Entre la cruz gamada y la cruz de Cristo: apuntes para examinar el antijudaísmo de Salvador Borrego Escalante

Rodrigo Ruiz Velasco Barba*

 

Prefacio: ¿un autor singular?

 

Para un considerable sector de la intelectualidad mexicana durante los últimos sesenta y seis años, el nombre de Salvador Borrego Escalante remite de manera automática a lo que comúnmente se denomina fascismo, nazismo o ultraderecha. Estas populares etiquetas suelen fundamentarse en las claras simpatías del mencionado periodista y escritor por el régimen nacionalsocialista alemán de Adolfo Hitler y, a la vez, en su discurso antijudío.[1] A primera vista, cabe decir que tales elementos ideológicos no constituyen una excepción dentro del panorama intelectual mexicano si se recuerda que escritores como Gerardo Murillo, Rubén Salazar Mallén, Carlos Roel y José Vasconcelos, por sólo mencionar algunos, también expresaron posturas parcialmente semejantes en libros y artículos de prensa que fueron leídos entre los años treinta y cuarenta del siglo pasado.[2] Sin embargo, a favor de la especificidad de Salvador Borrego podría argüirse que ningún otro escritor mexicano mantuvo su postura en pie de guerra durante tanto tiempo y de forma tan pertinaz. Además, ningún otro consiguió una circulación de tales ideas a parecida escala: Derrota mundial, el ejemplo paradigmático, alcanza a la fecha cincuenta y ocho ediciones (la más reciente, de 2019) con una acumulación superior a los 170 000 ejemplares impresos. Por sí mismo este dato bastaría para justificar el examen de tan controvertido autor, tantas veces maldito dentro de la cultura mexicana contemporánea: es una paradoja que un escritor representativo de una corriente de pensamiento aparentemente marginal haya tenido esa suerte editorial.

 

Para abonar a la tesis de la posible singularidad de Borrego entre los intelectuales profascistas de México, se me ocurre también otra reflexión: en general, la atracción por el fascismo pudo quizás ser más fuerte entre aquellos intelectuales orientados hacia la derecha secular y algo menos ―aunque hubiere importantes excepciones― hacia su variante religiosa.[3] En mi opinión, los intelectuales que enarbolaban la doctrina católica pudieron reflejar rechazo, o por lo menos desacuerdo parcial, frente a los postulados fascistas y antisemitas: la idea de un Estado y una violencia acotados, que opone reparos a la tentación totalitaria; el principio igualitario y universalista como un obstáculo al abierto “racismo cientificista”; la plena o parcial conciencia de las raíces judías del cristianismo, que se pudo traducir en una hostilidad menos letal.[4] En la obra de Salvador Borrego, empero, es visible la pretensión de armonizar el catolicismo con el nazismo y un virulento antijudaísmo. Cabe añadir, por otro lado, que ese ensayo de conciliación, en lo que respecta al antijudaísmo, tiene una primera dificultad en la asimilación de dos posturas que obedecen a motivaciones distintas: una fundamentada en una rivalidad religiosa que surgió de una controversia teológica; y otra que se debe a fenómenos modernos como el “racismo cientificista” u ocultista, y la crítica filosófica al universalismo y a la moral cristiana en tanto destructores del antiguo paganismo, entre otros aspectos.[5]

 

Mencionada esta tentativa de conciliación entre catolicismo y nazismo, que estimo central en el pensamiento de Salvador Borrego, sobrevienen interrogantes de las cuales trataré enseguida: ¿a qué tipo de argumentos recurrió Borrego para tratar de apuntalar la conciliación entre catolicismo y nazismo?, ¿cuáles fueron algunas de las contradicciones envueltas en dicha tentativa? Mi argumento es que el propósito de Borrego, de construir una interpretación de toda la historia desde la absoluta enemistad entre el cristianismo y el judaísmo, desembocó en una versión teológica-histórica corrosiva para la propia ortodoxia católica.

 

¿Quién fue Salvador Borrego?

 

Salvador Borrego Escalante nació el 24 de abril de 1915 en Ciudad de México y recibió el bautismo católico en un templo de la colonia Santa María de la Rivera.[6] Su familia era católica practicante, “pero no exagerada”.[7] Fue el segundo de cuatro hijos de Onésimo Borrego Lozano y Otilia Escalante, casados en 1908. Su padre, abogado, llegó a desempeñar la Magistratura Supernumeraria del Tribunal Supremo en el estado de Durango.[8] La niñez de Salvador transcurrió en las ciudades de Durango y Gómez Palacio.[9] Asistió al colegio religioso de monjas “El verbo encarnado” y luego a otra escuela de tipo militarizado.[10] En 1932 Borrego quedó huérfano de madre y la familia migró a Torreón.[11] En ese año se enroló en el ejército mexicano, donde fue soldado de línea y luego cabo.[12] Su vida en el ejército se truncó después de dos años, cuando Borrego percibió pocas posibilidades de progresar en el escalafón y a fines de 1934 no renovó contrato.[13]

 

Por conducto de Enrique, su hermano mayor, que destacaba en el periodismo regional, en 1935 Salvador comenzó a escribir para un periódico de la localidad: Tribuna.[14] Aún de la mano de su hermano, en 1936 fue incorporado como reportero de Últimas Noticias, vespertino de Excélsior de Ciudad de México, entonces dirigido por Miguel Ordorica Castillo, de quien se volvió discípulo.[15] Entre 1937 y 1939 Salvador Borrego también colaboró con “el Buró Fantasma”, grupo al servicio del cronista Salvador Novo.[16] En 1939 Borrego contrajo matrimonio con Angelina Badillo, con la cual tuvo tres hijos.

 

 

La casa Excélsior, dirigida por Rodrigo de Llano, se perfiló durante esos años como prensa de oposición al cardenismo, próxima al mundo empresarial, a las clases media y alta, crítica con la izquierda y pregonera del anticomunismo. La línea del periódico sería “liberal de derecha”.[17] En este tenor, es pertinente mencionar que, frente a los dos acontecimientos internacionales que entonces acapararon la atención de la prensa, esto es, la Guerra civil española y la Segunda Guerra Mundial, Excélsior y su vespertino desarrollaron una cobertura relativamente más favorable a los “nacionales”[18] y a las fuerzas del Eje[19], abogando por la neutralidad mexicana. Naturalmente, esta postura se volvió completamente inviable tras el ingreso de México en la conflagración en mayo de 1942. No obstante, desde 1940 la rivalidad y tensión que las agencias de los gobiernos en conflicto mantenían por el control de las noticias en prensa y medios de comunicación derivó en la aparente retirada de Miguel Ordorica como director de Últimas Noticias a consecuencia de las presiones de los anunciantes, que procuraban una línea editorial proaliada.[20]

 

Resulta verosímil que este acontecimiento haya tenido un efecto en la psicología y actitud de Borrego. Por lo menos incitó su curiosidad. Fue testigo en primera fila de una suerte de censura a propósito de la Segunda Guerra Mundial. Miguel Ángel Jasso, su biógrafo, refiere que, como secretario y luego jefe de redacción de Últimas Noticias, Borrego pudo reunir y organizar en su archivo personal muchas notas periodísticas que no pasaron los filtros. El mismo estudioso aduce que ese material fue base de lo que, ocho años después del conflicto, resultó su obra más afamada.[21]

 

Después de la conflagración sobrevino la llamada Guerra fría, y Borrego cobró notoriedad como un periodista de convicciones anticomunistas. Vale aclarar que su función no era escribir directamente las notas periodísticas, sino más bien tomar a su recaudo la vista general, organizativa, que proporcionaba un determinado sentido al alud de información.[22] Comenta Jasso Espinosa que, entre 1945 y 1953, básicamente durante todo el sexenio del presidente Miguel Alemán, la labor periodística de Borrego halló un viento favorable en la política gubernamental. Advierte que “esta coincidencia de propósitos entre el gobierno mexicano y el establishment periodístico” permitió la proliferación del discurso anticomunista “sin contrapeso informativo” de consideración, y que, en la encrucijada de la Guerra fría, Borrego prefirió la defensa del llamado “mundo libre”, “aunque en México coincidiera con una ‘coartada’ legitimadora del autoritarismo gubernamental ejercido en contra de sindicatos independientes, dirigentes sociales y movilizaciones populares”.[23]

 

En 1947 el excoronel José García Valseca incorporó a Miguel Ordorica en su emergente organización, que cuajaría en una cadena de su propiedad. Ordorica renunció a Excélsior e invitó a su estrecho colaborador a fundar en la capital de Jalisco El Sol de Guadalajara, en enero de 1948. A resultas de esa provechosa relación, en octubre de 1949 García Valseca encomendó a Salvador Borrego el puesto de director de la Academia Teórico-Práctica García Valseca, donde a lo largo de una década recibieron instrucción futuros periodistas.[24] A raíz de ese cargo, Borrego publicó en 1951 su primer libro con el título de Periodismo trascendente.[25] Luego Borrego figuró como fundador y director de otros periódicos como El Sol de San Luis Potosí (1953); El Sol de México (1965), en versión vespertina; El Occidental, de Guadalajara (1968); El Sol de Puebla (1970) y Tribuna, de Monterrey (1971).

 

Con las muertes de Gilberto Figueroa (1962) y Rodrigo de Llano (1963), mandamases de Excélsior, se produjo una sucesión de luchas por el control de la cooperativa y un reacomodo político-ideológico de la línea editorial. El grupo encabezado por periodistas como Manuel Becerra Acosta, José de Jesús García y Julio Scherer García prevaleció y aplicó una tónica “progresista” frente a los miembros conservadores. Este viraje en Excélsior ocasionó que Salvador Borrego renunciara en junio de 1965 y que denunciara lo que calificó de una infiltración de células comunistas.[26] Su salida de Excélsior propició que laborase por entero en la Organización Periodística García Valseca. En 1973 esa cadena, aquejada por deudas, fue intervenida financieramente por el gobierno de Luis Echeverría Álvarez.[27] En el episodio Borrego tuvo un rol importante como enlace entre García Valseca y el empresario Eugenio Garza Sada con vistas a finiquitar la venta de algunos diarios del grupo y así saldar el adeudo que mantenía la intromisión gubernamental. El rescate de los diarios fue frustrado por el asesinato de Garza Sada, perpetrado por un comando de la guerrilla comunista Liga 23 de septiembre.[28] Los acontecimientos llevaron a que Borrego dimitiera en septiembre de 1973 como director de Tribuna, de Monterrey.[29]

 

 

Borrego había prosperado profesionalmente desde 1935 hasta esos conflictos, al tiempo que, tras la Segunda Guerra Mundial lograba desarrollarse en la estela de un periodismo nacionalista y anticomunista bien avenido con el régimen priista durante el llamado “desarrollo estabilizador”. Su postura conservadora encontró también un punto de encuentro con la movilización católica bajo el lema de “cristianismo sí, comunismo no” entre los años cincuenta y sesenta.[30] La deriva de la cadena García Valseca representó para Salvador Borrego su marginación de la gran prensa nacional, aunque siguió teniendo una discreta presencia en La Hoja de Combate de Salvador Abascal Infante (1967-2000), así como en La Revista Nacional, El Mexicano y La Realidad Mexicana, de Agustín Navarro Vázquez.[31]

 

Al limitarse sus espacios, Borrego fue acogido por los más conservadores católicos durante un periodo de la historia en el que, a raíz del Concilio Vaticano II (1962-1965), el propio catolicismo se fragmentaba política, teológica y sociológicamente. Especial trascendencia tuvo, en este sentido, su colaboración en La Hoja de Combate; allí estuvo a su cargo, desde el sexto número, la sección Noticias de fondo, dedicada al análisis de la política internacional.[32] Resulta relevante la inclusión de Borrego en ese proyecto porque de éste surgió una fuerte vinculación con escritores e intelectuales de un conservadurismo católico militante e integrista.[33] Ese grupo tuvo también a su disposición otros foros de expresión: la editorial Jus, entre 1948 y 1971 dirigida por Salvador Abascal Infante, y luego su prolongación en la editorial Tradición a partir de 1972.

 

El historiador Jaime del Arenal deja ver que la historiografía conservadora mexicana del siglo XX tuvo en la editorial Jus, con Abascal, un auténtico periodo de bonanza, y que luego en editorial Tradición el grupo compuesto por Salvador Abascal, Salvador Borrego y Celerino Salmerón puede ser visto como el remanente de esa historiografía en su versión beligerante, conformando el triunvirato de “los más incendiarios y polémicos”.[34] Relegado de la gran prensa, Borrego incrementó su actividad como escritor en relación con ese grupo.

 

Su obra escrita y Derrota mundial

 

Entre 1951 y la fecha de su muerte, ocurrida el 8 de enero de 2018 en su ciudad natal, Salvador Borrego se reveló como un prolífico escritor, autor de cincuenta y siete libros publicados que versaron sobre historia, crítica política y cultural, filosofía, economía, periodismo y teología.[35] Jasso Espinosa entronca esa obra con el ideario del conservadurismo mexicano, por ser antirrevolucionaria, católica, nacionalista, hispanista, antiestadounidense, y todo esto amalgamado con el antiprotestantismo y el antisemitismo.[36] Respecto de su discurso católico, el historiador Austreberto Martínez Villegas afirma que Borrego, en principio identificado con un conservadurismo confesional, entre 2005 y 2012 adoptó una actitud de simpatía hacia Marcel Lefebvre y de franca crítica al Concilio Vaticano II. Esto se explica porque fue atribuyendo las supuestas desviaciones del Concilio a una presunta infiltración judía de la Iglesia. Antes de esto, Borrego había permanecido más o menos en la línea que defendiera Abascal, su compañero de trinchera; es decir, sólo denunciaba aquellos considerado como los excesos extrínsecos al Concilio, por ejemplo, la teología de la liberación.[37]

 

En cuanto a la recepción de sus escritos, Jasso Espinosa muestra que Salvador Borrego fue investigado por los agentes de la Dirección Federal de Seguridad, y las menciones halladas en los expedientes lo refieren como un “ideólogo” o “autor favorito” de organizaciones de la derecha mexicana.[38] Además, escritores como Édgar González Ruiz y Álvaro Delgado advirtieron sobre los nexos de Borrego con organizaciones consideradas derechistas, como fueron, entre otros, el Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO), el Yunque y Pro-Vida.[39] Este último autor, Delgado, refiere que “Salvador Borrego ha sido [...] el autor icono de la extrema derecha nacional, antisemita hasta la ofuscación”.[40] No puede afirmarse que Borrego fuera dirigente político, ni militante de organizaciones políticas, mas incuestionablemente fue un autor estimado y leído por una considerable fracción de la sociedad, de clase media, más o menos identificada con valores católicos y nacionalistas. Asegura su biógrafo que, desde 1953 hasta fines de la década de los ochenta, animada por el viejo conservadurismo anticomunista, para esa derecha en México Salvador Borrego constituyó un referente, si bien también fue cuestionado desde la misma. Empero, a partir del surgimiento de una derecha más moderna y neoliberal en los años noventa, Borrego “prácticamente desapareció de sus preferencias”.[41]

 

Fuera de mis posibilidades queda emprender un examen minucioso de obra tan extensa. Me propongo la enunciación y comentario de algunas líneas maestras de acuerdo con los cuestionamientos iniciales. Derrota mundial es un buen punto de partida. Aspecto insoslayable es que, a partir de 1955, ese libro contó con prólogo laudatorio de José Vasconcelos: “En el libro de Borrego, penetrante y analítico, al mismo tiempo que iluminado y profético, se revelan los pormenores de la conjura tremenda. La difusión del libro de Borrego es del más alto interés patriótico en todos los pueblos de habla española”.[42] Posteriores ediciones de Derrota mundial llevaron adjunta una misiva del coronel de las Waffen-SS Otto Skorzeny ―el protagonista del rescate de Benito Mussolini en 1943, entonces cautivo en los montes Apeninos―, donde éste afirmaba, con redacción defectuosa y ánimo elogioso, “que la historiografía definitiva, la que siempre se realizara de manera objectiva [sic] después de unas décadas después de los acontecimientos, no podrá pasar y no pasará por su libro”.[43]

 

Las ediciones de Derrota mundial fueron pagadas por el autor e impresas en talleres varios. Como reconoce Salvador Abascal Infante, en los de Jus se imprimieron “desde la 4ª o 5ª (1957 a 1959) hasta la 19ª (mayo de 1970)”,[44] y cabe añadir, como reveló Borrego, que fueron impresos como trabajos por cuenta ajena con “un detalle: Jus cobraba caro”.[45] Fiel a su rol de censor, Abascal justificó su edición argumentando que anexó una serie de notas al pie de página con las observaciones críticas que desde la doctrina y la moral católicas pueden hacerse al nacionalsocialismo.[46] Esta circunstancia fue reconocida en parte por Borrego: “Ciertamente él acostumbraba agregar notas. En una ocasión salvó a Hitler de las llamas, y en cambio condenó a Goebbels. (Yo omití esas notas en la siguiente edición)”.[47]

 

Derrota mundial es un voluminoso libro que, al menos en su quincuagésima edición, supera por sus anexos las 635 páginas. A mi juicio, la tesis central es que la Alemania nacionalsocialista representaba una saludable reacción frente a la amenaza global de la revolución comunista, vista como un instrumento judaico de dominación. De ahí que la expresión “judeobolchevismo” sea recurrente en su narración. La historia es, pues, interpretada desde la premisa de la llamada conspiración judía mundial y, en este sentido, el comunismo marxista es propuesto como el más peligroso de sus tentáculos a la sazón.[48] La derrota de Alemania sólo sería explicable por la alianza entre las democracias occidentales y el comunismo soviético, una coalición antinatural que, sin embargo, resultaría lógica si se atiende al judaísmo cupular que, siguiendo su exposición, detentaría el control de las estructuras políticas y financieras en ambos bloques. De esta guisa, en 1939 las democracias occidentales habrían sido empujadas a luchar contra sus propios intereses reales, con el inconfesable propósito de salvar a la Unión Soviética de su liquidación por Adolfo Hitler y sus huestes.

 

Con una escritura ágil y accesible, herencia de su técnica periodística, Borrego enhebró un relato capaz de suscitar interés, como demuestra su incuestionable éxito editorial. Sus fuentes fueron casi por completo bibliográficas y periodísticas, con escaso aparato crítico. Naturalmente, no se trata de una obra académica ―por supuesto, su autor no tuvo la pertinente formación ni semejante pretensión― sino de carácter divulgativo. Entre sus fuentes, hay rastros de algunos clásicos de la literatura antisemita como el fragmento “En el cementerio judío de Praga” de la novela Biarritz de Hermann Goedsche, que suele publicarse adjunto a ediciones de Los Protocolos de los Sabios de Sión;[49] otra fuente citada por Borrego que abreva de Los Protocolos... es El judío internacional de Henry Ford.[50] Los Protocolos... son las supuestas actas de un congreso sionista celebrado en Suiza a fines del siglo XIX, donde líderes judíos se habrían reunido para trazar un maquiavélico plan de conquista mundial. Casi huelga decir que eruditos han identificado ese documento como un fraude ―plagio de la obra Diálogos en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, una crítica a Napoleón III del francés Maurice Joly― orquestado por la policía zarista con el probable objetivo de contener la revolución en ciernes a golpes de antisemitismo.[51] Ahora bien, es pertinente aclarar que el llamado mito de la conspiración judía mundial, con sus respectivos matices, puede formar parte tanto del antisemitismo secular como del religioso. Es, pues, un posible elemento compartido por el antisemitismo nazi y el antijudaísmo católico.

 

En las páginas de Derrota mundial Borrego profesó honda admiración por el régimen nacionalsocialista. La historia de la Segunda Guerra Mundial fue narrada como una epopeya del ejército alemán, que se habría sacrificado con el fin de frenar al comunismo. En el relato fueron subrayadas las acciones sanguinarias atribuidas a los ejércitos aliados y, en cambio, fueron ocultados, aminorados o puestos en entredicho aspectos represivos y criminales de los nacionalsocialistas, como la persecución de opositores cristianos, el racismo y las campañas de violencia y exterminio contra eslavos y judíos, con inclusión del Holocausto.[52]

 

Borrego admiró las acciones del régimen nazi, y particularmente su política económica, a la que equiparó “con la realización de la Doctrina Social de la Iglesia, consistente en que se haga justicia a las clases desvalidas, en que no se use el capital para especular y extorsionar, en que se propicie el amor al prójimo y en que se conserven las sanas costumbres”.[53] Puede verse que su discurso, interesado en afirmar la concordancia entre catolicismo y nazismo, hizo hincapié en que ambos compartían el ideal de la justicia social y una economía antiliberal.

 

En La cruz y la espada (1998), Salvador Borrego sintetizó una especie de filosofía de la historia donde aseveraba que a través de los siglos existía una continuidad: “Dos fuerzas metafísicas habían chocado en la Tierra: la de Cristo y la del Anticristo”. Éstas, a su vez, habían adquirido sus respectivos “símbolos universales: de un lado surgió la Cruz. Del otro [...] la Estrella, que había sido adorada por judíos”.[54] La interpretación es de largo alcance, porque en ella Borrego comunica una especie de dualismo histórico donde el cristianismo abandera los ideales positivos y el judaísmo los negativos. Con el emperador romano Constantino, la espada se habría puesto al servicio de la cruz, pero a resultas de las revoluciones, del avance de la “conspiración judía mundial”, el orden cristiano habría sido socavado. Tras la Primera Guerra Mundial, la cruz habría sido desplazada por la estrella, y la Iglesia habría perdido sus apoyos temporales: “la Cruz carecía de Espada, y la Estrella las empezaba a empuñar todas”.[55] A juicio de Borrego, el ascenso de Hitler en 1933 significó el surgimiento de una “Espada poderosa” que, situándose como enemiga de la masonería, el marxismo y la “conspiración hebrea, [...] estaba colocándose al lado de la Cruz”.[56]

 

En el discurso de Borrego, pues, nazismo y cristianismo no sólo eran situados accidentalmente dentro del mismo campo, a partir de la creencia de que compartían enemigos, sino también identificados doctrinal, moral y políticamente, “dados los valores cristianos que en forma más o menos ortodoxa defendía el régimen de Hitler” y el concordato firmado entre el régimen nazi y el Vaticano.[57] Según esta interpretación, la derrota militar del nazismo implicó que el cristianismo perdiera la última espada, el último poder temporal que le socorriera. Como sugiere un estudioso, para Borrego, Hitler habría sido un Constantino.[58]

 

El marcionismo redivivo

 

Larvado quizá desde su temprana experiencia periodística, coetánea a la Segunda Guerra Mundial, el filonazismo y el antijudaísmo fueron in crescendo con el correr de los años en el pensamiento de Salvador Borrego. En su obra este discurso se mezcló con una visión cristiana y católica. Con toda probabilidad, la construcción de un híbrido de tal jaez volvió comprensible su buena aceptación dentro de un sector de la sociedad mexicana más o menos identificada con la derecha ideológica, que en su mayoría debe mucho a su carácter confesional. No obstante, en la recta final de su trayecto vital, la exacerbación del antijudaísmo de Salvador Borrego pareció colisionar directamente con la autoridad del magisterio eclesiástico.

 

En 2002 Salvador Borrego publicó A dónde nos quieren llevar, donde se puede ver un “cruce del Rubicón” a propósito de su antijudaísmo.[59] Borrego, una vez que aceptó la teoría central de la conspiración mundial, se preguntó por qué los judíos pudieron derivar en una consciencia de su destino como “amos del mundo”. A su manera de ver, la respuesta se encuentra en el milenario adoctrinamiento de la lectura del Pentateuco o Torá. Esos libros, dice él, “condicionan de modo tan exclusivo ―y excluyente― sus pensamientos y sus sentimientos que lo han convertido en un pueblo único en su género, distinto a todos los demás”.[60] Para Borrego, en esa literatura de carácter sagrado se sostiene desde Abraham una relación franca, de cara a cara, entre Dios y los patriarcas del pueblo judío, así como una promesa que “no hablaba de nada espiritual, sino de dominio y riqueza [...] una enseñanza rotundamente condicionante, ya que implicaba religión, política e ideología, a la vez”.[61] La descripción y comentario que hizo Borrego de los preceptos de Yahvé pone énfasis en su carácter coactivo y violento y, conforme los resalta en su libro, ofrece un cotejo contrastante con versículos del Nuevo Testamento. En esta dirección, los relatos del Éxodo —con las diez plagas en Egipto y luego con las guerras de exterminio contra los cananeos y otros pueblos asentados en el Antiguo Testamento— proveyeron más munición para la peculiar exégesis bíblica de Salvador Borrego. Dispuestos así los pasajes, la conclusión parece obvia: más que una continuidad entre el Pentateuco y el Nuevo Testamento, habría una insalvable contradicción con el benévolo Evangelio. Abonado de tal manera el terreno, Borrego sugería su hipótesis:

 

Y bien, ¿quién era Yahavé?... ¿Podría ser el Ente que ofreció a Jesús el dominio del mundo si lo adoraba? Aquí surge un punto controvertible. Casi todos los exégetas dicen que “Yahavé es el más sagrado nombre de Dios, que fue revelado a Moisés en el Monte Horeb” [...] Ahora bien, las crueldades y barbaridades que aparecen en el Pentateuco [...] ¿cómo se explican? ¿Fueron voces que malinterpretaron los judíos? Evidentemente no provenían del Dios Padre al que se refirió siempre Cristo Jesús. La otra alternativa choca contra el sentido común y con la fe. O sea, que Yahavé era el mismo Dios Padre nombrado por Jesús, y que sí se les aparecía a los jefes judíos, aunque Jesús lo negara [...][62]

 

No deja de ser paradójico que un referente del catolicismo conservador, a partir de 2002, defendiera públicamente una tesis divergente frente a la teología oficial. Para ésta: “El Antiguo Testamento es una parte de la sagrada Escritura de la que no se puede prescindir. Sus libros son divinamente inspirados y conservan un valor permanente”.[63] Dicha teología parangona los esfuerzos por separar y enfrentar ambos textos con añejas corrientes religiosas condenadas desde su posición de autoridad: “Los cristianos veneran el Antiguo Testamento como verdadera Palabra de Dios. La Iglesia ha rechazado siempre vigorosamente la idea de prescindir del Antiguo Testamento so pretexto de que el Nuevo lo habría hecho caduco (marcionismo)”.[64] De modo insospechado, un supuesto referente del catolicismo conservador en México durante la Guerra fría parecía congeniar, al amanecer del nuevo milenio, con la tesis del heresiarca del siglo I d. C. Marción de Sínope, según la cual Antiguo y Nuevo testamento son incompatibles y los devotos católicos deben rechazar el primero. Desde luego, esa transformación de Salvador Borrego sólo es comprensible a partir del papel que, en su pensamiento, cobró la imagen del judaísmo como el oponente por antonomasia del cristianismo. No deja de ser revelador que en la misma Alemania nacionalsocialista se produjeran efectos similares entre las congregaciones cristianas que apoyaban al régimen hitleriano.[65] Verificado el vaivén de Borrego, en el horizonte asoma con forma de interrogación la inquietud por conocer el origen, esto es, la influencia concreta de esa ruptura en el orden (o el desorden) de la historia intelectual.

 

Epílogo

 

El caso de Salvador Borrego Escalante presenta, pues, a través de su obra, la doble característica de un discurso pretendidamente católico y, a la vez, de profunda simpatía por el nacionalsocialismo alemán. Más aún, para él ambos rasgos resultan enteramente conciliables y, desde su perspectiva, un aspecto nodal es la consideración del pueblo judío como enemigo multisecular de la llamada civilización occidental. Es decir, que la presunta concordia funcionaría sobre la base de un multisecular enemigo común.

 

No resulta difícil deducir que la postura ideológica de Borrego debió mucho a los avatares de su trayectoria periodística. La visión a contracorriente de la Segunda Guerra Mundial comenzó a gestarse durante su experiencia como reportero del rotativo Últimas Noticias, vespertino del Excélsior, donde atestiguó las presiones y la lucha por el control de la información en México. Después, como escritor, Borrego construyó una interpretación de la historia basada en la idea de la conspiración judía mundial, donde la revolución comunista era concebida como su más poderosa herramienta. La alarma que ocasionaba el comunismo entre diversos sectores sociales en México —incluido el más conservador y católico— explica en parte la popularidad de sus libros durante los álgidos años de la Guerra fría. Sin embargo, habría que observar que, cuando en 1989 cayó el Muro de Berlín y enseguida se disolvió la Unión Soviética, Borrego mantuvo hasta su muerte la tesis conspiracionista; pero, desde entonces, más en vinculación con una fase de globalización neoliberal. Más o menos acorde con estas posturas, tras el fin de la política del “desarrollo estabilizador”, finiquitada por el gobierno de Luis Echeverría, Borrego se volvió un mordaz crítico de los gobiernos mexicanos, sin hacer excepción del paréntesis panista. Acaso esta circunstancia también se halle relacionada con cierta pérdida de convocatoria entre una importante porción directiva de la derecha mexicana al aproximarse el alba del nuevo milenio.

 

Para terminar, quizá la faceta más interesante del pensamiento tardío de Borrego se encuentre en su rompimiento con la doctrina católica, al rechazar copiosas fracciones del Antiguo Testamento. Acaso el episodio arroje como significado las consecuencias que pueden deparar, para el catolicismo, la exacerbación del antijudaísmo y las entusiastas tentativas de enlazar con una ideología extraña y parida por la modernidad, cuya honda y reiterada simpatía explica en buena parte la demonización actual de Salvador Borrego, un autor a contrapelo del “régimen de historicidad” contemporáneo.[66]

 


* Universidad Panamericana, Campus México.

[1] Lejos de afirmar que el antisemitismo es un elemento esencial del fascismo genérico o fundacional, soy consciente de que lo fue sólo de algunos fascismos como el nacionalsocialismo alemán. La relación entre Salvador Borrego y el antijudaísmo (o antisemitismo) ha sido señalada, entre otros, por Miguel Abruch Linder, “Algunos aspectos del antisemitismo en México”, tesis de licenciatura, FCPS-UNAM, México, 1971, pp. 218, pp. 232-236; Olivia Gall, “Discursos de odio antisemita en la historia contemporánea y el presente de México”, Desacatos. Revista de Ciencias Sociales, núm. 51, México, mayo-agosto de 2016, p. 72.

[2] Franco Savarino, “Los avatares del fascismo en México”, en Xóchitl Campos López y Diego Velázquez Caballero (coords.), La derecha mexicana en el siglo XX: agonía, transformación y supervivencia, Puebla, BUAP, 2017, p. 159; Miguel Ángel Jasso Espinosa, “Las simpatías por el fascismo y el nacionalsocialismo en México”, tesis de maestría, FCPS-UNAM, México, 2004; Mario Estrada Roldán, “Simpatías silenciadas: la proximidad ideológica de José Vasconcelos al fenómeno fascista”, tesis de licenciatura, ENAH, México, 2011; Héctor Orestes Aguilar, “Ese olvidado nazi de nombre José Vasconcelos”, Istor, Revista de Historia Internacional, año 8, núm. 30, México, 2007, pp. 148-157.

[3] La dicotomía entre una derecha radical secular y otra de tipo religioso tiene, en México, un antecedente: Hugh G. Campbell, La derecha radical en México, 1929-1949, México, SEP (SEP Setentas), 1976, pp. 8 y 9.

[4] Algo de esto refleja la declaración del católico Juan Ignacio Padilla, uno de los líderes del movimiento sinarquista entre 1937 y 1945: “Seríamos insinceros si negáramos la influencia ejercida sobre el sinarquismo por los movimientos de tipo totalitario, victoriosos entonces por Europa [...] Claro que la admiración y el aplauso no eran para las ideas y sistemas en sí, lacrados de errores y graves violaciones de la dignidad humana [...] los errores de a libra, como aquello de la deificación del Estado y del Caudillo, la mecanización de los pueblos, la superposición del Estado a la persona humana, etc. [...] nunca pudieron hacer prosélitos en pueblos, como el nuestro radicalmente católicos”. Juan Ignacio Padilla, Sinarquismo: contrarrevolución, México, Polis, 1948, p. 218.

[5] La filósofa Hannah Arendt refiere: “El antisemitismo, una ideología secular decimonónica [...] y el odio religioso hacia los judíos, inspirado por el antagonismo recíprocamente hostil de dos credos en pugna, es evidente que no son la misma cosa; e incluso cabe poner en tela de juicio el grado en que el primero deriva sus argumentos y su atractivo emocional del segundo”. Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo I: antisemitismo, Madrid, Taurus, 2004, p. 13; una obra de interés relativa a las fuentes del antisemitismo nazi es la de César Vidal Manzanares, Los incubadores de la serpiente: orígenes ideológicos del nazismo, la segunda guerra mundial y el holocausto, Madrid, Anaya & Mario Muchnik, 1997; un caso paradigmático del antijudaísmo católico, teológico, que además fue apreciado y empleado por Salvador Borrego, se encuentra en Julio Meinvielle, El judío en el misterio de la historia, 5ª ed., Buenos Aires, Theoria, 1963.

[6] Miguel Ángel Jasso Espinosa, Salvador Borrego E., el escritor prohibido, México, s. e., 2015, p. 23. Especialmente en este apartado seguiré muy de cerca esa biografía, que hasta donde sé, es la única escrita y publicada sobre el personaje, imprescindible —entre otras cosas— por el acceso que su autor tuvo al archivo personal de Salvador Borrego. Véase también sobre datos biográficos del padre de Borrego: “Murió ayer el Sr. Lic. Onésimo Borrego”, El Siglo de Torreón, 29 de agosto de 1935.

[7] Entrevista realizada a Salvador Borrego por Rodrigo Ruiz Velasco Barba, en Ciudad de México, el 9 de agosto de 2006. Archivo personal.

[8] Miguel Ángel Jasso Espinosa, op. cit., 2015, p. 24.

[9] Ibidem, p. 29.

[10] Ibidem, p. 32.

[11] Ibidem, pp. 34 y 35.

[12] Ibidem, pp. 36 y 37.

[13] Ibidem, pp. 38 y 39.

[14] Ibidem, p. 41.

[15] Ibidem, pp. 46, 47, 60 y 61. Sobre el director de Últimas Noticias, véase Miguel Ángel Jasso Espinosa, Semblanza de Miguel Ordorica Castillo (1884-1963), “el periodista non de América”, México, s. e., 2014.

[16] Miguel Ángel Jasso Espinosa, op. cit., 2015 pp. 67-69.

[17] Silvia González Marín, Prensa y poder político: la elección presidencial de 1940 en la prensa mexicana, México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas-UNAM / Siglo XXI, 2006, p. 20.

[18] José Antonio Matesanz, Las raíces del exilio: México ante la Guerra civil española, 1936-1939, México, UNAM / El Colegio de México, 1999, pp. 44 y ss.

[19] José Luis Ortiz Garza, México en guerra: la historia secreta de los negocios entre empresarios mexicanos de la comunicación, los nazis y E. U. A., México, Planeta (Espejo de México), 1989, p. 81.

[20] Cabe decir que algunos historiadores llevan esta afirmación de las supuestas simpatías pro-Eje de Miguel Ordorica al grado de indicar que recibió cheques de la legación alemana durante 1939. Raquel Sosa Elízaga, Los códigos ocultos del cardenismo, México, UNAM / Plaza y Valdés, 1996, p. 374. Luis Reed Torres, sin embargo, sostiene que tanto Miguel Ordorica como Rodrigo de Llano debieron esa actitud a su costumbre de probar los límites de la libertad de expresión establecidos por ley. Luis Reed Torres, El periodismo en México: 500 años de historia, México, Edamex, 1995, pp. 306 y 307.

[21] Miguel Ángel Jasso Espinosa, op. cit., 2015, pp. 88 y 89.

[22] Ibidem, p. 91.

[23] ibidem, p. 97.

[24] Ibidem, pp. 106-110.

[25] Se puede leer en ese texto: “La noticia es la significación de un suceso probable o consumado. Más que el hecho, la significación del hecho. Los acontecimientos son apariencias, pero no esencias en sí mismas; su esencia sólo nos es dada por su significación”. Salvador Borrego, Periodismo trascendente, 17ª ed., México, s. e., 1989, p. 9. A mi entender, el texto deja ver que la función principal del periodismo es social, es indicar el sentido de los acontecimientos, interpretarlos. Desde luego, esta pedagogía era compatible con la defensa y transmisión de una determinada visión del mundo, previsiblemente anticomunista.

[26] Miguel Ángel Jasso Espinosa, op. cit., 2015, pp.131-134; vésae la versión de Borrego en Salvador Borrego, México futuro, 7ª ed., México, s. e., 1984, pp. 53-57. Salvador Borrego, Batallas metafísicas, 8ª ed., México, s. e., 1988, pp. 71 y 72.

[27] Miguel Ángel Jasso Espinosa, op. cit., 2015, pp. 147 y 148.

[28] Ibidem, pp. 150-153. La investigación del periodista Jorge Fernández Menéndez apunta hacia la posible responsabilidad indirecta del gobierno de Echeverría, que se habría beneficiado con el homicidio al tomar definitivamente el control de un emporio periodístico tan importante y orientarlo ideológicamente en conformidad con sus intereses. Jorge Fernández Menéndez, Nadie supo nada: la verdadera historia del asesinato de Eugenio Garza Sada, México, Grijalbo, 2006, pp. 3 y 105. El propio Borrego dejó su versión testimonial en: Salvador Borrego, Cómo García Valseca fundó y perdió 37 periódicos y cómo Eugenio Garza Sada trató de rescatarlos y perdió la vida, 2ª ed., México, Tradición, 1985.

[29] Miguel Ángel Jasso Espinosa, op. cit., 2015, pp. 154 y 155.

[30] María Martha Pacheco, “Cristianismo sí, comunismo no. Anticomunismo eclesiástico en México”, Estudios de historia moderna y contemporánea de México, núm. 24, México, 2002, pp. 143-170.

[31] Miguel Ángel Jasso Espinosa, op. cit., 2015, pp. 180 y 181.

[32] Salvador Borrego, “Noticias de Fondo” [sección], La Hoja de Combate, núm., 6, 4 de marzo de 1967.

[33] La Hoja de Combate, en palabras de su primer director, originalmente se trató de una “publicación mensual creada para combatir el progresismo religioso”. Antonio Rius Facius, En mi sillón de lectura, Guadalajara, Asociación Pro-Cultura Occidental, 2002, p. 297.

[34] Jaime del Arenal Fenochio, “’La Otra Historia’: la historiografía conservadora mexicana”, en Conrado Hernández (coord.), Tendencias y corrientes de la historiografía mexicana del siglo XX, Zamora, Instituto de Investigaciones Históricas-UNAM / El Colegio de Michoacán, 2003, pp. 73 y 81.

[35] Miguel Ángel Jasso Espinosa, op. cit., 2015, p.198. En 2019 se anunció la próxima aparición de un libro póstumo de Salvador Borrego.

[36] Ibidem, p. 233.

[37] Austreberto Martínez Villegas, Tradicionalismo y conservadurismo integrista en el catolicismo en México después del Concilio Vaticano II: continuidades y transformaciones en Guadalajara, Jalisco y Atlatlahucan, Morelos (1965-2012), tesis de doctorado, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, México, 2016, pp. 298-300.

[38] Aclara el mismo autor que la Dirección Federal de Seguridad, creada en 1947 por Miguel Alemán, “fue el servicio civil de inteligencia mexicano más conocido”. Miguel Ángel Jasso Espinosa, op. cit., 2015, pp. 166-168.

[39] Édgar González Ruiz, La última cruzada de los cristeros de Fox, México, Grijalbo, 2001; Álvaro Delgado, El Yunque: la ultraderecha en el poder, México, Plaza y Janés, 2003, p. 67.

[40] Álvaro Delgado, El Ejército de Dios, México, Plaza y Janés, 2004, p. 255.

[41] Miguel Ángel Jasso Espinosa, op. cit., 2015, pp. 192 y 193.

[42] José Vasconcelos, “Prólogo” en Salvador Borrego, Derrota mundial, 50a ed., México, s. e., 2008, p. 6. ¿Qué tan coincidente era el pensamiento de Vasconcelos con el de Borrego? Desde 1937, por lo menos, Vasconcelos publicaba textos relativos a la conspiración judía mundial. José Vasconcelos, “México en 1950”, Hoy, núm. 14, México, 29 de mayo de 1937, p. 25.

[43] Otto Skorzeny a Salvador Borrego, 2 de abril de 1958, en Salvador Borrego, op. cit., 2008, p. 10. Las Waffen-SS fueron un cuerpo militar de élite al servicio del partido nacionalsocialista. Borrego las exaltó en una de sus obras: Salvador Borrego, Waffen SS, ¿criminales o soldados?, México, s. e., 2001.

[44] Salvador Abascal, En legítima defensa y más en defensa del Papado, México, Tradición, 1973, p. 30.

[45] Entrevista realizada a Salvador Borrego por Rodrigo Ruiz Velasco Barba, en Ciudad de México, el 10 de diciembre de 2007. Archivo personal de Rodrigo Ruiz Velasco Barba. El propio Abascal reconoce que aproximadamente en 1961 tuvo la primera discusión con Manuel Gómez Morin, fundador del PAN y de la editorial Jus, cuando “le mandé [...] un ejemplar, cosa de rigor. Pocos días después me habló por teléfono para condenar el libro y mi edición. Sostenía la tesis de que los judíos no tienen la culpa de nada. Discutimos acaloradamente más de hora y media, y ninguno de los dos cedió. Según él, ni Isabel la Católica había tenido la razón en sus medidas respecto a los judíos, etc., etc.” Salvador Abascal, op. cit., p. 27.

[46] Ibidem, 29 y 30; sobre Abascal como censor de Jus, remito a la siguiente obra: Rodrigo Ruiz Velasco Barba, Salvador Abascal: el mexicano que desafió a la Revolución, México, Rosa María Porrúa Ediciones, 2014, pp. 199-210.

[47] De Salvador Borrego para Rodrigo Ruiz Velasco Barba, Ciudad de México, 23 de febrero de 2007. Archivo personal.

[48] Con la caída del Muro de Berlín en 1989 y la desaparición de la Unión Soviética, su interpretación apocalíptica de la historia señaló a la globalización y al neoliberalismo como el relevo del “judeobolchevismo”. Véase: Salvador Borrego, Globalización, México, s. e., 2007; Salvador Borrego, Soy la Revolución Neoliberalizada, 3ª ed., México, s. e., 1999; Salvador Borrego, Neoliberalismo: nuevo plan de la Revolución, 4ª ed., México, s. e., 2000.

[49] Salvador Borrego, op. cit., 2008, p. 14. La fuente no aparece en Derrota mundial, pero he logrado identificar que en algunas ediciones de Los Protocolos de los Sabios de Sión suele añadirse. Cfr. Los Protocolos de los Sabios de Sión, trad. de Pablo Montesino y Fernández-Espartero (duque de la Victoria), 9ª ed., México, Época, 1975, pp. 34 y 35.

[50] Henry Ford, El judío internacional, Santa Fe de Bogotá, Pensar Editores. Véanse citas de Ford, por ejemplo, en: Salvador Borrego, op. cit., 2008, pp. 16, 23, 36-38, 78, 88-89.

[51] Norman Cohn, El mito de la conspiración judía mundial, Madrid, Alianza Editorial, 1995, pp. 63, 75-81.

[52] Salvador Borrego, op. cit., 2008, p. 595. En su libro, cita con aprobación a algunos de los llamados negacionistas del Holocausto, como el francés Paul Rassinier. Una extensión de Derrota mundial, de cierto volumen, es Infiltración mundial (1968), que junto con América peligra (1964) —su interpretación de la historia de México con la clave de la “conspiración judía mundial”— conforman la tríada de sus obras más voluminosas y populares.

[53] Salvador Borrego, Pintor, soldado, Fuehrer, México, s. e., 2006, p. 73. Otra obra donde Borrego deja ver su toma de posición a favor de la política económica nazi es: Salvador Borrego, Arma económica, 5ª ed., México, s. e., 2000, pp. 47 y ss.

[54] Salvador Borrego, La cruz y la espada, 3ª ed., México, s. e., 2001, pp. 24 y 25; en una ruta parecida: Salvador Borrego, Batallas metafísicas, 8ª ed., México, s. e., 1988.

[55] Salvador Borrego, op. cit., 2001, p. 77.

[56] Ibidem, p. 93.

[57] Ibidem, p. 94.

[58] David Benjamín Castillo Murillo, “A la extrema derecha del conservadurismo mexicano: Salvador Abascal y Salvador Borrego”, tesis de doctorado, UAM-A, México, 2012, pp. 144 y ss.

[59] Si bien Borrego ya había avanzado en ese sentido de manera un poco anterior: Salvador Borrego, Panorama, México, s. e., 1998, pp. 54-60.

[60] Salvador Borrego, A dónde nos quieren llevar, México, s. e., 2002, p. 60.

[61] Ibidem, pp. 60 y 61.

[62] Ibidem, p. 90.

[63] Catecismo de la Iglesia católica, parágrafos 121-123, disponible en: http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p1s1c2a3_sp.html (consultado el 28 de febrero de 2019).

[64] Ibidem, parágrafo 123.

[65] Así, por ejemplo: “[Hay que] librarse, en el servicio divino y en la confesión, de todo lo que no es alemán, liberarse del Viejo Testamento con su moral judía, y de estos cuentos de tratantes de ganado y rufianes. Con razón se ha calificado a este libro como uno de los más dudosos de la historia mundial”. Discurso pronunciado en el Palacio de los Deportes de Berlín el 13 de noviembre de 1933 por el doctor Reinhold Krause, jefe de distrito de los “Cristianos Alemanes” del gran Berlín, citado en Kurt Zentner, El Tercer Reich, 2 vols., Barcelona, Bruguera, 1978, vol. 2, pp. 364 y 374.

[66] Me refiero a una determinada forma de relación social y del historiador con el pasado, un modo de articulación de los diferentes tiempos, en nuestros días marcada por la memoria de grandes catástrofes ocurridas en el siglo precedente.

 

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Salvador Borrego fue un escritor insignia para ciertos sectores de la derecha mexicana durante la segunda mitad del siglo XX. Su trayectoria se relaciona con la historia del periodismo en México, con el manejo de la información durante la Segunda Guerra Mundial, y luego, con las campañas de la prensa anticomunista durante la Guerra Fría. En su obra, Borrego insistió en presentar una visión de la historia centrada en la idea de la conspiración judía mundial, en sus simpatías por el nacionalsocialismo alemán y en la aparente defensa del catolicismo. Sin embargo, su pretensión de armonizar causas tan disímbolas no estuvo exenta de contradicciones que abonan a su singularidad.

Palabras clave: antijudaísmo, nacionalsocialismo, conservadurismo, catolicismo, anticomunismo.

 

Abstract

Salvador Borrego was a leading writer for certain sectors of the Mexican right during the second half of the twentieth century. His trajectory is related to the history of journalism in Mexico, the handling of information during World War II, and anti-Communist press campaigns during the Cold War. As a writer, Borrego insisted on presenting a vision of history centered on the idea of Jewish world conspiracy, his sympathies for German National Socialism, and the defense of Catholicism. However, his claim to harmonize such dissimilar causes was not exempt from contradictions that added to his singularity.

Keywords: anti-Judaism, national socialism, conservatism, Catholicism, anti-communism.

 

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