El vendedor de silencio

Enrique Serna, El vendedor de silencio, México, Alfaguara, 2019.

Rebeca Monroy Nasr*

 

En la portada, la mirada audaz, dura, de un Carlos Denegri medianamente joven, que sin intimidarse posa claramente para la cámara, reencuadre de una imagen captada en algún evento social. Tomado del brazo de una dama guapa y joven, podemos verlo claramente con su sonrisa socarrona, una disimulada mirada retadora que parece dirigirse a un lado y otro de la escena, entradas que anunciaban una calvicie prematura, los ojos verdes clavados en el espectador. Con apariencia de conquistador de almas, no denota su leyenda negra. Ése es el Carlos Denegri que parece emerger del tintero de Enrique Serna, quien sólo en las páginas finales nos permite comprender su método de trabajo al señalar: “Por caminos divergentes, la historia y la novela histórica se complementan en la tarea de mostrar los diferentes ángulos de una verdad poliédrica” (p. 483).

 

Esta frase contundente revela lo que busca el autor en sus 485 páginas de riquezas extremas. Y con esto me refiero a su capacidad de reunir datos históricos a través de fuertes jornadas hemerográficas, revisiones de archivo, entrevistas, lecturas y miradas varias hacia los personajes, eventos, situaciones en que se movió Carlos Denegri. Periodista formado en el fragor de los teclazos, poseyó un impresionante dominio de lenguas, pues hablaba inglés, francés y alemán, dentro del mundo mexicano monolingüe. Se hizo políglota como producto de sus estancias en el extranjero, al viajar y vivir con su padrastro, Ramón P. Denegri, quien le dio su apellido y una vida cómoda hasta cierto punto. El padrastro Denegri fue colaborador del presidente Álvaro Obregón, embajador en Alemania durante el régimen de Plutarco Elías Calles, secretario de Industria y Comercio con Emilio Portes Gil. Después estuvo asilado en Bélgica y Pascual Ortiz Rubio intentó enviarlo a Guatemala, momento en que renunció. Regresó bajo el cardenismo y fue enviado a la España convulsa para apoyar a los republicanos desde la embajada. Como hombre institucional, tuvo una importante presencia en la posrevolución, pero en ello también llevó su pecado.

 

Carlos Denegri nació en 1910, justo con el inicio de la revuelta armada, y así fue su vida, marcada por el supuesto abandono de su padre biológico y una crianza en medio de lujos y viajes, que le daría el estilo de trabajo que fue logrando en el camino. Mal alumno, no culminó la escuela, pero los idiomas que dominó y su espíritu de escritor, aunque no hizo de él un poeta, le abrió las puertas del periodismo, que se convirtió en su ruta profesional. Y su habilidad personal lo llevó mucho más allá.

 

Los primeros años del joven Denegri los reconstruye el autor a partir de un supuesto diario escrito con intenciones de ser publicado algún día. Un diario en el que se vuelcan verdades claras, como los puestos que ocupó su padre y él mismo, todos ellos producto del amiguismo y del compadrazgo. O el enriquecimiento ilícito de Ramón Denegri, que Carlos ve como una prueba de que no era mediocre ni “menso”, como otros políticos de la época. Quedan al descubierto así algunas de las formas de corrupción del partido en el poder a lo largo del siglo XX (p. 84).

 

La primera parte de la novela es entonces un recuento de expresiones del poder gubernamental, del poder de los sonorenses, de los pactos para obtener puestos, dinero, viajes, buenos acomodos: en una palabra, el disfrute del poder. Un aspecto que sobresale en esta red de información acerca de la personalidad de Denegri es el de las mujeres que estuvieron cerca de él. Su aprendizaje con prostitutas, con las que el propio padrastro lo llevaba, pudo despertar en el periodista la idea de las mujeres como objeto desechable, pero sobre todo explicaría el abuso verbal y físico al que las sometía.

 

Basada en una estrategia literaria de alta calidad, esta biografía novelada permitirá conocer los más recónditos secretos del personaje, sus más íntimos temores, sus debilidades de carácter, la grieta de su autoestima masculina frente a las mujeres que fueron aventuras pasajeras, sus novias o las madres de sus hijos. Todas, al contribuir en alguna medida a debilitarlo, provocaban sus enojos y venganzas, que se convertían en argumentos para justificar su falta de límites y sus excesos violentos.

 

La segunda parte de la obra transcurre alrededor del alcohol y el humo del cigarro, en conversación con Jorge Piñó Sandoval, cuyo seudónimo era Glieb (“pan”, en ruso). Piñó Sandoval colaboró con Félix Palavicini en su revista Todo en los años treinta, con reportajes de denuncia como el de las mujeres ficheras en las cantinas recién instauradas en el Distrito Federal en 1933.[1] Por sus convicciones políticas de izquierda, el régimen en turno lo expulsó del periodismo oficial.

 

Este otro recurso literario le da al autor la posibilidad de viajar en el tiempo de manera temática, no sólo cronológica, para recrear los movimientos de Denegri y sus tácticas para recuperar y atesorar la información confidencial mediante la cual adquiría control sobre autoridades y políticos. Iniciado durante el cardenismo, posó para la foto con cada uno de los presidentes en turno, que sabía sus aliados y amigos, como fue el caso de Miguel Alemán. Desde su columna en el periódico Excélsior, podía elogiar o denostar a los personajes del régimen, con lo que tenía en sus manos la suerte de muchos individuos dentro de la vida pública. Fue un elemento sustancial y consentido del priismo.

 

 Denegri debió su poder dentro de Excélsior al apoyo de Rodrigo de Llano, y ello se expresa con claridad en el papel que desempeñó para consagrar el “chayote” y el “embute” como prácticas comunes entre los periodistas y fotoperiodistas bajo el alemanismo; Julio Scherer comenta el tema en su libro Esos años (México, Oceáno, 1995). Lo que vendía Denegri era su silencio, el ocultamiento de las verdades; su columna sostenía un mundo lleno de falsas alabanzas, imaginarios recreados, verdades a medias y mentiras siniestras en el momento necesario. Los políticos lo sabían y buscaban congraciarse con él o evitar su encono. Un ejemplo de ello fue su vínculo con Maximino Ávila Camacho, hombre rudo y fuerte al margen de la ley, con el cual estableció alianzas de mutua conveniencia para sobrevivir y luego fortalecer su poder. Imbatible Maximino, aparece en un retrato puntual de su ser y estar en el mundo terrible que gestó, a la sombra de su hermano Manuel.

 

Díaz Ordaz fue el último de sus aliados desde la silla del poder presidencial, antes de que sucumbiera en la escena política por disposición directa del sucesor, Luis Echeverría. Así terminó su capacidad de chantaje y de acción política, el peso de su opinión, al ser despedido de Excélsior cuando Julio Scherer devino en director. En ese momento le quitaron su programa de televisión y la piedra rodó tan bajo como alto había volado; vendrían detrás de él otros periodistas que aprendieron el oficio del disfraz, la omisión y el disimulo. La frase de Scherer sobre Denegri, “el mejor y más vil de los reporteros”, lo dibuja de cuerpo completo. En el punto opuesto, a Scherer se le tenía por el “ángel exterminador”, imagen contundente todavía en 1976, cuando saldría de la cooperativa del diario para fundar la revista Proceso. Extremos claros del periodismo mexicano, que apenas se configuraba.

 

La narración de Serna va dando la pauta de la vida de Denegri, entre las letras, las mentiras, la tergiversación, la información reservada, fragmentos de la corrupción que llegaron a ser las instantáneas mal paridas del poder. Muestra al México posrevolucionario en toda su capacidad para devastar los avances, las ideas, las posibilidades de un cambio profundo. Formula una historia paralela que dibuja a los personajes masculinos de esos años, de un machismo exacerbado de por sí, pero más aún por el consumo excesivo de alcohol. Algo tan natural de la época: la copa, el cigarro, las mujeres. Para la mayoría de esa generación, esto constituía su capital de masculinidad que no podía ser mancillado por mujeres pensantes, independientes, trabajadoras o de fuerte erotismo. Y así, la vida de Denegri transcurre de una esposa a otra, provocador incansable que luego las culpaba de sus desvaríos haciendo gala de mayor violencia verbal y física en cada nueva ocasión. Nunca logró aliviar sus malestares, porque no pudo dejar el alcohol que —sabía— lo arruinaba, ni consiguió tampoco alejarse de sí mismo y de sus celos exacerbados por su paranoia. Una actitud antisocial que rayaba en la sociopatía se fue develando con los años, y al final pagó caro sus desvaríos: lo perdió todo.

 

Es aquí donde la pluma firme de Enrique Serna nos permite asomarnos al mundo real de las parejas, de los daños infligidos, de las peleas. Pero sobre todo, es admirable la manera en que devela el pensamiento masculino de un periodista que se creía charro. ¿Alguna imagen más clara del macho? No creo que la haya. Las conversaciones con Jorge Piñó Sandoval van revelando quién era quién frente al poder; explorar en la mente de Denegri, cómo se observaba a sí mismo y justificaba su vida, su actitud corrupta, sus francachelas interminables, el odio disfrazado de amor a su madre. El calor de las copas le suelta la lengua, el enojo, la furia contra el mundo. Protegido del poder corrupto, “charolea” con impunidad porque sabe que cualquier fechoría le será perdonada.

 

Pero las cosas cambiaron para Denegri en sus últimos momentos. Al terminarse para él los favoritismos políticos, se le acabó el pastel. Entre sus contradicciones claras, un hombre que no cumplía con el mínimo de moral consideró que la Iglesia lo salvaría de su condena si le entregaba sumas cuantiosas. Es el retrato vivo de la doble moral que imperaba en la época. Limpiaba su imagen pidiendo perdón sin cesar con joyas, regalos, flores, para (re)conquistar los amores en turno. Muchas mujeres caían y recaían en sus brazos en una especie de adicción imparable, pero a veces fue rechazado y abandonado porque algunas salieron corriendo para evitar una catástrofe. Otras no pudieron alejarse de él, lo que habla de la condición femenina atrapada también por lo social, lo económico y lo moral.

 

Las entrevistas con la hija de Denegri y la consulta del libro recreado alrededor de su última esposa, aunadas a sus grandes dotes de novelista, ayudaron a Serna a adentrarse en la mente perversa de su personaje: “[...] procuré suplir las carencias con la urdimbre de una trama verosímil. Más que relatar al pie de la letra las crueldades ahí denunciadas, me propuse mostrar cómo se gestaron en un alma tóxica” (p. 483).

 

Una característica notable de este libro es que proporciona un adecuado contexto, sexenio por sexenio, paso a paso, dibujando personajes trazados con la claridad de una fotografía documental. Los diálogos diáfanos nos permiten ver al hombre, al macho, que habitaba esos caminos de la corrupción con un gran desdén por las causas justas; alcohólico, infiel, mentiroso, con un erotismo desbordado a su favor y cosificador de las mujeres, todo ello con la anuencia social de la época. Cuadro sociopolítico y cultural con el que crecimos y que nos despertó una profunda necesidad de enfrentarlo y transformarlo. Retratos más que fotográficos, pertenecen al alma, al carácter, al sentido del ser. Todos los personajes llevan su nombre de pila, los políticos salen a la palestra con sus propias etiquetas, y en ello hay otro acierto: no se disimula, no se adivina, no es ficción, es realidad, hombres canallescos y oscuros con nombre y apellido. Sólo a las mujeres de la vida de Denegri se les guarda el anonimato, para protegerlas a ellas y a sus familias, lo cual parece sensato y generoso pues su único error fue creer en un amor de grandes mentiras, dinero y devaneos sociales y políticos. Hace falta ahora un estudio profundo de Jorge Piñó Sandoval que arrojaría nuevas luces sobre el periodismo del siglo pasado, en particular sobre aquellos que no se sometieron del todo al régimen.

 

Finalmente, hay una foto que pudiese cerrar esta reseña y que pertenece a la Fototeca Nacional del Instituto Nacional de Antropología e Historia. En ella Denegri aparece desposando por la iglesia a una joven guapa, rubia, de ojos claros, que recibe inmediatamente después de la bendición un bebé en sus brazos. Así fue su mustia vida de cinco matrimonios, que al final fueron su acabose.

 

Es Enrique Serna escritor no de un realismo mágico sino documental, de novela que se basa en el dibujo fiel de la historia, del contexto, de los tiempos, lugares y personajes. El vendedor de silencio es una lectura obligada para aquellos que queremos revalorar el siglo XX desde nuevas perspectivas del periodismo mexicano. El retrato social me recuerda a un naturalismo fino, duro, crítico, que muestra al mundo con sus contradicciones, como lo señalara Karl Marx del propio Balzac; un mundo como era y como es, que ha permitido que pasemos de la literatura a la historia, para enseñarnos que todo es posible en el mundo de las letras y que la realidad rebasa con mucho a la ficción.

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

[1] Para más información vid. Rebeca Monroy Nasr, Historias para ver. Enrique Díaz, fotorreportero, México, Instituto de Investigaciones Estéticas-UNAM / INAH, 2003, 365 pp.

 

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Enrique Serna, El vendedor de silencio, México, Alfaguara, 2019.

Rebeca Monroy Nasr

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