Identidad y tradición en el Barrio de la Merced, en el siglo XXI

Lucía Álvarez Enríquez*
Luis Etelberto San Juan**

 

[...] el año o las estaciones del año no están marcadas porque llueva o porque haga calor [...]
sino porque un mes, dos meses antes empiezan a vender lo del 14 de febrero [...]
ya viene la época de clases, de un cambio de ciclo a otro, porque empieza el 15 de septiembre,
porque empieza el día de muertos, porque viene Navidad, luego vienen los niños Dios
y así te sigues todo el año, entonces ves cómo cambian los aparadores y ese es tu cambio de estación.

Anna Elena López residente de la Merced

 

El Centro Histórico de la Ciudad de México, lo que denominamos la Zona Central de la Ciudad de México (ZCCM), sigue siendo el corazón de nuestra ciudad, a pesar del crecimiento espectacular de la zona metropolitana y de las grandes transformaciones que ha tenido a lo largo del último siglo. En el Centro Histórico no sólo encontramos la mayor concentración del patrimonio histórico arquitectónico colonial y decimonónico del país, sino que se trata de un centro histórico vivo, en el que aún residen miles de personas, y en el que muchas otras –quizás millones–, habitan, transitan, trabajan, consumen e intercambian y hacen uso a diario de sus calles, plazas, infraestructura y patrimonio.[1] Como otros centros históricos, el de la Ciudad de México condensa una fuerte herencia colectiva porque ha sido construido por numerosas generaciones de habitantes en el transcurso del tiempo, concentra un importante legado cultural construido y desempeña funciones centrales y residenciales para la ciudadanía y su población.[2]

 

Por sus cualidades, en el contexto histórico actual, los centros históricos se han convertido en los lugares privilegiados de producción de memoria, intentando así romper con la uniformidad que busca imponer la globalización; en ese sentido el Centro Histórico se convierte en un símbolo más de la resistencia de la identidad local.[3]

 

Por otra parte, el Centro Histórico de la Ciudad de México ha sido siempre un núcleo étnico, cultural y político; en una de las ciudades antiguas vivas más grandes del mundo, seguida de urbes históricas como Lima, La Habana, Cuzco, Bahía, Cartagena, Puebla o Quito.[4] En este marco se ubica el antiguo Barrio de La Merced, objetivo central de reflexión de este trabajo.

 

Antecedentes históricos del Barrio de La Merced

           

Como es sabido, el actual barrio de La Merced es una de las áreas más antiguas de la Ciudad de México; data de la época prehispánica, época en la que constituía el límite oriente de la zona urbana de México Tenochtitlán que colindaba con el ex lago de Texcoco. Desde entonces estuvo inmersa en el sistema lacustre del Valle de México y formó parte de la gran unidad económica del imperio azteca. En tanto zona urbana, como todo el conjunto de la ciudad, tuvo menos importancia como productora de artículos y alimentos y fue más fuerte en otras actividades económicas relevantes como los oficios, la artesanía manufacturera, los servicios y el comercio; este último adquirió gran relevancia ya en el siglo XVII debido a su ubicación privilegiada al borde de grandes acequias: Acequia Real (Roldán) y Chimalpopoca (Juan Cuamatzin) que comunicaban con el canal de la Viga y los pueblos ribereños.

 

La actividad comercial constituyó sin duda una de las actividades económicas preponderantes de la antigua Tenochtitlan, la cual se afianzó con la conquista de Tlatelolco, donde se encontraba el principal mercado de la zona.[5]  Algunos autores[6] afirman incluso que la gran institución de la vida económica de la ciudad prehispánica fue el mercado, base del “arte de traficar” de los pochtecas, y sostén de una importante clase social.

 

La ubicación del barrio es claramente privilegiada al estar asentado en el núcleo central y formar parte del corazón de la ciudad. A partir de la llegada de los conquistadores, una de sus secciones estaba dentro de la traza o “ciudad” de españoles, y la otra parte estaba constituida por arrabales indígenas como la Candelaria de los Patos. Junto al lago de Texcoco se construyeron la fortaleza de las Atarazanas, para guardar las embarcaciones españolas utilizadas durante la conquista, así como el Hospital de Leprosos de San Lázaro.[7] Durante todo el periodo colonial las actividades económicas se diversificaron en la zona, dando lugar al despliegue de talleres manufactureros, numerosos gremios y oficios varios. Los gremios se formaron por especialistas que desde esos años imprimieron cierta identidad a la zona y generaron un fuerte arraigo entre sus miembros: sastrerías, cererías, velerías, confiterías, bizcocherías, mielerías, talabarterías, talleres de pintura y de escultura, curtidurías, además de fábricas de cola, molinos de aceite, locerías, hornos de vidrio, tejedurías y obrajes, entre otros.[8]

 

Esta variedad de oficios y productos proveyeron a la ciudad de buena parte de su base económica comercial e incentivaron fuertemente el intercambio mercantil, generando desde entonces una clara vocación comercial en esta zona. Esta tendencia se profundizó con la construcción de importantes mercados que se erigieron en los centros de acopio, distribución e intercambio por excelencia. Primero fue El Parián (siglo XVII), después El Volador (siglo XVIII), ambos situados ya en el perímetro de la actual zona de La Merced; y otros de menor relevancia como el de Jesús, el de La Paja y la Alcaicería (especializado en seda).

 

Fue hasta 1880 cuando se construyó el mercado de La Merced, el cual debe su nombre al hecho de haber sido erigido en el predio del antiguo convento de los mercedarios, fundado en el seno de esta zona en el siglo XVIII. A este convento deben su nombre tanto el mercado como el propio barrio. Este mercado fue concebido por el gobierno como una obra para el beneficio de la población y a partir de la década de 1890 considerado “el principal centro de abasto de la ciudad”.[9] A partir de la construcción de este mercado el barrio de La Merced avanzó hacia su consolidación como la zona comercial por excelencia de la ciudad, lo cual significó –desde entonces y hasta 1957– que fuera la principal concentración de productos locales y foráneos, el eje del intercambio mercantil y el núcleo preponderante del abasto. Sus cualidades decididamente comerciales otorgaron al barrio características peculiares dentro del entorno urbano: área económica estratégica de la ciudad con una ubicación central, con un perfil más económico que habitacional, sitio de alto dinamismo y alta concentración demográfica transitoria (población flotante), confluencia de importantes grupos de migrantes (nacionales y extranjeros), un perfil socioeconómico bajo y asentamientos de carácter popular; fuerte demanda territorial y de locales comerciales, elevada plusvalía, generadora de fuentes de trabajo terciario y actividades informales; tendencia al deterioro urbanístico, alta conflictividad social y generación de problemas sociales emergentes, como  delincuencia, inseguridad, tráfico de drogas, sexo servicio, trata de blancas e insalubridad. A todo esto se añade que es también una zona de importante concentración del patrimonio histórico monumental de la ciudad, al contener cerca de 41% del total de esos inmuebles correspondientes al Centro Histórico.

 

Este conjunto de atributos constituyó por muchos años el perfil identificado de la zona, pero esto se modificó en buena medida en la segunda mitad del siglo XX cuando el gobierno de la ciudad intervino el barrio con dos medidas estratégicas: una fue la apertura de la Avenida Circunvalación, en la década de los cincuenta,[10] creada para facilitar el tránsito vehicular en torno a la ciudad antigua en sentido norte sur, que se convirtió en una barrera física entre las dos partes, oriente y poniente, de la ciudad vieja. La otra fue el traslado del antiguo mercado de La Merced (que fue demolido) del “primer cuadro” a la zona de la actual Delegación Venustiano Carranza (1957), donde se contruyeron cinco mercados de venta al mayoreo: Nave mayor, Nave menor, Anexo, Flores y Comidas; a éstos se sumaron el mercado Ampudia (de dulces) y después el llamado Banquetón. En la misma década de los años cincuenta se construyeron también cerca de allí los mercados de Mixcalco y Sonora.[11] Las políticas de estos años se tradujeron en una fragmentación del barrio y en una clara diferenciación socioeconómica de sus dos mitades: la Merced “rica”: el antiguo barrio, resguardado en la Delegación Cuauhtémoc, y La Merced “pobre”, concentrada en torno a los nuevos mercados, en el seno de la Delegación Venustiano Carranza.[12]

 

La aplicación de estas políticas y la posterior descentralización de la actividad comercial de La Merced con la construcción de la Central de Abastos (1982), propiciaron cambios sustantivos en la dinámica de la zona que alteraron su perfil en forma significativa. Con esto no sólo se dispersó el comercio, también se despobló el barrio, se alteró la vida cotidiana, se desorganizaron las actividades tradicionales, se vaciaron los espacios destinados al acopio y la distribución (las bodegas), y proliferaron nuevos problemas como el desempleo, la inseguridad, las invasiones de los espacios vacíos, el cierre de negocios muy diversos (loncherías, hoteles, posadas, centros nocturnos, etc.), la carencia de servicios y, en general, el deterioro de la imagen del barrio.

 

El antiguo barrio de La Merced en el siglo XXI

 

Delimitación y fronteras

 

La zona conocida como La Merced constituye actualmente un perímetro muy extenso en el extremo sur oriente del Centro Histórico (CH) de la Ciudad de México, que abarca porciones tanto del perímetro A como del B. Se trata de un área urbana cuya delimitación ha tenido variaciones en las últimas décadas y por ello sus fronteras no son del todo precisas. Conforme a los criterios e indagaciones de diversos estudiosos de la zona, así como los aportes de los propios habitantes, existe un cierto consenso en reconocer como límites: al norte, las calles de Corregidora, Zavala y Candelaria; al sur, la avenida Fray Servando Teresa de Mier; al oriente la avenida Congreso de la Unión y su prolongación Francisco Morazán; y al occidente, la avenida José María Pino Suárez.[13] Algunos de estos referentes son movibles de acuerdo con otros estudiosos; por ejemplo, en algunos casos se extiende la frontera norte hasta Tacuba y República de Guatemala, así como la poniente hasta Isabel La Católica;[14] de igual manera, hay quienes sitúan el extremo poniente en la calle de Correo Mayor (testimonios de habitantes y comerciantes). De esta manera, es necesario reconocer la existencia de dificultades e imprecisiones al respecto y precisar los criterios de elección de los límites reconocidos en este estudio.

 

Para el caso que nos ocupa, recuperamos la delimitación propuesta por Tena,[15] quien coincide con buena parte de los testimonios de habitantes y usuarios históricos de la zona. Coincide entonces la delimitación geográfica con la memoria. Reconocemos por ello en la zona de La Merced la existencia de tres áreas diferenciadas por su aparición histórica, sus límites y funciones: la primera, que corresponde al antiguo barrio, construido en torno al convento y el primer mercado de La Merced; la segunda, que corresponde a la parte sur, conocida como San Pablo, y la tercera, identificada como la “zona de las naves”, alberga al “gran mercado” de cinco naves construido en 1957, inmersa en la Delegación Venustiano Carranza. A partir de esta delimitación, el espacio geográfico del presente estudio se establece en la primera de estas áreas, ubicada jurisdiccionalmente en la Delegación Cuauhtémoc, y delimitada al norte por la calle de Corregidora, al sur por San Pablo, al oriente por avenida Circunvalación y al poniente por José María Pino Suárez.

 

Datos urbanísticos y demográficos

 

El área del antiguo barrio tiene una extensión de 44.4 hectáreas y cuenta con una población de 8 237 habitantes.[16] Es una zona con un alto dinamismo demográfico, pero se trata de una población diversificada por los usos del espacio y actividades realizadas. La población de La Merced se distingue en tres rubros: los habitantes, los comerciantes, otro tipo de trabajadores y los usuarios (consumidores y paseantes); de éstos, sin duda, una baja proporción la constituyen los habitantes. Es notoria la ausencia de población de larga residencia en la zona; existe mucha movilidad de residentes y una alta proporción que habita[17] y realiza sus actividades cotidianas en el Barrio, pero que no reside propiamente en él.

 

Por otra parte, es una zona con alta concentración de población foránea, tanto nacional como extranjera. Existen importantes núcleos de pobladores provenientes de otros estados de la República, sobre todo del centro del país, Oaxaca y Chiapas; así como grupos identificados de emigrantes: españoles, judíos europeos, libaneses, árabes, armenios y centroamericanos, muchos de los cuales no viven en el barrio, pero tienen en él sus comercios y son por ello usuarios permanentes de éste. Muchos de los extranjeros arraigados viven apartados de lo que se podría llamar la “vida comunitaria”; no participan de las prácticas de convivencia ni de las tradiciones del barrio; sin embargo, comunidades como la libanesa en ciertos periodos se ha insertado de manera más clara y ha buscado tener una participación activa.

 

Se trata en general de una zona que ha sido históricamente precaria en cuanto a desarrollo urbano y a la vigencia de servicios, y ha presentado fuertes problemas de insalubridad; fue durante muchas décadas desatendida por los gobiernos de la ciudad y acumuló por ello un fuerte deterioro en materia de vivienda –numerosos tugurios y vecindades–, espacios públicos e incluso de patrimonio monumental. La existencia de equipamiento urbano es limitada; cuenta con cinco escuelas de educación primaria y una de educación secundaria, un museo (Museo de la Ciudad de México), una biblioteca pública, un Centro de Actualización de la Universidad Pedagógica Nacional, un centro cultural (Casa Talavera, de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México), tres plazas públicas y un equipamiento de alta relevancia institucional: la Suprema Corte de Justicia de la Nación (Corregidora y Pino Suárez).

 

Desde el enfoque de los espacios públicos, el barrio cuenta actualmente con las tres plazas mencionadas: Juan José Baz (La Aguilita), Alonso García Bravo y la Alhóndiga; un centro cultural: Casa Talavera (UACM), y los recientes corredores peatonales: Santísima-Topacio y Roldán.

 

Grupos sociales y actividades económicas

 

Dentro de la población que reside y habita en La Merced se distinguen diversos grupos sociales, tanto desde el punto de vista socio-económico como desde el que atañe a la ocupación o actividad laboral, y es por ello una zona socialmente heterogénea; sin embargo, es claro que en términos generales predomina la población con índices de desarrollo humano bajo y muy bajo; además de que la mayor parte de la población se ubica en los niveles de ingresos muy bajo, bajo y medio bajo.[18] Ciertamente en la zona se mueve mucho dinero, se generan fuertes ganancias y se produce una plusvalía considerable, pero esto ha quedado cada vez más acotado a una proporción reducida de la población local.

 

Los grupos sociales distinguibles en el barrio se asocian en buena medida a las distintas actividades económicas y laborales que se desarrollan en su seno. El comercio es la actividad por excelencia en la zona, y es en torno a ésta que se despliegan todas las demás. La gran mayoría participa dentro del sector terciario: actividades comerciales y de servicios; y en el medio encontramos muy diversas ocupaciones: comerciantes formales e informales, diableros, aseadores de calzado, sexoservidoras, artesanos o manufactureros y bodegueros, entre otras.

 

Entre los diversos oficios propios de la zona se encuentran algunos muy tradicionales, como el de los diableros o carretilleros, como grupo asociado al comercio que subsiste en condiciones muy desventajosas y es una muestra de la informalidad que ahí predomina; en ese sentido Ernesto Alvarado comenta:

 

Por ejemplo, está la presencia de trabajadores, que para muchos son invisibles, como es el caso de los diableros de ahora, que son los herederos de los tamemes de la época indígena, y que viven una condición de sojuzgamiento terrible: ofrecen sus trabajos, son dueños nada más de su fuerza de trabajo pero no de su herramienta; los diablitos no son de ellos, hay gente que se los renta, son trabajadores temporales, la mayoría de ellos se dedica a labores agrícolas, en periodo de cosecha se regresan a sus tierras a trabajarlas y en periodos no aptos para esto se vienen a trabajar aquí para reunir algo de dinero; viven en las bodegas, les dan chance de dormir arriba del diablito, les rentan el diablito y para acabarla de amolar, de repente son extorsionados por la policía por estar estorbando en la vía pública. Pobres, pero ahí siguen, es un oficio que perdura y dan servicio por el trazo de las calles, los coches no pueden entrar a todos lados, sigue habiendo un intenso tráfico de mercancías, de traslado de mercancías de un lado a otro y la gente requiere removerlas, desplazarlas, entonces el cargador es una necesidad real, es un oficio que habría que reivindicar.[19]

 

En las distintas modalidades, las actividades generadas en el barrio han sido siempre fuentes de trabajo y generación de recursos.

 

Dentro del comercio existe una gama de condiciones y de giros a la vista: hay comercio al mayoreo, pero también existe en la modalidad al menudeo; hay comercio especializado y comercio mixto; lo hay establecido y ambulante. Una buena parte de los negocios establecidos están ligados a las viviendas y se encuentran en la parte externa a éstas en calles y plazas. A pesar del decaimiento de la actividad comercial en la zona a raíz de la creación de la Central de Abastos en 1982, persisten algunos monopolios de giros asociados a familias de larga tradición (Niños Dios, papelerías, textiles, etcétera).

 

La variedad de giros existentes es muy vasta y entre los más relevantes se encuentran: comestibles (restaurantes, fondas, cantinas, chiles secos, semillas y materias primas de repostería), vestimenta (uniformes escolares y rebozos), jarcerías, telas, papelerías, artículos de belleza, ferreterías, mercerías, enseres de cocina, disfraces, cererías, hoteles, abarrotes, bicicletas, imaginería católica (Niños Dios) y artículos de temporada (de acuerdo con las fiestas populares, el ciclo escolar o el clima). Todo esto corresponde a lo que podemos denominar el comercio tradicional en la zona, que persiste en mayor o menor medida. Sin embargo, La Merced también ha sido objeto en las décadas recientes de la “invasión china” y de los artículos “superfluos” o la “fayuca”, que proviene de diversas latitudes. Esto ha constituido todo un fenómeno en la zona, ya que en forma gradual estos nuevos giros han entrado en competencia con los tradicionales y han tendido a desplazar a algunos de ellos –un caso notable es el de las semillas y los chiles secos.

 

Otro fenómeno derivado de la actividad comercial en décadas recientes ha sido el del reciclaje permanente de población y de giros comerciales en la zona. A pesar de su fuerte tradición histórica y comercial, por distintas razones la mayor parte de la población que reside o habita en el barrio no es una población permanente que genere experiencias de vida de larga duración. Según estudios recientes,[20] en el ámbito amplio de La Merced cerca de 30% de la población actual tiene una residencia mayor a 30 años, alrededor de 70% tiene menos de 30 años establecida en la zona y 14% cuenta apenas con cinco años de residencia. Es una zona con un fuerte dinamismo comercial y económico, en general, que propicia una alta movilidad de la población que reside y habita, así como una fuerte atracción de nuevas actividades. Un efecto de ello ha sido la primacía de un alto nivel de competencia por el espacio y los negocios entre los distintos tipos de pobladores.

 

Identidad y vida comunitaria

 

Por lo descrito en los antecedentes de este barrio, se trata de un área urbana con un “fuerte espíritu de lugar”,[21]  esto es, de un espacio con una larga historia propia dentro de la misma ciudad, con una fuerte vocación centrada en los giros del comercio, con una actividad y un dinamismo laboral y vivencial muy particulares y con una riqueza patrimonial más que tangible. Todo ello hace de éste un barrio con una fuerte identidad que lo distingue de otros muchos en el ámbito capitalino y lo ha convertido sin duda en todo un referente para la población local.

 

En ese espacio cultural y geográfico se desarrolla una identidad compleja, que no responde a las modalidades de arraigo e identificación con el lugar propias de los barrios tradicionales. El hecho de que sea un barrio en el que la proporción de la gente que reside en él es mucho menor que la que lo habita o usa cotidianamente de manera transitoria (comerciantes, trabajadores, consumidores, turistas, etc.) le otorga una cualidad particular. Las múltiples actividades y prácticas que se realizan en su seno tienen, en su mayor parte, una duración temporal y no son permanentes; no permiten una convivencia más prolongada y estable; de ahí que las formas de inserción y apropiación de la población establecida o asidua sean diferentes.

 

No obstante, una de las principales características del barrio es la masiva circulación de gente, la intensidad de las actividades desplegadas en sus calles y los múltiples encuentros e intercambios personales que todo esto genera; de tal manera que la convivencia de hecho existe, pero bajo otros marcos y con otros parámetros. El comercio y las actividades laborales son el leitmotiv del lugar y son también los temas o aspectos recurrentes en torno a los cuales la gente entra en contacto y establece relaciones. Pero esta dinámica es temporal, se trastoca día a día por las noches, cuando cierran comercios y bodegas, y las calles se vacían; se abre un impasse y se continúa hasta el nuevo día, cuando la vendimia comienza nuevamente.

 

Sin embargo, en esta dinámica estructural se entrecruzan vivencias y el arraigo de los residentes, de los que no cierran el changarro y parten por la noche. Para éstos la identidad, si bien se vincula al comercio y las actividades propias del barrio, pasa también por el registro de otras muchas circunstancias. La cotidianidad de la vida rápida, el ruido y el bullicio permanentes, el insistente tránsito de gente, son referentes que acompañan la vida en las calles del barrio. Así lo expresa Anna Elena López:

 

Primero, para mí es un orgullo, luego saber que vives en un espacio al que le puedes buscar la historia de cientos y cientos de años, y la encuentras, es imposible no tener un sentido de identidad con eso, es un lugar de mucha tradición, de mucha historia, de mucha actividad, de comercio inminente, y eso a mí me encanta […]. Y otro elemento que no encuentras en otro lugar, las tradiciones, por ejemplo […] que el año o las estaciones del año no están marcadas porque llueva o porque haga calor, porque haga frío, sino porque un mes, dos meses antes empiezan a vender lo del 14 de febrero, las papelerías, ya viene la época de clases, de un cambio de ciclo a otro, porque empieza el 15 de septiembre, porque empieza el día de muertos, porque viene Navidad, luego vienen los niños Dios y así te sigues todo el año, entonces ves cómo cambian los aparadores y ese es tu cambio de estación.[22]

 

De este modo, la identidad del barrio integra y convoca diversos componentes, dentro de los cuales la actividad comercial genera también sus prácticas y vivencias de referencia para la población:

 

Bueno, pues para mí desde pequeña, yo siempre lo he dicho, siento como si trajera el comercio en mis venas. Desde muy pequeña lo viví, lo vi y demás; y digo, ahí en el centro siempre era de salir al mercado o salir a algún lado, y siempre mucha gente, mucha movilidad, por los puestos, porque siempre había gente, ahí es donde está lo de los uniformes. En algunas temporadas, en diciembre, se ponía el tianguis de juguetes en Corregidora, o sea siempre ha sido mucha gente, y para mí la experiencia de haber vivido aquí es más que nada eso, el contacto con tanta gente, con tanto ruido […] entonces siempre estar en movimiento, estar en contacto con el otro […] entonces pues sí fue el convivir así, ¿no?, siempre ajetreado, desde chica, porque acompañábamos a mi papá a vender […].[23]

 

El conjunto de prácticas y vivencias en torno a las actividades del barrio propicia formas de arraigo e identidad, a pesar de las características temporales y de competencia del comercio, y de las dificultades para construir en esas condiciones una forma de vida cómoda y con estabilidad. Luisa Cortés, comenta sobre esto:

 

Ya que están aquí un tiempo viviendo [se refiere a los nuevos residentes] no se adaptan a vivir aquí, porque para vivir aquí debes de tener una educación diferente. Debes acostumbrarte al ruido, debes aprender a poner límites, a respetar límites [...]. Es que no es tan simple, es complicadísimo vivir aquí. Es complicadísimo vivir y tomar decisiones y participar y marcar territorios, y marcar respeto […]. Pero te acostumbras, y eso es lo que yo te decía, es el aprecio que te tiene la gente, el hecho de que la gente aquí te tiene cariño y tú le tienes cariño […] yo aquí salgo a la tiendita y el que atiende me saluda, ¿cómo le va?, ¿cómo ha estado?; me asomo a la ventana y no falta quien me salude y me diga: “nos vemos al rato” […]. En esta zona, en esta parte del centro hay una vida más de colonia, como que tú puedes todavía ver niños jugando, ver gente platicando, yendo a las tortillas, comprando el pan, como que no es una zona nada más de turistas.[24]

 

Un componente de la identidad del barrio es también la cohesión social que se produce entre los comerciantes y residentes históricos. Al respecto, Saúl Montesinos, comerciante de tercera generación a cargo de un negocio familiar de chiles secos y semillas en el corredor Roldán, comenta: “No, pues aquí es totalmente, como decía mi mamá, la barriada ¿no? El compañerismo, aquí no te dejan, aquí hay un problema y salen todos, aquí esa es la gran ventaja que tenemos, aquí pasa algo y te apoyan, puedes tener un accidente y ellos van y están. La camaradería es totalmente diferente a otros lugares”.[25]

 

Pero el tema de la identidad en este barrio también es complicado y cuestionado por quienes han tenido experiencias difíciles en cuanto a arraigo y convivencia. La misma vocación comercial de La Merced se ha convertido, en buena medida, en un obstáculo para ello, por las condiciones que esta actividad impone tanto a residentes como a comerciantes. Al respecto, resulta relevante el testimonio de Germán Argueta:

 

Aquí hay una paradoja, los vecinos de aquí casi no se conocen, porque no hay espacios de convivencia de los vecinos; está Casa Talavera que de algo funciona […] pero el Centro Histórico en general, como lugar de tránsito de mercancías, genera psicológicamente y en el ámbito de la identidad barrial del espacio, la exclusión; tú estás excluido; es decir, este espacio, las calles. No son del barrio; decía hace un rato que son de la clase política, porque administran hasta la calle; ahí están las grúas las 24 horas del día, desde el 8 de enero de 2010, que ya no se permitió que los autos se quedaran en la calle, y no pocos de ellos son de los vecinos. Entonces, de no ser algunas pequeñas islitas en donde la gente sí se conoce, no hay lugar para los vecinos […] entonces la exclusión de los pobladores de su espacio es terrible […]. Lo otro, si un día se hiciera un censo de cuantos edificios están habitados en el Centro Histórico, yo creo que no daría ni 5%; entonces, la cuestión identitaria ¿dónde está? O sea, cuando no hay población, o cuando somos pocos, además imposibilitados de hacer vida comunitaria, o segregados, bueno […] Además, los propietarios de los comercios, la mayoría, y sobre todo los textileros, los que tienen algunas tiendas de abarrotes, pues no viven aquí, entonces esto es una zona comercial y como diría Cioran: “los comerciantes no tienen corazón” y yo diría también no tienen un lugar donde hayan puesto el ombligo en el Centro Histórico […].[26]

 

A este tipo de cuestiones se añaden otras condiciones que afectan el ámbito de la identidad, como el hecho de que la mayor parte de la población residente no ha habitado en el barrio por un largo periodo, así como la constante movilidad en la población local; con cierta frecuencia los residentes se trasladan a otras zonas de la ciudad y llegan nuevos habitantes a establecerse aquí. No es común encontrar gente que haya residido en La Merced por un periodo mayor a 20 años, y este hecho influye de manera clara en la tendencia a la pérdida de la identidad y de la memoria barrial:

 

[…] mucha gente que ahora está aquí, en su mayoría tiene poco tiempo, 5, 8 o 10 años; no hay mucha gente que tenga mucho tiempo de vivir aquí, es un porcentaje muy bajo. Aunque la gente se ha adaptado y le gusta el lugar donde está, poco sabe de lo que pasaba antes, han perdido esa parte de la historia, y eso es un cambio importante; antes podías encontrar gente que trabajaba y vivía aquí y podía contarte que se conocían y se reconocían entre ellos. Ahora mucha gente ya no se conoce, muchos vecinos ya no saben quiénes son los otros […].[27]

 

En el tema de la identidad y la vida comunitaria intervienen también otros factores, como el cambio generacional y la circunstancia de haber trasladado el mercado histórico que nucleaba la vida barrial a una zona alejada de este primer perímetro y separada de manera tangible por una vialidad “moderna”: la avenida Circunvalación:

 

Puedo casi con seguridad decir que al tiempo se ha perdido el arraigo del barrio, de la conciencia del barrio; y aunque la mayoría de la gente mantiene todavía un arraigo, no es como antes […]. En especial los jóvenes, yo creo que el arraigo está a punto de perderse; viene una experiencia, creo, socialmente interesante, comunitaria, donde los chavos de 15 años para abajo están ya sin elementos que les genere un arraigo a su barrio. A muchos no les interesa ya el comercio, no son comerciantes; han estado golpeados por un chorro de cuestiones externas que los están, no sé si enajenando o metiendo en otra perspectiva; pero yo veo chavos de 17 años para abajo con total desarraigo de La Merced. Hoy todavía existe mucho arraigo en los señores, los viejos, los jóvenes de más de 30, 40 años, que todavía saben que La Merced es una zona importante para la ciudad, una zona política, una zona histórica, una zona financiera […] pero los chavos de 17 años están totalmente ajenos, en otra frecuencia.[28]

 

De esta manera, son diversos y contradictorios los factores que intervienen en la comprensión del tema de la identidad barrial y de la vida comunitaria: por una parte, la fuerza del lugar histórico, el sitio estratégico del barrio en el corazón de la ciudad, su definido perfil comercial, la condensación de elementos patrimoniales relevantes; por otra parte, el excesivo dinamismo y los efectos conflictivos connaturales a la actividad comercial, la ausencia de una población residente mayoritaria, la intensa movilidad de la población local y la escasez de espacios de convivencia para la vida cotidiana de los residentes. Este conjunto de condiciones hace de La Merced un barrio con una identidad controvertida y compleja y con una vida comunitaria fragmentaria, intermitente y difusa.

 

Tradiciones

 

El comercio como actividad económica preponderante en La Merced ha sido uno de los factores que articula la vida comunitaria, lo cual incluye las tradiciones. La principal celebración religiosa de larga data ha sido la festividad de Nuestra Señora de Las Mercedes, en el mes de septiembre. Debido a que hoy en día no existe un templo en la zona dedicado a su culto, el festejo principal tiene como escenario la zona de las Naves en la delegación Venustiano Carranza, la avenida Circunvalación (hasta el año 2013) y se realizan festejos menores y simultáneos en la calle peatonal Talavera-Santísima, que atraviesa de norte a sur el barrio, en la delegación Cuauhtémoc.

 

En ambos festejos la organización está a cargo de los comerciantes de cada zona, quienes se ponen de acuerdo con los gastos y la colocación de altares, carpas, sillas, mesas y equipos de sonido. En la zona del barrio que estudiamos se establecen distintos núcleos de celebración a lo largo del corredor peatonal Santísima-Talavera-Plaza de la Aguilita-Topacio. En cada uno de ellos se instalan manteados con altares donde se colocan imágenes de la virgen de Las Mercedes, se escuchan grupos musicales o música grabada, y se ofrecen alimentos en forma gratuita a los paseantes y trabajadores de la zona que se aproximen al lugar. Esta situación muestra cómo, durante los tiempos de la fiesta patronal, los espacios dedicados al comercio adquieren una cierta sacralización para dedicarse al festejo popular.

 

El otro factor relevante que ha generado las tradiciones del barrio ha sido el religioso. Los templos localizados en la zona, sobre todo el del Señor de la Humildad en la calle de Manzanares, o el de San Pablo en la avenida Circunvalación, son recintos de celebración en fechas determinadas, en los que concurren los vecinos inmediatos, organizados por las autoridades eclesiásticas de cada iglesia. La capilla de Manzanares está a cargo de una congregación de religiosas, y  para realizar la fiesta del Señor de la Humildad el 6 de agosto de cada año se coordinan con un grupo de diez vecinos (los mismos desde hace años) que fungen como organizadores del festejo; con ayuda de sus familias se encargan de recolectar –y aportar ellos mismos– apoyos económicos y en especie, mediante la donación de las flores, el “castillo” de fuegos artificiales, la interpretación musical de “Las mañanitas”, sillas, tamales y mano de obra. Es decir, la fiesta se realiza mediante la aportación y el apoyo de la comunidad inmediata al templo, mediante la guía y coordinación de las monjas que custodian la capilla.

 

A diferencia de lo que ocurre en otros pueblos y barrios tradicionales de la Ciudad de México, las fiestas religiosas no son organizadas en La Merced ni por una estructura de cargos ni, propiamente, por la comunidad organizada. Las fiestas son convocadas directamente por los templos y articuladas en torno a sus cultos, contando con el apoyo y la participación de algunos grupos de vecinos.

 

Durante el día de la fiesta se realizan tres o cuatro misas y se imparten sacramentos (bautizos, primeras comuniones, confirmaciones). Dado que la capilla es reducida, la celebración se hace en la plazoleta que está enfrente y en las calles circundantes, en las que se instala una pequeña feria con ventas y juegos mecánicos. El altar con la imagen del Señor de la Humildad es sacado del templo y se monta en un templete cubierto por carpas, afuera de la capilla. A unos pasos, un grupo de vecinos erige un “castillo” de fuegos artificiales, para ser encendido en la noche. Los comerciantes preparan comida –habitualmente mole con pollo y arroz– para repartirla en forma gratuita a los participantes y a toda persona que pase por el lugar. Frente a la imagen del Señor de la Humildad se presentan grupos musicales, como estudiantinas y mariachis, así como danzas tradicionales de tipo prehispánico.

 

Además de esta celebración, en la capilla de Manzanares se efectúan otras festividades católicas, como el Vía Crucis, la Resurrección, la Navidad y el Año Nuevo, en las que se saca a la calle el altar con la imagen del Señor de la Humildad. Todas ellas son organizadas por personas de la comunidad inmediata, incluso para llevar a cabo representaciones litúrgicas como las pastorelas.

 

En el mismo ámbito religioso se celebra también otro tipo de festividades, relacionadas con los grupos de población de otras regiones o latitudes; este es el caso de la virgen de Juquila, Oaxaca, y de la veneración de los santos San Charbel y San Marón, de origen libanés.

 

En general, en el barrio de La Merced las distintas fechas festivas y cívicas a lo largo del año forman parte de la tradición de la zona, tanto en su celebración como sobre todo en la venta de productos “de temporada”, que llenan las bodegas, los locales y las calles. Las festividades más tradicionales en este rubro son: el día de Reyes, el día de La Candelaria (los niños Dios), el día de San Valentín, Semana Santa, el 15 de septiembre, las posadas y la Navidad.

 

A pesar de que estas celebraciones se mantienen con distintas intensidades, existe una tendencia, sobre todo en las festividades religiosas, a hacerse de manera privada e incluso a desdibujarse debido a diversos factores, como la falta de recursos, la inseguridad y la ausencia de vida comunitaria. Al respecto comenta Juan Francisco Ramos:

 

Últimamente ya no la hacemos en la calle [se refiere a la fiesta de la señora de La Merced en el mes de septiembre] por la violencia que ocasiona la gente. La gente toma, es de barrio, se pone a pelear. En lo que consideran La Merced, de aquel lado [alude a la segunda sección después de Circunvalación], se ponen a robar. Pero esta es la antigua Merced, aquí es diferente, algunos ponen sonido, que es lo popular del barrio, la música. Otros ponen grupos; nosotros lo hacíamos cuando estábamos en la calle en algunos salones; contratábamos grupos, los compañeros compraban su boleto y todos muy a gusto […]. No hay exactamente iglesia, cada quien pone su altar, pone su virgen, le canta las mañanitas y a empezar el festejo. Hay veces que dábamos comida y mole, que el tradicional era el de mi abuela y luego el de mi madre. La gente pone su altar, sus flores, la música y la comida, eso es algo muy fuerte entre nosotros […]. Ahora ya no, la gente ya no aporta, prefiere no hacer fiesta y prefiere juntarse su dinero para llevarlo a casa […] Entonces a la gente ya no le gusta cooperar para hacer la fiesta. Nosotros, en lo particular, como familia, mi tío que tiene su negocio en la esquina, ponemos las vírgenes de mi abuela, ponemos el altar, ponemos por nuestra cuenta el audio, le ponemos música y sus mañanitas. Antes traíamos mariachis, pero ya no alcanza; pero cuando hay oportunidad, de nuestro bolsillo, le traemos sus mariachis. Pero ya con los compañeros no se puede, porque no tienen dinero.[29]

 

En el ámbito religioso, en puntos limítrofes del barrio –como las inmediaciones del templo de La Santísima Trinidad o en avenida Circunvalación– han surgido en décadas recientes nuevos cultos: diariamente se instalan altares con figuras de tamaño natural de la Santa Muerte o a San Judas Tadeo; cada uno cuenta con una alcancía para recibir donativos. Los altares son instalados por la mañana y retirados por la noche por particulares que recolectan el dinero de las alcancías. Se trata de cultos y prácticas que desde luego no forman parte de las tradiciones antiguas del barrio, pero que se han hecho presentes y cuentan con grupos de fieles, al grado de darles asiento en las calles.

 

La tradición comercial de esta área de La Merced se ha mantenido a través de siglos y sus características se han transformado según el tipo de productos disponibles, las políticas públicas y la demanda existente. Desde tiempos prehispánicos fue el principal núcleo del abasto alimentario de la Ciudad de México y la zona metropolitana, hasta que en 1982 su función fue trasladada a la Central de Abasto. Sin embargo, la práctica del comercio ha sido una constante del barrio, cuyas bodegas y locales –en los que se almacenaban y comercializaban frutas, verduras y otros productos comestibles– se han adaptado a otro tipo de mercancías, según las modas, la oferta y los requerimientos de los clientes.

 

Reflexión final

 

Pese a sus cualidades ya descritas, el barrio de La Merced –debido al perfil social de habitantes y usuarios en sus distintas épocas– ha sido un espacio de muchas maneras “marginal” dentro de la urbe, y que hasta décadas recientes no había gozado de los privilegios y la atención brindados a otras áreas del Centro Histórico y de otros barrios citadinos. Por el contrario, por mucho tiempo fue una zona descuidada por la política pública, desatendida, menospreciada y fuertemente estigmatizada; en ella han prosperado distintos fenómenos que han llevado a ponderarla –incluso hoy día– como un lugar conflictivo, peligroso, sucio y poco atractivo para originarios y foráneos. 

 

Por estas y otras circunstancias, la vida comunitaria en el barrio de La Merced se desarrolló de manera limitada y hasta precaria, dado que predominó siempre el mundo de las actividades económicas y sus intereses sobre el de la vida social del barrio; desde la época colonial y hasta nuestros días ha sido dominante la población usuaria y comercial y los ámbitos laborales, mientras los residentes y los espacios habitacionales han sido minoritarios. Es así que tanto la identidad como la pertenencia y el arraigo han sido fenómenos desarrollados de una manera compleja, bajo parámetros distintos a los de otros barrios y colonias de la ciudad; y pese a que existen numerosas tradiciones, éstas parecen poseer un peso más transitorio en la población local.

 

 


* Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades, UNAM.

** Fideicomiso del Centro Histórico de la Ciudad de México.

[1] José Antonio Rojas Loa, “Memoria de una ciudad. La zona central de la Ciudad de México, 1923-2011”, en Cuaderno del Seminario Permanente del Centro Histórico, México, PUEC-UNAM, 2014, vol. 3, pp. 59-67.

[2] Víctor Delgadillo, “Centro histórico: riqueza material y pobreza social”, en Cuaderno del Seminario Permanente del Centro Histórico, México, PUEC-UNAM, 2012, vol. 2, pp. 133-145.

[3] Fernando Carrión, “El Centro Histórico como objeto de deseo”, en Cuaderno del Seminario Permanente del Centro Histórico, México, PUEC-UNAM, 2010, vol.1, pp. 17-33.

[4] Inti Muñoz, “La centralidad en la megalópolis”, en Cuaderno del Seminario Permanente del Centro Histórico, México, PUEC-UNAM, 2014, vol. 3, pp. 139-154.

[5] José Luis Rojas, México-Tenochtitlan. Economía y sociedad en el siglo XVI, México, FCE, 1988.

[6] Ángel María Garibay, Vida económica de Tenochtitlán: 1 Pochtecayotl. Informantes de Sahagún 3, México, UNAM, 1961. Enrique Valencia, La Merced. Estudio ecológico y social de una zona de la Ciudad de México, México, INAH, 1965.

[7] Víctor Delgadillo, “La Merced, nuevas fronteras del `rescate´ del Centro Histórico en un barrio dividido”, México, 2015 (mecanoescrito).

[8] Ricardo Antonio Tena y Salvador Urrieta, El barrio de La Merced. Estudio para su regeneración integral, México, UNAM/ IPN, 2009.

[9] Ibidem.

[10] Originalmente esta avenida era de dos sentidos y contaba con camellones. En 1978, en el marco de la construcción de los ejes viales, los camellones fueron destruidos y la avenida se quedó con un solo sentido de circulación norte-sur. En fecha reciente se permitió la circulación en dos sentidos para la línea 4 del Metrobus.

[11] Víctor Delgadillo, op. cit.

[12] Héctor Castillo, “La Merced: el fénix del D.F.”, 2013 (mecanoescrito).

[13] Ricardo Antonio Tena y Salvador Urrieta, op. cit.

[14] Patricia Ramírez Kuri, “La reinvención del espacio público en el lugar central. Desigualdades urbanas en el barrio de La Merced, Centro Histórico de la Ciudad de México”, en Patricia Ramírez Kuri (coord.), La reinvención del espacio público en la ciudad fragmentada, México, IIS/ Doctorado en Urbanismo, UNAM, 2016.

[15] Ricardo Antonio Tena y Salvador Urrieta, op. cit.

[16] Los datos de este apartado están respaldados y acreditados por el “Informe sobre el barrio de La Merced”, elaborado por el equipo de trabajo de la uam, Azcapotzalco, coordinado por María Soledad Cruz en agosto de 2015. La mayor parte de los datos censales corresponden al Censo de 2010 del INEGI.

[17] Al respecto, es preciso señalar que de acuerdo con ciertos autores existe una clara diferencia entre “habitar” y “residir”, y no necesariamente se requiere vivir de planta en un lugar, de tener una vivienda en él, para apropiarse de él e incidir en su diseño, dinámica y configuración social y cultural. En esta medida, no son únicamente los residentes quienes imprimen su sello a los lugares, sino también los usuarios de éstos, quienes los visitan y los transitan, los que laboran en ellos y ejercen numerosas prácticas que lo configuran y le dan sentido. De esta manera el “habitar” se relaciona con la idea de “relación con el mundo” y trasciende por ello la mera relación con la vivienda. El “habitar” tiene que ver “con la capacidad humana de interpretar, reconocer y significar el espacio”; refiere a “la relación de un sujeto ─individual o colectivo─ con un lugar y en relación con sus semejantes”. Alude también al “sentirse en casa” (Heidegger), en el sentido de sentirse presente, en una relación de aterruñamiento, como diría De Martino, con los lugares que nos rodean.” Ángela Giglia, El habitar y la cultura. Perspectivas teóricas y de investigación, Madrid, Anthropos/UAM, 2012, pp. 9-15.

[18] Patricia Ramírez Kuri, op. cit.

[19] Entrevista a Ernesto Alvarado, ex director de Enlace Interinstitucional y Logística del Fideicomiso Centro Histórico de la Ciudad de México (FCHCM), por Lucía Álvarez y Luis Etelberto San Juan Molina,  21 de noviembre de 2014.

[20] Patricia Ramírez Kuri, op. cit.

[21] Ibidem

[22] Entrevista realizada a Anna Helena López, residente de La Merced, por Lucía Álvarez y Luis Etelberto San Juan, 7 de marzo de 2014.

[23] Entrevista realizada a Laura Alarcón Guzmán, ex-residente de La Merced, por Luis Etelberto San Juan, 25 de agosto de 2014.

[24] Entrevista realizada a Luisa Cortés, residente de La Merced, por Lucía Álvarez, 14 de junio de 2013.

[25] Entrevista realizada a Saúl Montesinos Arias, comerciante de La Merced, por Luis Etelberto San Juan, en el barrio de La Merced, el 30 de mayo de 2015.

[26] Entrevista realizada a Germán Argueta, residente y promotor cultural de La Merced, por Lucía Álvarez y Luis Etelberto San Juan, 23 de julio de 2013.

[27]Entrevista realizada a Anna Helena López, 7 de marzo de 2014. 

[28] Entrevista realizada a Joaquín Aguilar, ex residente de La Merced, trabajador y promotor de Casa Talavera (UACM), por Lucía Álvarez y Luis Etelberto San Juan, 18 de julio de 2014.

[29] Entrevista realizada a Juan Francisco Ramos, comerciante de la Plaza Roldán, por Lucía Álvarez y Luis Etelberto San Juan, 19 de julio de 2013.
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Lucía Álvarez Enríquez y Luis Etelberto San Juan

Resumen

En base a una rigurosa descripción histórica, geográfica y social del antiguo barrio de la Merced, en el centro histórico de la ciudad de México, los autores contrastan su intensa movilidad de las poblaciones en tránsito que la habitan ejerciendo el comercio y los oficios; con la novedosa creación de identidades complejas, distintas a los de otros barrios urbanos, donde se recrean a su modo la cohesión y las identidades.

Palabras clave: Merced, barrios urbanos, identidades

 

Abstract

Based on a rigorous historical, geographical and social description of the old neighborhood of the Merced, in the historic center of Mexico City, the authors contrast its intense mobility, with the population in transit that inhabits it, exercising commerce and trades; with the innovative creation of complex identities different to other urban areas, where they recreate cohesion and identity in their own way.

Key words: Merced neighboborhood, urban quarters, identities

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