Proverbios y refranes en Apocalipstik

Luis Barjau Martínez*


Permiso de reproducción de fotografías de la colección familiar, otorgado por Beatriz Sánchez Monsiváis, a quien agradecemos su generosidad.

 

La megalópolis es el depósito histórico de olores y sinsabores.

Travestis: los últimos defensores de la feminidad a ultranza.

Una cola es la distancia más corta entre la paciencia y la disolución del Yo.

Esta ciudad ya está viviendo el presente de un mundo alternativo.

Me hallaba tan solo que me dio pena desperdiciar el espacio.

Soñé que nomás iba yo en un vagón de Metro, y nadie me empujaba, ni me vendían nada, ni contaban estupideces. Desperté angustiadísimo de la pesadilla.

La ciudad crece en dirección opuesta a la autoestima de sus habitantes.

El crecimiento demográfico es el verdadero árbol genealógico de cada persona.

Ahora las adúlteras tienen a su abogado en el cuarto de junto.

Cada uno es único, pero las maneras de ser único se parecen demasiado entre sí.

La pedagogía de la violencia se inicia en la crueldad contra los animales...

Pecar es también entrar de inmediato en el arrepentimiento, ese pago en abonos de la iniquidad.

La mitología no suele describir los sucesos reales, pero sí lo considerado intensamente real.

La Historia (esa religión cívica).

La Ciudad Universitaria como catedral de los creyentes en la educación superior.

Nada daña tanto a los pulmones como las atmósferas del pecado.

El que no le cuenta a un desconocido las dificultades sexuales con su pareja, carece de intimidad.

El tedio es la etapa superior del voyeurismo.

Al temor a la condenación eterna lo suplanta el terror al sida; a la confianza en los poderes regeneradores de la madrugada la reemplaza el temor a la delincuencia y la policía.

 

Nota al calce

 

El resentimiento monsivaiano está desglosado en una profunda explicación de una sociología irónica e histriónica. Su percepción del burdel es similar a la de Toulouse Lautrec cuando pinta a La Goulue; sólo media la distancia temporal y la diferencia entre el óleo y la palabra escrita. Las Veladoras, El Burro, el Tenampa, El Gusano, Las Adelas, fueron los laboratorios de su interpretación entre gozosa y patética de la cultura popular urbana.

 

El minucioso interés de Carlos Monsiváis por la cultura popular, visto a través de un velo de profunda ironía, parece una deuda reivindicativa de nuestro autor. La naturaleza de dicha ironía contiene un dejo inquietante de autoflagelación religiosa. Y contiene también la mirada privilegiada del intelectual sobrado de talento que depara una visión cenital a la sociedad mexicana que, abajo, pulula en su miseria económica y moral. Monsiváis siempre resultó una figura perturbadora, que retenía una sabiduría privada y superior que era simultáneamente su poder y su desdicha. Impresionaba su figura y su estado de ánimo algún lunes que, habiendo subido a pie hasta la sede de la Dirección de Estudios Históricos en el anexo al Castillo de Chapultepec, se obligaba a visitar su centro de trabajo, donde seguramente otra vez no encontraría un interlocutor de su interés. Su soledad siempre fue la de una gran figura; su introversión, la de algún Hamlet entre tortuosas reflexiones. Así lo vieron algunos investigadores jóvenes de nuevo ingreso, que buscaron la deseada oportunidad de hablar con el famoso cronista. Intelectual mexicano de virtudes únicas, gestadas milagrosamente entre el poder y la modestia popular, su capacidad de movilidad y acción social fue un don que le permitía pasar, como nadie, de una actuación improvisada en una película nacional, a una conversación con Cantinflas, a una ardua tarea diaria de revisión de la prensa nacional entera, a las horas de concentración del trabajo literario, a la observación del espectáculo estridente de un bar gay en la colonia Nezahualcóyotl, a la lectura pía de la Biblia o de una ardorosa novela negra norteamericana.

 

Monsiváis da un paso fuera de su casa en la colonia Portales, fuera de su biblioteca atestada de libros y de gatos, y la ciudad se transforma de inmediato en un escenario de su literatura, donde la vecindad, el drama social, el cine, el gobierno y la izquierda son otros tantos módulos donde crea con sensibilidad poética, con agudo análisis de antropólogo social, como beato de iglesia, como el novelista desesperado que no logró su obra magna. En Apocalipstick[1] impresiona la honda pasión que transforma a la Ciudad de México en un personaje único de una novela concebida como imposibilidad.


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

[1] Carlos Monsiváis, Apocalipstick, México, Random House Mondadori, 2009.

 

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