Comentario de “Diálogo con el pasado a través de las fuentes”, de Berta Gilabert

Elik G. Troconis*

 

Cursé clases con la doctora Gilabert durante el primer año de la carrera en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y sé que si me invitó a presentar su libro es porque confía en lo que aprendí de ella en esos semestres.

 

Es curioso, además, que la doctora Gilabert termine la introducción de Diálogo con el pasado a través de las fuentes afirmando que dicho volumen es un reconocimiento a académicos a quienes considera sus maestros. Curioso porque, a pesar de que a ella y a mí nos separa una generación, algunos de sus profesores también lo fueron míos. Leer y comentar textos del doctor José Rubén Romero y del doctor Miguel Soto con los propósitos de este evento ha sido toda una experiencia. Cabe señalar que, si bien nunca inscribí formalmente un curso con el doctor Alberto Soto, sí me considero receptor de sus enseñanzas, pues de él aprendí, entre otras cosas, los menesteres del análisis de obras plásticas. El gusto que siento por estar sentado al lado de dos maestros míos y de comentar textos de otros dos sólo es superado por la alegría de saber que ahora los aprendices del oficio del historiador cuentan con un libro perfecto para sus estudios.

 

Sin embargo, dejo aquí los sentimientos personales y comienzo a resaltar las virtudes de este nuevo manual de comentario de textos históricos. Regreso rápidamente a su introducción para externar una reflexión breve. En sus páginas, la doctora Gilabert indica que la primera parte del libro es una receta y que la segunda es una serie de ejemplos de comentarios de texto muy diferentes entre sí porque cada autor “tiene su propia forma de acercarse al texto” (p. 12). Esto, a primera vista, parece una contradicción: ¿para qué dar la receta de un platillo que al final cada quien prepara como quiere? Pero en realidad no es sino un reconocimiento de la diversidad de bases teóricas, intereses particulares y objetivos académicos de cada investigación; un reconocimiento, además, de la necesidad imperante de adaptar siempre el modelo a las exigencias de cada texto, pues como bien se demuestra en el libro, hay innumerables tipos de fuentes.

 

Esto último me lleva directamente a hablar acerca de una de las grandes aportaciones del libro: desde la primera página del manual se hace un reconocimiento de todos los tipos de fuentes, incluidas las manifestaciones culturales y los productos artísticos (p. 15). En mis escasísimos años de investigación, me he decantado por analizar fuentes artísticas y por seguir los presupuestos de la historia cultural; por ello, sé lo difícil que resulta la aceptación del arte como una fuente para la historia y, todavía más, como un objeto de estudio digno de esta disciplina. De esa manera, es sumamente significativo que en su manual la doctora Gilabert haga un reconocimiento de dichas fuentes, para que paulatinamente los nuevos historiadores conozcan su valor y traspasen las fronteras de la historiografía tradicional.

 

Por otra parte, para Funes “el memorioso” —o para su creador argentino— quizá habría en este libro algunas obviedades, como la instrucción precisa de leer correctamente, de leer palabra por palabra, asegurándose de entender cada sílaba del texto que se comenta (p. 16). Deja de ser una obviedad en nuestro contexto, ahí donde se nos enseña que es necesaria una lectura rápida y que cuando no se comprende una palabra, más vale saltársela e intentar deducir su significado por la idea general de la oración, ahí donde se imparten cursos de lectura rápida que aseguran la capacidad de percibir hasta dos mil palabras por minuto. No cabe duda de que la actividad docente le ha permitido a la doctora Gilabert ver las dificultades léxicas y de lectura que presentan los alumnos universitarios. Es valioso, en ese sentido, el hecho de que remarque la importancia de comprender cada palabra.

 

Ahora bien, quizá la mayor aportación para los estudiantes de la disciplina histórica —y que estoy seguro de que todo alumno de primer semestre le agradecerá a la doctora Gilabert— es el apartado reservado a explicar qué es una problematización y cómo se genera. Recuerdo —no sin algunos pesares— el trabajo que a mi grupo le costó entender cómo se hacía eso. ¿Por qué debía haber un problema en un texto? ¿Por qué no podíamos pensar que todo estaba bien y ser felices? Simple y sencillamente porque éramos historiadores. Pero no es, claramente, que los textos tengan un cartel colgando del cuello en el que se anuncie cuáles son sus problemas ni qué preguntas es posible hacerles. Para identificar problemas no basta un manual; son necesarios una formación académica sólida, un importante cúmulo de conocimientos y una perspectiva altamente crítica.

 

La diferencia que la doctora Gilabert marca entre problema y pregunta es sustancial. No sólo le permite al aprendiz distinguir y comprender mejor cada uno, sino que además lo lleva a reflexionar sobre la utilidad de los estudios de lo histórico. En sus palabras, “hay preguntas que no se harán problemas porque su respuesta no nos lleva a conocimientos más relevantes” y, en realidad, nuestro quehacer como historiadores debe llevarnos, de nuevo en sus palabras, “a un lugar distinto de aquel en el que empezamos; a construir conocimiento nuevo a partir del propio conocimiento” (p. 32). Un conocimiento —leo yo entre líneas— que resulte útil, y eso es algo en lo que me gustaría ahondar.

 

La doctora Gilabert resalta la importancia de contestar preguntas con la siguiente declaración: “Si alguien cuestiona qué pasaría de no responderse esa pregunta, la respuesta tendrá que ver con algo más importante que no puede saberse a menos que se conteste la primera pregunta” (p. 32). Así pues, nuestras preguntas no pueden formularse con el simple objetivo de saber más, de satisfacer la curiosidad propia o de entretener mediante simpáticos relatos novelescos. Nuestras preguntas deben permitirnos desarrollar una mejor comprensión de la materia histórica, es decir, de los seres humanos y, especialmente, de los seres humanos de nuestro presente.

 

Para mi gusto, resulta magnífico que la doctora Gilabert elija un caso de historia cultural para ejemplificar su problematización, a saber: la transformación de las películas románticas en los últimos cincuenta años, que nos lleva, al final, a entender la modelación cultural de ideas como el matrimonio y la familia. Esto se relaciona además con uno de los comentarios de texto incluidos en este volumen, preparado por el doctor Jorge E. Traslosheros, titulado “El singular y curioso caso de un juicio contra unos gusanos ‘negros y larguillos’”. Curioso sí, pero no únicamente curioso. La investigación que el autor desarrolla en torno al texto pone de manifiesto, entre otras cosas, que no era una auténtica rareza entablar juicios contra animales. Su análisis nos abre la puerta a comprender la afectación que antaño las personas sufrían ante una plaga, las prácticas —ya religiosas, ya seculares— con las que reaccionaban y la actuación de los organismos judiciales ante dichas contingencias. Comprender estos tres factores nos permite acercarnos a la forma de vida de las personas de otro siglo y, a la vez, medir la distancia que hoy nos separa de ellas, lo cual abre el panorama a un estudio de la transformación de los seres humanos a lo largo del tiempo. Por eso es tan importante que el historiador realice una lectura detenida, concienzuda y crítica, porque sólo así podrá identificar los huecos y los nudos de un texto, como los llama la doctora Gilabert; o, en palabras de Robert Darnton, sólo así podremos avistar detalles que escapan de nuestro entendimiento y que nos harán preguntarnos qué ha sucedido entre un contexto histórico anterior y nosotros.[1] Ahí deberemos preguntar, como lo dijo durante su visita a El Colegio de México en 2016: ¿qué está pasando aquí?[2]

 

Entonces es cuando inicia la labor más ardua de los historiadores: la interpretación, un proceso largo y laborioso, que requiere un tiempo inconmensurable de investigación. Al respecto, el doctor José Rubén Romero Galván en su comentario “La interpretación de un texto y el esclarecimiento de una idea de historia” resalta la importancia de la ecdótica, pero sobre todo de la hermenéutica, un proceso que requiere de un análisis lingüístico y filológico para comprender qué dice el texto que tenemos frente a nosotros (p. 116). Sin embargo, la interpretación de las fuentes es sólo el medio para lograr lo que nos interesa: la interpretación de los fenómenos y procesos históricos. Al final, como dice el doctor Romero Galván, “el ejercicio de la interpretación es inherente al hombre”; ésta es “la única manera de hacer nuestro el universo que nos rodea” (p. 117). En ello —merece la pena asentarlo categóricamente— el historiador debe ser todavía más hábil.

 

Un último punto que reclama atención es el comentario de texto del doctor Alberto Soto sobre una estampa del Real Palacio de Aranjuez. Si antes he dicho que me parece una aportación invaluable la aceptación de diferentes tipos de fuentes por parte de la doctora Gilabert, pienso que con este comentario queda más que clara la importancia del estudio de las producciones culturales, específicamente de las obras artísticas. En mi opinión, hay dos lecciones que podemos extraer del comentario del doctor Soto, una metodológica y otra sobre los objetos de estudio.

 

Con respecto a la primera, en su texto se manifiesta la importancia de conocer los detalles de producción del objeto de estudio. En su caso, al analizar una estampa resulta indispensable diferenciar entre estampa y grabado, saber cómo funciona una prensa, conocer el desgaste de las matrices, identificar las técnicas de grabado, etcétera. El historiador debe poseer los conocimientos necesarios para entender lo que estudia; así, debe ser tanto un historiador crítico como un conocedor de la técnica de su objeto de estudio. Quien estudie artes plásticas está perdido si no domina las técnicas de composición; quien estudie la literatura no tiene futuro si no entiende procesos de construcción de personajes; quien estudie la música puede despedirse del éxito si no sabe de tempos y armonías. Quizá no es necesario que pueda hacerlo él mismo —que pinte, escriba o componga—, pero sí que sepa cómo se hace.

 

Esto, evidentemente, está en consonancia con uno de los apuntes que la doctora Gilabert hace en el manual: es necesario identificar desde el inicio a qué tipo de documento nos enfrentamos para saber cómo analizarlo (p. 24). El reconocimiento de la unicidad de cada tipo de documento nos salva del error de creer que todos los análisis se realizan de la misma manera, equivocación de la que hay que huir siempre, pues ni siquiera un cuento y una novela se pueden estudiar de la misma manera, a pesar de que ambos sean obras literarias.

 

La segunda lección que podemos extraer del comentario del doctor Soto es que toda representación plástica expresa algo. Hoy, en una época en la que los medios audiovisuales predominan sobre los escritos, es de vital importancia que el historiador se entrene en su lectura y análisis. Ahora que circulan videos de tres minutos con un alcance masivo o que los memes viajan de un lugar a otro del mundo en tan sólo unos instantes, se vuelve indispensable conocer la naturaleza de estos productos y sus reglas de composición. Específicamente de los memes, existen ya estudios, incluso en tesis de la UNAM, sobre estos fenómenos visuales, que en el fondo son parte de actos comunicativos diarios y pueden ser analizados como producciones culturales populares que conviven e incluso dependen de factores como el anonimato, tan digno de ser estudiado en nuestros días.

 

Dicho esto, concluyo mi presentación manifestando nuevamente la gran aportación que resulta este Diálogo con el pasado a través de las fuentes, de la doctora Berta Gilabert; una aportación para los estudiantes de historia, historia del arte y otras disciplinas afines, pero también para los historiadores mismos, que nunca dejaremos de elaborar comentarios de textos porque tal es el punto de partida de nuestro quehacer. Sólo agrego lo dichosos que podemos sentirnos de tener en este volumen un recuerdo de aquellas gloriosas épocas en las que los maestros eran autores de los libros con los que sus alumnos aprendían. Enhorabuena por este trabajo.

 


* Investigador independiente.

[1] Robert Darnton, La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa, trad. de Carlos Valdés, México, FCE (Historia), 1987, p. 83.

[2] Presentación del libro Censors at Work, de Robert Darnton, en El Colegio de México, Ciudad de México, el 8 de agosto de 2016.

 

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Elik G. Troconis

Resumen

Troconis reflexiona acerca de la importancia que para alumnos y docentes tiene la aparición del manual de la doctora Gilabert, que presta particular atención a las fuentes artísticas: cómo abordar una obra plástica, cómo analizarla y cómo generar una interpretación y un conocimiento nuevo que sea una aportación al conocimiento histórico.

Palabras clave: historia cultural, fuentes históricas, arte, conocimiento histórico.

 

Abstract

Troconis reflects on the importance for students and teachers alike of Berta Gilabert’s manual, which emphasizes artistic sources. How to approach a visual work, how to analyze it, and how to generate an interpretation and new knowledge that contribute to historical knowledge.

Keywords: cultural history, historical sources, art, historical knowledge.

 

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