La caravana del hambre

José Revueltas, Marcha del hambre sobre el desierto y la nieve, Gobierno del Estado de Coahuila / Secretaría de Cultura, 2018.

Alejandro Pérez Cervantes*

 

Sumario

La madrugada del 4 de febrero de 1951, más de cinco mil mineros en huelga pernoctaban en pleno semidesierto a las afueras de Saltillo. Hasta ahí llegó un reportero procedente de la capital, seguido de un joven fotógrafo, para acompañarlos en su entrada a la capital y registrar de primera mano lo que luego se conoció como “La caravana del hambre”. El joven cronista, ya con un premio nacional y tres novelas en su haber, escribió:

 

—¿A dónde queda el campamento? —pregunté no sin cierta ingenuidad. La creciente llama de la hoguera hizo que los ojos de Alfaro brillaran con un asombro burlón al clavar sobre mí una mirada incrédula. —¿Pues cuál campamento? ¡Éste es el campamento, no hay otro! Todo esto está lleno de gente durmiendo aquí mismo, a dos pasos. ¡Qué! ¿No los mira? —y señalaba con el brazo las duras tinieblas impenetrables. No; de mirarlos no. Pero ahora, después de las palabras de Alfaro, sentía en mi derredor esa inopinada y asombrosa existencia de aquellos miles de cuerpos yacentes en la oscuridad, inmóviles y vivos, como si las palabras los hubieran hecho nacer de pronto de la nada. Pensé que no hay nada más extraordinariamente mágico que la palabra del hombre, que todo lo puebla, que todo lo transmite, que todo lo crea.

 

La huelga

Luego de declarar la huelga y no lograr acuerdos con la compañía Asarco, el poblado minero de Nueva Rosita había sido declarado en estado de sitio por el gobierno federal, encabezado aún por un saliente Miguel Alemán. El ejército patrullaba el poblado: hubo suspensión de garantías y la Secretaría del Trabajo ordenó la congelación de los fondos de resistencia. Se clausuró la cooperativa de consumo, que llevó a los huelguistas y sus familias a condiciones críticas de subsistencia y salud: se había suspendido también la atención médica. Así, en una rápida asamblea, se decidió emprender una marcha hasta la capital, para pedir la restitución de sus derechos. “Son un pequeño grupo de agitadores comunistas”, dijo de ellos la prensa capitalina. “Se trata de agraristas y campesinos pagados, que vienen cometiendo toda clase de tropelías, robando gallinas y escandalizando”. También se dijo que la caravana se había desintegrado, que los líderes venían en lujosos automóviles y los mineros a pie... Como llevaban un estandarte con una imagen de Santa Bárbara, la virgen de los mineros, otros medios de izquierda los tildaron de “guadalupanos”. Pero no todo fue rechazo: el Taller de Gráfica Popular organizó brigadas y lanzó publicaciones emergentes de apoyo. O la revista Hoy, que encargó la crónica y buscaba una visión más objetiva de la crisis (el texto sería publicado también en el periódico El Popular).

 

El movimiento minero en Coahuila venía desde mucho antes. En los años veinte, intelectuales como Federico Berrueto Ramón y Casiano Campos —apenas salidos de la adolescencia— habían viajado a la región carbonífera para alfabetizar y organizar a los sectores mineros que sufrían el abuso de las compañías mineras extranjeras, con anuencia del poder político local.

 

La llegada a Saltillo

Cuando José Revueltas presenció junto a los huelguistas la danza del fuego que los malprotegía del duro invierno del noreste, escribió:

 

Se me ocurrió entonces, a falta de otra cosa, imaginar que la civilización nos ha apartado de ese antiguo y juvenil dios de nuestros antepasados que es el fuego, y que a fuerza de conservarlo, prisionero y triste, dentro de radiadores y maquinarias, y a fuerza de invocarlo con el humillante procedimiento de oprimir un botón o mover una palanca, se nos niega y se burla de nosotros cuando tratamos de verlo en su primera desnudez, danzando ante nosotros con su ondulante cuerpo mitológico.

 

Entraron a Saltillo, la capital de Coahuila, el 4 de febrero de 1951. Ahí, se organizó un gran mitin frente al palacio de gobierno. Los representantes de la empresa, con el gobierno estatal como intermediario, dijeron que las condiciones propuestas por los huelguistas “eran inaceptables”. Todo Saltillo acogió a los mineros. El párroco dijo emocionado: “¡Si éstos son comunistas, yo también!”, y bendijo la caravana.

 

Habían salido de Nueva Rosita el 20 de enero de 1951: cinco mil mineros, cientos de mujeres y algunos niños. Recorrieron 1 400 kilómetros desde Nueva Rosita hasta la Ciudad de México, durante casi cincuenta días, a donde llegaron el 10 de marzo. Revueltas los describió así:

 

A lo largo de la carretera se tendía un múltiple cuerpo humano de cuatro mil quinientas cabezas, sin contar a las mujeres y a los niños, que ocupaba un poco más de dos kilómetros. Entre la multitud, moviéndose sin descanso, infatigable, se veía a nuestro joven Casasola, el disco metálico del flash de cuya cámara, herido por los resplandores del sol, apareciendo y desapareciendo como en un combate cuerpo a cuerpo, lanzaba vibrantes destellos, igual que el escudo de un guerrero.

 

En la capital fueron recibidos con euforia por la población y sectores disidentes, para luego ser albergados en el deportivo 18 de Marzo, en Lindavista. A partir de ahí, les dieron largas.

 

Nunca fueron recibidos por el presidente. Semanas después, un tribunal emitió un laudo a favor de la compañía minera Mexican Zinc, filial de Asarco, propiedad de la familia Guggenheim. Desgastados, rendidos, fueron regresados en autobuses y tren para encontrarse con que habían sido despedidos. Unos aceptaron las nuevas condiciones. Otros, se fueron de braceros. Días antes, uno de ellos, entre la oscuridad del desierto, había preguntado al cronista: “¿Pues de dónde nos viene esta desgracia, señor, de que no nos quieran hacer justicia?”

 

El autor de El luto humano eternizó en su potente prosa la desigual lucha de estos desesperados así:

 

Del mismo modo que Ambrosio Guajardo, aparecen ante mí muchos otros mineros, centenares, miles, todos ellos recios, parcos, confiados en su fuerza. Veo sus pies llenos de sangre y ampollas. Recuerdo los pies deformes de una mujer, Hortensia Álvarez, mientras refrescaba sus plantas agrietadas en un sucio charco de agua; recuerdo esos pies y aún me parece que escucho las palabras que la mujer me dirigió, en tanto sus labios se entreabrían magníficamente en una sonrisa llena de diafanidad y de orgullo: —Nos ampollamos y nos volvemos a ampollar, pero ni quien nos detenga.

 

El reflejo en la obra

En Los días terrenales uno de los personajes de Revueltas organizó una marcha a pie, de Puebla a la capital, “con los obreros sin trabajo y sus familias, para protestar por la falta de medidas gubernamentales en contra de la crisis”. Fidel Serrano, líder de aquel contingente, imagina “las circunstancias, el terrible cansancio de la caminata, la legión harapienta de hombres y mujeres sobre el asfalto caliente de la carretera en un viaje de más de cien kilómetros”.

 

También en El luto humano, la novela de 1943 que le valió a Revueltas su primer galardón, dibuja el éxodo de campesinos en luto por una niña. Desde el principio, cuando caracteriza a los protagonistas, Adán y Úrsulo, rivales mortales, los considera herederos “de las viejas caminatas donde edades enteras iban muriendo, por generaciones, en busca del águila y la serpiente”. Antes de la tempestad, cuando el incipiente desbordar del río se torna algo “tan negro que podía estar en el aire, ser río celeste”, los pies se volvieron “lo único seguro y cardinal”. En la crónica al igual que en su obra novelística, Revueltas busca revelarnos que hay “un país de muertos caminando, hondo país en busca del ancla, del sostén secreto”.

 

Así como a los sujetos de su texto, a Revueltas tampoco le fue bien. Paradójicamente, su novela Los días terrenales y su obra teatral El cuadrante de la soledad provocaron una fuerte polémica con el Partido Comunista Mexicano y amplios sectores de la izquierda de entonces, que lo calificaron como pequeñoburgués, reaccionario y revisionista. La primera recibió incluso la severa censura del poeta chileno Pablo Neruda.

 

Ante la avalancha de rechazo, Revueltas decidió retirar de circulación el libro, mismo que le había hecho ganar el Premio Nacional de Literatura en 1949. Al momento de la realización del reportaje para la revista Hoy, Revueltas tenía treintaisiete años y había publicado ya sus tres libros más importantes: El luto humano, Dios en la Tierra y Los días terrenales.

 

En 2018, en el aniversario sesenta y siete de esta gesta, la Secretaría de Cultura de Coahuila reeditó esta crónica en un breve volumen, acompañado por las imágenes originales de Ismael Casasola.

 


* Universidad Autónoma de Coahuila.

 

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José Revueltas, Marcha del hambre sobre el desierto y la nieve, Gobierno del Estado de Coahuila / Secretaría de Cultura, 2018.

Alejandro Pérez Cervantes*

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