Memorias inquietas

 

Carla I. Villanueva y Aleida García Aguirre (eds.), Memorias inquietas. De estudiantes rurales a guerrilleros urbanos, México, Colectivo Memorias Subalternas, 2019.

Verónica Oikión Solano*

 

No es común en la academia, hacer profesión de fe por una historia crítica y comprometida, por una historia que le dé voz a quienes no tuvieron la posibilidad de externar su testimonio y sus vivencias. Carla I. Villanueva y Aleida García Aguirre han criticado con solvencia la historiografía sobre la izquierda armada en México en la segunda mitad del siglo XX que, si bien es muy rica y ha hecho aportes sustanciales a la fecha, no siempre se acerca y enfoca a las y los militantes de base de las organizaciones político-militares.

 

La obra es un ejercicio novedoso de edición en el que se involucran directamente las historiadoras con sus entrevistados para construir una historia memorística que les devuelve a estos últimos su propia esencia vital y humana. El libro trasciende, porque no fue una mera intención de recopilar testimonios. Si bien el volumen se desprende de un proyecto académico, se adhiere totalmente a un compromiso social y político instaurado por el Colectivo Memorias Subalternas, del que son parte las autoras, que a partir de 2015 se empeña en “recuperar las experiencias de aquellos que nos precedieron, pues en sus acciones se expresan, bajo el lenguaje diverso de revueltas, insurrecciones, levantamientos, huelgas, protestas, marchas, entre otras, nociones de un mundo más justo y caminos para alcanzarlo. Sus voces, defendidas contra el olvido por la irreductible memoria de los sobrevivientes, merecen ser rescatadas y difundidas”. El proyecto detonó, nos dicen las editoras, “gracias a que Víctor intuyó —con tino, según se verá en su relato— que rehabilitar las relaciones sociales del pasado le ayudaría a recordar fragmentos de su vida” (p. 32).

 

Con sus 235 páginas, el libro se compone de una “Presentación” alusiva al propio Colectivo Memorias Subalternas y sus objetivos. La introducción, titulada “Normalistas rurales, militantes y memorias”, es de la autoría de García Aguirre. Enseguida, los testimonios de Víctor, Gabino, Manuel y Rafael se distribuyen en ese orden respectivamente en cuatro capítulos, con los subtítulos siguientes: capítulo I, “En la militancia, existió toda la entrega”, Víctor; capítulo II, “Nos tocó vivir la guerra sucia”, Gabino; capítulo III, “Granito de arena”, Manuel; capítulo IV, “Dentro de los males, estuvo bien”, Rafael. Estos cuatro capítulos permiten conocer el testimonio de cada uno de ellos, porque son relatos en primera persona, aunque construidos sobre la base de las entrevistas. Por último, se presenta un “Epílogo” con “Reflexiones finales”, a seis voces en un diálogo de cierre y a la vez de definición acerca de la importancia del rememorar en la Historia.

 

La estructura de la obra tiene un orden que permite una lectura fluida porque se ubicaron los relatos de manera coherente de acuerdo con las relevantes temáticas que abordan:

 

El relato de Víctor permite una comprensión amplia de las normales rurales en el umbral entre los años sesenta y setenta, [...]. En seguida, Gabino habla con mayor detenimiento de la conformación de las FRAP [Fuerzas Revolucionarias Armadas del Pueblo], pues él fue militante desde su fundación; cuestiones de la dirigencia de la organización, así como las primeras acciones político-militares de la FRAP que llegaron a las primeras páginas de la prensa nacional aparecen en el relato de Gabino [...]. El relato de Manuel, un no-normalista rural [estudió en una escuela técnica], un militante de base de la organización, coloca su experiencia siempre en los márgenes y esto abre terrenos de crítica más comprensibles después de leer a Víctor y Gabino. Finalmente, Rafael tiene una narrativa compleja tanto de su ingreso a la normal rural como a las FRAP, semejante a los márgenes de los que habla Manuel (p. 34).

 

Antes de entrar en materia, me detengo en el título de la obra: Memorias inquietas. Conforme avancé en la lectura del libro, me di cuenta que el adjetivo “inquietas” (con sus sinónimos más utilizados: agitadas, traviesas, nerviosas) puede constreñir el sentido más profundo de la obra, pues estas Memorias, más que inquietas son inquietantes, es decir, conducen a las y los lectores por un pasado reciente que transmite febrilmente el desasosiego, la conmoción y la angustia social extrema de quienes integraron la comunidad militante de base de las Fuerzas Revolucionarias Armadas del Pueblo (FRAP), con el fin de tomar el poder mediante un movimiento armado socialista.

 

Esta organización político-militar tuvo su origen en los grupos juveniles radicalizados en torno al Frente Estudiantil Revolucionario (FER), integrado en 1970 con contingentes de los barrios populares del espacio urbano de Guadalajara y con jóvenes militantes de la Juventud Comunista (JC) y de la Liga Comunista Espartaco (LCE), principalmente. En su afán por abrir espacios democráticos dentro de la Universidad de Guadalajara, el FER se opuso hasta con las armas en la mano a la Federación de Estudiantes de Guadalajara (FEG), organización gangsteril que representaba el control del gobierno priista dentro de la universidad entre los años cincuenta y principios de los setenta. La radicalidad del FER abrió otros dos cauces revolucionarios en ese escenario: la Unión del Pueblo y la Liga Comunista 23 de Septiembre.

 

Si bien se conocen en términos generales los orígenes, los pronunciamientos y la praxis de lucha armada de las FRAP,[1] el valor que tiene Memorias inquietas es desvelar la vida de cuatro de sus militantes que confluyeron en una coyuntura especialmente difícil para la organización, pues formaron parte de la célula que tomó a su cargo el 28 de agosto de 1974 el secuestro de José Guadalupe Zuno Hernández, connotado político y académico jalisciense de larga trayectoria, y suegro de Luis Echeverría Álvarez, entonces presidente del país.[2] Como se comprenderá, esta acción —poco meditada en proporción a las graves consecuencias que traería— cimbró y dividió a la organización armada, y, lo más relevante, generó un despliegue de las fuerzas policiacas y del ejército que puso en estado de sitio a Guadalajara y que concluyó amarga y dolorosamente con la reclusión de los guerrilleros, jóvenes, la mayoría, y hasta de un puñado de adolescentes, que vivieron en carne propia los horrores de la represión. El Estado los pisoteó y los aniquiló en su dignidad humana.

 

Las editoras puntualizan que la militancia del cuarteto guerrillero —delineada en las páginas de la obra— ha permanecido en las sombras a lo largo de cuatro décadas: “Su lugar en la historia de las FRAP no ha sido reconocido; ni siquiera su participación en las acciones armadas más conocidas de la organización les ha valido un lugar en la historiografía” (p. 19). Es pertinente señalar que en este intento de reivindicar dicha militancia existe una ausencia-presencia, pues se ha recogido en espíritu la actuación de Catalina, integrante de las FRAP, con su original e imaginativo manejo de la estrategia y la táctica insurgentes, como lo externaron sus propios compañeros de lucha. Su estatura como revolucionaria fue arrojada y valerosa. Compañera de Manuel (p. 139), por ello fueron increpados en su momento por Lucas —quien se asumía con altanería como dirigente intelectual del grupo— y en actitud agresiva les espetó la amenaza: “Ustedes, otra mala conducta y los ejecutamos”, tratando de clausurar con un plumazo dogmático las naturales relaciones de pareja.[3] Las editoras lamentan haber llegado tarde a su encuentro —Catalina había fallecido—, no sólo por la imposibilidad de engrosar los testimonios de mujeres en la guerrilla, sino porque sigue siendo el contingente femenino guerrillero el menos atendido por la historiografía, y a la fecha todavía ensombrecido. Su experiencia añadiría elementos poco explorados sobre la subjetividad femenina inmersa en un ambiente revolucionario, fuera de sus tradicionales roles de género, y alentaría, eventualmente, la reconstrucción de una historia de las emociones de mujeres guerrilleras desde su mirador de género.

 

Villanueva y Aguirre, en consenso con los entrevistados, tomaron la decisión —que puede ser criticable, aunque entendible— de cambiar sus nombres y los de otros cuadros guerrilleros y personajes mencionados a lo largo de la obra. Se trata de “una estrategia para que los familiares y sobrevivientes de la violencia política del Estado que han permanecido en silencio durante cuatro décadas, transiten hacia la toma de palabra en espacios públicos” (p. 26). Aunque no promueven “que se replique automáticamente ni creemos que sea la solución a todos los relatos de la violencia política […], la utilización de seudónimos contribuye a ampliar la posibilidad de que hablen en voz alta aquellos exmilitantes que no han tenido la opción de testimoniar su militancia y la violencia vivida” (pp. 25 y 26). En cambio, otros tres testimonios de militantes de las FRAP ya conocidos se identifican plenamente con sus apelativos de guerra y sus nombres verdaderos.[4]

 

Desde la metodología histórica y desde la heurística, Memorias inquietas resulta el detonador para que fluyan las voces de cuatro hombres que en su periodo juvenil tomaron las armas con una fe inquebrantable en el cambio revolucionario para México. Éste es el gran mérito que tiene la obra, porque los relatos de Víctor, Gabino, Manuel y Rafael recuperan y amplifican desde lo más hondo del alma humana sus vivencias y sus historias de vida, a partir de su niñez y sus entornos familiares campesinos —en ambientes rurales del Bajío mexicano y con grandes carencias—, pasando por sus trayectorias escolares —tan emblemáticas para todos ellos por haberse fogueado en las luchas estudiantiles, mayoritariamente en las escuelas normales rurales de Roque, Guanajuato, y de Atequiza, Jalisco, y bajo las divisas de conciencia crítica diseñadas por la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México—[5] hasta su firme determinación de romper con su existencia pública —entorno laboral y familiar— y entrar en clandestinidad en el grupo armado, con su peculiar actuación cotidiana. Por supuesto, no quedan fuera las vivencias de su adolescencia y juventud en el ciclo histórico de los 68; su grito masivo y generacional retumbó en los rincones de la patria: “¡¡No queremos olimpiadas!! ¡¡Queremos revolución!!”. Asimismo, los relatos rememoran la caída y la detención de ellos mismos, y de otras y otros de sus compañeros. De igual manera, se extienden hasta su liberación y su difícil inserción en la vida pública.

 

Villanueva y García Aguirre, además, ponen el acento en la toma de conciencia revolucionaria en “jóvenes con trayectorias dispares” y aseguran que los cuatro relatos les imponen abrir “una pregunta acerca de qué posiciones sociales y experiencias tuvieron en común quienes, siendo tan diferentes, emprendieron la lucha armada”. La respuesta es multifactorial y conlleva procesos de gran complejidad, pues no sólo nos podríamos referir al compromiso, la entrega y la ética individual por una causa legítima en favor de la justicia social; también aquí el entramado y el imaginario de la nueva izquierda latinoamericana —detonados con el triunfo de la Revolución cubana— entran en las variables a considerar. Sin descontar el desencanto juvenil ante una Revolución mexicana malograda. El ethos revolucionario disparó un complejo laberinto de subjetivaciones políticas en los grandes contingentes juveniles de la nueva ola generacional de izquierda.

 

Las narraciones de los cuatro actores sociales impactan por la fuerza de los hechos relatados, todas son muestra de cómo las editoras hicieron fluir la historicidad de sus entrevistados desde lo más profundo de su forzado olvido, de tal manera que, al momento de transmitir su impactante experiencia mediante la expresión verbal, lograron reinstalar su memoria-presente. No es menos cierto que, además, su historicidad fue transida por la violencia del Estado autoritario, porque el terror ejercido por su aparato de control se cebó contra las juventudes armadas; estos cuatro testimonios dan cuenta crudamente de los métodos de exterminio orquestados contra la oposición insurgente guerrillera, mediante la detención extrajudicial, las atroces torturas físicas y psicológicas (inimaginables), el secuestro y la desaparición forzada, y el cautiverio prolongado en condiciones inhumanas.

 

Por fortuna, los relatos de Víctor, Gabino, Manuel y Rafael se han colado por las rendijas de la terca memoria, que ha conseguido rescatar los múltiples fragmentos de un proceso histórico del que fueron protagonistas; ahora, despojados de su prolongado mutismo, contribuyen al conocimiento de nuestro pasado como una barrera de contención contra la cultura del olvido.

 

No hay duda de que, desde la perspectiva de la memoria histórica,[6] las editoras realizaron un trabajo excepcional al escuchar el silencio y el callar prolongado de cuatro hombres en un torrente de palabras que transmiten recuerdos, venidos al presente como nutrientes de vivencias colectivas. Las historiadoras han recuperado en las voces de sus entrevistados un pasado doloroso y sufriente, que aspira en el presente esperanzador a rasgar las redes de impunidad y olvido, en una ruta fluida de acceso a la verdad histórica y, sobre todo, en el camino hacia la instauración de un mecanismo transicional que imparta justicia y garantía de no repetición.

 

Finalmente, los cuatro personajes —al cabo de más de 45 años de los acontecimientos— expresan sus autocríticas a su ingenuidad, su arrojo juvenil y su militancia sin formación ideológica ni política. Aunque su entrega, debe subrayarse, fue “en cuerpo y alma”, a pesar de los errores cometidos —pues en esencia no ponderaron la multimodal respuesta ominosa del Estado—, no alcanzaron a superar las diferencias con otras organizaciones político-militares, e incluso no dilucidaron las divergencias en el seno mismo de las FRAP a las que pertenecieron (p. 220). Tales circunstancias los pulverizaron, tanto en su acción guerrillera como en su forzado encierro como presos políticos. Empero, estos testimonios forman parte de los derechos de la sociedad a la verdad, garantizando el conocimiento veraz en forma detallada, precisa y pública respecto de las violaciones a los derechos humanos.

 

Por ende, debemos resaltar la valerosa disposición de estos hombres a testimoniar su experiencia y, sobre todo, a seguir enraizados en una conciencia crítica sin renegar de sus ideales primigenios, pues su activismo en el pasado reactualizado en el presente —cuando todos rondan la década séptima de su vida— enlaza los grandes desafíos de nuestro siglo XXI mexicano (por ejemplo, demandar la aparición con vida de 43 jóvenes estudiantes de la Escuela Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa). A la vez, su dinamismo social refrenda que sólo con la toma del poder y la construcción del socialismo se dará paso a una sociedad igualitaria, libre de tortura y represión, e incluyente y creativa. Y no sólo eso, los relatos contenidos en esta obra sacuden el manto del olvido, que cubría retazos de acaecimientos que permanecían oscurecidos en la historia del movimiento armado socialista. También Víctor, Gabino, Manuel y Rafael (y en espíritu, Catalina) contribuyen, con la escritura de sus vidas, desdobladas gracias al trabajo de edición de esta obra magnífica, a horadar el círculo de impunidad en el que se mueve la violencia silenciosa, hasta hoy en pleno siglo XXI.

 


* El Colegio de Michoacán.

[1] Entre otras obras, revísense: Adela Cedillo, El fuego y el silencio. Historia de las Fuerzas de Liberación Nacional, México, Edición del Comité 68 Pro Libertades Democráticas, 2008; Sergio René de Dios Corona, La historia que no pudieron borrar. La guerra sucia en Jalisco, 1970-1985, Guadalajara, La Casa del Mago, 2004; Ramón Gil Olivo, “Orígenes de la guerrilla en Guadalajara en la década de los setenta”, en Verónica Oikión Solano y Marta Eugenia García Ugarte, Movimientos armados en México, siglo XX, 3 vols., Zamora, El Colegio de Michoacán / CIESAS, 2006 [reimpresiones 2008 y 2009], t. II, pp. 549-566; Antonio Orozco Michel, La fuga de Oblatos. Una historia de la LC23s, Guadalajara, La Casa del Mago, 2007; Jesús Zamora García, “La Unión del Pueblo en Guadalajara (1972-1978)”, en Verónica Oikión Solano (ed.), Violencia y sociedad. Un hito en la historia de las izquierdas en América Latina, Morelia, Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo / El Colegio de Michoacán, 2010, pp. 223-254, y Jesús Zamora García, “Revisión histórica de la guerrilla en Guadalajara: las Fuerzas Revolucionarias Armadas del Pueblo (1972-1982)”, tesis de doctorado, CIESAS-Occidente, Guadalajara, 2014.

[2] El secuestro fue denominado “Operación Tlatelolco, 2 de Octubre de 1968”. En el comunicado de las FRAP, dirigido “Al Pueblo de México” y repartido en lugares públicos de Guadalajara, se calificó a Zuno de “un burgués y representante de la clase explotadora en el poder”. Desde la perspectiva de la organización, era menester realizar una guerra de desgaste contra el sistema capitalista, pues resultaba “evidente que la correlación de fuerzas mundiales favorece a las fuerzas que pugnan por los cambios revolucionarios hacia el socialismo”. Comunicado anexo al informe titulado “Estado de Jalisco”, suscrito por el director de la Dirección Federal de Seguridad, 1 de septiembre de 1974, en Archivo General de la Nación, Fondo Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales, caja 2723. Una breve investigación ha puesto en evidencia el entramado del secuestro de Zuno y la espiral represiva del Estado. Véase: Mario Rivera Ortiz y Mario Rivera Guzmán, El secuestro de José Guadalupe Zuno Hernández. (Un capítulo de la lucha guerrillera en el México de 1974), 2a. ed., México, Ediciones Medicina y Sociedad, 1992. Los autores, con base en una fuente hemerográfica, enlistaron algunos de los nombres de las y los integrantes de la célula que llevó a cabo el secuestro.

[3] Se asumía erróneamente que la llamada pureza revolucionaria pasaba por la abstinencia de las relaciones de pareja, con una idea distorsionada y asexuada de cómo construir el camino hacia la revolución.

[4] Véanse: Francisco Juventino Campaña López [“Ho Chi Minh”], “Condiciones de reclusión. Testimonio Revolucionario”, en Mandeville Special Collections Library, University of California, San Diego, Armed Revolutionary Organizations of Mexico, Documents and Publications, MSS 0523, Series 13 Fuerzas Revolucionarias Armadas del Pueblo, Reel 3 (MSCL). Campaña López entregó a la luz pública su testimonio desde su cautiverio en Guadalajara el 7 de noviembre de 1979. Sobre esta terrible experiencia, redacté un ensayo que se enfocó en analizar las etapas del difícil trance represivo sufrido por Campaña. Verónica Oikión Solano, “Represión y tortura en México en la década de 1970. Un testimonio político”, en Historia y Grafía, año 19, núm. 37, México, julio-diciembre de 2011, pp. 115-148; Héctor Guillermo Robles Garnica, La guerrilla olvidada. La historia de una página manchada con sangre de estudiantes de la Universidad de Guadalajara, ils., Guadalajara, La Casa del Mago (Asalto al Cielo), 2013; Francisco Martínez Mejía, Jóvenes de los setentas. Crónica de un militante de las Fuerzas Revolucionarias Armadas del Pueblo (FRAP), Guadalajara, La Casa del Mago, 2015. En este último caso se trata del testimonio del autor, aunque narrado en tercera persona.

[5] La Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM) nació en 1935, al calor de la movilización social incentivada por el gobierno cardenista. El activismo y la movilización estudiantil —bajo un ímpetu democrático— han sido y siguen siendo hasta la fecha las prioridades y determinaciones de esta organización juvenil.

[6] Las memorias colectivas “insisten en mantener con vida, literalmente, acontecimientos que resultan de especial significancia para un determinado grupo, colectividad o sociedad, y que tal memoria busca las formas de comunicarse, para que aquellos que no vivenciaron esos dolorosos acontecimientos no los miren como un pasado muerto, sino como un presente vivo”. Jorge Mendoza García, “Memoria colectiva, olvido social y guerra sucia en México”, Destiempos.com, año 2, núm. 9, México, 2007, recuperado de: http://www.destiempos.com/n9/jorgemendoza_n9.htm.

 

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Carla I. Villanueva y Aleida García Aguirre (eds.), Memorias inquietas. De estudiantes rurales a guerrilleros urbanos, México, Colectivo Memorias Subalternas, 2019.

Verónica Oikión Solano*

 

 

 

 

 

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