Monsiváis: crónica con historia

Francisco Pérez Arce Ibarra*


Permiso de reproducción de fotografías de la colección familiar, otorgado por Beatriz Sánchez Monsiváis, a quien agradecemos su generosidad.

 

Apocalipstick[1] fue el último libro que Carlos Monsiváis publicó en vida. Murió un año después, en 2010, dejando en la tierra una vasta obra, un volumen inaprensible de escritos en forma de crónicas, ensayos, artículos periodísticos, cuentos, prólogos, antologías, y un etcétera imprecisable. Imposible abarcarlo todo. Apocalipstick es un ejemplo de la variedad y riqueza de su obra escrita. Se le reconoce como el cronista de la Ciudad de México; en ese sentido es tan inabarcable como la ciudad misma. En el futuro no se podrá imaginar la ciudad sin llamarla por su nombre antiguo: no Gran Tenochtitlán sino Gran Distrito Federal, la ciudad del siglo XX, la de los veinte millones de habitantes, la de la región más contaminada del aire, la del desbordado tráfico de automóviles, la de los edificios coloniales del Centro Histórico y de los palacios decimonónicos magníficos, la de los incansables vendedores ambulantes. La ciudad de los palacios, del metro, de los peseros, de las combis, de los microbuses, de los tianguis kilométricos, de los mercados sobre ruedas, de las colonias marginales que nacen y crecen de un día para otro. La ciudad de las manifestaciones opositoras y de los granaderos, su contraparte. La ciudad del Zócalo prohibido y del Zócalo conquistado. La ciudad de las oportunidades para los provincianos. La ciudad de la alta cultura y del extenso campo de la cultura popular. La ciudad cantada por Chava Flores. La ciudad de la Familia Burrón. No podrá hablarse de la Ciudad de México del siglo XXI sin su nombre antiguo, Distrito Federal, y sin las crónicas de Monsiváis.

 

Pero al cronicar la ciudad, la cultura popular, en el lenguaje del día, hace también la crónica del país. Un ejemplo del género Monsiváis (como se ha llamado al estilo de crónica que él inventó: escribo lo que se me da la gana pero lo hago con rigor), quizá el más acabado es el texto sobre la llegada de la marcha zapatista al Zócalo del D. F., que aparece en Apocalipstick con el título “2001: ‘nosotros somos la puerta’. El EZLN en la Ciudad de México”. Es un relato increíble, de un ejército que le declaró la guerra al gobierno mexicano en 1994 y siete años después realizó una marcha pacífica que salió de San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, recorrió doce estados, visitó decenas de pueblos indios, y llegó un día soleado al Zócalo, donde la esperaba una multitud acalorada y entusiasta. Monsiváis cuenta lo que ve, está tomando notas. Es parte de su naturaleza: no podía perderse una jornada histórica como ésta. Y al recrear la atmósfera, el lenguaje, el estado de ánimo, lo hace también de la historia reciente, y registra lo que se ha transformado en el país en pocos años, tras la rebelión indígena de 1994:

 

por vez primera en la historia de México una movilización indígena concentra la atención nacional y hasta cierto punto internacional […]

por vez primera, es genuino el debate sobre los derechos indígenas, y no, con blandura burocrática, sobre lo que les conviene a ellos, los ajenos a la Patria […]

por vez primera, el racismo y el sistema discriminatorio de México se ven enfrentados por una movilización cuya razón de ser derrota las prohibiciones y la censura (pp. 372-373).

 

Y la lista de “primeras veces” es larga.

 

II

 

¿Cómo definir el estilo del subcomandante Marcos? Es difícil encontrar una definición cuando su retórica envuelve al país, seduce a la base popular de la izquierda, retumba en los pasillos de la política, tiene ecos en escuelas, universidades y organizaciones sociales. Monsiváis lo relata así: “En las palabras de Marcos la retórica envuelve el mensaje, y el mensaje anhela verterse a través del aliento poético. Se encabalgan la reiteración y el relato de los orígenes, se recaptura o se construye de manera azarosa el habla del génesis, intuida desde los pueblos ‘en vías de extinción cultural’”. Marcos insiste en la incorporación a México y Monsiváis lo cita textualmente:

 

Los indígenas mexicanos somos indígenas y somos mexicanos. Queremos ser indígenas y queremos ser mexicanos. Pero el señor de mucha lengua y poco oído, el que gobierna, mentira nos ofrece y no bandera.

La nuestra es la marcha de la dignidad indígena. La marcha de quienes somos el color de la tierra y la marcha de todos que son todos los colores de la tierra. (p. 367)

 

Y Monsiváis nos lleva por la marcha desde el lejano sur. Nos hace ver lo indio como nunca se había visto en el país, y describe su marcha como una épica y como un desafío al racismo imperante en México en todos los ámbitos, desde el sector más reaccionario y declaradamente racista, hasta el encubierto en la buena fe del paternalismo.

 

El viejo indigenismo no erradicó el racismo. La nación no contaba con los indígenas sino como un rezago arcaico, como una reserva folclórica insumo de la promoción turística. La nación no los veía, menos los nombraba. Y había que nombrarlos. “¿Qué sucede? —pregunta Monsiváis— ¿Por qué se empecinan en hacer añicos mi visión unitaria de lo indígena?”

 

En el Congreso Nacional Indígena, en la parada de la marcha en Nurío, Michoacán, Marcos hace el recuento de las etnias convocadas al Congreso:

 

aguateco, amuzgo, cakchiquel, chatino, chichimeco, chinanteco, chocho, chol, chontal, chuj, cochimí, cora, cucapá, cuicateco, guarijío, huasteco, huave, huichol, ixcateco, ixil, jacalteco, pápago, pima, popoloca, popoluca, purépecha, quiché, seri, solteco, tacuate, tarahumara, tepehua, tepehuán, tlapaneco, tojolabal, kanjobal, kekchí, kikapú, kiliwa, kumiai, lacandón, mame, matlazinca, maya, mazahua, mayo, mixe, mixteco, motozintleco, náhuatl, ocuilteco, ópata, otomí, paipái, pame, papabuco, triqui, tzeltal, tzotzil, yaqui, zapoteco, zoque. (p. 387)

 

Y pregunta otra vez Monsiváis, sin ocultar cierto asombro: “¿Cuántos las habíamos oído mencionar una por una?” (p. 387).

 

Nombrarlas una por una, por su nombre guardado casi en secreto durante tanto tiempo, ausente de la conciencia nacional, del registro mínimo necesario en el imaginario colectivo que se conforma con unas cuantas pirámides y los nombres de las etnias más grandes. Pero Marcos las nombra una por una, y Monsiváis, en su asombro, da cuenta de nuestra ignorancia culpable, la del lector que apenas logra identificar unas cuantas etnias, que algunas ni siquiera las había oído mencionar. Sólo nombrarlas es un mérito, y recordarlas, otro.

 

 III

 

La llegada de esa larga marcha a la Ciudad de México es un hecho histórico. Para subrayarlo, Monsiváis carga con la historia. El texto empieza citando un poema de Alfonso Reyes que registra la llegada de los indios tarahumaras a Chihuahua:

 

Desnudos y curtidos,
duros en la lustrosa piel manchada,
denegridos de viento y sol, animan
las calles de Chihuahua,
lentos y recelosos,
con todos los resortes del miedo contraídos,
como panteras mansas. (p. 367)

 

Escribe Monsiváis: “Allí están, en las primeras décadas del siglo XX, los indígenas ‘con la paciencia muda de la hormiga’”. Nos hace recorrer la historia de un siglo con la imagen de los tarahumaras en Chihuahua. Los tzotziles, tzeltales, choles y tojolabales en el Zócalo tienen una actitud muy distinta a la de panteras mansas, muy distinta a la paciencia muda de las hormigas.

 

(Monsiváis camina y hace la crónica, pero consigo camina la historia, no puede evitarlo, entiende, intuye, sabe. Crónica del presente, pero con densidad histórica.)

 

Ya están en el corazón político de México. Escribe Monsiváis, con la historia a cuestas:

 

He acudido al Zócalo demasiadas veces, más de las que admitiría mi escepticismo, y he atestiguado el silencio reverente que rodeó en 1962 la arenga del general Lázaro Cárdenas, que trepado sobre un automóvil defendía la autodeterminación de los pueblos, y los discursos de Cuauhtémoc Cárdenas de 1988, pero aparte de estos ejemplos, las demás intervenciones que recuerdo han admitido con facilidad los comentarios y los chistes y los aportes y las configuraciones y reconfiguraciones de la multitud. Esta vez —alaben o critiquen la actitud, pero así fue— no hay “flujo migratorio” en el Zócalo y el silencio se espesa volviéndose la atención única, obsesivas. (p. 394-395)

 

Monsiváis necesita la historia para hablar del presente que ve y relata. Está en el Zócalo pero está también en otros Zócalos de otras décadas. Es testigo y es historiador. No hay una manera fácil de describir el género Monsiváis.

 

Monsiváis relata lo que ve mientras camina, pero, no puede evitarlo, carga consigo la historia y su enorme cultura. Y sí, como dije antes: escribe lo que se le pega la gana, pero lo hace con rigor y talento literario.


* Gerente editorial del Fondo de Cultura Económica.

[1] Carlos Monsiváis, Apocalipstick, México, Random House Mondadori, 2009.

 

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