Un libro de Jacinto Barrera Bassols

Armando Bartra Vergés*

 

A mediados de los setentas del siglo XX Jacinto tenía unos 20 años y yo andaba por los 35. Él había leído mi compilación de textos llamada Regeneración 1900-1918, la corriente más radical de la Revolución mexicana a través de su periódico de combate, publicada en 1972, y el día en que me fue a ver hablamos largo sobre los magonistas.

 

De ahí pa’l real Jacinto se volvió el mayor conocedor, compilador, anotador y divulgador de la obra magonista.

 

Cuando diez años después, en 1984, hicimos juntos una cronología narrativa de la vida de Ricardo Flores Magón en el exilio, Jacinto ya era mi maestro en el tema y de hecho ya era el maestro en el tema.

 

La cronología fue publicada en 2018 por la Brigada para Leer en Libertad con el título: La revolución magonista, y cuando la escribimos sirvió para sustentar los guiones de una miniserie sobre el asunto que debió dirigir Paul Leduc pero que nunca se realizó.

 

“El bardo y el bandolero”

El libro de Jacinto que van a recibir y que publicó la Brigada para Leer en Libertad cuenta la historia de los desencuentros y falsos encuentros de dos veracruzanos ilustres: el bandido Santana Rodríguez Palafox, Santanón, y el poeta Salvador Díaz Mirón, en la inminencia del estallido de la Revolución mexicana.

 

En lo que parece ser la disputa por una jovencita, Santana choca con un poderoso finquero que lo hacer perseguir y encarcelar. Al poco tiempo Santanón escapa de la cárcel y se remonta en las serranías de la región veracruzana de Sotavento, iniciando su vida como bandolero; como bandido generoso a quien los ricos —sus víctimas— y el pueblo que lo admira transforman en leyenda.

 

En 1910, ante la inminencia de la elección presidencial, la disputa por la vicepresidencia entre Ramón Corral, elegido por Díaz, y Teodoro Dehesa, gobernador de Veracruz, hace de la persecución del famoso Santanón un botín, pues si lo atrapan los federales quedará mal parado el gobernador Dehesa, que no pudo con él, y con eso se debilitará su candidatura.

 

El corralista Salvador Díaz Mirón se presta al juego de Porfirio Díaz y anuncia con bombo y platillos su disposición para encabezar una fuerza federal que acabe con el bandido... y de paso con el futuro político del gobernador Dehesa.

 

Díaz Mirón, autor —entre otros libros— del espléndido Lascas, es un poeta muy conocido y reconocido, un personaje de la cultura. Y es además diputado, es decir, un personaje de la política. Es finalmente un hombre extremadamente histriónico, vociferante, gesticulante, provocador... protagonista de permanentes escándalos... una diva, una primera figura del escenario nacional.

 

Santanón, por su parte es también una figura: el salteador sanguinario, el bandolero ubicuo, el bandido inalcanzable en la selva, su refugio; el cruelísimo Tigre de Sotavento. Un hombre de piel muy oscura y de ojos muy negros, que con sus dos metros de estatura, sus largos brazos y sus manos enormes —una más grande que la otra— es, para unos, la viva imagen del mal mientras que, para otros, encarna la figura del justiciero.

 

Conociéndolo, como lo conocí, me doy cuenta de que el episodio debe haber sido una tentación irresistible para Jacinto: el laureado adalid de la aristocracia versus el espantable vengador de la pobrería; el representante del 1 % contra el representante del 99 %; una confrontación simbólica, una parábola, una perfecta alegoría...

 

Y es que Díaz Mirón era un buen poeta, pero también era el emblema del elitismo social, marca de fábrica del orden porfirista. Una jerarquía que en su caso no provenía tanto de la riqueza como la presunta superioridad intelectual, moral, espiritual, ontológica... de aquellos que tienen por oficio la cultura.

 

El inspirado vate, el glorioso bardo, el ínclito poeta, el orgullo de las letras nacionales, el elegido de las musas, el radiante, el excelso, el inefable...  la emprende lanza en ristre contra el bandido sanguinario, contra el cruel salteador que despoja a los ricos, contra la bestia salvaje que se oculta en la selva, contra el ogro, contra el monstruo.  El poeta contra el analfabeto, el autor de versos sublimes contra el hombre que ni siquiera sabía leer; el vate de Santa Rosa contra el Tigre de Sotavento o, como lo tituló Jacinto: El bardo y el bandolero.

 

Pero además de ser símbolos perfectos de lo alto y de lo bajo, los dos personajes tenían posturas políticas.

 

Díaz Mirón era un hombre de derecha, un conservador, un porfirista de hueso colorado que, cuando el antiporfirismo electoral empieza a generalizarse, ataca a los antirreeleccionistas porque, dice, convocan indirectamente a la rebelión; así, en la coyuntura de 1910 Díaz Mirón es un reaccionario. En cambio Santanón, quien de arranque no era más que un perseguido y un rebelde, pronto se da cuenta de cómo están los alineamientos políticos, de modo que primero se adhiere a un plan antirreeleccionista firmado en San Ricardo y en septiembre de 1910 se incorpora al grupo de militantes del magonista Partido Liberal Mexicano, que desde 1906 se mantenía en armas en Soteapan, Veracruz, y participa con ellos en algunas acciones guerrilleras. Así pues, el Tigre de Sotavento no sólo era un bandido social, un rebelde; Santanón fue, por algunos meses, un militante revolucionario, un magonista hecho y derecho. Y como magonista, muere en combate contra los federales.

 

La campaña de Díaz Mirón contra Santana Rodríguez dura sólo 45 días, durante los cuales el poeta ni siquiera se acerca al Tigre de Sotavento. Hay presuntos encuentros, pero son imaginarios. Una de las invenciones más socorridas es la de que, sabiendo que al bardo se le han terminado los puros que fumaba compulsivamente, el bandolero se cruza en su camino le ofrece un puñado de los suyos, le recomienda que mejor se regrese a Xalapa, y se va sin que el poeta sea capaz de reaccionar.

 

El hecho es que después de un mes y medio de improductivos recorridos por la sierra, a Díaz Mirón le da cagalera y se regresa apuradamente a la finca Santa Rosa que tiene en Xalapa. Santanón morirá meses más tarde en un enfrentamiento con fuerzas federales y aunque lo intentan los medios de comunicación más oficialistas, no hay forma de atribuirle el éxito a la fracasada campañita del poeta, cuya imagen saldrá muy deteriorada de la triste aventura.

 

Después de la malhadada experiencia veracruzana, cada vez que el escritor y diputado va a la cámara legislativa hay alguien que desde la tribuna grita: “¡Miróóóón!”, y cuando el poeta busca el origen del llamado, el gritón concluye “¡Santanóóóón!”, y el recinto estalla en carcajadas.

 

Jacinto no nos cuenta la historia de manera convencional. Lo hace seleccionando, recortando y editando fragmentos de los cientos y cientos de documentos que localizó sobre el tema. El libro es un brillante montaje; una narración a muchas voces en la cual encontramos los dichos de los protagonistas, las palabras de algunos testigos, cartas, documentos ministeriales, comunicados, corridos, poemas, notas periodísticas, reconstrucciones de otros historiadores...

 

Así, a la vez que cuenta la historia del bardo y el bandolero, el libro de Jacinto es un registro de las narrativas de la época, de sus sesgos políticos, de su carga ideológica, de sus giros idiomáticos, de sus estilos literarios... El resultado es un episodio de nuestra historia, sí, pero también un truculento folletín, no sólo porque con ese tono lo escriben testigos y periodistas, sino también porque la propia puesta en escena de los hechos fue pensada de esta manera: como una representación truculenta que debía ser aleccionadora y que terminó siendo un tiro por la culata. 

 

Las descripciones de los protagonistas que se hacen por esos años son fantasiosas y literarias; así se describe a Santanón el día en que presuntamente se le atravesó al bardo para regalarle unos puros y recomendarle que se regresara a Xalapa:

 

De pronto... de entre la maleza apareció un hombre de tez morena, tostada por el sol tropical. Brillaban en su duro rostro dos ojos profundamente negros; más abajo una nariz roma y una boca de labios carnosos.

 

Montaba un excelente animal de gran alzada, retinto, orejas cortas y pezuñas breves.

 

Vestía chamarra color ocre, sombrero de anchas alas con bordados de oro y plata y calado barboquejo, pantalón de dril crudo y polainas...

 

Suspendida a la cabeza de la montura de Amozoc una carabina, sistema americano de nutrida carga, y al cinto una 45 Colt pavonada.

 

En la montura asomaba la cabeza leonada y brillante de un machete suriano.

 

El extraño jinete interceptó el paso de la cabalgadura que montaba el poeta y ofreciéndole un puñado de puros le dijo...

 

Precisa, minuciosa y sabrosa descripción que llama más la atención si consideramos que el narrador no podía estar ahí, entre otras cosas, porque lo que tan detalladamente describe nunca sucedió.

 

Si la historiografía tuvo que dar constancia del fracaso mironista, la trova popular se ensaña con el poeta. Estas cuartetas aparecieron en la revista Frivolidades:

 

Ya de la jarana al fin
buscaba a mi contrincante
cuando lo tuve delante
trepado en un capulín.

Le apunté con la escopeta
y ya le iba a disparar
cuando él comenzó a gritar
¡Soy pueta! ¡Soy pueta!

Se bajó como los gatos
y lo traje al portalón
donde me pidió perdón
y me lambió los zapatos

 

Los corridos siempre toman partido y en este caso lo hacen por el Tigre de Sotavento:

 

Por Sotavento incursiona
Díaz Mirón el vatecito:
más de Santana Rodríguez
ni el polvo siquiera ha visto.

Está aliviado el poeta,
le hacen mil ronchas los moscos,
la conchuda, el pinolillo;
le traen los bandidos, loco.

Ya se fue pa´ Veracruz.
Y es que al poeta Díaz Mirón,
le enfermó de alferecía
su encuentro con Santanón.

 

Otro corrido dice:

 

Aquí llegó Santanón
a ver quién se pone al brinco.
Dicen que ahí anda un matón
con una cuarenta y cinco.

Se me hace que es correlón,
lo digo, aunque no le cuadre
pues aquí llego su padre
que se llama Santanón.

 

Y claro: en la cámara de diputados de a tiro por vez al bardo le gritaban desde los palcos:

 

¡Miroon!... ¡Santanoon!  ¡¡Mirooon!!... ¡¡Santanooon!!

 

Hoy, cuando algunos consideran que los intelectuales son aves cuyas plumas no se manchan manque chapoteen en el pantano y se engallan cuando se les denuncia y se les enjuicia, resulta muy pertinente enterarse, por el libro de Jacinto, del papelazo que hizo el sublime bardo cuando se le puso al brinco al plebeyo bandolero.

 


* Universidad Autónoma Metropolitana, Xochimilco.
El presente texto fue leído en el homenaje a Jacinto Barrera Bassols realizado en la Feria del Libro del Zócalo el 10 de octubre de 2021, a cuyos asistentes se entregó el libro El bardo y el bandolero.

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A mediados de los setentas del siglo XX Jacinto tenía unos 20 años y yo andaba por los 35. Él había leído mi compilación de textos llamada Regeneración 1900-1918, la corriente más radical de la Revolución mexicana a través de su periódico de combate, publicada en 1972, y el día en que me fue a ver hablamos largo sobre los magonistas.

 

 

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