Memoria colectiva y movimientos sociales. Implicaciones teóricas, metodológicas y políticas desde una psicología social de intervención

Mariana Robles*

A la hora de definir nuestra identidad profesional y el papel

que debemos desempeñar en nuestras sociedades,

es mucho más importante examinar la situación histórica

de nuestros pueblos y sus necesidades, que establecer

el ámbito específico de la psicología como ciencia y como actividad.

Ignacio Martín Baró

 

Coincidimos con Pablo González Casanova cuando afirma que “hacer ciencia desde las culturas y civilizaciones cuya posición no es hegemónica permite descubrir verdades sumamente valiosas para el conocimiento y la defensa de la naturaleza y de la humanidad”.[1] Por ello deseamos compartir aquí algunas de las reflexiones que ha suscitado en nosotros el trabajo que realizamos acompañando y compartiendo procesos de intervención con los integrantes de dos movimientos sociales recientes: Todos somos Zimapán, en Zimapán Hidalgo, y el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra, pueblo de San Cristóbal Nexquipayac, Atenco, Estado de México (FPDT-Nexquipayac).

 

En particular, la experiencia de trabajo con y desde estos sujetos sociales nos ha permitido reflexionar sobre algunos aspectos teóricos y metodológicos de la intervención con movimientos sociales, así como el carácter estratégico que puede tener el trabajo sobre la memoria colectiva, entendida como creación imaginaria que responde a las condiciones de lucha y resistencia de los pueblos y a los horizontes de futuro que éstos van trazando.

 

Hacer psicología de intervención desde el trabajo con movimientos sociales

 

Precisamente porque la conciencia no se transforma más que

en la praxis, el contexto teórico no puede reducirse

a un círculo de estudios “desinteresados” […]

Un desvelamiento de la realidad que no esté orientado

en el sentido de una acción política sobre esa realidad,

 bien definida y clara, no tiene sentido.

Paulo Freire

 

 

En primer lugar, queremos destacar que la preocupación central que orienta los procesos de intervención de los cuales hablaremos no es poder dar cuenta de “la realidad” para ponderarla y formular leyes respecto a ella. Por el contrario, partimos de la idea de que el conocimiento es apropiación y transformación de la realidad, en tanto hacer sobre el mundo; por tanto, la preocupación y el problema epistémico que deseamos relevar tiene que ver con las posibilidades de desplegar reflexivamente un método que intervenga sobre el mundo creando otras realidades, originando dispositivos de intervención diversos que sean capaces de propiciar un conocimiento compartido y útil para sujetos concretos, inmersos en problemáticas específicas.

 

Así, consideramos necesario explicitar que el investigador que interviene la realidad desde esta postura psicosocial, mira horizontalmente y sin mediaciones el ojo que lo mira. Este reconocimiento del otro como hermeneuta, como sujeto capaz de escudriñar su realidad y transformarla, conlleva también la necesidad de renunciar al análisis como derecho y facultad exclusiva del “especialista”, para dar paso a una colectivización del mismo.[2] En este análisis plural, todos los sujetos de la intervención aportan activamente en la construcción de un conocimiento significativo sobre el fragmento de la realidad en el cual se hace necesario incidir.[3] Se privilegia pues, una episteme de la relación, donde destaca el carácter dialógico y ético en la creación de conocimiento: “La idea de un modo de conocer en la relación, por la relación, es la idea central de la episteme de la relación. Y la relación entre ser, conocer y ética es la clave para comprender el carácter opresor o liberador de la relación, para entender la exclusión e inclusión social”.[4]

 

Consideramos que elucidar la relación entre ser, nuestros modos de conocer y su implicación ética tiene particular relevancia y urgencia cuando el trabajo de conocer e intervenir desde la psicología social se hace con y desde grupos, movimientos sociales, comunidades específicas con proyectos políticos propios. En este sentido, compartimos con Ignacio Martín Baró cuando afirma que frente a la interrogante de cuál es o debería ser el papel del psicólogo en el contexto latinoamericano, en principio deberíamos detenernos a mirar cuál es ese contexto, escudriñarlo críticamente con los otros “sin presumir que el hecho de formar parte de él nos lo hace suficientemente conocido o que vivir en él lo convierte, sin más, en el referente de nuestra actividad profesional”.[5]

 

En este sentido, afirmamos que a partir del vínculo con otros sujetos ―una episteme de la relación― es que estamos en posibilidad de elucidar procesos problemáticos y fuertemente sentidos por nuestros pueblos; en consecuencia, es partiendo del vínculo y la experiencia que éste conlleva que podemos diseñar juntos dispositivos de intervención que contribuyan a la transformación de las situaciones que vivimos como indeseables. En este sentido, son los sujetos de la intervención misma quienes van recortando y definiendo el objeto de su praxis. A su vez, definen también el objeto de conocimiento de esa psicología particular que podría entenderse, en sentido amplio, como los procesos de constitución del sujeto colectivo[6] y sus prácticas transformadoras sobre el mundo. Tal como lo menciona Patricia Casanova, esta psicología social de intervención no es una propuesta construida a partir de la elaboración de un cuerpo teórico “original” en su conjunto, sino que aparece “como una encrucijada de prácticas y saberes”.[7]

 

Esto implica, pues, la necesidad de posicionarse ética y políticamente para poder construir psicología social desde las condiciones específicas de nuestros pueblos, desde lo que han sido pero, sobre todo, desde lo que no son y podrían ser; es decir, desde aquello que ha sido negado:

 

Una ciencia que se quiera histórica debe mirar tanto al pasado como al futuro y, por tanto, no puede contentarse con reconstruir más o menos fielmente lo que se da, sino que debe esforzarse por construir aquello que no se da, pero debiera darse; no los hechos, sino los por hacer […] no tanto en decir lo que va a ocurrir a partir de la situación actual, cuanto en posibilitar lo que debe tener lugar, aportando para ello un saber dialéctico.[8]

 

Así, podríamos pensar que a esta forma de pensar la intervención subyace siempre una intencionalidad transformadora: se interviene porque se aspira a transformar lo dado, en la esfera pública o privada. Intervenir implica, pues, el reconocimiento de que eso que está dado es producto de nuestro hacer-ser en sociedad y, por lo tanto, puede ser por nosotros modificado. En este sentido, la intervención es pensada no sólo como práctica y saber profesional del interventor especialista, sino como la puesta en acto de la imaginación instituyente por parte de sujetos que reflexionan y deliberan. Sujetos que se reconocen como creadores de realidad social y ese reconocimiento se precipita sobre ésta en la forma de un hacer pensante. Es la puesta en escena de una vis formandi, potencia creadora que, en el sentido trabajado por Castoriadis, da cuenta de lo nuevo radical: “En la historia, desde el origen, constatamos la emergencia de lo nuevo radical […] tenemos que postular necesariamente la existencia de un poder de creación, una vis formandi, inmanente tanto a las colectividades humanas como a los seres humanos singulares […] Tenemos  precisamente allí una facultad constitutiva de las colectividades humanas, un verdadero poder de creación”.[9]

 

En el campo de la intervención comunitaria y con diversos actores sociales, hemos podido comprender que el reconocimiento del otro como sujeto capaz de transformar y transformarse no es solo una cuestión epistemológica; es, sobre todo, un asunto ético y político. Es necesario pensar en todo momento en la reivindicación del sujeto como creador de realidad social, capaz de incidir reflexiva y deliberadamente en ella. Es necesario, pues, reconocer y potenciar el carácter estratégico que puede tener la intervención psicosocial en contextos de opresión y exclusión social. En este marco, es preciso situarse de manera explícita frente a esa realidad problemática, reconociendo la imposible neutralidad del conocimiento y de quienes lo producen.

 

Hacer memoria para el futuro: el trabajo con movimientos sociales

 

De este modo, la memoria de una revolución antigua alimenta

la imaginación de una revolución nueva [...] y sobre todo:

la imaginación de la segunda reactiva y “resucita”

la presencia de la primera en una representación reiterada.

Henri Desroche

 

 

Siguiendo el planteamiento de C. Castoriadis, consideramos que no se puede entender en la sociedad un proyecto de autonomía, si ésta sociedad no se contempla a sí misma de manera reflexiva. Por tanto, todo proyecto orientado hacia la autonomía ―al menos desde la óptica que ofrece esta perspectiva teórica―, debe estar encaminado a que los sujetos que componen una sociedad sean capaces de pensarse a sí mismos y de interrogarse permanentemente respecto de sus propios deseos, motivaciones, prácticas, etcétera. Pensarse es intervenirse, como ese “fragmento ambulante de sociedad” que todo sujeto es. En este sentido consideramos, a partir de nuestro trabajo con movimientos sociales, que un elemento fundamental para ese hacer pensante, crítico y liberador, es el trabajo de recuperación/resignificación de experiencias, es decir, hacer memoria y recrearse en el acto.

 

Consideramos que este hacer memoria implica procesos que están estrechamente vinculados con las formas de constitución de los sujetos, tanto en el plano singular como en el de los procesos colectivos. En este sentido, entendemos la memoria colectiva como una instancia constituyente de los procesos subjetivos, que alimenta y pone en movimiento las formas en que los sujetos significan y construyen la realidad. Por ello, coincidimos con Vázquez cuando afirma que    “hacer memoria implica no la traslación temporal de pálidos o deslumbrantes acontecimientos del pasado al presente, sino dotar de sentido al pasado, de elaborar significados. Pero asimismo implica construir el significado de por qué hacemos memoria y producir el sentido de por qué y para qué hacemos memoria para el hoy, y el por qué y para qué hacemos memoria para el mañana”.[10]

 

Para ilustrar lo anterior, queremos referirnos a algunas experiencias concretas, como la del movimiento Todos Somos Zimapán,[11] en el cual los pobladores de varias comunidades del municipio de Zimapán, estado de Hidalgo, se unieron dando origen a una forma peculiar de comunidad política que, a decir de los mismos zimapenses, no se había expresado antes allí. A partir del relato que los habitantes hacen de su lucha,[12] notamos la emergencia de procesos de aprendizaje comunitarios, participación política y organización civil que no existían antes del conflicto detonado por el intento de construir en Zimapán un confinamiento de residuos altamente tóxicos, que afectaría seriamente la vida de miles de zimapenses y su salud, ya gravemente deteriorada por los catastróficos efectos ambientales de una explotación minera en la zona que data desde hace casi cinco siglos.

 

El trabajo de intervención psicosocial realizado con el movimiento Todos Somos Zimapán, estuvo orientado a elaborar de común acuerdo la sistematización de la memoria de su lucha. Consideramos que el trabajo realizado con las y los zimapenses ha abierto una vía privilegiada de acceso y reflexión sobre las formas en que este poder de creación constitutivo de los sujetos singulares y colectivos se expresa en los procesos sociales. Asimismo, nos ha permitido pensar sobre temas fundamentales para la psicología social, tales como la memoria colectiva, los procesos de subjetivación que se fraguan al calor de las luchas sociales y la puesta en escena de procesos complejos de creación imaginaria instituyente. Pero sobre todo, pensamos que la recuperación colectiva de la memoria de las experiencias vividas hace posible la construcción de una conciencia de la propia potencia que, al recordar lo vivido, dota de sentidos nuevos a las acciones y los sujetos que las concretan.

 

En nuestra experiencia de trabajo en torno a la memoria colectiva con movimientos sociales, constatamos cómo la fuerza de sus luchas es revivida con la narración y pensamos que este trabajo ha permitido a los sujetos volver a reconocerse en su historia, tanto en el plano singular como en el comunitario. Al respecto, en el caso de la intervención realizada en Zimapán, un compañero de la comunidad reflexiona sobre la importancia de este quehacer colectivo:

 

Es muy importante este esfuerzo porque, ni entre nosotros mismos, los que formamos parte de la historia que cada quien lleva, nunca nos hemos puesto a decir: “¿Sabes qué?, Es que yo viví esto”. Porque ni nosotros mismos conocemos toda la historia, porque fue una lucha de mucho tiempo […] A mí me tocaba hacer esto, pero a ti lo otro. Entonces, ni nosotros mismos sabemos realmente qué fue esta lucha. La conocemos, y sabemos, y vamos, pero tal vez yo no sé la historia que ella vivió en determinado momento. O sea, es como juntar todo, porque ni nosotros mismos sabemos cada uno qué es realmente, qué ha sido, cuál ha sido el impacto. Y también pues yo creo que esto nos va a servir a todos para retomar, lo que tal vez en algún momento puede ser que estemos perdiendo, ese calor. Retomar este camino, esa lucha por la que estamos aquí. Porque pues por esa lucha hemos tenido logros, pero tal vez la hemos dejado un poco. Y no ha terminado” (Testimonio recogido en la sistematización de la memoria de la lucha del movimiento Todos Somos Zimapán, en Zimapán, Hidalgo, 2010).

 

Como decíamos líneas arriba, experiencias de intervención como ésta nos llevan a reflexionar que los dispositivos de intervención en determinados contextos adquieren la dimensión de una construcción estratégica que no está guiada por un afán científico o por la pretensión de una aproximación “más fiel” a la realidad. Implican de manera central la posibilidad y necesidad de creación de espacios para la acción singular y colectiva en el marco de un proyecto político específico. Esto supone la construcción de espacios y mecanismos en los cuales se priorice la participación reflexiva y también propositiva de los sujetos, en un encuadre metodológico flexible, de modo que éste no obstaculice ni cierre la posibilidad a un diálogo fecundo, a la construcción colectiva de estrategias que apunten a la creación de un futuro deseable.

 

En este sentido, intervenir con y desde los movimientos sociales implica también la búsqueda permanente de las estrategias, métodos y herramientas que nos permitan poner en entredicho nuestros propios supuestos y formas de intervenir, con el objetivo de concretar un hacer pensante que tienda a la apertura y promueva, también en nuestros propios espacios académicos, el valor de la autonomía. Por ello habría que tener presente en todo momento que la intervención psicosocial ―como queremos plantearla aquí― no busca “enseñar” el camino de la autonomía, sino insertarse en proyectos autonómicos y procesos autogestivos, impulsados por sujetos políticos concretos. Se busca coadyuvar desde nuestro quehacer a su fortalecimiento.

 

En particular, nos parece pertinente traer aquí la experiencia de lucha de pueblos del municipio de Atenco, estado de México. En diferentes episodios de su historia, los pueblos de Atenco han protagonizado diversas luchas en defensa de la tierra y el territorio. La más conocida, desde mediados de 2001 y durante prácticamente todo el 2002, surgió como reacción ante el intento del gobierno federal de expropiar casi 60% de la superficie de su municipio para la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional para la Ciudad de México (NAICM). Esta lucha constituyó uno de los más importantes movimientos sociales en México en las últimas décadas. Sin embargo, las experiencias de lucha y organización de quienes participaron en la conformación del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra (FPDT) en 2001 y 2002 se remontan aproximadamente a inicios la década de 1970.

 

En este contexto nuestra experiencia de intervención en Atenco,[13] en un primer momento, ha estado orientada a la recuperación de los significados que la lucha contra el aeropuerto tuvo para quienes la vivieron.[14] Nos dimos a la tarea de diseñar un dispositivo de intervención que nos permitiera recuperar los sentidos de esta lucha en espacios colectivos que sirvieran para la reflexión y deliberación respecto a esta experiencia, promoviendo así la creación por parte de los sujetos de otras coordenadas socio-históricas para ubicar su experiencia vivida. No huelga decir que encontramos que muchos de estos sentidos construidos en torno a la defensa de la tierra y la lucha por la libertad de los presos políticos, particularmente en las mujeres representaron un cuestionamiento muy fuerte de sus roles de género. Los procesos subjetivos desatados por las coordenadas históricas y políticas en que se encontraban, les obligaron a repensarse como mujeres, como madres, esposas, hijas.[15]

 

En un segundo momento,[16] en respuesta a una demanda explícita hecha por los integrantes del FPDT en el pueblo de San Cristóbal Nexquipayac, comenzamos con ellos a realizar un trabajo de sistematización de la memoria colectiva, entre otras cosas. Entre los objetivos, establecidos por ellos, está el de recuperar la memoria de la lucha por la tierra en esa localidad. Para el trabajo de sistematización nos centramos en dos ejes: memoria de las formas de propiedad agraria y memoria de las formas de organización comunitaria en defensa de la tierra. Cabe mencionar que estos objetivos trazados por el FPDT-Nexquipayac  ―y los ejes establecidos para la sistematización― responden a dos elementos centrales en el proceso de defensa de su territorio ante el relanzamiento del proyecto aeroportuario en sus tierras, ahora encabezado por Enrique Peña Nieto: la defensa jurídica de la comunidad agraria y el trabajo de intervención que la propia organización hace en su pueblo para reconstruir colectivamente un proceso de concientización que favorezca la defensa de sus derechos y su territorio. Esto es importante en la medida en que consideramos que la memoria colectiva “no es sólo, en términos de Desroche, memoria constituida, sino memoria constituyente, que abre la posibilidad de interrogarse sobre los hechos pasados y dinamizar las formas en que los sujetos significan y construyen la realidad social”.[17] Así, en el trabajo que hemos realizado podemos notar cómo pensar de manera colectiva en el pasado implica una reflexión crítica sobre las experiencias vividas.

 

Esto ha derivado en procesos de aprendizaje muy significativos a través de la posibilidad que los sujetos encuentran para pensarse a sí mismos, en términos singulares y colectivos. Por ejemplo, a partir de este hacer memoria colectiva, ha sido posible destacar el papel fundamental que tuvo el trabajo organizativo que algunos de quienes formarían el FPDT en 2001 habían impulsado por décadas. Muchos de ellos, durante estos años, habían sido parte activa en la conformación de diversas organizaciones de carácter comunitario y local, así como de carácter  regional.

 

Este trabajo de recuperación de la memoria colectiva hizo posible identificar más claramente cómo estas experiencias se caracterizaron por ser altamente autogestivas, puesto que se derivaban de la voluntad para satisfacer necesidades que ellos mismos consideraban importante atender. Sobre todo se reconoció que fueron posibles a partir del trabajo aportado por los propios pobladores, con nulo o escaso apoyo del gobierno y de manera independiente respecto de los partidos políticos. Se visibilizó ―sobre todo para los integrantes más jóvenes de la organización― cómo estas luchas fueron también el espacio propicio para un fuerte aprendizaje político comunitario por décadas, donde no sólo los principales liderazgos del movimiento en contra del aeropuerto se fueron forjando, sino también fue un periodo donde se fueron definiendo las estrategias de lucha y las formas que tomaría la propia organización. Éstas, desde entonces, se destacaron porque el énfasis de toda acción fuese el beneficio colectivo y que la toma de decisiones se realizara a partir de amplias asambleas comunitarias.

 

Estos elementos fueron fortaleciendo, desde sus inicios, cierta vocación autonómica al interior de los pueblos de Atenco, con un apoyo muy singular en la capacidad para gestionar conflictos y hacer una verdadera defensoría ciudadana popular, que mediaba en todo tipo de conflictos: legales, familiares, agrarios, etcétera.  En este sentido, los procesos de aprendizaje fortalecidos por el trabajo de hacer memoria colectivamente, hacen que resuenen fuertemente las palabras de Ignacio Martín Baró, cuando afirma que:

 

La elaboración de una psicología popular supone, ante todo, un trabajo de recuperación de la memoria histórica de nuestros pueblos. Esto es algo en lo que han insistido científicos sociales como el guatemalteco Carlos Guzmán Böckler  o el colombiano Orlando Fals Borda. Según este último, recuperar la memoria histórica significa “descubrir selectivamente mediante la memoria colectiva, elementos del pasado que fueron eficaces para defender los intereses de las clases explotadas y que vuelven otra vez a ser útiles para los objetivos de lucha y de concientización”. Por ello, la recuperación de una memoria histórica va a suponer la reconstrucción de unos modelos de identificación que, en lugar de encadenar y enajenar a los pueblos a la noria del consumismo, les abran el horizonte hacia su liberación colectiva.[18]

 

También pensamos que a partir de este trabajo ha sido posible fortalecer una suerte de silenciosa y lenta elaboración psicosocial de la violencia que ha implicado toda una historia de defensa territorial y, destacadamente, de la violencia policiaca que implicó la represión que vivieron los pueblos de Atenco en 2006. Consideramos que este tipo de trabajo sobre la memoria colectiva permite con mucha fuerza la posibilidad de re situarse —de manera distinta—, frente a la experiencia vivida, abriendo caminos colectivos para su resignificación. Hace posible el reconocimiento de aspectos olvidados o poco valorados de la historia y que, por la intensidad afectiva que ésta implica, no habían sido sopesados en sus coordenadas colectivas. En este punto, consideramos que, como plantea Martín Baró, una experiencia traumática detonada por un conflicto social patologizante, solo puede ser elaborada y reparada al amparo de la creación colectiva, donde socialmente se construyan los caminos para comprender y sentir de otro modo. Pensamos que en un contexto nacional como el que vivimos, de tanta y tan cruda violencia —con su particular forma de impactar a los movimientos sociales y diversos actores en lucha—, esta potencia creadora y elaborativa que implica el trabajo con la memoria colectiva es un aspecto que debemos reflexionar e impulsar de manera seria.

 

En suma, consideramos que la intervención en realidades problemáticas desde dispositivos que faciliten estos procesos de reflexividad, potencia las capacidades que poseen los colectivos para proyectarse hacia el futuro partiendo del análisis crítico de lo que son y han sido. Además, en esta experiencia específica en Nexquipayac, Atenco, encontramos con claridad cómo los dispositivos de intervención construidos a partir de las demandas específicas de los colectivos, son fácilmente apropiados y reincorporados por éstos, según sus necesidades específicas. En el mencionado caso, los integrantes de esta organización política-comunitaria han adaptado el dispositivo a sus tiempos y necesidades, haciendo de él lo que algunos de ellos llaman “la escuelita”, donde los miembros de la organización con menos experiencia o que recién se han incorporado a ésta, pueden preguntar cosas sobre lo que pasó antes de que ellos llegaran e incluso aportar miradas “externas” que dinamizan y enriquecen la construcción colectiva.

 

A partir de las reflexiones teóricas hasta aquí expuestas y los aprendizajes obtenidos en las experiencias narradas, podemos pensar la intervención con y desde los movimientos sociales --a través de la memoria y la reflexividad deliberante que ésta puede implicar-- como un proceso complejo que no está guiado por el afán de inventariar conductas, repertorios de acciones y modalidades de lo colectivo. Se busca entonces el establecimiento de las condiciones necesarias para un vínculo tal, que haga posible la escritura de una historia distinta. Una forma de intervenir desde una psicología social que potencie nuestra capacidad creadora y favorezca los procesos autogestivos y autonómicos que están dándose en no pocos grupos, movimientos y comunidades. Reconociendo el carácter ético y político de una intervención de este tipo, consideramos junto a Castoriadis que:

 

Una transformación radical de la sociedad, si es posible —y pienso profundamente que lo es—, podrá ser únicamente la obra de individuos que quieren su autonomía […] En consecuencia, trabajar para preservar y ensanchar las posibilidades de la autonomía y de la acción autónoma, así como trabajar para ayudar a la formación de individuos que aspiran a la autonomía e incrementar la cantidad de los mismos, constituye ya una obra política cuyos efectos son más importantes y más duraderos que algunas categorías de agitación superficial y estéril.[19]

 

 


* Universidad Autónoma Metropolitana- Xochimilco.

[1] Pablo González Casanova, Las nuevas ciencias y las humanidades. De la academia a la política, Madrid/México, Anthropos/ Universidad Complutense/ /IIS-UNAM, 2004, p. 404.

[2] Roberto Manero, “Introducción al análisis institucional”, en Tramas. Subjetividad y procesos sociales, México, UAM-X, 1990, p. 126.

[3] Rafael Reygadas y Mariana Robles, “Sobre la construcción de dispositivos de investigación-intervención”, en Anuario de Investigación 2005, México, UAM-X, 2006, p. 62.

[4] Maritza Montero, “Construcción del otro, liberación de sí mismo”, Utopía y Praxis Latinoamericana, vol. 7, núm. 16, marzo  2002, p. 43.

[5] Ignacio Martín Baró, Psicología de la liberación, Barcelona, Trotta, 1998, p. 161.

[6] En palabras de Patricia Casanova, el objeto de la psicología social de intervención podría definirse como “los procesos de constitución del sujeto colectivo. Es decir, directamente la dimensión colectiva de la subjetividad, en tanto unidad de análisis no reductible a las interacciones o a la intersubjetividad de los individuos que componen a sujeto colectivo”. Patricia Casanova, La sociedad intervenida, México, UAM-X, 1999, p. 182.

[7] Patricia Casanova, op. cit., p. 179.

[8] Ignacio Martín Baró, op. cit., p.333.

[9] Cornelius Castoriadis, Figuras de lo pensable (Las encrucijadas del laberinto VI), México, FCE, 2002, pp. 94-95.

[10] Felix Vázquez, La memoria como acción social. Relaciones, significados e imaginario, Barcelona, Paidós, 2001, p. 137.

[11] El movimiento “Todos Somos Zimapán” tiene como origen la engañosa imposición de los gobiernos federal, estatal y municipal que han pretendido implantar un confinamiento de desechos de alta peligrosidad en Zimapán. El proyecto había sido registrado por el gobierno federal en el Plan Nacional de Desarrollo (2001-2006), tres años antes de que se presentara el Manifiesto de Impacto Ambiental (MIA) a la Dirección General de Impacto y Riesgo Ambiental de la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales, previo un pacto de secrecía o confidencialidad celebrado entre gobiernos y empresa. Entre 2004 y 2007 la empresa española Abengoa-Befesa y los gobiernos federal, estatal y municipal informaron que se construiría una planta recicladora que generaría empleos para los habitantes de la región. En un contexto en el que la pobreza se personifica en cientos de mujeres, niños y ancianos que resienten los efectos de la migración, la propuesta de una planta recicladora fue vista con optimismo y como una pequeña esperanza para mejorar las condiciones de vida de al menos algunas familias zimapenses. Sin embargo, de entre las irregularidades cometidas en el otorgamiento del permiso para la instalación de esta planta, destaca la anulación del proceso de información y aprobación por parte de la población para la realización de un proyecto de esta índole, lo cual fue nombrado y vivido por las y los zimapenses como el engaño, al saberse que no se construiría una planta recicladora sino un confinamiento de residuos industriales altamente peligrosos. A pesar de que en 2008 los zimapenses lograron detener la operación del confinamiento, hasta la fecha sus instalaciones no se han desmantelado y Abengoa-Befesa mantiene la posesión de 133 hectáreas que han sido arrendadas por la empresa pactando con los ejidatarios de Bothiña una renta mensual que asciende a diez centavos por metro cuadrado, durante un plazo de treinta años. Un trabajo más profundo sobre este caso se encuentra en: M. Robles et al., “Memoria colectiva y creación subjetiva en Zimapán”, Política y Cultura, núm. 36, 2011.

[12] Cabe mencionar que en el marco del proyecto colectivo de investigación denominado “Memoria y Futuro. Creación imaginaria en los procesos instituyentes” (aprobado en la sesión ordinaria 11.09 del Consejo Divisional de la División de Ciencias Sociales y Humanidades, DCSH. CD 714/2009, del 7 de diciembre de 2009), se realizó una investigación-intervención psicosocial en colaboración con los integrantes del movimiento Todos Somos Zimapán. En este equipo de investigación-intervención trabajamos conjuntamente profesores(as) del Departamento de Educación y Comunicación y estudiantes tanto de la Maestría en Psicología Social de Grupos e Instituciones, como del Área de Concentración en Psicología Social de la Licenciatura en Psicología. También trabajaron en este equipo algunos prestadores de servicio social, egresados de la Licenciatura en Psicología, UAM Xochimilco. Un trabajo más profundo sobre este caso se encuentra en M. Robles et al. “Memoria colectiva y creación subjetiva en Zimapán”, Política y Cultura, núm. 36, 2011.

[13] Esta intervención fue realizada por un equipo conformado por Silvia Mendoza, maestra en Desarrollo Rural, y Sergio Grajales y Mariana Robles, ambos doctorantes en el Posgrado en Desarrollo Rural, UAM Xochimilco. Un trabajo más detallado sobre los aportes de esta experiencia se encuentra en Mariana Robles, Adriana Soto y Antonio Paoli,  “De inspiraciones y aspiraciones: Memoria y sentido de la lucha en Atenco”, en Veredas. Revista del Pensamiento Sociológico, año 10, número especial, segundo semestre de 2009.

[14] Este trabajo se realizó en 2008-2009, durante la lucha por la libertad de los presos políticos de mayo de 2006 en Atenco.

[15] Un análisis más detallado de esto puede encontrarse en R. Miranda y M. Robles, “Intervenir a favor de la autonomía. Un balance de las significaciones del género y la acción social”, Tramas, núm. 35, 2011.

[16] De 2012 a la fecha, esta fase de la investigación-intervención se ha realizado de manera conjunta con el maestro Sergio Grajales Ventura, así como con un equipo diverso de estudiantes y prestadores de servicio social pertenecientes a la licenciatura en psicología, de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco.

[17] Mariana Robles, Adriana Soto y Antonio Paoli, op. cit., p. 8.

[18] Ignacio Martín Baró, op. cit., p. 340.

[19] Cornelius Castoriadis, op. cit., p. 126.
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Mariana Robles  Rendón

Resumen

Se expone una vía de trabajo con dos movimientos sociales recientes (Atenco y Zimapán)  para elaborar y hacer reflexiva su memoria, la cual reconoce a sus  pobladores como generadores de  acción autónoma, de su pasado memorioso y de una potencia  para cambiar su circunstancia.

Palabras clave: métodos de intervención social, memoria colectiva, movimientos de Atenco y Zimapán, psicología social, movimientos sociales.

 

Abstract

This paper presents a way of working with two recent social movements (Atenco and Zimapán) in order to develop and make memory reflective, recognizing its people as generators for autonomous action, its memorioso past and power to change itscircumstances .

Key words: methods of social intervention, collective memory, movements of Atenco and Zimapán, social psychology, social movements.

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