ajedrecista implacable. En los tres minutos de cada partida desplegaba un juego sereno, profundo, incisivo y letal… y creo que son esos mismos adjetivos los que mejor describen su trabajo intelectual y su disposición frente al mundo. Por descontado está decir que jamás jugué contra él, pues el solo giro de muñeca con el que bordaba los enroques o capturaba una pieza del contrincante, me intimidaba hasta el tartamudeo.

 

Más bien me limitaba a esperar, en alguna mesa aledaña, a que Jacinto terminara de jugar ─lo que a veces demoraba bastante, pues era menester esperar a que perdiera la reta─ para tratar algunos asuntos del trabajo: reportar los hallazgos semanales del archivo, relatar dificultades de consulta, solicitar una carta membretada, plantear dudas de procedimiento, pedir alguna orientación escolar o solicitar alguna recomendación de lectura.

 

Nuestras reuniones, sin contar las eventuales interrupciones ajedrecísticas, rara vez superaban los 25 minutos. Pero esos centelleantes intercambios alcanzaban para que Jacinto me hablara de métodos de investigación, de libros de historia, de personajes raros, de novelas policiacas y recomendaciones musicales o fílmicas. Así que, si comenzaba hablando de la correspondencia interceptada a Ricardo Flores Magón, podíamos terminar la conversación con Leonardo Sciascia, Jim Jarmusch, El complot mongol, Paco de Lucía, E. P. Thompson, Maradona, Carlo Ginzburg, Max Nettlau o el comisario Montalbano… Todo en tiempo récord, porque la siguiente partida siempre estaba a punto de iniciar.

 

Un buen día, como quien deja de fumar, de golpe y sin medias tintas, Jacinto dejó de frecuentar la cofradía de los ajedrecistas. No obstante, siguió aplicando con rigor su estilo de juego a todos los aspectos de su trabajo.

 

El cazador y el relámpago

Es verdad que Jacinto tenía hechuras de cazador. Un cazador sui generis, por supuesto. De hecho, cuenta la leyenda que, con paciencia, sigilo y perseverancia dio muerte a una tuza malévola que asolaba el jardín de su casa; de un solo tiro, asestado con un rifle de perdigones adquirido para tal efecto y que jamás volvió a utilizar. La estrategia parece sencilla, pero requiere malformaciones de oficio, y sobre todo mucha precisión: ubicarse a prudente distancia, esperar en silencio a que la presa asome la cabeza, empuñar el arma, afinar la puntería, aguantar el pulso y ¡plaf! El golpe mortal. En esencia, los cazadores de presas menores de las estepas del neolítico, aplicaban un método bastante similar. Método que, por lo demás, encuentra no pocas similitudes (aunque incruentas, por suerte) con los del investigador que explora los archivos que— bien se sabe— pueden ser también estepas, cavernas, desiertos, llanuras, bosques, montañas, junglas o jardines.

 

Escudriñar todos los registros del archivo en busca de algún indicio útil, por pequeño que sea, para hacer más complejas, más completas y más precisas las explicaciones históricas. Tal es la misión del cazador. En busca de un relámpago que ilumine la negrura del pasado. La imagen del relámpago es —literalmente— esclarecedora para intuir el método investigativo de Jacinto Barrera.

 

Alguna vez le escuché decir, a propósito del “linchamiento” de Arnulfo Arroyo (aquel sombrío personaje que agrediera a Porfirio Díaz en 1897, episodio del que Jacinto escribió una aproximación extraordinaria en El caso Villavicencio): “El escándalo, y el escándalo político en especial, es como un relámpago que enciende la luz por un momento, y en lo que dura el fogonazo podemos atisbar cómo funciona una sociedad, pues queda momentáneamente a la vista precisamente aquello que los poderes establecidos pretenden mantener oculto.” Algo así. Reconozco que las comillas son abusivas, pues cito de memoria. Pero estoy seguro de que era algo así lo que dijo.

 

Lo importante de esta formulación es que, orientado por esta intuición, el historiador ha de convertirse en un cazador de relámpagos, y para ello necesita recolectar una cantidad ingente de información; analizar con cuidado todos —todos— los registros a su alcance; ser capaz de convertir en documento cada una de las huellas (muchas o pocas) que dejan tras de sí los personajes, los acontecimientos o las épocas que se estudian.

 

Quizás a través de este espíritu que conjunta al detective, al pepenador, al vagabundo, al coleccionista y al poeta, se pueda explicar el impulso de Jacinto Barrera para acometer los proyectos titánicos que desarrolló y los singularísimos e inclasificables libros que escribió. A los primeros me referiré más adelante, detengámonos por ahora, aunque sea sólo un momento, en los libros.

 

He vuelto varias veces, y en momentos distintos, a las páginas de Pesquisa sobre un estandarte…, y aunque evidentemente cada lectura es distinta, suele dejarme una sensación de desconcierto. Librito escuálido donde los haya, ostenta una engañosa delgadez, pues a través de la aparente sencilla y lineal historia de un objeto —el estandarte guadalupano que presuntamente esgrimiera el cura Hidalgo al encabezar el alzamiento insurgente— nos volcamos de cabeza en una trama que conecta las artes pictóricas con la historia social de la guerra de Independencia, la sedimentación de las historiografías oficiales del siglo XIX y la historia de la elaboración del patrimonio cultural. Sin el ánimo de vender la trama, vale decir que se trata de un libro asombroso, tanto por el tema como por el tono y la forma. Estructurado en breves capítulos que, en la tradición del Quijote, adelantan en el título un tercio del contenido, la obra está salpicada de destellos de sentido del humor y nos deja inoculado el germen de la duda.

 

El bardo y el bandolero es un libro que tampoco puede clasificarse en los límites de un género estable. Parte de su originalidad consiste en su propia estructura, pues es más bien una “novela de montaje”, como la que aspiraba construir Walter Benjamin con sus pasajes de París y que en el marco de las narraciones históricas han cultivado con elegancia Arthur Lehning y Hans Magnus Enzensberger. Producto de una extraordinariamente minuciosa búsqueda documental (que incluye memorias, obras literarias, notas de prensa, correspondencia clandestina y documentos policiales), el libro narra la poco conocida historia de la persecución de un bandido por un poeta en los últimos años del porfiriato, pero sobre todo abre la ventana para mirar una época y una sociedad en su conjunto, retratadas ambas, la época y la sociedad, en toda su complejidad y sus múltiples contradicciones.

 

El caso Villavivencio tiene quizás una más evidente fibra literaria de novela policial. Pero es también una obra más compleja que eso. Es la biografía de un policía porfiriano a través de cuyos ascensos y caídas podemos mirar al microscopio el funcionamiento de los sistemas de control, represión, censura, vigilancia y fabricación de consensos que se articularon durante el régimen de Porfirio Díaz. Es, me parece, una lectura crucial para asomarse a la cultura política mexicana y para analizar los procesos de conformación del Estado nacional.

 

Pero no podemos tener una idea adecuada del impacto del trabajo de Jacinto Barrera si no atendemos a un aspecto de su labor que ocupó una buena parte de sus esfuerzos: la edición crítica de fuentes y la construcción de un archivo monumental.

 

La hoguera y el archivo (o bien: dato mata teoría)

Vuelvo a recurrir a unas comillas alevosas: “Las grandes interpretaciones históricas descansan casi siempre en un gran volumen de fuentes. Si las fuentes adecuadas no están disponibles o son insuficientes, entonces es necesario compilarlas, construirlas y sistematizarlas”. Esta afirmación —que parece ser una perogrullada, pero que de ninguna manera lo es— creo que delinea con bastante precisión uno de los rasgos distintivos del trabajo que Jacinto desarrolló durante muchos años.

 

No sabría decir exactamente desde cuándo, pero tal parece que siempre tuvo muy clara la importancia de trabajar con grandes corpus documentales, para escudriñarlos y darles sentido. Tal vez haya sido el impacto que le produjo la figura de Ricardo Flores Magón y su incandescente trayectoria, lo que llevaría a Jacinto a profundizar cada vez más en la vida y la obra del indomable revolucionario oaxaqueño. Y tal parece que transformó esta seducción inicial en un proyecto de investigación de gran calado: se propuso compilar, anotar y editar todos —es decir absolutamente todos— los escritos de Flores Magón, pues sólo una mínima parte de su obra era conocida gracias a exiguas antologías. Años de esfuerzo dedicado y paciente empleó Jacinto en reunir los escritos magoneros: cartas, artículos, discursos, manifiestos, proclamas, textos literarios, crónicas, etcétera, resguardados en repositorios documentales de México y de varias partes del mundo. Y allá fue Jacinto a transcribir, a obtener la fotocopia, a escanear, a enrollar y desenrollar microfilmes, a hurgar en toneladas de documentos.

 

Como corolario de esta labor, las Obras completas de Ricardo Flores Magón, en sus diversos registros, se fueron imprimiendo y publicando entre el año 2000 y el 2017, en 18 volúmenes. Y aún falta por aparecer un par de tomos más. Por partes y en conjunto, este trabajo es una indiscutible referencia para los estudiosos de la historia de la Revolución mexicana. Pero la aportación de Jacinto no pararía ahí.

 

A medida que la compilación de las obras iba avanzando, iban avanzando también, y a toda velocidad, las tecnologías de la información y con ellas las formas de acceder a los documentos y reproducirlos. Acicateado por estas transformaciones, Jacinto decidió emprender otro proyecto titánico: la digitalización íntegra del periódico Regeneración (1900-1918), cuyos ejemplares también se hallaban dispersos por el orbe, y sus soportes materiales incluían el papel, el microfilme, la microficha y la fotografía. Superando toda suerte de obstáculos y adelantándose a la imaginación, el proyecto se concretó y se acompañó de un índice de todo el periódico. Inicialmente publicada en el soporte material de un CD-ROM (algo más o menos equivalente a las tablillas de cera de la era digital), esta versión digital de Regeneración sería el germen del Archivo Magón.

 

La mejor forma de socializar ese material, y poder convertirlo en conocimiento acumulado y dinámico, era lanzar la colección del periódico al ciberespacio para ponerlo a disposición del público. El proyecto estuvo animado desde su origen por un impulso generoso: acercar a internautas de todos los confines un voluminoso corpus hemerográfico, que muy pronto se fue complementando con otros documentos textuales e iconográficos: libros, folletos, fotografías, dibujos, periódicos vinculados con Regeneración, etcétera. Esta voluntad de divulgación, hay que decirlo, es también un acto de honestidad intelectual que asume la socialización de las fuentes documentales como un imperativo y una necesidad para la construcción colectiva del conocimiento.

 

El Archivo Digital Ricardo Flores Magón (www.archivomagon.net) se ha convertido, a la vuelta de los años, en el sustento de gran número de investigaciones de distintas disciplinas, desarrolladas en México y en el extranjero. Historiadoras e historiadores de la Revolución mexicana, estudiantes en proceso de elaboración de tesis, internautas en busca de fuentes directas, especialistas en el desarrollo del anarquismo internacional, en fin, una abigarrada y variopinta colectividad unida por la curiosidad y la avidez de conocimiento, ha recalado en ese inmenso repositorio electrónico en busca de respuestas y de nuevas preguntas. Todo ello fue posible gracias a la iniciativa magnánima y a la descomunal capacidad de trabajo de Jacinto Barrera Bassols.

 

Epílogo

Hasta hace no mucho tiempo, cada vez que yo escribía algo (un artículo, una reseña, el capítulo de un libro, una ponencia o la lista del mandado) pensaba inevitablemente: “¿qué le va a parecer a Jacinto?” Porque era un crítico feroz y un lector terriblemente exigente. Quien lo trató lo sabe. Pero a la vez era, a su modo, generoso en el acto de destruir los textos que trataba como víctimas propiciatorias. De alguna manera, debajo de las consideraciones más demoledoras alcanzaba a palpitar un elogio, o cuando menos el deseo ferviente de que hicieras las cosas mejor. Ahora que escribo estas líneas, recupero aquella sensación con su correspondiente titubeo; precisamente ahora que Jacinto no las leerá; precisamente ahora que es necesario escribir de él y de su trabajo. Aguantándome la pena, me imagino que lee estas cuartillas por encima de mi hombro y que no le parecen tan mal. Y que incluso me perdonará la cursilería de extrañarlo tanto…

 

Allá nos vemos, dottore.

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.
Este texto se planeó originalmente para su publicación en la revista Historias, de la DEH. Ahora aparece también en la revista Con-temporánea. Agradezco mucho la generosidad de ambas publicaciones por darle cabida a este escrito.

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A finales del siglo anterior, el café de la Gandhi no era lo que es hoy. A modo de prueba, baste mencionar que entonces estaba permitido fumar. Y se fumaba bastante. De modo que las conversaciones tenían lugar en medio de un denso velo de humo y el tintineo de las cucharitas en las tazas de café.

 

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