El 68 en bicicleta

Sergio Hernández*

 

El año de 1968 me agarró en bicicleta. En ese entonces vivía con mis padres, mi hermano y mi abuela en la colonia Guadalupe Tepeyac, un barrio popular próximo a la Villa de Guadalupe, en el norte de la Ciudad de México. Los niños de la colonia nos apropiábamos de calles y avenidas en un amplio radio que nos permitía recorrer en bicicleta muy rápidamente desde la Villa de Guadalupe hasta la glorieta de Peralvillo y, de oriente a poniente, desde la zona de fábricas en la avenida Ferrocarril Hidalgo hasta la avenida Insurgentes Norte, donde se ubica la Preparatoria 9 de la UNAM.

 

Nos sentíamos orgullosos de nuestras bicicletas porque nos transportaban hacia donde nos daba la gana ir. Las habíamos decorado a nuestro antojo, con listones plásticos en los manubrios y pequeñas esferas multicolores incrustadas en los rayos de ambas ruedas que sonaban cadenciosamente con el movimiento lento de la bicicleta. También les habíamos añadido unos gruesos tornillos en el eje de la rueda trasera para llevar a un acompañante parado. Les llamaban “diablitos”. Y no podía faltar el timbre que avisaba a los peatones que se hicieran a un lado a nuestro paso veloz.

 

En un extremo de mi colonia se localizaba la enorme fábrica de automóviles y camiones Ford, cuya extensión rompía la fluidez de nuestras calles, por lo que había que bordearla para trasladarnos al otro extremo. Las rejas alámbricas permitían a nuestra curiosidad infantil explorar el gran movimiento de hombres y maquinarias que no paraban de trabajar de día y de noche.

 

Uno de nuestros paseos favoritos en bicicleta era trasladarnos a la zona de altos y modernos edificios de Tlatelolco, colindante con Peralvillo. El conjunto habitacional de Tlatelolco era otro mundo comparado con mi colonia; sus corredores, plazas, jardines y estacionamientos no tenían nada que ver con la forma en que estaba organizado mi barrio. Tal vez por eso nos gustaba recorrer esos angostos pasillos con jardines, atravesar sus grandes plazas, ingresar a los edificios y, mediante sus elevadores, ascender a los pisos altos para observar el trazo recto de Reforma y buena parte de la ciudad.

 

Además de la bicicleta, las tardes las pasábamos jugando futbol. Con sólo cuatro piedras delimitábamos las dos porterías y las calles se volvían estadios. La calle más ancha era para nosotros el estadio Azteca, mientras que la más angosta se transformaba en La Bombonera de Toluca.

 

Las ideas y las cosas empiezan a cambiar

 

En nuestro mundo estaba presente ante todo la radio; la televisión sólo de manera paulatina se fue apropiando de nuestro tiempo. Al salir de la escuela, llegaba diariamente a la esquina un pequeño carro de madera que vendía helados de vainilla, chocolate y fresa. Además del interés por comprar un barquillo, los niños nos agolpábamos para escuchar la radio portátil que colgaba en el techo del carrito.

 

Escuchábamos en compañía del heladero un programa que venía, según nosotros, de Cuba: La tremenda corte. Las tranzas, engaños y andanzas de Tres Patines, el protagonista de la serie que inevitablemente acababa condenado por el juez, nos entretenían y hacían reír. Pero no sólo eran las aventuras de Tres Patines lo que nos atrapaba, era también el acento extraño y jocoso del protagonista, sus palabras entrecortadas. Al terminar este programa, si no nos llamaban a comer, escuchábamos además el programa siguiente, Kalimán, el hombre increíble, que nos trasportaba al mundo de aventuras que se desarrollaban en lugares lejanos y desconocidos.

 

La música que escuchábamos en la radio también fue un importante vehículo del mundo que empezábamos a descubrir. Radio Éxitos y Radio Capital eran nuestras estaciones preferidas, y Los Beatles y otros grupos ingleses y norteamericanos de rock and roll nos envolvían con ritmos novedosos que empezaban a despertar nuestros gustos musicales y a animar nuestras fiestas. La canción del “Cuarteto de Liverpool” que más se escuchó en ese año era “Hey Jude” y, sin comprender su significado, cantábamos una y otra vez sus estrofas en inglés, no nos importaba que estuvieran mal pronunciadas. En español, cantábamos las canciones de los grupos y baladistas mexicanos que en Radio Mil o en Radio Variedades formaron parte de nuestra generación, así como los cover, que no eran otra cosa que la adaptación en español de melodías que en inglés eran un éxito. La canción “Bule bule”, interpretada por los Rockin’ Devils, fue sólo una de tantas que con mayor insistencia oíamos y bailábamos.

 

Sin saberlo, en nuestra vida cotidiana estábamos inmersos en una serie de cambios culturales y formas de entender el mundo. Las nuevas formas de vestir y de arreglarse entraron en conflicto con nuestros padres y con las formas tradicionales de pensar de los mayores, a quienes apodábamos la “momiza”. Muchos de nosotros deseábamos tener el pelo largo como el de nuestros grupos favoritos de rock. Sin embargo, en mi caso el peluquero del barrio ya tenía instrucciones de mi padre de dejarme siempre el pelo lo más corto posible, a pesar de mis ruegos.

 

Las mujeres también formaron parte de los cambios que se generaban con gran rapidez en esos años. Las hermanas mayores de mis amigos y mis compañeras de escuela se empeñaron en usar faldas cortas, o minifaldas, como empezaron a llamarlas. La disputa por su uso no tardó en hacerse presente: en las secundarias cercanas, los maestros no dejaban entrar a aquellas muchachas que trajeran la falda por encima de la rodilla. Al salir de clase, mediante alfileres y seguros, ellas decidían finalmente hasta dónde mostrar pierna. En lo personal no dejaba de sorprenderme la profunda indignación que en muchas señoras de la colonia causaban las minifaldas; menos aún entendía por qué estas señoras se santiguaban al ver pasar a una de las chicas con sus hermosas minifaldas.

 

El movimiento estudiantil irrumpe en nuestra vida cotidiana

 

En agosto de 1968, el movimiento estudiantil irrumpió en nuestro pequeño mundo de bicicletas, futbol y música. Las brigadas de estudiantes en los mercados repartían papelitos donde explicaban sus peticiones. Fue la primera vez que supe lo que era un “volante”. Los estudiantes se apostaban en la puerta 3 de la fábrica Ford y en las entradas de los mercados para repartir esos volantes y hacer “mítines relámpago” donde explicaban los motivos de su lucha. Las pintas en escuelas y camiones también nos indicaban que estaba pasando algo que no alcanzábamos a comprender del todo pero que nos fue inundando como una enorme ola que alteraba nuestros juegos y nuestra idea del país en el que vivíamos.

 

Hasta ese entonces, en el barrio estábamos acostumbrados a las peregrinaciones que pasaban diariamente por el camellón de la calzada de Guadalupe. Las más grandes y masivas eran sin duda las que tenían lugar el día 12 de diciembre, cuando íbamos a cantarle las mañanitas a la Virgen. Eso era lo más parecido que habían visto nuestros ojos a las multitudinarias manifestaciones que entonces tomaron las calles de la ciudad. Esas nuevas “peregrinaciones estudiantiles” —como las denominó un amigo, provocándonos una ruidosa carcajada por largo rato— eran explosivamente ruidosas y festivas comparadas con las recurrentes peregrinaciones guadalupanas que avanzaban en silencio por el camellón central de la calzada de Guadalupe.

 

La situación que todos empezábamos a experimentar día tras día no se parecía en nada al título de la canción de Julio Iglesias que escuchábamos insistentemente en la radio, “La vida sigue igual”. Mi hermano había ingresado en ese mismo año a la escuela secundaria conocida como iniciación universitaria, en la Preparatoria 2. Las instalaciones de la prepa se localizaban a unos cuantos pasos del zócalo de la ciudad. Los enfrentamientos entre la policía y los estudiantes llegaron a mis oídos de manera directa con los comentarios que se hacían en mi familia.

 

Cada vez que se sabía o rumoraba de alguna gresca entre estudiantes y “granaderos”, mi abuela y yo salíamos corriendo de la casa a la prepa para ir a rescatar a mi hermano, a quien imaginábamos golpeado o perseguido. En un principio no sabíamos quiénes eran esos granaderos, pero los dibujos y caricaturas que tapizaron las preparatorias nos dieron la definición más precisa de esa palabra.

 

Por otro lado, mi madre trabajaba como maestra en dos escuelas primarias, una en el turno matutino y otra en el vespertino. Además estudiaba por las noches en la Normal Superior, en el barrio de San Cosme, y estaba a punto de graduarse como maestra de la asignatura de geografía, que años después impartiría en varias secundarias. La Normal entró en huelga en el mes de agosto junto con las escuelas del Politécnico y las de la UNAM.

 

En una ocasión, mi hermano y yo acompañamos a mi madre a una asamblea en su escuela. La experiencia no fue totalmente de mi agrado. Después de largas horas de discusión, esperaba que las acciones de los maestros fueran más contundentes contra los temibles granaderos y el general Luis Cueto, jefe de la policía, que se convirtieron desde ese entonces en los enemigos número uno míos y de todos mis amigos.

 

La matanza de Tlatelolco y el paréntesis de las Olimpiadas

 

Las movilizaciones estudiantiles siguieron en el mes de septiembre y el ejército tomó los planteles educativos, por lo que mi hermano se sumó a todos los amigos que ya estábamos de vacaciones. En los primeros días de octubre se rumoraba que era probable el regreso a clases ante la euforia por las Olimpiadas que ya se vivía en toda la ciudad. Sin embargo, en plena Plaza de las Culturas, por donde habían atravesado nuestras bicicletas, la tarde del 2 de octubre se llevó a cabo un mitin de estudiantes. Por la noche, muchos de nosotros nos enteramos de que el ejército había dispersado la reunión y que habían muerto estudiantes durante la balacera que se había registrado. Se empezó a correr la voz de que no nos acercáramos a esa zona porque el ejército había tomado el conjunto habitacional y estaba irrumpiendo en los departamentos a la fuerza.

 

Los periódicos y las noticias no ofrecieron ninguna información de la matanza. Nos dimos cuenta de que, en efecto, eran “prensa vendida” como gritaban los estudiantes. La verdad de lo ocurrido se transmitió de boca en boca. Los amigos bicicleteros asistimos al lugar de los acontecimientos, días después de que el ejército ya se había retirado. Lo que encontramos fueron escalones rotos y evidencias de disparos en el suelo y en los muros del edificio Chihuahua. Hasta ahí llegó nuestra investigación, pero bastó para que no nos quedara duda de que el ejército había disparado a la multitud reunida en la plaza.

 

Diez días después de la matanza en Tlatelolco se inauguraron los juegos olímpicos. La imagen de la ciudad se transformó en las semanas en que transcurrieron los juegos. Ya no había pintas en los camiones ni estudiantes entregando volantes. Los adornos en las sedes de los distintos deportes, los logos y pendones olímpicos se colgaron por distintos rumbos de la ciudad, y las luces de colores iluminaban las noches en importantes avenidas. Ahora era una ciudad multicolor, a la que se sumaba la gran diversidad de turistas y deportistas de todo el mundo que se veían por doquier.

 

Durante los días en que se entablaron las competencias, debido a que las escuelas universitarias seguían en huelga y las primarias y secundarias estaban de vacaciones, todos los niños del barrio nos dedicamos a vivir las competiciones y nos imbuimos de un espíritu patrio con las hazañas de los deportistas mexicanos que ganaron una medalla olímpica. Las bicicletas y el futbol pasaron a un segundo término y nos olvidamos por completo del movimiento estudiantil y de las manifestaciones; ahora hacíamos competencias de caminata inspirados en la medalla de plata que obtuvo José Pedraza en la competencia de 20 kilómetros.

 

Al terminar los juegos, volvimos a nuestra realidad cotidiana. Mis amigos habían ingresado a la escuela y mi hermano reanudó sus clases en la preparatoria a fines de noviembre, cuando las escuelas decidieron levantar la huelga. El movimiento estudiantil había sido derrotado y sus dirigentes terminaron en la cárcel. En todos nosotros quedó un sabor amargo y un temor de que en cualquier momento los estudiantes seríamos blanco de represión por cualquier motivo.

 

Yo me sentí más solo que nunca. No había ingresado a la secundaria oficial como mis amigos pues, siguiendo los pasos de mi hermano, preferí la iniciación universitaria. Para eso tenía que esperar que terminara el ciclo escolar anterior, truncado por la huelga, por lo que fue hasta los primeros meses de 1969 cuando nuevamente me sentí estudiante. Ingresar a la prepa representó para mí una experiencia liberadora. Nadie me vigilaba y las puertas tanto de la escuela como de las clases estaban abiertas para cuando yo decidiera salir. El horrendo uniforme color caqui y la corbata que mis amigos usaban en su secundaria me hacían sentir que estaba por encima de ellos. Dejamos igualmente nuestros paseos en bicicleta sólo para contadas ocasiones.

 

El año de 1969 lo pasé involucrado en mi nueva escuela hasta que llegó el día 2 de octubre, cuando se cumplía un año de la matanza. Algunos de mis compañeros y yo decidimos usar un brazalete negro para recordar a los estudiantes asesinados en Tlatelolco. Con gran temor paseamos por algunas calles del centro, pensando que en cualquier momento la policía nos pondría detener. Ésa fue la primera experiencia que tuve para conmemorar la matanza de Tlatelolco. A partir de ese año la consigna “¡2 de octubre no se olvida!” se convirtió en el grito de estudiantes que año tras año recuerdan a sus muertos y condenan ese crimen.

 

Mi bicicleta quedó arrumbada y en el olvido después de 1968, pero lo que ese año nos legó se convirtió en un referente permanente para muchos estudiantes que ingresamos al sistema universitario. El movimiento estudiantil derrotado inspiraría nuevas luchas por las libertades democráticas y por la transformación del régimen autoritario que asesinó y encarceló a estudiantes y que, a cincuenta años de distancia, se niega a morir del todo.

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

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Sergio Hernández

Resumen

Desde la mirada de un adolescente, Hernández narra su experiencia, llena de los cambios culturales que llegaron en los años sesenta, entre fútbol, bicicletas y música. La irrupción que representó el movimiento estudiantil en la vida cotidiana de la familia y los amigos, el cual pasó de un imaginario de manifestaciones estudiantiles y granaderos a una realidad cruel que transformó para siempre sus vidas.

Palabras clave: 1968, movimiento estudiantil, bicicletas, México 1968, manifestaciones, Olimpiadas 1968.

 

Abstract

From the gaze of an adolescent, Hernández recounts his experience filled with the cultural changes of the sixties, football, bicycles and music. The irruption of the students’ movement in the everyday life of family and friends, passed from an imaginary about marches and soldiers to the cruel reality that transformed their lives.

Keywords: 1968, student movement, bicycles, Mexico 1968, marches, 1968 Olympics.

 

 

 

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