Crónica e historia: la crónica como método historiográfico

José Joaquín Blanco*

 

Al estudiar las obras históricas conviene recordar de vez en cuando no sólo el texto compacto, fijado, sino su proceso de composición y de escritura, su arqueología: cómo llegaron a escribirse. No siempre existió el código contemporáneo científico, académico, de la investigación y la escritura supuestamente puras, con financiamiento y oportunidades suficientes para aislarse un tanto, tomar distancia de la realidad callejera, y así atender durante largo tiempo a requerimientos y métodos objetivos y tranquilos, como trabajo intelectual estrictamente especializado que atiende ante todo a su disciplina gremial. Pocas obras históricas se han escrito así, y eran casi excepcionales en México hasta mediados del siglo XX, cuando incluso los mayores historiadores, como Zavala y Cosío Villegas, debían compaginar sus tareas académicas con funciones políticas, diplomáticas, administrativas, empresariales o periodísticas.

 

De hecho, no se enseñó profesionalmente la historia en México antes de los gobiernos posrevolucionarios: la historia era una extensión de la jurisprudencia, la filosofía, la literatura. Sólo con la creación y el fortalecimiento de las universidades públicas y de algunos otros centros de estudios superiores se llegó a esta depuración del trabajo historiográfico, aunque en muchos casos se continúa entremezclando con otros tipos de quehacer teórico y práctico, y el historiador comparte, y en no pocas ocasiones se beneficia, de sus actividades paralelas como político, jurista, militante, periodista, escritor, artista, empresario. La historiografía de la Revolución mexicana de Cabrera, Vasconcelos, Guzmán, Sotelo Inclán, Mancisidor, empezó en las páginas culturales o editoriales de los periódicos.

 

Como sabemos, durante la Colonia los historiadores no perseguían el conocimiento objetivo y puro, sino la evangelización y la colonización: buscaban entender mejor a los indios para cristianizarlos y castellanizarlos, como en los casos de Motolinía y Sahagún, y no como a sujetos de conocimiento neutro o científico. Las grandes obras históricas que ahora celebramos eran en realidad disciplinas ancilares del predicador, del misionero, del oidor, del gobernador, del administrador. Otras, como las de Cortés y Las Casas, atendían antes que nada propósitos jurídicos: justificar la conquista y los méritos de los conquistadores, o ponerlos en tela de juicio. Otras eran casi autobiografía y litigio de méritos personales, como la de Bernal.

 

Muchas otras obras históricas novohispanas se proponían fundamentalmente regular el poder y las tareas de las órdenes religiosas, y sólo en segundo término estudiar con rigor los hechos y monumentos del pasado. Conocer para administrar. En múltiples ocasiones se ordenó moderar, reservar o incluso cesar por completo las investigaciones históricas o lingüísticas, porque estorbaban esa administración; por ejemplo, Sahagún se enfrentó a obstáculos superiores, religiosos y políticos, porque “conocer demasiado” tanto la cultura como la religión y la lengua de los mexicas implicaba, en la opinión del gobierno y la Iglesia, preservarlos en su identidad, cuando lo que se buscaba precisamente era borrarla para impregnarlos de cristianismo y de castellanización.

 

De tal modo, en el fondo de la práctica historiográfica prevalecían los fines supremos de administración, evangelización, castellanización y fortalecimiento de las nuevas instituciones políticas y religiosas. Esto llevó a la construcción de una historiografía marginal, cuando no heterodoxa, en el caso de que tales estudios no parecieran fortalecer los objetivos administrativos o políticos: ahí tenemos las enormes peripecias y vicisitudes de Carlos de Sigüenza y Góngora, Lorenzo Boturini y fray Servando, quienes navegaron a contracorriente, incluso enfrentando persecución y cárcel.

 

Tal vez la primera obra historiográfica mexicana en el sentido científico o académico moderno sea la Historia antigua de México, de Clavijero, que aprovechó la libertad intelectual del exilio y la libertad de discusión de la Europa ilustrada para emprender una emancipación de su labor de estudioso y buscar la verdad histórica como nuevo objetivo y ya no la mera manipulación del pasado. Pero la Historia antigua fue consecuencia de una polémica, digamos, periodística, no tanto en periódicos en el sentido moderno sino en libros y libelos surgidos del clima de la Enciclopedia, en los cuales, pretendiendo perseguir conocimientos científicos, los pedantes philosophes vigorizaban prejuicios étnicos y nacionalistas contra los americanos y aun contra los propios españoles. El gran libro de Clavijero, con toda su solidez de conocimiento y pensamiento, también fue producto de debates entre philosophes, cronistas y periodistas.

 

Décadas después, también desde Europa, un autor fundamentalmente libelista, cronista, periodista, sermonero, cuya obra hasta entonces desordenada —al igual que su azarosa vida— entremezclaba todo tipo de disciplinas casi sin otra preocupación que la polémica y la aventura, fray Servando Teresa de Mier, se vio en la oportunidad de abrir la historia moderna de México con un libro que relatara, sobre todo a los extranjeros, la Historia de la revolución de Nueva España. Aunque sólo se ocupa de los orígenes del movimiento insurgente, pues se publicó en 1813, funda la historiografía del México independiente y también esa vertiente, que existe hasta la fecha, de la historia nacional considerada principalmente como la historia de sus revoluciones. México y sus revoluciones se llamaría, dos décadas más tarde, la obra del doctor Mora.

 

Historia del pasado inmediato, casi del presente, el libro de fray Servando era más periodismo que historia y buscaba divulgar los informes que había recibido sobre la insurgencia desde el punto de vista de un decidido militante de ella. Todo este aspecto de la historia política de México durante los últimos dos siglos es casi siempre una mezcla indisoluble de historiografía, ideología, militancia, política, derecho, periodismo y mitologías populares. Y cuando muchos años o décadas después llega el historiador moderno, científico y riguroso, a limpiar esos establos y depurarlos de inexactitudes, supersticiones y datos sin fundamento, se diría que la nueva historia —ya depurada— de las revoluciones mexicanas se queda sin revoluciones y sin historia, como una mera especulación de estadísticas y datos azarosos o de autentificación de documentos dispersos. Su propio tema imponía ese estilo militante y misceláneo de composición, y un discurso más sobrio, al tiempo que la depura, la diseca.

 

Y aquí entramos en el momento más babélico y escandaloso del maridaje de crónica e historia en México: la enorme, desagregada, contradictoria, extravagante, casi esperpéntica obra de Carlos María de Bustamante. Bustamante fue un insurgente, periodista, político, cuya calificación profesional estaba muy por encima del promedio de los intelectuales de su época. ¿Cómo fue entonces que produjo esa gigantesca miscelánea que Guillermo Prieto llamaría “nido de urraca”, donde se mezclaban las perlas con todo tipo de bisutería y hasta de basura cultural, historiográfica y política? Porque su concepto de historia no tenía nada de científico, ni siquiera según los criterios de verdad de siglos anteriores: era una historia militante para el momento, en la que valían tanto sus innegables méritos de protagonista, testigo y conocedor de primera mano de algunos de los principales personajes y acontecimientos, como los testimonios para él no menores de la tradición oral, de los mitos populares, de los indicios y rumores fundados sobre todo en su éxito social, e incluso sus propias quimeras y ensoñaciones políticas, ideológicas, históricas y religiosas.

 

La abusiva autopermisividad que ejerció Bustamante, para quien el trabajo de historiador se mezclaba con el de trovador de gesta e incluso el de inventor y administrador de mitologías, registra sin embargo buena parte del clima ideológico, intelectual y emotivo de su tiempo, especialmente entre su grupo político, lo que no deja de tener algo de historia, según el criterio moderno de que también cuentan como fuentes, de alguna manera, los “monumentos inmateriales”, es decir, los datos, dichos y conocimientos sin prueba positiva, como reflejo de la mentalidad y de la emotividad de su sociedad.

 

Buena parte de la concepción que ha prevalecido de los héroes y las hazañas no sólo insurgentes, sino incluso de la conquista (como el culto a Cuauhtémoc) y posteriores, hasta la guerra con Estados Unidos viene de Bustamante. Pero también revela la precariedad de los discursos historiográficos sin pruebas positivas, circunstancia que aprovecharon luego algunos historiadores, especialmente Lucas Alamán, para desautorizarlo por completo y, de paso, asumir abusivamente como dogma que nada es historia sin fuente positiva que cubra todos los protocolos científicos y académicos impuestos por las sucesivas elites intelectuales. Con lo que nos quedaríamos ayunos de casi toda historia, pues el propio Lucas Alamán, tan positivista, prueba muy pocos de sus asertos, sólo afirma, al igual que Bustamante, que él lo vio —y a ratos miente, pues en la batalla de Guanajuato no vio nada porque se mantuvo escondido en su cuarto— o que lo supo de gente de confianza, que en su caso no sería el pueblo ni los soldados insurgentes sino la aristocracia “decente”. Con los criterios con que Alamán descalifica a Bustamante, también descalifica buena parte de su propia historia. Y ésa es la razón de que a casi dos siglos de distancia siga la querella en prácticamente todos los detalles sobre las guerras de independencia.

 

Tal vez Bustamante, cuyo defecto no sería un exceso de crónica sino un temperamento natural arrebatado y quimérico, a ratos bilioso, a ratos melancólico, y poco dado a distinguir la realidad objetiva de sus personales representaciones imaginarias, conceptuales o emotivas, sea el mayor perfil de la historiografía como crónica a ultranza y como subjetivismo voluntarista. Estos defectos de carencia o debilidad de pruebas positivas, tan señalados en Bustamante, en realidad caracterizan a toda la historiografía mexicana del siglo XIX. Sin embargo, más o menos a partir de la década de 1830 se prestigia el concepto positivista de la historia hasta imponerlo como dogma. Se supone que esta nueva forma de investigar el pasado exige pruebas científicas, pero lo que abundó en nuestros historiadores positivistas no fue la ciencia, sino la palpable hegemonía del discurso administrativo. Además, apareció un nuevo protagonista: los números, las estadísticas, los cálculos que muchas veces, rascándoles un poco, resultan tan inmateriales como los rumores, los dichos o el imaginario popular.

 

Pero Alamán y el doctor Mora echan mano de los números, de los cálculos, que muchas veces ellos mismos fabrican, a ratos con gran tino, o que toman de documentos ajenos de poco rigurosa autenticidad o veracidad, como los siempre contradictorios informes contables de las oficinas de gobierno. A partir de ellos, la historia “seria” se basa en números y datos certificados; y la crónica, en dichos. Pero pronto los cronistas asaltan también la estrategia contable y se vuelven prestidigitadores aritméticos, mientras que los positivistas siguen considerando como “prueba científica” los supuestos dichos, ni siquiera escritos comprobables, de personajes de rango, muchos de los cuales eran meros comerciantes, hacendados, empleados de gobierno o de negocios privados, curas, políticos, militares, totalmente involucrados en los intereses económicos y en las pasiones políticas en cuestión. No hay manera de certificar la mayoría de las fuentes “científicas” de Alamán, que no debieron ser otras que su correspondencia y sus tertulias personales.

 

La realidad conjuraba para atraer a todo historiador a ese nido de urraca del que se quejaba Prieto. La historia en esos años se escribe poco en libros y más en periódicos (que se multiplican prodigiosamente), libelos, discursos, sermones, memorias administrativas, correspondencia oficial. Todo historiador trabaja como cronista, y todo cronista busca algunas de las credenciales nuevas (cifras, documentos prestigiosos y certificados) del historiador, pero con escasa claridad en el México revuelto de los gobiernos de Santa Anna, de la guerra de Texas, de la invasión estadounidense, de las guerras de Reforma y del Imperio.

 

En realidad ese nido de urraca, con sus debates, altercados, desmentidos, mitologías y calumnias no se calmaría sino hasta el porfiriato, cuando más por una medida administrativa —casi una orden presidencial— que por criterios realmente científicos o académicos, se recobra la tranquilidad historiográfica a través de una negociación política entre los diversos grupos y sus voceros intelectuales, bajo el mando del grupo liberal triunfante, pero un grupo liberal que se fue volviendo cada vez más conciliador.

 

Esa orden administrativa suprema, el presidente como égida de la historia oficial, con respecto de la memoria de la nación; esa política historiográfica porfiriana de administrar el triunfo liberal con una generosa conciliación hacia los bandos vencidos o marginados, es lo que conduce a las dos grandes aportaciones del porfirismo: México a través de los siglos (1884-1889) y México: su evolución social (1900-1902), dirigidos y en parte escritos respectivamente por Vicente Riva Palacio y Justo Sierra, y que conforman —sobre todo el primero— el gran canon historiográfico de México hasta la fecha, pues los diversos intentos del siglo XX por imponer un nuevo canon a través de las diferentes y a veces opuestas versiones de los libros de texto del gobierno, o de las dos versiones de la Historia general de México de El Colegio de México, no han hecho sino continuarlos y reafirmar su estrategia y sus líneas generales. Quiero decir que el triunfo historiográfico del porfiriato, más que optar en la controversia entre ciencia y recuerdo, entre historia y crónica, entre positivismo y subjetivismo, entre contabilidad y lirismo, se decidió por la administración política oficial de la memoria de la nación.

 

No debe olvidarse que los dos grandes historiógrafos porfirianos citados también eran narradores, poetas y periodistas, además de políticos; ni tampoco que el culto al documento y a la profusión de archivos no impidió al buen Riva Palacio confeccionar todo un mural del Santo Oficio que acalambra a los historiadores académicos modernos, pues a final de cuentas el dato, la fuente, el documento son sólo otro elemento más en la representación imaginaria que construye el autor. También es pertinente recordar que el culto “científico” —en este caso, la filosofía social europea del positivismo— que profesó Justo Sierra lo llevó a un discurso político y social no menos imaginativo, no menos cronicado, no menos ideológico, no menos mitológico que los de fray Servando, Bustamante o Alamán. Pero se buscó administrar el caos a partir de un eje autoritario aunque conciliador: la política de don Porfirio y luego la de los señores presidentes del PRI en el siglo XX. La claridad de la historiografía porfiriana no emanaba sólo de mayor ciencia y rigor académico, sino de la égida presidencial. Había que narrar la historia nacional de acuerdo con el proyecto supremo del presidente.

 

Mucho más que en el discurso o en el método historiográficos, las grandes aportaciones de la ciencia en los siglos XIX y XX se hicieron presentes en la búsqueda, estudio y conservación de las fuentes, sobre todo de las fuentes positivas, aunque a finales del XX se revaloraron otras como la historia oral, la historia de las mentalidades, la historia de las atmósferas imaginarias, emotivas o ideológicas, y se dio mayor realce —sin llegar, claro, a la contundencia de la prueba positiva— al folklore, a la imagen, al mito, al rito, a la leyenda y a toda una serie de fuentes subjetivas o de objetividad frágil, debatidas, etéreas. Por ejemplo, cuando Carlos María de Bustamante editó a Sahagún —y su edición fue la que prevaleció durante todo un siglo— se permitió intervenir abundante, tendenciosa, casi diríamos jocosamente en la fuente, glosando, suprimiendo y añadiendo texto, aprobando y reprobando a su capricho hasta fabricar un Sahagún-Bustamante a su gusto, lo que revela mucho de su idea del historiador-cronista como fabricante en gran medida de su propia fuente. Esto ya no lo harían los eruditos posteriores como José Fernando Ramírez, Troncoso, García Icazbalceta u Orozco y Berra.

 

Sin embargo, la propia circunstancia política o aleatoria de que sobrevivan ciertas fuentes (que dispongamos de tales crónicas de conquistadores y no de otros, y de sólo retazos de la memoria de los vencidos, filtrada por los propios vencedores), y su poca o dudosa elocuencia a pesar de sonoros términos como “prueba positiva”, nos lleva a la patente realidad de que, amén de científico, el trabajo historiográfico es inevitablemente subjetivo e imaginario en buena medida, y más aún cuando el historiógrafo no se da cuenta de los alcances de su propia subjetividad y se deja llevar —dizque inocentemente— por su tendencia —o la de su tiempo— como si fuera una lógica formal inexorable.

 

Las mismas fuentes contienen relatos a ratos contradictorios que permiten minusvaluarlas o sobrevalorarlas al gusto. De ahí que incluso hoy en día, en nuestros científicos coloquios sigamos debatiendo, como en nido de urraca, situaciones historiográficas supuestamente ya establecidas por largas décadas e incluso siglos de estudio, como el pasado prehispánico, la Conquista, la Colonia, la Independencia, Santa Anna, Juárez, las guerras de Reforma y del Imperio, el porfiriato, la Revolución, los gobiernos posrevolucionarios... Ningún historiador deja nunca de ser cronista, aunque no lo quiera, y más le vale asumir y dirigir cautelosamente esta bendición o fatalidad. En el mundo cientificista, tecnologizado en que vivimos, incluso el cronista más arrebatado se ve forzado a acudir al bagaje de las fuentes ciertas y de los métodos académicos consagrados. Y luego se vuelve a urdir el mismo nido de la urraca. Nada más hay que asistir a las discusiones entre especialistas sobre encuestas, sondeos, censos, estadísticas. Pero esto no es deficiencia mexicana: los franceses están en la misma situación respecto de sus revoluciones; los españoles, lo mismo.

 

Decía Mark Twain que había tres tipos de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas. Podríamos decir que hay tres tipos de historia: la historia, la maldita historia y la historia con estadísticas. Y lo mismo vale para la crónica. Podemos incluso sustituir la palabra estadística por la de “fuentes certificadas” o “validadas”, como se dice ahora en nuestro rancho. Diríamos: “La crónica, la maldita crónica y la crónica con fuentes ‘validadas’”.

 

Durante muchos años, pero de manera especial en la segunda mitad del siglo XX, se sobrevaloró el trabajo historiográfico en librotes solemnes, pesados, monumentales; un historiador era aquel que escribía muchos de esos libros, que raramente tenían suficientes lectores y el grueso de cuya edición muchas veces terminaba en bodegas. Era obligación: sin esos librotes no había carrera de historiador, ni nombramientos, ascensos o estímulos académicos, ni prestigio. Una Babel de esas ediciones recibió la producción conjunta de las universidades, de la SEP, de los diversos institutos de provincia.

 

Internet y la reducción del mercado de libros en papel han corregido esta superstición, recordándonos que la historiografía se puede practicar, y se ha practicado a lo largo de milenios, de múltiples formas y que no ha de abusarse de los librotes. En el pasado pocos historiadores publicaron librotes. Practicaban su oficio en la cátedra, que en Grecia era simplemente pláticas en el Jardín de Academo. Los peripatéticos eran un “club del jardín”.

 

Hay muchos libros clásicos de historia compuestos como lecciones, entre ellos el curioso tomo Lecciones de historia patria de Guillermo Prieto, cuyo —digamos— dogmatismo de bronce encoleriza a los distraídos que no recuerdan lo que se anuncia desde el principio: que eran lecciones confeccionadas ex profeso para los cadetes del Colegio Militar. Un historiógrafo puede escribir de múltiples maneras para diferentes objetivos y públicos, y en el caso de Prieto, incluso en un tema tan suyo como la invasión estadounidense, encontramos discursos diferentes según la ocasión y el público al que correspondían. Otros historiógrafos no escribían para ser publicados, sino leídos en manuscritos, por lectores escogidos de antemano y que requerían un permiso especial: tal fue el caso de varios frailes cronistas. Algunos más simplemente salvaban, fijaban, administraban, comentaban las fuentes, a veces de manera oral y para públicos controlados: tal era el destino de la mayoría de los cronistas de las órdenes religiosas en la Colonia.

 

Se escribió historia en poemas (la poesía épica o la crónica en verso fue un género muy apreciado durante siglos en el mundo hispánico), en anales, en tablas, en jeroglifos, en emblemas, en cuadros, en retablos, en esculturas, en sermones, en ceremonias y rituales, en cómics, películas y novelas. Riva Palacio no es menos historiador ni menos riguroso en sus novelas históricas que en sus ensayos, con la considerable ventaja de que cuando leemos una novela ya estamos concediendo desde un principio grandes privilegios a su subjetividad, a su imaginario. Estamos sobre aviso.

 

Muchos libros de historia y de pensamiento de México conocieron su origen en crónicas y artículos periodísticos —El laberinto de la soledad, de Paz, nació de una serie de artículos y crónicas de periódico— o fascículos. Incluso eran distribuidos como tales: durante décadas, México a través de los siglos fue leído por entregas periódicas que diarios como El Universal ofrecían a sus lectores. El pueblo no tenía dinero para comprar los cinco gruesos y lujosos tomotes, ni librerote donde instalarlos. Autores como Reyes, Vasconcelos, Guzmán, Benítez, Poniatowska han usado la prensa periódica como borrador: ahí iban publicando por trozos sus libros; aprovechaban la experiencia de la recepción y comentarios del público, y sólo meses o años después los configuraban como libros. Con frecuencia son mejores, más ligeras, más sabrosas, menos categóricas, las primeras versiones periodísticas que el mármol final.

 

En una época de escasas y precarias universidades y centros de investigación —época que puede volver muy pronto, por la sumisión mundial de la academia al mercado, que volvería poco rentable tanta investigación, tanta docencia, tanta difusión y publicación académicas—, los autores, y entre ellos los historiadores, recurrían a las columnas periodísticas como método para ir procesando los que serían sus grandes libros. Y no sólo en México. A principios de siglo escribía sobre España José Ortega y Gasset:

 

En nuestro país, ni la cátedra ni el libro tenían existencia social. Nuestro pueblo no admite lo distanciado y solemne. Reina en él puramente lo cotidiano y vulgar. Las formas del aristocratismo “aparte” han sido siempre estériles en esta península. Quien quiera crear algo —y toda creación es aristocracia— tiene que acertar a ser aristócrata en la plazuela. He aquí por qué, dócil a la circunstancia, he hecho que mi obra brote en la plazuela intelectual que es el periódico. No es necesario decir que se me ha censurado constantemente por ello. Pero algún acierto debía haber en tal resolución cuando de esos artículos de periódico han hecho libros formales las imprentas extranjeras.

 

Ahora la prensa en papel sufre el mismo embate mercadotécnico y tecnológico que el libro de papel, y buscamos hacer academia en las ágoras de la plazuela virtual. Ya ha ocurrido. El internet ya es todo un gran método historiográfico. Para no ir más lejos, hace apenas unos años, cuando ocurrió la por entonces llamada “primavera árabe”, fue en internet, y especialmente en redes como Twitter y Facebook donde se escribieron los grandes anales —anales de unos cuantos días, como quería Quevedo— de las rebeliones y guerras de Egipto, Túnez, Siria, Yemen, Turquía... En estos días la historia y la historiografía se practican mucho en internet a propósito no sólo de toda la zona árabe, persa o turca, sino también de Rusia y Ucrania.

 

Pronto la anterior complicidad-disputa entre crónica e historia en papel ingresará al ámbito de los recuerdos arqueológicos. La historiografía se enriquecerá bastante con las nuevas oportunidades de los tuits, los retuits, los posts, los blogs, los memes, los mails, los mensajes de texto, los emoticones, los followers, los likes y los correos de voz.

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

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José Joaquín Blanco

Resumen

El historiador Blanco reflexiona en este artículo acerca de cómo la crónica es un método historiográfico del que ningún historiador escapa, o de cómo “el trabajo historiográfico es inevitablemente subjetivo e imaginario en buena medida, y más aún cuando el historiógrafo no se da cuenta de los alcances de su propia subjetividad”. La historia se construye y se alimenta de la crónica, va y viene en ese proceso constructivo.

Palabras clave: crónica, historiografía, método historiográfico, historia.

 

Abstract

Blanco reflects on how the chronicle is a historiographic method, from which no historian escapes and how “historiographic work is inevitably subjective and imaginative, especially when the historian doesn´t understand the effects of his own subjectivity.” History is built and is fed by the chronicle, in a pendular process.

Keywords: chronicle, historiography, methodology, history.

 

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