Relatos sobre el cruce de la frontera entre México y Estados Unidos a través del siglo XX

Martha García Ortega**

Gerardo Necoechea Gracia***

 

La emigración de México a Estados Unidos ha sido constante a través del siglo XX y sus variaciones nos permiten establecer distintos periodos. Un primer periodo inició hacia fines del siglo XIX y terminó en la década de 1930. El inicio estuvo asociado a la demanda de mano de obra en la construcción de ferrocarriles y en la expansión del cultivo del algodón y otros productos agrícolas en el sudoeste de Estados Unidos; el final, por contraste, estuvo marcado por la gran depresión de los años treinta y el retorno a México, forzado o voluntario, de cientos de miles de mexicanos. El segundo periodo inició con la firma del tratado de braceros en 1942, inicialmente una medida de emergencia que duraría hasta al fin de la segunda guerra mundial y estaría restringida al empleo en los ferrocarriles  y la agricultura, pero que se extendió hasta que el gobierno de Estados Unidos lo dio por terminado unilateralmente en 1964. El tercer periodo inició al terminar el programa bracero y al entrar en vigor una nueva ley de inmigración en 1965, llamada Ley Hart-Celler, que entre otras estipulaciones imponía, por primera vez, un límite máximo a la entrada de inmigrantes provenientes del hemisferio occidental. El entonces presidente Lyndon B. Johnson declaró que con esa reforma a la ley, quedaba definitivamente atrás la era de inmigración sin restricciones a Estados Unidos; y de hecho, debido a que aumenta el rigor de las restricciones, podemos macar un antes y después de la década de 1990.[1]

 

Muy diversas huellas han quedado de ires y venires a través de la línea internacional por más de un siglo. Hemos seleccionado una de estas huellas, los relatos del cruce, pertenecientes a los distintos tiempos delineados arriba. Para el primer periodo recurrimos a entrevistas realizadas para el estudio de Manuel Gamio acerca de la migración (1926) y las realizadas por Gerardo Necoechea en Chicago (1986). Para los periodos del programa bracero (1942-1964) y el posterior a 1965, seleccionamos relatos recogidos por Martha García entre emigrantes de la región nahua del Alto Balsas, Guerrero (2002) y la entrevista a Moisés Cruz realizada, editada y publicada por Federico Besserer. Hemos también recurrido a pasajes de otras entrevistas publicadas, en particular para los años posteriores a 1970.[2]

 

Los emigrantes y los periodos son diferentes y en consecuencia también lo son sus relatos. Pero hay ciertos elementos en común que atraviesan el tiempo. El más evidente es su propósito de emigrar, de cruzar la frontera para llegar a Estados Unidos. Otras características compartidas se desprenden de este propósito, y tienen que ver con la necesidad de hacerse del conocimiento y de otros implementos necesarios para llevar a buen término el viaje; ese conocimiento y los implementos necesarios cambian a través del tiempo porque cambia la frontera. También las narraciones, como forma de elucidar y transmitir la experiencia, tienen ciertos rasgos comunes. Estos testimonios nos acercan a las pláticas que ocurren en los pueblos entre veteranos y novatos de la emigración, y por esta razón los analizamos como tradición oral entre migrantes. Un componente importante de los relatos, además, es referir las vicisitudes de aventuras externas y cambios internos, de manera que en el estilo son semejantes al género literario de las narraciones de viaje. La lectura de los relatos, atendiendo a continuidades y cambios a lo largo del siglo XX, abre una puerta para entender qué ha significado cruzar la frontera para los migrantes.

 

En las siguientes páginas exponemos lo que hemos visto a través de esa apertura, en tres apartados. En el primero nos interesa la adquisición de conocimiento respecto de la frontera: esa imprescindible preparación que implica una particular geografía, aspectos referentes a relaciones y política internacional, y consejos para aumentar la posibilidad de supervivencia y éxito en la empresa. El segundo apartado indaga el porqué del cruce, sin atender las causas estructurales sino los motivos que animan la acción personal. Finalmente, en el tercero, seguimos la reflexión personal respecto de lo que el cruce —pero no sólo el cruce—  transforma  la manera de ver el mundo.

 

Los estudios sobre migración generalmente abordan problemas de políticas estatales, estructura económica o demografía. En años recientes se ha ido fortaleciendo otra perspectiva, abocada a comprender a los individuos que migran.[3] El presente trabajo toma como punto de partida los relatos del cruce de la frontera entre México y Estados Unidos con el propósito de añadir un grano de arena a este segundo enfoque. Estos relatos, como argumentamos aquí, muestran que si bien los Estados-nación pretenden el control exclusivo de la frontera, los migrantes han sido igualmente activos en establecer dominio sobre el lugar y la idea de frontera. 

 

I. Dónde está la frontera

 

Rosita Domínguez Cano salió de Teabo, Yucatán, en junio de 2002 con destino a Estados Unidos. Tiempo después, un joven que viajó con ella relató cómo Rosita se lastimó un pie y no pudo seguir caminando en el desierto. El grupo la dejó al resguardo de la exigua sombra de un arbusto, con una botella de agua y la promesa del pollero de regresar por ella. Su cadáver fue encontrado seis meses después. Rosita era una migrante de muchas maneras nueva —mujer, maya—pero sobre todo era nueva en el asunto de migrar: la noticia publicada sugiere que la emigración de Teabo a Estados Unidos inició en los cinco años previos al suceso.[4] Su historia, como la de muchos otros, es trágica por muchas razones; una de ellas reside en su inexperiencia. Por ello el conocimiento acumulado y transmitido a otros por los migrantes es vital. Los relatos del cruce de frontera llevan a cabo esta transmisión.

 

Un viejo contó a Paul S. Taylor, en 1927, la sorpresa que causó en su pueblo, al inicio del siglo XX, una carta que venía de Pennsylvania. Antes sólo habían oído hablar de Texas y California: “Dónde puede estar eso, nos preguntábamos. Eso debe estar muy, muy lejos. Más lejos que Nueva York, cerca de Inglaterra.”[5] Más de medio siglo después, otro viejo relató durante una entrevista su primer paso a Estados Unidos en 1945, contratado bajo el Programa Bracero. Cuando la entrevistadora preguntó si entonces él sabía dónde estaba su lugar de destino en Estados Unidos, respondió negativamente.[6] Ambos hombres, con el tiempo y la experiencia directa de cruzar la frontera y adentrarse en Estados Unidos, ajustaron su geografía.

 

En otra entrevista, también de 1927, una mujer relató cómo su desconocimiento de los trámites para cruzar obligó a que ella y su familia cruzaran ilegalmente la frontera.[7] Ella era de Michoacán, en la región occidental de México que a principios del siglo XX comenzaba a expulsar migrantes hacia el norte. Nuevamente brincando en el tiempo, un viejo relató que él y un grupo de hombres, en 1963, desconocían el funcionamiento del Programa Bracero y por esa razón primero no pasaron la frontera y después estuvieron varados en el norte.[8] El hombre era de Guerrero, en el sur, que apenas a mediados de siglo y a través del Programa Bracero ingresaba al flujo de migración al norte. En un tercer y final brinco en el tiempo, escuchamos a Moisés Cruz explicando que cuando por primera vez viajó a Estados Unidos, eran pocos los que emigraban con ese destino desde la mixteca oaxaqueña —región de la que apenas en los años setenta comenzaron a salir en gran número hacia Estados Unidos— y por ello él no sabía cómo cruzar la frontera.[9]

 

Los primeros emigrantes adquieren conocimiento gracias a sus propias andanzas. Así lo hizo Lucio Martínez, quien cruzó por Ciudad Juárez junto con su hermano, a fines de la segunda década del siglo XX; ya desde El Paso, Texas, ambos siguieron una ruta que los llevó por varios lugares de Texas y Kansas hasta terminar en Chicago, donde encontraron a varios paisanos. Lucio regresó a su pueblo natal en Zacatecas y posteriormente, gracias a que ya sabía el camino, viajó directamente a Chicago con su esposa e hija pequeña.[10]

 

La experiencia personal acumulada rápidamente fue transmitida a otros. Por lo general, los relatos de cruce refieren que las pláticas de quienes ya habían emigrado animaban a otros y transmitían la información importante para hacerlo: “En esa época [ca.1905-1910] oí hablar de que aquí en Estados Unidos había buenos trabajos y se ganaba buen dinero. Otros amigos  ‘me encampanaron’. Nos fuimos primero a la ciudad de México y de allí nos venimos a Ciudad Juárez. Pasamos luego a El Paso y allí tomamos un reenganche para Kansas.”[11] Entrevistado en la década de 1980, un hombre ya de avanzada edad contó que debido a que él tenía experiencia en ir y venir a Chicago, en 1920 varios vecinos aprovecharon su salida del pueblo para irse con él.[12] También en los primeros años del siglo XX Zeferino Velázquez, entonces de 17 años, viajó con su cuñado y, gracias al segundo, cruzaron de Ciudad Juárez a El Paso “sin muchas dificultades”.[13] Juanita, de la región nahua de Guerrero, cruzó la frontera por primera vez en 1974, cuando tenía 18 años, empleando los servicios de un coyote. Después, cuando platicaba con quienes se preparaban para migrar, les aconsejaba “que no le pagaran al coyote hasta que trabajaran”.[14] A través del siglo XX encontramos maneras similares de transmitir la experiencia entre migrantes.

 

La frontera no ha sido estática a través del siglo, de manera que el conocimiento continuamente es actualizado. Las mínimas normas migratorias y la escasa vigilancia permitían el fácil cruce, legal o ilegal, durante la primera mitad del siglo XX e incluso hasta la terminación del Programa Bracero en 1964. Pero el hecho de que el empleo en Texas fuera excluido del acuerdo bracero entre 1942 y 1955, implicó que gran cantidad de mexicanos llegaran a Texas ilegalmente en esos años, muchos de ellos forzados a atravesar el río debido a la vigilancia de la Border Patrol. Para evitar ahogarse, había que conocer los mejores sitios para cruzar entre los puestos fronterizos de Nuevo Laredo y Matamoros. Luego de 1965 decayó la demanda de mano de obra en Texas y aumentó en California. La tradicional zona de cruce en el lado del noreste mexicano se trasladó al oeste y Tijuana-San Diego se convirtió en el puesto fronterizo más transitado.[15] En 1986, la nueva reforma a la ley de inmigración (IRCA, Immigration Reform and Control Act), a la vez que legalizó a más de dos millones de mexicanos residentes en Estados Unidos, otorgó un presupuesto  cada vez mayor para la vigilancia de la frontera con México. Más equipo y agentes permitieron a la Border Patrol implementar Operation Blockade en El Paso, en 1993, que después se convirtió en Operation Hold the Line, y en los siguientes cuatro años fue aplicada en San Diego, en Nogales (Arizona) y en Brownsville. Las nuevas circunstancias forzaron a emprender el cruce por lugares más difíciles, a través del desierto o cruzando el río, y hubo un considerable aumento de muertes: de 34 en 1997 a 269 en 2000, tan sólo en la frontera del sur de Texas, y un total estimado de 1 437 muertes en noviembre de 2000.[16] Al mismo tiempo que nuevas zonas de México se agregaban al flujo migratorio, los cambios en la frontera exigían conocimientos nuevos.

 

Estos cambios en la frontera pueden observarse en las descripciones que hacen los migrantes. Los relatos de cruce en la década de 1920 son generalmente parcos; en algunos casos existe una anécdota sobre la facilidad con que uno podía atravesar. Genaro Carrillo, por ejemplo, después de contar sus andanzas con el ejército de Francisco Villa durante la revolución, añadió: “[…] fui a la inmigración y allí, el Güero Colorado, uno de los de la inmigración, me puso su firma en una carta que traíamos yo y una familia de a cinco que nos fuimos en un carrito para la pizca y nos dijo que ya estábamos registrados en el libro y podíamos pasar.”[17] Pero si no hay anécdota, no hay relato: “Vine hace catorce años a los EU. Llegamos primero a San  Antonio, Texas, y allá nos quedamos cuatro días.”[18] Los contratados bajo el Programa Bracero con frecuencia relatan las dificultades originadas por los trámites previos a cruzar la frontera:

 

Fui de bracero hacia el 63, y fui contratado con lo de gobernación. Entonces, pues no pasamos y nos regresamos, no sé por qué. Y entonces la segunda vez fuimos con el coyote, le pagamos, en ese tiempo 800 pesos. [Salieron para el norteño estado de Sonora] y tardamos como un mes en Empalme, no llegaba la lista. Entonces le hablamos por teléfono a Iguala: ‘¿qué, qué pasó, por qué no corre la lista de nosotros?’ Dice: “Irá mañana, las primeras horas van a correr la lista de ustedes”. Nomás así nos estaba diciendo, y pues le digo, “mira si sabes que no manda la lista, por qué nos mandas para acá a nosotros, aquí nosotros ya no tenemos para comer, estamos sufriendo. Una vez comemos al día”. [El grupo regresó a Iguala, en Guerrero] y llegamos ahí con un señor que se llamaba Reynaldo, el contratista, y le empecé a regañar […] Nos regresó el dinero y de vuelta nos fuimos, pero fuimos con […] le pagamos a una hija de [mi esposa], que esa sí que nos mandó.[19]

 

Aunque los preparativos son cada vez más complicados, el cruce sigue siendo fácil diez años después. La descripción que hace Juanita de cómo cruzó con un grupo de amigas en 1974 es similar a muchos otros relatos, aunque ellas eran singulares porque entonces la migración femenina era poco común, incluso impensable en una comunidad indígena donde las mujeres “salían poco”:

 

Me fui por Laredo con los señores coyotes. Nos fuimos, éramos como 32 personas y nos vimos en un hotel, en una noche nos fuimos a pasar el río y nos subieron en el tren. Tenía 18 años. Cuando estábamos en el desierto nos agarraron y nos volvimos a ir, luego entonces nos fuimos en el tren. Muchos se regresaron y nomás ya íbamos como 22. El coyote nos dijo que si nos regresaban, íbamos a intentar pasar tres veces. En ese tiempo nos cobró 200 dólares. El coyote nos llevó a Laredo, él hacía el contacto para que nos pasaran. Él mismo se encargaba de todo, no nos dejaba […][20]

 

La descripción de Juanita es también importante porque aparece la figura del coyote. Estos personajes —de ambigua valoración— han estado presentes desde siempre en el cruce de la línea internacional, pero aparecerán cada vez con mayor frecuencia en las últimas décadas del siglo XX. Alrededor de los mismos años que refiere Juanita, la dificultad para Moisés Cruz consistió en convencer a los enganchadores de su pueblo, San Juan Mixtepec en la Mixteca oaxaqueña. No lo querían llevar por considerar que aún era menor, tenía 15 años, y no soportaría la caminata. Moisés pensaba que sería fácil, porque estaba acostumbrado a caminar (aunque añade una reflexión posterior: “pero no es igual caminar aquí que caminar en el desierto”). Los convenció, consiguió dinero, se despidió y emprendieron el viaje. “Me fui con ellos, nos fuimos de Culiacán hasta Altar, Sonora, que es donde entra uno […] Cuando llegamos ahí ellos ya conocían, hay enganchadores, los coyotes en Altar. [Después de cuatro horas de caminar, llegaron a la línea internacional] Ya cruzamos la línea, que es un alambre de púas con postes […] y no hay vigilancia”.[21]

 

Similar cruce hicieron Bernabé —un veterano con experiencia—, su hijo y otros vecinos de un pequeño pueblo en el estado de Querétaro, en 1980. Llegaron por su cuenta a Sonoita, donde contrataron los servicios de un coyote, únicamente para que los llevara en automóvil a un punto donde “cruzar la frontera es […] sencillo […] la única señal de  la línea internacional es una alambrada de púas… con espacios suficientemente grandes como para dejar pasar el cuerpo de un hombre”; ahí el peligro no es la vigilancia sino las víboras. “Caminamos rápido, muy rápido […]” y fue un viaje sencillo, sin señas de la Border Patrol y sólo tres víboras de cascabel en el camino.[22]

 

Las dificultades del cruce en los años 70 son poca cosa comparadas con las de veinte años después. Heriberto, nahua de Guerrero, narra su caminata a través del desierto de Arizona, que se vuelve frecuente en la década de 1990 debido a la vigilancia en los alrededores de los puestos de Tijuana, Mexicali, Nogales, Ciudad Juárez y Nuevo Laredo. El riesgo es asumido aquí entre la vida y la muerte:

 

La primera vez me fui yo, tardé dos, tres horas y ya estaba del otro lado. Pasé por el aeropuerto de Tijuana. Ahora no, pasé por Tecate, ahí nos cruzaron, nos dijeron que iban a ser tres o cuatro horas. Entonces nos dieron un garrafón de agua y todo. Cruzamos ahí pero tardamos caminando de tres a cuatro días […] Encontrábamos agua, pero comida pues no […] es muy, muy triste pasar de esa forma porque muchos […] uno ve cómo se quedan, inclusive un matrimonio […] se quedaron, se dobló un tobillo el señor y se quedaron en el desierto […] Y lo único que le dijo el coyote fue que “bueno, yo los voy a poner donde va a pasar la migra y ahí espérense”. Ya nos enseñaron ahí donde murieron varias personas, también nos dijeron: “mira aquí murieron de diez a quince personas, los dejó el coyote y se murieron —dice—, es triste porque el coyote sí sabe cómo va a salir, pero por ejemplo ustedes, en lugar de que salgan,  más se meten” […] Ni descansábamos, a veces caminábamos toda la noche, sí, cuando menos sol hay, es cuando menos te puede ver la migra, es cuando está un poco más fresco, casi no dormíamos.[23]

 

Para algunos, en tanto el cruce de la frontera se hace más difícil, el conocimiento acumulado puede tener valor en dinero. Moisés Cruz describe cómo muchos de sus paisanos hablan de su experiencia en Estados Unidos, con el propósito de “que la gente conozca que ellos van a Estados Unidos. Y un poco el interés es que también son enganchadores, quieren que se oiga eso para que ellos puedan llevar gente, y les cobran ¿no?”. Moisés descubrió que el conocimiento de los veteranos era valioso: conocían una ruta, un pollero y detalles tales como untarse ajo en los pies mientras caminaban por el desierto: “Y los compañeros decían que […] el ajo es muy oloroso y que […] a cierta distancia, la víbora huele eso y […] cascabelea […]Y es lo que hacíamos nosotros por ejemplo, untábamos ajo para ahuyentar las víboras, o que cascabelearan […] nosotros sabíamos dónde estaba una víbora o algo”.[24]

 

La narración de Moisés ilustra el propósito de transmitir información en los relatos del cruce. Todos los testimonios, por supuesto, ofrecen posibles estrategias y puntos específicos para realizar el cruce y contienen otra información útil. En los años veinte era común que los mexicanos llegaran a la frontera ignorando el procedimiento legal para cruzar. Quien escuchara a José Rocha sabría que requería visa y pago de impuesto.[25] Miguel Alonso informaba del hotel propiedad de María Gutiérrez, en El Paso: “Esta señora es como una madre para todos los mexicanos que llegan a su hotel (tiene también un hotel en Ciudad Juárez)”.[26] Similar información ofrecía Moisés Cruz para quienes cruzaban por el desierto en la década de 1970: llegaron a un lugar que los mexicanos conocían como Las Minas, y ahí una señora “que era la que llevaba los trabajadores que llegaban ahí, los mojados, la gente que cruzaba ilegalmente, nos llevaba a su casa, nos daba de comer y todo”.[27]

 

Al final del siglo XX, las medidas de control fronterizo han convertido el cruce en un riesgo mortal para los migrantes indocumentados. Pero la experiencia acumulada y transmitida por los migrantes a través del siglo, y las redes sociales creadas en consecuencia, han servido para disminuir los riesgos.

 

II. Por qué cruzar

 

Los relatos del cruce, como otras narraciones de viaje, también tienen el propósito de describir las peripecias vividas. Para los migrantes de principios de siglo XX era menos interesante referir su paso por la línea internacional que describir las andanzas de un lugar a otro. José Rocha nació al final del siglo XIX en León, Guanajuato. Antes de cumplir 20 años decidió salir de León.

 

Una vez que fui oficial de barbería ya gané un poquito de dinero y entonces me entró las ganas de salir a la “aventura” a conocer otras partes […] [Ciudad de México, Orizaba, Veracruz, Progreso y Mérida]. Me gustaba mucho andar de un lado para otro y como el oficio se presta, pues luego encuentra uno trabajo a donde quiera que llega […] [De regreso en León] ya estaban allí mis hermanos y me contaron de todas las cosas que habían visto en Estados Unidos. Muchas veces mis dos hermanos se ponían a hablar en puro inglés y esto me daba cólera y envidia. [Decidí] venirme a Estados Unidos para aprender inglés y así mis hermanos no me hicieran menos […] recorrí parte de la costa del Pacífico de México. Después me fui a Chihuahua, de allí a Ciudad Juárez y por ese lugar pasé a El Paso […] Luego anduve por varias partes de este país, en el west y el mid-west. Anduve de trampa en unos trenes de un lado para otro, pero nunca me sucedió nada ni dieron maltrato. A veces me sorprendía alguno de los ‘garrotes’ del tren en [que] iba yo de trampa, pero no me hacía nada. Al fin, aburrido de andar de un lado para otro y cuando ya había ahorrado un poquito de dinero decidí regresar a León.[28]

 

Los desplazamientos migratorios en el transcurso del siglo XX aparecen asociados a la idea de correr una aventura en este y otros relatos. Arturo Morales, nacido en 1899 en Acatlán, Jalisco, declaró enfático: “Me vine a Estados Unidos con el único y exclusivo propósito de conocer este país y de andar de aventurero.”[29] Moisés Cruz nació en San Juan Mixtepec en 1959, salió en 1971 y cruzó a Estados Unidos en 1974-75. Después de describir cómo fue deportado, reflexiona y alude a este sentimiento de aventura: “ […] pues yo me sentía bien porque era la única vez que había ido a un país extranjero, donde comíamos comidas dulces o que hacíamos de comer y todo eso.” Más adelante, ya con su familia, se traslada de Sinaloa a La Paz, Baja California, y explica: “Era la alegría de salir, por eso toda la vida salíamos, porque siempre conocíamos otros lugares”.[30]

 

¿Qué significado tiene esta noción de aventura? Un primer indicio nos lo ofrece la afirmación de Arturo Morales, de que en su pueblo “nunca cambian las cosas”. [31] Podemos suponer que el tedio rural pesaba sobre el espíritu de estos jóvenes. Otro indicio lo ofrece José Rocha, para quien la competencia con los hermanos es un motivo para emigrar. Habrá que considerar también que en los pueblos de origen, en el contexto de las relaciones de parentesco que subordinan a los jóvenes, salir del pueblo es una manera de escapar a esta subordinación y acceder  a la independencia adulta.[32] Los relatos no hacen referencia a la tensión provocada por esta dependencia, pero lo que un joven refirió a Robert Redfield, en Chicago en 1925, es un indicio más de ella. El joven en cuestión había sido enviado por su padre a buscar al hermano mayor pero decidió quedarse en la ciudad y buscar empleo. Ambos hermanos escaparon así la supervisión paterna.[33] Omar Fonseca y Lilia Moreno citan las palabras de un entrevistado, quien salió de Jaripo contratado como bracero: “Si, pos al principio yo decía que el que viene del norte pos ya era un hombre muy hombre […] [Y] dije: pos yo por qué no.”[34]

 

Salir a la aventura antes de establecerse con un trabajo y una familia es un patrón generalizado a la vuelta del siglo XX.[35] Posiblemente se trata de una conducta relativamente nueva que sirve para mediar el paso entre infancia y madurez. La migración internacional es integrada a estos circuitos de migración interna dentro de este proceso de crecimiento individual.

 

Clemente, un hombre nahua de 35 años vio esta experiencia como parte de asumir responsabilidades propias: “Cuando fui a Estados Unidos tenía 17 años, es muy difícil tomar esa decisión. Cuando me fui no sabía qué era Estados Unidos, mis amigos decían que era lo mejor para mantener a la familia. Tenía necesidad de irme, a mis papás no les alcanzaba [el ingreso]. Ahora, muchos se van nada más para conocer.”[36] El mismo caso se presentó con una mujer nahua que migró al norte a la misma edad de su paisano Clemente. Seducida por las pláticas de los norteños, como llaman a los migrantes que van al otro lado, la joven tuvo interés en viajar por placer: “Escuchaba que todo era diferente allá, que podía tener muchas cosas que no podías tener aquí. Y eso era todo. Había mucha diversión. Ese fue el motivo por el que me fui, quería conocer. Pero estando allá ¿quién me iba a mantener? ¡Tenía que trabajar!”[37]

 

Los relatos entonces también respaldan el reclamo del narrador a la independencia adulta. Para satisfacer este propósito, las aventuras narradas incluyen peligros de los que el relator sale bien librado, como los relatos de contrabando, o demuestran la astucia desplegada para engañar a los güeros, y en consecuencia, para desafiar a la autoridad constituida. Este es precisamente el punto de la anécdota que contó Miguel García, quien nació en Tapachula, Chiapas, pero creció en Chihuahua y Ciudad Juárez:

 

En 1921 volví a meterme a este país de contrabando, pasé por el río de día sin ningunas dificultades, pues conozco bien todo ese lado de la frontera. Figúrese que cuando estábamos chiquitos en la escuela de Ciudad Juárez, hacíamos apuestas quién se pasaba al otro lado, nadando, por debajo de los rieles del ferrocarril y de otras maneras. Esto lo hacíamos nomás por juego, pues luego nos regresábamos.

 

Miguel desafía las normas para cruzar porque “la verdad es que no estoy dispuesto a pagar 18 dólares.”[38]

 

El relato de Gregoria Ayala está menos centrado en el desafío y más en la astucia. “Con mi esposo vine a este país en 1919. Cuando llegamos a Laredo nos encontramos con un coyote que nos dijo que como no sabíamos leer, no nos iban a dejar pasar al otro lado americano. Que él se encargaría de pasarnos junto con otros [...]” Después de contar las peripecias de pasar por el río y caminar en la oscuridad, continúa:

 

[...] llegamos a un pueblecito cuyo nombre no recuerdo. Allí subimos al tren. Yo me escondí mi perrito y no me lo halló el conductor. En una estación subieron los guardias de inmigración y les fueron pidiendo a todos sus pasaportes. A nosotros también nos los pidieron y les dijimos que éramos de ese pueblito y que veníamos a San Antonio a hacer compras. Así nos salvamos de que nos devolvieran a Laredo como lo hicieron con otros hombres y mujeres que venían en el mismo tren.[39]

 

En estos relatos el cruce aparece como aventura. El narrador, héroe de esta aventura, despliega valentía frente al peligro y astucia para vencer los obstáculos. Estos motivos no desaparecen a través del siglo XX; sin embargo, en el último cuarto del siglo, conforme al deterioro de la economía mexicana y el incremento en la vigilancia fronteriza, el tono de los relatos fue atemperándose y haciéndose sombrío. Efrén, residente de un pueblo en San Luis Potosí, contó sus peripecias de novato en 1998, y al final del relato reflexionó que al dejar el pueblo, uno sabe que va a sufrir, “a enfrentar lo que venga, y si tiene que enfrentar la muerte, pues lo hace. Uno sabe que el río es traicionero, y no sabe si regresará o no. Uno simplemente se va con la bendición de sus padres, y pide a Dios la suya.” Álvaro, vecino del mismo pueblo, topó con un cadáver en su primer cruce, en 1999; la imagen de quien  supuso un emigrante que no lo logró quedó indeleble en su mente. Álvaro reflexionó que ni esta experiencia ni las advertencias de las dificultades harían que la gente dejara cruzar la frontera, “porque nuestra situación es muy difícil. Uno sabe que va a arriesgar su vida. Pero casi siempre es la pobreza la que nos obliga, nos fuerza a dejar nuestras tierras.”[40] El riesgo atempera la atracción de la aventura pero no la detiene; la decisión de arriesgar también conforma el carácter independiente que despliega el emigrante en su empresa de cruzar la frontera.

 

III. Qué hay del otro lado

 

Las narraciones del cruce, precisamente porque son relatos de viaje, también refieren la transformación del narrador. La travesía ocurre, por supuesto, a través de la geografía; pero ocurre también en el plano del espacio interno, de la mentalidad. Los relatos insinúan o dilucidan un desplazamiento interno hacia cambios en la percepción del mundo, parecido en estilo a la narración de viaje de Jack Kerouack en On the Road. En las perceptivas palabras de Raúl DuBois (entrevistado probablemente en 1927), que había estudiado y trabajado en Estados Unidos, “el joven mexicano que emigra […] despierta en su persona mayor ambición de la que tenía antes de haber emigrado, puesto que se encuentra aislado de su familia y tiene que depender de su habilidad para ganarse la vida.”[41] Las palabras de este hombre sugieren que la percepción del otro lado adquiere sentido en contraste con conductas previas a la emigración. Si por ambición entendemos, en sentido amplio, el deseo de alterar las condiciones y situaciones de vida, podemos entonces integrar el desafío y la astucia a conductas que de manera general transgreden el orden social en el punto de origen y potencialmente en el de destino.

           

Manuel R. Márquez, corresponsal viajero del periódico La Prensa de San Antonio, expuso en entrevista opiniones negativas sobre los mexicanos que llegaban a Texas en la década de 1920. Consideraba que eran “tontos e ignorantes” y añadía que su peor característica era la humildad, razón por la que padecían y aceptaban vejaciones humillantes.[42] Elena Landazuri, mientras realizaba entrevistas en 1927, observó que el trato entre una señora de “tipo netamente indio” y un americano era “de mucha familiaridad, lo que nosotros en nuestro lenguaje teñido por nuestra organización social llamamos ‘igualado’ y que a mí me hubiera desconcertado un poco. . . . Por otra parte, observé la franqueza, la libertad y la sencillez con que el americano tomaba la situación que hubiera molestado a un ‘señor’ de mi país.”[43] El lenguaje en las observaciones de Landazuri y en las opiniones de Márquez revela el orden social y la cultura de la que salieron los migrantes. Cruzada la línea internacional, y por contraste con el orden social del que venían, los mexicanos tenían la opción de permanecer sumisos o convertirse en “igualados”.

 

Preocupada por sus observaciones, Landazuri siguió indagando. Un señor de Monterrey, de 64 años, le confío: “Aquí somos muy tímidos y nos sentimos muy ‘sumergidos’ por temor a un desprecio. ¿Cómo sabemos si nos van a decir que no nos arrimemos a una de aquellas personas bien vestidas porque nos ven oscuros y pobres y feos? Y como eso había de doler mucho, es preferible irse uno a donde a la segura lo admiten.”[44] Quizás la preocupación de Landazuri, la edad del entrevistado y el hecho de que vivía bajo el asfixiante racismo tejano fueron circunstancias que indujeron tal respuesta. Hombres más jóvenes y que no habían permanecido en Texas, tenían otras opiniones. Uno de ellos, Isabel González, incluyó entre las razones por las que deseaba permanecer en Los Ángeles, la siguiente:

 

Otra cosa que me gusta mucho de este país es que es igualitario. Claro que si usted es pobre, no puede vestirse tan bien como el rico. Pero aunque usted sea pobre, puede entrar a donde usted quiera, a cualquier café o cualquier cine y sentarse al lado de los ricos, no es como en México en que se creen unos aristócratas algunos y se sienten como rebajados porque un pobre se sienta al lado de ellos.[45]

 

En particular es interesante el cambio que ocurre en las percepciones de las mujeres. Juana Martínez, de 23 años, en 1926 consiguió un trabajo bailando por pieza en un dancing-hall de Los Ángeles. Explicó que “al principio no me gustaba este trabajo porque tenía yo que bailar a fuerza con cualquiera, pero al fin me [he] acostumbrado y hoy no me importa puesto que sé que lo hago para ganarme la vida […] En México este trabajo quizá sería deshonroso, pero yo aquí no pierdo nada haciéndolo.” Aunque cambiaron algunas prácticas, las expectativas de las relaciones de género permanecieron: la misma Juana afirma más adelante que no pensaba volver a casarse pero, de hacerlo, no sería con un estadounidense, porque “son muy pesados y muy tontos. Se dejan que los mande la mujer.”[46] Una mujer casada, que sentía que su matrimonio era una “cruz tan pesada,” por los celos de su esposo y la imposibilidad de tener hijos, encontró en Estados Unidos su “inclinación por cuestiones sociales […] En México —añadió— no hubiera encontrado esta oportunidad y quizá ni se hubiera despertado en mí este deseo de servir. Me habría consolado con amigas o paseos, o me habría vuelto beata.”[47]

 

La entrevista con Moisés Cruz, realizada alrededor de 1990, puede leerse como una reflexión sobre los cambios en su vida. Hay un pasaje en particular, que sigue a la narración de sus primeras idas a Estados Unidos, en el que entremezcla la sensación del joven de 17 de estar cambiando con la reflexión retrospectiva del hombre maduro. Contrasta primero el interés de su madre por el pueblo de origen con su propio desinterés “por regresar al pueblo”. Cae entonces en cuenta de que algo en él es diferente y después generaliza que “la costumbre de la gente vieja no es la misma costumbre que llevan los jóvenes, es decir los niños.” Más adelante explica que los jóvenes “nos estábamos desarrollando más, más con la gente de fuera que con la gente de aquí de […] porque no nos gustaba mantener esa misma raya, que los demás mixtecos, sino convivir con otra gente.” Concluye reflexionando que “la juventud empezó a ser más atrevida, empezó a tratar de buscar cambio.”[48] Moisés traslada la experiencia personal a lo que percibe como una tensión capaz de generar cambios en la sociedad.

 

Sin duda, a través del siglo, la balanza se ha inclinado hacia el comportamiento igualado que trasgrede las fronteras de la estructura social en México y Estados Unidos. En la década de 1930 muchos mexicanos se opusieron a la repatriación forzada y se unieron a los nuevos sindicatos industriales. En la década de 1960, los emigrantes que iban a la pizca en los campos de California, y después también en Texas y Florida, se organizaron en el Farmworkers’ Union encabezado por César Chavez. En 2006, millones de trabajadores indocumentados, residentes y ciudadanos protestaron contra la ley Sesenbrenner, la Border Protection, Antiterrorism and Ilegal Immigration Control Act de 2005, aprobada el 16 de diciembre de 2005 por la Cámara de Representantes pero rechazada en el senado. Las marchas iniciaron en ciudades como Chicago y Los Ángeles desde marzo, y culminaron en la movilización nacional del 1 de mayo, denominada “Un día sin inmigrantes” y considerada por un organizador sindical como el más grande paro laboral por una causa política en la historia de Estados Unidos “desde la movilización a favor de la jornada laboral de 8 horas, en la década de 1880.”[49] Mujeres originarias de Yalalag, en la sierra zapoteca de Oaxaca, que ahora viven en Los Ángeles, portaban carteles en los que podían leerse estas leyendas: “Somos trabajadores, no criminales”; “No soy terrorista, soy lavaplatos”; “Si nos vamos ¿quién va a trabajar en los campos?, ¿quién va a levantar tus verduras?, ¿quién te va a servir en el restaurante?” Portaban también banderas de Estados Unidos, y una de ellas explicó que lo hizo “porque aquí es donde quiero estar porque me da mucho, me da más que México, y es el país donde uno quiere estar, de hecho donde ya estamos […]”.[50] Esta declaración, las pancartas, la marcha misma, muestran que el cruce de la frontera es un bloque en la construcción de su derecho a vivir en sus propios términos.

           

En conclusión, los relatos de cruce y las condiciones en que se producen nos muestran que la frontera entre México y Estados Unidos, a través del siglo XX, ha sido más que una simple e imaginaria línea divisoria. Por un lado, desde la perspectiva de los Estados-nación, ha sido un instrumento en sus designios políticos. Para el gobierno de Estados Unidos ha sido fácil cerrar el acceso fronterizo cuando la mala economía demanda encontrar culpables exógenos: así fue que en los primeros años de la década de 1930, el gobierno federal restringió la emisión de visas y propició la repatriación, argumentando que reservaba para sus ciudadanos los empleos que la crisis económica hizo desaparecer. La frontera también ha estado inmiscuida en los juegos de espías y en las recurrentes histerias de persecución política, como lo fue la operación wetback, justificada en el furor anticomunista de la guerra fría y el insensato pavor a que los rusos se infiltraran cruzando a nado el río Bravo; y a principios de los años ochenta invadió a Estados Unidos el temor de haber perdido control de la frontera, que llevó a satanizar a los inmigrantes indocumentados y a las reformas de 1986 a la ley de inmigración cuyas consecuencias fueron mortales.

 

Por otro lado, los mexicanos que cruzan la frontera han resentido las consecuencias funestas de estas políticas, pero a su vez han moldeado —o al menos han intentado moldear— la línea fronteriza acorde a sus propósitos. Han sido capaces, por lo mismo, de satisfacer su apetito de conocer nuevos lugares,  gente y situaciones; de satisfacer su deseo y necesidad de procurar una mejor vida para sí mismos y sus familias. Para lograrlo, recurren a los medios que tienen a la mano: cámaras de llanta para cruzar el río, ajo para ahuyentar a las víboras, garrafones de agua y equipaje ligero para caminar por días en el desierto; recurren también a una red de apoyo que incluye a paisanos, a coyotes de fiar, a casas de seguridad; y sobre todo, sostienen la convicción de que sus acciones no son ilegales sino necesarias y correctas.

 

Los relatos de cruce, como las acciones mismas, encierran distintos propósitos: transmiten oralmente experiencia e información, relatan aventuras, refieren trayectorias de transformación personal y colectiva. Estos propósitos se mantienen a través del siglo XX.

 

Integrar estos relatos y sus intenciones a nuestra comprensión de la migración es importante, entre otras razones, porque dejamos de verlos como víctimas inertes frente a las políticas de Estado o el negocio de traficar con personas. Por el contrario, a través de sus propios relatos se convierten en protagonistas que en todo momento se esfuerzan por controlar las condiciones de su existencia.

 

Los relatos cambian porque integran el distinto contexto histórico de sus protagonistas. Muestran, por tanto, que la frontera es un punto flotante en una vasta geografía. Más aún, muestran que cruzar la frontera no significa  atravesar la línea internacional en el espacio físico sino un proceso complejo, que inicia una vez traspuestos los confines de la comunidad y comprende por ende fronteras sociales y mentales. La frontera es un campo en tensión que en el que se contraponen el interés del Estado por mantener una línea  fija y controlada y el punto de vista de los migrantes que hace de la frontera una línea maleable, sujeta a la transmisión de experiencia y a la astucia individual.

 


* Un primer borrador de este ensayo fue presentado en el XIII Congreso Internacional de Historia Oral, Roma, Italia, 23-26 de Junio de 2004.

** Colegio de la Frontera Sur, Chetumal

*** Dirección de Estudios Históricos, INAH                                               

[1] La declaración de Johnson, en John Crewdson, The Tarnished Door, Nueva York, Times Books, 1983, p. 95; hay consenso en cuanto a la periodización aquí esbozada entre los estudiosos de la emigración de México a Estados Unidos, y para este breve resumen recurrimos a David Spener, Clandestine Crossings: Migrants and Coyotes on the Texas-Mexico Border, Ithaca, Cornell University Press, 2009, pp. 37-47.

[2] Manuel Gamio, El inmigrante mexicano. La historia de su vida (introducción y edición de Devra Weber), México, Universidad de California/CIESAS/ Miguel Ángel Porrúa, 2002; Federico Besserer, Moisés Cruz, historia de un transmigrante, México, UAS/UAM-Iztapalapa, 1999; Martha García, "Rituales de paso y categorías sociales en la migración del Alto Balsas, Guerrero," Cuicuilco, vol. 15, núm. 42, enero-abril, 2008, pp. 77-96; Gerardo Necoechea Gracia, “Inmigrantes mexicanos en Chicago, 1916-1950”, tesis doctoral, ENAH-INAH, México, 2006.

[3] El lector interesado en esta segunda perspectiva a la que hacemos referencia puede consultar los trabajos ya citados de Gamio y Spener; una muestra de los intereses recientes en los estudios puede verse en Elena Zúñiga Herrera, Jesús Arroyo Alejandre, Agustín Escobar Latapí y Gustavo Verduzco Igartúa, (coords.), Migración México-Estados Unidos: implicaciones y retos para ambos países, México Consejo Nacional de Población/ Universidad de Guadalajara/ El Colegio de México/ CIESAS/, Casa Juan Pablos, 2006; para un panorama histórico de los estudios sobre migración, véase Christiane Harzig y Dirk Hoerder, What is Migration History, Cambridge, Polity Press, 2009.

[4] Alberto Najar, “México pone los muertos”, Masiosare, suplemento dominical de La Jornada, 10 de agosto 2003. “Pollero” o “coyote” es la persona que lleva migrantes sin papeles de México a Estados Unidos.

[5] Paul Schuster Taylor, Mexican labor in the United States II, Bethlehem, Pennsylvannia and  Chicago and the Calumet Region, Nueva York, Arno Press, 1970, p. 73.

[6] Felipe Peralta, entrevista realizada por Martha García, Guerrero, enero 2002.

[7] Gregoria Ayala, en Manuel Gamio, op. cit., p. 185.

[8] Francisco Ramírez, entrevista realizada por Martha García, Guerrero, diciembre 2002, en adelante citada como Ramírez/García.

[9] Federico Besserer, op. cit., p. 112.

[10] Carmen Arias y Natalie Ruiz, entrevista realizada por Gerardo Necoechea, Chicago, 1986.

[11] Trinidad Vega, en Manuel Gamio, op. cit., p. 371.

[12] Omar Fonseca y Lilia Moreno, Jaripo, pueblo de migrantes, Jiquilpan, Centro de Estudios de la Revolución Mexicana Lázaro Cárdenas, 1984, p.146.

[13] Manuel Gamio, op. cit., p. 402.

[14] Juana Nicasio, entrevista realizada por Martha García, Guerrero, enero 2002 (en adelante citada como Nicasio/García).

[15] David Spener, op. cit., pp. 42-43; John Crewdson, op. cit., pp. 178-179.

[16] David Spener, op. cit., pp. 44-50; Wayne Cornelius, “Muerte en la frontera. La eficacia y las consecuencias ‘involuntarias’ de la política estadounidense del control de la inmigración, 1993-2000”, Este País, núm. 119, febrero de 2001, pp. 2-18.

[17] Manuel Gamio, op. cit., p. 206.

[18] Sra. Rocha, en ibidem p. 165.

[19] Ramírez-García.

[20] Nicasio-García.

[21] Federico Besserer, op. cit., pp. 113-114.

[22] John Crewdson, op.cit., p. 6.

[23] Humberto Calderón, entrevista realizada por Martha García, Guerrero, enero 2001.

[24] Federico Besserer, op. cit., pp. 113-114.

[25] Manuel Gamio, op. cit., pp. 290.

[26] Ibidem, pp. 359-360.

[27] Federico Besserer, op. cit., p. 115.

[28] Manuel Gamio, op. cit., p. 290.

[29] Ibidem, p. 296.

[30] Federico Besserer, op. cit., pp. 123-124.

[31] Manuel Gamio, op. cit., p. 298.

[32] Véase Gerardo Necoechea, “Espacio, parentesco y clase: problemas para la historia del México moderno”, en G. Turner, L. Reyna, M. Dávalos y G. Necoechea (coords.), Miradas al fondo de la historia, México, Ahuehuetl, 2003.

[33] Robert Redfield, “The Mexicans in Chicago,” diario de campo, (octubre 5, 1924, april 24, 1925), Redfield Papers, University of Chicago Special Collections Library, Box 59, f. 2.

[34] Omar Fonseca y Lilia Moreno, op. cit., pp. 97, 162-163.

[35] Gerardo Necoechea, “Los jóvenes a la vuelta del siglo”, en José Antonio Pérez Islas y Maritza Urteaga (coords.),  Historias de los jóvenes en México, México, Instituto Mexicano de la Juventud, 2004.

[36] Clemente Pillado, entrevista realizada por Martha García, Guerrero, septiembre 2001.

[37] Nicasio-García.

[38] Manuel Gamio, op. cit.,  pp. 300-302.

[39] Ibidem. p. 185.

[40] Ambos testimonios en David Spener, op. cit.,  pp. 72-73, traducción propia.

[41] Manuel Gamio, op. cit., p. 105.

[42] Ibidem. p. 179.

[43] Ibidem. p. 217.

[44] Eugenio Morales, Ibidem, p. 222.

[45] Ibidem. pp. 255-256.

[46] Ibidem. pp. 277-279.

[47] Hija de argentino, en ibidem. pp. 158-159.

[48] Federico Besserer, op. cit., pp. 128-129.

[49] Steve Early, “The enduring legacy and contemporary relevance of labor insurgency in the 1970s”, en Aaron Brenner, Robert Brenner y Carl Winslow, (coords.), Rebel Rank and File: Labor Militancy and Revolt from below during the long 1970s, Londres, Verso, 2010, p. 363.

[50] Alejandra Aquino, “La participación de las mujeres de Yalalag en las protestas migrantes de 2006 en Estados Unidos”,  en Adriana López Monjardin y Marcela Coronado Malagón (comps.), Comunidades en movimiento, México, ENAH-INAH/ Navarra, 2014, p. 201.

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Resumen:

 

Examinamos entrevistas realizadas con individuos que cruzaron la frontera con Estados Unidos desde las primeras hasta las últimas décadas del siglo XX. Las analizamos primero como piezas de la tradición oral que crea y expresa conocimiento experimental imprescindible para quienes en el futuro cruzarán la frontera. Las analizamos después como narraciones orales que confieren significado a la experiencia, tanto porque elaboran la motivación personal para emigrar como porque reflexionan sobre los cambios en ideas y valores que implicó la migración. El propósito es mostrar que los emigrantes no han sido víctimas inermes de las políticas migratorias, sino que a través del tiempo han acometido el cruce bajo sus propios términos y de esa manera han disputado por el control y el significado de la frontera.    

Palabras clave: migración, frontera México-Estados Unidos, historia oral, políticas migratorias, narraciones orales.

 

Abstract:

 

This essay discusses how Mexican migrants have described their border crossings through the twentieth century. For this purpose, we examine oral history interviews, taking them first as part of an oral tradition that creates and communicates useful knowledge for future migrants. In the second and third parts of the article we analyze the interviews as oral narratives intent on signifying remembered experience, reflecting on personal motivations and on changes in ideas and values caused by emigration. Our purpose is to show that emigrants have not been helpless victims of migration policies but have rather carried on their crossings on their own terms and have thus disputed governments’ claims to physically and culturally control the Mexico-US border.

 

Key words: Mexico-USA migration, Mexico-US border, oral history, migration policies, oral narratives. 

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