Mis cuarenta años a orillas de la historiografía

Dolores Pla Brugat*

 

A Eugenia Meyer,
Luz María Martínez Montiel
y Guadalupe Zárate

 

En 2013 cumplí cuarenta años de rondar la historiografía. Este recorrido comenzó formalmente con mi ingreso como estudiante de la licenciatura en Historia a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y para mi fortuna ha continuado hasta hoy. Sin embargo, mi manera de entender la historia y muy seguramente lo que me ha hecho mirar mis temas de investigación desde una perspectiva y no de otra, se remonta a mucho antes, cuando la historia distaba de ser una empresa intelectual y constituía un entramado de fragmentos de vida de hombres y mujeres que habían sufrido y cuyo dolor clamaba contra el olvido.
 

Relatos para no olvidar

En la posguerra española, cuando se intentaba apagar la memoria, en un pequeño pueblo catalán mi padre quería preservarla. No sé qué edad debía yo tener cuando escuché por primera vez sus relatos acerca de la justicia revolucionaria que impartía el avi, su padre, durante la guerra, de su propia participación en la lucha armada y, después, en la clandestinidad, pero los que más me conmovían eran los recuerdos de su estancia en la prisión de Girona al finalizar la contienda. Yo veía a través de sus palabras cómo en la madrugada los condenados a muerte atravesaban el patio de la cárcel camino al cementerio donde serían fusilados, alzando el brazo con el puño cerrado y gritando "¡Salut!". Cómo ese extranjero de las brigadas internacionales, enloquecido, se destrozaba la cabeza contra un canto de su celda. Yo odiaba también a Mossén Feliu, que bajo un frío glacial hacía formar a los presos en el patio del penal para cantar "Cara al sol", y no se inmutaba cuando desfallecían uno tras otro. Pero el recuerdo que más le hería a él --y a mí‑- era el de este jovencito al que habían hecho prisionero para vengarse del padre que ya se encontraba en el exilio y al que tuvieron que llevar desmayado hasta el pelotón de fusilamiento. Hasta el mismo Mossén Feliu, que fue testigo del hecho, como de todos los fusilamientos, al ser interrogado por los presos de regreso del cementerio, se ponía las manos en la cabeza y exclamaba: "¡No men parleu, no men parleu!".[1] Estos relatos habrían de marcar de manera indeleble mi manera de entender el relato historiográfico.

 

La palabra escrita ‑-consustancial al quehacer del historiador-‑ y una visión básica del mundo, me fueron dadas por la señureta Mercé Pintaluba, mi maestra desde los dos a los once años. El primer libro al que pude llamar mío, no un cuento, un libro de pasta dura titulado Cuando las grandes reinas eran niñas, me lo regaló ella. No es de extrañar, tenía pasión por la lectura y la escritura. No había día en que no nos sentara a su alrededor para leernos un cuento o un fragmento de alguna novela. También había que escribir cotidianamente, a veces hacer una composición libre, otras, nos dictaba una carta o algún texto, que después leía persiguiendo inclemente las faltas de ortografía.

 

La señureta Mercé no gustaba de las labores de aguja, obligatorias en este tiempo; disfrutaba, en cambio, que hiciéramos teatro y llevarnos al cine, al bosque, a la playa. Nos civilizó intensivamente. Ella fue también, gracias a su acendrado catolicismo y a su convicción socialista ‑-de la que me hizo saber muchos años después, todavía a media voz y rogándome que no lo comentara-‑, quien nos inculcó que la vida debía regirse por un puñado de planteamientos morales que no eran por cierto los propios de las beatas hipócritas, sino la solidaridad, la tolerancia, la honradez.

 

Que la señureta Mercé fuera destinada a aquella pequeña escuela rural por largos años sólo puede explicarse por las purgas inclementes a que fue sometido el magisterio español, en especial aquellos jóvenes que la República había formado con tanto entusiasmo para que se convirtieran en los artífices de una mejor España, de una mejor Catalunya.

 

Y la UNAM era un banquete

Después vinieron años grisáceos, cuando arrancada de mi pueblo me vi de repente lanzada a la enorme y atemorizante ciudad de México. Cursé en el Colegio Madrid, con más pena que gloria, dos años de secundaria y los tres de prepa. Sobreviví gracias a la compañía de dos o tres condiscípulas y amigas con las que no sólo compartí la marginación sino muchas carcajadas. Algunas clases hicieron menos árido aquel secano, las de literatura, geografía y las de historia universal y de México, que si bien eran tradicionales, venían de la mano de una buena narradora, Pilar García Fabregat.

 

El panorama cambió radicalmente cuando entré a la Facultad de Filosofía y Letras. En aquellos años la UNAM era un banquete. Tan o más importante que las clases, era la oferta de todo tipo que ofrecía: cine, teatro, música, lecturas, actividad política y, quizá más trascendente para las mujeres, la posibilidad de explorar formas de vida que el feminismo había ido abriendo. Y todo esto era mejor aún porque lo compartía con Luz, Lupe, Mónica, Sofía, Guille,[2] desde entonces colegas y amigas entrañables.

 

Pero en medio de este torbellino, también había espacio para las clases. Tuve la suerte de contar con algunos profesores excelentes. Enrique González Rojo, que nos daba materialismo histórico; Andrea Sánchez Quintanar, que nos enseñó a leer la historiografía mexicana; el maestro Ernesto Schettino, que impartía historia de Grecia y de Roma; Ida Rodríguez Prampolini que nos acercó al arte contemporáneo. Y no puedo dejar de recordar a los maestros que nos dieron cursos de técnicas de investigación, que nos enseñaron a usar los instrumentos que habían establecido más de cien años antes los forjadores de la historia profesional, científica y que siguen vigentes hasta hoy para el manejo básico de las diferentes fuentes históricas.

 

En el Colegio de Historia había irrumpido con fuerza, si bien con retraso, el marxismo, que quería enfrentar al historicismo que durante décadas había sentado sus reales en la facultad, y aún al positivismo que pervivía en algunos profesores. Lamentablemente, con frecuencia el marxismo que se nos ofrecía ponía el énfasis en lo que hoy en día puede parecer una vasija pretenciosa y vacía con que se quería y se creía explicar la Historia, con mayúsculas. Se nos enseñó que el motor de la historia era el desarrollo de las fuerzas productivas que “entraban en conflicto con las condiciones sociales que ellas mismas habían creado y en contra de las cuales se rebelaban cada vez que se transformaban en un obstáculo para [su] completo desenvolvimiento”.[3]  

 

 Sin embargo, no toda la obra de Marx tenía esta rigidez, la perspectiva dialéctica de su pensamiento ofrecía panoramas muy distintos. Así lo explica Iggers:

Lejos de plantear la preponderancia de las fuerzas materiales generalmente asociadas con su materialismo histórico, esta perspectiva dialéctica, a pesar del discurso materialista de Marx, repudia el concepto que pone a las fuerzas materiales por sobre las humanas. […] El método dialéctico proporciona así la base de la teoría crítica que examina las irracionalidades, en este caso las violaciones de la dignidad humana, que forman parte de toda formación social.[4]

 

Se abría un espacio de crítica que rendiría buenos frutos, en especial, en la historiografía del siglo XX, cuando los historiadores marxistas tradujeron este planteamiento en una escritura de la historia “desde abajo”, que incluyó a los sectores populares como actores activos, agregando a la historia una “dimensión humana”[5] e implicando en la dinámica histórica, más allá de la política y la economía, elementos tales como los valores culturales y éticos. Gran parte de la historia crítica de izquierda se inspira todavía en el marxismo, aun cuando los historiadores de esta corriente no se identifiquen como marxistas. “En último término, al documentar la resistencia a la opresión y a la explotación relacionada con el capitalismo, la historiografía marxista continúa viéndose a sí misma como parte de un esfuerzo por construir un mundo socialmente más justo.”[6] Y en este sentido no somos pocos los que quisiéramos reivindicar nuestra parte de la herencia marxista, por modesta que sea.

 

Paralelamente, en estos años tuve el privilegio de que amigos entrañables me acercaran al ámbito de la literatura. Adriana Yáñez, filósofa y poeta que ya no está entre nosotros, de mi misma edad pero a gran distancia en lo referente a formación, me mostró el misterio y la sabiduría que puede encerrar la poesía. Julio Figueroa nos llevó de la mano a otros amigos y a mí a un apasionado recorrido por la narrativa de los siglos XIX y XX. Eran las lecturas que más disfrutaba, ahí me parecía que se reflejaba la vida tal como era en realidad para los hombres y mujeres, cosa que no encontraba en la historiografía que leíamos en la Facultad, al menos, no en la que leí yo.

 

Concepción Baixeras y su niñez amarga

Pronto se me abrió una oportunidad espléndida en el ámbito profesional. Tuve la fortuna de ser admitida en el Proyecto de Historia Oral Refugiados Españoles en México que, bajo la dirección de la doctora Eugenia Meyer, se iniciaba en el Archivo de la Palabra del INAH. Cuestionario y grabadora en mano, comencé a hacer entrevistas. Se me estaba posibilitando sumarme a la construcción de una perspectiva historiográfica que permitía poner en el centro a los hombres y mujeres “de verdad”, y que habría de contribuir a la construcción de una historia “desde abajo”.

 

Aunque no siempre fue así. Antes del proyecto sobre el exilio, al que le correspondió el número diez, la doctora Meyer ya había echado a andar nueve. La intención del Archivo de la Palabra, al menos en sus comienzos era, en palabras de su fundadora, "rescatar y salvaguardar fuentes primarias: los testimonios directos de hombres y mujeres que han vivido y viven [los] cambios del acontecer nacional".[7] Y esta concepción, que ponía en el centro “el acontecer nacional”, todavía parecía tener cierta vigencia en el proyecto del exilio. Casi una tercera parte estaba enfocado a indagar cual era la opinión del entrevistado acerca de una serie de cuestiones, en especial de momentos relevantes de la Historia, con mayúsculas, de España o, ya en el exilio, de las instituciones. A veces pareciera que no acababa de quedar claro que se quería construir una biografía, registrar la vida personal, incluso privada, de los entrevistados y que la información principal era aquella que se inscribía en la cotidianidad, o en momentos críticos pero siempre, digamos así, en el ámbito inmediato. Afortunadamente, la mayor parte del cuestionario, en cuya elaboración seguramente se hizo intervenir a algún o algunos antropólogos, nos hacía adentrarnos en la vida del entrevistado, obteniendo información que habría de ser fundamental para la construcción de una versión más compleja de la historia del exilio, una historia social.

 

En algún momento entrevisté a una mujer que había formado parte del grupo conocido como los Niños de Morelia, se llama Concepción Baixeras. Su historia y la de sus compañeros me conmovieron, y me indignó observar la manipulación de la cual habían sido objeto así como el sufrimiento que les acarreó. Todo ello, por supuesto, no había cabido en la historia que se divulgaba del grupo, la que ponía el énfasis en las solidaridades. Creí que era importante desenmascarar esta “historia oficial” y decidí investigar el tema, lo que desembocó en mi tesis de licenciatura, después publicada con el título Los Niños de Morelia. Un estudio sobre los primeros refugiados españoles en México.

 

En eso estaba cuando se me presentó la posibilidad de incorporarme a la oficina de Estudios Étnicos, también del INAH, dirigida por la etnóloga Luz María Martínez Montiel, dentro del proyecto Minorías étnicas no indígenas en México. Y me cambié de centro de trabajo para integrar mi investigación en un esfuerzo colectivo por entender la presencia de extranjeros en México. La formación que teníamos como historiadoras las tres jóvenes investigadoras que integrábamos el equipo, se enriqueció con la mirada antropológica de la doctora Martínez Montiel. Ella nos ayudaba a adentrarnos en la dinámica del grupo estudiado, y nosotros le mostrábamos cómo ésta no se podía desvincular de los procesos que la envolvían, y que también era indispensable que la investigación no terminara en una foto fija, que debía incorporar el movimiento, el tiempo, la historia.

 

En la tesis de licenciatura, luego libro, tomaron forma algunas de las enseñanzas que había recibido. Era un trabajo crítico de casi todas las instancias de poder que habían tenido protagonismo en esta historia. Se había aplicado como método un ir y venir constante de las historias personales a los grandes procesos históricos que frecuentemente las condicionaban. Gracias a la amistosa pero intransigente lectura del primer borrador, por parte de mi amiga y colega Guadalupe Zárate, tuve además que hacer un gran esfuerzo para que el libro quedara estructurado y escrito de la mejor manera que me fuera posible.

 

Quisiera pensar que este pequeño libro que ayudó a conocer la historia de estos niños, mostró también la fragilidad y vulnerabilidad de los menores, en Morelia y en cualquier parte, y aún permitió empezar a desbrozar algunas cuestiones acerca de la presencia española en México, como, por ejemplo, que la vía más expedita para que un español se convierta en mexicano es que sea pobre. Dicho de otra manera, ser pobre y español parece ser un binomio inaceptable en México.
 

Construyendo fuentes orales

Con este texto terminado llegué a la Dirección de Estudios Históricos, donde poco tiempo después volví al proyecto de Historia Oral sobre el exilio, ahora como coordinadora del mismo. Después de los arduos trabajos de los entrevistadores, transcriptores y correctores de estilo, el proyecto se concretó finalmente en 120 entrevistas registradas en casi 800 horas de grabación y en más de 27 mil páginas de transcripciones. Escuchar y reescuchar, corregir y reescribir cientos de páginas de testimonios, me permitió constatar que la historia oral era una fuente que, como todas, si bien era útil para adentrarse en ciertos aspectos de la realidad pasada, no lo era para hacerlo en otros. En el caso de los refugiados, quizá sólo exceptuando a los líderes del grupo, difícilmente podían ofrecer información acerca de la vida institucional del exilio, sobre sus actividades políticas o su relación con el Estado mexicano. Este tipo de información se debía buscar sobre todo en los documentos escritos. Estos últimos, en cambio, no siempre alumbran el ámbito de la vida cotidiana que es en buena medida el escenario donde se puede observar cómo se relacionan los individuos unos con otros, y aun los grupos sociales: a través de protocolos, costumbres, palabras, gestos, prejuicios, todas realidades profundamente humanas ‑-y por tanto plenamente históricas-‑ que no dejan su impronta escrita.

 

No son pocos los especialistas en historia oral que han puesto de manifiesto la importancia que esta técnica tiene para adentrarse en el conocimiento de la cotidianeidad. Uno de ellos, que fue particularmente aleccionador para mí, fue Philippe Joutard, quien escribió: “si lo oral nos introduce realmente en ‘otra historia’, es antes que nada en el descubrimiento de la importancia de la cotidianeidad”.[8] Con ello, explica el autor, el historiador se acerca al campo propio de la etnología y si alguna especificidad aporta [yo diría que está obligado a aportar] “es la voluntad de señalar evoluciones y cambios, de reintroducir el tiempo allí donde está la gran tentación de ver inmovilidad”.[9] Pero se debe ir aún más allá: "[…] la historia oral debe buscar las huellas entre la vida cotidiana y los procesos políticos y económicos de mayor alcance. La mejor manera de formular esta exigencia es diciendo que se trata de una técnica idónea para comprender mejor las relaciones entre el tiempo largo y el corto, el acontecimiento y la estructura".[10]

 

La información que proporcionaron los entrevistados fue suficientemente rica para matizar o modificar algunas de las cosas que ya se conocían de esta historia, y aún para plantear otras que se ignoraban. Gracias a sus testimonios se conoció mejor cómo se llevó a cabo el proceso de selección para viajar a México y el peso que en ello tuvieron las diferencias que atravesaban el exilio, en especial las de clase. Se pudo observar cómo las primeras impresiones del país huésped pusieron de inmediato en evidencia tanto las cercanías como las diferencias culturales con México. Por otra parte, sin las entrevistas hubiera sido muy difícil observar en detalle cómo se insertan los refugiados al mercado laboral y al ambiente mexicano en general, y cómo en ello tuvieron mucho que ver los prejuicios que a su favor o en su contra existían en la sociedad que los recibía. Particularmente útiles fueron las entrevistas para observar cómo esta inserción sucede de forma diferente para diversos sectores del exilio.

 

Fue también a través de las voces de los refugiados como se pudo constatar que no siempre lo establecido y normado en el papel ‑-la legislación mexicana, por ejemplo-‑, se cumple en la realidad. Y gracias a ellas también se evidenció su relación con los españoles antiguos residentes que se encontraron a su llegada, contra lo que podrían hacer pensar los textos que se habían ocupado de los exiliados. Permitieron también adentrarnos en las maneras de cómo los refugiados se fueron mexicanizando, “aculturando”, hubiera dicho la doctora Martínez Montiel. Todo esto se plasmó en mi tesis de doctorado, que se publicó después con el título Els exiliats catalans. Un estudio de la emigración republicana española en México. Aquí también, como se hizo en el trabajo Los niños de Morelia, se entreveraban las experiencias individuales con los procesos políticos, económicos y sociales que las enmarcaban.

 

Tanto en el libro de los niños de Morelia, como en el de los exiliados adultos, recurrí a fuentes diversas, y también a técnicas propias de las ciencias sociales. A los testimonios de historia oral se sumaron materiales de archivo y bibliografía. En cuanto a las disciplinas, ya mencioné a la antropología, que impregnaba sin duda el cuestionario con que hicimos las entrevistas y que, como ya dije, nos fue acercada por la doctora Martínez Montiel. Asimismo se recurrió, sobre todo en el segundo libro, a los datos duros, a los números, a la demografía histórica.

 

El “tono vital”

Pero ha habido y hay otras concepciones de la historia oral. Una de ellas tuve la oportunidad de conocerla y practicarla con el historiador brasileño y destacado especialista en historia oral, José Carlos Sebe Bom Meihy, quien visitó nuestro centro de trabajo, la Dirección de Estudios Históricos del INAH, a principios de la década de 1990. Él planteaba que el historiador oral adquiere, al hacer la entrevista, el compromiso de dar a conocer lo que el entrevistado le comunicó y que la narración de los entrevistados es válida en sí misma, es una representación del mundo tan legítima como cualquier otra y puede y debe darse a conocer tal cual, y no necesariamente usarse como una fuente más que sólo cobra sentido al reunirla con otras para que el historiador construya un discurso.[11]

 

Con estos planteamientos, y con su apoyo y trabajo, se pudo publicar un libro que reunió once relatos de refugiados que se titula El aroma del recuerdo. Narraciones de españoles republicanos refugiados en México. Tratando de ser fiel a los lineamientos metodológicos del historiador brasileño establecí cual era el “tono vital” de cada uno, ellos, es decir, seleccioné aquella frase pronunciada por el propio entrevistado que resumía el sentido que daba a la narración y, quizá, a su propia vida. Este “tono vital” debe ser el eje que ordene lo que el doctor Sebe llamó “transcreación”. No es sólo ordenar y hacer legible lo dicho. Es algo más. Antonio Saborit me contó que Martín Luis Guzmán decía que nadie escribe lo que quiere escribir sino lo que queda escrito. Podría parafrasearlo diciendo que quizá el entrevistado no dice lo que quiere decir sino lo que queda grabado y que la función principal del historiador, según Sebe, era hacer que el texto que se iba a hacer público recuperara su palabra de modo fiel y encontrara ese “tono vital”.

 

Esta manera de tratar los relatos no era ajena a una forma de pensar la historiografía. Autores provenientes de la crítica literaria, entre ellos Roland Barthes y Hayden White, no creían en la reconstrucción realista del pasado y “cuestionaban la distinción entre hecho y ficción e historia y poesía. Rechazaban que la historia tuviera referencia a realidad alguna fuera de los textos”.[12] Aunque los historiadores nunca fueron tan lejos, ecos de este planteamiento tuvieron su impacto, como fue el caso del doctor Sebe.
 

Dolor indio en país “mestizo”

Es obvio que mi historia personal fue un factor importante para que dedicara años al estudio del exilio español. Pero no lo es tanto de qué manera mi experiencia propició una mirada y no otra sobre el tema. Ni refugiada, ni antigua residente, catalana y española por nacimiento y mexicana por la vida misma, el haber estado muchas veces, más que en el interior, en las fronteras de los distintos circuitos a través de los cuales se relacionan los españoles y los catalanes de México me permitió interactuar y conocer cómo funcionan pero, al mismo tiempo, verlos con un relativa distancia que favorecía una mirada crítica.

 

Por otra parte, la dificultad para mi familia de insertarse en los ambientes españoles de México hizo que mi medio muy pronto fuera mexicano y que mi proceso de aculturación fuera rápido. Creo que esto me permitió observar algunas cosas fundamentales para mi manera de entender México y, a la larga, su historia. Alguna vez me dijo mi amiga y colega Ethelia Ruiz Medrano que mi llegada a México me exigió tener una cierta mirada de antropóloga. Y es cierto, si ser antropólogo implica observar y registrar rostros y formas culturales diferentes a los del mundo de origen del que observa. Al igual que le sucede a la mayoría de los extranjeros, pude apreciar la “rotunda presencia indígena” -tomo prestada esta expresión de Guillermo Bonfil-,[13] que parece pasar desapercibida para la mayoría de los mexicanos en un país, una nación, que decidió por decreto que era mestizo. Y no me refiero solamente a aquellos mexicanos que se consideraban y eran considerados indígenas, sino también en buena medida a los integrantes de los sectores populares, es decir la mayoría de la población, que, a ojos vista, era de ascendencia indígena.

 

Pero más importante que observar la “rotunda presencia indígena”, fue constatar cómo era considerada esta población. Las diferencias dentro de los diversos grupos humanos es una constante, pero las que yo había observado en mi tierra natal eran de clase, en cambio, en México, el desprecio que siempre acompaña la explotación de unos sobre otros, se basaba tanto o más que en las diferencias de clase, en las étnicas o, como se dijo por mucho tiempo, raciales.

 

Por otra parte, pronto tuve que aprender qué significaba ser español en México: una disposición ambigua que va desde la hispanofobia basada en los horrores de la Conquista y los privilegios de que gozaron los españoles durante la Colonia y aún después de la Independencia, hasta la hispanofilia ‑-quizá sería mejor decir “blancofilia”-‑ que se manifiesta cotidianamente en las relaciones interpersonales y es la otra cara de la moneda en que se inscribe el menosprecio al mundo indígena.

 

Mi experiencia personal que mostraba que eran más los beneficios que los inconvenientes de ser española, la pude confirmar en los testimonios de los refugiados. Esto me hizo pensar en la necesidad de estudiar el racismo antiindígena, que considero que es pieza fundamental para entender las brutales diferencias entre los mexicanos. Pero mi intención no era trabajar las comunidades propiamente indígenas, sino rastrear estos prejuicios en el México considerado mestizo.

 

Lo primero que hice fue “ubicar” a los mestizos a través de las estadísticas históricas. Esto me ha permitido observar que el celebrado mestizaje mexicano es, básicamente, producto de un proceso que Bonfil llamó desindianización. Él no creía en la existencia “de una sociedad mestiza que representaría la fusión de las sociedades y las civilizaciones de Mesoamérica y Occidente”. El mestizaje, explicaba, es un fenómeno biológico ‑-a pesar de que a veces se habla de mestizaje cultural-- que no sirve para “explicar qué sucede cuando grupos culturales diferentes entran en contacto en un contexto de dominación colonial”, como ha sido el caso mexicano. Por eso acuñó el término desindianización, entendiendo por tal "[...] un proceso histórico a través del cual poblaciones que originalmente poseían una identidad particular y distinta, basada en una cultura propia, se ven forzadas a renunciar a esta identidad, con todos los cambios consecuentes en su organización social y cultura. La desindianización no es el resultado del mestizaje biológico, sino de la acción de fuerzas etnocidas que terminan por impedir la continuidad histórica de un pueblo como unidad social y culturalmente diferenciada".[14]

 

Este proceso, que atravesó el periodo virreinal, el siglo XIX, el XX y que se mantiene vigente aún en el XXI, ha sido fundamental en la historia mexicana pero lo conocemos poco. Estudiarlo me parece indispensable para entender a cabalidad al país. México, marcado por haber sido una colonia durante tres siglos, parece haberse olvidado que tiene raíces culturales milenarias, mismas que hay que incorporar al análisis si queremos tener un conocimiento más profundo y más ajustado a la realidad nacional. Finalmente, hay que develar el sufrimiento, siempre acallado, sofocado, que esta negación ha significado para tantos hombres y mujeres. Actualmente, cuando el pensamiento postmoderno ha sometido a una mirada crítica la modernidad occidental, nos es más fácil asomarnos, como dijo Bonfil, a este “espejo en el que no queremos mirarnos” que pone de manifiesto “la presencia rotunda e inevitable de nuestra ascendencia india”.[15]

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

[1]No me habléis de eso. No me habléis de eso.”

[2] Luz María Uhthoff, Guadalupe Zárate, Mónica Palma, Sofía Valdés, Guillermina Fuentes.

[3] Georg G. Iggers, La historiografía del siglo XX. Desde la objetividad científica al desafío posmoderno, Santiago de Chile, FCE, 2012, p. 131. Para mi fortuna, mi amigo Carlos San Juan me recomendó la lectura de Iggers justo cuando estaba escribiendo mi texto. La recomendación fue muy útil, como se constata en las notas al pie de página.

[4] Ibidem, p. 132.

[5] Ibidem, p. 141.

[6] Ibidem, p. 158.

[7] Eugenia Meyer, prólogo a Catálogo del Archivo de la Palabra I, México, INAH-SEP, 1977, p. 3.

[8] Philippe Joutard, Esas voces que nos llegan del pasado, México, FCE, 1986, p. 273.

[9] Ibidem, p. 274.

[10] Ibidem, p. 283.

[11] Algunos trabajos de José Carlos Sebe BomMeihy son: A colôniabrasilianista: historia oral de vida acadêmica, Sao Paulo, Nova Stella, 1990; Canto do Morte Kaiowá. História oral de vida, Sao Paulo,  Loyola, 1991, y Manual de história oral, Sao Paulo, Loyola, 1996. En México publicó el artículo “Definiendo la historia oral”, en Historias., núm. 30, abril-septiembre de 1993, pp. 8-12.

[12] Georg G. Iggers, op. cit., p. 165.

[13] Guillermo Bonfil, México mestizo. Una civilización negada, México, Conaculta / Grijalbo, 1990, p. 43.

[14] Ibidem, pp. 41-42.

[15] Ibidem, p. 43.

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Dolores Pla Brugat

Resumen: Este texto es resultado de una reflexión de la autora sobre sus cuatro décadas de trabajo profesional, haciendo énfasis en sus principales publicaciones. En el relato se entremezclan las experiencias personales con la formación profesional que desembocaron en una manera de entender la historiografía y de ejercerla.
Palabras clave: historiografía, historia oral, extranjeros en México, desindianización.

 

Abstract: This text is the result of a personal thought made by the author, about four decades of professional work as a historian, with an emphasis on her principal studies. Throughout the story, there is a mixture of her personal and professional experiences which led to a way of understanding and practicing historiography.
Keys words: Historiography, Oral History, foreigners in Mexico, Desindianization.

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