Atisbos de modernidad I: Etla, Oaxaca: las fábricas San José y La Soledad Vista Hermosa

Emma Yanes Rizo*

 

Escalera principal de la fábrica La Soledad Vista Hermosa en 1996. Foto: Verónica Espinosa

 

Diciembre, 1984

 

Los patrones se han ido. Las fábricas San José y Vista Hermosa enfrentan el futuro cada una por su cuenta; ganadas en juicio a los dueños que querían cerrar, hoy tienen una administración obrera por cooperativa. Las dos luchan por su subsistencia con salarios abajo del mínimo. En San José, según nos comentan los trabajadores, los aprendices ganan 45 pesos la hora, y los oficiales, ochenta; el trabajo a destajo y la jornada son medidos por el metro de tela y el hilo producido. San José produce manta para costales que el comprador les paga a cuarenta pesos el metro; Vista Hermosa produce franela. Ambas fábricas tienen su abastecedor de algodón y también su comprador: Convertidora Mexicana, empresa del Distrito Federal, para Vista Hermosa; Antonio Fernández, fabricante de telas en San Juan del Río, para San José. Esta última se endeudó recientemente por más de cinco millones de pesos en la compra de maquinaria que data de los años treinta. Las industrias sobreviven gracias a la decisión de los trabajadores, que combinan el trabajo agrícola y el textil, así como a la calidad de la maquinaria industrial del siglo XIX, construida para durar a largo plazo.

 

Este delantal es nuestro

 

Ah, qué gentes —dice Agustín, el trabajador que controla la producción y el buen funcionamiento de la maquinaria en La Soledad Vista Hermosa—. Lo oyera y no lo creyera... así que quieren tomar en cuenta estas ruinas. Miren, en esa casa vivieron los que aquí fincaron. Al fondo, en esos paredones caídos, estaban las casas de su gente de confianza. Más alto que una paca de algodón sería el libro que escribieran de las cosas de aquí. Los patrones fueron poderosos en Oaxaca, pero los acabó la Revolución. Ya ven, nosotros quedamos. Vinieron más dueños, hasta el gobierno estuvo, pero todos la abandonaron cuando ya no rindió, cuando ya la habían explotado, cuando ya le habían sacado todo a las máquinas, cuando ya sólo quedamos nosotros.

 

El 16 de diciembre de 1884, el gobernador de Oaxaca, Luis Mier y Terán, celebró un contrato con los señores José Zorrilla y Jacobo Grablisson, propietarios de las fábricas de San José Etla. El gobierno de Oaxaca concedería exenciones fiscales para el establecimiento de las fábricas de hilados, tejidos y estampados en la región de Etla, adecuada por su caudal de agua y la humedad de su ambiente. Los industriales extranjeros montarían en contraparte un motor hidráulico de sesenta caballos de fuerza para la electrificación de la ciudad de Oaxaca y se verían obligados a tender a su costa la línea eléctrica entre la planta y la ciudad. Además se comprometieron al sostenimiento y educación de trescientos jóvenes del estado, con sueldo de veinticinco centavos diarios.  

 

Según las crónicas, el poder de los Zorrilla se equiparaba al de los grandes hacendados del país. La fábrica de San José contaba, años antes del establecimiento de Río Blanco en Orizaba, Metepec en Puebla y San Antonio Abad en México, con más de diez mil husos y trescientos telares, y su producción rebasaba las siete toneladas de manta al mes.

 

La popelina de mi patrón

 

La casa de los expatrones está tomada actualmente por la maleza y la herrumbre. La utilizan como bodega. Las escaleras se encuentran derruidas, las barandillas están atadas involuntariamente por una enredadera, los pasamanos se ven oxidados, las habitaciones polvosas y oscuras yacen cruzadas por rompecabezas de tróciles, y en el baño el agujero del excusado se encuentra tapado como si por ahí se hubiera escurrido toda la grandeza de la fábrica. Sólo las dos estatuillas plateadas, casi tragadas por los matorrales al frente de la casa, como si fueran dos mujeres inaccesibles traídas por el sueño de prosperidad de los Zorrilla, recuerdan el ingreso a la casona con sus amplios salones, cuadros y madera tallada, quizás también con manteles bordados y platería en el comedor. Las esculturas parecen recordar ellas mismas los marcos dorados de los espejos y los plateados reflejos de las cabelleras de los señores, con sus manos y sus ojos que vienen de hacer las cuentas y de dar órdenes a los cabos y a los maestros en los talleres; sólo ellas escuchan las conversaciones de los devotos industriales en un domingo cualquiera, después de la misa, hablando de la cotización del mercado del algodón, con el silencio respetuoso de los telares en el descanso dominical.

 

Pero el casco sigue aquí, con el mismo rumor metálico de hace cien años. El mismo rumor que tejió las sedas y la ropa suntuosa de aquellas mujeres que encarnaron el esplendor industrial porfiriano. A la entrada un hombre viejo, con su delantal de manta y el pelo adornado con una pelusa de algodón, se entretiene leyendo una novelita vaquera. A mano izquierda, colgada de la pared, hay una imagen guadalupana con sus veladoras. El hombre, que se llama Agustín, es el mismo que antes nos había hablado de los Zorrilla. Por un momento deja el libro y comenta: “Nuestra fábrica tiene historia. Cuentan los más viejos que más o menos en 1907 fue la primera huelga, que iban a correr a unos obreros y los demás se opusieron. Cuentan que fue la primera huelga de Oaxaca”.  

 

Yo soy el corazón de la fábrica

 

Tendidos de flechas pegados al techo cruzan de un extremo a otro las naves en la fábrica de San José, mientras las poleas cuelgan y hacen temblar la maquinaria. En el cuarto de máquinas, una banda de cinco metros por cuarenta centímetros sale del fondo del socavón que guarda la turbina grande, voluminosa. Una bomba de tiempo. Por las escaleras terregosas aparece el cuerpo pequeño y regordete del obrero que controla su funcionamiento.

 

 Conjunto de trabajadores frente a la gran rueda hidráulica de fuerza motriz para el movimiento de la maquinaria. Fábrica La Soledad Vista Hermosa. Foto: Verónica Espinosa, 1996.

 

Con el torso desnudo y el pantalón arremangado, Alonso Ruiz Rivera trabaja ocho horas y media en el turno de la tarde y gana ochenta pesos la hora. Entró de aprendiz en 1955, en el departamento de hilados, pero en 1979 lo llamaron a la turbina. “El que está en la mañana —dice— trabajaba los dos turnos, pero se cansaba mucho, por eso me pidieron a mí que aprendiera. Él ya es un señor grande; era el único que sabía escuchar a la turbina, porque haga de cuenta que ella como que nos habla. Un mes me pasé con él en las mañanas, hasta que una tarde me quedé solo con la máquina”.

 

Una cadena larga sube desde la turbina hasta el volante que maneja Alonso, con el cual controla la entrada de agua en la turbina y la fuerza de la banda que mueve toda la maquinaria. Mientras mueve la cadena comenta:  

 

Aquí, como quien dice, yo soy el corazón de la fábrica. De la turbina depende el funcionamiento de las poleas, los telares, las cardas y los tróciles, y hasta el esmeril y los tornos del taller mecánico trabajan con bandas. Antes tenías que estar siempre en el socavón pegado a la turbina; había muchos accidentes. Pero el maestro Palacios ideó el sistema de la cadena. Aquí arriba no tenemos manómetro, por eso uso estos tres cordoncitos amarrados a la cadena: con ellos calculo qué tanto necesito abrir la válvula para darle mayor o menor fuerza a la banda. La manejo a puro oído, ya me acostumbré al sonido de la banda, sé cuándo hay que disminuir la velocidad porque ya se apagaron algunos telares o cuándo tengo que aumentar porque ya se están adelantando otros.

 

 Sistema de bandas y poleas. La Soledad Vista Hermosa, Etla. Foto: Camarena, 1984.

 

Es así como el señor Alonso regula el motor de la fábrica de San José y controla el ritmo de trabajo de sus ciento cincuenta compañeros. En diciembre de 1984 la fábrica cumplió un siglo de vida, desde el decreto del gobernador Mier y Terán. El mérito es de los trabajadores, que cuentan la historia de la fábrica como su propia historia.

 

La urdimbre de la telaraña

 

Como en el siglo pasado, del departamento de batientes salen los rollos de algodón que pasan a las cardas. En un viejo galerón de madera te topas con esas máquinas. Hay once funcionando: llevan la marca Dobson and Barlow Bolton, England, 1900. Están apretujadas en un espacio de diez por diez y las maneja un solo operador. Por un lado entran los rollos de algodón como gruesísimas sábanas; por otro sale un hilo grueso, un chorizo blanco, una línea que se envuelve interminablemente en los botes. Dos grandes rodillos con miles de puntas desgarran la mancha blanca.  

 

 

Batiente de 1900 para el sistema de hilados. Fábrica La Soledad Vista Hermosa, Etla. Foto: Verónica Espinosa, 1996.

 

Pelusas, cientos, miles, infinitas pelusas en el aire. Soplas y te rehúyen, aspiras y te acometen. Son como copos de nieve que nunca terminan de caer, pero ya tienen blanco el piso. Los hombres con sus delantales no atienden ni a la pelusa ni al ruido. Sus ojos siguen las cuentas de hilo en los estiradores. Diría el señor Cresencio Ramos, de 75 años, recordando sus primeros días de trabajo: “El algodón va cayendo como una cascada, como un chorro de agua. Luego se va estirando, pasa el algodón como un velito, como un velo de mujer se va adelgazando, adelgazando”.

 

En un extremo de los estiradores se distingue la marca Curtis & Sons. Manchester, 1883. En el mismo departamento de batientes hay seis largos tróciles que son manejados por trabajadores jóvenes. De sus máquinas el hilo pasa a las coneras, para desenredarse después en el urdidor, donde una verdadera telaraña de hilos enrolla un gran carrete. Un muchacho mantiene estratégicamente la vista en los hilos: tan sólo uno de éstos roto se notaría de inmediato en los telares. Más allá, en un cuarto oscuro, se aplica el engomado: un inmenso tonel calentado a vapor hace girar e impregna el almidón y la grasa a los hilos del carrete, dándoles así más consistencia y elasticidad.

 

         

               

 

 Tróciles y cardas en La Soledad Vista Hermosa, Etla. Foto: Camarena, 1984.

 

A unos cuantos metros trabaja el señor José Ramos. Está sentado junto a un bastidor de madera. A él le entregan los carretes que salen del engomado y es el responsable de anudar los hilos en grupos para pasarlos a los telares. Sus manos los enredan, cuidan que se crucen. Sólo sus manos se mueven.  

 

 

 Máquina antigua de engomado. La Soledad Vista Hermosa, Etla. Foto: Camarena, 1984.

 

 

 El hilo listo para el telar. La Soledad Vista Hermosa, Etla. Foto: Camarena, 1984.

 

Los telares son la última parte del proceso. Se apiñan unos con otros en el galerón. El ruido se mete por los poros y rebota contra el techo, apenas logra escaparse por los agujeros de los vidrios. Cada trabajador y cada nuevo aprendiz atiende sólo a sus telares. Lo que pasa más allá de su territorio individual no es su ruido, no es su tela que se arma o se rasga, no es su hilo que se enreda o que corre liso, no es su manta defectuosa. El pago a destajo vuelve al trabajador indiferente a la labor del otro.

 

 

 Trabajador en telar. La Soledad Vista Hermosa, Etla. Foto: Camarena, 1984.

 

 

La estampa de la modernidad

 

 Manuel González, el mecánico más antiguo de la fábrica. La Soledad Vista Hermosa, Etla. Foto: Camarena, 1984.

 

Un hombre pequeño, delgado y muy abrigado en pleno día camina con dificultad en las afueras de la fábrica. Es el señor Manuel González, el mecánico más antiguo de la fábrica. Recuerda con nostalgia al primer propietario después de la revolución. Se llamaba Mateo Solana y fue, según dice, quien llevó la fábrica a la modernidad de los años veinte:

 

Don Mateo era también el dueño de un ingenio en Huajuapan, allí yo trabajaba de mecánico. Un día llegó don Mateo y me dijo: “Manuel, se viene usté conmigo a trabajar la manta”. Le contesté: “Como usté diga, patrón, pero yo no sé de telas, nomás sé de fierros”. Y me respondió: “Pues por eso mismo se viene conmigo”. Entré como mecánico. Cuando llegamos la fábrica estaba en ruinas. La abandonaron unos Zorrilla. Llegamos en 1924 y el patrón trajo maquinaria importada de Inglaterra. La trajeron de la estación del tren en carretera. Recuerdo que don Mateo no cabía en sí del gusto. Hasta acariciaba las cardas. Quién sabe qué tanto pensaría. Antes en el socavón sólo había una escalera de palo; hasta el fondo fueron a encontrar la turbina, toda llena de tierra. Estaba como triste, se veía muy vieja y ya no quería jalar. Pero don Mateo se compadeció de ella, la arregló y la turbina quiso de nuevo echar a andar la fábrica.

Junto conmigo, entró a trabajar al taller el maestro Alberto Palacios. Antes, para hacer los cambios había que meter las manos; nosotros arreglamos los coples a la medida de las flechas para poder meter los clutch. Para hacer los cambios tenías que utilizar escaleras, ahora nomás lo desacoplas y se arregla. Todo eso lo fuimos haciendo en el taller, todo lo fuimos arreglando. Fueron los tiempos de la modernidad. Se hacía la mejor manta. Pero don Mateo quiso vender. Se cansó, yo digo. Don Mateo era español, era muy favorecido, buena gente. Era explotador, era el diablo como todos los patrones, pero así tiene que ser para que saliera el trabajo. Y nosotros éramos los diablitos. A finales de los años treinta se acabó la modernidad. Don Mateo le vendió la fábrica a un tal Manuel Seco. Ése ya no nos quiso.  

 

Luego de tan amena plática el señor Manuel se despide de nosotros, dice que a sus años le molesta el sol y ya le cuesta trabajo respirar.

 

Durante el periodo revolucionario la situación de la rama textil fue apremiante. En 1910, los 145 establecimientos que había en el país disminuyeron a ciento dieciocho. En 1913 ya sólo estaban funcionando noventa fábricas. Las dos de Oaxaca, San José y La Soledad, cerraron. En 1921 empezó cierta recuperación en el ramo y es a mediados de los años veinte cuando se inician nuevas inversiones. En 1924, las tres cuartas partes de los telares con los que funcionaba la industria textil del país habían sido instalados entre 1898 y 1910. Para mantener un buen margen de ganancia que les permitiera sobrevivir en el mercado, los empresarios optaron entonces por intensificar el trabajo de sus obreros y reducir los salarios lo más posible. Lamentablemente, si aumentaban los salarios las empresas quebraban, es decir, que resultaban incosteables para el capital. Ese fue el gran problema de las fábricas de Oaxaca. Después de los años de la modernización, no se volvió a invertir en maquinaria. Y los obreros, por su parte, exigían constantemente y con razón aumento salarial. Sin embargo, su propio derecho fue su condena.

 

Los nudos del hilado

 

A unas cuantas cuadras del zócalo de Oaxaca, el edificio de la Central de Trabajadores de México (CTM) rompe el estilo arquitectónico de la ciudad. Pasamos al despacho del señor Guadalupe Santiago, secretario de la Federación Estatal de la CTM. En el muro lucen las fotografías de Fidel Velázquez y del presidente Miguel de la Madrid, y a un lado, las fotos del propio Guadalupe Santiago en su campaña sindical. Nos informa con prisa, fríamente, mientras se mece en su escritorio:

 

Yo también trabajé en San José. De chamaco me ocuparon ahí y me gustaba mucho. No tenía ni dos faltas al año. Era de los primeros en surtirme de trama. Tuve varias veces el primer lugar en producción. Mucho tiempo fui tejedor. Me salí de la empresa en 1972 porque quería superarme. La fábrica ya no tiene remedio. Sólo sobrevive porque los obreros ya se encariñaron, no les importa ganar menos del mínimo, no tener prestaciones. Trabajan en la fábrica y en el campo, se agotan.

De la historia de la fábrica sí les puedo comentar que en 1939 fueron despedidos los primeros obreros que intentaron sindicalizarse. Les llaman “los separados”. Exigían siete horas de trabajo y contratación colectiva. Los corrieron, durante tres años estuvieron fuera de la fábrica. En 1942 consiguieron su reinstalación a través de un laudo. Y entonces se constituyeron en la sección 36 del Sindicato de la Industria Textil y Similares de la República Mexicana, afiliados a la CTM. Como parte de la sección 36 logran una serie de prestaciones: ingreso al Contrato Colectivo de la Industria Textil, pago de los salarios caídos y Seguro Social. Ellos fueron nuestros pioneros.

 

“Ya es hora de cerrar el local”, comenta la secretaria. El extejedor nos dice al despedirse: “El Seguro Social fue para los obreros como una bendición. El trabajo en la fábrica era muy pesado y no había ninguna protección. El algodón produce un polvo que se absorbe y va a dar directamente a los pulmones. Algunos trabajadores terminaron tuberculosos, tísicos. En el pueblo sólo atendían los curanderos. El primer médico fue Rafael Carballido, en 1943. Ese año llegó a la fábrica el Seguro Social”.

 

A los primeros sindicalistas, conocidos como “los separados”, los recuerdan los trabajadores en casi todas las pláticas.  

 

De calzón de manta, pistola y huarache

 

Un hombre moreno, de traje, como de 55 años, se baja de un carro Ford LTD frente a la fábrica de La Soledad. Lleva un portafolio y saluda a todos los que encuentra en su camino. Su aliento, su “qué tal, paisano”, denuncian las copas que lleva encima. Se acerca a la puerta, le da un abrazo al portero. Los obreros que lo ven llegar lo saludan, algunos con timidez, casi a fuerzas, otros contentos. Es día de raya, pareciera que se trata del secretario de finanzas. Pero no; él sólo viene de paso, a saludar a sus paisanos. Nos dice que él también trabajó en la hilatura hace años. Regresa ahora con su coche, su traje, su corbata, su aire benevolente. Y cuenta su historia:

 

Mire usté, yo de aquí me fui sin nada. Yo le conozco a usté de chivos y de huaraches, yo fui huarachudo. Pero quise superarme y me salí de la fábrica, me superé. No que mire usté a estos pobrecitos. Le mienten si dicen que ganan más de dos mil pesos, de dónde lo van a sacar. Lo que usted me pregunta, lo del sindicato, se lo voy a contar.  

En los años cuarenta “los separados” consiguen el sindicato. Si no me traiciona la memoria, porque bien que lo he leído, fueron Esteban Rojas, Juan León, Bartolo Ramos, Juan Ángel, Leopoldo Cruz, Fidencio Pérez, Guadalupe Lázaro, Norberto García y muchos otros, de aquí y de San José. ¡Ah!, también estaba Julio Romero. “Los separados”, ya le digo, ganaban creo 75 centavos al día, sería. Bueno, pues ellos pidieron de inicio el sindicato y los corrieron. Pedían las ocho horas, algo así. El patrón no quería. Yo lo vi; el ejército tomó la fábrica, hubo heridos, encarcelados, qué sé yo qué tanto hubo. Pero “los separados” le metieron pleito al gobierno, se unieron con Fidel Velázquez, ganaron el pleito.

 

El hombre lleva prisa por entrar a la fábrica, por saludar desde su grandeza a sus paisanos. Nos muestra su credencial: capitán Antonio Rojas. Luego otra de regidor del ayuntamiento de Tonalá, Jalisco. “Yo quiero ayudar a mi gente”, dice. Quedamos de encontrarnos de nuevo con él por la tarde en el zócalo de Oaxaca, en el bar Jardín, en los portales de la casona que —según dice este extrabajador— fuera en otro tiempo de don Mateo Solana, el dueño de La Soledad Vista Hermosa. Las cervezas vacías, los vasos de tequila, las colillas en el cenicero, son el paisaje de la mesa que compartimos con el capitán Antonio Rojas, ya ahora sí hasta atrás. No quiso hablar más de la fábrica; era mucha la nostalgia. “Cuentan que aquí en la plaza de Oaxaca se vendía la manta. Antes ni soñar con el bar Jardín y el hotel Señorial, esto no era pa’ los de huarache. Y ‘ora aquí estoy. Miren: allí, frente a la iglesia, en 1947 había un soldado anotando a los que querían entrar al ejército, y yo alcé la mano, me enrolé”. Hace de pronto una confesión inexplicable: “Yo soy el capitán Antonio Rojas. El mismo que bajó en 1968 la bandera de la huelga de los estudiantes en el Zócalo para subir la bandera nacional, así fue. Iba vestido de civil y me subí a la tarima y les dije a los muchachos que eran unos vendepatrias. Después, se los digo de corazón, me dio vergüenza y me fui a un pueblo inhóspito. Así es que ¿qué? —dice por último ante el asombro del mesero—, ¿otra ronda de chelas o mejor un mezcalito?”

 

El círculo de la rueca

 

En 1950, la fábrica pasó a ser propiedad de Manuel Gómez Portillo. En 1958 la empresa les pidió a los obreros que renunciaran al incremento salarial del 10 % que había decretado el gobierno, para que el dueño pudiera mecanizar la fábrica. Los trabajadores, claro, no aceptaron. El señor Fernando Ramos, aceitador, recuerda:  

 

Gómez Portillo nos dijo que quería modernizar la fábrica. El gobierno había decretado un aumento al salario mínimo y él nos dijo: “Muchachos, vamos a deshacernos de la chatarra. No les doy el aumento, pero traigo nueva maquinaria”. Nosotros no aceptamos. Entonces don Manuel prefirió vender la fábrica. Al despedirse nos dijo: “Se van a arrepentir, muchachos. Eso que hicieron conmigo lo van a sufrir toda la vida”. Y así fue cuando empezó la antigüedad; ya los nuevos patrones no cambiaron nunca más las máquinas y nos dejaron a los trabajadores a nuestra propia suerte.

 

En 1960 el nuevo propietario pasó a ser, según recuerdan los trabajadores, un señor de apellido Hernández. El nuevo dueño, a falta de mercado para lo que se producía entonces, se vio obligado a manufacturar manta más ancha con aviadora de alambre. Y en lugar de ocho, diez o quince metros por telar, bajó la producción a tres metros. Al bajar la producción, lógicamente bajaron también los salarios a destajo. Después, el dueño dejó de comprar materia prima y de pagarles a los obreros el destajo por día. En 1962 los 354 trabajadores que laboraban en la fábrica se quedaron sin salario cuatro semanas. Entonces por medio del sindicato decidieron demandar al propietario e iniciaron un juicio legal que derivó en el cierre parcial de la factoría. Diez años después, en 1972, se consiguió que las escrituras de la fábrica quedaran a favor de los trabajadores. Se formó entonces la cooperativa que nunca logró la renovación tecnológica y el incremento salarial tan anhelado.

 

La manta sin trama

 

De los últimos años, comenta Alonso Ruiz Rivera:  

 

Aquí acaba todo, en estos telares viejos, amontonados, en estas bandas que salen del piso y quisieran tragarnos. Ganamos el sueldo más barato de Oaxaca, y si estoy aquí es por la edad, no aprendí a hacer nada más que a tejer en estos armatostes y éstos ya no los hay donde quiera. Uno se ayuda del campo, pero no se crea, poco es lo que se hace aquí y allá con tanto cansancio. Será que ya estamos acostumbrados. Uno es pobre, pero andamos en nuestro propio pueblo, no tenemos que andar bien vestidos, andamos con huaraches y no pagamos vivienda, no es tanta la exigencia.

 

Sobre la posibilidad de que protesten o pidan ayuda al gobierno, dice:  

 

No, señor, contra quién protestamos. De aquí corrió el último dueño, un tal Baltazar Cruz, que era finquero, pero no sabía de telas y se topó con que nosotros ya sabíamos de sindicato. Por eso nosotros ya no desfilamos el 1º de mayo, tenemos la cooperativa. Los demás obreros van a protestar porque tienen patrón, pero nosotros ya no, ya desfilamos mucho tiempo, ya nos estamos en paz. La lucha de clases, como dicen, está duro, los precios, sí, señor... Tal vez venga una revolución de nosotros los pobres, pero ¿contra quién?

 

Para bien o para mal, en diciembre de 1984, las fábricas cumplieron cien años. Un siglo. Para responder por qué siguieron funcionando, hay muchas posibles razones: por la buena calidad de la maquinaria del siglo pasado, por la tradición de los obreros, por la combinación del trabajo agrícola e industrial, por los bajos salarios; sin embargo, tal vez ninguna sea la respuesta. Alonso Ruiz Rivera deja por un momento de controlar la turbina, nos mira y dice:  

 

Las mujeres del pueblo cuentan que la fábrica está hechizada, que por eso las máquinas siguen andando y los trabajadores nos presentamos a la labor todos los días. Dicen que las máquinas nos atarantan y que luego ya no podemos dejarlas. Que soñamos con ellas, que estamos encariñados como con los animalitos del campo. Yo no sé, eso es lo que dice la gente. Yo sigo trabajando porque ya finqué aquí y de aquí soy originario. Yo soy el corazón de la fábrica.

 

Así hasta el año 2000, en que la factoría fue rescatada para constituir el Centro de Arte San Agustín, Etla, el primer centro de arte ecológico de Latinoamérica.  

 

Glosario de términos

Abridor: La fibra se recibe con motas y botones que es necesario abrir para poder llevar a cabo el trabajo con perfección. Es la primera operación del proceso de producción textil, abrir el algodón.

 

Bastidor: Marco de madera cuadrado o rectangular que se sostiene verticalmente y que contiene las agujas o mallas por donde pasan cientos de hilos, ya sea para el engomado o el tejido de la tela.  

 

Batiente: Hay de dos tipos: el cortador, que mejora la mezcla recibida del paso anterior, y el afinador, que limpia las impurezas que contiene el algodón y puede ser de diferentes pulgadas según su tipo y marca.

 

Carda: Máquina que trata el producto que se obtiene en los batientes (napa) a través de disgregar a fondo las fibras, eliminando cualquier material extraño, para obtener un velo que a base de torsión forme una mecha continua. Este último paso es decisivo para la obtención de un acabado fino del hilado. La frase “cardar bien es hilar bien”, que proviene de Inglaterra, significa que en la carda es posible subsanar defectos de fases anteriores, en cambio una mala carda ya no puede corregirse.

Era obligación de los carderos cuidar las cardas: aceitarlas, limpiarlas e inclusive llevar los rollos de los batientes a las máquinas y a sus departamentos correspondientes. En esta sección había un botero cuya función era llevar los botes al estirador y traerlos vacíos.  

 
Clutch: Mecanismo que permite unir o separar el eje del cambio de velocidades de un vehículo de acuerdo con el movimiento del motor.

 

Conera: Máquina cuya función es desvenar el hilo de las bobinas del trócil para formar una sola unidad con la mayor cantidad de hilo posible, así como retirar las partes gruesas y reparar los empalmes mal hechos.

 

Cople: Tramo de tubo que tiene rosca por dentro y que sirve para unir otros tubos o aditamentos.

 

Engomado: Encolado de los hilos de la urdimbre que le permite resistir el proceso de la tejeduría con la mínima cantidad de hilos rotos posibles o de inconvenientes del despelusado. 

 

Estirador: Una vez que el hilo ha pasado por las cardas, el estirador se encarga de crear una mecha regular y obtener las mejores fibras a base de doblajes y estirajes sucesivos.

 

Flecha: Parte del mecanismo de distribución de la fuerza motriz. Las flechas dan movimiento a las poleas con las que se activa la maquinaria.  

 

Peinadora: Se utiliza en la producción de hilo fino. Su trabajo consiste en dar un mayor grado de paralelización (poner en paralelo) a las fibras y eliminar las de diferente longitud. Las peinadoras se ubican por lo regular entre las cardas y los estiradores.

 

Polea: Máquina simple formada por una rueda móvil alrededor de un eje que presenta un canal en su circunferencia, por el cual atraviesa una cuerda en cuyos extremos se accionan la resistencia y la potencia. A través del sistema de poleas movidas por la turbina se operaba la maquinaria.  

 

Telar: Máquina para tejer construida de madera o metal en la que se colocan unos hilos paralelos, denominados urdimbres, que deben sujetarse con algún peso. Los hilos se devanan de manera mecánica para formar la carda que permite posteriormente pasar a la trama.

 

Trama: La trama es un hilo transversal, retorcido de varios cabos, que se teje en la urdimbre para formar la tela. Por este nombre se conoce también el grupo de hilos que, combinados y enlazados entre sí, dan su forma final a la tela.

 

Trócil: Máquina que ejecuta la última fase del proceso del hilado. Es decir, en el trócil se obtiene el hilo final. Los trocileros se encargan de la limpieza de las tablas y de los husos, cada vez que se necesita desenredar la hilaza, a fin de evitar desperdicios.

 

Turbina hidráulica: Máquina de motor hidráulico que aprovecha la energía del agua que pasa a través de ella para producir un movimiento de rotación. Dicho movimiento, transferido mediante un eje, mueve una máquina o generador que transforma la energía mecánica en eléctrica.  

 

Urdimbre: Es el conjunto de hilos longitudinales que se mantienen en tensión en el urdidor y que se diferencian del hilo insertado por encima y por abajo, que se conoce como trama. En el urdidor se efectúa la operación del entrelazado o urdimbre.  

 

Veloz o pabilador: En esta máquina se produce el primer hilo grueso o pabilo a través de varias funciones simultáneas: doblar y tensar la cinta, torcerla, convirtiéndola en pabilo y, finalmente, enrollar ese pabilo en una bobina que habrá de alimentar el trócil. El trócil cuenta con diferentes tipos de veloces: grueso, intermedio, fino y superfino. El trabajador de veloz o velocero respetará el ritmo impuesto por la fábrica.

 

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* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

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Emma Yanes Rizo

Resumen

Artículo que expone la experiencia obrera de las fábricas San José y La Soledad, de Etla, en Oaxaca. Con una narrativa fluida, aparecen las voces de hombres de carne y hueso que describen sus quehaceres, sus espacios, sus relaciones, la visión del mundo de campesinos y obreros. También muestra la otra cara de su identidad: la figura del patrón, la industria, la modernidad, la CTM. Y al mismo tiempo se exponen sus luchas y logros al constituirse en cooperativas administradas por ellos mismos como obreros textiles.

Palabras clave: obreros textiles, fábricas, Etla, Oaxaca, historia oral.

 

Abstract

Article that reveals the experience of workers in the factories of San José and La Soledad, in Etla, Oaxaca. It gives voice to real men that through a fluid narrative describe their labor, spaces, relations, and vision of the world as campesinos and workers. It shows the other face of their identity in the context of the figure of the proprietor, industry, modernity, and the CTM union. It also describes their struggles and achievements when they constitute self-managed textile cooperatives.

Keywords: textile workers, factories, Etla, Oaxaca, oral history.

 

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