La construcción de ciudadanía y las estrategias socioculturales al interior de los movimientos sociales urbanos. El caso de la colonia La Malinche en la Ciudad de México

María Ana Portal*

 

La ciudad es una construcción social; es producto de la acción
y las ideas de los individuos. Pero la ciudad es la correspondencia
entre el objeto material y la construcción imaginaria simbólica y social.
Es dato y es interpretación.

Brubaker, Citizenship and Nationhood in France and Germany

 

Desde hace varias décadas el análisis de las ciudades neoliberales ha generado un importante debate en las ciencias sociales, con el cual se han delimitado sus características centrales y se han mostrado las principales tendencias económicas y sociales. Se observan las transformaciones en la relación del Estado frente a la ciudadanía, los aspectos centrales de la globalización comercial, los cambios en los actores hegemónicos, la desigualdad estructural, las tendencias privatizadoras y el papel de las ciudades en este contexto. Además, se destacan las profundas transformaciones en el orden urbano generadas dentro de un modelo hegemónico de urbanización neoliberal cuyo eje de desarrollo económico está centrado en el uso individual del automóvil y en el desarrollo inmobiliario, modelo según el cual la ciudad es vista como una mercancía más y como parte del engranaje que da salida a las nuevas formas de acumulación capitalista en términos de Harvey,[1] entre otros aspectos.

 

Sin embargo, el plano ideológico y las estrategias simbólicas y culturales que generan sus habitantes para contender con el embate neoliberal se ha vuelto mucho menos visible en la comprensión de lo urbano. Lo que me interesa explorar aquí son algunos elementos de ese plano ideológico y cultural, ya que, si como plantea Castells,[2] en la sociedad contemporánea los conflictos emergen a partir del encuentro y en ocasiones la confrontación entre lógicas contrapuestas: de los espacios de flujo (globalizadores) y los espacios de experiencia (localizados), considero necesario explorar de manera concreta el contenido de esos encuentros y confrontaciones. Uno de los ámbitos donde creo que se puede observar esto es precisamente en los movimientos sociales urbanos que suponen una forma de resistencia a dichos procesos de globalización.

 

Para ello, tomaré como ejemplo el caso de la colonia La Malinche, en la alcaldía La Magdalena Contreras, al suroeste de la Ciudad de México, en donde se generó un movimiento de resistencia de 2009 a 2012 frente al megaproyecto vial conocido como la Supervía Poniente, cuyo aspecto más emblemático fue el establecimiento de un campamento desde donde se planearon las acciones de protesta y resistencia, y además allí se desarrolló la vida misma de los participantes.

 

En este proceso organizativo, de resistencia y lucha, surgieron formas de apropiación del espacio urbano local que produjeron un tipo de ciudadanía que recobró tanto la idea de comunidad como el principio democrático del derecho a la participación en los aspectos públicos. El hecho es significativo dado el contexto neoliberal en el que ocurrió este movimiento, donde no sólo se luchaba por defender las viviendas que serían expropiadas para la construcción de la Supervía Poniente, sino fundamentalmente se exigía el derecho a la información, a la defensa del medio ambiente y a la participación en aquellas decisiones del gobierno que afectarían a la colonia de manera directa.

 

En términos ideales la ciudad debería ser un ámbito público por excelencia, un espacio de participación ciudadana, de construcción de comunidad y de pertenencia. “El problema es que en la ciudad neoliberal el ciudadano individualista se opone al ciudadano partícipe de la colectividad. ¿Cómo es posible, entonces, tener acceso a la toma de decisiones políticas siendo un consumidor y un competidor en el mercado?”.[3] Es decir, ¿cómo se construyen la ciudadanía y la democracia en el capitalismo neoliberal cuando los espacios públicos y la ciudad misma sufre constantes procesos de privatización?

 

El contexto: la construcción del megaproyecto de la Supervía Poniente

Los problemas de movilidad en la Ciudad de México son añejos. Con una población de 8 985 399 personas, que junto con la zona conurbada del valle de México llega a casi 28 millones de personas, los problemas de movilidad y de vialidad son enormes.[4]

 

Si bien toda la ciudad sufre por la poca y mala planificación que ha complicado cada vez más el tráfico, el poniente de la ciudad se encuentra en una situación crítica y muy complicada de resolver técnicamente por las características de su territorio, ya que es un área boscosa, con lomeríos y barrancas, en la que resulta difícil conectar una zona con otra. Esta condición se agudizó a finales de la década de los ochenta, en particular por el desarrollo inmobiliario conocido como el proyecto Santa Fe, con el cual el gobierno federal —a cuyo frente estaba el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari— decidió generar un potente desarrollo urbano en una zona de altísima marginalidad, buscando transformarla en un polo de actividad financiera y de vivienda para sectores de altos ingresos.

 

La planeación de dicho proyecto ha mostrado dos problemas centrales que no fueron contemplados en su origen: el abasto de agua[5] y la movilidad. Para remediar las consecuencias de la ineficiente infraestructura vial se construyeron nuevas avenidas y, desde la década de los noventa, el gobierno hizo varios intentos de construir vialidades que conectaran el sur de la ciudad con el poniente, dado que el crecimiento poblacional de esas áreas se disparó considerablemente. Sin embargo, la gran oposición de los pueblos y las colonias populares lo impidieron.

 

Con ese antecedente, antes de concluir 2009, se publicó una “declaratoria de necesidad” para el otorgamiento de una concesión con miras a explotar y administrar una vía que en ese momento se denominó “Vía de Comunicación Urbana de Peaje”, nombre que después sería modificado,[6] y la obra fue asignada de manera directa (y no puesta a concurso, como por ley se exige) a la empresa Controladora Vía Rápida Poetas, fusión de dos grandes empresas: el Grupo Copri y el Grupo OHL, de capital español.[7]

 

La Supervía Poniente atraviesa tres alcaldías —Cuajimalpa, Álvaro Obregón y La Magdalena Contreras–, así como dos áreas de valor ambiental.[8] Forma parte de un megaproyecto mayor denominado Autopista Urbana Querétaro-Toluca-Cuernavaca, con el cual se busca mejorar la conexión regional entre los estados que rodean a la Ciudad de México, la movilidad urbana, y reducir los tiempos de traslado, tanto del transporte público como del privado.[9] Consta de tres grandes tramos: el de Periférico Sur, el de Periférico Norte y la Supervía.[10] De ellos, el de la Supervía Poniente fue el más conflictivo, ya que, a diferencia de los otros dos, que van sobre la vía rápida del Periférico, ese tramo pasaba por debajo de colonias densamente pobladas —como La Malinche— y por zonas de valor ambiental.

 

Hay que subrayar que los grandes megaproyectos urbanos están vinculados con intereses tanto económicos como políticos de las élites en el poder, y se implantan en zonas estratégicas para el desarrollo inmobiliario, en una ciudad que, a pesar de su gran tamaño y densidad poblacional, todavía tiene vastas extensiones de terrenos susceptibles de ser urbanizados, ya que el 59 % de su territorio es suelo de conservación.[11] Y es justamente en el suroeste donde se encuentra esa área de conservación y donde las empresas inmobiliarias han puesto la mira.

 

A pesar de todas las tensiones sociales, protestas, diversas acciones legales y un amplio rechazo a la construcción de la Supervía, el 2 de agosto de 2010 la empresa comenzó la construcción de la obra en la barranca de Tarango, en Álvaro Obregón.

 

La Supervía Poniente se integra por dos secciones: la primera, de 5.2 kilómetros, nace en los puentes de Santa Fe para conectarse con la avenida Luis Cabrera, a la altura de la colonia La Malinche; y la segunda, de aproximadamente dos kilómetros, se extiende por la avenida Luis Cabrera hasta conectar con el Periférico.

 

La colonia La Malinche se ubica en la alcaldía La Magdalena Contreras (considerada uno de los “pulmones” de la ciudad) y representa 5.1 % del total territorial de la Ciudad de México. De ella, 82.05% (6 119.46 hectáreas) es suelo de conservación ecológica y el 17.95% restante (1 338.97 hectáreas) es área urbana.

 

Un aspecto muy importante que hay que subrayar es que se trata de una zona por la que ocurrió una lucha muy importante en la década de 1970, cuando los actuales pobladores compraron de manera ilegal a los ejidatarios de San Bernabé Ocotepec los terrenos para construir sus viviendas y urbanizaron el área, dotándose de los servicios básicos y logrando la regularización de sus tierras. La memoria de esta lucha previa tuvo un impacto muy importante en el movimiento en contra de la Supervía.

 

El movimiento social en tiempos de la globalización

Fue mediante las tensiones sobre el territorio y la memoria de esas luchas previas como se constituyó el nuevo movimiento. Pero en este caso la organización apareció para evitar la expropiación de los más de cien predios que tenían planeada el gobierno junto con las empresas, y además, para defender los espacios públicos como La Loma o la glorieta de las Quinceañeras[12] y, en términos generales, en defensa del medio ambiente.

 

Se creó entonces el Frente Amplio contra la Supervía Poniente de Cuota en Defensa del Medio Ambiente, conformado por organizaciones diversas,[13] y se generó un movimiento que trascendió lo local. Pero los vecinos de La Malinche y colonias adyacentes desempeñaron un papel central, ya que ellos fueron los más afectados por la expropiación de sus viviendas y quienes mantuvieron su presencia a partir del establecimiento del Campamento 26 de Julio, que se levantó durante dos años y medio en los predios expropiados donde se quería derribar las casas.

 

La lucha se organizó en dos planos: uno jurídico, en el cual se peleó por detener la obra a partir de acciones legales, como diversos amparos, y otro político, que consistió en organizar marchas, mítines, movilizaciones, foros de discusión y desde luego la colocación del campamento permanente en el cruce de las calles Rosa China y Duraznos.

 

La dimensión simbólica expresada en el campamento

Para analizar la dimensión ideológica-simbólica me quiero centrar en el Campamento 26 de Julio, que se erigió como el lugar de reunión para los participantes en el Frente Amplio y un espacio emblemático para el movimiento.

 

En él se generan dos procesos simbólicos fundamentales: una narrativa sobre el pasado y sobre la lucha actual, y un conjunto de ritualizaciones que fijaron tiempos y espacios específicos, es decir, que permitieron marcar el territorio delimitando un adentro y un afuera (un “nosotros” frente a “los otros”) y además generaron una temporalidad propia en dos sentidos: en el marcaje amplio del antes y el ahora, y en los ritmos cotidianos.

 

Construido con lonas, madera, materiales de desperdicio y una carpa de plástico, el Campamento 26 de Julio estaba dividido en varios espacios: en la entrada había un cuarto con dos camas para los que se quedaban de guardia, un área donde se tenían libros, fotografías, posters y un sofá para sentarse a leer. Más adentro, una rudimentaria cocina y una suerte de comedor que rodeaban la carpa principal, la cual albergaba una especie de sala equipada con varios sillones. Allí había un altar a la Virgen de Guadalupe, además de un sahumerio, cuatro bastones de mando y una televisión.

 

Llama la atención la centralidad de la imagen de la Virgen de Guadalupe, que nos expone la importancia de la religión católica, a la que se adhieren un conjunto de creencias de diversa procedencia (como los bastones de mando y el sahumerio para quemar copal, característicos de los pueblos indígenas del país, junto a la televisión que proyecta elementos de la “modernidad globalizada”); con esos elementos se conforma una suerte de collage ideológico característico de nuestros tiempos.

 

Cuando preguntamos si los bastones de mando eran aportados por algún grupo indígena, una de las participantes nos respondió:

 

Los bastones de mando nacieron a raíz de que, pues, son raíces prehispánicas nuestras. Sirve para darnos a reflexionar de que el gobierno con esta obra que está imponiendo nos quiere quitar nuestras raíces. Fue un retomar esta tradición aquí, para darnos fuerza, para tener un poquito de equilibrio con la naturaleza, la tierra, el cosmos, como nuestros ancestros —los prehispánicos— lo llevaban. Por eso se hicieron, y varias vecinas dijeron “yo lo puedo hacer” y entonces que los colores, trajeron que conchitas de aquí, plumitas de allá, que de halcón, que de águila, todo tiene un simbolismo, que los colores, que el arcoíris, y bueno, uno que sea el bastón central para dar fuerza a todos, que es el que lleva el jerarca, pero bueno, aunque aquí el jerarca somos todos; uno representando a las mujeres, otro representando a los niños y otro a los papás, porque también queremos que vaya trascendiendo esto.[14]

 

Dos cuestiones llaman la atención en este discurso: el énfasis en lo prehispánico y el hecho de que el gobierno no sólo les estaba expropiando sus casas, sino que les estaba quitando sus raíces culturales. Vemos aquí un proceso de reconstrucción y reapropiación particular de elementos aparentemente prehispánicos, reinterpretados por un grupo que no se reconoce como indígena, sino como “mestizos urbanos”.

 

Esta suerte de “casa” colectiva era ocupada de diferentes maneras por los vecinos participantes: allí las mujeres se reunían durante el día para hacer guardias, pero también para tejer, cocinar, conversar, ver telenovelas o informarse de los acontecimientos importantes o de los chismes del barrio; algunas llevaban a los niños a hacer su tarea en las tardes, y al anochecer, cuando los que tenían empleos formales regresaban, se quemaba copal, se rezaba el rosario, cenaban juntos, daban las noticias del día y preparaban las nuevas estrategias de lucha.

 

Es importante destacar que los participantes del Frente Amplio recibieron apoyo de otros grupos sociales, no sólo en torno a la lucha sino en el ámbito de lo religioso y lo simbólico: entre ellos los visitó el obispo Raúl Vera, que fue expresamente a dar una misa y sus bendiciones; chamanes peruanos llegaron e hicieron limpias; un grupo de apaches efectuaron rituales de protección, y algunos budistas acudieron a rezar, por mencionar a algunos de quienes fueron a brindar su solidaridad. Aquí se podía ver claramente la intersección de diversas visiones de mundo y la apropiación que de ellas hacían los participantes del movimiento. Algunos afirmaban con convicción que gracias a esos apoyos estaban protegidos y los granaderos no los habían golpeado. En esta articulación con grupos tan diversos, las redes sociales tuvieron un papel fundamental en la conexión con estos y otros grupos, así como en la difusión de su lucha, que atrajo la atención más allá de lo local.

 

Pero el espacio no se entiende separado del tiempo. Los ritmos impuestos por la lucha conformaron al campamento como un eje de la vida cotidiana, pues partes de la vida familiar y privada se trasladaron a él, en un movimiento inusitado entre lo público y lo privado. Esto se logró —como señalé antes— con diversos procesos de ritualización. Se marcaron ritmos cotidianos con horarios fijos: horas de comer, rezos y misas, información. Pero también se hacían rituales especiales que marcaron momentos emblemáticos: Navidad, Fiestas Patrias, el día de la Guadalupana, el Día de las Madres, los aniversarios de la lucha, entre otros.

 

En este proceso el campamento se convirtió en un lugar de recreación de la memoria. Allí, el antes y el ahora se fueron tejiendo, a partir de los recuerdos de los viejos o de las narrativas de los hijos de antiguos luchadores. Así el espacio urbano, cuyas características de individualización de las actividades y la velocidad de sus ritmos dejan poco lugar y tiempo para recordar colectivamente y para “hacer comunidad”, se modificó en el campamento, generando una ocasión para la remembranza: cómo éramos antes, cómo lucharon nuestros padres, cómo somos y luchamos ahora.

 

Lo sucedido en el campamento, una apropiación del espacio público urbano (ya que estaba en el cruce de dos calles), es, desde mi perspectiva, una manera de poner en escena la ciudadanía, tanto en su dimensión identitaria o de pertenencia, como en su dimensión política de acción y ejercicio de derechos y obligaciones.

 

En este sentido coincido con Sergio Tamayo cuando plantea que la ciudad, en su dimensión espacial pública, es “el lugar privilegiado de la afirmación del ciudadano, donde debería reconciliarse el individualismo y la justicia social”.[15] Sin embargo, el espacio público no sólo implica la reconciliación y las acciones consensuadas, es también escenario de conflicto y confrontación. Paradójicamente, este lugar que dio sentido de pertenencia a unos, excluyó a otros —dado que no todos los vecinos participaron en la lucha—, y fue testigo del declive del movimiento, de su desgaste, de la frustración de sus participantes ante la imposibilidad de frenar la obra, de los desencuentros y conflictos internos que llevaron a que sus miembros se fueran cerrando, quedando poco a poco aislados. Prácticamente deshabitado, en diciembre de 2012 entraron de madrugada los temidos granaderos y quemaron el lugar. Los participantes en el movimiento tenían la consigna de no oponer resistencia si eso ocurría, y gracias a eso pudieron salir bien librados de la represión y alcanzaron a rescatar algunos pocos objetos, como los bastones de mando.

 

Reflexiones finales

En síntesis, considero que la construcción de la ciudadanía se da en concreto, e implica participación y sentido de pertenencia. El ciudadano habita la ciudad y, al hacerlo, la llena de contenido significativo.

 

Una manera de aproximarnos a esa experiencia es el estudio del uso del espacio en el Campamento 26 de Julio; ello nos permite iniciar un análisis sobre algunos de los elementos socioculturales que entran en juego de manera velada en los movimientos sociales y que, por lo menos en el caso estudiado, impactaron de manera drástica en la vida de los participantes. Un espacio público —la intersección entre dos calles— se convirtió en un “lugar” en el sentido antropológico del término. Se reactivó la idea de comunidad donde ya no existía como tal. Se conformó un espacio de afectividad que se movía entre lo cotidiano y lo excepcional, generando un sentido de pertenencia y un ritmo en la propia existencia. Representó, de muchas maneras, una guía con la cual se podía navegar con cierta seguridad por el resto del mundo, y una suerte de bisagra entre la experiencia colectiva y la individual, entre lo más claramente local y los flujos globalizadores. También se reprodujo una compleja cosmovisión construida desde un conjunto de visiones de mundo diversas colocadas en espacios y tiempos concretos y a partir de la reproducción de procesos de memoria.

 

El ejemplo utilizado aquí, aun cuando se refiere a un grupo relativamente pequeño y a un movimiento local, me parece emblemático de las dinámicas urbanas, de la manera en que estamos “construyendo el mundo” y de la importancia de la memoria de cara a las nuevas identidades sociales que emergen en las sociedades contemporáneas.

 


* Departamento de Antropología, UAM-Iztapalapa.

[1] David Harvey, The Condition of Postmodernity. An Enquiry into the Origins of Cultural Change, Oxford / Cambridge, Blackwell, 1989.

[2] Manuel Castells, La era de la información. Economía, sociedad y cultura (2 vols.), México, Siglo XXI, 1999-2001.

[3] Sergio Tamayo, “La ciudad y la producción del espacio ciudadano”, en Lucía Álvarez Enríquez (coord.), Ciudadanía y nuevos actores en grandes ciudades, México, CEIICH-UNAM / UAM / Juan Pablos, 2016.

[4] La expansión vehicular en la zona metropolitana de la Ciudad de México (ZMCM) fue del 81.6 % en el periodo de 2005 a 2015, de acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Sólo en la Ciudad de México circulan más de cinco millones de automóviles particulares diariamente, y en la zona metropolitana se calculan 9.5 millones.

[5] La falta de agua y la lucha por los recursos naturales han sido una constante, particularmente en los pueblos originarios de la zona. Basta recordar las continuas luchas de pueblos como San Mateo Tlaltenango o Santa Rosa Xochiac, entre otros.

[6] La continua modificación de nombres tuvo que ver con una cuestión jurídica, de tal suerte que los habitantes que interponían recursos legales para detener la obra se enfrentaban con el problema de que había cambios constantes en la denominación, lo cual retrasaba su posibilidad de intervención. Es decir, se constituyó en una estrategia gubernamental y empresarial para evitar la suspensión de la obra.

[7] En la actualidad esta empresa se encuentra sumergida en grandes escándalos de corrupción en su país de origen, aunque en México la información emanada de allí no parece generar repercusiones y se le continúa otorgando concesiones millonarias a partir de un “maridaje” entre funcionarios de alto nivel y representantes de la empresa.

[8] Éstas son la Barranca de Tarango y La Loma. La barranca de Tarango fue declarada Área de Valor Ambiental (AVA) en 2009, y La Loma, Área Natural Protegida (ANP) en 2010. Ambas zonas están catalogadas como suelo de conservación, ya que por sus características climáticas y topográficas existen ecosistemas importantes que proporcionan bienes y servicios ambientales muy importantes para la población, además de que se vinculan con las cuencas hidrológicas y con las recargas acuíferas del valle.

[9] “Autopista urbana”, en Secretaría de Obras y Servicios de la Ciudad de México, disponible en: http://www.data.obras.cdmx.gob.mx/autopista-urbana-3/ (consultado el 28 de febrero de 2020).

[10] La Supervía Poniente forma parte de un proyecto más que consta de un total de aproximadamente treinta kilómetros, distribuidos en tres grandes tramos: el de Periférico Sur, que va de San Jerónimo a Muyuguarda con un total de quince kilómetros de longitud; el de Periférico Norte, que se extiende de Cuatro Caminos a San Antonio y abarca nueve kilómetros; y el de la Supervía Poniente, de 5.2 kilómetros, que va de Santa Fe al Periférico Sur.

[11] La Secretaría de Medio Ambiente (Sedema) considera al suelo de conservación como un aporte a la biodiversidad de flora y fauna indispensable para la sustentabilidad y servicios ambientales para la Ciudad de México. Dentro del suelo de conservación existen las Áreas Naturales Protegidas, zonas que por sus características ecogeográficas y el contenido de especies, bienes y servicios ambientales —tales como la recarga del acuífero, generación de oxígeno, mejoramiento de la calidad del aire, la regulación del clima y la disposición de áreas de esparcimiento y recreación, así como por albergar el hábitat de flora y fauna silvestres— proporcionan a la población beneficios imprescindibles para la preservación de la ciudad. Por ello son áreas que no deben urbanizarse.

[12] La Glorieta de las Quinceañeras era un pequeño espacio en la parte baja de la avenida Luis Cabrera; contaba con unas bancas para sentarse, unos cipreses y una fuente, y era un lugar emblemático al que los vecinos de la zona —particularmente de las colonias populares— acudían para fotografiar a las niñas que cumplían quince años, a los novios que iban a casarse y representaba en general un lugar de encuentro. Este tipo de sitios es muy importante en un área en donde prácticamente no hay espacios públicos accesibles.

[13] Ciudadanos por Contreras, Movimiento Urbano Popular, Grupo de Científicos e Investigadores Solidarios, Asociación de Comerciantes y Mercados Públicos de la Magdalena Contreras y la Coordinadora Vecinal de Tlalpan, Magdalena Contreras, Álvaro Obregón y Cuajimalpa, que a su vez agrupa a varias organizaciones vecinales.

[14] Entrevista a Maité Guía, habitante de La Malinche, realizada por María Ana Portal en mayo de 2012.

[15] Sergio Tamayo, op. cit., p. 264.

 

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María Ana Portal

Resumen

Portal analiza los elementos del plano ideológico y las estrategias simbólicas y culturales que generaron los habitantes de La Malinche en la Ciudad de México ante el embate del neoliberalismo con la construcción de la Super Vía poniente. Megaproyecto vial que generó un movimiento social en defensa del territorio por la afectación ambiental y el desplazamiento de población.

Palabras clave: megaproyectos, La Malinche, Campamento 26 de Julio, ideología, estrategias simbólicas.

 

Abstract

The author analyzes the elements of the ideological level and the symbolic and cultural strategies generated by the inhabitants of La Malinche in Mexico City faced with the onslaught of neoliberalism with the construction of a highway, the Super Vía Poniente. This road megaproject generated a social movement to defend the territory, due to its environmental impact and the displacement of population.

Keywords: Megaprojects, La Malinche, July 26 Camp, ideology, symbolic strategies.

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