De cocinas e ingeniería a monumentos y geometría. Leonardo Icaza: una vida estudiando el patrimonio construido

In memoriam

 

María del Carmen León García*

 

La primera vez que hablé con Leonardo Icaza platicamos de cocina. Era mayo de 2001, en el taller de ciencia y tecnología que coordinaba en la Dirección de Estudios Históricos. No nos conocimos hablando de arquitectura, ni de monumentos, ni de tratadistas, sino de recetas y libros de cocina antiguos. El pretexto fue el de Dominga de Guzmán, el libro manuscrito del siglo XVIII de aquí, del valle de Toluca. Leonardo me dijo que conocía bien a Guy Rozat, mi profesor de historia, quien desde las décadas de 1970 y 1980 insistía en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, en el estudio de la cultura alimentaria en México. Eran amigos desde entonces. El hilo de la charla nos llevaba a trazar la necesidad de un estudio serio sobre la arquitectura de las cocinas, la importancia que tenía diseñarlas para el mejor aprovechamiento del combustible; éste era un serio problema para la vida cotidiana en las sociedades preindustriales. Y la madeja de la conversación desembocó en el otro Leonardo, el Da Vinci, y en su interés en los asuntos de la cocina, de su diseño y su arquitectura, del aprovechamiento del calor, de la invención de ingenios mecánicos para facilitar las preparaciones culinarias y, por supuesto, en el gusto por los sabores de una comida bien hecha registrada fielmente por escrito.

 

¿Lo tienes? —me preguntó— Sí, lo tengo. Comprendí que su interés era, además, por esa predisposición generosa, muy suya, de facilitar los materiales necesarios para que los demás pudiésemos continuar con nuestras investigaciones. Le comenté que los Apuntes de cocina, de Leonardo da Vinci, eran junto con el Tratado de las confituras, de Nostradamus, los dos libros de cocina del siglo XVI que más atesoro, porque representan el interés de dos eruditos en un tema “tan común”, “tan corriente”, como es la comida. Leonardo me dijo que no conocía el de Nostradamus, lo que resultó para mí la oportunidad de prepararle una fotocopia, lo más chula que pude, para regalarle lo que ya no se consigue en librerías. Éste sería el único tratado que supe del que no tuviera noticias, todo lo demás fue descubrir, a lo largo de poco más de una década de amistad, la gran erudición de mi amigo y maestro. Sí, Leonardo Icaza era un polígrafo, humanista, inquieto investigador, serio conversador y divertido comensal, inclinado a convidar, siempre que podía, y generalmente podía siempre, la comida a sus colegas-amigos.

 

Entrelazamos el mutuo interés por dos temas que, para algunos, no tienen relación, la historia de la alimentación y la historia de la construcción. Espontáneamente repasamos la importancia de la construcción de caminos para el abasto. Le referí el caso que conozco bien, del camino de México a Toluca que construyeron los ingenieros militares en la segunda mitad del siglo XVIII. Fue un proyecto prioritario para garantizar el abasto de granos y carnes, principalmente, a la capital colonial después de la tremenda crisis agrícola de 1785. Sí, los ingenieros militares del siglo XVIII fue el segundo punto común. Leonardo ya tenía estudiada la arquitectura militar novohispana, fortalezas, atarazanas y torres de vigía como un “género de la arquitectura”, particularmente enfocando sus preguntas en la relación entre lo que se documenta y lo que trata de proteger el Instituto Nacional de Antropología e Historia. Y, al igual que para el tema de los libros de cocina que conocía al investigador “clave”, para el de los ingenieros militares pasaba lo mismo: conocía a Omar Moncada, doctor en geografía por la Universidad Nacional Autónoma de México, quien ha estudiado ampliamente los ingenieros militares destinados a Nueva España durante los tres siglos coloniales. ¿Lo conoces? —¡Sí!

 

Leonardo llevaba ya involucrado con el tema de la arquitectura militar por investigaciones de sus estudiantes de posgrado en la Facultad de Arquitectura de la UNAM. Y, de otro lado, sus propias investigaciones en los años ochenta del siglo pasado en la región de Puebla y Tlaxcala, centraron su interés en la historia de la arquitectura relacionada con la producción y el abasto alimentarios en Nueva España. Efectivamente, en septiembre de 1990 se doctoró con la tesis “Arquitectura civil en la Nueva España, 25 ejemplos de la región Puebla-Tlaxcala”. Entre esa veintena retomó los casos de las ventas a orillas de los caminos para alojamiento de arrieros y viajeros; los edificios para el abasto de ganado y sus derivados, los rastros y mataderos, las carnicerías, las tocinerías, así como los edificios para el abasto de trigo y sus derivados. Un aspecto principal en su análisis fue la arquitectura para la producción agrícola y ganadera, examinando los vestigios de algunas haciendas productoras de cereales y ganado. Tema en donde, adecuadamente, dio prioridad a la tecnología hidráulica, “los edificios para el agua”, como a él le gustaba llamarlos: norias, aljibes, cisternas, jagüeyes, pozos, lavaderos, acueductos, pilas y fuentes de agua.

 

Es aquí, en el estudio de las fuentes de agua, donde volvimos a coincidir en julio de 2006. El agua, “el alimento de primera necesidad que no admite suplemento”, como refieren los documentos de finales del siglo XVIII del ayuntamiento de la Ciudad de México, supone un reto para los ingenieros y arquitectos de todos los tiempos. Y del abasto de agua potable en la red secundaria de cañerías y fuentes públicas de la capital colonial, también fue asunto del que se ocuparon continuamente los ingenieros militares. En este tema, tuve la gran fortuna de que Leonardo leyera mis borradores, lo que permitía conversaciones encaminadas a profundizar la problemática, y recibí observaciones, sugerencias y extraordinarios préstamos bibliográficos.

 

Pero, mucho antes que yo, mis colegas investigadoras e investigadores de la Coordinación Nacional de Monumentos Históricos conocían bien a Leonardo. Desde el primer número de la tercera época del Boletín de Monumentos Históricos, Leonardo formaba parte del consejo editorial. Era enero de 2004, y desde entonces hasta poco antes de su deceso, en abril de 2013, participó puntualmente en todas las reuniones del consejo. Recuerdo su intervención durante la preparación del número 17, dedicado a las plazas y el espacio público, en el cual participé como coordinadora invitada. En ese proceso, otra vez tuve el apoyo incondicional y guía fundamental de Leonardo, principalmente para contactar a los colaboradores. Igualmente, en este tema conocía a los investigadores “clave” y no se guardó las referencias. Gracias a él, a Carmen Olvera y Ana Eugenia Reyes, editoras del boletín, aquel número “quedó redondo”, para dar cuenta de la importancia del espacio público y de la traza urbana para valorar los procesos de conservación y restauración de los inmuebles en nuestro país.

 

Y es que Leonardo llevaba especializándose como arquitecto restaurador desde fines de los años setenta del siglo pasado; trabajó en la Coordinación Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural, así como profesor en la maestría de arquitectura en la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía del INAH. Eran los años en que esos centros de trabajo compartían, junto con la Coordinación Nacional de Monumentos Históricos, el exconvento de Churubusco. Circunstancia que propició el diálogo constante entre estas tres áreas fundamentales para la conservación y restauración del patrimonio construido, bajo el ala jurídica de nuestro instituto. Por eso Leonardo supo enseñar en diferentes posgrados y especialidades de arquitectura, tanto de universidades mexicanas y del extranjero, como en la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía, las materias de restauración de monumentos, inventario y catalogación de bienes culturales, documentación e investigación histórica de inmuebles, arquitectura y urbanismo. Él mismo participó, ya como investigador de la Dirección de Estudios Históricos, en proyectos como el de “Catalogación de la frontera norte, estado de Baja California Sur” y en el de “Catálogo de haciendas del estado de Tlaxcala”, y propuso desde 1990 otro proyecto propio: “Arte sin ciencia nada es, los tratados de la arquitectura, siglos XVI-XIX”.

 

Los valiosos consejos de Leonardo como arquitecto-investigador-restaurador serían fundamentales para la propuesta que realicé para crear, dentro de la Subdirección de Investigación de la Coordinación Nacional de Monumentos Históricos, un seminario permanente de investigación sobre historia de la construcción. El seminario “Constructores, mano de obra, técnicas y materiales de construcción en México, siglos XVI-XX. El punto de vista social para los monumentos históricos”, inició sus sesiones en febrero de 2007, reuniéndonos cada seis semanas y contando con dos sedes alternas, la propia coordinación y la Biblioteca y Archivo Históricos del Palacio de Minería. Durante el tiempo en que lo coordiné, entre febrero de 2007 y diciembre de 2010, Leonardo Icaza participó con nosotros en diversas actividades. Lo tuvimos en algunas sesiones normales, en la visita que realizamos a las minas de tezontle en la Sierra de Santa Catarina, en Tláhuac, en abril de 2008, y en la primera sesión abierta con la conferencia magistral del ingeniero Enrique Santoyo Villa, en septiembre de ese mismo año. En esa convivencia, Leonardo Icaza, junto con José Manuel Chávez Gómez, nos invitaron como seminario, a sus simposios internacionales de tecnohistoria, con lo que aumentó la red de coincidencias de intereses y amistades.

 

Un nodo especial de esa red lo armó Omar Escamilla, responsable del acervo histórico del Palacio de Minería, miembro fundador del seminario, amigo de Leonardo y esposo de nuestra colega Gabriela Sánchez. Se trató del proyecto de investigación en torno al ejemplar que resguarda la Biblioteca del Palacio de Minería, “De Divina Proportione” de Luca Pacioli, publicado en Venecia en 1509. Al cumplirse 500 años de su publicación, bien merecía la pena un estudio concienzudo y multidisciplinar. Leonardo estudiaría la geometría y las matemáticas en el Renacimiento italiano y su relación con las obras constructivas en Nueva España en los siglos XVI al XVIII. Omar abordaba el texto en el ámbito de la matemática europea de los siglos XVI al XX. A mí me tocaría investigar sobre el uso, apropiación y circulación del ejemplar en la Ciudad de México entre los siglos XVII y XIX. Y Laura Milán lo haría desde el punto de vista de la restauración: analizaba el libro como objeto material, su estado de conservación y su función a lo largo de cinco siglos. El proceso de trabajo fue de lo más espléndido, escuchar a Leonardo hablar de geometría y de los geómetras, de la amistad de Luca Pacioli con Leonardo da Vinci; a Omar de los matemáticos y los detractores de la teoría de la proporción y la sección áurea y, por supuesto, a Laura sobre las características del papel, de las tintas y de la impresión de un libro “casi incunable”, junto con lo que yo iba desvelando de los distintos propietarios que tuvieron en su biblioteca personal este ejemplar, y quién y de dónde pudo haber copiado los modelos y ejercicios de trazos de fortificaciones en las hojas finales en blanco; trazos, dibujos y letras que, sin duda, fueron hechos en el siglo XVIII en la capital novohispana.

 

La vida caprichosa, con sus infortunios, truncaron el proyecto. La enfermedad, el temido cáncer; primero contra mi madre y luego contra Leonardo, impidió la conclusión de tan hermoso proyecto. Y del que apenas esbozamos sobre la arquitectura de las cocinas antiguas.

 

Extraño a Leonardo. Su inquietud por conocer, por compartir lo que se investiga; su intención, siempre lograda, por hacer de una reunión académica un encuentro entre amigos. Y las comidas en que reinó el fino humor del generoso maestro.

 

Sobre todo, tengo presente su legado académico como referencia constante y obligada. Sin duda, su actitud de libre pensador es la que le permitía observar las finas relaciones y múltiples vasos comunicantes del patrimonio construido con las diferentes manifestaciones de la cultura material, la ciencia y la tecnología.

 


Leonardo Icaza y Guillermo Boils, Sierra de Santa Catarina, Tláhuac
(abril de 2008)

 


Pepe, Polo y Leonardo, camino a la mina Buenavista,
La Estancia, Tláhuac

 


Participantes del seminario en la mina Buenavista, Tláhuac

 


Leonardo Icaza en la Biblioteca del Palacio de Minería
(septiembre de 2008)

 


Leonardo Icaza en la Biblioteca del Palacio de Minería

 


El seminario en la Compañía Agregados Basálticos, en Tláhuac

 



* Coordinación Nacional de Monumentos Históricos-INAH.

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In memoriam

María del Carmen León García

La primera vez que hablé con Leonardo Icaza platicamos de cocina. Era mayo de 2001, en el taller de ciencia y tecnología que coordinaba en la Dirección de Estudios Históricos. No nos conocimos hablando de arquitectura, ni de monumentos, ni de tratadistas, sino de recetas y libros de cocina antiguos. El pretexto fue el de Dominga de Guzmán, el libro manuscrito del siglo XVIII de aquí, del valle de Toluca. Leonardo me dijo que conocía bien a Guy Rozat, mi profesor de historia, quien desde las décadas de 1970 y 1980 insistía en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, en el estudio de la cultura alimentaria en México.

 

 

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