Carlos Monsiváis: humor, crítica literaria, ensayo

Luis Barjau Martínez*

 

Carlos Monsiváis fue desde luego, muchas más cosas de las que aquí y en los medios de la época podamos decir de él. La mejor disquisición que he leído respecto de su genio y de su obra, en los niveles de la ideología y la política nacionales, apareció en La Jornada el 24 de junio de 2010, titulada con su nombre, y de la pluma de Adolfo Sánchez Rebolledo. En su opinión, con Carlos Monsiváis aprendemos “a ver y a vivir a un México distinto del oficial”, y a “acercarnos a una visión de la izquierda al margen de las cóleras sectarias sobrevivientes a la lenta ruina del estalinismo”.

 

Según Sánchez, el cronista del México moderno habría establecido que “la madre de todas las batallas mexicanas” tendría que haber sido “la lucha contra la desigualdad y la pobreza, la exclusión clasista y la discriminación como forma de dominio”. A él le debemos la definición más exacta de la derecha nacional, cuando estipuló que es “la decisión de pensar por los demás y de ordenarle a los demás su comportamiento, la usurpación organizada del libre albedrío a nombre de Dios, o de la empresa y el mercado libre, y de esos otros componentes de la Trinidad, la moral y las buenas costumbres”. También él habría trazado líneas para la praxis en un país tan confundido como el nuestro, al señalar que “la indignación moral de los ciudadanos […] suscita la movilización, el deseo de organizarse, de tal manera que “el sujeto de los cambios requeridos por el país no es el ciudadano individual sino la comunidad: las colonias populares, los grupos ecologistas, los pequeños sindicatos, las cooperativas de barrio, las comunidades eclesiales de base, las agrupaciones campesinas y las secciones magisteriales”. como Monsiváis anotó en su artículo “La izquierda mexicana: lo uno y lo diverso”[1].

 

Monsiváis habría encarnado —como se puede colegir entre líneas de todo lo antes citado, y de acuerdo con Sánchez Rebolledo y Sergio Pitol— “la antisolemnidad, forma inusual de guerrilla política y moral”. Una antisolemnidad expuesta ante ciertos ojos como terrible, pero en verdad como un efecto trágico de la historia del pueblo de México y que Monsiváis hubo de asumir filtrada sardónicamente.

 

Gran personaje mexicano, de su talento emergió también un humorismo único y de nuevo cuño, que habrá de imperar tarde o temprano. Me consta que al maestro Carlos Pellicer le aplicó las dos siguientes perlas: “Oiga, maestro: ¿No será que en ese soneto donde usted indica poéticamente que ‘hay azules que se caen de morados’, en el fondo trataba de referirse a unos policías borrachos?”. Porque “azules” se les llamó a los policías, como hoy “polis”. Pellicer apechugaba ante la estocada.

 

Y otra enseguida: “Oiga, maestro: En ese verso donde dice ‘estoy en el balcón lleno de codos’, ¿no será que se refería usted a unos cuates de Monterrey, que como se sabe son muy tacaños?”. A Pellicer le había encargado el presidente en turno que escribiera algo sobre el desfile del 16 de septiembre y que mencionara el balcón de palacio desde donde los notables apreciaban el festejo.

 

Pellicer, touché y divertido, sólo acertó a responder: “Sí, ésa es la aguda apreciación de un coleóptero”. Porque es sabido que el poeta aguantaba esos y otros peores escarnios con humor invencible.

 

La ironía que Monsiváis acumuló a lo largo de su vida era ambigua: un modo de señalar la cursilería y lo kitsch de muchos aspectos de la cultura nacional. Pero para él, un intelectual de cultura universal, dos formas de identificarse con la cultura popular y nacionalista fueron tomar desde muy joven una posición de izquierda, abanderando causas populares, y desentrañar las profundas y complicadas frases que acompañan las costumbres del pueblo.

 

Escondía su pensamiento tras de una prosa barroca, depurada en su rebuscamiento, en apariencia densa pero espoleada y salvada por el hallazgo continuo de alguna especie de fórmulas irónicas y humorísticas. Verdaderas perlas, en efecto, que difundió sobre todo en su obra periodística.

 

Su prosa “de ocultamiento” tiene antecedentes: nada menos que Hegel se vio obligado —según opinión de Jacques D’Hondt, su mejor intérprete francés— a ocultar muchas veces el verdadero contenido ideológico de sus escritos, con objeto de no entrar en contradicción con la monarquía absoluta que comandaba el Stift o seminario luterano de Tubinga, que fue la institución académica de formación de los jóvenes prusianos, al servicio de la religión y del duque, y donde el propio Hegel se había refugiado.

 

Toda proporción guardada, Monsiváis se apartó de los lugares comunes de los principiantes de su generación, a la vez que se ocultó del Ogro Filantrópico: de la capacidad múltiple de represión que tiene el Estado, en especial el estado mexicano priista. Una represión subliminal y enmascarada, pero efectiva para coartar cualquier iniciativa de independencia intelectual, no legitimada por el Estado. Sutiles ramificaciones del ejercicio de su control que, desgraciadamente, también pasan a formar parte de la cultura. Así consiguió Carlos Monsiváis, en buena medida, convertirse en una celebridad popular, sin dejar de ser un intelectual refinado.

 

Un modo de conocer a fondo la hermética personalidad de un hombre tan cercano (por ejemplo a nosotros, investigadores de antropología e historia) y a la vez tan distante es —contradictoriamente— a través no de su sardónica obra periodística, sino de la crítica literaria que ejerció con pasión desde temprana edad, primero con la antología de poesía mexicana, y al final con la selección de diez narradores en su libro Escribir, por ejemplo. Notable es aquí la profunda develación hasta ahora insuperable del poeta jerezano Ramón López Velarde, un poeta al que la ignorancia profunda y la apreciación ligera tienden a igualar, sobre todo en su dimensión nacionalista (la Suave patria), con recitaciones populares de las cantinas. En su búsqueda de la autenticidad estética por vía de las apariencias de la cursilería nacional, López Velarde despertó en él una acendrada obsesión, que resultó en una verdadera reivindicación canónica. Y en este ensayo el crítico literario se abre de capa y deja ver su muy refinada y apreciable sensibilidad. Afirmo entonces que para conocer a fondo a Monsiváis hay que empezar con el estudio de su crítica literaria.

 

Así como en su ensayo sobre López Velarde se observa su proyección estética, en “José Revueltas: crónica de una vida militante” el lector se encuentra con la profunda y muy compleja estructura política e ideológica de Carlos Monsiváis. Su apreciación del intelectual comunista mexicano deja entrever, en los asuntos que escoge sobre la vida y obra de Revueltas, su propio, y algunas veces desconcertante, punto de vista. Como lector de su misma generación, me pareció que predominaban en Revueltas las viejas lecturas gramscianas y troskistas, con una buena dotación también del existencialismo francés, más de lo usual entre sus contemporáneos intelectuales de izquierda, imbuidos del leninismo y del estalinismo. Su devoción por Revueltas muestra cómo el peso del romanticismo literario del autor de Dios en la tierra triunfó sobre el estalinismo del Partido Comunista. Ésta es la pasión que vertió Monsiváis en su estremecedor ensayo sobre José Revueltas, ésta es la puerta que nos permite observar cómo guardó, con una modestia evangélica, de pensador mexicano, su profunda vocación literaria; modestia y frugalidad excesiva que por cierto le impidió volcarse de lleno en la creación artística. Fue una especie de guerrillero de la poesía. Bajo su extrema e irónica crítica, tembló el poeta que prefirió callar sus propias obras.

 

Pero volvamos, para despedirnos, a aquel Monsiváis, personaje inmediato, de aires entre Beethoven y un antropólogo físico del siglo XIX, que acudía en la Dirección de Estudios Históricos, con José Emilio Pacheco, José Joaquín Blanco, Enrique Florescano o Héctor Aguilar Camín, a los seminarios, discusiones, picantes charlas en la oficina de la Dirección o en el jardín de fiestas al pie del Castillo de Chapultepec. La imagen que resultó de la larga y privada reflexión intelectual de Monsiváis es la del valiente que, no obstante su dependencia financiera de las instancias del Estado, toma el riesgo de una suerte de Odiseo en la cueva del cíclope; la del ciudadano de raigambre popular que se alza hasta convertirse en crítico de los valores de la sociedad establecida y de las oscuras maniobras del propio gobierno. Su proceder hace patente en él una clara filiación procedente de Sor Juana Inés de la Cruz, cuando, en opinión de Paz, se refugia en la Iglesia para procurar su formación, y pasa también por Ignacio Ramírez, El Nigromante, el más avanzado liberal del siglo XIX.

 

De sus preferencias íntimas cabe destacar que en una ocasión Monsiváis confesó que era Geoffrey Chaucer uno de sus autores favoritos, lo que nos da una pista más para entender las raíces de su formación. El autor de los Cuentos de Canterbury, quien es de la más pura procedencia espiritual campesina, vivió el desparpajo arcaico de la mentalidad feudal con base en una escatología humorística que fue también la privada, y preferida, de don Carlos Monsiváis.

 

Esta nota, a la búsqueda de su redondez, no puede dejar pasar una frase dicha por Monsiváis en una reunión académica de nuestra Dirección, suelta entre el ir y venir de los asistentes: “Aquí hasta los paranoicos tienen enemigos”.

 

Perdimos al compañero que dirigía en la Dirección de Estudios Históricos su brillante seminario; ganamos la distancia que permite sopesar la importancia de un intelectual integral, imprescindible en la historia de las ideas en México.


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

[1] Carlos Monsiváis, “La izquierda mexicana: lo uno y lo diverso”, Fractal, año II, vol. 2, núm. 5 abril-junio, México, 1997, pp. 11-28.

 

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