La “Crónica mexicana”: una ventana para mirar tiempos pasados

Clementina Battcock*
Jhonnatan Zavala**

La ciencia histórica, como toda ciencia, no es nunca final. Jamás será posible que una persona pueda reunir todos sus materiales, porque ellos no pueden estar, íntegramente, al alcance de sus manos y de sus ojos. No todos los problemas pueden ser solucionados porque, al serlo, se revelan nuevos aspectos. El historiador abre camino, no lo cierra.
Maurice Powicke

 

La elección de un texto como el capítulo I de la Crónica mexicana de Hernando Alvarado Tezozómoc para revisarlo en un Manual de comentario de textos históricos tiene la intención de dar cuenta al lector de las amplias posibilidades de estudio y los diferentes ejes temáticos que presentan las llamadas crónicas novohispanas de tradición indígena.

 

Desde las últimas décadas del siglo XVI, pero sobre todo en los inicios del XVII, algunos descendientes de los antiguos nobles indígenas fueron educados en las tradiciones prehispánicas que aún sobrevivían, y por otro lado fueron incorporados a la cultura castellana europea que ya estaba bien afincada en la Nueva España.[1] Unos cuantos de esos indígenas educados en “dos mundos” distintos se dieron a la tarea de escribir, desde una posición que reivindicaba su autoría, siempre usando los caracteres latinos, a veces en español, a veces en náhuatl u otra lengua, historias que relataban el devenir de los centros de poder que habían gobernado sus ancestros.[2]

 

El autor de la Crónica mexicana es Hernando Alvarado Tezozómoc, un indígena noble residente en la Ciudad de México; él trazó con sus palabras la memoria de una ciudad perdida: México Tenochtitlan, destruida por el choque de la conquista, pero fijada en la memoria de un pasado glorioso mexica. Su padre fue don Diego Huanitzin, gobernador indígena de la ciudad y descendiente del tlahtoani Axayácatl; eso aseguró a Tezozómoc un contacto frecuente con las memorias de los viejos estratos dirigentes de la ciudad.[3]

 

El protagonista de la Crónica mexicana es el grupo de los pipiltin mexicas, no “el pueblo” o los macehualtin, cuyas voces y prácticas cotidianas están ausentes más allá de participar de las guerras y rituales tenochcas. Puede pensarse que el “común” de los nahuas son actores que recomponen continuamente la “escenografía” que reconstruye la ciudad tenochca perdida, pero su aparición es incidental, siempre en relación con los actos o papeles de los protagonistas, los tlatoque o señores.[4]

 

Para poder presentar los minuciosos diálogos entre los señores tenochcas y los acontecimientos en otras regiones mesoamericanas, durante la elaboración de la Crónica mexicana Tezozómoc tuvo acceso, probablemente, a códices pictográficos que aprendió a interpretar, así como a prácticas orales de los señores antiguos que resguardaban la concepción del tiempo y el espacio nahua, pero que el autor reinterpretó en escritura castellana.

 

A pesar de los problemas a los que se enfrentaría, Tezozómoc vio en la larga tradición de la crónica europea un importante recurso para hacer trascender entre la sociedad novohispana la memoria de las virtudes de Tenochtitlan, pero siempre cuidando de deslindar sus males, como las supuestas “prácticas idolátricas” que sus ancestros realizaban engañados por el demonio. La enseñanza cristiana recibida no se puso nunca en duda, sino que se sintió como voz autorizada para reconstruir el régimen social que tantas victorias y riquezas le otorgó a su pueblo.

 

En el capítulo que analizamos, Tezozómoc narró la migración de sus ancestros hasta la cuenca de México, presentó rápidamente una lista de los lugares que logró ubicar entre el espacio sagrado y el reordenado territorio virreinal, así como una de las deidades que acompañaron a los barrios y pueblos hasta la conquista religiosa. Prestó especial atención a los informes sobre lo que su pueblo comía y vestía mientras andaban en busca de la cuenca, reconociendo el espacio de tránsito y pensándolo como elemento importante en la conformación de las prácticas del grupo mexica. Es en ese tránsito donde aparece Malinalxóchitl y se identifica el viejo lindero enemigo con la región purépecha. Esta crónica es, por tanto, una justificación de las acciones de combate entre antiguos enemigos que pervivió en la visión política del espacio mesoamericano.

 

Antes de abordar el capítulo 1, transcribimos la “Advertencia del padre colector” fray Francisco García Figueroa. La crítica de fuentes debe considerar el tránsito de la documentación, su procedencia y las posibles manos que se fueron incorporando a un desconocido “original” de la obra. En este caso, el ejemplar conservado en el Archivo General de la Nación procede de una de las copias hechas por Mariano Veytia, por lo que un cotejo con el resto de las copias existentes —ubicadas en la Biblioteca del Congreso de Washington, la Biblioteca Pública de Nueva York, la Biblioteca de la Universidad de Texas en Austin y la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia— podría revelar las diferentes maneras como se reescribió la obra estructurada por Tezozómoc.

 

La práctica escriturística de nuestro autor revisita los espacios de creación narrativa nahua del Altiplano central mesoamericano. Incorpora sujetos y contextos de un pasado perdido a un imaginario presente en estas realidades: Tezozómoc piensa en Tenochtitlan, sí, pero también sabe que no puede prescindir del espacio que ocupa en ese momento en la Nueva España, y sabe que del otro lado del océano, el honor y la política encontraron grandes maneras de registrarse.[5] Así, no ignora; reconoce el mundo que habita y piensa en otros pasados ajenos para apropiárselos e inscribir la memoria mexica en una justa dimensión de la historia de los pueblos, que es la historia de la cristiandad, la única posible.

 

Tezozómoc identificó el acontecer cotidiano de la guerra y describió su ritualización, localizó los espacios ceremoniales que caracterizaban a la antigua ciudad y proclamó elocuentemente las palabras con las que los sujetos principales se dirigían al resto de la población en nombre de sus deidades.[6] Sin embargo, es evidente la caracterización particular que confirió a cinco de ellas, y así como en el capítulo 1 expone los elementos fundacionales para la ubicación geográfica-sagrada de Tenochtitlan; y hace lo mismo con cinco guerras: Xochimilco, Chalco, Azcapotzalco, Tlatelolco y Michoacán.[7]

 

Especial mención debemos hacer, también, del postulado de Robert Barlow relativo al vínculo entre la Crónica mexicana con un corpus documental más amplio, pues los paralelismos narrativos y las representaciones del pasado tenochca no son para nada fortuitos.[8] Barlow propone la existencia de un manuscrito anterior al que denominó Crónica X, mismo que sirvió como base para la elaboración de por lo menos cinco textos: el Manuscrito Tovar; el libro VII de la Historia natural y moral de las Indias, de José de Acosta; el Códice Ramírez; el volumen correspondiente a la historia de la Historia de las Indias de Nueva España e islas de tierra firme, de fray Diego Durán, y la propia Crónica mexicana de Hernando Alvarado Tezozómoc. Las particularidades y relaciones entre esta documentación sirven para potenciar el interés de los lectores por una aguda crítica del contenido historiográfico de los textos en un momento particular: el conflicto cultural de dimensiones amplísimas como el siglo XVI. La fuente es, ante todo, un conector con el contexto y la intencionalidad con la que fue producida.

 

Tezozómoc también es perfectamente consciente de las reglas del juego que le permiten moverse en la escala social. Los privilegios y prerrogativas de las cúpulas, de los señores —pasados y presentes— de la tierra, produjeron en la Nueva España variadas y conflictivas discusiones respecto de los legítimos dominios del territorio, sobre los servicios ejecutados a nombre de la monarquía, sobre la condición de las personas y la pureza de la estirpe.[9] La cualidad híbrida de Tezozómoc es evidente, y desde luego, ni más ni menos profunda que la de cualquier otro contemporáneo suyo. Comprender la multiplicidad de los espacios sociales y sus matrices culturales era fundamental para entrar al ajedrez político novohispano.

 

Trabajar con la Crónica mexicana de Alvarado Tezozómoc invita inevitablemente a reflexionar acerca de las razones por las que el cronista presenta argumentaciones sobre diferentes momentos del pasado mexica-tenochca, a veces basadas en referencias ciertamente prehispánicas, pero también con elementos provenientes de imaginarios occidentales europeos. Sin lugar a dudas el análisis historiográfico debe partir del contexto en el que figuran, por el sentido que les confiere en el cuerpo de su narración y por lo que podrían representar en el ámbito temporal del propio Alvarado Tezozómoc.

 

Los estudios sobre la Crónica mexicana deben ser un llamado para practicar la disciplina histórica desde una perspectiva que tenga en consideración los elementos que conformaron el lugar social en el que se sitúa el autor, aproximándose cautelosamente a las condiciones que ayudaron a identificar tal o cual manuscrito como producto de la construcción de una autoridad para plantear discusiones sobre pasados ajenos, pero con intenciones específicas en el propio presente.

 

Estas discusiones historiográficas necesitan de miradas ágiles que profundicen en el desarrollo de posturas críticas de las que surjan nuevos y mejores estudios sobre los enormes retos que plantea una argumentación como la de Tezozómoc. El objetivo es interesar al lector que se incorpora a la crítica historiográfica y llevarlo a reconocer las posibilidades y los problemas de una configuración social tan conflictiva como la de Nueva España, en la que los aparentes hilos sueltos son sólo la guía de una enorme cortina que apenas deja entrar algo de luz sobre una realidad desaparecida.

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

** Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, Universidad de Guadalajara.

[1] José Rubén Romero Galván, “Introducción”, en J. R. Romero Galván (coord.), Historiografía mexicana, vol. I. Historiografía novohispana de tradición indígena, México, Instituto de Investigaciones Históricas-UNAM, 2003.

[2] Yukitaka Inoue Okubo, “Crónicas indígenas: una reconsideración sobre la historiografía novohispana temprana”, en Danna Levin y Federico Navarrete (coords.), Indios, mestizos y españoles. Interculturalidad e historiografía en la Nueva España, México, UAM-Azcapotzalco (serie Estudios, Biblioteca de Ciencias Sociales y Humanidades), 2007.

[3] Véase José Rubén Romero Galván, “Hernando Alvarado Tezozómoc”, en J. R. Romero Galván, Historiografía mexicana, vol. I. Historiografía novohispana de tradición indígena, México, Instituto de Investigaciones Históricas-UNAM, 2003, pp. 321-324.

[4] José Rubén Romero Galván, Los privilegios perdidos. Hernando Alvarado Tezozómoc, su tiempo, su nobleza y su Crónica mexicana, México, Instituto de Investigaciones Históricas-UNAM (Serie Teoría e Historia de la Historiografía, 1), 2003.

[5] Clementina Battcock, “La Tenochtitlan de Alvarado Tezozómoc”, Revista Telar, núm.18, Argentina, junio de 2017, pp. 43-60.

[6] Clementina Battcock, “Alvarado Tezozómoc y su representación de los antiguos gobernantes tenochcas”, en Clementina Battcock y Berenise Bravo Rubio (coords.), Mudables representaciones: el indio en la Nueva España a través de crónicas, impresos y manuscritos, México, Dirección de Estudios Históricos-INAH, 2017.

[7] Clementina Battcock, “Las guerras y las conquistas en la Crónica mexicana”, Estudios de Cultura Náhuatl, vol. 52, México, 2016, pp. 169-192.

[8] Robert Barlow, “La ‘Crónica X’: versiones coloniales de la historia de los mexica-tenochca”, en Jesús Monjarás-Ruiz, Elena Limón y María de la Cruz Paillés (eds.), Obras de Robert H. Barlow. Los mexicas y la Triple Alianza, vol. 3, México, INAH / Universidad de las Américas, 1990.

[9] Clementina Battcock, “El memorioso Alvarado Tezozómoc y su construcción de la historia tenochca”, en Luis Barjau y Clementina Battcock (coords.), Lo múltiple y lo singular. Diversidad de perspectivas en las crónicas de la Nueva España, México, Dirección de Estudios Históricos-INAH, 2018.

 

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Clementina Battcock y Jhonnatan Zavala

Resumen

Los autores centran su atención en los estudios de la Crónica mexicana, para reafirmar que la disciplina histórica debe considerar los elementos que configuraron el lugar social en el que se sitúan los cronistas, aproximándose cautelosamente a las condiciones que permitan identificar un manuscrito como producto de la construcción de una autoridad para plantear discusiones sobre pasados ajenos, pero con intenciones específicas en el propio presente.

Palabras clave: Crónica mexicana, disciplina histórica, lugar social, Alvarado Tezozómoc.

 

Abstract

The authors focus on studies of the Crónica mexicana, sustaining that historical discipline must take into account elements that shaped the social place surrounding the chroniclers, cautiously approaching the circumstances that make it possible to identify a manuscript as a product of the construction of an authority to promote discussions about the past of other peoples, but with specific intentions in the present.

Keywords: Crónica mexicana, historical discipline, social place, Alvarado Tezozómoc.

 

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