El 68 y sus rutas de interpretación

Héctor Jiménez Guzmán, El 68 y sus rutas de interpretación. Una historia sobre las historias del movimiento estudiantil mexicano, México, Fondo de Cultura Económica, 2018.

Víctor Manuel Guerra García*

 

Escribir acerca del movimiento estudiantil mexicano es una tarea compleja, pues se trata de un tema en el que permea la memoria de los participantes y el significado que la sociedad le atribuye. A más de medio siglo las percepciones se han ido transformando y las narraciones escritas en torno a las jornadas de julio a octubre de 1968 se consolidan en función del contexto en el que se escriben y los intereses a los que responden.

 

La empresa que emprende Héctor Jiménez Guzmán no es construir un discurso más acerca del 68 mexicano; más bien se enfoca en el análisis de lo ya escrito y nos enseña diversas formas de interpretar. Más que ofrecernos certezas con datos estrictos, se propone lanzarnos nuevas interrogantes sobre cómo ha ido creciendo la historiografía acerca del 68 y cuál ha sido su posición en el gran debate hegemónico acerca del tema.

 

Para poder alcanzar este objetivo fue necesario plantear el problema tomando en cuenta la producción historiográfica, el contexto de su publicación y la estructura propia de cada narración; pero para esto, a su vez, el autor adopta una serie de interrogantes como directriz del trabajo: ¿Cuáles son las diferentes perspectivas con las que se ha interpretado el 68 mexicano? ¿Qué propició los cambios en la manera de interpretar aquel episodio? ¿Quiénes han promovido la construcción de una historia “oficial” sobre el 68? ¿Qué relaciones guardan entre sí y con el poder las distintas interpretaciones que han aparecido a lo largo de los años? ¿Cómo fue que ciertas versiones e interpretaciones se consolidaron, mientras que otras no trascendieron su propia época? ¿Cómo se construyó el relato genérico que sintetiza en una versión verosímil y coherente los acontecimientos de 1968? ¿Bajo qué referentes ideológicos y políticos se formó la idea que hoy las jóvenes generaciones tienen sobre ello?

 

Las respuestas no son concretas, sino que conllevan una reflexión acerca de los objetivos e ideas de los autores de cada trabajo analizado; pero igualmente interesante es ver cómo Héctor Jiménez estructura su libro: una secuencia clara, a veces cronológica, a veces temática, que logra aglutinar también las intencionalidades de las obras que analiza y presenta en cada capítulo. Cabe destacar que emprendió un proceso de selección de obras y dejó fuera una cantidad importante. Por ello, sólo trabajó con lo más significativo y que ha tenido un mayor impacto en la construcción del imaginario del 68.

 

“Los escritos de la conjura”, el primer capítulo, esboza el contexto en que la idea de una conjura comunista surgida entre los jóvenes desató una serie de acciones por parte del Estado. La más notable fue la criminalización de los jóvenes, que evidentemente no se hizo esperar. El autor desmenuza materiales publicados entre 1969 y 1972, en los cuales la tesis central era la infiltración extranjera, de tintes comunistas, en el movimiento estudiantil. Debido a la cercanía temporal con los hechos, la visión que ofrecen es parcial y siempre tiende a legitimar esa versión, construida por el Estado.

 

En “Los escritos de la cárcel” se analiza material que de una u otra manera tiene relación con los participantes recluidos en Lecumberri (el título es una analogía con los Quaderni del carcere de Antonio Gramsci). En este apartado se demuestra la existencia de un ejercicio que me atrevería a llamar de recuperación de memoria, opuesto a la versión oficial de los hechos, y que tiene lugar en un escenario donde el autoritarismo y el abuso del poder marcan la experiencia de los personajes y también de los escritores de algunos de esos materiales. Irónicamente, estos materiales ayudarían después a consolidar la figura del dirigente del 68 como un ejemplo moral y combativo.

 

Una vertiente distinta de interpretación se enfocó en analizar la experiencia de 68 desde una perspectiva más compleja, buscó problematizar los acontecimientos para observar de manera eficaz todos los caminos que condujeron a la organización y posterior represión de los estudiantes. “Los ensayos de la ruptura”, como los llama Héctor Jiménez, se construyeron con la finalidad de encontrar respuestas, identificar causas y consecuencias en el ámbito académico haciendo una revisión histórica que se distanciara de los hechos; y así poder ofrecer posturas reflexivas que vieran en el pasado el inicio de un proceso de agravios y malestar de la población. No es el 68 una explosión revolucionaria, sino la sorpresiva irrupción de un sector del cual no se esperaba tal reacción, la clase media. Estos ensayos son producidos a lo largo de la década de los setenta y lanzan por hipótesis la concepción de 1968 como un año coyuntural que propició un escenario inmejorable para una serie de transformaciones sociales, políticas y culturales en el país.

 

La historia del movimiento estudiantil se replantea de manera interesante cuando los militantes de izquierda, sean del Partido Comunista Mexicano (PCM) u otra organización, se sientan a escribir, ya que ellos evocan no sólo sus posturas ideológicas sino una visión distinta de las demás al concebir al estudiantado como un agente político importante. Las interpretaciones militantes, cuarta parte del libro en cuestión, consignaron los acontecimientos del 68 como parte de un proceso de larga trayectoria de luchas sociales. Por eso, para los autores de estos trabajos, el 68 fue una especie de escuela formativa de cuadros de izquierda. Héctor pone de manifiesto que los activistas marcados por el movimiento estudiantil tomaron rumbos diferentes en el camino de la crítica a la revolución institucionalizada, de entre los cuales la lucha política quizás fue el más significativo.

 

¿Cuándo se convierte en mito el 68? Más que dar respuesta a esta interrogante, el autor nos narra el proceso mediante el cual se ha ido construyendo “el gran relato del 68” y cómo la figura de los líderes se convirtió poco a poco en lo esencial para entender a la juventud de ese tiempo y al movimiento mismo. En Las cruzadas contra el mito se nos presenta a dos baluartes de este relato a partir de quienes se sustentan las narraciones de los protagonistas del movimiento estudiantil: Raúl Álvarez Garín y Gilberto Guevara Niebla. Ellos se esfuerzan por representar el 68 como un movimiento esperanzador que apostaba por un cambio democrático en el país; sin embargo, desde 1988 hasta 2008, es decir, veinte y cuarenta años después, encontramos versiones que se contraponen al relato construido y cuyos autores, curiosamente, son personajes que participaron en el movimiento y que ahora replantean sus hipótesis, como Luis González de Alba, o dotan de mayor significación a cierta tendencia política, como Arturo Martínez Nateras. Incluso se analizan trabajos que buscan presentar o precisar detalles y reivindicar a su autor, como el caso de Sócrates Amado Campos Lemus.

 

Para cerrar este libro, se nos habla de “Los inventarios de la violencia”, que es la caracterización de los crímenes de Estado a partir de la cual se trata de plantear una línea de investigación capaz de hallar la lógica de la represión y así deslindar responsabilidades. Más que crear nuevo conocimiento, busca contribuir a la justicia presentando evidencias sustentadas en documentos oficiales que permitan establecer hipótesis claras de la responsabilidad del presidente en turno y de su secretario de Gobernación. Es decir, tal como hace cincuenta años se maquinó la idea de una conjura comunista, hoy en día podemos hablar de una confabulación orquestada desde el Estado en pos de la “defensa” de una nación que no tenía idea del riesgo que corría, y que más bien era dirigida siempre en función de los intereses y privilegios de una clase política encabezada por Gustavo Díaz Ordaz y por quien la historia ha señalado como el brazo ejecutor de la represión: Luis Echeverría. Cabe destacar que estas contribuciones han surgido desde una trinchera distinta a la de la Historia, lo que nos lleva a plantear la idea, que se comprueba a lo largo del libro, de que el 68 no es un proceso terminado, sino que se reconfigura y reinterpreta constantemente.

 

Héctor tiene un estilo fluido y perfectamente comprensible, y no sólo nos presenta las vertientes interpretativas, sino que para cada apartado hace una introducción que narra el contexto en el cual surgen los contenidos de cada capítulo. Además, se liga con aspectos culturales: encontramos desde una analogía con una ópera al tratar la represión de Tlatelolco hasta referencias a canciones de grupos de rock como El Tri y la Banda Bostik. Su lectura es recomendable porque no sólo propone un análisis de la producción historiográfica, sino que pone atención a la forma y momento en el que está escrito cada trabajo que utilizó. Para quienes se ocupan del movimiento estudiantil y el México contemporáneo, este libro brinda un panorama introductorio a las interpretaciones que se han propuesto a lo largo de los años, de lo que se considera un parteaguas histórico y quizás, por qué no decirlo, el inicio de la lucha por otro mundo posible.

 


* Posgrado en Historia y Etnohistoria, ENAH.

 

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Héctor Jiménez Guzmán, El 68 y sus rutas de interpretación. Una historia sobre las historias del movimiento estudiantil mexicano, México, Fondo de Cultura Económica, 2018.

Víctor Manuel Guerra García*

 

Escribir acerca del movimiento estudiantil mexicano es una tarea compleja, pues se trata de un tema en el que permea la memoria de los participantes y el significado que la sociedad le atribuye. A más de medio siglo las percepciones se han ido transformando y las narraciones escritas en torno a las jornadas de julio a octubre de 1968 se consolidan en función del contexto en el que se escriben y los intereses a los que responden.

 

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