El secreto y el activismo católico

Yves Solis Nicot (coord.), Sociedades secretas clericales y no clericales en México en el siglo XX, México, Universidad Iberoamericana, 2018.

Tania Hernández Vicencio*

 

En su estudio sobre construcción de la diferencia entre los grupos sociales,[1] George Simmel observó que pocas situaciones definen más la distinción entre los individuos que el secreto. La reserva crea otros mundos paralelos a la realidad y a la existencia cotidianas, al mismo tiempo que puede entrelazarse e incidir en el curso de determinados acontecimientos de la vida pública. En el caso de México, la práctica del secreto en la organización social ha sido poco abordada en los estudios sobre historiografía y sociología histórica, por lo que la publicación, en 2018, de la obra colectiva titulada Sociedades secretas clericales y no clericales en México en el siglo XX, coordinada por Yves Solis Nicot y editada por la Universidad Iberoamericana, es una aportación importante para el análisis de las formas como el secreto incidió en la construcción social, política, cultural y religiosa de la primera mitad del siglo pasado.

 

El libro, que es en general homogéneo, se integra por ocho capítulos, producto de las investigaciones de estudiosos con amplia trayectoria y de jóvenes académicos, que analizan el desarrollo de las sociedades secretas mexicanas adscritas al catolicismo conservador. Un trabajo contrastante, en este sentido, es el de Austreberto Martínez, quien muestra la otra cara de la moneda al examinar la historiografía conservadora y su visión acerca de los grupos masones. El autor señala que éstos fueron considerados los principales enemigos de la patria y de la religión católica, y que fue el papa León XIII, en su encíclica Humanum genus, quien, refiriéndose a la masonería, criticó fuertemente el secretismo, el uso de juramentos y la existencia de una estructura jerárquica en la que los hombres mantenían una obediencia estricta.[2]

 

Varios de los capítulos de esta obra fueron resultado de la recuperación y examen de materiales inéditos localizados en fuentes primarias en México y el extranjero. Los autores rastrearon la utilización del secreto como eje del activismo de varias organizaciones cuyas prácticas identificaron y analizaron (desde la creación de pequeñas células hasta la infiltración de otros grupos), documentaron la articulación de redes de apoyo y observaron los ritos y símbolos por medio de los cuales se adoptaba la práctica del secreto. ¿Qué contexto hizo posible la formación de organizaciones secretas clericales y no clericales en México? ¿Qué tipo de intereses unificaron a los miembros de estas asociaciones? ¿Cómo fue su relación con la Iglesia católica mexicana y con la Santa Sede? ¿Qué papel tuvieron las sociedades secretas clericales y no clericales en la articulación de la derecha mexicana del siglo XX?

 

Según Yves Solis, sociedades como la Unión del Espíritu Santo, los Conejos, los Tecos, el Frente Universitario Anticomunista, el Movimiento Universitario de Renovadora Orientación y la Organización Nacional del Yunque, se presentaban como entidades de carácter social educativo cuyos fines eran la defensa de los derechos de los católicos mexicanos y la instauración del orden social cristiano, cuando en realidad su principal cometido, revelado sólo a los iniciados, era la lucha política contra el Estado mexicano, con la idea de transformar al país y establecer una nación políticamente católica.[3] En México, dice Enrique Guerra Manzo, si bien las células tiranicidas de los años veinte fueron una expresión marginal del catolicismo radical, al participar en el asesinato del presidente Álvaro Obregón también contribuyeron, paradójicamente, a cambiar el curso que tomó la institucionalización del propio poder revolucionario.[4]

 

El secreto constituyó una de las rutas que siguieron algunos grupos católicos, en su intento por formar una conciencia colectiva distinta a la enarbolada por los promotores del discurso revolucionario. De acuerdo con Mario Ramírez Rancaño, las asociaciones secretas fueron parte importante de la reacción al triunfo del constitucionalismo a partir de 1914.[5] Fue entonces cuando, con la desaparición del Partido Católico Nacional, nacido tres años antes, un sector del catolicismo optó por la secrecía, y en 1915 nació la Unión del Espíritu Santo, también conocida como la U. Es decir, para una parte de la población católica mexicana, las organizaciones de acción pública que pretendían participar políticamente de forma institucional no habían contribuido lo suficiente a resolver las tensiones con el Estado, por lo que se hacía necesario explorar otra estrategia más radical, como la creación de organizaciones ligadas por el secreto.

 

A lo largo del libro, los autores nos remiten a distintos momentos en los que puede observarse que el desarrollo del catolicismo mexicano en el paso del siglo XIX al XX fue muy complejo, debido, entre otras razones, a las distintas vías de activismo que adoptó su facción más intransigente. En varios de los trabajos se plantea la idea de que, en la primera mitad del siglo pasado, dentro del catolicismo se libraron, por lo menos, tres tipos de conflictos: las tensiones entre las asociaciones secretas y el Estado mexicano, las luchas entre las organizaciones católicas de acción pública y las que actuaban en secreto, y las disputas entre estas últimas y la jerarquía de la Iglesia. En ese escenario, una parte de la oposición conservadora optó por la reserva y la acción furtiva como arma revolucionaria, ya que así era posible esconder las organizaciones, a sus miembros y sus estrategias. El secreto constituyó un dispositivo del poder ejercido desde esos grupos, pues una estrategia y una acción secretas, cuando podían funcionar de esa forma, eran un mecanismo para medir los puntos fuertes y débiles del rival. Según Fernando González, después de la Guerra cristera, cuando los militantes católicos comprendieron que debían abandonar el proyecto de la restauración totalizante de un orden social cristiano, una forma de retomar su lucha fue creando varias asociaciones secretas.[6]

 

Los autores aportan importantes evidencias de que el secreto era un medio de protección de los grupos excluidos y de aquellos considerados transgresores del orden establecido. Aunque el secreto las volvía vulnerables, debido a la permanente amenaza de indiscreción o traición y al peligro de ser descubiertas, las sociedades secretas, en su interior, reforzaban la confianza y el sentido de hermandad como forma de protección, para lo cual desplegaban estrategias que aseguraban el silencio de sus miembros, desde juramentos hasta amenazas de castigo. Los perseguidos podían adoptar la secrecía, la reserva y la clandestinidad como formas de operación, pero también como un medio de supervivencia en un ambiente en extremo complejo y hostil. Guerra Manzo afirma que el clima de persecución durante las primeras décadas del siglo XX mexicano creó en los jóvenes católicos un espíritu de rebeldía e incertidumbre, pues, entre otras cosas, los arrancó de su vida estudiantil y les frustró sus proyectos de vida.[7] En su opinión, muchos de estos jóvenes creían que la mayoría de sus correligionarios se acomodaba a las circunstancias, a la espera de tiempos mejores, y que debían recordarle con su sacrificio cuál era el camino correcto. Según el autor, ellos “tenían la necesidad de ser mártires” como una vía para la redención de la sociedad mexicana.[8]

 

Serge Hutin establece que una premisa de partida para el estudio del secreto debe ser su función diferenciada. La secrecía puede ser un recurso temporal y transitorio, y los mecanismos que ofrece, como los signos de reconocimiento, las palabras de pase, la jerarquía interna o los símbolos, pueden no corresponder con los elementos fundacionales de la organización, sino simplemente ser una técnica de ocultamiento.[9] Sin embargo, para las sociedades clandestinas, el secreto representa un elemento esencial sin el cual no existirían; de hecho, de las sociedades clandestinas con objetivos políticos se esperaría que desaparecieran una vez los cumplieran.

 

Con este enfoque diferenciador, Yves Solis también nos advierte de la distinción entre una sociedad secreta y una reservada. La segunda, dice, es la que algunos grupos o personas saben que existe y, si bien no son parte de ella, sí tienen acceso a su vida interna, a sus acciones y estrategias.[10] La precisión, asegura, es relevante para el caso de México, puesto que algunos grupos han sido considerados secretos, cuando realmente son organizaciones reservadas. Esto se puede constatar a través de los distintos estudios que integran el libro, en los que se identifica a grupos como el jesuita o a miembros de la alta jerarquía católica mexicana y de la Santa Sede, que estuvieron al tanto de la existencia de algunas estructuras de este tipo. Tal fue el caso del delegado apostólico Ernesto Filippi, quien envió a Roma un expediente sobre una “sociedad secreta” creada en México, la Unión del Espíritu Santo o la U, una agrupación que, según Filippi, había sido aprobada por los jerarcas católicos mexicanos en su conjunto. Para Yves Solis, en cambio, se trata de una sociedad reservada promovida por personajes como Luis María Martínez, encargado del Seminario de Morelia, y Leopoldo Ruiz y Flores, arzobispo de esa diócesis. El autor considera que la U muy pronto dejó de ser un asunto nacional y se convirtió en un tema de debate en la curia romana, donde fue condenada, y que la expulsión de Filippi en 1923 no permitió concretar su extinción y, en cambio, sí generó fuertes tensiones dentro de la Iglesia católica mexicana.[11]

 

Otro asunto que recorre varios de los capítulos es la problematización de los nexos entre la construcción del secreto y el espacio social. Algunos autores sugieren que las personas que conocen un secreto están inmersas en un ambiente limitado, tienen relaciones cerradas y circunscritas a un territorio. El secreto es un mecanismo que ata a una forma de vida y a ciertas redes sociales, y quienes lo mantienen sienten una fuerte pertenencia a un grupo, marcan su distancia de los otros y bien pueden llevárselo a la tumba. Sobre esta cuestión, Solis señala que la U, que aceptaba miembros de diferentes orígenes y clases sociales, basaba su activismo en una jerarquía piramidal, formada por celdas de cinco miembros más un asesor espiritual, y, mediante su acción sobre líderes seleccionados acuciosamente, pretendía incidir en la vida política local, regional y nacional.[12] Algunos de los autores destacan, con menor o mayor énfasis, que la triada territorio, cultura y religión es un factor clave para el análisis de las asociaciones secretas clericales y no clericales en México. En varios de los trabajos se muestra que el Bajío, el centro y el occidente de nuestro país se convirtieron en importantes semilleros de líderes y escenarios de su activismo. Por eso, Mario Santiago resalta la necesidad de recuperar la “variable regional” para una mejor comprensión de la historia de estructuras como el Yunque.[13]

 

Dentro de esos marcos territoriales, un espacio social privilegiado para el reclutamiento era el ámbito universitario, pues el impulso de un proyecto alternativo de nación requería la activa actuación de jóvenes impetuosos interesados en incidir en la vida política desde este tipo de organizaciones. Si bien se requería la intensidad, el arrojo y la efusividad de la energía juvenil, esto no implicaba que los miembros de las sociedades secretas denotaran ignorancia y vulgar fanatismo, y tampoco surgían casualmente, tal como lo demuestra Mario Santiago.[14] Estas sociedades retomaban elementos de otros proyectos y pretendían desarrollar nuevas propuestas, se habían creado como producto del análisis y del debate interno sobre las opciones viables para su activismo, eran resultado del examen, pero también de la producción, de textos, programas y normativas, y reconocían experiencias similares en otros países.

 

Por otro lado, el secreto también ha sido estudiado como parte de los desequilibrios de los sistemas democráticos, como la muestra de un poder invisible y una forma de la acción del Estado.[15] La secrecía ha sido considerada una expresión de la libertad de los ciudadanos a organizarse, en ciertas condiciones, de forma no pública y como medio para articular proyectos políticos que habrán de incidir en el sistema democrático.[16] Esta dimensión tan importante también es esbozada por dos autores de este libro, Stephen Andes y Héctor Hernández García de León, quienes apuntan visiones distintas acerca de la concepción que tenían las sociedades secretas sobre la democracia. Andes considera que un grupo como la U fue una de las expresiones del proyecto democratacristiano —dispuesto a participar bajo las reglas de la democracia liberal— pero en forma radicalizada y preparado para usar métodos directos, sin autorización política ni eclesiástica, con el fin de obtener la implantación inmediata del orden social cristiano.[17] Hernández García de León, por su parte, plantea que los grupos secretos mantuvieron un total desprecio por el sistema democrático y no quisieron someterse al proceso institucional de toma de decisiones para lograr los cambios deseados.[18] Al analizar la articulación de las derechas mexicanas en la primera mitad del siglo XX, encontramos que, más allá de los grupos que nacieron como partidos políticos, el movimiento sinarquista también optó, en determinado momento de su historia, por la creación de partidos políticos y aceptó participar en el juego de la democracia liberal, intentando traducir su ideología en un programa político-electoral. Las sociedades secretas, en cambio, parecen haber funcionado como ámbitos de acción radical, pero también como bisagras para el desarrollo de otras estrategias y de construcción de organizaciones de acción pública.

 

Concluyo este recuento reivindicando el poder heurístico de la metodología de redes que utiliza la mayor parte de los autores de esta obra. Dicha estrategia permite vislumbrar la posibilidad de futuras investigaciones en las que se documenten y analicen las relaciones que pudieron haberse establecido entre las asociaciones secretas clericales y no clericales de México con agrupaciones de otros países de América Latina y Europa con las que compartían valores, ideales y estrategias. Esta perspectiva abonaría a la reconstrucción sobre la forma como la cultura del secreto permeó la formación de organizaciones políticas de derechas y de izquierdas, así como de su utilización, como instrumento de poder, por el Estado mexicano.

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

[1] George Simmel, Sobre la diferenciación social. Investigaciones sociológicas y psicológicas, Madrid, Sequitur, 2015.

[2] Austreberto Martínez, “La historiografía conservadora mexicana y su caracterización de la masonería durante la segunda mitad del siglo XX”, en Yves Solis (coord.), Sociedades secretas clericales y no clericales en México en el siglo XX, México, Universidad Iberoamericana, 2018, p. 269.

[3] Yves Solis (coord.), op. cit., p. 13.

[4] Enrique Guerra Manzo, “Los círculos tiranicidas del catolicismo mexicano”, en Yves Solis (coord.), Sociedades secretas clericales y no clericales en México en el siglo XX, México, Universidad Iberoamericana, 2018, p. 122.

[5] Mario Ramírez Rancaño, “El clero y la Unión del Espíritu Santo, ¿una sociedad secreta?: 1914-1929”, en Yves Solis (coord.), Sociedades secretas clericales y no clericales en México en el siglo XX, México, Universidad Iberoamericana, 2018, p. 69.

[6] Fernando M. González, “Cuando una sociedad secreta se manifiesta con violencia ante sus antiguos aliados. De Tecos, jesuitas, clérigos y políticos, etcétera”, en Yves Solis (coord.), Sociedades secretas clericales y no clericales en México en el siglo XX, México, Universidad Iberoamericana, 2018, p. 199.

[7] Enrique Guerra Manzo, op. cit., p. 123.

[8] Ibidem., p. 150.

[9] Serge Hutin, Las sociedades secretas, Buenos Aires, Editorial Universitaria de Buenos Aires (Cuadernos, 47), 1979.

[10] Yves Solis (coord.), op. cit., p. 12.

[11] Idem.

[12] Yves Solis, “La U, un acercamiento desde los archivos vaticanos y mexicanos”, en Yves Solis (coord.), Sociedades secretas clericales y no clericales en México en el siglo XX, México, Universidad Iberoamericana, 2018, p. 55.

[13] Mario Virgilio Santiago Jiménez, “El Yunque, FUA y MURO (1954-1975). Entre la reserva, el secreto y lo público”, en Yves Solis (coord.), Sociedades secretas clericales y no clericales en México en el siglo XX, México, Universidad Iberoamericana, 2018, p. 259.

[14] Ibidem, p. 258.

[15] Norberto Bobbio, “La violenza di Stato”, Resistenza, vol. XXIV, núm. 1 (enero), Turín, 1970.

[16] Jacques Derrida, Deconstrucción y pragmatismo, Buenos Aires, Paidós, 1998.

[17] Stephen J. C. Andes, “Hacia una política pragmática: el Vaticano y la identidad religiosa en el México posrevolucionario, 1920-1940”, en Yves Solis (coord.), Sociedades secretas clericales y no clericales en México en el siglo XX, México, Universidad Iberoamericana, 2018, p. 43.

[18] Héctor Hernández García de León, “El movimiento sinarquista y el cambio de orientación de la Revolución mexicana”, en Yves Solis (coord.), Sociedades secretas clericales y no clericales en México en el siglo XX, México, Universidad Iberoamericana, 2018, p. 153.

 

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Yves Solis Nicot (coord.), Sociedades secretas clericales y no clericales en México en el siglo XX, México, Universidad Iberoamericana, 2018.

Tania Hernández Vicencio*

 

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