Juventudes de derecha de los años sesenta en América Latina

Ernesto Bohoslavsky*

 

Un punto que vale la pena destacar de los estudios sobre las derechas es que se producen a través de algo que uno podría llamar una historia no identitaria o una historia que no empatiza con el objeto de estudio; es decir, muchos de los que investigamos las derechas no simpatizamos o no nos identificamos con ellas. Lo cual no es necesariamente la norma, porque sí hay un montón de campos de historia en los cuales hay una evidente simpatía entre quien estudia y los objetos de estudio; pienso en la historia que realizan feministas, o la historia gay, o la historia ambiental practicada por gente que milita en organizaciones no gubernamentales ambientalistas. Es claro que hay historiadores de derecha que estudian a la derecha, sí. A mí me interesa el desafío contrario; esto es, cómo estudiar a las derechas teniendo el corazón a la izquierda.

 

Lo que intentaré comentar es eso: ¿cómo estudiar sin identificarse?, pero evitando, simultáneamente, otro riesgo: el de la demonización; es decir, dejarse tentar por la estigmatización y abandonar la tarea de, conocer al sujeto. Hay tres grandes maneras de encarar el estudio de las derechas. Ésta es, obviamente, una caracterización a trazo muy grueso que no respeta ninguna noción de matiz, no respeta periodización y que son más bien trazos, muy burdos.

 

Hay una primera forma de acercarse: un estudio de las ideas. Es decir, un estudio acerca de: ¿cuáles son las ideas de la derecha?, ¿qué decían los pensadores conservadores?, ¿que decía el positivismo a finales del siglo XIX sobre tal o cual tema? Ello para saber qué es lo que expresaban determinados pensadores o determinados políticos de fuerte reconocimiento sobre ciertas cuestiones de relevancia como el problema del orden, el problema de la justicia, el problema de la legitimidad del gobierno, el problema de la autoridad, etcétera.

 

Es un tipo de acercamiento centrado, como dije, en las ideas más que en los sujetos: el protagonista es el corpus doctrinario que se analiza. Es, para decirlo en términos de marxismo vulgar, una historia idealista de las ideas. Es una historia de ideas no encarnadas, que no están preñadas de una dimensión social, ni de condiciones específicas de producción. Entonces, es una historia de cómo encajan esas ideas en un panteón de historia de las ideas occidentales o nacionales. En ese enfoque hay una obsesión clasificatoria por identificar de qué tipo de derecha se trata. Son conservadores, pero ¿son conservadores liberales, son católicos conservadores, son nacional-católicos, son nacionalistas y católicos, son católicos y en segundo lugar nacionalistas? Hay una preocupación por la taxonomía, por clasificar al bicho en cuestión y ubicarlo en donde corresponde en una escala compleja: derecha radical, extrema derecha, derecha restauradora, etcétera. Hay varios sistemas de clasificación que se utilizan porque en este tipo de enfoque interesan las ideas, clasificarlas es parte del objetivo. Otra preocupación es uno de los deportes favoritos de todo historiador, es lo que se llama el método genético, esto es, de dónde vienen. Lo más importante es ver cuáles son las influencias, quiénes son los padres ideológicos de ese corpus doctrinario que se toma en consideración.

 

El segundo enfoque es de naturaleza mucho más cercana a la historia social, pero también mucho más cercana a los discursos partisanos y a los discursos para la actividad política. Aquí no importan las ideas sino los actores, a quienes se representa, se describe, se investiga como dotados de intereses básicamente materiales, a diferencia del enfoque anterior, que destaca las ideas y no los intereses que puede haber detrás de la defensa de esos principios en apariencia universales. En esta segunda lectura lo que uno encuentra es que la derecha es esencialmente la defensa de intereses, es la reacción frente a la amenaza de distribución de la propiedad, de pérdida de la deferencia y la jerarquía, de disolución de las formas tradicionales de autoridad, de pérdida del control político de la situación. En esta tesitura, en esa forma de enfocar el asunto, derecha es otra manera de decir dominación. Es la forma en la cual se nombra una ideología, que esencialmente es una sujeción de clase o una sujeción de varones sobre mujeres o de adultos sobre jóvenes o de una élite sobre nativos en una relación colonial, etcétera. Pero digamos que aquí las ideas no son relevantes porque en definitiva lo único que hacen es enmascarar. Las ideas no dicen lo que ocurre, sino que ocultan una relación de fuerza que es, por naturaleza, injusta. Por lo tanto, si en el primer enfoque la cuestión de la clasificación es crucial, acá es irrelevante. Porque en realidad la función de las ideas no es ideológica, las ideas no ordenan el mundo, lo que hacen es básicamente ocultar el mundo tal cual es en esta perspectiva; por lo tanto, no es relevante la cuestión de cómo pueden ser clasificadas. Tanto el fascismo como el nacional-catolicismo o el liberalismo son esencialmente la forma en la cual los intereses de clase se organizan y resisten a las amenazas.

 

Uno de los problemas que tiene este enfoque deriva del hecho de que es poco útil para atender la pluralidad ideológica de las derechas. ¿Cómo se explica que, en la práctica, haya muchas tradiciones de derecha simultáneamente? Si su única misión es enmascarar los intereses de la clase dominante, ¿para qué más de una ideología? Incluso, ¿por qué combaten entre sí sujetos, pensadores y grupos que están identificados con la derecha? ¿Cómo hacemos para entender los conflictos entre grupos de derecha católica a partir de los años sesenta, entre los seguidores de Lefebvre y aquellos más cercanos al Vaticano, cuando ninguno de ellos puede remotamente considerarse de izquierda?

 

El tercer enfoque, que a mi entender es el que hoy ofrece mayores ventajas y posibilidades para conocer algo sobre el sujeto, está afincado en un cruce entre la historia social y la historia política. Me parece que actualmente no tiene mucho para dar una historia de las ideas tal como se practicaba. Creo que una historia de los sistemas doctrinarios no tiene mucho para aportar, y en cambio, sí me parece que hay otras preguntas más interesantes y productivas. Una tiene que ver con el estudio no de las ideas, sino de las representaciones de los grupos de derecha, con la dimensión más cultural; esto es, con aquel conjunto de creencias, de percepciones, de formas de construir y representar el mundo que no van por el camino más consciente. Funcionan precisamente porque nadie se encarga de transmitirlas formalmente: los prejuicios, las representaciones acerca de qué está bien y qué está mal, cuáles son las jerarquías entre los humanos, entre varones y mujeres, entre pobres y ricos, entre alguien culto y alguien inculto. Ese tipo de caracterizaciones no aparece en las obras doctrinarias, pero considero que ofrece un campo interesante para alguien que tiene algún arsenal formado en historia cultural y social.

 

La segunda cantera por revisar es la de las prácticas, esto es: qué hacían realmente los sujetos de derecha. Eso significa no poner tanta atención en lo que escribían y sus obras doctrinarias, sino centrarse mucho más en cómo se difundían esas obras. ¿Qué tipo de movilizaciones callejeras conseguían? ¿Qué tipo de organizaciones montaban? ¿Qué vínculos tenían con otros actores sociales y con otras agrupaciones, sean estudiantiles, sean políticas —en el sentido más amplio del término—, sean órdenes religiosas o la iglesia a título oficial, miembros del empresariado, fuerzas de seguridad, gobiernos extranjeros? En todo caso, se trata de revisar fuentes que den cuenta de qué se hizo, qué se intentó hacer. Y no sólo prestando atención a la dimensión más intelectual de la actividad de derecha.

 

El otro punto en que me parece que vale la pena profundizar tiene que ver con el problema de las identidades. Esto es, cómo los grupos de derecha se piensan a sí mismos y simultáneamente cómo caracterizan y demonizan a sus adversarios. Esto es una invitación a revisar con herramientas de la historia cultural y de la historia social los procesos de identificación. ¿Qué es lo que dicen de sí mismos? ¿Qué ilustraciones utilizan en las revistas? ¿Cuál es el proceso de construcción del enemigo?

 

Esto puede aparecer en las viñetas de humor, por ejemplo, pero bastante menos en una obra doctrinaria. Aquí es relevante la cuestión de a quiénes recortan o identifican como adversarios y sobre todo cómo esto va mutando en el tiempo. Esas caracterizaciones están sometidas a una dinámica histórica: la de la política. En la medida en que un actor político quiere superar efectivamente sus desafíos y que le vaya cada vez mejor tiene que ser sensible a los cambios de coyuntura; ello implica empezar a decir algunas cosas y dejar de decir otras, esto es, incorporar elementos al inventario político y al mismo tiempo desclasificar otros.

 

En ese sentido, me parece que una historia de las derechas como la que aquí estoy proponiendo es una que transita un camino intermedio entre las ideas y las prácticas, entre los textos y los actos. Se pregunta, por ejemplo, por las trayectorias de los sujetos. ¿De dónde viene?, ¿por qué grupo pasó antes?, ¿qué otra cosa dijo antes?, ¿por qué acabó trabajando en tal o cual institución o militando en tal o cual organización y no en otra?, ¿de dónde venía y dónde terminó?, ¿de qué sociabilidad participaba y cómo eso le permitió moverse a tal o cual grupo?

 

Mirar así a los actores permite evitar las dos tentaciones que están implícitas en los primeros dos enfoques. Una es la de considerarlos pura y exclusivamente como actores intelectuales y sujetos que pertenecen nada más al mundo de las ideas. La otra tentación es la de suponerlos meros defensores de intereses de clase. Más bien creo que hay que tratar de ubicarlos en algún punto, que no será intermedio, pero en el cual no domina la coherencia ideológica ni tampoco la voluntad de ganar peso político a cualquier precio. Es decir, son actores políticos y eso significa que están en algún punto intermedio entre lo que quieren y lo que pueden hacer. Ni son todopoderosos, ni son sólo intelectuales, ni sólo defensores de intereses de clase.

 

En esa perspectiva, hay que estudiar a los actores según se alejan de sus pretensiones y de sus posibilidades. Yo creo que vale la pena retomar la cuestión de la clasificación, pero como una metodología y no como un objetivo en sí mismo. Es decir, un trabajo de investigación que termina diciendo: “Por todo lo expuesto, podemos decir que fulano de tal era X” (siendo X fascista, nacional católico, etcétera), creo que no es muy interesante. Me parece que, por el contrario, es útil la clasificación si se convierte en una metodología; esto es, si esa clasificación, esa posible tipología, nos permite decir algo más. Es poco, en mi opinión, llegar a la conclusión de que fulano de tal era, de acuerdo con este o aquel esquema clasificatorio, de cierto tipo. Considero que lo importante es que, una vez que podemos definir esto, establezcamos comparaciones con otros sujetos que también recibieron la misma calificación. La gracia está en ver si siempre fue esto así o cómo devino efectivamente en este tipo de bicho, cómo mutó en el tiempo. Cruzar el dato de la clasificación analítica con su propia calificación. Ustedes saben que la mejor manera de identificar a alguien de derecha es porque se define de centro. Con ello no necesariamente está mintiendo: es una forma de imaginarse en el escenario político. Siempre hay algunos que mienten, pero el asunto de la mentira no me parece tan relevante como el de la autoclasificación.

 

Otra de las cualidades que vale la pena señalar del tercer enfoque es el hecho de que permite saltar de la escala nacional a la transnacional; es decir, si a uno le interesan las prácticas, las trayectorias, la sociabilidad, entonces hay que ver cuál es la extensión real de las alianzas que esos sujetos tienen. ¿Qué cosas leen del exterior?, ¿cómo imaginan la situación de otros países?, ¿qué dicen acerca de lo que ocurre dentro del bloque soviético o en Cuba?, ¿cómo leen la política vaticana o la Revolución sandinista?, ¿qué vínculos tienen con dineros que provienen de diversos organismos internacionales, recursos cuyo origen a veces conocen y a veces no?, ¿qué vínculo tienen con una organización naturalmente transnacional como la iglesia católica?, ¿participan de espacios de sociabilidad con otras organizaciones de derecha en otra parte del planeta, por ejemplo de las diversas asociaciones anticomunistas de alcance global que existen?

 

Lo que hemos ido encontrando en los últimos años es que las derechas latinoamericanas han sido mucho más trasnacionales de lo que creíamos, y que, además, los lazos entre organizaciones de derecha de América Latina han sido mucho más frecuentes, productivos e intensos de lo que suponíamos.

 

En general, el enfoque que se usaba, basado en historia de las ideas, postulaba que el corpus ideológico provenía de Francia, de España, de Italia, viajaba a través del Atlántico y aquí se lo recibía y se lo reproducía. Hoy este tipo de enfoque que parte de la noción de influencia, a mi juicio, está claramente incapacitado para entender cuál es la dinámica trasnacional de las ideas. Me parece que un enfoque como el que yo estoy comentando aquí, antes que hablar de influencia habla de usos locales. Es decir: creo que si algún autor europeo claramente ubicado a la derecha tiene buena prensa y circulación en algún país latinoamericano, es menos productivo estudiar a ese autor que las intenciones de quienes se encargan de traducirlo y difundirlo localmente. Considero que es mucho más interesante ver cuál es su recepción, es decir, quiénes opinan que es útil para sus propios intereses, y por ello lo publican o traducen.

 

Vistas así las cosas, parece natural que hoy el estudio de las derechas no se concentre tanto en los individuos sino más bien en el análisis de redes: ¿cuáles son sus ámbitos de pertenencia, sus trayectorias, los nodos que vinculan a esas organizaciones entre países de América, entre algún país de América Latina y Estados Unidos, entre algún país de América y Europa o de alcance todavía mayor? (estoy pensando en algunas organizaciones anticomunistas con base en Corea como la que orientaba el reverendo Sun-Myung Moon). Entonces uno podría concluir: la historia de las derechas hoy ha abandonado el estudio y la obsesión clasificatoria por las ideas, por el contenido doctrinario, y está mucho más preocupada por la circulación de sujetos, por la sociabilidad, por el estudio de las trayectorias y las redes, a las cuales se les reconoce un carácter trasnacional.

 

Para cerrar, quisiera decir algunas cosas acerca de cuál es la relevancia que puede tener estudiar la historia de las derechas, una relevancia, a mi entender, tanto epistemológica como política. En el nivel más epistemológico uno podría decir que estudiar las derechas permite saber mucho más acerca de otros aspectos de la realidad: sobre las ideas que circulaban y los debates de ideas, sobre qué discutían las sociedades, qué proyectos alternativos había. Contribuye a conocer mejor los conflictos entre los grupos y dentro de las mismas instituciones. Permite conocer más de la política. Ayuda, a la vez, a conocer más sobre cuán complejos son los procesos de circulación trasnacional de las ideas, que están lejos de reducirse a la dinámica de la influencia de que uno emite y otro recibe y reproduce. Conocer, estudiar a las derechas nos permite entrar en un tema crucial en teoría y filosofía política como es la construcción de un orden legítimo. Creo yo que éste es un problema central del estudio de cualquier sociedad poscolonial como las latinoamericanas y las africanas

 

Ahora, un problema particular es cómo hacer una historia no identitaria de las derechas. ¿Qué ventajas y desventajas tiene no identificarse con el objeto? Una desventaja es que probablemente hay muchos aspectos del discurso y de las prácticas de los sujetos que se analizan que se le escapen al investigador. Aquellos que se han dedicado a la historia de la Iglesia claramente encuentran una diferencia entre los que pueden leer y ver, los que están iniciados en los secretos del mundo católico y los que no. Entonces, no estar adentro implica que le resulta más difícil, o que quizá uno no alcanza a ver la complejidad que tiene delante. Además, hay una complicación adicional relacionada con la repulsión que generan ciertas ideas y qué hace el investigador frente a ello. La cuestión incluso posee un nivel psicológico: ¿cómo se hace para leer algo que da asco? Es un problema: ¿cómo reconocer la legitimidad de un documento como objeto historiográfico y simultáneamente estar parapetado en una posición y decir “con esto no coincido” o “menos mal que esta gente no ganó la guerra o perdió las elecciones”? Ése es un desafío para el cual no tengo —no creo que haya tampoco— demasiados remedios. Lo que me parece en todo caso es que hay que evitar la condena y tratar de conocer el porqué de esas pretensiones doctrinarias; no sólo tirarlas en el bote de basura ideológica, al que uno envía muchas cosas, sino tratar de deconstruir esa serie de ideas y, sobre todo, prestarles menos atención a las ideas y concentrarse mucho más en las prácticas y en las representaciones de esos sujetos.

 

La segunda cuestión sobre la relevancia se relaciona con por qué una persona que tiene el corazón ubicado a la izquierda debería interesarse por las derechas. Y yo creo que hay razones políticas y no sólo epistemológicas para esto. La primera es la siguiente, que a muchos puede no gustarles, pero difícilmente estarán en desacuerdo: en buena medida, la historia de la humanidad, entendiendo por tal desde el momento en el que conseguimos bajar de algún árbol y caminar con dos pies (de esto hace dos millones de años más o menos), es la historia del mantenimiento del orden, es la historia del statu quo; está claro que es mucho más interesante enseñar y aprender sobre revoluciones. De esto creo que nadie podría tampoco decir que está mal.

 

Ahora, si uno tiene que comparar el éxito real del mantenimiento del orden respecto de las empresas destinadas a subvertir el orden, uno podría decir que claramente la historiografía que se produce está desorientada. La cantidad de gente que se dedica a estudiar revolucionarios o aspirantes a revolucionarios respecto de la cantidad de gente que se dedica a estudiar contrarrevolucionarios, contrastada con el éxito de los contrarrevolucionarios frente al de los revolucionarios revela que ahí hay un desfase. Me parece que incluso en el alma de aquellos que no toleran esta situación que yo describo se ha de reconocer el triunfo casi permanente del orden sobre la subversión. Por ello, entender mejor el proceso por el cual el orden se construye y se reproduce de manera casi automática es parte de una agenda política. Si no, me parece que no hay manera de desarmarlo. Si no se deconstruyen los mecanismos por los cuales el mundo efectivamente sigue andando, es muy complicado modificarlo. Si uno no logra desarmar cómo es que resulta tan exitosa esa combinación de principios ideológicos y violencia que constituye el sostén de la reproducción del orden, sea local, nacional o mundial, difícilmente se puede proponer una agenda destinada a modificar ese orden. No estoy diciendo que si todos nos dedicamos a estudiar a las derechas en cinco años cambiaremos el planeta, no; pero me parece que, si no sabemos cómo son los engranajes por los cuales el mundo sigue siendo el mundo, difícilmente podemos hacer saltar esos engranajes

 

No está de más recordar lo que señalaba Gramsci: todo orden político, todo orden de dominación descansa en una proporción de consenso y de violencia. Cada sociedad tiene una combinación más o menos estable, más o menos inestable. En general, los niveles de violencia en las sociedades modernas tienden a ser bajos: no se producen de manera cotidiana ni frecuente los asaltos a las formas desiguales de distribución, de la deferencia, de los recursos, etcétera. ¿Por qué no? Ahí el problema crucial es por qué para la mayor parte de la población, la injusticia no se vive como injusticia. O aún peor:¿por qué la injusticia aparece revestida como un orden justo?

 

Entender ese problema significa meterse de lleno con las derechas, con sus ideas y sus actores, no necesariamente en el sentido partidario, pero sí con las ideas que permiten la conservación y la reproducción del mundo. Se trata de entender cuáles son los procesos que forjan esa dominación, con la esperanza —no digo con la certeza, pero sí con la esperanza— de que así se pueda subvertirla. No se trata de estudiarlas para canonizarlas, sino de estudiarlas efectivamente para ver dónde uno puede meter una cuña y ahí romper el automatismo de la reproducción social. Esto conlleva también entender que los derechistas y las figuras identificadas con las derechas son sujetos políticos, no son espantapájaros. No son el interés disfrazado, son sujetos dotados de un conjunto de recursos simbólicos, retóricos —¡ni qué decir económicos y políticos!—, que además son, en general, exitosos. Entonces, de lo que se trata es de tomárselos en serio. No alcanza con la denuncia, sino que hay que apostar por una percepción mucho más ajustada de quiénes son, qué hacen, cómo piensan el mundo y, sobre todo, cómo convencen a quienes se llevan la peor parte del mundo de que esto deber seguir siendo así.

 


* Universidad Nacional de General Sarmiento, Buenos Aires, Argentina. Transcripción editada de la conferencia impartida en Conversando con... Ernesto Bohoslavsky. Dirección de Estudios Históricos, 20 de julio de 2016

 

 

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Bohoslavsky destaca tres perspectivas fundamentales para el estudio de las derechas: el análisis de las ideas o el corpus doctrinal de aquéllas; la identificación de los actores y sus intereses, y el estudio de sus representaciones y prácticas. También señala que esa última suele ser la vía más productiva para un análisis complejo. Además, sostiene que uno de los hallazgos más importantes de los últimos años es que los derechos latinoamericanos han sido mucho más transnacionales de lo que se creía anteriormente, y que los vínculos entre sus diferentes actores son más frecuentes, productivos e intensos de lo que se suponía.

Palabras clave: derechas latinoamericanas, redes trasnacionales, historia conectada.

 

Abstract

Bohoslavsky highlights three fundamental perspectives for the study of right-wing groups: the analysis of their ideas or their doctrinal corpus, the identification of actors and their interests, and the study of their representations and practices; pointing out that the latter is usually more productive for complex analysis. Bohoslavsky argues that one of the most important findings of recent years is that Latin American rights have been much more transnational than previously believed and that the bonds between their different actors are more frequent, productive, and intense than was supposed.

Keywords: Latin American right-wing groups, transnational networks, connected history.

 

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